lunes, 8 de junio de 2015

DE CÓMO FUI ESCRIBIENDO LO QUE ME DIO LA GANA.

Nostradamus.
 Amigos invisibles. Entrar en los detalles de la vida personal es cuestión verdaderamente compleja y acaso menos valedera para el interés colectivo, donde se unen aspectos como la cultura, la sindéresis, el sensacionalismo, y por qué no, hasta ciertos rasgos de eso que llaman locura, eso sí, bien entendida, para no cargar con la culpable paranoia, la esquizofrenia, la presunción, soberbia y otros males concomitantes,  aunque el soporte familiar de la primera juventud juega también en este escenario como para marcar distancias adecuando la visión hacia un mundo infinito, idílico o tétrico quizás,  donde abierto el telón de fondo siempre presente en el juego de la vida iremos por ese andar que nos señala el destino sin equivocaciones o despeñaderos. Ese quizás y buscando algún vínculo de interpretación hacia el mundo infantil con los ojos abiertos fui estirando los pasos que algunos románticos en desuso llaman pininos y otros menos sabidos catalogan de aprendizaje maternal, y con este bagaje encima me inicié atravesando senderos insospechados de una tierna infancia enaltecida donde aprendí a saber que era poeta, así no le gustara a los demás porque me sonaba discorde y sin sentido el descorrer de su canto, algo consustancial con las travesuras del pensamiento juvenil, y a veces tuve necesidad de apelar a la piedad en casos de verdadero espanto porque en el camino se encuentran escollos y escenas de brillantez no tan comunes donde debimos recurrir al señorío de las palabras que otros llaman fonemas para calmar  apetitos y ansiedades truncas aunque tranquilizando  a esos dueños de tantos gestos inermes, según lo prueban ciertos  ratos incongruentes como era previsible que debí soportar siendo en dos ocasiones  presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela para asumir la calma con frases cultas frente a distantes  ánimos incomprensibles de reputaciones consagradas, concepto que recuerdo escribiera con ácido sentido asaz retórico y para bien meditar nuestro ilustrado hombre de letras  Manuel Vicente Romero García.
Pues bien ahora asentado con cierta libertad e inspirándome por la meta interesante  de este trabajo explicativo sobre esa pirámide de sucesos extraños  que hacen historia hasta ahora, rodeado del nimbo de escritores y otros que aspiraban a serlo, en cuyo trasteo debí parecerme al coloso torero Manolete, fui posponiendo el tiempo en medio de tantas lecturas emergidas del pueblo de mi infancia, con sus fantasmas y creencias subliminales, para venir hasta Caracas a objeto de aposentar cargas ya definidas, entonces rodeado de papeles banales y lecturas dispersas  que fueron tranquilizando al espíritu de mi ser, mientras observaba viendo formar la yerba de los años en que se cimentó aquel ego naciente que para entonces y con otros deseos de mayor solidez querían ser de mejor amplitud con que abarcar más espacios de esos que pertenecen a nuestro planeta interior, porque para aquella estancia sugerida ya Caracas se me hizo angosta deseando asemejarme a Cristóbal Colón, mientras en esa temporada incierta pude conocer (apenas conocer) algunos señores de la pluma como el estrambótico aeda Rafael Olivares Figueroa un tanto fuera de sí y otros de aquella generación viernista de intelectuales ansiosos de tomar existencia. Con esos sentimientos todavía truncos por obra del medio en que viviera (la Caracas de los techos rojos) un día resplandeciente decidí armar viaje de casi ocho años de aprendizaje, para extasiarme con Europa y otros países de aquel mundo excitante, y en tanto que los europeos en masa viajaban rumbo a Venezuela ansiando la libertad estomacal, yo corría en sentido contrario rumbo a las fuentes de inspiración crítica, y como los hades del destino me protegían y aún son compañeros fieles en esta ya larga saga de enseñanzas, en agosto de 1951 me embarqué con el fin de fijar metas que eso lo harían la suerte y el entendimiento, rumbo a este mundo desconocido interior, en un viaje largo y soñado como de un mes errante con la luna, para visitar además  las Canarias y el Marruecos islámico en trasiego inolvidable y luego sentir el escozor ardiente de la tierra europea llena de fantasías, esperanzas, truenos y relámpagos, mientras sostengo agradables conversaciones del hotel Ritz en Barcelona de España con el gran pintor muralista caraqueño y ya anciano Tito Salas.  
Demás está decir que luego de Gaudí pensé entonces en el Museo del Prado y en esa catapulta de visiones que me atrajo Madrid, dentro de  este sendero relámpago de algunos ocho días para seguir con prisa rumbo a París al presionar los estudios universitarios a seguir y el habituarse a esa ciudad tan humana y querendona. Allí sí había una colonia  arraigada de venezolanos importantes, como el tildado hombre de letras embajador Alberto Zérega Fombona, eterno habitante del germanófilo Hotel Lutecia y primo de Rufino Blanco Fombona, el “guillo” Meneses, en funciones diplomáticas de la rue Copernic, y el inolvidable embajador Caracciolo Parra Pérez, uno de los más perspicuos historiadores venezolanos (su “Mariño” es todo un capo lavoro de objetividad, trabajo y enseñanza), a quien me unió cierta corta y fecunda amistad por lazos territoriales como de familia. Ya en el campo de las relaciones allí residían y estudiaban el amigo economista Iván Senior, después banquero de Caracas, el profesor Alcides López Orihuela, de mi grata afinidad por más de 50 años, el cinetista guayanés Jesús Soto, que entonces animaba tertulias musicales con su cuatro “amolao” en las noches parisinas de nuestra juventud, con aquellos recuerdos de Jean Paul Sartre (le vi sentado varias veces en el café Deux Magots), al tanto que quien esto pergeña repasaba algún texto económico de Jean Marchal o del sabio Mazeaud. También recuerdo en ese entonces la capacidad nemotécnica de Aristóteles Tovar, amigo de las buenas cervezas alsacianas, quien mediante  cierta  astucia  única e innata  de aprendizaje que tuvo, con  pocos días de lectura asimilaba todo el curso de un año de Medicina, y desde luego que salía aprobado en la materia, lo que me dio a pensar seriamente sobre  lo negativo de ese tipo de estudios de tal  época y que ahora con mayor rigor se cuestiona.
Conferencia de Urdaneta en la Universidad Salmantina y con Rectores. 
 De París pasé a Grenoble para proseguir mi formación de Derecho y Enseñanza Comercial (los dirigía el buen amigo profesor Roger Nerson), dejando así parte de mi corazón intelectual en aquella ciudad luz que era la cuna del mundo para entonces, donde desde luego hice buenas relaciones universitarias, entre ellas con algunos profesores. Es ocasión de señalar que aquí  en la soledad alpina pude concluir un pequeño libro que iba a ser el primero de la saga existencial y referido a mi pueblo matriz, o sea Trujillo, al que llamara según los parámetros intelectuales de entonces “Mecanismo a dos tiempos sobre Trujillo”, título que por cierto tanto complaciera a nuestro paisano y conocido novelista Adriano González León debido a su originalidad y sensatez. Gracias renuevo a la admirada amiga Cécile Crevel, por quien pudo salir este primer hijo de mis letras, en París. Durante las vacaciones largas del año siguiente (1953) y como lo había hecho el anterior, en que viajara  hacia el Norte de Europa (de Bélgica y Holanda por Dinamarca, el Báltico, Finlandia, Suecia y Noruega hacia arriba para conocer mundos y empaparme de su cultura (el 52 lo hice por el mar Mediterráneo rumbo a Estambul), esta vez me dirigí hacia una ciudad encantadora y a un pueblo que admiro por su  tesón y arte, al que visitara en segunda oportunidad (y así lo he hecho en cuatro o cinco momentos más) o sea a la inolvidable Viena (donde dicté una conferencia en la Cámara de Comercio), mientras en aquella ocasión permanecí un mes y fui invitado al Congreso de la Juventud que se reuniría en Bucarest, ciudad donde encontré al amigo abogado Ricardo Ernst, luego compañero de lides tribunalicias en Caracas. Y de vuelta a Viena y Grenoble, por una táctica que utilizo y explico en mi libro “50 veces yo” pude permanecer dos días a objeto de admirar la inolvidable Budapest y el lento paso por ella del cantado río Danubio, que por cierto nada de azul contiene, para retornar a Grenoble en medio de tantos conocimientos geohistóricos que entonces adquirí, por lo que siempre he viajado en ese sentido con un libro de cabecera inglés, estando de paso en la musical Salzburgo y luego en Zurich, para seguir al lago de Lausana y mi siempre querida y volteriana ciudad de Ginebra, mientras que en Zaragoza pronuncio otra conferencia  en el Instituto Cultural de Aragón y con añoranza reúno los bártulos universitarios para con ellos  trasladarme a Salamanca, la sabia, para proseguir los estudios emprendidos. Ya en ese ambiente un tanto clerical apadrinado por el general Franco, pero que en el fondo no colidía con nuestro pensamiento universitario, me di a la tarea de cultivar amistades lugareñas y entre las destacadas aparecieron nada menos que el príncipe Don Juan Carlos de Borbón, futuro Rey de España, según comento con detalles en mi libro “50 veces yo” (impreso por Federación Latinoamericana de  Sociedades de Escritores. Caracas, 1996. Miguel Ángel García e hijo, s.r.l.), texto que recomiendo  leerlo para bien conocer sobre esas peripecias que acontecieron en mi vida, hasta el año 2005. Otro entrañable amigo de aquellos tiempos universitarios fue don Julio López Oliván Capaz, con quien tuve mucha estimación recíproca y hasta en los pareceres por ser un hombre extrafronteras, que llegó a dirigir en calidad de Gerente General a la Línea aérea Iberia, entre las más importantes del mundo y quien murió relativamente joven. Como tercer amigo de verdad que adquirí en aquella tierra altiva llena de recuerdos históricos viene a la mente don Luis García Arias, catedrático de Derecho Internacional y Presidente de varias Sociedades Internacionales sobre esta ciencia, que luego las ejerció con méritos indiscutibles demostrados en tal función académica, siendo vicerrector de la Universidad de Madrid y a quien aludo además por esa hermosa  epístola que conmigo enviara a su colega internacionalista Ramírez de Arellano, de igual académica función en la reconocida Universidad de Salamanca, donde  se refirió a mi persona de la mejor manera y cuyos conceptos expresivos guardo con el mayor cariño entre papeles escogidos del archivo particular. Otros amigos universitarios que recuerdo de aquella pasantía zaragozana fueron el compañero de aulas conde de Roncali, familiar del entonces papa reinante por viejos matrimonios cruzados, el discursivo Mariano Sanz Fuertes, los Domingo, españoles que habían vuelto desde Venezuela a su terruño, un paisano merideño de apellido Maldonado  que allí estudiaba ciencias exactas o algo por el estilo, el economista José María Alcántara, venido de Madrid para cursar estudios de Derecho, casado luego con una venezolana, y finalmente el trujillano Jesús Mazzey Berti,  quien bajo mi consejo vino del Madrid bullanguero y lleno de venezolanos a continuar la carrera de Medicina bajo el sagrado manto de la Vírgen del Pilar, donde se graduó.
Escudo de la Universidad de Salamanca.
