domingo, 7 de septiembre de 2014

EL CIEGO, EL BORRACHO Y EL LADRÓN.

                             A la memoria de Gibran Jalil Gibran.
             
Ramón Urdaneta - París 1951
             Amigos invisibles. En este tiempo azaroso de vacaciones largas  y por pedido de algunos siempre lectores de este blog e interesados en conocer algo de mi narrativa no histórica, ahora los voy a complacer con un relato que escribiera en Bagdag dos años antes del derrocamiento de Sadam Hussein y cuando asistiera al Merbid (Congreso de Escritores del mundo islámico, 2-992), por invitación especial de su presidente  Muhsim  Al Mussawi, actual catedrático en  lenguas orientales de la Universidad de Columbia. Así los dejo complacidos y espero que  se entretengan por aquel mundo extraño al que visitara en varias ocasiones.
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Cierta vez hubo en Basora  un ciego, un borracho y un ladrón que caminaban por la ciudad sin rumbo cierto. En la distancia veían volar  las mariposas cual pájaros pintados, nunca se quejaron del tiempo y menos de las crecidas  de las aguas, y sostenían un raro  gusto por los dátiles pasos, con tal frenesí que el ciego como en mil y una noches anteriores ordenó al lazarillo bizco que tuvo a su servicio, le mantuviera una provisión de los mejores arrancados  por su destreza, de aquellos árboles centenarios.
            El borracho de su parte solo aspiraba fermentar los frutos datileros  en viejas vasijas estañadas de cobre, para así obtener una bebida  vital como el arak, que elevándole al seso, la gesticulación y la risa alborotada le mantendría sin traumas  en el nirvana utópico, el tantra dialogante y el frenesí de la existencia, antes de introducirse  en otro trance de aquel sueño mórbido o burlón, propio de los beodos parlanchines.
            Y por último, el más temible de todos, ciego de esperanzas concretas, sin destellos de luz por los escrúpulos y borracho al cabo  de sus aspiraciones truncas, sólo aspiraba recoger  hasta el último dátil caído de las palmeras secas, y con una mente frecuentada  en el martillar de las tablas  de ábacos, logaritmos y la ambición desmedida, no hacía sino soñar  entre placeres  discordantes o con embarcaciones de su propiedad que bajaran pausadamente las aguas del estuario cuajado de peces saltarines de colores, como lo viera el intrépido Simbad, para llevar a destinos lejanos las cargas de frutos en sazón y de mieles apiarias escondidas.
            Pero sucedió que estos tres camaradas de encendidos turbantes majestuosos, alfanjes vírgenes sin filo, y de capas raídas por la superstición, cultivaron una amistad tan estrecha, que si no es por la infancia miserable  en que vivieron se pudiera decir habían nacido cerca de las barbas del Profeta. Uno, el ciego, era natural de Anatolia, por Capadocia, citadino de pueblo pequeño y cuevas de vivienda que le formaron el carácter, cargada aquella humanidad de infiernos pestíferos y contradicciones  efervescentes, aunque de joven macilento y debido al hambre perpetua que pasara entre los escarpados desiertos y matorrales peligrosos, con tierra arrasada de por medio y la tradición anecdótica  de los Reyes Magos decidió buscar el manantial auténtico y venirse tras una caravana inconclusa rumbo al naciente desolado, harto de arena polvorienta, tras los flacos camellos solitarios y los dromedarios ahítos de leyendas, a los que por cierto el ladrón usurero y tiernamente avaro pensaba colocarles  una nueva joroba a cambio de áureas bolsas e influencia pecuniaria como para atormentar la soledad. El ciego mas la sombra cambiante  de su porte pudo llegar así  al esculcado puerto de Basora, la tierra disputada de Simbad, atravesando mil dificultades repentinas, que fue cuando desde aún pequeño de estatura comenzó a ser  corto de la vista, aunque no de ideas colmadas de enriquecimiento prematuro, lucro compartido, avaricia de lejos y disimulo asaz.  Por aquí y por allá vivía en un trajín comercial finamente tejido, defendiéndose sin sospechas en el tamaño raquítico, el lazarillo hambriento y cierta jerga de adulación innata, al extremo que le diera excelentes  resultados en los años posteriores de tal manera que parecía haber pactado  con el gigante de Aladino. Y por si fuera poco, mantenía oculta una lámpara plagiada del sin par Aladino y a fuego eterno la sostuvo cuya luz ofreciese a los dioses paganos de la tribu advenida y hasta a los de otras naciones adversarias, como el caso bochornoso del decadente Zoroastro, mellizo de Zaratustra, lo que sólo él sabía, tal era el sentido de sus halagos, elogios y engañifas a montón.
            En ese mismo trajín del bazar o la tienda portuaria el cegato aprendió cierta frecuencia  de frases impactantes, hechos amatorios y fechas memoriosas, y anduvo siempre con el sagrado Corán bajo el brazo sudoroso, para que le fuese visible a todo trance. Por esta razón simple  como un intrigante relamido o interesado más, con caricias, señuelos que alborotan y hartas zalamerías penetró en difíciles cenáculos de los letrados o eruditos, y a través del esfuerzo y máscaras faciales diseñadas pudo enseñar textos insípidos, contradictorios o prestados con el transcurso de los años dentro de esa personalidad tan sinuosa, artificial, estéril y doble que le labrara un porvenir cualquiera, al extremo que durante muchos cursos lunares su nombre por toda Arabia Feliz, Samarkanda, Kurdistan, sin contar Mesopotamia y el otro mundo conocido, fue sinónimo de acomodo, de desventura y por esa escala de valores marchitos en que no creía, a fuerza de equilibrios supremos se mantuvo como viajando por el aire sobre una alfombra de nudo fino, en concepto de santidad y cultura, adulando a la corte faraónica de turno, al califato de Bagdag o a cualquiera fuere  su protector, y haciéndose hasta de cierta fama pírrica, sin importarle un clavo, bledo y menos un comino los medios utilizados entre aquella gente sencilla y bondadosa.
            Pensó vivir en medio del jardín edénico,  propio de Alá el misericordioso, aunque ya siendo ciego y pasada la buena estrella conductora, donde fue comodín de la picaresca excepcional, descubierto el juego de su vida y escondidos los denarios atesorados, allá, en tierra de cristianos  nazarenos o caldeos, como manso cordero este lobo estepario vivía del cuento y la canción chiflada ya que apoyado en los múltiples brazos de una deidad bramánica del Indostán, luego de traficar con todos los cargos mejores y sustanciosos de aquel tiempo mágico, un buen día para lavar el nombre apolillado decide refugiarse entre los versos antiguos  de carcamales vedas y los modernos de la época crucial, tan mal construidos de su parte que ni con restos de la influencia que aún le quedaba en depósito pudo sostener la cumplida cosecha espiritual, por lo que en los remates cansones de la casa “Sotherby” londinense, bajo influencias o presentes de emires petroleros se ha podido vender alguna carta laudatoria salida de esa pluma menguada, pero menos un poema de esos suyos elaborados sin la inspiración divina del aeda.
            Así anduvo ciego y cojo este bardo ripioso de esos que medran cuando hay oro, cual paria disonante, mal parado, enfermizo, soberbio eso sí, cuyo nombre seguirá siendo cabal de cinismo de altura, y a pesar del tamaño canijo entre los cuenta cuentos islámicos permanece como el clásico tipo de adulante de bandería, con una mentalidad que choca mitad eunuca y además confusa, de donde su imagen a partir de entonces  se incorpora sin prisa entre los cuarenta acompañantes del viejo Alí Babá.
            El otro socio de farras e intrigas maliciosas (aquel austero, éste, encontrado  con los cantos etílicos a como diere lugar) se destacó por lo borracho empedernido, payaso gestual entre quienes de risa le rodearan, bufón del séquito de turno, porque prestó buenos servicios a esta clase jocosa allá en las carpas beduinas yemenitas, siendo prófugo naciente de mezclas bastardas entre arábigo y persa con algo de tartario, lo que le malquista por el acento descompuesto  en ciertos grupos escogidos, pero la verdad es que había  nacido más adelante, con cara aceitunada y en el golfo de Ormuz, cuando un forastero desorientado busca esponjas, elíxires potentes y perfumes orientales de exquisita fragancia, y al tiempo diera  por colocar  cascos metálicos a los burros correlones del desierto, de donde  vino la inaudita  afición del vástago por las potrancas mal paridas y los caballos relinchones.  
            Sin casta alguna por tanto quehacer en el mundo indigesto de Baco surgió de una combinación híbrida, al que tapaba la vestimenta aérea del desierto mugrosa y estrafalaria cubierta de perlas orientales, entre babuchas, caftán, y fez de fiestas alfombradas, y ello en la desorientación de los clanes le hizo mantener de un comienzo alejado de las buenas tribus, visitándose de continuo con el ciego tortuoso, al que le unía una estrecha amistad de colaboración o compadrazgo, para obtener hipotéticos  dividendos honestos y hasta alterar designios sólo entre ellos y repartirse las prebendas públicas  con toda suerte de loas y las eternas distinciones.
            También este dipsómano contumaz aprendió de los números memorizados por  intermedio de la nemotecnia, cosa tan normal en la sociedad trashumante de aquel tiempo, y su lenguaje primitivo a fuerza de oír cánticos religiosos exaltados y de los marineros exóticos del más allá fue incorporando frases inentendibles que luego transformó en versos copiosos, porque el bellaco tiempo atrás dijo ser poeta predestinado del ritmo melodioso y de la mejor inspiración, a pesar del repudio de sus coplas y cantares  que los verdaderos rapsodas hicieron, por utilizar éste lugares comunes y en un verso fácil, cojo y  lleno de incongruencias curdas, al extremo que en la vulgaridad  si no es por la cítara  que pudiera pulsar como una lira neroniana y lo adulante  aprendido de su socio el ciego, pasara como uno más entre los allegados de ocasión.
            Vivió escondido en el derroche alcohólico por la prohibición societaria, sin aspavientos, pero aspirando consumir todo el agua ardiente  para acabar con este mal antiguo por herencia del desconcertado Noé, lo que también le mantuvo distante del honor de otras tribus, aunque el perdón excepcional  del bondadoso Alá se dejara traslucir para apaciguar la intimidad, y ello con el tiempo le hizo acceder al grupo crónico de los enfermos sin retorno, a pesar de que todos estos aconteceres  humanos le tenían sin cuidado ya que la luminosa estrella de su amigo el ciego le permitió mantenerse a flote del desierto, ayuno de un mayor resplandor, y se arrastraba  besando los pies perfumados en plan de humillación, por lo que no hubo ulema, caíd, jeque, par o semejante que dejara de ensalzar, y hasta uno en exceso gordo y maloliente  lleno de desafueros ventosos le colocó en cierta posición de gobierno dentro de la mayor ingratitud  o desmemoria, y menospreciando a su propia familia nada realiza de positivo y hasta reincidió en el delirio fantasmal cuanto escondido del poderoso alcohol y otros estimulantes mentales  en prosa mal habida, el verso decadente, y aquellos  que pretendieron beneficiarse de su presencia en el mando fueron silenciados  al absurdo y extremo porque tanto el borracho como el ciego dándose palos entre ellos  en esencia eran una misma realidad interior, uña y carne entrañables, cortos o largos de visión, engañosos y tan egoístas del repartimiento conjunto a objeto de no permitir que nadie se acercara hasta el panal de ricas mieles que defendieran por mandato de Alá las águilas del desierto arábigo, salvo una pequeña cohorte de paniaguados desprotegidos y débiles marionetas que visitando espejismos sin fronteras por mendrugos de pan y solo ofertas maravillosas hacían lo que hubiere lugar en favor y al turno de la pareja en trance de ser hipnotizada.
            De esta suerte postiza por deducciones cabalísticas de los mismos actores fueron entonces corriendo entre el desierto, andando a través de oasis y cuchufletas, entre caravanas  sin ruta y camellos sedientos, entre ovejas esquilmadas y halcones escapados de la cetrería, finalmente entre el filo de los mandobles y bruñidos alfanjes, y su advenimiento fue tal que en la osadía pertinaz  llegaron a las propias puertas de La Meca para exclamar a cuatro vientos la maravilla de su poesía, la profundidad de su ciencia, la ayuda al menesteroso y la limosna sabatina al necesitado. La abstinencia ejemplar  de sus vidas que incluye la ablación femenina, la entrega a Alá en este mundo errante y los miles de favores  realizados  sin cobrar alcabalas, gabelas, medias anatas, almojarifazgos,  comisiones, excesos o tributos, lo que era una mentira más grande que toda la península arábiga incluyendo el Mar Rojo,   por lo que los barbudos doctores de la ley, los sabios y los expertos de la verdad verdadera estuvieron todos de acuerdo en la falsía de sus exposiciones pueriles, y antes bien condenaron la palabra certera, so pena de otros castigos ejemplares valga decir lapidación o colgar a ambos intrusos por taimados, inescrupulosos y corruptos.
            Pero el tercer ladrón, que diera aún más trajín que la suma de los anteriores, fue tal su estilo y viveza como para llegar a confundir  los oráculos, talismanes, los signos positivos del zodiaco y las premoniciones satánicas. Levantado en la mayor miseria de una familia multípara marginal, era él quien limpiaba el cagajón de las ovejas y traía las pesadas ánforas  de agua para beber, desde aquella fuente de nostalgias que sirvió de lavadero común y abrevaba la sed de cuantos animales lugareños existían.
           
