miércoles, 15 de mayo de 2013

LA DISCUTIDA CASONA DE LA GUERRA A MUERTE.


        Amigos invisibles. El próximo 15 de junio de 2.013 en la venezolana ciudad de Trujillo se cumplen doscientos años de haberse firmado el célebre y controversial Decreto de Guerra a Muerte, que en términos mejor acertados es una proclama y mediante la cual el recién ungido Libertador Simón Bolívar en un trabajo medular oficialmente expresa ante el mundo que la guerra emprendida por los insurgentes contra el legítimo gobierno español y existente en estas tierras desde cuando el descubrimiento de América, iba a ser abierta y definitiva dentro del mensaje expuesto, en que no se piensa tener contemplación con nadie, ni con menores, mujeres o ancianos, para llevar ese combate ahora brutal que emprendieran los mantuanos desde Caracas, al límite de las posibilidades, o sea hasta el fin de la conflagración y al costo de lo que fuere, porque en verdad durante la década de esa matanza colectiva que aún mantiene fama en los fastos continentales genocidas, la población del país por varias causas decreció en un veinte por ciento y casi todo se paraliza, ya que el conflicto al volverse por demás agresivo cuanto radical impidió algunas muestras de desarrollo y estabilidad.  

Dejemos del todo aclarado, para evitar suspicacias y otras interpretaciones salidas de cauce, que quienes desatan los excesos cometidos en el campo de esta acción plural fueron los españoles, porque eran dueños del país, por delegación del monarca reinante, y a causa de esta ley que pretendía  acabar con la insubordinación punible, las fuerzas gobernantes de entonces no escatimaron esfuerzos para destruir a los revoltosos, y de hecho se excedieron en la aplicación de ciertos instrumentos necesarios, y aún más fueron llenándose de pasiones desatadas de diversa índole contra las personas y sus propiedades, que con el correr de los días indignaron a la parte adversaria para ir preparando lo que se llamó guerra sin cuartel, en que todo era posible de ambos bandos y a objeto de ir al fondo de la misión emprendida, con sangre sudor y lágrimas, como expresara crudamente sir Winston Churchill con el fin de exaltar los acontecimientos terribles de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, para mejor entender aquella época tan dolorosa debemos añadir que la bendita guerra colonial en ciernes de un principio golpeaba muy duro a las fuerzas insurgentes, llamadas con eufemismo patriotas, mientras las contrarias monárquicas tenían el juego a su favor  desde el inicio ya que se consideraban a los revoltosos como desaforados y puesto que la lucha de la parte patriota fue difícil por falta de cohesión, de liderazgo y hasta de insumos necesarios paras enfrentarse a tropas ordenadas como las existentes y otras próximas a acudir. En ese maremágnum que se aprecia bien es sabido que el jefe principal no se las lleva bien con cuantos le rodean y a más de los reveses que se tienen, al extremo que Simón Bolívar debe salir en volandas de Caracas ya caída la Primera República, con miras a salvarse de un largo cautiverio, para decir lo menos, y manteniendo ideas aderezadas con algunos aspectos de la época revolucionaria en ciernes se escapa por Curazao y cuyo norte es llegar a Cartagena de Indias, bastante desorientado el caraqueño aunque con dichas ideas fijas para desarrollar a largo plazo, contenidas en el Manifiesto que allí redacta y publica en diciembre de 1812. Pero sucede que su acogida en este puerto fue poco calurosa, porque la Nueva Granada no estaba unida en un solo poder, al extremo que Santa Fe, Tunja y Cartagena, para solo mencionarlas, disponían de mandos separados, y por ello Bolívar entra en aquella contienda de poca monta, acaso intestina y todo desorientado, hasta que resuelve, como lo venía pensando y disponiendo, conquistar hacia el Sur, que pronto cae en sus manos, para emprender una seria campaña militar desde Ocaña con visos de llegar a La Grita, incluyendo planes aprobados, sitio en que subestima los mandos jerárquicos que lo autorizan. Y resuelto a una escapada triunfal y sin esperas, por cuenta y riesgo propios a la cabeza de un pequeño ejército de neogranadinos y venezolanos traspasa la frontera de La Grita rumbo a Caracas, al frente de la Campaña Admirable, y en Mérida, donde se detiene y lo estimulan con el pomposo título de Libertador, conoce de otros desmanes serios ocurridos en el campo monárquico, que lo hacen escribir “nuestro odio será implacable, y la guerra será a muerte”, de donde sin otras esperas resuelve continuar la contienda emprendida con aquel dicho expresivo y feroz que “en la guerra todo es valedero”, de donde prosigue rumbo a Trujillo, atraviesa la línea de Timotes, considerada de antiguo como la frontera natural entre Nueva Granada y Venezuela, y sin grandes encuentros militares, que son manejados con éxito por diestros oficiales acompañantes, se apersona en la importante ciudad de Trujillo, que había jugado un papel destacado desde la época colonial.

En esta capital llamada de antaño “Portátil” debido a las siete fundaciones que tuvo, hasta aposentarse en el estrecho valle de los Mucas, ya tenía morada donde permanecer algunos días dentro de su programa de acción, para lo cual escogiera la casona familiar de Don Jacobo Antonio Roth, de origen judío pero converso, cuyos abuelos habían salido de Irlanda para Venezuela y se establecieron en los hatos guariqueños de la familia Bolívar, donde cerca de Tiznados naciera el distinguido comerciante y adinerado Jacobo Roth, quien hubo de contraer nupcias con dama de aprecio de la localidad y tenía establecida su casa de familia en el divisorio estricto de la población blanca y la indígena, de que se componía el vecindario trujillano. A esa residencia construida en un solar adquirido previamente, de ancha fachada con cuatro ventanas a la calle, se le agregó a su costado superior los surtidos negocios y depósitos comerciales del señor Roth, hombre de carácter sobrio y austero por cierto, en que se almacenaban productos principales como cacao y tabaco de Barinas, provenientes algunos de sus extensas posesiones de Pampanito y Monay, desde donde en recuas exportaba frutos o artículos hacia el Nuevo Reino y el lago de Maracaibo. La casa era amplia y se extendía desde el camino real de enfrente hasta el piedemonte serrano de atrás, terreno dividido apenas por una acequia que viniendo de arriba por Carmona surtía de agua para riego a los huertos y solares traseros ya existentes, terminando ese caño más abajo, en el centro de la Plaza Mayor, para dar de beber a los equinos allí sedientos en días feriales de mercado. Por otra parte la estructura de la mansión se subdividía en dos porciones separadas con un patio anterior atravesado por bestias que circulaban hacia atrás del inmueble y unas celosías de aspecto andaluz que impiden la visión hacia un largo corredor interno, con estancias para familiares y el servicio femenino, ubicado atrás, mientras a la peonada indígena y la esclavitud oportuna se les disponía una porción del lugar posterior de este inmueble, en su lugar más bajo, ya que la calle cubierta de lajas era en pendiente. La fachada externa de la casa se formaba de cuatro ventanas, tres arriba y una debajo de esta casona construida por el señor Roth, quien mantenía muy buenas relaciones de negocios e información con otros comerciantes establecidos en las Antillas y principalmente inglesas, en la ruta isleña hacia el puerto de Veracruz. La entrada principal estaba cubierta de un piso a base de piedras canteadas que impedían resbalar las bestias a ingresar hacia el interior de la mansión, como a su mano izquierda podíamos ver el salón del señor Roth que tenía dedicado a las actividades privadas y el recibo de algunas personas. Igualmente a la mano derecha de la entrada una vez traspasado el portón interior, que aún se conserva original y que es una pieza de alto valor histórico,  por el pequeño corredor que existe frente al jardín allí también establecido, se ingresa a la gran sala familiar con dos ventanas amplias dispuestas hacia la calle, debidamente cubiertas con cortinajes y otros aditamentos de la época, como también existen cuatro colgantes del techo de estilo morisco que pendieran de sus vigas, sitio donde recibía en grande la familia Roth a sus amistades, parientes e invitados especiales, en las épocas oportunas.

Y la oportunidad se dio, precisamente, el lunes en la tarde del l4 de junio de 1813, cuando el Libertador en medio de vítores es recibido como era costumbre con demostrado aprecio en el camino de ingreso por La Plazuela a Trujillo, donde se ofrece un corto saludo de las autoridades en la Plaza Mayor, y luego en las puertas de esta casona que a partir del día siguiente jugará un papel crucial en la Historia de Venezuela. Imagino ver la imagen cansada pero despierta de Bolívar al descender de su cabalgadura frente a dicha mansión donde le esperan, con otras autoridades del lugar y entre ellos algunos parientes de apellido Briceño, el neogranadino Atanasio Girardot, como las cuatro hermosas hijas solteras de Don Jacobo (Francisca Antonia, Nicolasa, María del Rosario, Mercedes y Juana), enjambre de mujeres que debió sobresaltarle el corazón al caraqueño apasionado, lo que igual ocurriera con las Ibáñez de Ocaña o las Garaycoa de Guayaquil. Y valga acuñar que durante las otras tres ocasiones que Bolívar pernoctara en Trujillo, como siempre fue acomodado para su reposo en el cuarto de huéspedes que el inmueble tenía con este fin, conectado él con una puerta y dos peldaños, en el salón de recepciones de dicha casa colonial.