 Pero en cuanto a  mí se  refiere voy a contar la historia a grandes rasgos del periplo español que me tocó vivir en aquel tiempo cuando el nativo de Venezuela era bien estimado, de donde como se comprenderá y dada mi inclinación intelectual con el ansia de escudriñar en papeles antiguos me di a la tarea de recorrer por casi toda España en los momentos oportunos o en tiempos de vacaciones, como lo había hecho también en Francia, Alemania y en buena parte de la Europa visitable (después la anduve como invitado de honor en varias oportunidades, siendo Presidente de los Escritores de Venezuela).  Así fue con el propio Aragón, Andalucía, Cataluña, Baleares, ambas Castillas, país Vasco, Asturias, Navarra y paro en el recuerdo, aunque tomé especial empeño para conocer a conciencia la región extremeña, tan unida a nuestra América en sus pueblos y aldeas, en lo que tuve como acompañante espiritual  y preparador a don Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros y de San Miguel, propietario del Palacio de Ovando, quien puso especial empeño en que yo me entrevistara con Don Manuel Falcó, Duque de Montellano y Asistente de Don Juan de Borbón, padre éste del futuro Don Juan Carlos, Rey de España, hecho ocurrido una tarde llena de historias y de anécdotas  en su palacio de Plasencia. Por esos contactos  de importancia histórica pude visitar a Cáceres, donde dicté una conferencia en el Ayuntamiento que fue impresa en folleto, como la siguió otra en el Trujillo extremeño, y lo mismo hice en la Universidad de Salamanca con el rector presente y en el salmantino Colegio Universitario Hernán Cortés, con asistencia de la colonia universitaria venezolana (más de cien estudiantes) y de las autoridades correspondientes. De otra forma en España mantuve una vida agitada, cuando no permanecí fuera del país, como ocurrió en un segundo viaje a Londres e Irlanda para indagar sobre el filibustero Francisco Granmont en la Biblioteca del Museo  Británico y como lo había hecho en París en la Biblioteca Nacional (Período de México, colección Goupil) y en el Museo de la Marina, en París, también investigando sobre Granmont.  En mis diversos viajes a Madrid tuve ocasión de permanecer una tarde algo fría (por ello bebimos del buen cognac)  y en su piso de Río Rosas, con el  excelente escritor erudito y gallego de variedades y temas por demás atrayentes que como “La familia de Pascual Duarte” o “La Colmena” y sus tremenduras  o salidas esperpénticas (de otro gallego y tocayo ilustre entonces jugando con el idioma cervantino a pesar de las reticencias y envidias consustanciales (por ejemplo dijo “como me da la gana”) talante que le valiera ser el mejor escritor de su tiempo (acaso por ello apenas le retuvieron el curul académico una buena temporada), mientras recordábamos los meandros escriturales  sobre su famosa novela estrafalaria “La catira”,  como oscuro remedar de aquella  Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, pagándole treinta mil dólares por escribir ese hibrido de feria nacido muerto, el dictador venezolano Pérez Jiménez.   En Madrid también asistí a peñas literarias como la de calle Serrano frente a Cibeles (Café El León),donde charlara con el grueso José María de Cossio, o sea el mejor cronista conocedor de los buenos toros de lidia y quien por cierto allí no se expresó bien de nuestro César Girón (“es un aficionado y atrevido con suerte, pero no artista”), y ya en el terreno de los escritores en un sobrio café de la Puerta del Sol me encontraba con el buen amigo Ángel Grisanti, carupanero y andariego sobre la vida de Bolívar,  personaje serio que durante años visitó los pasos por ciudades  del caraqueño libertador escribiendo sobre tantas interioridades de nuestro valioso hombre, lo que por cierto le trajo animadversión en este sentido con dos intocables historiadores caraqueños  de la época (Lecuna y Mendoza) y por cuyo motivo nunca fue designado Individuo de Número de nuestra Academia de la Historia, como bien lo merecía. A través de sus cuitas y entendimiento pude conocer detalles de esa intimidad tan estrecha, como fue entonces, por ejemplo, el plagio absoluto que de un trabajo inédito tuvo la historiadora falconiana Casta J. Riera, al prestar su  libro recién terminado a cierto trepador en estas lides (pronto ganó fortuna con una imprenta que adquiriera) y quien poco después lo editara como obra de su autoría, detalle que fue bien conocido en los conciliábulos  capitalinos de entonces. En Madrid igualmente visité con gusto y amplitud a mi paisano y admirado escritor académico don Mario Briceño Iragorry, allí exiliado por la dictadura que llega a aporrearlo a la salida de una iglesia dominguera, con quien mantuve gratísimos ratos de charla familiar e intelectual. Otro tanto hice con el escritor José Fabbiani Ruiz, quien en compañía de su esposa pasaba cierta  temporada de estudios en Madrid y al que invité para pronunciar una conferencia en Salamanca, apoyado en ello por la colonia estudiantil nuestra allí radicada. Por esos días de mi parte  intervine disertando en una exposición de libros venezolanos que se presentara en la Biblioteca de la Universidad  salmantina (abril de 1957), con la presencia del Decano de Derecho Esteban Madruga (en la foto de este trabajo se halla situado bajo la bandera de Venezuela) y varias altas autoridades rectorales de la famosa octocentenaria universidad (entre las primeras casas de estudio a nivel mundial). Otro tanto de los agasajos lo haría con el académico de la Historia don Jesús Antonio Cova, congresista en Caracas quien estuvo de corta permanencia en Madrid, cuando nos reunimos a cenar en la casa palacete del conde de Canilleros.  Y así lo hice también en otras ocasiones con los poetas Ramón Sosa Montes de Oca y Juan Manuel González.
Día de Grado Universitario. (Enero - 1958)
 En Madrid me di igualmente a publicar algunos de  los libros del repertorio personal, que espero ustedes conocen (en este momento recuerdo que el poemario “Caracas, soledad”, con prólogo del académico de la Lengua Pedro Pablo Barnola, s.j.  (no ha mucho lo vi ofrecer en venta mediante  ese medio de internet, en París, por la suma de 81 euros cada ejemplar). En este afán divulgador salen a la luz   “Europa prolífica”, al cuidado de mi amigo y conocido poeta malagueño José Luis Cano (cofundador de la revista Ínsula), la biografía de Diego García de Paredes, bajo el sello editorial  “Librería Victoriano Suárez”, ubicada en la calle Preciados, de casi centenaria prosapia en estas lides;  Aportación trujillana al pensamiento en Venezuela, escrita en Salamanca cerca de la amistad del conservador y custodio de los libros de Unamuno, mi amigo don Manuel García Blanco, curador oficial unamuniano. Bueno, no voy a incomodarlos a ustedes, apreciados amigos, sobre mi larga obra  escrita en estos tiempos (poesía, historia, como también el libro editado por la caraqueña Universidad Andrés Bello sobre el valioso filósofo Alonso Briceño (1973), la “Vida y pasión de Juan Pacheco Maldonado” (1977) o “El pensamiento histórico venezolano”, que se llevó una  larga página del diario caraqueño El Nacional,  un “Discurso Barroco”,  referido a mi salutación para los Delegados al Congreso Internacional de Escritores  que realizara en la Casa de Bello, con 17 invitados extranjeros, el irreverente libro “La verdadera historia de los trece apóstoles”, que editó  Marymar de Buenos Aires, presentado este trabajo en la Feria Internacional de Francfort, en l982; los “Cantos asiáticos”, inspiración poética que escribiera luego de un viaje extendido en Asia (Colección AEV, 1985), y después entré en una etapa más dedicada al tema de la Historia, como fueron “Veinte crímenes inolvidables” (Panapo), “Los Presidentes” (de Venezuela, en cinco tomos ilustrados,  salidos de  la conocida Editorial Fuentes; la novela “El Laberinto loco”, prologada por Joao Fagundes de Menezes, Presidente de la Unión Brasilera de Escritores (Planeta, 1991), el “Diccionario General de los Indios cuicas”, único en su género, el “Diccionario de Historia de Venezuela” de la Fundación Polar (contiene algunos cuarenta trabajos encargados a mí), el estudio crítico al “Canto a España” del reconocido poeta Andrés Eloy Blanco, la novela “Adán y Eva se odiaban”, el trabajo inspirado en Nostradamus rotulado  “El libro de las profecías”, cinco pequeños textos de colección publicados por editorial Panapo, de Caracas, la novela ambientada en Nueva York y de fuente política “Una torta para cuatro gatos”, el libro histórico que me costó viajar por siete países, intitulado “Marco y retrato de Granmont. Francia y el Caribe en el siglo XVII” (luego presentado mediante acto especial  por quien esto escribe en nuestra Embajada en París, en abril de 1.999), editado por el Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Universidad Simón Bolívar, y un trabajo singular por demás conocido, con cinco ediciones encima, que se intitula “Los amores de Simón Bolívar”, personaje histórico a quien dedico muchos artículos definitorios y esclarecedores en este blog y fuera de él, por ser personaje universal y de aristas que poco se entienden (estos ensayos bolivarianos saldrán algún día a la luz con el título “La otra cara de Bolívar”). Además en aquel tiempo y mediante 28 capítulos escribí la novela de terror “Doctor Knoche. El vampiro de Galipán”, sobre los alemanes en Venezuela, que mantengo inédita pero lista para publicar. Como repito, la producción en este campo fue bastante copiosa, aunque eso sería materia de una investigación laboriosa y de amantes de tales trabajos intelectuales.
Y como lo dije sopesando el título de este trabajo, siguiendo además los pensares de Cela, sin detenerse en detalles de construcción “porque me dio la gana”, que yo le agrego la real, de regreso al campo universitario de Salamanca diré que allí permanecí quince meses cual un cartujo enfrascado en los estudios de atención por lo complejo para entender al procesalista Gordillo García y sus disputas teóricas germanas, donde estudiara analizando los detalles con auxiliar de cátedra (Francisco Hernández de Pablo) temas realmente para poner atención, como también se hacía con el internacionalista Ramírez de Arellano, a quien el mundillo académico le llamaba jocoso “Peón de ajedrez”. Y sálvase de estos pormenores angustiosos las estupendas conferencias que dictara en aula el ex ministro de Educación recién venido de Madríd  Joaquin Ruiz Giménez, quien con su palabra diáfana, acogedora,  hacía pronto llenar el aula de tantos interesados en la materia universitaria y en especial sobre Giorgio del Vecchio.    Pero una vez de vuelta a casa, a la todavía ciudad de los techos rojos caraqueña, tuve que apurar el paso para ponerme al tanto en muchas áreas de actividad donde debía incrementar  esfuerzos a objeto de insurgir sobre la existencia y el vacío que restaba con un mundo dejado atrás y al que conocía bastante bien, valga decirlo así, sin aspavientos, para inclinar la balanza de nuestro ya entrado viaje en la era del desarrollo  con ese maná que es el petróleo, al tanto de acceder en las tareas legales y para refrescar el pensamiento en otras lides que entonces me preocuparon. Entre las funciones de amistades a reponer y penetrar en el ejercicio de la profesión universitaria formé parte como directivo del Hogar Americano de Caracas, institución cultural complementaria de la existente en Madrid, que funcionaba en una mansión del Country Club incautada a un hermano del expresidente Pérez Jiménez y de donde en la transición política vivida que recuerde entonces desaparecieron bellos cuadros al óleo, entre ellos algunos del exquisito cordobés Julio Romero de Torres. Igualmente y durante cuatro años fui Presidente del Instituto Venezolano de Cultura Hispánica, que hizo una magnífica labor en ese campo cultural, como la traída a Caracas de intelectuales españoles y la erección de una estatua para la reina Isabel La Católica, que está en la Plaza La Castellana, por cuya gestión finalmente realizada debí viajar a Madrid con este fin específico.  Esa atracción intelectual me hizo acercar a la Asociación de Escritores de Venezuela  (Venezolanos, entonces) fundada  en 1936, donde fui presentado para mi membresía por el escritor trujillano Ángel Mancera Galetti, con aceptación del poeta presidente José Ramón Medina. Allí pude conocer y escuchar la voz del gran novelista americano William Faulkner, bajo de tamaño, imponente, de recatada presencia sureña y premio Nobel de Literatura. Por esos años de actividad intelectual al tiempo que viajé a través de varios continentes recibiendo diversos premios, placas y condecoraciones internacionales, fui colaborador permanente del diario caraqueño El Universal, con algunas cien entregas, y de la conocida revista semanal Estampas (por cierto mi primer trabajo intelectual publicado fue en la revista Élite, del editor Juan de Guruceaga, en 1948),  donde trabajé por pocos meses, tiempo en que escribí un libro de cuentos aún engavetado que llamara “Aleuzenev”. Muchos años después volví a ser colaborador semanal de esta revista Élite, cuando la dirigía el periodista Rafael del Naranco, tiempo en que escribí algunos cincuenta trabajos de carácter histórico bajo el recuerdo cervantino de “Metamorfoseos”, bellamente ilustrados y que podrán formar un nuevo libro a llamarse, como es mi deseo, “Territorio de paso”.  En el entretiempo de toda esta actividad que abarca ya más de seis décadas y que daría pié a muchos más libros, fui designado primer Presidente del Instituto de Previsión Social del Escritor, donde junto a cinco directivos acompañantes en dos años de trabajo hicimos una labor reconocida que se disfruta mejor leyendo mi obra “50 veces yo” y que dio ocasión para que un grupo selecto de dicho gremio, encabezado por el catedrático Manuel Vicente Magallanes y los académicos Gabriel Briceño Romero y Tomás Carrillo Batalla, se empeñaran en que yo fuese el nuevo Presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela, como así lo ocurriera, mientras nuestro equipo triunfante por límpidos comicios desarrolló un trabajo excepcional (ampliación de oficinas, reparación del inmueble, despacho de Flasoes (Federación Latinoamericana de Sociedades de Escritores), despacho del Presidente, sala de la Directiva, Archivo, depósito, secretaría, restaurant, galería de expresidentes, pequeña impresora, boletín mensual informativo, un Congreso Internacional  y tantos otros aportes que se hicieron en los cuatro años por reelección, de nuestro mandato.