Alí Babá.
Su vida triste rodeada de dinero fugaz empieza en el desorden  común de la anonimia por allá en Hebrón, al otro lado del desierto total, muy cerca de las cabras  y de otros sinsabores comunes. De él también se comenta que en la oscura noche de los engendros subliminares y las concupiscencias con velo facial, sin nombre o apellido, tuvo que ver mucho con el judío parlanchín que vivía a la vuelta de la esquina, de donde el muchacho nació diferente a los demás, con cierta viveza insólita y un estigma social, por lo que en el correr de los años lunares cambió el lugar de nacimiento para acogerse a otras tribus esquivas, renegando de su estirpe precaria, a fin de acallar estas tempestades y otras voces agoreras.
            En lo certero de su andar disperso con premura perdióse del mapa palestino y en la peregrinación a trochemoche guiado por las estrellas equívocas debió pasar hambre, limitaciones estéticas  y necesidades a montón,  en antros, tugurios y tierras relegadas que le templaron el carácter mas no el alma; y para sobrevivir, tiempo adelante en la almoneda de la lonja del mercado cautivo que le servía de fuero contó que anduvo desvariando por las islas eróticas helenas, entre bárbaros y otras tribus caucásicas, disfrazándose de mil maneras corderiles para continuar viviendo aunque fuere a empujones, en un “clío”, “clío” como los polluelos regionales quiso conocer al carcomido por famoso  Herodoto, pero éste por la desfachatez  engreída  del intruso le cerró las puertas de a par en las narices y después con una manía irrefrenable de lo ignoto panglosiano atraviesa el Ponto Euxino, la Dacia, cayó en Tracia, caminó al Peloponeso de  piedras y guijarros, o al menos así se jactaba  en decirlo, aprendiendo las máximas picardías de los armenios especuladores, hasta trató de vender secretos hurtados a la gente del zar Boyardo, y con aquellos fardos y costales plenos de abalorios, cascabeles y otras engañifas anduvo en veleros de ingratitud, entre aqueos y maniqueos en la búsqueda de títulos  y canonjías, saqueó la mansedumbre de los nubios, arrasó con los restos cristianos nilóticos, dormía junto a un perro pastor y a pierna suelta en la necrópolis de Atenas, trató de empeñar y hasta vender  a precios viles un sarcófago real encontrado por suerte en Luxor, se hizo más agareno en la subida a tierras etíopes, bajó y anduvo sorteando cuchillos y colmillos eritreos, trompas de elefantes  ayunas de marfil, y luego de ser tan andariego y con el engaño del bazar de palabras, genuflexiones, besos, te himalayo y afectos que en la trampa mortal prodigara, después de maldecir la extensa y espinosa vuelta al Mar Rojo con dos o tres lacayos incondicionales que mantenía en rayana pobreza, recordando los tiempos idos recaló un buen día, tan largo como el de las murallas de Jericó y lleno de nubarrones cuanto de presagios, por entre los canales del estuario de los ríos madres  de la civilización y el castigo, sentándose así, con barca y ujieres que cargaban el incienso para cubrirlo de olores atractivos en la pacífica y activa Basora, que era como el correr de vidas y negocios de aquella quietud escarlata del Medio Oriente en trance de ser entero.
            Claro está que a poco de andar en los ajetreos de la villa portuaria convulsa y siendo de menor edad en relación a los otros  pillos o pilluelos, mediante manipulaciones ventajosas pero abstractas  entró rápidamente en contacto con el ciego alabancioso y el borracho contumaz, lo que en la vuelta de los meses  y por pertenecer a la misma corporación de comerciantes especuladores, en una y otra forma fueron cerrándose de cierta amistad que aparecía cultivada desde tiempo atrás, y éste, el novel de los tres taimados cófrades, con los cantos de sirena aprendidos en tierras de herejes espartanos confundió la viveza  de los otros al extremo que en poco tiempo el suave déspota hecho un mullah religioso estuvo dispuesto para las grandes aventuras, llamadas por él sin pestañar “los sacrificios”.
            Así en la aberración de los signos mal puestos del zodiaco por sumerios y caldeos en vieja disputa con los persas, el granuja de marras logró seducir  a un viejo decrépito pero tenido entre los siete sabios del poder de los no profanados lugares, y a esta santificada momia viviente  envió con rapidez  para ejercer presión inaudita y por tandas sucesivas, la macabra cohorte de lacayos amaestrados, y luego fue él, personalmente, ahora sin petulancia, y entre medusa, Fedra, hydra, chacal y perra parida, con los cuenta cuentos mandarines que le narrara desde cuando malviviera aprendiendo caprichos  en aquella tierra de los césares de Suetonio, le convenció al extremo que pronto el anciano achacoso  fue cediéndole cuotas de poder sin otro beneficio, y aquel, como el pulpo de las entrañas marinas de Omán, entre dedos y codos fue encercando sus ardides comerciales, tan pegajosos cual la goma arábiga, el incienso del mercado de Yemen y el alcanfor.  
            De este modo travieso aparecieron los nuevos adulantes, aunque el hombre no penetraba bien  en las esferas de los negocios patriarcales, ya que muchos se dieron a la tarea inequívoca de indagar sobre el origen raizal del avispero. Así de simple se supo porqué renegara de la tierra el relamido, de una mujer cornúpeta  y desaguisada que anduviera tras sus pasos viciosos por las correrías de los tiempos iniciales, de cómo era maestro de filigranas en el pedir y en rebajarse para obtener beneficios absurdos, de sus amistades y entornos con tiranos grotescos, y de una esclava blanca, vándala, de ojos redondos verdes, que por excelente cocinera  de chorizos y albóndigas  en tierras peninsulares morunas tomó como mujer escogida al azar, allá en los tremedales del mal recuerdo y la pobreza infantil. Lo cierto de estos claros episodios fue que el insaciable y tenaz palestino hizo tal amistad con el ciego y el borracho juntos, que cada viernes ejemplar después del oratorio en la mezquita que exclama ente cantos, sentencias y voces azoradas, luego se reunían con seguridad para agarrados sobándose  las manos y entre pedazos de cordero, tazas de té enigmático y consumos de narguile casero, contarse una tras otra sus fraternales fechorías.           
            El desalmado estratega comenzó  a armar todo un tinglado de taller grande entre los escombros de cierta casa violada por el abandono, para ante ruidos siniestros y trastos baratos  elaborar unos signos caligráficos  que por inmodestia  y exageración  en poco tiempo dijo ser  de la mejor factoría del mundo musulmán. Las conciencias fueron cayendo luego dentro de los negocios turbios, y a medida que por el mar  se especializaba el signo cursivo y grácil otomano  y los escritos de la conquista cruel, de maestros y artesanos honestos  iba tomando cuerpo de obra limpia, recién acabada, sin otra retribución  que el agradecimiento  interesado porque, según apuntaba en la alabanza engañosa, el publicarla era un favor del todopoderoso Alá y de su reino paradisíaco, y tal desparpajo impropio convenció a muchos, mientras las riquezas de quienes le apoyaban  con erogaciones  dispendiosas  corrían hacia las arcas  de este inconmensurable mercader, que en contra de las leyes divinas festejara con pompa el primer millón  de dinares  insertos en la trampa de los incautos clientes atraídos.