Para aquella ocasión en que ya conocía Bolívar el fusilamiento en Barinas del doctor y coronel trujillano Antonio Nicolás Briceño, su pariente, y otros detalles que le afiebraron el espíritu, y como la Historia no anteriormente narrada y en las lagunas que pueda tener debe reconstruirse sujeta a varios elementos probatorios, como los testificales, entre otros, debemos presumir a ciencia cierta que el Libertador venía preparando algún documento fundamental que diera cuerpo de respuesta a las atrocidades cometidas en el campo monárquico, para contrarrestar ese fuerte impulso de españoles que como el canario Yáñez, y antes el canario Monteverde, mantenían en terror el territorio que ocuparan. Por ello para darle cuerpo a tal documento y sobre la base de su magnífica memoria que iba grabando los comentarios atinentes, en Mérida debió oír opiniones sobre el particular con el trujillano y también pariente doctor Cristóbal Mendoza, y en Carmania, cerca de Valera, igualmente supo tocar el tema sombrío con el presbítero y hombre de conocimientos Francisco Antonio Rosario, quien lo acogiera para pernoctar en su casa de habitación. Nada de extrañar tiene, pues, y sí de lógico, que Bolívar sostuvo algún diálogo pertinente y en presencia de su Secretario Pedro Briceño Méndez, quien mucho lo acompañó en estas faenas guerreras y de ordenar sus papeles documentales, digo, con el dueño de la casa señor Roth, no ha mucho venido de la prisión española por su calidad de patriota, lo que le impulsa en definitiva para tomar la tremenda resolución de suscribir personalmente en esa ciudad histórica el documento de la Guerra a Muerte (“españoles y canarios, contad con la muerte…”, que así cumplió con rigor tal mandato), y siete años después (noviembre de 1820) con la rúbrica estampada del aceptante Bolívar allá en dicho histórico sitio se conviene la paz con España, por cuyo motivo o consecuencia legal se crean todos los estados que hoy forman la comunidad hispanoamericana de naciones.

Como mucho se ha comentado sobre este momento tan vital y discutible en la vida de Bolívar, aquel que siempre tuvo especial cuidado de “su gloria”, según lo asienta sin duda en tantos documentos que suscribe, es bueno recordar lo que sucedió aquella noche y día siguiente trascendental para la vida de América y la intervención de nuestro Libertador, algo parecido a lo que ocurriera con San Martín en la encerrada Entrevista de Guayaquil, en Ecuador, ya que nadie ha escrito con documentos a la mano sobre los detalles previos que desencadenaron la firma de tan importante pieza histórica, debiendo por tanto apelar interpretando elementos probatorios tenidos a la mano, sobre el ambiente que se vivió en las horas previas y los personajes que intervinieron en tan trascendental acto político. En efecto, el Libertador esa noche del 14 de junio de 1813 y luego de consumir una cena frugal, debió retirarse a su habitación, surtida sobriamente con armario, espejo y aguamanil, para dormir en la cama doble y de copete, leyendo previamente algún papel de importancia o libro de los que siempre le acompañaban, pero aquella noche la debió además pasar en un casi insomnio ante la determinación que había tomado de suscribir allí el famoso decreto o proclama sobre la Guerra a Muerte. Por esta circunstancia en que después de las nueve de la noche la mansión entrara en total reposo, salvo alguna guardia normal a su frente, por la presencia del Libertador, y ya que el Estado Mayor acompañante y demás oficiales reposaban en otras casas cercanas, a las tres de la madrugada del día 15 el servicio de confianza comienza una faena lenta previa al despertar del día, tiempo en que también Su Excelencia el Libertador llama al asistente inmediato, coronel Pedro Briceño Méndez, quien descansa en el gran salón casero que lo divide de una puerta en los peldaños, porque Bolívar había dispuesto rubricar dicho trascendental documento para antes del amanecer del día 15. De seguidas también Briceño Méndez despacha algún oficial que tiene a la mano a objeto de traer hasta dicho salón al patriota trujillano Andrés Aldana, quien en años de su larga longevidad daría cuenta de algunos de estos hechos, e incluso al historiador Amílcar Fonseca, a objeto de pasar en limpio y con letra adecuada el susodicho documento que haría temblar el escenario americano y guerrero de ese tiempo. A la vez y como era costumbre se trajeron de las cercanías y ya previstos para ello a tres escribanos que con su letra cursiva imprimieron al tiempo este documento, mientras durante el día otras personas escogidas  hacen diversas copias debidamente exactas, para a través de mensajeros enviarlas a las autoridades neogranadinas y venezolanas, especialmente.

El documento en sí y ya punteando el amanecer (cinco de la mañana) se firmó en el interior de ese salón en una mesa que se presta al efecto, de fina elaboración al parecer francesa (las monjas dueñas habían venido de la isla de Santo Domingo, con fuerte penetración cultural gala), según afirmó con datos que guardaba la familia Fonseca y José Amílcar, uno de ellos, luego me lo comunica personalmente, mueble que conservara en guarda de sus propietarias. Otros opinan y con razón igualmente valedera por veraz y supongo estudiada, que la sin mayor trascendencia mesa era baja  (un poco tosca como se nota así en cierta fotografía algo borrosa incorporada), y se viene a saber de ese dato contradictorio único (pues salvo el del iluso viajero Benet otros no existen) sin analizar acaso debidamente y mediante el cotejo con otras fuentes rastreadas (que omiten conocidos historiadores trujillanos), cuando un súbdito aventurero español de los tantos “descubridores” por las Indias, a sea Francisco Benet (su nombre no queda bien parado en Google), al servicio y tarifa del régimen dictatorial gomecista, que anduvo a tientas y locas fantaseando de oídas mientras rellena cuartillas por Venezuela y publicó un grueso libro adulador al respecto, pagado por la administración del general Gómez, comentario en detalles que me hizo llegar el historiador y jurista local Rafael Ángel Terán Barroeta, con un juicioso y acertado trabajo de su autoría.  Volviendo ahora sobre el tema aludido esa mañana mediante pregón oportuno y con tambor batiente dicha proclama fue debidamente leída en algunos sectores y esquinas de la ciudad trujillana, para su debido conocimiento, lo que da frutos en muy poco tiempo, cuando el coronel Atanasio Girardot al triunfar en el rudo encuentro de Agua de Obispos, para cumplir por primera vez con dicha proclama, todos los oficiales españoles y canarios detenidos en tal combate, fueron pasados por las armas.

De mi parte debemos decir que la proclama de Trujillo antes de sumar resta prestigio en los anales del civilismo a la figura inmortal de Simón Bolívar, que no en el aspecto guerrero y militar conocido. Y como ya la guerra a muerte había sido desatada bien pudiera haber firmado o puesto en conocimiento ese documento a través del coronel Briceño Méndez, “por orden de Su Excelencia El Libertador”. Y así salvar la gloria que el caraqueño tanto amaba. Acorde con esta apreciación escénica de duro contenido muchos pensadores mediante trabajos de fondo han opinado en contrario a lo suscrito en Trujillo durante esa oportunidad riesgosa, y entre ellos citaremos a Eduardo Blanco, Juan Vicente González, José Gutiérrez, Nieto Caballero, Tomás Straka, César Cantú, Rufino Blanco Fombona, Vicente Tejera, José Gil Fortoul, Joaquín Ricardo Torrijos, José Rafael Sañudo, Bartolomé Mitre y otros que señalo con sus opiniones en mi trabajo “La Guerra a Muerte que desata Bolívar”, aparecido en este mismo blog con fecha 19 de noviembre de 2.011.  Espero que el presente escrito haya aclarado algo más sobre tal hecho de suficiente relevancia histórica, con que muchos por intereses aviesos y parcialidades políticas o parroquiales trasnochadas, en vez de mejorar dañan la personalidad del Libertador y sus hazañas.                

martes, 7 de mayo de 2013

LA SABROSA ANTROPOFAGIA.