 Como era de esperar en aquel tiempo publiqué cinco poemarios (Poesía, De este lado del mundo, Caracas, soledad, Cantos asiáticos, Europa prolífica, aunque Cantos vitales anda escrito a medias) y otros inesperados libros cuyos nombres usted podrá encontrar a base de una fácil investigación, en el interregno siendo invitado a congresos internacionales y por sociedades de escritores diversas (Chile, Brasil, Colombia, República Dominicana (dos veces), Cuba (tres veces), España, Guatemala, Honduras, Yugoslavia, Unión Soviética, Kazastán, Bulgaria (tres veces), Rumania, Checoslovaquia, Siria, Irak (tres veces)  etc, etc.), y así lo digo porque de entrar en detalles sería motivo de otro largo trabajo. En Caracas recibí muchas delegaciones importantes de escritores en visita y viajé a países orientales donde disertara sobre Venezuela en la Universidad de Tokio, Universidad de Manila (por intermedio de nuestro embajador en Australia, doctor Arcaya), y no lo hice en Hong Kong por una gripe fuerte que tenía. Así como pude concluir la novela “Doctor Knoche. El vampiro de Galipán”, según lo he dicho,  también di a la imprenta “Si el papa fuera mujer” (tiempo en que falleciera Juan Pablo II) sobre la papisa Juana, la colección comprometida con Panapo, el nutrido y esclarecedor trabajo “Historia oculta de  Venezuela” (Caracas, 2007, con 2.607 notas ilustrativas), y las novelas “Adán y Eva se odiaban”, como también ese texto de sortilegios que intitulé “El libro de las profecías”, según lo aconsejara mi admirado criptólogo y elusivo Nostradamus.  Luego fue publicado por la Academia de la Historia de Caracas el trabajo “Los 42 firmantes del Acta de Independencia”. El último de esta saga vino a ser, que yo recuerde o sepa, “El laberinto loco”, editado como expresara por la conocida casa Editorial Planeta, en Colombia, y una conferencia literaria que pronuncié en la bogotana Universidad de América en tiempos del embajador Numa Quevedo..
Bueno, y como todo termina para bien o para regular, espero que ustedes se hayan divertido con este historial de mis espacios cerebrales recordando  con premura esos misterios insondables y tan lejanos que no son completos porque necesitaría apelar de mis archivos y otras materias filosóficas a tener en cuenta, pues con el auxilio del  valioso internet y el encarecimiento de los costos editoriales para mayor seguridad debí lanzarme al uso permanente de mi blog “Venezuela y el mundo” (ramonurdaneta30@hotmail.com), que  ustedes ahora utilizan y porque quise en la esencia o me dio la gana (gracias, maestro Camilo) tan bien me ha ido en este campo de  lectores que ya sobrepasan los 400.000 visitantes, pues de otra manera  hubiera satisfecho al editor con pingues ganancias y para mí  con esmirriados proventos, como ocurre en casos señalados. Por eso agradezco al creador de este maravilloso medio de comunicación que enseña a bien  para el estudio de los que llaman irreductibles, sin dar el brazo a torcer y  mejorando al tiempo la atención de los cegatos con el estribillo romerogarciano de las reputaciones consagradas o las nulidades engreídas de que, repito, tanto añoraba nuestro pensador valenciano Romero García. ¡Ah!, y se me olvidada decirles  que tengo por libro de cabecera al admirado aragonés Baltasar Gracián (“El político Fernando”), en edición bonaerense de América lee (1944) que les recomiendo), quien por siempre me ha limpiado el aura o  la estela de la fortuna contra los ensalmos, el vudú, la santería, mal de ojo y los infortunios consabidos. Buenas noches, o días, según donde usted amable amigo permanezca.

El Inolvidable Miguel de Unamuno.
 Post scriptum. Como complemento a este recuento ligero de mi trabajo en los campos manchegos para completar algo de lo iniciado quiero agregar en síntesis algunos de ellos que se quedaban sueltos y sin atar. Libros no publicados: Los gatos de la guerra (espionaje), y Cinco maneras de entender (entregado para ello a la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela). Publicación de algunos 200 artículos en periódicos y revistas. Conferencias: cerca de sesenta (Viena, Zaragoza, etc). Congresos: Bogotá, Santo Domingo, Sevilla, Guatemala, La Habana, Belgrado, París, Bucarest, Sofía, Damasco, Caracas, Bagdad, etc.  Actuaciones culturales específicas: 35 (agradecido aún estoy por el hermoso homenaje conjunto que me hiciera la Universidad de los Andes con ocasión de mis ochenta deliciosos años (18-4-2012), a sala plena con autoridades universitarias, discursos alusivos y documental incluido). Invitaciones oficiales al extranjero: 38 (presidí una sesión de más de 400 escritores internacionales allí reunidos en Sofía). Condecoraciones: 20 Chile, Bulgaria (1.300 años), del Libertador, Andrés Bello, Lucila Palacios, Cecilio Acosta, Isabel La Católica, al Trabajo, Cruz Roja Internacional (Auguste Pinaud), AEV, Cruz Policial (Primera Clase, siendo autor del himno de esa institución, la P.T.J.), Rubén Darío, Cultura Hispánica, URSS, Diego de Losada, Francisco de Miranda, Superior de Bulgaria, etc.  Otras actuaciones en materia cultural: 15. Presentación de libros: 25. Soy además Presidente de la Fundación General de Nogales Méndez (me referí al personaje en sesión especial de la Academia de la Historia (5-2-003) y en discurso en la Academia Militar(30-11-04), Presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Escritores (Flasoes) y Vicepresidente del Centro Internacional de la Paz (CIPAZ), Decano fundador del Centro de Historia del Estado Trujillo, y entre los libros que ahora recuerdo también están “Las verdades y la Historia”, “Vida y pasión de Juan Pacheco  Maldonado”, “La visión interior” y “El sentido de la tradición” (Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1966). Personalidades amigas: Embajadores Enrique Domínguez Passier (España), Héctor Hidalgo Solá (Argentina, ajusticiado por la dictadura argentina de entonces, Hernán Cárcamo Tercero (Honduras), el intelectual y político Otto Morales Benítez (Colombia) Kiril Kirilov (Bulgaria, actual embajador en Argentina), y Slabomir Gueorguiev (embajador decedido en Caracas).  Moshem Al Musawi, de Irak, profesor en la Universidad de Columbia, Jorge Luis Borges, Eugenio Evtuchenko (Rusia), académico Raúl Guerra Garrido (España), académico Víctor Villegas (República Dominicana), académico Oscar Echeverry Mejía (Colombia), Arturo Alape (Colombia), Leubomir Letchev (Bulgaria), embajador Sattar al Douri (Irak), etc. Personas conocidas: Jorge Amado, Ernesto Cardenal, Don Pedro IV de Brasil, aspirante a la corona real de Braganza, Don Alfonso de Borbón (aspirante al trono de España por la corriente carlista), William Faulkner, Juan Bosch, Marco Antonio Ordóñez, etc, y mi excelente amigo embajador y catedrático Kaldone G. Nweihed. Hasta pronto, apreciados lectores. Y gracias por haberme cumplimentado el 1° de junio al poder arribar al  blog 164, con 400.000 visitantes y ya en vísperas de cumplir el humilde escribidor la friolera de 83 años de edad. Merci otra vez.