            Compró conciencias, rebajó honores, corta caminos de éxito, compromete el silencio de otros, hizo cuanta maniobra sensiblera considerara útil para procurarse de los trabajos a presentar, y con el retintín permanente  de la exclamación telúrica  y mejor teocrática de que “todo a favor de Alá y de Mahoma, su profeta”, este otro Mohamed  pudo abastecerse de buenas y millonarias partidas o caudales del reino omeya, que le llenaron de bienes y otra dignidad, al tiempo que los acólitos le rociaban incienso o agua perfumada para quitarle ese olor penetrante entre cabra salvaje, oveja sin esquilar, y ajo que de antaño le perseguía a satisfacción. De esta manera insólita el granuja empieza a crearse todo un mito alrededor de su extraña figura, cabizbajo, amnésico, pigmeo, pensador de diente roto, con los escasos hilos de plata  entre las estrechas sienes, esquelético, enamoradizo sin definición, a veces soez,  y que daba unas fiestas rumbosas por extravagantes, estrambóticas, casi palaciegas, todas en la intimidad de la carpa, incluidas las mancebas para buscar lo deseado en cuanto a sus intereses inescrupulosos, aspirando en el compromiso a cuotas comerciales calificadas, por lo que al insistir sentarse  entre los que manejaban  los cuadros políticos del imperio de Alá, con esas garras afiladas difícilmente ocultas creó un grupo de extorsión que le era en la totalidad servil, donde ya acorde con otras  ideas exóticas, advenedizas por excepción, exigía como parte sustanciosa  del botín el quinto real y de preferencia el diezmo convenido, primicia o gracia suprema, y de allí hacia arriba dentro de aquellos muchos millones  de tesoros que la ambición desmedida  y las agallas más grandes que las de cualquier ballena, pudieron embolsillarse en arcas propias, a tal osadía de pretender emular al glorioso turcomano rey Midas, admirado siempre porque todo lo que tocaba se convertía en otro sonante para engrosar cornucopias metálicas, y hasta se cuenta que dentro de los escrúpulos enojosos en gruesos sacos de algodón de lienzo egipcio vino a exportar moneda falsa hacia el principado de Malabar, y de allí mediante artes de magia, malabarismos increíbles, juegos manuales y embelecos defendidos  por caravanas de ventaja, con pasión inocultable atrajo cestos de escasas aleaciones finas y pedrería preciosa, en su mejor tenor y oriente de belleza.
            Rodeado el pillo de un círculo de descastados  que procreara durante tantos años, dio de fiestas y de francachelas en su residencia campal, que en los mejores tiempos  del califa Harum al Rashid se recordaran, obsequiando mujeres y prebendas por doquier, las que de manera gratuita eran puestas en la ofrenda a las diferentes toldas pugnaces, pudiendo navegar sin contratiempo entre las briosas aguas del interés determinado, hasta que al final, por esas sinrazones de la adulación y el compromiso pudo sentarse en algo que le quedara grande, ¡dígame¡, donde cultivan además de granados, higos y pistachos las leyes humanas que manejan el país.
            En aquella mala hora ya había despojado a su legítimo  propietario el mayor colegio musulmán del imperio, acusándole de maricón a lapidar, a desterrarlo después de rasurado el cráneo, para siempre, y hasta decapitarlo si los doctores de la ley coránica así lo manifiestan, expropiándole  el sitio de enseñanza por cualquier suma lastimera y pasando este bello edificio que recuerda al Profeta en las primeras dinastías abasidas a engrosar las arcas torvas y repletas de sus conocidos caudales en la misma época  en que dentro de los talleres de trabajo por planchas medievales gálicas  también había publicado  mas de mil obras de una caligrafía excepcional, lo que con codicia desmedida le condujera a reunir cuentas de maharajá superiores a las que pudo contemplar en la cueva áurea del asustado Alí Babá.
            Para estos tiempos de presagio el mal ladrón que usaba cuellos blancos de cisne se había hecho de un nombre con buena parte de la investigación perteneciente  a sus seguidores y del apropiarse de otras obras benéficas escondidas, y con el mayor cinismo plagiario con desparpajo supino las hizo reproducir como suyas, en las fraguas tristes de su opaca actividad creadora. Con el acervo de épocas lisonjeras de la región también compraba devaluadas por pedazos todas las conciencias sobornables de la región mesopotámica, aspirando aún más a las dignidades altas a conquistar y cuidado si en golpes por la espalda previstos intentó ser califa, bey o visir, a través de la presión utilizada, a veces al máximo, por medio de los lacayos deshonestos o mediante la simple urdida depravación, la complicidad o coautoría manifiesta en sus variadas formas, y la alabanza que extralimita, al extremo de creerse nuevo sátrapa de las ideas geniales, hombre de extensas y sanas narraciones que por canales de terceros publicara dentro de la fina  red comprometida en que se halló, con áulicos o panegiristas  de tales letras e infundios escritos sin razón, viéndolo bien, todo terminado a fin de cuentas en una sórdida mediocridad, que es como lo recuerda la historia fabulada.
            En aquella vulgar existencia mesiánica, instaurada para con antelación fusilar retazos de tiempo aurorales, al granuja le dio por inventar toda suerte de construcciones de escaso valor, con fondos incompletos, a fin de colocar morondangas engañando a pastores incautos, y dentro de sus más extensas o destructoras aventuras  terrestres hizo guarida propia en los jardines heredados de Academus, ahora cubiertos de mirra milagrosa, de los que añora hablar por tradición plebeya, cuando las correrías suyas de la miseria en pos de los astros bienhechores, y bien pronto, con la compra inusual y lo timorato de los otros, por lo ducho, hábil y desconcertante que era se atrincheró tras gente incondicional  para manejar el ocultismo a su antojo, la transmigración y hasta el embalsamamiento de cadáveres, desde ese sitio por demás sonoro mediante los pífanos acordes, a donde con la mayor argucia graciosa para asegurar los votos requeridos  trajera a rebeldes gitanos y hasta se dice que a judíos conversos por la conveniencia del negocio.
            Se especuló entre grupos que el usurero en cuanto trabajaba de día y de noche aumentando los ingresos de su administración delirante, habíase hecho todo un experto en angulosos números arábigos, aunque utilizara todavía el alfabeto cuneiforme para el manejo de las cuentas secretas. Mas sucedió entonces que cualquier mañana ejemplar, entre tanto tráfago y capital consumidos, el ladrón comenzó a sentirse enfermo de cuidado, y fue tal las molestias observadas por aquellos shamanes de su tiempo, que a pesar de los paños calientes, los pediluvios y gargarismos para alejar los malos sinsabores, con prisa y talegos de las monedas requeridas debió trasladarse en parihuela hacia el recto Indostán para ser ensalmado al abrigo de las altas montañas, donde se cuenta que un quimerista o práctico de estas dolencias y misterios del alma le abrió el cuerpo a lo largo, en canal, como a una vaca no sagrada, rompiéndole las costillas para mediante fórmulas alquímicas sacarle lo pútrido malsano, y se ha escrito también que el ladrón usurero, como lo explicase después, soñó que en los ante portones de la muerte y con los entresijos afuera, su imagen de Sardanápalo lucía como la de Nabucodonosor, con orejas de pollino, hecha de oro aunque se desmoronaba por los pies, que eran de arcilla húmeda del Tigris, mientras un concierto de moscas verdes  bullía deleitando en derredor.  
            Luego de superar desgracias a granel regresó a Basora como  un borrego tierno, con el antifaz de la humildad, más demacrado que nunca, entre jade y turquesa de color, pero ya las situaciones  habían hecho su cambio, sin existir el manto de nubes que opacara la realidad, y a pesar de que el ladrón, el borracho y el ciego continuaron visitándose los viernes consabidos  para relucir en claroscuro cuentas inmorales, las generaciones de avance, algunas bajo sacrificio o esquilmadas por ellos, hicieron suyo el popular refrán   ibérico “a otro perro con ese hueso”, aunque perros hubiera pocos  en el lugar; y sobre el fundamento axiomático de sentarse en la puerta  de la sufrida tienda para ver pasar el cadáver del enemigo, ya los cantos  celestiales del Profeta  y los clarines de sus voces sin recogerse se perdían en la inmensidad del gélido desierto huérfano de nubes.
            Algo nuevo, menos explotador, apareció en el escenario del futuro a interrumpir, mientras aquellos tontos silencios infinitos envilecían envejeciendo, con disfraces y máscaras vidriosas venecianas, con caras de trasnocho y sentimientos de yo no fui, sin tribuna ni acólitos, sin páramos ni llamas, por lo que entonces acá, ausentes de magia  e idealismo, como recompensa a tantos delitos y pecados cometidos, en la maldición y pestes desatadas por la hégira radical fueron condenados infaliblemente al desprecio colectivo, al abandono y la indiferencia, a regresar sin cargas hacia los orígenes aldeanos del horizonte y a borrar sus nombres devaluados donde habían sido esculpidos por las propias estrellas.
Sherezade.
            El ciego debió vagar sin lazarillo bizco en la inmensidad del limbo complaciente, oyendo en todo tiempo los cantos atiborrantes de los verdaderos aedas; el borracho bebería sin cansancio dentro de los mismos toneles hediondos en que se fermentaba  los mostos dejados por el seráfico inventor Noé; y al fino ladrón, en la sentencia eterna se le impuso verse cada vez las entrañas puestas en sus manos sangrientas por Prometeo, para escarnio de las generaciones posteriores.