Amigos invisibles. Acaso el término calificativo les parezca extraño, como venido de las cavernas y de esos tiempos primitivos donde escaseaba el condumio, al extremo de practicar ciertas rarezas para poder sobrevivir en medio de un ingenio natural, como el caso de comer hormigas, el banquete necrofílico, algo de carácter asqueroso pero necesario para la subsistencia, o el extremo conjetural del que vamos a hablar, referido a la carne humana, de que se alimentaban nuestros ancestros bien mediante guerras sostenidas o a través de las razzias efectuadas entre diversas tribus, aprovechando el tiempo para robar mujeres jóvenes con fines que su imaginación entenderá, porque las viejas sí servían para fabricar arepas o tortas de casabe. Así de simple.
Pues bien, hecha esta introducción tan gráfica de lo que trataremos, bueno es decir que nuestro país salvo excepciones determinadas y por razones mayores como fue la necesidad de subsistir bien por problemas ambientales ocurridos en tiempos de sequía o de inundaciones, o por costumbres inveteradas de raigambre ancestral, que se hicieron de uso permanente, para soportar tanta impertinencia ecológica o social aplicó este sistema fácil con el paso del tiempo y de allí que para el momento de la llegada de los conquistadores españoles entre los pleitos permanentes ocurridos en los dominios territoriales, que a veces se extendían en muchos sitios por esta causa del vivir, la necesidad de cortar cabezas de tribus enemigas fue imperiosa, y en eso Venezuela fue de fama porque en buena parte de su territorio predominaban ya para dicho tiempo inicial los feroces indios caribes, que llegaron a nuestro país por el Sur, provenientes de ese subcontinente que es Brasil, donde tuvieron en derrota acabados a los arawacos y otros indios menos beligerantes, porque se los comían asados en la necesidad oportuna, y aunque muchos no puedan entender esta situación comprometida deben asimilar tal dictamen doloroso, que llegó a mayores males porque  no crecía la población debido a esta esta causa, como si ocurriera por ejemplo en los cercanos países andinos, al extremo que los propios caribes, que eran los más temibles, de antaño se lanzaron a cazar seres humanos en ese mar insular que lleva por recuerdo su nombre y que se extiende en tal deseo voraz para hacerlos más fuertes por ingerir carne y no tubérculos o granos de baja cualidad. Sobran los ejemplos de esta matanza anterior y posterior al arribo de los españoles, porque los cronistas de aquel tiempo tan interesados del detalle y amigos de la vida noticiosa, dejaron suficientes narraciones de estos hechos sangrientos y dolorosos. Pero no solo esa manera de subsistir ocurrió entre las tribus indígenas del continente descubierto para los europeos, sino que en muchas ocasiones, estos mismos visitantes extraños tuvieron que caer en iguales prácticas de la antropofagia voraz y luego de haber comido perros, caballos y otros animales o sabandijas para no morir (recordemos el canibalismo ejercido en la americana Virginia y entre los propios ingleses, a fin de sobrevivir, en la hambruna de 1609), de donde dicha manera de relacionarse fueron prácticas comunes en aquellos tiempos heroicos que arrancaron con el siglo XVI hasta entrado el XX en comarcas alejadas y selváticas. Así que quienes se sientan indigenistas, del Green Peace o algo por el estilo, deténganse aquí a leer las peripecias y micro relatos de aquellos tiempos por  la gracia de los hombres superados. ¡Ah, se me olvidaba, como aún añora ese aparente cuanto nada agresivo preso que en San Cristóbal de Venezuela se sostenía con colegas hervidos en sancocho para darle fuerzas, en lo que llegó a sacrificar ocho de sus amigos, sin nada inmutarle, porque la carne sabía bien, como señala, un tanto dulce eso sí, según asienta a la prensa internacional y que aún anda tras rejas para no decir sanatorio donde se refocila con el recuerdo sabroso de los digeridos.  Voy a ir señalando, pues, estos casos de novela terrorífica, para no olvidar, de acuerdo con una cronología oportuna y pintoresca, que a todas luces auyenta las ganas de comer.
1534. Escribe el gobernador alemán Jorge Spira que en visita a los llanos por Boraure se le pierde un soldado, del que encuentra días después parte de la cabeza cocida a objeto de comerla y aderezado el casco craneal para beber en él. En el mismo viaje vio como una tribu portaba ollas de barro para atar a los españoles y guisarlos y comerlos. Más adelante sus soldados ya con el hambre y el furor encima se apoderaron de un indiecito de un año, tierno y mantecoso, y se lo comieron.
1537. En el viaje posterior a la muerte del gobernador interino de Venezuela, Antonio Navarro, quien narra estos hechos, afirma que la soldadesca entre tanta miseria sufrida, debió comer carne humana para poder subsistir.
1541. En la expedición del germano Felipe de Hutten por no encontrar qué diferente comer algunos devoraron carne humana, contra la naturaleza de sus costumbres, y “un cristiano fue encontrado cuando cocinaba con hierbas un cuarto de muchacho indio”.
1567. En la campaña sobre Caracas realizada por Diego de Losada, este español cerca del objetivo final encuentra una olla de cocer con carne y batatas, mas con el hambre que portan mucho saborean de ese condumio en cuyo interior hallan luego uñas,  pellejo con una oreja pendiente y otros restos del banquete, lo que al conocer que era carne humana lo comido, “volvían a lanzar con fatiga lo que habían gustado”. Días después y por la misma causa del hambre los españoles tratan de capturar algunos indios desprevenidos, que se echan a correr menos uno “al cual lo mataron y despedazaron y asaron en barbacoa…”. Para continuar en el terror bebieron sangre estos expedicionarios, “porque en abriendo el muerto con las manos la sacaban y la bebían y aún se quedaban lamiendo las manos”. El antropófago Francisco Marín no aguantó la gana y lanzándose sobre un miembro genital masculino como “cosa más inmunda” ya desprendida, “alzándolo del suelo  sin  esperar a poner en el fuego se lo comió así crudo”.
1569. El acaudalado capitán Diego Fernández de Serpa hace una extraña amistad con el piritense cacique Caballo (o Diego Cavare Leal), al tiempo que con Guayaquerúa, también cacique feroz que era bien conocido como caníbal o aficionado a la carne humana.
1570. El conocido conquistador Garci González de Silva en la guerra emprendida va a Valencia, amenazada por los temibles indios caribes, y el ver el desastre cometido por ellos como enviado por el gobernador Juan de Chaves, lleno de ira empala a los indios criminales  al notar un  montón de  más de doscientas cabezas humanas puestas sobre una barbacoa ya fría, en las orillas del río Tiznados, como restos de víctimas devoradas antes. Para continuar en la misión encomendada y siguiendo rastros llega hasta el río Guárico, donde encuentra un poblado destruido por esos fieros indígenas, con sus habitantes unos vueltos cuartos y otros asados para comerlos, por lo que ordena empalar a veintiséis indios caribes, mientras otros lograron escaparse en canoas  río abajo, hacia el Orinoco.
1574. El agrio capitán Pedro Maraver de Silva, de vuelta del Perú con 170 hombres y dos hijas emprende la segunda conquista de El Dorado, región mítica que cree estar entre los ríos Amazonas y Orinoco, donde todos los expedicionarios perecen entre otras causas por caer en manos de los antropófagos indios Caribes, y salvándose apenas el español Juan Martín de Albújar, digno de una novela, quien después de vagar diez años con innumerables peligros, logró salir de la espesura para contar esa historia de terror, en la boca del río Esequibo y en tierra de los indios aruacos.
1575.  El teniente de Tácata, no lejos de Caracas, de nombre Francisco Carrizo y para vengar sus muertes, al frente de noventa hombres armados va contra los indios de ese lugar serrano, por la muerte de los españoles Juan Pascual y Diego Sánchez, “ya que en convite se comieron sus cuerpos”. Por esta razón clara y justiciera de entonces mediante un ardid traicionero Carrizo detiene el cacique Camaco, a quien ordena para escarnio cortar las orejas y su nariz, mientras se dispuso la pena de garrote a treinta y seis de esos indios antropófagos, amén de otras torturas y suplicios idóneos.
1581. El cronista Fernández de Oviedo deja constancia que en tribus de la Guayana interior se encontró gran cantidad de cabezas de hombres que allá esos naturales habían devorado o comido, mas dos presos en un bohío mantenidos para también comerlos, y estaban muy gruesos, “porque así los engordan (con yuca) allí…”.
1585. El valetudinario y conocido conquistador Alonso Andrea de Ledesma, declara en juicio como testigo y agraviado que los indios tomuzas de San Sebastián de los Reyes lo asaltaron a él y a otras gentes, en la traición acometiéndolos a flechazos, de donde en dicha refriega Ledesma perdió un negro acompañante que le mataron “muy hombre y dos indios ladinos”, “y se comieron al negro asado en barbacoa”.
1590. Simón de Bolívar, abuelo lejano de El Libertador, va ante la Corte de España como Procurador, presentando en consecuencia una Instrucción al Consejo de Indias cuya sede está en Sevilla y donde cursan diecisiete súplicas en beneficio de los cabildos de Venezuela, donde entre las que resalta se halla el poder tomar de diez años para arriba, “a los indios de Miría”, “que se resisten a los españoles y comen carne humana”, lo que de por sí ya existía la orden  de su exterminio por numerosas denuncias recibidas, según resolución o Real Cédula de la Corte española emitida en 1503.
1660. En la primera expedición de misioneros capuchinos  a las riberas del río Guarapiche (Maturín) y sobre los naturales de la región, asienta en escrito el observador fray Agustín de Frías: “Son estos caribes más inhumanos porque llegan a comer a sus padres y parientes;  y cuando los miran muy enfermos, los matan antes que naturalmente mueran, porque con lo dilatado de su enfermedad no se enflaquezcan”.
1679. Se asienta en escrito alusivo que los indios palenques  de Higuerote y Capaya, en Barlovento, aún eran “comedores de carne humana”, por lo que atacaban haciendas y vecinos, yendo además contra los indios tomuzas y los negros de Capaya, mientras por tres noches consecutivas “echaron arco y flecha” contra los negros del lugar, imaginando ustedes con qué intención, detenidos apenas por los perros que ladran y los centinelas que vigilan.
Con estos ejemplos tan claros que no forman parte de esa eterna discusión sobre las leyendas negra y blanca o dorada en cuanto a la formación histórica de Hispanoamérica, que de ambos lados tienen sus admiradores y adversarios, como es lógico suponer y que todavía se devanan los sesos en ese sentido especulando ideas para llenar tesis y reflexiones apasionadas sobre el tema, en este blog antes agregué  con detalles más específicos un trabajo intitulado “Los indios caribes, asesinos caníbales”, donde amplío la información en cuanto a estos indígenas  que luchaban por su libertad o para el buen comer en barbacoas o asados de sus enemigos, que los especialistas sobre el tema saben entender de los desmanes. No quiere decir que otros naturales fueran tan peligrosos como para incluirlos en esta semblanza, pero sí dejaron una impronta específica en cuanto a su adecuación al momento que se viviera con el tremendo vuelco que dio la vida americana en tiempos del llamado descubrimiento, cristianización, asentamientos, encomiendas y otras mixturas que ocurrieron sobre todo en los dos primeros siglos del encuentro racial, que con sus más y sus menos fueron superados para dar una cara nueva al mundo que nos cobija. Pero lo que sí no debemos nunca olvidar es que de parte y parte los banquetes humanos fueron a montón, por diferentes causas, y de aquí que no se puede inclinar la balanza para ningún lado, porque el hombre de cualquier latitud siempre ha sido carnicero antes que vegetariano, como que así se las ha ingeniado para matar el hambre o sacrificar seres humanos. Así es de que vayamos enterrando las falsas tesis aún sostenidas sobre estas acuciantes excitaciones ideológicas que me recuerdan aquello de “¿quien fue primero, el huevo o la gallina?”, en la más pueril trastienda mental.   

domingo, 28 de abril de 2013

LA PELIGROSA GERONTOCRACIA.