lunes, 11 de mayo de 2015

UNA NOVELA DE TERROR: GUYANA.


Guayana Esequiba.
 Amigos invisibles. Como ya hemos expuesto hasta en seis oportunidades de este blog mediante variaciones y acontecimientos suscitados sobre el mismo tema  de nuestra Guayana Esequiba, ahora regreso a intentarlo con mayor razón, fuerza dialéctica y hasta eso que llaman desconsuelo ante las debilidades, escarceos y demás argucias pobres que se utilizan para estos casos, en referencia a un tema preciso que concuerda con  la plenitud de nuestro país o patria, es decir sobre el fundamento de la responsabilidad  que de un principio deberíamos haber asumido en la vida diplomática reciente (“¡triunfar!” exento de circunloquios afirmó Simón Bolívar casi muriéndose en el peruano Pativilca) sin sostener devaneos ni débiles y confusas salidas oportunas que tendieron ya cojeando los insaciables conquistadores ingleses a punta de cañón.  Pues bien sobre estas premisas apremiantes y sin temblar el pulso ni menos la intención ha llegado la hora de que el corrupto y taimado por decadente imperio inglés sostenido a duras penas por el alter ego consorte en el juego del poder mundial que son los Estados Unidos, entienda desde tras corrales, como siempre lo ha hecho, que los territorios hoy no se conquistan con los mercenarios y asesinos gurkas nepalíes sino con la comprensión y el afecto de los naturales, todo lo cual de una manera arrogante e impositiva usaron los ingleses al penetrar en nuestro territorio oriental guayanés bajo la enseña sanguinaria de una bandera llamada de la Unión Jack que por siglos ha llenado de luto, miseria y consternación a millones de seres en el planeta, con el apetito voraz de la conquista indetenible y sin piedad, como fue el ejemplo claro cuanto diáfano que tuvo el inolvidable gobierno londinense cuando sospechara y luego ratifica sobre las enormes riquezas que en nuestra Guayana Esequiba reposaban desde tiempo inmemorial,  cuestión que les había aturdido la cabeza a los fieros caciques de ese imperio desde cuando el navegante y enamoradizo Walter Raleigh no dejó bien descansar a la fea reina Isabel de Inglaterra por meterle en la cabeza cuentos de toda índole que le atolondran el sueño  sobre el río Caroní y otros de tal estima, con el apetito insaciable del oro cochano y los diamantes allí hallados, paliativo absorbente que por unos años le salvó la cabeza al agraciado Raleigh, hasta cuando le reina  volvió a entrar en cólera real mandando a cortarle la testuz tiempo después en la Torre de Londres, mientras los callados cuervos por costumbre contemplaban esa barbaridad ejemplar.

            Ya para el siglo XVIII y siendo Inglaterra la Reina de los Mares en que se masacrara a poblaciones enteras con el sediento pensar del lucro permanente, cuestión que aún se ha mantenido en esa comparsa secular de compadres que de una y otra forma sibilina se establece entre los Estados Unidos e Inglaterra con el resultado que ahora en el correr del tiempo ha ido transformando a la Gran Bretaña o como se la quiera llamar, en un  inseparable asistente faldero de ese poderoso y mundial mandamás conocido por el Tío Sam, viejo zorro que maneja los espacios terrestres y extraterrestres a su saber y entender sin que ninguna potencia  competidora se le pueda apenas acercar salvo casos aislados (Las Torres Gemelas, la insurgencia mundial musulmana, etc.). Pues bien sobre ese contubernio eterno que ambos poderes aún ostentan, como en el caso triste de las islas Malvinas, el ya artrítico líder que ostenta en forma solapada y por terceras personas ese cúmulo de intereses que todavía se mantienen avizores y taimados en las márgenes del río Támesis, aún no dejan de significar un peligro constante para la Venezuela actual, la que nos vio nacer y sentir esa existencia desde los tiempos iniciales.

Para simbolizar  mejor este introito que integra mucha parte de dudas por los esguinces de su trato,  aunque no es mi estilo literario  en temas tocantes a la Historia tan llevada y traída hasta por intereses que silencio, vamos a remontar el tiempo desde cuando en el parto americano los aventureros holandeses que venían avanzando por la sureña  Bahía  hoy brasileña en la conquista de terrenos baldíos como de costas desconocidas y en busca de algo tan valioso como la sal, fijando límites inexactos entre los imperios hispánicos y portugueses, se encontraron con que en vez de dos interesados en esa meta conquistadora y usufructuaria otro en discordia aparecía  con las fauces abiertas y el apetito desbordado de poder, en este caso los neerlandeses que ya ponían sus ojos en algo llamado Araya, por lo que para medir distancias  de conquista decidieron sentar las  plantas iniciales a lo largo de un río caudaloso llamado Esequibo en honor a su descubridor y que venía a ser precisamente un  antes de los pleitos posteriores limítrofes como algo consensual  y respetado para librarse de disputas entre los intereses hispánicos ya establecidos  con dominio o posesión y los nada esquivos  proyectos de amplitud que tenían  esos fenicios holandeses  en cuanto a los asentamientos pretendidos sobre dichos cursos de agua y otros afluentes atlánticos que le recordaban la fiereza laboral de su ancestro europeo. Mas dio la circunstancia inesperada que en esa larga conquista marítima neerlandesa con sus flotas y enclavamientos los empecinados  invasores fueron subiendo la costa oriental de Norteamérica al extremo de aposentar las velas de conquista frente el río Hudson en una extraña isla larga bordeada por dicho afluente y que los naturales llamaran Manhattan (hoy Nueva York), enclave que con diversos designios enamora a los neerlandeses al extremo de hacer a la larga un pésimo intercambio mercantil con los naturales del aquel sitio al extremo de canjear dicha fabulosa isla hoy sede de los grandes negocios capitalistas por aquello que se llamaba Esequibo, y piénsese por tanto el extraño contrato suscrito comparando los dominios que se adquirían con lo que se dejaba atrás.  Pues bien y volviendo del recuerdo a nuestro territorio esequibano cruzado en alguna forma de grandes ríos como el Corentín, el Berbice, Demerara y otros no menos importantes, agregaremos que las pequeñas disputas  sobre dicha provincia fueron de poca monta porque todo ello para aquel momento inicial desde los tiempos del recordado soberano flamenco Carlos V era de propiedad rea españolal, o sea del mismo Carlos Quinto y Primero de complemento, Amo y Señor de tierras y de mares, incluyendo desde luego a Holanda, Bélgica, etc.,  pero cuando se arma la tremolina y los conflictos aparecen ya Surinam  toma conciencia de su ser mientras Inglaterra afila las garras de poder y se compensan algunos territorios en litigio, respetando siempre en la disputa el lindero natural del Esequibo a favor de la larga tradición territorial venezolana. Fue en este tiempo aciago cuando la avilantez inglesa que ya no tenía paro porque ningún poder la sujetaba, sostuvo permanentes guerras de conquista en los cinco continentes, sujetando por siglos a pueblos enteros en la desgracia abyecta de la esclavitud, cuando los apetitos imperiales que buscan a los peores andaban desbordados sin continencia alguna llegando así los ingleses a aposentarse en el límite oriental del río Esequibo  bajo el permiso negado de los neerlandeses y en un trato  coactivo que concluye con la creación de Surinam, tan mal embrollado todo aquello por los expertos londinenses del despojo que aún hoy los naturales de Holanda perplejos aspiran  su parte del botín sobre la presa sibilina realizada por el poder inglés.