            De este modo sencillo o pedagógico y antes de aparecer en columna los demás penitentes, fueron extraídos de ultratumba, para bien conocerse, tres de los cuarenta cascos que acompañaron sin rescate al encantador serpentario por asombrado Alí Babá. Alguien dijo en la estancia que aburrido de vivir este asombrado gestor, como nosotros, se había fugado con ellos en una noche clara, para no arrepentirse más.  

miércoles, 13 de agosto de 2014

EL DOLOROSO GENOCIDIO DE PASTO.


 Amigos invisibles. Para escribir sobre momentos tristes de la historia americana hay que tener verdadera fortaleza en el alma, porque ahora recordamos el caso del expresidente guatemalteco Efraín Ríos Montt, condenado a ochenta años de reclusión por genocidio contra la población maya, cuestión que nos trae a otro recuerdo la continua barbaridad cometida contra el pueblo pastuso de Colombia en tiempos de la Independencia, y por el solo hecho remarcado de dicha comunidad al ser fieles devotos a la corona española con que habían convivido y cruzado su sangre americana durante tres siglos, sucesos ocurridos cuando los llamados facciosos guerrilleros, insurgentes e intolerantes para con sus principios ancestrales eran opuestos de una manera despiadada contra la razón monárquica de esa amplia y fraterna región sureña colombiana, de donde las tropas venidas desde Bogotá castigando su fidelidad al Rey cometieron toda suerte de tropelías y represalias con o sin razón, aunque mejor sin razón, pero que dieron como resultado el derramamiento de sangre de este pueblo indomestizo trabajador y en sus contornos, escenario que no se ha podido olvidar por lo  horrible del exterminio utilizado y que desgraciadamente en su realización por orden superior ocupa a tropas y oficiales venezolanos destacados en esa campaña bélica cegada de pasión, lo que siempre ha sido reprobado en el recuerdo de la historia de Colombia y hasta de Venezuela.
Agustín Agualongo.
  Pero andemos desde el comienzo de esta escalada de hechos para poder discernir a grandes rasgos lo problemas acontecidos en su desarrollo, que andan aún en vías de entendimiento porque no es fácil englobar la sucesión de circunstancias controversiales que se desatan desde el triunfo de  Simón Bolívar en la batalla de Boyacá  (7-8-1819) y cuando luego de su entrada oropelesca a la capital de virreinato en extinción el caraqueño lleno de fuerzas suficientes y por tanto acelerado el seso con el triunfo militar y los agasajos pertinentes confirma su deseo ya previsto de con prontitud continuar hacia el Sur que yace en manos monárquicas para consolidar tantas ambiciones, es decir, derrotar la fortaleza hispana existente en el virreinato del Perú, pues como era de suponer con aquel bastión militar existente al Sur de sus anhelos soterrados, la libertad de Colombia independiente era solo una simple quimera.     Pues bien, mediante la sujeción del poder que este militar tiene entre sus manos con rapidez concentra un ejército que lo acompañará en esa intención libertaria, siendo su primer destino del acceso la ciudad de Popayán, noble y señorial encrucijada de cultura que venía a ser una suerte de frontera divisoria con el viejo reino de Quito, por cuya razón el mundo interracial que continuaba hacia el Sur del amulatado valle de Patía, tuvo otros sentimientos rebeldes en referencia con lo acontecido en el extinto virreinato, no compartiendo por ende tales ideas libertarias, consideradas por aquellos mestizos cimarrones como extremas.  Y mientras Bolívar permanece entre esas latitudes payanesas se dio a la tarea de reclutar preparando mejor al ejército que traía desde Cundinamarca, contando entre ellos valiosos oficiales venezolanos, como Bartolomé Salom, el malogrado Pedro León Torres y demás conocidos de su aprecio. En otro análisis que debe hacer Bolívar para la continuación de esta ruta finalmente escogida, que debiera llevarlos por difíciles montañas hasta Quito, tiene que tomar un punto de importancia a tener en cuenta, cual es la  idiosincrasia de esos pueblos pertenecientes a la región de Pasto, de tendencia ancestral conservadora, o sea cuyos caudillos defienden por principio la estabilidad de la monarquía reinante como a su propia familia cristiana. Pasto por aquella manera de actuar “todos a una”, al estilo comendero de Lope de Vega, es recalcitrante, dura de roer, y bien sabe el Libertador  que esa gente prefiere inmolarse antes de ceder en la opinión resuelta, por lo que descartando el viaje marino hacia el Sur por Buenaventura  insiste en desatar el nudo gordiano que significa combatir a como diere lugar contra los enceguecidos pastusos, quienes por cierto para la defensa de sus intereses vitales estaban aliados en forma de milicias ciudadanas e indígenas, como el caso del mestizo Agustín Agualongo, con un pequeño ejército español allí acantonado y al mando inteligente del estratega logroñés coronel Basilio García. Bolívar sabía que sin la derrota de aquellos valientes ultramontanos era imposible penetrar con su tropa en la vía que conduce hasta Quito, mientras ya trotaba hacia esa capital otrora incaica  la guerra de Bolívar con la espada de Sucre. Y por ello adelantando camino frente a todo pronóstico el caraqueño decidió esquivar la entrada a San Juan de Pasto, para seguir y establecerse en las alturas difíciles de Bomboná, cerca del volcán Galeras,  calculando esta vez mal con lo que iba a suceder.  En efecto, habiéndose atrevido a presentar batalla el 7 de abril de 1822 con las fuerzas pastusas mantenidas en sitios estratégicos de aquellas alturas y peñascos, el resultado final del encuentro fue un verdadero desastre para el ejército bolivariano.
José Rafael Sañudo.
 