         Amigos invisibles. Dentro del recuerdo que uno tiene en referencia a la estructura o base del edificio democrático sobre la que se erige un sistema liberal y político con intenciones de gobernar cualquier país, la más peligrosa en nuestros días es aquella precisamente que con la claridad de los pensadores  griegos  vino a participar  en un ejercicio de mando prístino, como de laboratorio,  que sujeto a leyes novedosas y costumbres ancestrales se llevó a cabo desde ese tiempo pasajero de la antigüedad clásica donde las canas se respetaban porque habían sido adquiridas a base de sabiduría, templanza y raciocinio, a tal punto que las sociedades de entonces escogieron para liderar sus comunidades a los más sapientes porque podían dar mejores consejos en bien de los gobernados, lo que no obsta para ser claros en que asirios y babilonios, por ejemplo, también gozaron de esos ejemplos para el buen manejo del Estado. Desde luego que sin atajos imprevistos. Y este recuerdo viene a colación porque repasando un poco de Historia no lejana podemos apreciar que siempre se tuvo respeto en ese sentido superior a los jerarcas del clan, o de la tribu, horda o de quienes con el paso de los años y los ejemplos eran mejor aceptados en los consejos y las definiciones.  Pero como se desgasta el poder y han existido truhanes afamados desde que la biblia los medio identifica, debemos también recordar el paso de los malos tiempos, cuando por diversas causas aparecen ciertos perversos conductores sociales que hicieron de las suyas hasta con saña, terminando aquellos desajustes en desgracias colectivas bañadas de sangre y de miseria, cuando hermanos o vecinos se dieron a la insana tarea de pelear algunos por causas banales y otros mediante el simple culto del mando, que desde luego llevara adherido un sin número de desaciertos y atropellos en que por “dácame acá estas pajas” se liaban en disputas sin sentido para desbordar con ejemplos inicuos el rumbo de la Historia.
            Sin embargo y a pesar de tantos conflictos de ese tono que usted puede enhebrar mediante el recuerdo, funcionó un respeto por la palabra de los mayores y hasta el acogimiento de sus pensares, pero cuando el hombre extravasa las fronteras naturales de su familia para ingresar en una competencia algunas veces  feroz por el predominio en aquello sencillo de que el más fuerte prevalece, allí se destapan toda suerte de conflictos que con paciencia para ejemplo constante habían reunido los libros sagrados religiosos entre mandamientos, pecados capitales y otros supuestos que conformaron un estilo de vida, repito, cuando ya el hombre se dedicó a conquistar el mundo y a imponer condiciones, lo que en un mejor atisbo de ese cambio podemos encajarlo desde el tiempo faraónico para acá y sin que esto implique un desconocimiento de las otras culturas subyacentes. Pero donde procede a tomar forma tal variación señalada en que todavía prevalece el sentido machista de la sociedad, que habrá de perdurar por mucho tiempo, es a partir de una sinergia uniforme que se riega con dos grandes potestades o imperios, vale decir el alejandrino, que no quiero decir heleno y sí macedónico, y el romano, donde precisamente comienza a vislumbrarse períodos de conocimiento dejados al rastro y en cuyo lejano regazo se asentarán de verdad eso que llamamos nuestro mundo occidental. Pues bien, sobre dicha base heterogénea pero llena de ejemplos se va a nutrir el ejercicio de poder más atemperado y de gobierno por el que vivimos durante unos cuantos siglos en eso que llamamos la alta y baja Edad Media, la era de los descubrimientos a nivel mundial (Magallanes, Galileo, Gutemberg, Newton, etc.), y con la amplitud de este desarrollo cultural que desborda la sabiduría llegamos a la etapa de la Ilustración, donde un francés llamado René Descartes dio vida a la famosa frase lapidaria “Pienso luego existo”, encendiendo esa pólvora tranquila para desaparecer el período de las tinieblas y entrar en el reino del raciocinio lato.
            Pero después de los filósofos ingleses (Hume, Locke, etc.), maestros en el arte de esgrimir la política, fueron los franceses quienes con el acicate cartesiano se proponen establecer reglas de juego oportunas para el arreglo del Estado, que en ese tiempo se compuso de monarquías y en especial absolutistas, para fundamentar con Montesquieu toda una teoría moderna de separación de dominios políticos cuyo fin fuera la conducción de un gobierno donde se distribuyan esos poderes subyacentes con cariz al menos equitativo, lo que se pudiera entenderse para aquel tiempo de arranque y mediante las primitivas formas o potestades como unidades de mando en cierto modo imbricadas que  sin rodeos llamaron Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Y como el siglo XIX estaba al alcance de los ojos con el advenimiento de Napoleón Bonaparte, el mundo occidental dio una vuelta entera porque a partir de esos recuerdos fundamentales ya nada fue igual, encendiéndose las pasiones aunque de otra manera acaso más sutiles pero llenas en el fondo de anarquías y desgobiernos que hicieron mucho daño porque el símbolo del poder extremo o meta final comenzó a dibujarse y casi sin ningún disfraz, como la apetencia mayor para el enriquecimiento propio y con ello los desbarajustes sin término que se han vivido donde pululan toda suerte de lacras y demás desafueros que forman larga fila.
Este panorama llevado al caso específico de Venezuela es en verdad lastimero porque al tiempo que en Europa acaecían tales atropellos contrarios a la igualdad, en nuestro país con los estertores de la Guerra de Independencia se desata otra suerte de desmanes más dañinos para la tranquilidad social con la irrupción sucesiva de los llamados caudillos, suerte de providenciales militares ignorantes que en su mayoría creyéndose inviolables, eternos e infalibles, con la utilización de toda clase de triquiñuelas y desmanes pretendieron, aún pretenden y pretenderán, si no se pone coto a esta nueva barbarie, ejercer el poder permanente, algo así como enviados de Dios, para que los siervos les hagan caso sin chistar, a riesgo de daños superiores, y donde el traspaso de los años no les hacen mella, por su predestinación al mando desequilibrado y todopoderoso. Así pudimos apreciar y vivir las etapas siniestras del general José Antonio Páez, quien gobernara por muchas décadas seguidas según fuese su antojo porque de cabezas cortadas para abajo y con el temor encima se manejó la cosa pública en el largo período de este llanero ejemplar, que termina hasta en su ancianidad. Después y sin respirar un tiempo en el escenario presidencial apareció nada menos que el combo dinástico de los hermanos Monagas, con el frío y calculador José Tadeo a la cabeza de un gobierno despótico y asesino que gobierna con tres de los Monagas susodichos y donde la corte celestial de esa pandilla con sendos cargos a ejercer ascendió a alrededor de quince familiares, que manejaron el país hasta la muerte de estos sátrapas, la mayoría rondando en la demencia senil.
             Y para continuar en el desgobierno de las primeras autoridades luego de la sangrienta Guerra Federal, siguen apareciendo personajes de muy mala espina o ralea, como el sargentón sortario Julián Castro, de tan escaso recuerdo, y nada menos que el aprovechador “señorito” general Antonio Guzmán Blanco, usufructuario de la guerra anterior, con una asombrosa  cabeza para los negocios turbios de provecho, a lo rey Midas, quien en 25 años que maneja por sí y con testaferros el poder mayor para su beneficio, le monta grandes deudas al país incluso mediante el concurso conveniente de personas adelantadas como el taimado y rezandero Rojas Paúl, el borracho y libidinoso Andueza Palacio y el mulato zamarro Joaquín Crespo, que entonces se hace el más rico de Venezuela, a pesar del condado de Tovar, para luego como resultado de la continua mala administración quedar sus herederos en la más triste inopia. Y en esa etapa de finales del siglo XIX muchos caudillos envejecidos y sobrantes de las dos grandes guerras anteriores a su manera usufructúan del poder sin escrúpulos, hasta cuando aparece un nuevo guía espiritual para dar sombra a los negocios nada serios con sus desmanes y la mano floja, quien además pensaba eternizarse en el poder cambiando todo a su favor, metido en conflictos internacionales con nuevos dispendios onerosos y al que el compadre de su intimidad, o sea el general Juan Vicente Gómez, lo expulsa del ejercicio de gobierno y de las francachelas mujeriegas regadas de abundante coñac que se  prorrogaban de día y de noche, o sea el general Cipriano Castro.  A la caída de este andino dispuesto a todo sube al poder otro montañés pero muy diferente a su persona, astuto, comedido aunque de una tremenda vida interior manejada con el sentido de la oportunidad y para hacer buenos negocios, con lo que el país y durante un largo cuarto de siglo no osa hablar ni menos discutir el pensamiento palabra y obra del mentado Gómez, sus adláteres de la intimidad, los caporales y a tantos administradores de los inmensos latifundios y bienes inmuebles adquiridos, que lo hacen el hombre más rico de Venezuela, ante la presencia efectiva de todo un clan familiar compuesto de hijos, tíos y sobrinos, además de otros tachirenses del afecto y parentesco que usufructuaron el poder gerontocrático de la manera más amplia. Muere así el viejo caudillo, sin que nadie ose interrumpir el sueño profundo, ni con los más nuevos interesados que por centenares regresan del doloroso ostracismo y ávidos de recuperar el tiempo perdido.
            Con la desaparición del caudillo militar Gómez otros atisbos de amplitud se vislumbran en el escenario de la política nacional porque el oscurantismo en que se viviera comienza de manera modesta a ocultarse, aunque no el poder de los sables, sostenido por López Contreras y Medina Angarita, con sus aspiraciones permanentes de mando, aunque ya mediante el manejo de ideas extrañas que se aportan, afiebradas aún desde cuando suceden los episodios de la revolución comunista en Rusia para la supuesta mejora de las clases sociales, en especial los mujiks,  lo que termina en una falacia más. Sin embargo tal incorporación política de esas ideas arrancadas como de parto prematuro, traen al tapete de los conocimientos una serie de postulados en alguna forma aceptables dentro de sociedades en avance, como la americana y otras europeas, que con dificultad entran en el seno de la sociedad venezolana por ser atípicas y que por los desmanes de sus conductores afiebrados, desembocan en un nuevo golpe de estado militar, que lidera el pronto coronel Marcos Pérez Jiménez, hombre de derecha pero con una concepción más dinámica en cuanto al despertar de la sociedad venezolana.  A partir de la revolución de octubre de 1945, que en el medio político sí puede llamarse así, otro orden de cosas comienza a funcionar bajo el taimando mando de las botas militares, hasta cuando Pérez Jiménez se entroniza en el palacio presidencial de Miraflores por diez años cortos, vistos desde la proyección de su mandato autoritario y plutócrata que permite avanzar el país por la senda de los negocios y del desarrollo, siempre al amparo circunstancial de ese gran patrón imperial  y subyacente que son los Estados Unidos, quienes a poco ven con seriedad que Venezuela es un país rico y de confiar. Pero por detrás de este aparato socioempresarial que se instala y con el maná del petróleo que progresa, aparecen no mafias sino familias interesadas en la proyección del país, lo que da ocasión a la amplitud de capitales y por ende a una conchupancia sistemática que se establece entre el palacial Miraflores y los grupos adinerados, lo que permite por lo alto establecer un proyecto elaborado en el sentido de no abandonar el poder, protegiendo así muchos pero bastantes intereses, de donde comienza a aflorar toda una sociedad comprometida en esta vocación difícil para alejarla de esa suerte del holding de la riqueza desparramada por todo el territorio republicano, en cuya piel ya subsisten herederos arrastrados por la corriente hiperactiva de los negocios,  desde los cambios de gobierno con algunas  ideas novedosas ocurridos en 1945, y que con los años se consolidan para entrar ya en un período gerontocrático.