Isabel Primera de Inglaterra.
 En estos andares históricos que trajinamos  de carrera “tapándonos la nariz”, como asentara mediante frase lapidaria el político venezolano Rómulo Betancourt y en ocasión oportuna,  es cuando arrecia el ultraje  material y la rapiña conocida por todos en Australia, América, África, Oceanía, Asia, Europa, y así paramos de contar, con que alegando derechos inexistentes basados en documentos falsos de toda falsedad como lo acontecido con Venezuela, cuando los rugientes cañones ingleses que hasta principios del siglo XX se manifestaron belicistas  (una flota de doce buques guerreros sitia y cañonea a nuestro país por presunto impago de obligaciones, al mando del vicealmirante inglés Archibald Lucas Douglas) en las propias fronteras marítimas de la  Venezuela ya usurpada,  esa vez bajo el apremio de tinterillos experimentados  en estos bajos menesteres de seudo geógrafos al servicio sumiso y tarifado de Londres, como el caso conocido del bucanero  sir Robert Schomburgk, quien proveniente de los desastres fronterizos que con sus famosos mapas inventados hace una suerte de razzia territorial contra el poderío hindú entre Afganistán y Paquistán, le valen títulos y prebendas  de la corona imperial inglesa, y con esa canción de experto truhán de fronteras  al estilo Pancho Villa es enviado desde Londres para preparar nuevos e insólitos mapas en territorio  que desde el período del Descubrimiento es de Venezuela, y con mil argucias y sabandijas causas levanta un mamotreto de cartas geográficas donde asienta que toda nuestra Guayana Esequiba les pertenece por orden de Londres y sostén de tales documentos forjados de tan mala y abyecta manera. Mas no solo en ese paso dado queda la contienda sin tomar en cuenta las quejas legales de nuestro país  sino que de inmediato en las colonias inglesas dispersas en el mundo se comienza  a preparar otro tipo de ejército colonizador donde se mezclan diversas razas y creencias distanciadas para evitar  nuevos problemas y posibles levantamientos, mientras con rapidez llegan al suelo de nuestro país cantidad de inmigrantes de aquellas colonias expatriados hacia Venezuela y sin ningún entendimiento entre ellos, para explotar a favor del Reino que gobierna desde Londres una diversidad de riquezas subyacentes, sea dicho bosques y  las extensas llanuras  creadoras de bovinos y otros animales, hasta los grandes sembradíos que con mano de obra esclava ya en el siglo XX mantienen al filo de las armas y en la pobreza que practican separando naciones hasta en el Rupununi, como ya lo he escrito no ha mucho con detalles suficientes en este aclaratorio blog.

Pero la rapiña inglesa no habría de parar allí, protegida con soldados coloniales, sino que a través de los disparatados a conciencia mapas de Schomburgk y sin tomar en cuenta los reclamos hechos por Caracas desde los tiempos (y de antes) del presidente Guzmán Blanco, el bárbaro inglés comienza a ejercer presión de toda clase sobre nuestro territorio, al extremo de fondear un barco de guerra en las bocas de nuestro padre río Orinoco, desde donde esos tiranos guapetones controlan el mar de aguas nuestras, en sus salidas y entradas de navegación, e incluso cobrando una “vacuna” (peaje) por tal recorrido, todo en contra de los derechos inalienables e imprescriptibles de Venezuela. Y no solo trazan los límites de su pretensión bajo asalto permanente, sino que con lujo de detalles y sofismas preparan un nuevo mapa territorial que incluye a su favor, repito, toda la riqueza de oro y diamantes que para entonces posee y explota Venezuela, llegándose al extremo vil de colocar ondeando  esos mismos ingleses y por los años cuarenta del pasado siglo, su insignia imperial en las cercanías de nuestra ciudad de Upata.  Sea oportuno recordar a los olvidadizos con intención o no, del enorme aporte simbólico hecho por el insigne militar de origen italiano conde Cattáneo Quirín, quien luchando el estilo quijotesco y con alto sentido de venezolanidad defendió aquellos lugares contra las extravagantes y traicioneras pretensiones inglesas de esos momentos trágicos. Como lo he afirmado en varias oportunidades tanto Quirín como Lucas Fernández Peña, el valeroso garante protector de nuestra Gran Sabana, siempre codiciada por Brasil, merecen sendos monumentos  recordatorios por su gallardía y defensa de nuestra nacionalidad.    Aunque volviendo atrás para enlazar con más lumbre este comentario que aspiro en parte sea demoledor, como debe ser sin egoísmos soberbios ni otros pecados capitales que ustedes bien conocen, el problema  de Venezuela con respecto a sus fronteras frente a Gran Bretaña, que aspiraba (y aspira) engullirse nada menos que 160.000 kilómetros cuadrados de su parte oriental, llegó a tal extremo de vituperio, que el citado compadre norteamericano aconseja muy en privado a Albión para mediante la estrategia descarada urdir cierto laudo arbitral o arreglo práctico preparado con el fin de comprometer a una conclusión definitiva y sana para ambas partes en litigio, según esos interesados lo divulgan. Pero aquello fue algo atroz, porque con el descaro mayor la parte inglesa ejerció una presión insoportable sobre los miembros de tal Comisión de antemano arreglada (puede consultarse mi trabajo de este blog “El inicuo tratado sobre el Esequibo” publicado en  febrero de 2012), al extremo de obligarlos a consentir sin otra salida sobre lo propuesto por Inglaterra, bajo pena de peores castigos o desmembramientos territoriales, de cuya famosa Comisión y su horrible sentencia que  bien escrita quedó en los anales de la desfachatez  e ignominia jurídica internacional, como ahora todos lo reconocen, dejando a Venezuela perdidosa en sus reclamaciones, sin poder nada objetar, y fue hasta los tiempos del dictador presidente venezolano Marcos Pérez Jiménez cuando mediante pruebas convincentes aparecidas y terceras personas  insertas en la historia, se pudo tener conocimiento de aquella inmensa trampa  preparada contra la entonces desprotegida Venezuela, por lo que aplicando el principio de “Honrar, honra”, y sin poner en ello otras motivaciones, el nacionalista presidente  general Pérez Jiménez bajo el secreto militar preparaba un ataque relámpago para recuperar nuestro territorio usurpado de manera tan vil, como antes lo  explicara en este mismo blog de manera concreta, lo que no se llevó a cabo porque Pérez Jiménez fue depuesto del cargo semanas antes de este suceso definitivo, el 23 de enero de 1958. Con el enjundioso escrito que el miembro del Tribunal doctor Severo Mallet Prevost  elaborara a razón de dicho fallo tenebroso (que obliga también a los americanos para crear su famosa Doctrina de Monroe) y ante el disgusto terrible del recto expresidente y jurista americano Benjamin Harrison, no quedó otra carta sino aceptar el despojo inglés, ante la amenaza que expresara Londres de cerrar las bocas del Orinoco de pretenderse otra salida legal.   Los años han pasado en el correveidile diplomático y Venezuela se ha fortalecido dentro del seno internacional con alianzas y tratados respectivos que comprometen los intereses de las partes, aunque el rugido del león británico sea cada día menos ostentoso. Pero Inglaterra o el Reino Unido con pirotecnias verbales y otros recursos usados de vieja data apremia  no solo  a sus compañeros en los negocios de Georgetown sino que con un nuevo cartel obligatorio e ideológico de componendas y arreglos políticos presiona a su favor, con que así se maneja a un grupo de pequeños países favorecidos a cuenta de sus votos, de donde Venezuela se ve obligada a hilar fino en esta ocasión para complacer intereses errados e incluso  aceptar posiciones dudosas como las que ahora se viven en nuestra salida al Océano Atlántico. Y ello es verdad, porque como el petróleo sigue moviendo al mundo los disparates y aciertos cometidos en el manejo de nuestro reclamo y devolución de aquel gran territorio que nos pertenece de siempre, es decir desde tiempos hispánicos, cada detalle que se observe  puede ser dañino o beneficioso para nuestra certera causa, como fue aquello de obsequiar riquezas de alto valor a minipaíses manejados por el imperio inglés (Shell) y los Estados Unidos (Exxon), creando o apoyando al tiempo organismos comprometidos de antemano al patrón esgrimido, como el penetrado Caricom y Petrocaribe, y que en el momento que sus amos dejaron de voltear la tortilla de los votos, con el mayor desparpajo lo hicieron (no solo eso, sino que algunos más arriesgados y cínicos por encima de recibir dádivas de petróleo venezolano ahora ponen en tela de juicio nuestra soberanía sobre la geoestratégica venezolana Isla de Aves) pagando así las consecuencias de aquellos Judas Iscariotes de la política internacional que ahora pretenden desmembrar a Venezuela de su plataforma continental atlántica para impedirle la salida al mar, e incluso ya se llegó  a la felonía quitándose la máscara por parte de Georgetown, para sin respetar los acuerdos firmados donde siempre maneja la batuta un fungido marioneta de “Buen Oficiante”, por demás británico, a objeto de dirigir la mesnadas con sus intereses particulares, y desde luego contra claros y contundentes derechos venezolanos.

Severo Mallet Prevost.
 Ahora pagamos las consecuencias, pues, esos errores crasos cometidos porque en la comparsa internacional sin tomar en cuenta a Venezuela el gobierno guyanés marxistoide que ahora nuestra Casa Amarilla respeta y apoya por convenios políticos (el extinto Cheddy Jagan y otros camaradas de poder seudo marxista tras bastidores de antaño manejan a gusto este caso emblemático desde los conciliábulos neocoloniales de Georgetown con el consentimiento vedado de Londres mediante la adición fundamental que lo encerca en la farisaica Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth), o sea el oro negro depositado en  las entrañas de esas ricas aguas nuestras. Y para completar  el desmadre de la situación ya el gobierno negativo del vecino British Empire (y no lo nieguen porque hay mucha tela que recoger) en la desbordada de sus intenciones sin tomar en cuenta a Venezuela y como otro caso tipo Malvinas (¡Hay!, Mr. Alex Haig, que mal te recordamos en América Latina) por órdenes superiores de las empresas aceiteras aviesamente ordenan al pirata buque aceitero Deepwater Champion, de perforación profunda y contratado por Guyana, para que penetre en nuestro territorio marítimo por cuenta de la célebre Exxon Mobil (“cría cuervos y te sacarán los ojos”, en 27.000 km2 de exploración), pudiendo trabajar perforando dentro del Delta del Orinoco, a dos mil metros de profundidad, o más, en el llamado Bloque Star Broek y sobre una amplia área petrolífera sin explorar de 70.OOO kms2, mientras Guyana trata de establecer otro Buen Oficiante a su favor. Pero ya para estos momentos de piratería marítima al menos nuestro país debió llamar en consultas a su embajador en Georgetown, aunque  en un arresto nacionalista para solventar la situación y limando asperezas entre camaradas había capturado en esas mismas intenciones a otro buque pirata, el TedikrikEN-102-O13, que campeaba en aguas jurisdiccionales con el apoyo circense del círculo marxista guyanés y la claque traidora que patrocina este engaño de los votos, en buena parte alimentada por Venezuela. De esta manera simple por la cambiante diplomacia del dólar esa poderosa Exxon olvidando el pasado  y sin notificación previa a nuestro país invertirá en este solo negocio la suma de 200 millones de dólares dentro de un campo asegurado con estudios previos donde se halla el oro negro del que en gran parte depende el mundo que nos acompaña.