            La batalla de Bomboná, según explica Wikipedia, fue planificada por Bolívar como un éxito rotundo para la causa republicana, de lo cual anticipa la gloria el creyente caraqueño, sin entender que la mentalidad indígena puede pensar de otra manera. Así, para someter a Pasto Bolívar envía desde Popayán 2.400 hombres armados, a sabiendas de la enorme dificultad del intento, pues los anteriores deseos militares habían terminado en graves derrotas. Sin embargo como compulsivo y hasta testarudo que era Don Simón para ello decidió aplicar una táctica de no darle frente a la ciudad de Pasto y sus fuerzas, sino desviarse hacia la ruta  enhiesta de Bomboná, con intención de seguir camino hacia el anhelado Quito, a donde ya se dirigía el general Sucre, sin tomar en cuenta que por medio de avanzadas sus pasos estaban medidos por las tropas contrincantes, que al momento sumaban 1.200 hombres al mando del coronel Basilio García, las que se parapetan en el estrecho cañón  del río Cariaco, para allí presentar batalla, que se inicia el 7 de abril de 1822, a las tres de la tarde.   Bolívar desde luego  por lo angosto del sitio y sin prever resultados dirigirá de lejos la batalla, con el uso seguro del catalejo, mientras eufórico asienta ante adictos oficiales “!Tenemos que vencer y venceremos¡”, ordenando a sus hombres tomar camino en bajada hacia el río. De esta manera ya ejecutado el plan previsto en la media hora siguiente  los batallones Bogotá, Vargas y Guías sin callejón de salida fueron masacrados diezmándose esa tropa a la  mitad por obra de los realistas lugareños desde sus posiciones ventajosas, mientras así “se apilan unos cadáveres sobre otros”. El sacrificado batallón patriota Rifles lleno de bajas tuvo mejor actuación al trepar a una altura atacando luego por retaguardia a la tropa española, situándose en el ala derecha realista. Pero Bolívar aún ofuscado por una pretendida victoria y con el carácter conocido que mantiene, valiéndose del menguado Batallón Vencedores mas unas reliquias que le restan combate hacia la pérdida de su empeño, quedando aquello pronto reducido a una pequeña tropa ya desorientada, por lo que algunos patriotas logran salvarse huyendo entre las sombras reinantes, mientras la destrucción fue completa en el campo republicano. Esa noche Bolívar permaneció confundido y falto de sueño, porque desconocía el destino del Batallón Rifles, angloparlante, de élite y tan consumidor de soldados, que en pocas horas perdiera la mitad de sus hombres, o sea más de mil, contándose así una mayoría de muertos, mientras que las bajas realistas fueron apenas 250, retirándose luego estos monárquicos pensantes dentro de la estrategia escogida,  hacia los refugios del Sur.

General Bartolomé Salom.
Por el desastre conseguido en Bomboná el caraqueño tuvo que dar marcha atrás, impidiéndole ello llegar a las puertas de Pasto y debido a dicha causa debió regresar al norteño valle del Cauca, cerrándosele así el paso hacia Quito.  Ante la catástrofe ocurrida y acumulando los 300 heridos que deja tal contienda Don Simón escribe al general Santander indicándole que anda aturdido por el clavo ardiente que era Pasto, ciudad mestiza por demás monárquica que mantuviera al borde de la desazón el general caraqueño, pues en varias ocasiones pactó la paz con Bolívar para a poco emprender de nuevo la guerra, de donde ya sacado de juicio  este venezolano, como en momentos de estulticia valga decir iguales a los que le obligan a firmar la guerra a muerte en Trujillo, siete años después y ya en tiempos de sosiego originados por la paz suscrita con Pablo Morillo en esa misma ciudad trujillana, casi como estallando la ventura pacifista y ya fuera de razón Bolívar se extralimita para saltar al desequilibrio, que es cuando contra toda lógica humana ordena a figuras de la talla del cumanés general Sucre y del porteño  Bartolomé Salom a desmedirse en las órdenes que reciben (entonces las órdenes se cumplen sin chistar) y, en consecuencia, proceder con otra guerra a muerte esta vez contra  el taimado y astuto pueblo pastuso, para doblegar definitivamente y en base a desmanes genocidas al leal y monárquico pueblo serrano San Juan de Pasto, baño de sangre que ni esos pastusos ni otros menos resignados aún perdonan al conocido autor intelectual en su extravagancia llamada ante los ojos de la Historia “La Navidad Negra de Pasto”, pues casi como estallando la calma se desata una represión inaudita e inolvidable contra ese pueblo creyente en sus ideas, es decir un baño de sangre que sobresalta en el recuerdo de la llamada Guerra de Independencia y que al detalle de la denuncia investiga en escrito dejado para siempre el adolorido pastuso y magistrado, catedrático, jurista doctor José Rafael Sañudo, quien con el dolor de sus ancestros y la paciencia indígena necesaria se dio a la tarea de esculcar hasta el fondo estos desmanes que duelen recordar pero que significan una página negra en esa contienda libertaria manchada con la sangre de tantos inocentes, algo así como el caso bíblico de Herodes. Aunque es difícil conseguir su libro bestseller en tres ediciones intitulado “Estudios sobre la vida de Bolívar”(1925, y Bedout, 1980), ojalá tengan oportunidad de leerlo, donde en carne propia se detallan las atrocidades cometidas en Pasto y sus alrededores. A pesar de dolerles este criterio en la mente tarifada de algunos.


Ahora bien, llegado el momento vamos a recordar la famosa Navidad Negra de Pasto, teniendo en cuenta que los intereses personales o ideológicos pueden sesgar la idea central de estos sucesos. Como bien sabemos  Bolívar fue derrotado en Bomboná de manera por demás funesta, pero dados los intereses oscuros que luego aparecen  para salvar su honra militar y política, los memorialistas adulantes de entonces cambiaron tal desastre en un triunfo momentáneo, y pronto para seguir el éxito emprendido los realistas de Benito Boves en Taindala vencen al ejército del general Sucre “contra todo pronóstico”, por lo que ante este otro revés que provoca un  pequeño grupo militar mestizo y fanatizado, con soberbia de mando, para algo decir, Don Simón sin temblarle la pluma y menos su  acariciada gloria ordena ingresar al cumanés Sucre, a Pasto, al frente de un numeroso ejército para aniquilar toda resistencia miliciana, mediante  el primitivo sistema del asesinato en masa, que incluye hasta los bebés (500 en tres días) de la ciudad, según queda bien escrito. “Haced lo posible por destruir a los pastusos” fue la orden terminante de Bolívar, y con ello cayó en la trampa histórica el distinguido y fiel Sucre, para quien aquel genocidio fue como una mancha en su impecable hoja militar, que le trajo ocho años después y en la misma región el vil asesinato de su persona, suceso triste que tuviera acaso una reivindicación de esos hechos desastrosos. Y conste que aprecio mucho la memoria del mariscal Sucre, como la del mismo Bolívar en su etapa genial, acaso por un principio de lealtad sobre sus triunfos, pero no de derrotas. Como recuerdo triste de esa navidad llorosa (24-12-1822) aún queda en pie la Calle Colorada, que con tal apelativo consagra la masacre sanguinolenta allí ocurrida de tres días, el robo, la destrucción de todo como propiedades, iglesias, edificios, archivos (donde se perdieron tres siglos de Historia), violaciones y otros desmanes a concebir, al extremo que el propio Daniel Florencio O’Leary, comedido y diplomático en su lenguaje, sobre este bárbaro proceder hacia la posteridad  reprobó de manera total dicho sacrificio ordenado por el general caraqueño contra los leales y reconocidos pastusos, ante la vergüenza de Bolívar al ser derrotado de esta  manera por un pequeño grupo indígena, olvidando así lo que firmara meses atrás en Trujillo, verbigracia, sobre el fusilamiento de prisioneros y el buen trato a los cautivos en pueblos ocupados. Aquí valga anotar en calidad de apostilla que la Historia Oficial manipulada es otra cosa digna de estudio, como ocurre  mucho en estos tiempos de discordias y desafueros.

Y volviendo sobre el mismo tema “Pasto era un camino de trastorno mental como consecuencia del enlace de razas antropófagas con diabólicos conquistadores españoles”, al decir simpático y cascabelero del historiador José Santos Roz. En efecto, aplicando esos principios rígidos sobre la palabra escrita de Bolívar recordemos que el caraqueño Don Simón escribe a Santander (21-10-1825), “Los pastusos deben ser aniquilados y las mujeres e hijos trasportados a otras partes, dando aquel país a una colonia militar……. de aquí a cien años y más se olvidarán de nuestros  estragos, aunque demasiado merecidos”. A confesión de parte, pues, relevo de pruebas. Y todavía en 1823 los tercos pastusos por encima de su estela de muertos se levantaron otra vez a favor de la monarquía, ya tan distante de Boyacá, cuando en verdad acaba, por lo que Bolívar de nuevo los enfrenta en Ibarra, de cuyo resultado fatal mueren más de 800 realistas. Por ello antes, el 25-1-1823, Bolívar dispone fusilar a cuantos pastusos reclutados  se fugaron en Balsapampa “y a todos los que los acompañaban”. Entre 1822 y 1824 la región de Pasto fue escenario de múltiples encuentros bélicos (comienzos de 1823,  mediados de 1823, que restablece el gobierno realista y luego en Ibarra, donde como dije perecen más de 800 monárquicos y cristianos pastusos, por lo que el coronel Salom es enviado a someter los naturales profundizando los castigos  (deporta un millar de pastusos),  con pocos y graves resultados, mientras el líder local Agualongo andaba tras el venezolano porteño y del asustadizo tembloroso Pedro Alcántara Herrán. Entre los horrores cometidos por Salom siguiendo órdenes supremas dispone que el barinés José de la Cruz Paredes escoja a catorce jóvenes pastusos que atados de a dos por las espaldas se les arroje al precipicio del río Guáitara, acaso para sembrar miedo y terror (Ver mi trabajo en este blog “La Guerra a Muerte que desata Bolívar”, del 19-11-2011).  En 1824 aún sigue la pelea al mando de Agustín Agualongo, que termina cuando éste es preso y luego ejecutado.