            Sobre estos parámetros adicionales para el ejercicio del poder con una u otra bandera de disimulo, bueno es recordar la tradición que como suerte de comején, polilla o gorgojo profundo se ha establecido en los altos niveles del mando ejecutivo, teniendo para ello cual productor de beneficios al parecer eternos la riqueza presente y sirviendo de ejemplo clave a muchos gobiernos que han establecido verdaderas dinastías familiares recordando entre estos  en el siglo XX a la familia Franco en España, Salazar en Portugal, a los viejos sistemas liberales y conservadores que sin atender el calendario que envejece se repartían el poder permanente en Europa, a las casas reales de aquel continente (Italia, Bélgica, Austriahungría, Inglaterra, España, Suecia, etc.) y ese mismo sistema con mayor holgura y displicencia mediante ciertos retoques necesarios fue establecido en América Latina, donde prolifera a las anchas o las estrechas en una suerte de poder omnímodo que hace y deshace sin contemplaciones, sobretodo con aquellas dictaduras ya declaradas que algunos hemos podido conocer y hasta vivir como los casos tan patentes de Baptista en Cuba, los ancianos hermanos Castro en el mismo país, Duvalier y su hijo en Haití, toda la larga familia y allegados del también anciano Rafael Leonidas Trujillo en los tantos años de la dictadura trujillista en la República Dominicana, la dinástica familia Somoza en Nicaragua, la dinástica familia Perón y Evita de mampara con sus distintos proceratos en Argentina que andan suaves aún en el ejercicio del poder, el batallador general Augusto Pinochet que no se le “aguaba el guarapo” para tomar decisiones, como las anticomunistas,  Odría, Peñaranda, Getulio Vargas, la famosa dinastía del PRI mexicana con su inmensa corrupción y que ahora parece entrar un poco en el ejercicio democrático vertical, el aturdido de Noriega, Velasco Alvarado y sus ideas extremas, o el Ortega de Nicaragua que ya no aspira abandonar el poder.
 Y para incidir en el largo tema vienen otros especímenes del rastrojo a mencionar, aprovechadores del  momento que entendiendo como los dólares corren por sus manos sin contar, no piensan alejarse bajo ningún respecto de esa gran corruptela, provocada por omisión y negligencia supina y ante los ojos y el pulso tranquilo de quienes han podido usufructuar ventajas para esta hemorragia de ocasiones debiluchas que de poco tiempo acá han infectado de veras y con serios saldos negativos esas tranquilas economías mal vivientes que sin pensar en lo futuro fueron cayendo en este huracán de corrupción, mediante una forma a veces inesperada pero cierta, como hoy ocurre con los dinásticos y depravados gobiernos que funcionan a su mandar en Argentina (Cristina y su hijo Alexis), Evo Morales y su hija, el parcialmente desaparecido Uruguay y la Topolowsky, como dije Ortega y su mujer Rosario en Nicaragua, las aspiraciones de Nadine en Perú, Cilia tras bambalinas en Venezuela, y otros lugares ásperos de nuestra tragedia regional, donde han tomado verdadera posesión estos grupos mafiosos para no salir más, según esperan, por órdenes superiores de quienes desde fronteras afuera los manejan a su guisa y como se  argumenta, con el empeño imperioso de los billetes verdes. Conste además que no soy alguien pesimista sino que analizando los entramados acontecimientos que circulan a menudo puede uno sacar conclusiones “a boca de urna”, como se estila decir en tantas elecciones amañadas.
            Sobre este triste acontecer no se crea que el plan urdido a nivel continental fue obra de la casualidad romántica y generosa del cofre de la fortuna, sino al contrario como fuerza expansiva del resentimiento y hasta el odio maquiavélico y comunistoide sembrado en las últimas generaciones, donde a través de la experiencia frustrada por equívocos y derrotas sucesivas, para luchar no contra el oso de Moscú, ni contra los capitalistas de Wall Street, sino enfebrecidos por el poder a juro que detentan los cabeza calientes sucesores de esas derrotas desastrosas, idearon toda suerte de patrañas tracaleras, pero muy sustanciosas en riqueza, para mediante el juego sutil que siempre han demostrado, como el foro de San Pablo, el gobierno gerontocrático de La Habana, y el recién fenecido de Caracas, porque hasta la fecha no se vislumbra el verdadero sucesor, mediante una urdida maniobra que naciera en los laboratorios capitalinos con el astuto expresidente Chávez, a fin de tomar el poder y para siempre en la América Latina, como medio compensatorio y frontal al inmenso dominio hemisférico sostenido también a nivel global por los Estados Unidos de Norteamérica. Para conformar tal designio que ahora se ve cojo por la desaparición del fenecido presidente Chávez y que aparenta a mediano plazo tomar el mando del huérfano conjunto el agresivo por también dinámico ecuatoriano Rafael Correa, dentro de una política contraria a la del imperio americano, pero que no rebate los expansivos imperios chino, ruso,  indio y brasileño, principalmente, el referido plan ha dejado atrás un poco la hermandad guerrillera y narcotraficante, de riesgos y sangre permanente, a fin de adentrarse en el mismo estado tildado de democrático, para con las armas esgrimidas mediante un lenguaje de doble intención corderil penetrar en lo hondo de tales sistemas a objeto de derrumbarlos desde adentro, en algo parecido a lo que sucediera entre 1945 y 1949 cuando la Unión Soviética se adueñó de los estados europeos liberados  en el Este de Europa, teniendo para sostener tales apetencias requeridas y en nuestro caso americano una cornucopia necesaria proveniente del maná petrolero que fue apaciguando, adquiriendo y hasta con el soborno frontal a muchos países de débil estructura orgánica, lo que con el correr del tiempo y la formación de instituciones paralelas que juegan a la destrucción de las ya existentes, como el caso de la Organización de Estados Americanos (OEA), y porque los creadores  de tal sistema pluriúnico, valga este neologismo, aspiran establecer en sueños alucinantes desde México y aguas abajo una gran potencia continental, que se encare con los propios Estados Unidos, aunque los ilusos no se bajen de esa utopía (Platón, Moro, Bacon) por demás truncada.
Mas como para sostener esta pretensión no bastase el intentar destruir a la primogénita Comunidad Andina de Naciones (CAN) y otras organizaciones  (Mercosur) por el estilo que las izquierdas siempre han tenido en la mira, ni distanciarse con muchos gobiernos existentes en el área que no comulgan con tales ideas fuera de contexto, arruinando así en sus ingresos a países como Venezuela o mediante cohechos y otras maniobras engañosas, el mismo diablo de la política obstruccionista y totalitaria inventó como suprema expresión del poder a la Gerontocracia en función de gobierno, para evitar toda suerte de obstáculos que pudieran presentarse en el escamoteo electoral, y por ello no solo ha creado instituciones paralelas (y también encuentros de igual estilo) como UNASUR, CELAC, ALBA y otras que ya han caído en sus garras doctrinarias, sino que con el ejemplo de los fracasos y para cuidarse las espaldas en este sentido han trazado todo un mapa artístico de América Latina, de promesas mentirosas, donde a partir de quien inspirara dicho tenebroso intento hasta ahora no desarticulado, pero que pronto por eso de las mediocridades existentes puede desaparecer en peligrosidad y no en latencia,  se ha ido aposentando en cierta forma sobre el continente iberoamericano, bajo fuerte o media penetración aunque con raíces de cierta profundidad en comunidades como Argentina, Chile, Perú, Uruguay, Bolivia, Brasil, Venezuela, Colombia, Nicaragua, Salvador, Cuba, Honduras, desde luego Venezuela y otras al voleo que se pueden escapar, a lo que agregamos esa colección de rémoras usufructuarias del petróleo nacional a quienes casi se regala una buena porción diaria de hidrocarburos, por puro interés político de votos a favor en las acciones internacionales. 
Pero el colmo de este plan macabro para así dominar la América Latina y en forma permanente es no solo acabar con las instituciones internas que hacen juego democrático en los países señalados, sino que aún no contento con ello, al estilo del implantado en Venezuela se fue reduciendo el poder de maniobra de los órganos supremos del Estado en los segmentos legislativo, judicial, electoral, empresarial, educativo, de medios comunicacionales, y otros tantos que hacen imposible un equilibrio necesario para el buen ejercicio de gobierno, de donde en la maniobra internacional y por las dádivas requeridas o el soborno necesario ya señalado, se han adquirido conciencias tarifadas, al extremo que los organismos protectores del  normal desarrollo de la democracia interamericana se hallan maniatados, con la mente en blanco y cosidas sus bocas, siendo imposible acudir a las entidades internacionales en procura de justicia porque de antemano y con votos sujetos se conoce la decisión, como en el caso triste de los derechos humanos.
            Para concluir el largo mensaje de aproximación que ustedes sabrán excusar,  agrego que en este maquiavélico ejercicio de reemplazo de la verdad ha venido progresando por los mismos carriles de la desvergüenza la idea ya puesta en práctica de las familias imperiales, como se intenta en Honduras, Salvador, en el ya existente Nicaragua, Colombia con sus grupos guerrilleros de izquierda, la familia Correa del Ecuador (refiriéndome al grupo compacto, hereditario con enredos narcóticos, y no a la familia en sí), Venezuela, Brasil (Lula, ¡ah Lula! y sus compadres tipo Dirceu), Dilma deshojando margaritas, Bolivia y la compañía danzante con Evo y los compinches, y otras formas de penetración que aspiran mantener el poder para siempre, aunque los comodines eleccionarios y otros aditamentos puedan existir, para que nadie alegue la ausencia de la palabra “democracia”, así, entre comillas, y valga como ejemplo el caso gerontocratico de Cuba.  Ahora ante la desaparición apresurada del presidente Chávez  se abre un compás de espera no solo eleccionario, que aún subsiste, sino entrañable en cuanto al manejo de esas clases llamadas D y E de la población que con facilidad, constancia y halagos superfluos el extinto supo ganárselas ya convertido como sabemos,  en mito, esperanza y hasta santo, que no del poder celestial. La balanza del desafío eleccionario concluyó en  apariencia el pasado 14 de abril, y de acuerdo con su resultado a resolver se sabrá si es otro comienzo del fin insondable de la política venezolana, o el inicio de cualquier round posterior a la continuidad de la gerontocracia en que personajes sabidos y por saberse se atrincheran dadas sus actuaciones constantes,  aunque sin ampliar explicaciones hasta nuevo aviso provenientes de los cuatro grupos que dentro de la gratificada familia imperial intentan arrebatar el montón, manteniéndose en el poder per secula seculorum. Pero aparenta de verdad haber cambios. ¡Hasta cuándo, Catilina, abusas de nuestra paciencia!.     
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viernes, 19 de abril de 2013