Mapa de Colombia 1830.
 Y como quiera que nuestro país se halla asediado por un grupo de sociedades poco sinceras con nuestros intereses desde cuando el finado Presidente Chávez propiciara su creación con fines eminentemente políticos, ya ahora  la Venezuela pensante sin dejar miras que alcanzar debe poner coto a la vendida Caricom, que juega entre dos aguas, y de igual forma a la famosa Petrocaribe (acaso Jamaica la suplante), chupasangre de nuestra economía, o a cuantas siguen esos mismos procedimientos proselitistas de mentira, que han dañado al patrimonio nacional de una manera ostensible, como el caso de la reciente deuda petrolera dominicana. Por tanto es hora oportuna de elaborar un torniquete para contener la sangría extendida en este caso por toda América Latina de la manera más flagrante, cambiando el eje de orientación en la defensa de los intereses que nos restan y recordando la máxima latina “si quieres la paz prepárate para la guerra”, por lo que pienso como venezolano adolorido que es necesario, por ejemplo, ampliar con esos fines protectores nuestra base militar en Anacoco, establecer otra base de vigilancia logística y defensa en Macuro, que sirva también contra el contrabando de extracción (gasolina), mientras equipos marítimos con unidades navales vigilantes y un comando adecuado tecnológico defiendan aquellas nuestras aguas de intrusos (la droga), interesados gavilanes y ladrones de profesión, como es la fachada atlántica y su plataforma, tan acariciadas por los angloguyaneses, lo que no obsta para revisar a fondo la suerte futura de numerosas sociedades de fachada creadas a  la bartola con fines también políticos, en cuyo mantenimiento innecesario la nación dilapida buenas sumas de dinero utilizables en otras áreas de recuperación humana.

Bueno es ahora recordar que este hidrocarburo viene a ser el maná de nuestra civilización, con que se mueve todo, aunque por los desastres consentidos lo hayamos  transformado en otro estiércol del demonio. Pos estas circunstancias apremiantes  con un fondo imperioso de riqueza desde 1.999 la nada complaciente y sí interesada Guyana  ha otorgado concesiones petroleras en nuestras aguas marinas, violando así y sin respeto alguno los acuerdos establecidos en la materia. Guyana ha radicalizado su posición en contra de Venezuela, con los daños consiguientes. Guyana ha tendido una maraña de actividades inescrupulosas en el plano diplomático que busca maniatar a nuestro país a través de intrigas y golpes bajos, con el apoyo de ciertas potencias ajenas al conflicto, para desconocer el acuerdo de Ginebra. De aquí que sea necesario fortalecer nuestros bastiones legales sobre todo con el indestructible trabajo probatorio y conocido del jurista internacional  Mallet Prevost, presentado oportunamente ante la ONU, que demuestra la patraña existente, mientras que Guyana aún aparece  en nuestras costas  como el pirata Barbarroja sediento de riqueza y poder, sin importarle un bledo la realidad y menos la vergüenza de su latrocinio. Y como yo a sabiendas siempre digo la verdad para que me entienda todo el pueblo siguiendo en ello al Dante florentino, así sea de manera escueta por no estar sometido mediante papeles firmados, corruptelas y otros males de nuestra sociedad tan golpeada por los vaivenes temporales, sí puedo opinar a cuatro vientos  sobre este caso que da grima, cuando los taimados de Georgetown desde el marxista confeso Cheddy Jagan andaban de jugarretas con el poder de Londres y Guyana, que bajo otras condiciones seguía siendo británica, y ahora más continúa veladamente cuando por causas obvias de la libra esterlina el imperio los protege pretendiendo limitar con artimañas  nuestra soberanía en la salida plena hacia el Océano Atlántico, mientras los Estados Unidos (que no es el caso de Grenada o Panamá), como digo, también los apoyan, porque la actual hostilidad demostrada por el gobierno de Venezuela en su relación diplomática con el país del Norte ha hecho que ello ocurra, junto a sus secuelas, tal el caso de los intereses propios de que hablamos. Y así es la consecuencia reciente del descubrimiento de petróleo en esta área marítima, que se sabía de antemano en las altas esferas de ese aceite deseado, para a la callada invertir como digo 200 millones de dólares en espera de  sus grandes ganancias posteriores.


Benjamin Harrinson.
 Por tanto y es mi criterio particular, frente a la hostilidad permanente con diversas potencias importantes del mundo energético dentro del clima continuo de confrontación que a las claras existe, el país debe perseverar creando zonas de salvaguarda, estudio y desarrollo poblacional, para no contribuir en la pérdida de miles de kms2 que nos pertenecen. No quiero recalcar en vano aquello de “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” aplicado entonces al incapaz monarca granadino Boabdil.  El gobierno al parecer nacionalista de Maduro por encima de compromisos ideológicos necesita dar protección a nuestra vital salida al Atlántico, siempre recordando y como ejemplo contundente que los ingleses ya perforan también cerca de las islas Malvinas y sin mayor oposición cacareada entre los bandos.

Espero pues que mis palabras tengan eco o sentido y se comprendan en su justa intención.
 

martes, 7 de abril de 2015

LA PORTENTOSA CASONA FAMILIAR.

     
       