General Antonio José De Sucre.
Bueno, es hora que dejemos a los pastusos quietos, recontando sus muertos y las barbaridades que se cometieron con aquel altivo pueblo que es como la marca romana para dividir la frontera incaica con los indígenas habitantes de Colombia. Habrán presenciado ustedes escenas espeluznantes pero verdaderas  porque quien escribe, conocedor algo de la Historia y visitante en varias ocasiones de aquellos pueblos azotados, no debía callar sobre cuanto estudiara in situ porque dejaría de ser su esencia de historiador, o de “viejo enterrador de la comarca”, según canta  el bambuco recordando aquellos tiempos que no se olvidan. Yo creo en lo que he escrito porque mi compromiso es con la verdad y el sol no se tapa con un dedo. Así lo he demostrado en este blog, contra viento y marea. Sin embargo si usted es contrario a estas reflexiones bañadas de sangre inocente, allá con sus principios que respeto, aunque parodiando al indio Agualongo adolorido con su patria chica, he traído bastantes pruebas de lo que en realidad sucedió en el serrano Pasto y sus contornos. Sería oportuno profundizar en estos temas álgidos, en otra oportunidad. Hasta pronto.

NUESTRA GUAYANA ESEQUIBA (4).


 El área geográfica de los ríos Cuyuni y Mazaruni. Considerado como uno de los territorios más ricos de nuestra Guayana Esequiba por su potencial minero, hidroeléctrico, de riqueza maderera, áurea, diamantífera, de navegación,  como de asentamiento poblacional, que hace lindero con el Estado Bolívar y del que forma parte, territorio susceptible a indemnizar por parte del imperio británico y su causahabiente colonial, a favor de Venezuela, debe resarcirse por el uso indebido e indiscriminado de tal territorio patrio, como en el caso de la contaminación mercurial de sus aguas. La extensión abarca 47. 213 kms2, con diez comunidades habitantes.  Su capital es Bartica y tiene un fuerte militar en la isla fluvial Anacoco, ésta de 28 kms2, donde se sitúa un fuerte militar venezolano en la confluencia de los ríos Venamo y Cuyuní, como territorio recuperado por el país y a través de un ejercicio militar el 12 de octubre de 1966. En la actualidad existe y sin permiso venezolano la central hidroeléctrica de Kamaria, sobre el río Cuyuní  de la Guayana Esequiba, y otras están en proyectos de construcción, desde luego y reiterando, sin permiso venezolano. Continúa.

martes, 29 de julio de 2014

EL FIERO OPOSITOR PABLO MORILLO.


General Pablo Morillo.
 Amigos invisibles. Como la Historia no se divide entre héroes y villanos y mucho menos se parte este concepto crítico mediante consideraciones subjetivas que pululan entre el odio o el amor, vamos ahora a reconsiderar cuestiones mal vistas desde nuestros tiempos juveniles cuando aún se estimulaba el pensamiento con recuerdos tenebrosos que hacían perder el sentido de la realidad, como el caso simbólico de que los españoles durante nuestra guerra de Independencia fueron unos perversos asesinos y que por el contrario los llamados patriotas, y entre ellos se contaron algunos españoles y canarios, se portaron de una digna manera, sin excederse en nada, y esa cuento tan portentoso y digno de Charles Perrault caló en nuestras mentes infantiles y hasta de juventud, pero que después de lecturas y diálogos interiores  llamados a despertar la conciencia, pudimos entender realidades para hilar por lo fino en cuanto pudo ocurrir con aquella llamada guerra fraternal, que entre muchas es la más desgraciada, donde de parte y parte contraria salieron a flote danzas macabras o escenas silenciosas como para repetir en el jardín de las esperides.  Pues bien sobre estos parámetros que aclaran el panorama sin sentido donde todos podíamos tener cabida, dentro de las matanzas consensuales  porque el fuego y ardor no cesaba en los campos guerreros por obra o decisión del rey Fernando VII que veía aquello de nunca acabar, como en Numancia, y como donde gobierna capitán no manda marinero de un plumazo decidió acabar con la guerra en Costa Firme americana, sin recapacitar dos veces porque el jaleo de España  y de los gabachos fronterizos era suficiente como no dejarlo dormir y entrar en el estrés, de modo que ordena buscar por entre sus oficiales destacados alguno de fuertes braguetas capaz de pasearse por el Norte de Suramérica que pudiera hacerle frente al disparatado campo de acción militar que se hallaba en tres y dos, porque según los analistas críticos para el momento de esta decisión gran parte de Venezuela, digamos por caso, se mantenía afecto a la causa del Rey, como dueño y señor indiscutido (¿?) de estas sus posesiones materiales y espirituales americanas, aunque entre fusilamientos y terror por variadas razones otro tanto de americanos se afiliaban a la causa republicana, mas como se dice “con un pañuelo en la nariz” por los desmanes habidos entre las partes contendientes de palabras y hechos. En este medio propicio a la pacificación a que aspiraba en rey borbónico aparece todo un personaje forjado en su contienda patria, lo que le da méritos y nombradía para venir al mando de una flota y un ejército para aquí calmar los ánimos controvertidos y ese personaje como de novela realista al estilo Pérez Galdós, donde todo se puede, es el general Pablo Morillo Morillo, venido de abajo del substrato pobre y pastoril español pero que fue escalando ascensos y posiciones por su gallardía y méritos heroicos indiscutidos. Vamos pues a pasearnos un poco por la vida de este hombre que tanto como Bolívar, o Sucre, Urdaneta o Páez, está íntimamente ligado al corazón de Venezuela y al de su tierra que lo vio nacer y formarse, que es Zamora, en los tiempos de las guerras llamadas napoleónicas.

Rey Fernando VII.
 Pero como aquí es imposible señalar toda la impecable y nutrida hoja de servicios militares a objeto de que ustedes tengan una idea de quien Fernando VII envió a Venezuela para combatir a Simón Bolívar y los suyos facciosos, solo mencionaré título, grados, nombramientos y otras cualidades públicas o militares sobre este héroe y fogueado militar que por su hidalguía terminó siendo amigo de nuestro Libertador. 1)  Nacido  en Zamora el 5 de mayo de 1775, de 16 años (1791) se alista en el Cuerpo de Marina, tomando parte en el desembarco insular de Cerdeña y luego en el sitio de Tolón (1793), donde es herido.  2) En Cataluña por méritos es ascendido de soldado raso a cabo (1794). 3) En 1797 es Sargento Segundo, siendo hecho prisionero en el navío San Isidro.  4) Vuelto a la libertad se enfrenta al bombardeo de Cádiz por los ingleses, y participa en la famosa batalla de Trafalgar (21-10-1805) contra el almirante inglés Horacio Nelson, de cuyas resultas cae herido y es hecho prisionero. 5) De nuevo en libertad actúa en la rendición de la escuadra francesa en Cádiz (1808) como oficial a bordo del  navío Argonauta. 6) En la Guerra de Independencia española (1808) contra el usurpador francés Morillo es subteniente  de infantería de Voluntarios de Llerena (2-6-1808), y asiste a la triunfal batalla de Bailén (primera derrota napoleónica), en que traba amistad con el general Francisco Javier Castaños. 7) Guerrillero en Extremadura y el Tajo, es ascendido a teniente y pronto a capitán, por servicios distinguidos.  8) Destinado a Galicia, se le aclama Coronel a propuesta de lord Wellington, con confirmación del título, sitiando así a Vigo, con 1.500 hombres, donde capitulan los franceses. En la batalla del Puente de Sampayo con 12.000 hombres se enfrenta y vence al mariscal Michel Ney (7-9 de junio, 1809), cuando le otorgan el título de “León de Sampayo”.  9) Combate en Castilla y Extremadura, Feria, Jerez de los Caballeros, Fuente Ovejuna (herido en el hombro izquierdo, etc.). (1810).  10) Marzo de 1811. El Consejo de Regencia de Cádiz por su distinción en el 5° Ejército lo nombra Brigadier de Infantería y su amigo el general Castaños lo pone al mando de una división de infantería (“un Jefe tan digno como V.S.” le escribe). Actúa  en acciones de comando contra los invasores franceses, y luego con su división se incorpora (10-1811) a las fuerzas del inglés sir Roland Hill, primer lugarteniente del Duque de Wellington.  En Arroyo Molinos y bajo sus órdenes  un batallón inglés y otro portugués ponen en graves aprietos a las fuerzas opositoras, como hecho de trascendencia militar, y al frente del 5° Ejército (2ª División) combate en Belalcázar, Talarrubias,  Sierra Morena y Villanueva del Duque, entrando a Cáceres “después de una correría feliz y gloriosa”.