LA RUSTICIDAD DEL GENERAL CRESPO.



        Amigos invisibles. Los perros ladran mientras la caravana pasa, y con ello me refiero a la contrariedad sentida cuando realizada ya como la mitad de esta crónica chispeante en que anduve embebido, por un pequeño traspiés de la máquina servidora  de pronto se borró todo el continente y sin copia de seguridad, lo que me sumiera  en una tristeza pasajera, superada con prontitud, por cuanto el personaje tan interesante como para sacarlo del cofre (closet) de la Historia debía reponerlo en su justa medida y según mi interpretación nada confusa pero sí discordante con posiciones oficiales, retardatarias o llenas de interés, porque este funcionario público y enriquecido al máximo por tales servicios que generan ganancias, sin embargo y pese a sus características natales y formativas llevadas como la hoja al viento, fueron capaces para reconstruir un escrito que lo enjuicie a su justa medida en el tiempo que le tocó ser conocido y dentro de los desafueros normales en toda época de transición.
       Con el interés de trazar un perfil claro pero aproximado sobre este valiente y rústico general de las montoneras que se formaban en Venezuela después de la Federación, agregaremos que lleno de una vida muy personal y cuajada de anécdotas como para deleitarse en un libro,  este guariqueño era alto, mestizo entre mulato y zambo, de piel clara, bembón, apuesto, robusto, de ojos negros mirones y grandes, la barba espesa, prieta, partida y crespa, como el pelo haciendo honor al apellido, mientras de otra visión de su persona se mostraba sencillo, zamarro, austero, amigo de los necesitados, casi ascético, sin pecar en los vicios corrientes y alejado de  los placeres tentadores que tuvo a su alcance, al mismo tiempo que dentro de ese personaje plural digno de un buen estudio sicológico era silencioso, reflexivo, místico, astuto y tosco, lleno de dichos llaneros para tapar su incultura, mas en ocasiones alegre, zumbón, sereno pero arrogante en momentos de cólera, con tratos de caballero y presentable. Codicioso, con ambición de mando y de personalidad absorbente, se decía por aquel tiempo, “al que no le guste Crespo, que se peine liso”, demostrando así la guasa en que viviera cuanto rodease al caballero, a medias. Ahora, con paciencia, arme usted el rompecabezas que he formado de quienes le estudian, para que saque conclusiones sobre este venezolano de cepa venido de la nada.
            Nuestro biografiado nació el 22 de agosto de 1841 en el poco conocido San Francisco de Cara, del sediento y yermo llano guariqueño, siendo hijo del impredecible Ño Leandro Crespo, curandero y mañoso creador de un bálsamo llamado por el vulgo “Tacamajaca de Ño Leandro”, producto oleorresinoso procedente del árbol copaiba, que se ganaba el sustento a base de estos preparados convincentes por fe en aquel inframundo de la cultura rural. Su madre, Aquilina Torres, era una morena que hacia arepas para vender, teniendo como asiento la raquítica posada que servía de refugio a los escasos viajeros de tránsito. Poseyendo en las venas algo de vasco y tinerfeña, por la miseria circundante a nuestro Joaquín le trasladan hacia Parapara, donde se le instruye en forma muy rudimentaria, hasta que en los nueve años de ser alguien atraviesa aquella vastedad circundante un tal “general” Manuel Borrego, a quien pronto se agrega el muchacho como Asistente tropero y sin brújula alguna que lo conduzca en el destino. Ya para marzo de 1858 y en los inicios de la Guerra Federal con parasitosis y malaria endémica  este soldado raso de caballería deambula por el llano que conoce, bajo las órdenes del facineroso  guerrillero “El Agachado” y del anárquico paisano Donato Rodríguez, a quienes tiempo después enterrara en el famoso Panteón Nacional.  Luego de andar con Zoilo Medrado, a punta de lanza es hecho general en 1864, terminada la guerra, y de allí comienza otra etapa ágil de su vida en que será Diputado, amigo de Guzmán Blanco, empuñador de armas en las revoluciones Azul y Reivindicadora, Encargado además de la Presidencia de la República, Ministro, Jefe Civil y Militar, y en fin, trepador en muchas posiciones públicas que le dan cierto barniz de funcionario capaz en aquel mundo iletrado o falto de luces y al que pronto llevará a la Presidencia republicana el mismo Antonio Guzmán Blanco, para sucederle entre 1884 y 1886, porque el caraqueño se da cuenta de su ascenso carismático y de lo que es, recompensándolo luego con el pomposo título de “Héroe del deber cumplido” (o sea devolverle el “coroto” que es el mismo poder), cuando ya se estrecha la amistad entre ambos generales plutócratas. Durante el ejercicio de su gobierno presidencial problemas y espinosos no faltaron, que supo eludir y hasta torear con elegancia, no solo ante el terrible flagelo de las langostas, que le obliga a rebajar sueldos y pensiones en un 25%, por no tener dinero en caja para cumplir con las deudas, sino por el problema presentado frente a ciertos miembros excedidos de la Adoración Perpetua guzmancista, y el ridículo que en 1885 le organiza la oposición estudiantil cuando glorifica como gran poeta nacional a un desquiciado sombrerero de El Guarataro, al que en imborrable burla glorifican en el Teatro Caracas, con que se incomoda al propio Guzmán Blanco.
En 1888 ocurre el episodio político en que Crespo es detenido y trasladado a la cárcel caraqueña La Rotunda, con la sorpresa que dada su importancia le acomodan alfombrada una habitación especial donde el Presidente Rojas Paúl y próximo Primer Mandatario Andueza Palacio, por separado lo visitan a escondidas, de donde con rapidez arreglada el llanero parte exiliado al extranjero. Regresado pronto del ostracismo se enfrenta luego al guanareño Andueza desatando la Revolución Legalista, que acaba con los deseos hegemónicos de este llanero y presto debe asumir la Presidencia republicana, esta vez por cuatro años, que fueron cinco, mientras la economía se va al suelo y las casas de empeño proliferan, entrometiéndose en negocios extraños, como el empréstito con la casa berlinesa “Disconto”, filial de la familia Krupp, en que sale con las tablas en la cabeza frente a las nocivas cláusulas contractuales y los daños ruinosos, por lo cual ni un céntimo de dicho préstamo  vino al país mientras el 10 % de la negociación fue a parar a los bolsillos del propio Crespo, todo ello ocurrido al tiempo que la imperial Gran Bretaña iba despojando paulatinamente el inmenso territorio Esequibo, a Venezuela. Como mandamás de aquel tiempo don Joaquín decide apoyar la candidatura de su sucesor presidencial, el insincero Ignacio Andrade, provocándose un inmenso fraude electoral y contrariando así los deseos de su esposa doña Ana Jacinta, quien al personaje lo tenía ya estudiado, por lo que una vez impuesto en el solio presidencial y ocurrido el alzamiento del perdedor general José Manuel “mocho” Hernández, en celada propicia a Crespo se le ultima por traición mediante cierto hábil tirador (un joven Obadía, de Valencia) acoplado cerca de un árbol en el sitio cojedeño Mata Carmelera, el 16 de abril de 1898, quien a las 8 y diez de la mañana al corpulento hombre peligrosamente bien vestido para ser fácil de encontrar lo bajó de la mula que cabalgaba entonces, mediante un tiro certero al pecho, atribuyéndose el horrendo crimen al general Isidoro Wiedemann, o sea como autor intelectual, resentido con él para pagar con su vida debido a un maltrato verbal anterior.
La esposa del caudillo liberal era Ana Jacinta Parejo, de duro carácter y talento rural, con suerte para esconder siempre onzas de oro en totumas que guarda con tiento, obsesionada de fantasmas y entre otras cosas fue de gran ascendiente sobre Crespo, mientras luce de pitonisa  que mediante bola de cristal iluminada asegura leer o predecir el futuro sobre una tapara llena de abejorros y donde fuera de ayudar a su marido en lo supersticioso o descifrando brujerías del entorno, como hechicera de saberes diagnosticara en negativo a Ignacio Andrade, y quien la agraciada de marras para aquel momento romántico era viuda reciente de Ramón Saturnino Silva, convirtiéndose el nuevo marido en abstemio de la vida sexual para con otras damas, pues en la obsesión perfecta vivía encerrado con ella y por esta circunstancia calurosa tuvo en esos arrebiates de alcoba once hijos, siete varones y cuatro hembras, y acaso no produjo más porque lo ultimaron en la Mata Carmelera.   Pero lo resaltante en la figura diaria del caudillo Crespo fue el rodearse en el poder omnímodo que utiliza, con cierto grupo de extranjeros favoritos, como un tal “monsieur” Parquet, de origen belga, el corso Montecatini, que apenas mascullando el castellano llega a ser Jefe de la Guarnición de Caracas, Alirio  Díaz Guerra, poeta bogotano que funge de Secretario particular y a quien le encima igualmente el cargo de Director de Instrucción Superior. Pero no se queda allí el recuento personalizado, ya que para las obras y negocios provechosos que realiza como igualmente en sus propiedades rurales, encarga de ello al novelesco conde Giuseppe Orsi de Monbello, militar florentino quien por los trabajos y ganancias a él encomendados supera con creces la labor del ministro de Obras Públicas, porque todos los contratos se entregan a este noble italiano “toero” que se dice geógrafo, ingeniero, contratista, director, inspector y administrador de tantas obras y negocios en que mete la mano por cuenta de Crespo, para salir colmada de ganancias. Pero el favorito que en esta clase de acuerdos turbios tuvo el aguerrido llanero, fue el catalán y por ende comerciante Víctor Barret de Nazaris, “premier”, consejero político y amplio Secretario General de la Presidencia, hombre de ampulosos y retorcidos discursos, que con sus riquezas acumuladas lo llevaron a reposar en el Panteón Nacional.
Este llanero incapaz en materia administrativa, voraz terrateniente y admirador de la riqueza material, pronto se encuentra con otro embaucador por el estilo de Ño Leandro, que fue el taumaturgo improvisado y pícaro tachirense, experto y lleno de títulos académicos forjados, brujo curioso, empírico charlatán y yerbatero, que con vivezas mas pócimas indígenas repone la salud de doña Ana Jacinta y una hija desahuciada, por lo que de inmediato dentro del palacete Santa Inés se transforma en el monje Rasputín de la familia, teniendo entrada y salida según quisiera y a quien Crespo en retribución de favores interesados como “médico” sin créditos le entrega la dirección de los hospitales, el leprocomio capitalino y el asilo de locos de Los Teques, donde infundiendo terror con estos enfermos desquiciados hasta de clavarles tornillos en la cabeza, realiza curaciones instantáneas y milagrosas, mientras los profesionales universitarios de Caracas tiemblan porque Crespo aspira nombrar a este compadre afortunado como Rector de la Universidad Central, de donde se inicia una protesta contra el crespismo y sus acólitos desbocados, con lo que terminan quemando un libro herbolario de dicho charlatán, como arde también la Botica Indiana, que el pícaro andino montara para ofrecer a incautos sus recetas y pócimas indeterminadas. En materia de negocios personales el marido de doña Ana Jacinta fue uno de los más ricos venezolanos del siglo XIX, con cien cuerpos de bienes, 39 casas, palacios (Miraflores, Santa Inés), hatos verbigracia El Totumo, 42 grandes haciendas, etc., etc. Anduvo en 37 campañas y 58 guerras intestinas, donde colecciona cicatrices, fue factor importante en cinco revoluciones nacionales, y peleó por catorce años continuos, para morir en la contienda.
Gran amigo de Guzmán, después se enemista con él, sin atacarlo a fondo, pero adversa luego a Rojas Paúl y a Andueza, que antes fueron  sus amigos, mientras a última hora descubre cómo se voltea Andrade, por lo que dice de él que la gallina está cantando como gallo. Crespo llevó al país a un desastre financiero, siempre rodeado de menudas intrigas, y porque no supo ni papa de administración la Tesorería Nacional se puso en bancarrota, lleno de gastos superfluos e inoportunos, pues mientras hay hambruna colectiva construye baños hidroterápicos y casinos, al tanto que intenta enjuiciar a  más de 200 peculadores, pero sin aparecer en esa lista.  Para inmortalizarse mandó a escribir al poeta colombiano Vargas Vila su “autobiografía”, que en apenas dos ejemplares costó un dineral, mientras el reinoso autor se reía porque el guariqueño le tuvo “fobia a los “versitos que fuñen” y satíricos que al tiempo lo ridiculizaban. Con sus adversarios fue muy cruel, hasta matarlos a machete, y así mismo acaba con más contendientes, o de otros modos los silencia, como el caso del general y banquero Pérez Matos, que troca su alzamiento insurreccional por tres ministerios que el zamarro llanero le ofrece, o el caso del zaraceño Velutini, que se puso bajo el amparo de  “misia Jacinta”  para que lo ayudara su marido en las trácalas financieras que luego llevó a cabo. Y hasta se burló de todos cuando nombra ministro de Relaciones Interiores a José Temístocles Roldán, ilustre desconocido que apenas  había sido archivero en un ministerio. De este personaje que tiene tanto parecido con un famoso llanero recién muerto, me ocuparé en otra oportunidad, para hacer comparaciones de esa mentalidad extraña y cabalística que siempre andara por el atajo de lo tangencial.
Con la muerte de Crespo el mundo político de Venezuela cierra una etapa de décadas y alborotos, donde el viejo partido liberal se desgasta hasta casi desaparecer, pues iniciada ya la decadencia guzmancista la orfandad del presidente  Andrade es bien palpable, acabándose el poder político de los zamarros llaneros por un siglo, que se había mantenido desde Páez, como se destruye el poder económico de la familia Crespo entre llantos y lamentaciones, para llevarla a la ruina, fuera de largos pleitos sucesorales que su desaparición plantea. Nacieron de la nada y desaparecen en la nada. Veremos repetir esta sentencia, como la bíblica del polvo, pues lo que por agua viene, por agua se va.    