Familia Urdaneta Braschi. Trujillo 1.906
   Amigos invisibles. Cuando para nuestro disfrute entre la parentela biológica que nos ata en este blog tratamos hechos que llenan el espíritu de verdadero agrado, la verdad es que sentimos esperanza y satisfacción con aquello de que recordar es vivir, y aquí viene a relato ejemplar esa vida dinámica que sostuvo el eminente escritor Mario Briceño Iragorry, trujillano de Venezuela y del espíritu quien con su siempre añorado terruño natal nos deleita en las intimidades callejeras del inframundo habido dentro de ese retazo venezolano que por circunstancias del destino fue cuna histórica de la llamada Guerra a Muerte, ejemplo de la paz ciudadana y simiente feliz de los tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra, con que se cerraron las heridas causadas por la dolorosa conflagración de Independencia que azotó al país (1810-1821) con una larga oscuridad  en medio de la miseria y desolación trágicas ocurridas. Pues bien  y porque conozco mucha parte de la sustancia y el ánimo ciudadanos que mantienen incólume las columnas estructurales de esa valiente familia de los Andes venezolanos, voy a utilizar la mente aguzora  y el aprecio  que antaño usaron los hermanos Grimm con la intención de traer a estas páginas otros recuerdos de aquellos tiempos queridos y pasados  que dieron vida y presencia a una comunidad tan apreciada en los anales del transcurrir venezolano utilizando en ello las raíces que conozco sobre la familia Urdaneta, de Maracaibo, cuando pasada la guerra de Independencia que señalo algunos de sus próceres, en este caso Juan Nepomuceno Urdaneta Montiel (1794-1872), primo segundo del general Rafael Urdaneta Faría, que fue  Presidente de Colombia y entrañable soldado bolivariano, se establece en Trujillo fundando una familia conocida en los entornos sociales, políticos y económicos de la región.
Pues bien, para dar inicio a la saga emotiva de que tratamos ahora, agregaremos que los Urdaneta guipuzcoanos  de un inicio enraízan en la entidad zuliana cuando don Martín de Urdaneta Barrenechea  se establece en Maracaibo con el clan familiar  en 1645, y luego de ese tronco activo viene don Nicolás, Alférez Real de Maracaibo, para seguir con Sebastián, Alcalde de la Santa Hermandad, y ya en la sexta generación de esta familia con ancestro vasco establecida en Venezuela en que se destaca el sin igual señalado general Rafael Urdaneta, su primo segundo Juan Nepomuceno, quien lucha en los finales de esa Guerra de Independencia (desde febrero de 1821 en el camino de Nirgua, campaña de Coro, El Tendal, villa de Coro, Paguarita, El Trapiche y Santa Ana de Paraguaná) el 6  de enero de 1822  formando parte del Batallón Maracaibo es herido de gravedad en el combate naval de La  Vela de Coro contra fuerzas monárquicas del general español Miguel de La Torre y Pando, que lo priva de la pierna derecha, salvando la existencia a duras penas.  Inutilizado pues para el servicio militar la República le nombra en 1823 Administrador de la Renta de Tabacos de El Tocuyo, cargo importante fiscal, donde este coronel contrae nuevas nupcias, y luego, cargado de importante familia en 1832 es transferido a Trujillo, aunque pronto se dedica a la actividad privada civil y mercantil, sin olvidar la cuestión política, por lo que en 1836 y luego del combatiente período paecista llamado La Cosiata sale del país y se establece en Colombia, para regresar a Trujillo en 1838, donde pronto será Gobernador Provincial por cinco años, viviendo con la prole y demás allegados en su casa de dos pisos que construyera en la llamada Calle del Comercio, que aún perdura y hoy pertenece mediante donación al obispado de Trujillo por cuenta de las hermanas María Ignacia y Matilde Urdaneta. Aquí en este recuento de familia tan íntimo  y cordial aparece ya el recuerdo de nuestro bisabuelo Ezequiel Urdaneta Morantes, (1816-1887) hijo único en el  primer matrimonio del prócer Juan Nepomuceno tenido en Maracaibo con doña Teresa Morantes Goicoechea, quien a causa del difícil parto muere, y por ello su heredero descendiente Urdaneta Morantes  desde el principio es formado entre el cariño familiar de las hermanas de Juan Nepomuceno (una de ellas llamada Ezequiela), quien para entonces se encuentra luchando en la Guerra de Independencia.  
Ezequiel Urdaneta Morantes.
 Mi bisabuelo Ezequiel Urdaneta Morantes por reclamo del padre  y ya traído de Maracaibo a Trujillo fue elevado en el fecundo hogar  que su progenitor fundó con la tocuyana doña María Ignacia Valcarce Pimentel, donde utilizando los consejos  paternales y porque el grano de café venezolano comienza a tener importancia en el mercado mundial, se inicia en el mundo de los negocios mercantiles y bancarios  con miras a  un amplio  desarrollo rural de este básico rubro agrícola, en el triángulo agrario que descendía desde el páramo de Los Linares (San Lázaro), por Carvajal, Sabanetas, La Chapa, Cañaverales, El Amarillo, Lagunetas, Los Barriales,  La Macarena, hasta las tierras calientes  lindantes con Pampanito o Edeniana, (hoy Pampanito II, Mesa de Los Gabaldones, el río Jiménez y Butaque), algo así como 53 fundos campesinos entre grandes y menores que dieron nombre a la región, al tiempo colmada ella de terratenientes empresariales pero con miras de futuro. Este bisabuelo de quien hablo fue hombre valioso de aquella sociedad en evolución, culto y político de categoría, que representara a Trujillo ante el Congreso Nacional en dos oportunidades (1852-53), donde intervino con vehemencia para abolir la esclavitud en Venezuela, ley ejecutiva que firma en Caracas el 23 de marzo de 1854, como igualmente suscribiera con dos años de antelación el Decreto del Congreso que otorga al Colegio Nacional de Trujillo funciones universitarias  para discernir títulos  en Derecho, Matemáticas y Medicina. En la Catedral de Trujillo, capilla de las Mercedes, se guardan sus restos venerandos. Ese bisabuelo maracaibero debido a los múltiples negocios del campo que ejercía permaneció  un tiempo viviendo en la “ye” o camino que formaba  la salida del poblado de Carvajal rumbo a la Hoyada y el entonces pujante pueblo ferrocarrilero de Motatán, donde por cierto en la hacienda “Potreritos” (San Luis), camino hacia Valera, propiedad de la familia Maya, conoce y se enamora de su futura esposa doña Alcira Maya de La Torre (pariente cercana de los próceres sanfelipeños Mayas y del guerrillero patriota trujillano  Vicente De La Torre Abreu, fusilado en la ahora Plaza Sucre de Trujillo (1815).
El bisabuelo como era de suponer pronto construyó nuevo hogar en Trujillo, adquiriendo para ello el holgado terreno de la Calle Independencia que da frente al inmueble en que naciera el doctor Cristóbal Mendoza, Primer Presidente de Venezuela y gran admirador de Simón Bolívar, con varias ventanas a la vía que alindera por detrás y en el solar adjunto, con la calle hoy llamada Bolívar. En este inmueble que aún se conserva donde por cierto debieron nacer y criarse los seis hijos de la conocida familia Urdaneta Maya, cuyo nombre fue respetado en el país durante más de media centuria, o sea desde finales del siglo XIX  hasta ya vencido el tiempo dictatorial del presidente general Juan Vicente Gómez, la recia Doña Alcira elevó a sus hijos con una rectitud característica, de donde salieron hombres de mucha fama en el campo profesional (dos abogados y un médico) y desde luego social, recordándose entre ellos al ilustre magistrado y político doctor Enrique Urdaneta Maya (1870-1926), jurisconsulto, académico y Secretario durante muchos años de la Presidencia de la República y por ende confidente del general Gómez,  hasta cuando un derrame cerebral ocurrido en su casona palaciega de La Victoria (Estado Aragua), lo retiró de ese poder, cargo que luego también ocupara su hijo doctor Enrique, hasta fallecer el dictador tachirense, en 1935. De esos hijos de aquel matrimonio estoico del que venimos tratando hemos dejado para este momento a mi abuelo Ezequiel Urdaneta Maya, el mayor de dicha familia y único que no se graduó en la Universidad de los Andes porque ya para finalizar la carrera de Derecho ocurrió la desgracia de fallecer en Trujillo su padre Don Ezequiel, por lo que nuestro abuelo en funciones de mayorazgo y sin pensarlo dos veces tuvo presto que colgar los estudios para acompañar en muchas inquietudes a su madre y hermanos, como a ponerse al frente de las numerosas propiedades paternas, y quien sin tener este título universitario a punto de alcanzarlo fue apreciado como insigne caballero de la región al extremo que ejerció de juez, de Tesorero General del Estado, miembro de numerosas instituciones oficiales y privadas, y de Senador al Congreso Nacional por el Estado Trujillo en las Sesiones a realizar en Caracas de carácter anual.  Era “una de las mejores cabezas de la ciudad” apunta  el intelectual Mario Briceño Iragorry.  Además de lo expresado y según recopilara el biógrafo Pedro A. De Santiago, don Ezequiel fue catedrático  de Física y Literatura, Gobernador de la Sección Trujillo (1892), Tesorero del Estado (1899), Superintendente de Instrucción Pública (1904-05), Juez Civil y Mercantil, Presidente y Relator de la Corte Superior, Presidente del Concejo Municipal, Diputado a la Asamblea Legislativa, donde ejerce la Presidencia en varias ocasiones, como dije Senador al Congreso Nacional por Trujillo y Barinas, Jefe Civil de Trujillo, Primer Agente del Banco de Venezuela en la ciudad. Y así paremos de contar las condiciones personales de este filántropo local cuyas cualidades se pueden observar en mi libro El Sentido de la Tradición, Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1966.
Ya casado este nuevo Ezequiel con doña Ángela Braschi, nieta del prócer valenciano León Cazorla (1806-1890),  Urdaneta procede desde luego a levantar su morada de familia y mientras la construye reside de forma provisoria en un inmueble situado atrás del solar de doña Alcira Maya, calle de por medio, cuyo ancho portón alindera en la parte superior con la parroquia Chiquinquirá y en la parte inferior del mismo portón lo hace con la parroquia Matriz, y donde por cierto en este ínterin (1901) allí nace mi padre Héctor Urdaneta Braschi.  Cuarenta metros abajo del inmueble que señalo Don Ezequiel adquirió un terreno donde de inmediato inicia su construcción lindante con los Perozo y Don Magín Briceño, venido éste del Norte (¿Filadelfia?), cuando acompañara a su medio hermano Juan José para que aprendiera la tenencia o teneduría de libros y la otra contabilidad, según tengo entendido.  Dicha casona (Calle Bolívar N° 32) por el frente se hallaba compuesta de cinco amplias ventanas en azul sobre fondo blanco, con un ingreso de caballerías al centro en piedras canteadas y rumbo al solar de atrás para la descarga y el descanso de estos laboriosos animales.  El patio de tal casa  estuvo sembrado de frutales,  orquídeas, pomelos, granados, naranjos e incluso algunos manzanos que producían frutos pequeños. En el diario  Antorcha, publicado por los años 80  en El Tigre (Anzoátegui)  apareció un trabajo completo mío y a dos páginas intitulado Las ventanas, que debe reposar entre mis papeles, donde describo aquel patio impactante y recordado desde la niñez,  en cuya esquina de la entrada existía un cuadrilátero de cemento para allí colocar  y por un día soleado sacos abiertos de café a objeto de impedir con demérito un hongo dañino que sombreaba su prestante color original, eso hecho con todas las rumas de este producto básico, que por cierto se apilaba durante muchos meses y para no venderse (en caso contrario el negocio se pactaba con la Casa Blohm de Maracaibo) en los cuatro amplios y largos corredores en ángulo de esta casona única donde además de un cuarto especial para ello se encimaban colocados  algunos quince costales de a ocho por fila, dando con ello la impresión de ser un enorme almacén de café contentivo de al menos dos mil o más sacos del arábigo producto, que como dije no se vendían siempre “esperando mejor precio”, según le oí decir a mi tío y juez Ramón Urdaneta Braschi, que allí viviera en soledad interior rodeado de creencias, cuitas, cuentos historiados y algunos muchachos servidores, junto con el otro servicio femenino, para permanecer siempre al lado de su madre ya viuda pero llena de bondad y cariño.
Doña Alcira Maya De La Torre.