 Y continúa su brillante hoja de servicios. 11) Abril de 1813. Reunidas cinco divisiones de infantería del 4° Ejército, Morillo es nombrado Comandante en Jefe de la 1ª. División, pasando con ella a Castilla y las Provincias Vascas para iniciar así desde el 21 de junio la liberación de España y mientras Simón Bolívar en el territorio ultramarino (Trujillo) decretaba la Guerra a Muerte. En Vitoria Morillo con el grado de General comanda una división, tocándole el honor de iniciar la gran batalla libertadora, por el flanco derecho, donde el zamorano es herido por cuarta vez y manteniéndose en el campo de lucha hasta el triunfo final, por lo que se le asciende a Mariscal de Campo (honorífico, el 3 de julio 1813) y se le otorga la preciada Cruz de San Fernando, de alta distinción militar, en momentos cuando la dominación francesa en España con la derrota habida tiende a su final.  12) Febrero de 1814. Ya en suelo francés con maniobras envolventes Morillo hace retroceder al mariscal Nicolás Soult hasta atrás de los Pirineos, por Pau, Burdeos y Toulouse, y luego de esta batalla los franceses firman la suspensión de las hostilidades, cuando Morillo  es jefe del bloqueo de Navarrenx y mientras su nombre ya se destaca en el campo de la política y defensa española. 13) Agosto 14 de 1814. Por estas circunstancias guerreras en Indias  se le designa Capitán General  de Venezuela y Comandante de la Expedición antisubversiva  a Tierra Firme.

Concluida así la Guerra de Independencia contra los franceses el general Morillo regresa  a la tranquilidad luego de haberse labrado  una página digna  en la Historia de la España Peninsular.  Y sin permanecer quieto porque su vida aún iba a dar muchas satisfacciones, pronto entraría  en un segundo capítulo  de su existencia, esta vez al otro lado del océano de las colonias ultramarinas españolas, a donde pronto fue escogido por orden Real y al mando de un ejército de pacificación de diez mil hombres y sus anexos, ejército bien provisto como triunfante en tantas batallas y entrenado para disipar las disidencias y conflictos de Indias aparecidos a raíz de la lucha antibonapartista recién concluida. Para salvar este imperio en decadencia Morillo arribará a Venezuela en calidad de General en Jefe y a la cabeza de un ejército formidable de veteranos como fuerza expedicionaria, de cuya actuación también dividiremos las hazañas y supuestos errores en la siguiente forma. 1)  Finales de 1814. Por orden de Fernando VII el ejército pacificador peninsular viene a enfrentarse a una feroz guerra civil ahora con sentido ideológico de la guerra a muerte, ante una tarea casi imposible de ejecutar porque las circunstancias aparecidas no estaban previstas, como bien conocía el protector de Morillo general Francisco Javier Castaños, aunque pise la América (Costa Firme) como Capitán General de Venezuela y General en Jefe (Comandante) del Ejército Expedicionario.  2) 1° de Abril de 1815. El rey Fernando VII previamente asciende a Morillo a Teniente General (1-4-1814) y luego con tal valioso rango comanda la expedición que zarpara de Cádiz  rumbo a Venezuela el 17 de febrero de 1815. Era compuesta de 65 buques principales, seis grandes cuerpos de ejército para formar doce cuerpos de guerra, y un total de 15.000 hombres armados. 3) 2-4-1815. La formidable escuadra entra al mar Caribe dirigiendo sus naos a Puerto Santo (cerca de Carúpano), a sabiendas que el valiente español y jefe victorioso José Tomás Boves había muerto en diciembre de 1814. Viaja a la isla de Margarita y como Pacificador Morillo decreta el indulto de los sublevados, mientras ocurre el infausto hundimiento del valioso navío  San Pedro Alcántara, con que se pierden todos los pertrechos militares (la paga, tren de artillería, etc.) traídos desde España para la pacificación prevista, lo que obliga al Comandante expedicionario a tomar medidas extremas con fin de conseguir recursos materiales.  4) 11-5-1815. Luego de expulsar desde Pampatar y con 3.000 hombres a los patriotas de Margarita (9-4-15), Morillo visita a Cumaná y La Guaira para llegar a Caracas, donde lanza una proclama alusiva, y sigue a los valles de Aragua, Valencia y Puerto Cabello. 5)  5-7-1815. Morillo al mando de su ejército sale para el Virreinato de Santa Fe, en Santa Marta es aclamado, y luego ante la amurallada Cartagena de Indias que no se rinde y sin aceptar la oliva de la paz, el zamorano desenvaina la espada militar y sitia bloqueando al puerto y la ciudad durante tres largos meses (22-8- al 6-12-1815), que finalmente cae en su poder, tipo Numancia o Sagunto, asedio en que murió de hambre y calamidades una tercera parte de su población (6.000 personas), mientras hay ejecuciones,  se crean tribunales de guerra y Juntas de Secuestro de bienes, con que se mantiene el ejército en campaña. Por esta hazaña militar contra los insurgentes americanos el monarca Fernando VII le otorga a Morillo el título de Conde de Cartagena y la Gran Cruz de la Orden Isabel la Católica. 6) 1.817. Conseguido el dominio de Nueva Granada Morillo regresa a Venezuela para reducir los focos de resistencia patriota restantes en este país y continúa hasta Margarita. 7) El 17-8-1.817 Morillo parte rumbo a Cumaná. Un vez triunfante de esta reducción antirrevolucionaria, por la vía de Tunja el pacificador Morillo resuelve esta vez seguir al centro de Nueva Granada, de donde llega a Zipaquirá y al día siguiente a la capital Bogotá, que lo recibe con arcos triunfales. Por causas de seguridad dispone tomar medidas severas frente a una posible sublevación observada, mas en ello sabía perdonar y oír las súplicas ciudadanas, razón mediante la cual ordena poner en libertad a diversos prisioneros, aunque en caso contrario a su deseo pueda aplicar la pena de fusilamiento entonces necesaria contra ciertos rebeldes de postín (años después el general Santander lo haría igual contra 39 oficiales realistas que estaban prisioneros). Y una vez que de esta manera apacigua el virreinato resuelve volver a Venezuela, donde nuevamente anda sublevada la isla de Margarita. 8) 3-1816. En Mompós (Magdalena) a Morillo preocupa la intervención británica a favor del bando patriota, mientras Bolívar se rehace en Guayana con pertrechos ingleses y sin que Morillo obtenga refuerzos de su parte, al tanto que los rebeldes patriotas forman expediciones en islas antillanas, por lo que el pacificador Morillo pone a Madrid en cuenta de la situación denunciando a posteriori un triunfo de la causa independentista americana, aunque con este conocimiento y en defensa de su convicción y valores que porta  ante las disidencias ocurridas entre los rebeldes y los preparativos militares de Bolívar en Haití, el zamorano resuelve volver a Venezuela para organizar la defensa y se establece en el epicentro sabanero de Calabozo, cerca de los lanceros del opositor general Páez, cuidando así los llanos y puertos necesarios.  9) Año 1817. Año difícil para Morillo rodeado de escaramuzas, combates y tentativas, hambre, enfermedades, clima malsano, ausencia de pertrechos, de dinero y de refuerzos militares. La guerra es entonces general en el país.  10) Año 1818. A mediados  de año aún cuando Morillo obtiene éxitos militares la situación sigue en forma pesimista por la falta de ayuda proveniente de Madrid y la conciencia libertaria del americano. Y además por errores tácticos ocurridos como la división del ejército en San Fernando de Apure y la terquedad de invadir a Margarita en cambio de Guayana, que debilitan la posición patriótica aunque en general los monárquicos siguen adelante temiendo eso sí al fenómeno Páez.  Morillo entonces inicia una campaña de Calabozo a El Sombrero, prosigue y en la llanura de Semen o La Puerta  bate a Bolívar con un  ejército de 2.900 hombres, siendo herido el zamorano a través de un lanzazo que lo atraviesa por el abdomen, de lo cual no se repondrá por completo durante el resto de la vida. 11) La campaña de 1818 va a favor del héroe de Sampayo mientras Fernando VII por su valor y ejemplo le asigna un segundo título nobiliario de Castilla, o sea Marqués de La Puerta, luego del recibido condado de Cartagena.  12) Fines de 1818. Morillo, de tez morena, ojos vivos, voz fuerte, alto, de arrogante figura y de una magnífica memoria, en sus 45 años de edad se hallaba en Caracas pensando en los rebeldes llaneros que intuye alcanzarán la independencia de su patria. Pese a estar malherido de la pierna izquierda  vuelve a Calabozo para dirigir las operaciones militares contra esos centauros sabaneros del Apure, corridos hasta el Arauca cuya docilidad y empeño está en manos del general José Antonio Páez, mientras Bolívar prosigue atento al ascenso de los  soldados veteranos ingleses que ya apuntalan el ejército patriota. Por su parte el libertador Bolívar atraviesa los Andes colombianos, combate en Boyacá y ocupa a la capital del virreinato, pareciendo sentirse que todo está acabado el capítulo guerrero. Y así Morillo lo escribe a Madrid, porque cuando lleguen pertrechos ya será tarde para cumplir el cometido.   Del otro lado de la mar océano también las cosas se ponen color de hormiga, porque con el alzamiento militar en España de Rafael del Riego (enero de 1820) y la licencia de sus tropas el espectro americano se torna muy oscuro, de donde el pusilánime borbón Fernando VII sin consulta mayor ordena a Morillo entre en conversaciones con Bolívar a objeto de buscar la paz del conflicto mediante un armisticio y regularización de la guerra, lo que le trae proferir  al mismo Morillo un ¡carajo¡ sonoro, porque en ese momento preciso Morillo a su pensar tenía ganada la guerra, y sin embargo frunce el ceño  y luego se dispone a pactar lo ordenado para con el contendiente  Bolívar.