miércoles, 10 de abril de 2013

PINCELADAS DE HISTORIA VENEZOLANA.



Amigos invisibles.  Para los que están fuera de esta tierra, por allá viviendo en distintos lugares del planeta, voy a colocarles en el recuerdo algunos aspectos subjetivos que pueden ilustrar de cómo se fue formando el país con sus gentes y a través del tiempo, para aparecer esta raza característica que hoy tenemos, donde con sus detalles íntimos en la mezcla obtenida hemos podido apreciar la sorpresa innegable de bellas mujeres, por ejemplo, que han llegado al estrellato máximo en su competencia de misses, o de detalles que a lo largo del tiempo se conocen porque llaman verdaderamente la atención para entender de cómo se fue estructurando la nación y luego la patria.  Son 500 años de este deambular que ahora coloco para que los presentes y ausentes añoren esa vida de nuestros abuelos que con seguridad por haberse escogido dentro de lo original, les agradará.
1599. En el ocaso del siglo en Venezuela se distinguían siete castas sociales determinadas, a saber:
1) Los españoles nacidos en Europa.
2) Los criollos o españoles paridos en América.
3) Los mestizos, descendientes de la liga genética  de blanco a indios.
4) Los mulatos, originados por la mezcla de blanco y negro.
5) Los zambos, que eran el resultado de la unión de indios con negros.
6) Los indios, o aborígenes americanos.
7) Los negros africanos o nacidos ya en América (bozales, o sea recién trasladados desde África,  y ladinos, que hablaban y entendieran el castellano).
Fuera de esta división según las mezclas obtenidas se subdividían de la siguiente manera: a) Zambos prietos, o sea producto del cruce de negro y zamba.
b) Cuarterones o moriscos, que son mezcla de blanco y mulata.
c) Quinterones, fusión de blanco y cuarterona.
d) Coyotes, por unión de mestizo e india.
e) Tente en el aire, producto mixto de zambo y tercerón o cuarentón.
f) Salto atrás, correspondiente a la mezcla donde el color es más oscuro que la madre.
Por ende, a todas las personas que no eran de raza “pura” se les llamaba sin distinción “pardos”, en aquella Caracas que hacia el 1600 se componía apenas de 30 manzanas.
En el aspecto religioso para dicha época los domingos y días de fiesta se pudo ver en los templos de la capital un cuadro vivo de las castas reseñadas, en que a la catedral concurrían solo los blancos y sus familias;  a la iglesia de la Candelaria los isleños de Canarias; a Altagracia los indeterminados pardos; y a la ermita de San Mauricio (hoy iglesia de Santa Capilla),  los negros, en su mayoría esclavos.
La vida diaria de los caraqueños, algo llena de vacíos espirituales, podemos reseñarla  según lo incorpora al lento quehacer cotidiano el cronista Arístides Rojas, quien para 1650 apunta que el discurrir  de los caraqueños durante aquel medio siglo podía resumirse en cuatro palabras cabalísticas, o sea comer, dormir, rezar y pasear. En efecto, el llamado para entonces almuerzo se realizaba a las nueve de la mañana. La comida siguiente era a la una de la tarde, y de seguidas se entregaban en los brazos de Morfeo sin rechistar salvo cualquier ronquido, hasta las tres y media de la tarde, ya para la caída del sol, horario durante el cual las calles permanecen totalmente desiertas, incluidos los perros somnolientos. Ya para las cuatro y transcurrido el mediodía, cuando ha bajado la tortura radial del astro rey, vuelve la animación a las calzadas citadinas, con vistosos paseos, visitas y exhibición de trajes por parte de los caballeros andantes, acompañados con casacas de colores, pantalones cortos, zapatos de hebilla, tricornios adornados, capas españolas para nobles distinguidos y capotes para la clase media, mientras las damas pizpiretas se paseaban con mantillas de corte andaluz, camisones de seda brocada y faldas diversas.  Durante las visitas posteriores, ocultos ya de los rayos solares, y hechas hasta horas tardías, según la ocasión, a los presentes se ofrecían mermeladas, o dulces y refrescos caseros, acompañados siempre de una servilleta doblada en punta. Las mañanas por lo regular siempre anduvieronan ocupadas, en que podía verse caminando por las calles sólo algunos hombres atareados, mientras las damas iban en busca de la iglesia, y los esclavos y negras de servicio como siempre se dirigían hacia los ventorrillos a fin de comprar frescas provisiones.
Ya para finales de este tortuoso siglo XVII, en 1699, la Gobernación de Caracas o Venezuela dispone de 14 conventos buscando el auxilio espiritual, mientras la capital cuenta con mil vecinos españoles, sin incluir esclavos y también las nuevas clases de pardos que a montón pululan por las calles empedradas.  Entre tanto y ante el terror que causan las diversas plagas existentes  y las difíciles enfermedades a curar, se venera en los templos, con fiestas religiosas, los santos abogados que intercedan ante la Divina Providencia contra al gusano destructor de las sementeras y la comida, la plaga de los comejenes silenciosos que sin detenerse en el empeño acaban con cualquier objeto maderable que esté a su disposición, desde techos y columnas para abajo. El venerado protector contra la langosta, insecto grande que en bandadas inmensas para tapar el sol y provenientes del este africano aparecían acabando con todo vestigio de vegetación y por ende produciendo hambruna, como el transmisor de la fatal viruela, que para entonces se desconocía el origen viral ni mucho menos, el temible transmisor de la peste que era otro mal bíblico y sin pensar que las ratas principalmente lo llevaban consigo para acabar con millones de seres humanos, el protector divino para destruir la epidemia de ratones que asolaban los campos comiendo de todo, y la alhorra del cacao, principal producto de la provincia venezolana, suerte de insecto pequeño y hasta de un hongo que dañaba esas propiedades agrícolas reduciéndolas a su mínima producción.  Esto entre algunos santos protectores que a veces se olvidaban de sus protegidos.
Pero lo que colmó el fin de siglo fue la  llegada a Caracas del canario y nuevo gobernador caballero y oficial de marina Don Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, fino de facciones, y “la célebre disposición de su cuerpo” que al no entender su contenido traía a las jóvenes y no tanto caraqueñas “por la calle de la amargura” pues al pensar en aquella disposición corporal la cabeza se les llenaba de travesuras que ahora llaman pornográficas o mejor eróticas, aunque para desgracia de sus fantasías don Nicolás por algo desconocido, que pudo ser sexual, pronto entró a comportarse de una manera extraña, retraída, y de allí sigue a la melancolía y tristeza en que pasaba horas sin moverse, a pesar de las moscas,  e intentó salir en cueros, desnudo sin importarle el qué dirían de Adán, o sea a la calle el tal adonis, que lo retuvieron con fuerza para evitar soponcios, perdiéndose estas jóvenes y no tanto de tal espectáculo carnal gratuito. Y hasta aquí llegó el permanente cuento del adánico alocado, cerrándose con su chispeante historia tragicómica el siglo XVII.