 Dentro de esta descripción exclusiva y hasta fantástica que realizo  de manera prolija  por haber convivido años de mi primera juventud dentro de aquel ambiente tan sugestivo cuanto  extraño, como anclado en el tiempo de los espantos y supersticiones, voy ahora a describir partes de esta casona a la que uno miraba hasta con cierto temor infantil y por demás poniendo atención en aquel circo humano de visita que apenas entendía. Comienzo pues por señalar  que al acceder sobre el segundo portón desde la calle a mano izquierda la primera puerta interior de la mansión daba ingreso a la oficina de mi abuelo, con largo escritorio de madera, el crucifijo atrás y una cama de cedro  que debió servir para atenderle luego del regreso de Alemania (Hamburgo, 1932)) a donde viajara acompañado de su nuera Alcira e hijo Heriberto, con motivo del cáncer prostático que entonces portaba, por lo cual pronto regresa para morir tranquilo en aquella litera ancestral de los recuerdos, rodeado de sus hijos y otros familiares  de la intimidad. En la misma estancia que voy indicando existía una ventana hacia la calle, a donde mi abuela Ángela por  tiempos de procesión religiosa acudiera en sigilo y sin ser vista de afuera, para rezar el rosario y no por otra circunstancia. Al lado de la dicha ventana se hallaba una máquina de escribir, donde el tío Ramón y hasta en avance de la noche como juez penal redactase decisiones  jurídicas a objeto de cumplir con su diario trabajo, y muy cerca de tal máquina existía igualmente un escaparate de la intimidad, de donde al cumplir  quien esto recuerda los quince años de edad, mi tío del mismo nombre  extrajo una sortija de oro con rubí y un revólver  cacha de nácar, calibre 22, para que “defendiera mi persona” según los cánones sociales de aquel tiempo encendido  (año 1947), como ya lo he escrito en otra oportunidad. Pasado un biombo alto, fuerte y a manera de pared, a mano derecha yacía la cama doble de mi abuela, en cuya ancianidad o discordancia lógica de los ochenta años alguna vez le oí comentar que su extinto marido se le sentaba a los pies en la noche para acompañarla, cuando no la oyera decir pausadamente que entre sus anteojos cataratosos veía al disparatado Adolfo Hitler arengando a la población del Reich, esta vez con la pobre luz artificial que por arriba surcaba el comedor de las horas nocturnas, donde ella permanecía. E igualmente en dicho cuarto extenso de dormir que aquí señalo había tres camas más, por tener varios hijos que podían utilizarlas, y en la que cercana a esta de mi abuela ya inmersa en el mundo de lo absurdo senil, dormí un poco asustado, en diferentes oportunidades.
La “nona” majestuosa con antiparras puestas en Curazao durante el único viaje hecho fuera de Trujillo y cubierta de un pañolón eterno siempre colocado en la cabeza, allí entraba ya arrastrando su gruesa figura con un vestido holgado que daba abajo de los tobillos, a las ocho horas exactas de la noche escuchadas con el escandaloso reloj cercano de la Iglesia Matriz (hoy catedral), y a las tres y cuarto de la madrugada exactas, en igual forma de clásica leyenda  ya levantada  entre penumbras y sin ruidos se dirigía hacia los lavatorios de sus intimidades donde justo al lado tocaba la puerta de los tres servicios femeninos venidos de los campos familiares a objeto de que se levantaran  a remover restos de brasas ardientes para luego colar el café mañanero. Entre tanto el tío Ramón a las 4 y media exactas se erguía del dormitorio  tomando luego algún trago de ese café vital,  mientras  procede de inmediato a su limpieza diaria, pues a las 5 y media exactas, y aquí excusen el uso reiterado de tanta expresión kantiana, pues el fondo de este caso que remuevo como en un cuento extraño de la infancia se regía todo él  por el sistemático y retumbante toque campanil  de aquel reloj catedralicio y aún en marcha, que cuidaba por cierto y con esmero un señor de apellido Salas, vecino del burgo San Jacinto. Al amanecer de las cinco y media, pues, el tío Ramón como guardián del tiempo inacabado se instala en la puerta de ese hogar conocido y con parsimonia permanente saludaba a los pasantes oportunos, por lo que sin necesidad de otros medios de comunicación en corto tiempo conocía  de lo ocurrido durante la noche anterior en aquella capital poco exaltada. Ya a las siete y desayunado el doctor Ramón salía vestido con preferencia de casimir inglés negro para visitar las permanentes mejoras que hiciera en sus diversas propiedades, importándole menos los gastos habidos porque en aquel período celestial se creía que todos los albañiles eran sanos e incapaces de fechorías….   Y vuelto al hogar, a las nueve de la mañana estaba entrando a su despacho tribunalicio.  Entre tanto en la casona de su estancia  donde reina mi abuela, durante el día iban llegando otras bestias cargadas de café y algunas de maíz, producto este que no podía guardarse un tiempo por el peligro de los insectos predadores.
Doña Ángela Braschi, nueras y nietos,
 Entre los múltiples detalles tan extraños como salidos de contexto que ocurrieron en la casona de doña Ángela Braschi, diremos que a la entrada en el corredor de la izquierda  luego de la romana puesta para pesar sacos traídos de las referidas haciendas productoras, al final del pasillo se hallaba una discreta puerta prohibida para extraños donde existiera cierto sobrio cuarto en celosía a fin de resguardar en su interior los alocados y quizás otros con gradaciones aceptables que allí mediante compasión familiar vistas sus causas  perturbadoras de la chaveta eran recibidos en custodia, cuestión considerada normal en aquella sociedad por herencias erradas, taras y enfermedades infecciosas o congénitas, en lo que prefiero no entrometerme para evitar suspicacias, pero sí puedo decir, por ejemplo, que allí vivió tranquilo un simpático disparatero y pariente de apellido Maya, caído de un caballo en la Escuela Militar de Caracas e incapaz de hacer mal a nadie, cuyas manías eran pedir que le obsequiaran un gallo de pelea, y  realizar un permanente andar a pie entre Trujillo y el río Motatán, para cercano a dicho pueblo bañarse con totuma en las aguas termales, en cuyo corre corre  permanente consumía toda aquella inútil por demás perdida semana. Dentro de este entorno excéntrico y acaso único o personal que aún recuerdo como si fuera ayer, debo señalar el cuarto de recibo para las visitas especiales ya anunciadas, todo él lleno de cuadros familiares y pintados al óleo (Cazorlas, Braschis, Urdanetas, Mayas, etc.), con largos espejos cerca de la ventana a la calle, espectáculo interior  que a uno hacía palidecer en su primera juventud  dando la impresión de temor al encontrar de frente esas severas caras admonitorias, en lo que parecía sus almas lo persiguieran a uno en medio de la escasa luz o contraluz y claroscuro de aquel salón como embrujado que de veras en nuestra niñez pueril nos espantaba.  Y como voy haciendo una suerte de radiografía o recuento especial de tan portentosa casona que pudiera guardar cualquier pareja de murciélagos amantes del ballet silencioso, voy ahora a referirme sobre la visita anual que desde Caracas con los suyos el tío Ezequiel Urdaneta Braschi hiciera a Trujillo en cada Semana Santa, a objeto de saludar con tiempo a su progenitora Doña Ángela, la de los ojos azulados y una tierna mirada junto a un gesto imperceptible que la hacían  más querer. Para esa fecha del arribo equivalente a dos días interminables de transporte terrestre a través de una carretera estrecha, de tierra aún (salvo el tramo pavimentado de Puerto Cabello a Caracas ) y donde abundaron los sobresaltos, repito, para esa  fecha de júbilo la casona lucía llena de vitalidad, con dos aposentos al servicio de los cinco viajeros ocupantes y la nupcial cama doble de copete metálico  y cortinero, incluyéndose allí la jofaina arabesca, ponchera, aguamanil y otros accesorios de limpieza corporal, mientras en el cercano salón comedor, desde donde doña Ángela en ángulo saliente divisaba cualquier persona con ánimo de entrar, se hacía entrega de los obsequios traídos desde Caracas (telas, zapatos, encargos, porcelanas, perfumes, etc.) ofrendas que guardara la doña en un cuarto bajo llave adyacente al que la madre del llegado tío Ezequiel  mantuvo en aislamiento y donde nadie jamás penetró (y creo que ni mosquitos)  por designios especiales de la misma doña Ángela, encontrándose dicha habitación enigmática colmada de todas la ofrendas que le hicieron en vida, para el momento de su muerte.
En esas fechas pascuales la casona resplandecía de vida y de visitas por doquier, siempre con algunos invitados al almuerzo, incluyensdo la botella de vino y entre ellos puedo recordar al primo ganadero Antonio Maya Urdaneta, al procurador Domingo Braschi Cazorla, a las tres tías del llegado Ezequiel, o sea María, Josefina y Hortensia Braschi, y fuera de este protocolo íntimo a las niñas Carrillo Guerra, las Bustillos, los vecinos Briceño Perozo,  los Navarrete Nava, el doctor Pérez Rueda, el juez de Pampanito bachiller Cadenas, el doctor Bocaranda, los parientes Urrecheaga, Juan Luis Urdaneta, Joaquín Gabaldón, los Pimentel, Gabaldón Urdaneta de El Prado, Monseñor Valera y el ciego e inteligente padre Graterol, el profesor Néstor Barroeta, los Paolini de Pampanito, don Rafael Coronado, los Valecillos de San Lázaro, Andrés Maldonado, doña Anatolia de Mendoza, como una sucesión de parientes y amistades renovadas en cada oportunidad quienes le dieron calor a la casona, de los que ahora recuerdo y para no citar más. Otros detalles de aquel inmueble tan cercano a la Plaza Bolívar fueron, por ejemplo, la asistencia permanente al necesitado, por cuya razón  como al medio día siempre se presentaban para “saludar” a la matrona los eternos huéspedes comensales, (verbigracia el moreno Segovia), empobrecidos con el tiempo, a los cuales la señora Urdaneta ordenaba conducir hasta un mesón de madera situado atrás, cerca de la puerta del solar, para allí almorzar estos depauperados de la justicia divina y en busca de sostén, unidos en dicho mesón junto a los arrieros y campesinos de turno que también esperaban el condumio casero. De la puerta hacia adentro del solar se amarraban las bestias junto a las maderas allí siempre en depósito, visitadas por las gallinas ponedoras de huevos hermosos, caballerías venidas desde los prósperos campos de labranza. Y cerca del comedor campesino que acabo de mencionar el doctor Ramón  dentro de la rareza original  que poseía como hombre previsivo guardaba con amor y en lo   alto diversas urnas  fabricadas por el artesano Celestino y de varios tamaños, a objeto de tener preparados sin esperas los útiles necesarios con que se enviara rumbo al más allá eterno a cualquier familiar y hasta de quien pobre de solemnidad solicitara ese servicio apreciado, que el referido tío obsequiara con cariño y luces aunque  también munido de tristeza.
Don Ezequiel Urdaneta Maya.
 Quiero cerrar esta semblanza fantástica que aparenta novela pero  tan llena de  sustos y emociones cautivantes que recuerdan a Escocia, con el retoño paternal de otra casona  inolvidable que adherida a la misma de que hablamos pero más cercana a la Plaza Bolívar, enfrente del antiguo Estanco de Tabaco que manejó el abuelo lisiado Juan Nepomuceno, inmueble que aunque independiente Don Ezequiel mi abuelo construyera para albergar  muy cerca a  su madre ya viuda, doña Alcira Maya, cuando entonces la familia había crecido  de manera sustancial. En efecto en dicho albergue de la intimidad lleno de cuartos, salas, ventanas y corredores  espaciosos se aposentó esa prole fecunda  y tuvo vida sustancial desde la propia calle hasta el solar de atrás que subiendo el cerro contiguo de lindero componía el cuadrilátero activo de dicha propiedad, fervor que tuvo cautivo a todos sus componentes vitales hasta cuando doña Alcira Maya (1843-1924) falleció en este dedicado inmueble lleno de cortinajes a la calle, comenzando así a vaciarse el alma de dicha construcción, porque a poco, su única hermana existente que allí llamaran la “niña´” Adelaida Maya, con muchos años encima decidió trasladarse a Caracas para vivir en casa del sobrino Ezequiel Urdaneta, donde falleció en el “cuarto de la Virgen”, poco tiempo después. La casa de Trujillo siguió en actividad, ya relativa, aunque llena de optimismo desde que el médico y gran señor Rafael Pérez Rueda la ocupara, por muchos años y con numerosa prole, hasta cuando se traslada a Caracas.  Así vivió languideciendo dicho inmueble por algún cuarto de siglo en funciones hoteleras (Hotel Italia), hasta cuando sus herederos venden la enorme propiedad a otros empresarios despiertos que empiezan a construir un amplio centro comercial, edificación que ahora duerme el sueño de los intranquilos porque con el país paralizado andamos como el fabulador Esopo en la búsqueda de quien llega  primero, si la tortuga o la  liebre. Y como este trabajo fue escrito con el fin de distraer la mente nutricia recordando lo histórico pasado, espero que la pluma indiscreta de este escribidor los haya conmovido tanto como para recordar los hechos que en parte yo viviera. ¡Y colorín, colorado, tanto cuento se ha acabado¡.

Héctor Urdaneta Braschi.  
 La imagen conocida que corresponde a la casona hogar de Don Ezequiel se las debo para otra oportunidad, porque anda extraviada entre el mundo de mis papeles, para señalar algo, extraordinarios. Y gracias por la paciencia de leer sobre las cuatro hermosas casas familiares que llenas del cariño habitual aparecen reconstruidas en este blog.