General Francisco Javier Castaños.
 Mientras vuelve a pedir el relevo de su mando en América, después de seis años de combate en el medio ecuatorial se halla enfermo, decaído, doliente del lanzazo de Semen, con escorbuto y almorranas, al tanto que recomienda para su cargo al valiente general Miguel de La Torre. Morillo busca una solución honrosa con los patriotas americanos, que incluye el perdonar sus enredos legales y reconocerles los títulos como ascensos alcanzados en la guerra. En ello Bolívar continúa radical para aceptar la República de Colombia y así recibir a los comisionados españoles, mientras Morillo con pesar escribe “puede decirse que se acabó en Venezuela y Nueva Granada la dominación española”. Entonces entre grietas y desilusión cunde el escepticismo. Finalmente se escoge como lugar de las conversaciones a la prócera ciudad de Trujillo para firmar los acuerdos y tratados que incluyen armisticio, regularización de la guerra, reconocimiento de Colombia (por ende el de los demás países hispanoamericanos) y el nacimiento del Derecho Internacional Americano (canje de prisioneros, sepulturas, derechos humanos, etc.). 12)  25 y 26 de noviembre de 1820. En Trujillo se firman los tratados entre las partes de Armisticio y Regularización de la Guerra, mientras Bolívar permanece en el cuartel de Sabana Larga y Morillo en el cuartel de Carache. Así finaliza oficialmente la llamada y salvaje “Guerra a Muerte” 13) Santa Ana, 27-11-1820. Ambos ejércitos y ambos líderes, Bolívar y el anfitrión Morillo se abrazan en dicha ciudad para restañar heridas ocurridas durante la guerra civil y fratricida. 14) 3-12-1820.  El Marqués de La Puerta entrega el mando del ejército español en Tierra Firme al vizcaíno general Miguel de La Torre y Pando, y el 17 del mismo mes  de diciembre (luego luctuoso por el fallecimiento de Bolívar) embarcó en la corbeta de guerra Descubierta rumbo a España por la vía de Inglaterra y Cádiz, para en marzo de 1821 ya estar en Madrid donde fue muy bien recibido y adeudándole bastantes sueldos atrasados el gobierno español.  Allí encuentra a España llena de tumultos y turbas, por obra de la política imperante, afiliándose entonces al partido constitucional moderado, suerte de liberal-conservador.

Dada la fama que lo envuelve pronto es nombrado: 1) 4-5-1.821. Capitán  General de Castilla la Nueva, con residencia en Madrid, y Ayudante de Campo y Gentil Hombre de Cámara  de Su Majestad, de donde ante los acontecimientos que subsisten y la situación peligrosa el monarca Fernando VII  lo inviste con el cargo de Coronel interino de Ingenieros de los dos regimientos de Reales Guardias de Infantería, con fecha 1° de julio de 1822, cargo interino por 18 meses manteniendo el orden respectivo y que dimite  por presión del repudio popular contra el Rey y para practicar entonces una cura de aguas termales en su delicada salud. En Zarza de Plasencia es detenido el personaje que tratamos y así regresa a Madrid, pensado entonces durante el camino ser más beneficioso un absolutismo practicable que una constitución ingobernable. Cosas de la época. 2) 7 de febrero de 1823. Es nombrado General en Jefe del 2° Ejército de Reserva con mando en Galicia, donde sufre tentativas de asesinato y halla tropas desmoralizadas por múltiples causas, apoyando algunos insurrectos a los franceses invasores denominados “100.000 Hijos de San Luis”, que entran a Madrid sustentando las pretensiones absolutistas de Fernando VII, para acabar con el llamado trienio liberal, acogiéndose así Fernando VII al absolutismo francés. Pero ante la suspensión del Rey Morillo allí se erige en Jefe de Estado Provisional del Noreste de España, mientras que para salvar la paz de su gobierno crea la dictadura, pero al ponerse de acuerdo Fernando VII con los Hijos de San Luis, y sin querer el zamorano pactar una rendición con el invasor, el rey priva del mando gallego al general Morillo, aunque después Su Majestad lo confirme en el mismo mando de Capitán General y de Presidente de la Audiencia.  Luego para defender la monarquía y frente a lo anárquico existente Morillo participa en la Primera Guerra Carlista (1833-40), en apoyo a la Reina regente Cristina, vuelve a combatir en Galicia y no pasa nada trágico allí debido a su experiencia, mientras piensa solicitar su dimisión del cargo hasta que le es admitida. 3 ) Agosto de 1823.  Deja su empleo y se une a tropas españolas que mantienen la legalidad del reino, con que rinde las plazas de Vigo y Cataluña, restituyendo luego la paz en Galicia. 4) 1824. Desde La Coruña el 1° de enero  se embarca rumbo a Francia por oponerse al régimen absolutista, y de allí viaja a los Pirineos para la cura de aguas medicinales prescrita, mientras las intrigas y purgas se suceden concluida la restauración del monarca Fernando VII. 5) 1832. Nuevamente es Capitán General de Galicia, y también en 1836, pero regresa a Madrid por quebrantos en su salud y la necesidad de su presencia en la Corte. 6). En tiempos de la predicha Primera Guerra Carlista (1833-40) y en apoyo a la Reina Regente Cristina,  Morillo lucha contra los absolutistas contrarios que apoyaban al pretendiente real Carlos María de Borbón. Poco después se traslada a París a fin de vivir  al lado de su esposa y los cinco hijos, luego de dieciséis años de actividad y lucha con los principios que sustenta. Allá Morillo y su familia se radicarán por seis años más, donde fue visitado por altas personalidades francesas y americanas.

Abrazo de Santa Ana.
 Ciento cincuenta combates y cinco heridas de guerra marcan su honrosa carrera militar. 7) 1830. Regresa a Madrid y después continúa hacia Andalucía para seguir en la cura de sus enfermedades. 8) Luego a Morillo se le vuelve a nombrar Capitán General de Galicia, imponiendo allí la autoridad, y en dicho cargo recibe la distinguida Gran Cruz de la Real Orden de Carlos III (la más codiciada condecoración española), siendo por cierto este rey Carlos quien viene a ser el creador de lo que en el contexto geográfico y político es Venezuela. Luego Morillo, que está inscrito en la Lista de próceres del Reino, por sus calamidades  y achaques pide ser relevado del cargo y sigue a Madrid, aunque por el lanzazo de La Puerta vuelve al balneario de Bareges, en el Alto Pirineo francés, donde rinde su vida heroica el 27 de julio de 1837. Sobre ese pecho aguerrido se posaron la Gran Cruz Real de Isabel La Católica, la de Carlos III, la  laureada de San Fernando, y muchas por acciones de guerra y de la carrera militar, amén de los destacados títulos reales de nobleza que en vida le fueron concedidos. Murió pobre pero con grandeza de su proceder.

El que tiene ojos de la realidad que vea. Aquí y por encima de prejuicios o distorsiones diremos que Morillo fue un militar de cuerpo entero y el único que así ha luchado en Venezuela, sin entrar en otras apreciaciones subjetivas que se pueden sostener. La Historia siempre la han escrito los vencedores y nunca los vencidos. Mas ahora me pregunto en este caso como historiador,  que su nombre extrafronteras (el de Morillo) aún no ha sido bien colocado en los anales de la historia del siglo XIX, ni menos en los entresijos críticos que le tocó vivir en España y en Colombia (la miseria, por ejemplo), donde pareciera que aún el resquemor o la mezquindad  hacen gula de su prebenda. Surgido de la nada pueblerina alguien hasta podría hacer un estudio comparativo con Bolívar y más en estos tiempos de amplitud dialéctica, donde no se puede concebir con fantasías erráticas ajenas a los hechos causados. Por lo demás dejo en su libre albedrío analizar a fondo a este importante personaje que podría ser ejemplo para muchas generaciones, dentro de lo que le tocó vivir.

Por algo buena parte de sus títulos y prendas de valía reposan  exhibiéndose entre los bienes de la Real Academia de la Historia, de Madrid, donde se pueden visitar.