Para el año 1750 y ya entrado un estilo borbónico de poder, más amplio y liberal, Caracas aparece con 26.000 habitantes algo fiesteros, por causa de la riqueza que la floreciente Compañía Guipuzcoana ha traído sobre las cabezas familiares. La sociedad mira hacia los adentros de su hogar, que se plena de imágenes religiosas y de recargados signos barrocos, en que predominan oratorios con santos y santas de diversa factura e idolatría, ampollas con sangre de mártires y calaveras traídas de Tierra Santa, sin faltar el santoral protector contra duendes maléficos y brujos dañinos en una mezcla religiosa idolátrica salpicada de superstición indígena y africana. La casa de habitación todavía recuerda los hogares andaluces en que priva el aspecto mahometano e íntimo familiar, con paredes altas hacia la calle pero de mucha vigencia en su interior, incluyendo la esclavitud aparte, junto al cepo existente para los castigos corporales. Sociedad cerrada, conservadora, donde la mentira y la calumnia podían ser llevadas a juicio, para mantener el honor y la honra familiar.  La masa de analfabetos era inmensa, porque la cultura colonial estaba diseñada para ciertas élites principalmente masculinas. Al par de los insectos circulantes, ergo las traviesas moscas, pululaban mendigos pedigüeños y algunos comerciantes bajos con pulperías pequeñas, como lo llamados blancos de orilla. Con negocios artesanales manejados por pardos, y los músicos, que eran gente de color, donde para ingresar al sacerdocio, por ejemplo, se liberaba de esta condición excepcional mediante una licencia al efecto materializada con el pago respectivo.  Quince iglesias y cuarenta cofradías guardaban el sentido éticoreligioso de los habitantes y los actos de difuntos, con un lapso abierto de ocho días, de preferencia nocturnos, eran discriminados entre la población pudiente y los necesitados de la mano de Dios, en ese sentido.  Por esta misma vía de la viveza la venta de las bulas eclesiales eran una verdadera plaga para atrapar incautos o creyentes, donde predominaban las de la Santa Cruzada, de vivos, de muertos, de lacticinios, para absolver pecados, la licencia para comer carne en días de ayuno y la famosa bula a objeto liberador del Purgatorio y  hasta del Infierno.
Cincuenta años después de lo aquí reseñado la población venezolana va cambiando para esconder antecedentes raciales como en el caso de los “salto atrás” que olvidan el origen africano escondiendo el color que puede delatarlos o esgrimiendo títulos adquiridos con pagos impuestos, como el caso inolvidable de las negras y ahora blancas Bejarano, manteniéndose aún un 40% de esclavos. Para dicha época del inicio de cambios sustanciales en que los pardos pujan por sobresalir, quienes manejan los problemas nacionales son los mantuanos, clase que usa manto y espada por derecho propio, mientras la economía y las tierras permanecen en sus manos. Este status quo se resquebraja cuando el gobierno real se entromete en sus riquezas, perturbando aquella paz con el apoyo que da a la Compañía Guipuzcoana, de origen vasco y factor importante de desarrollo. Mientras tanto prosigue un enfrentamiento solapado entre los blancos peninsulares y los iguales criollos, por acasos de privilegio, mientras los blancos no mantuanos  pierden influencia en la actividad social, lo que será acicate para iniciar las raíces de la Independencia.  Entretanto los esclavos aún no cuentan para nada en este sentido renovador y los pardos se mantienen de bajo perfil, con derechos aún cohibidos.
Acercándose a una población escasa de 600.000 habitantes, que pronto en algún tercio sería sacrificada por la guerra y sus secuelas, los mantuanos acomodados se daban el lujo de tomar dos baños por día, durmiendo tres veces en este corto período, e ingiriendo cuatro comidas  en el ínterin despierto, según deja constancia el detallista sabio Humboldt. Pero por otro lado existen los esclavos o parias existenciales, con escasa nutrición, harapos de guardar las partes pudendas y siendo indiferentes a lo que estaba ocurriendo. Apenas guardan un vestido burdo “de librea” para acompañar a su amo, y quien ayuno de medicamentos apenas utiliza hierbas para supuesta recuperación.
Ahora estamos llegando a los inicios de 1800, donde Caracas alberga 40.000 habitantes, ocho iglesias, cinco conventos, diez familias mantuanas o “amos del valle” y algunas plazas carentes de necesaria sombra. Mientras los pobres pobres (con redundancia y todo) hacen de las suyas, los mendigos no se diga, esperando la mísera limosna sabatina, prosperan los asesinatos, que con los criollos indolentes y los manumisos incapaces de trabajar andan incorporados a los roba gallinas o rateros de Caracas.  Para 1850 y ya pasada la terrible guerra de Independencia, todavía no existen sillas en las iglesias y sí pequeñas alfombras, llevadas por esclavas, a la manera del islam. El baile era apasionado, porque podía prorrogarse hasta las tres de la madrugada, en que la noche es sorda, siendo el hombre embriagado por la bebida. Los empleados de Hacienda son defraudadores y quienes se bañan en el río Guaire pueden quedar desnudos por el enjambre de ladrones que allí existen. Ya para 1852 el brasileño Miguel María de Lisboa encuentra pocos coches en Caracas, las calzadas son incómodas, el exterior de las casas reluce triste, sin edificios públicos que merezcan atención, con la ausencia del teatro (y menos un corral de comedias), pero sí muchos testimonios  presentes del horrible terremoto ocurrido 40 años atrás. En la Universidad hay jolgorio por otra colación de grados, incluida  una procesión en dos filas, con vestido negro, muceta y birrete, entre bedeles de botas rojas, mazos de plata y un maestro de ceremonias.
Esa noche como continuación del festejo por el grado doctoral del hijo de un mantuano siguió la pachanga con banquete pleno de manjares, hasta las 3 am., con contradanzas, valses y polkas conocidas, una orquesta de doce músicos y 300 luces  que abaten la oscuridad, por si acaso. Cien gruesas damas y doscientos recatados caballeros acompañaron tal ceremonia de cachondeo.
El siglo XX abre con que al general Cipriano Castro paseando en una carroza, intentan matarlo, lo que él pronto resuelve de igual modo contra su frustrado asesino, Anselmo López, y a poco, con el tremendo terremoto ocurrido, el andino presa de terror se lanza desde una ventana de la Casa Amarilla, con paraguas y camisón, para terminar luxándose un  pie, con el ay, ay, ay del dolor recurrente, aunque como se dice “macho que se respeta no llora”. Ya para 1950 el país ha cambiado dentro y fuera de su territorio, por lo que al líder Rómulo Betancourt tratan de asesinarlo con veneno de cobra, el fumador permanente Rómulo Gallegos ayuda a la buena muerte de su esposa, fumadora pasiva de este conocido novelista, que le afecta los pulmones, y el coriano Rafael Simón Urbina, hombre de pocas pulgas, asesina al comandante Carlos Delgado Chalbaud, por causas baladíes de un triste recuerdo. Resta por incluir en esta crónica espectacular el episodio inverosímil del deslave guaireño ocurrido en diciembre de 1999, cobrando algunos 50.000 muertos y desaparecidos, en una suerte de crónica roja de la muerte anunciada,  porque todos sabían lo que iba a ocurrir, detalle con que finalizo mi extenso libro “Historia oculta de Venezuela”, cuando remato las ideas al estilo juglar de Nostradamus, “y porque muchos decían, un hecho apocalíptico, como la aparición del Anticristo”.