lunes, 10 de noviembre de 2014

EL ÚLTIMO CAPITÁN GENERAL.


 
General Francisco Tomás Morales.
 Amigos invisibles. Aunque seguimos pendientes sobre el retorno final de nuestra Guayana Esequiba a Venezuela, ahora vamos a tratar sobre la vida y proyección  histórica del mariscal Francisco Tomás Morales, a quien toca ser el último Capitán General que tuvo España en Venezuela y lo que considero de valía por las características de este hombre de extracción humilde  y quien defendió los valores que le alentaban sus ideas o sea la corona española, durante los veinte años que permaneció en nuestro país.

Bueno es ahora añadir en este proceso  a desarrollar  que Francisco Tomás Morales era de origen insular canario, nacido en Gran Canaria y que por tanto a pesar de las dificultades de esa matriz  insular en territorio geográficamente africano y dependiente de  España en calidad rayana colonial, para su época, el temple y esfuerzo de tal comunidad en el duro trabajo en cierta forma lo hicieron afín al espíritu colonial americano, de donde los llamados guanches se sentían aquí como en su propia casa. Emprendedores y duros para el trabajo existen regiones en Venezuela que ellos levantaron, como el caso de Barlovento, y esos miles de canarios que atravesaran el mar para fundar familias dejaron huella incólume que aún se recuerda en el escenario de la vida pública y privada venezolana.  A raíz pues, de cuando las papas se ponen duras, para hablar en términos coloquiales, y al tiempo que España comienza a tener dificultades en sus provincias ultramarinas, por apetitos interiores y exteriores, tal los casos de Francia, Inglaterra y luego Holanda, los tranquilos canarios existentes en Venezuela tienen un despertar inusitado, ya en época de conflagraciones internacionales, de donde al momento de ser llamados a las armas en defensa de los intereses vitales, sea dicho a comienzos del siglo XIX, deben exteriorizar sus sentimientos provocando así confusión en ideales y expectativas. De aquí que como a partir de 1810 las cartas del destino en Venezuela fueron echadas y “rien ne va plus”, en el acomodo que se trata de dar con otro canario sabio y desorientado, para decir la verdad, o sea del general Francisco de Miranda, la inmensa colonia habitante en “la octava isla”, como entre ellos la llaman, debió tomar postura en el asunto y de aquí las armas comienzan a relucir entre bando y bando contumaz. Es en este momento cuando alumbra un ilustre desconocido que naciera en Gran Canaria, salido de la nada, de gente sin recursos pero con un ojo avizor para las oportunidades. Y el muchacho palmero o joven nacido en 1781 del que hablamos entonces se llama Francisco Tomás Morales Alonzo, quien por cierto en su infancia debe sufrir de tantas necesidades como para trabajar sin pausa en unas salinas particulares de Romeral, donde recibe alguna formación para la guerra común, oficio que ejerciera cerca del natal Carrizal, con los sufrimientos que le ocasionaba ese trabajo ardoroso.  Por causas desconocidas y quizás debido a la emigración necesaria en 1801 llegó al Oriente de Venezuela, a Píritu, tierra de misioneros franciscanos, donde para sobrevivir establece una pulpería (comercio menor) y supongo con esfuerzo y dirección aprende a leer como a escribir. Con esa experiencia fundamental abre alas hacia el porvenir y pronto ingresa en la milicia de artillería, por lo que en 1806 en esas funciones defiende el Morro de Barcelona contra el intruso inglés que merodea, y luego en dicha ciudad casa en 1809 con la oriental Josefa Bermúdez, mientras en la recién advenida República mantuana  es Asistente del valioso soldado Gaspar de Cagigal, en Barcelona.

General José Antonio Páez.
 Pero como su aspiración era continuar en el servicio de las armas Morales  se establece en Caracas y ya en 1812 es Teniente, siendo herido en acción. En este momento de su biografía y porque los datos que aportaré son muchos de importancia, sin tomar en cuenta los desenlaces de su actuación guerrera, que dejo para que relaten otros entendedores en la materia, voy a tratar de resumir su brillante hoja militar al servicio de las armas hispanas, con los pros y contras en que se vio envuelto pero  manteniendo él la convicción de defender una causa justa y visceral en los adentros, porque a su leal entender él sostenía el estado de derecho establecido, y los otros, insurgentes intrusos eran los revoltosos o guerrilleros del momento. Así tenemos que:  1. (1812).  En calidad de Teniente y una vez recuperado de sus heridas Morales es ascendido a Capitán, mientras otro canario, Domingo de Monteverde, comanda fuerzas leales a favor de la monarquía, a quien acompaña Morales (811-13). 2. (1813) Morales ya envuelto en el torbellino de la guerra, que es a muerte, en el último semestre de este año pacta con el caudillo asturiano José Tomás Boves en el Oriente del país, y pronto es elegido Segundo Jefe  al mando en el manejo de esa numerosa fuerza monárquica. De seguidas estos jefes españoles provenientes de Calabozo traban lucha en la sabana de Mosquitero (14-10-813, Guárico) contra Campo Elías y Cedeño, siendo los realistas derrotados en el empeño 3). En la Primera Batalla de La Puerta (Guárico, 2-814), en que interviene igualmente el caudillo Boves, en dicho sitio Morales es promovido a Coronel, con 8 ascensos anteriores. 4). En la sangrienta batalla de La Victoria (Aragua, 2-814), de Boves y Morales contra José Félix Ribas, con 1500 soldados a su mando que les dan el triunfo, perecen numerosos estudiantes universitarios y 85 seminaristas de Caracas muertos ese día, fecha luctuosa nacional que se recuerda como Día de la Juventud.  5). (28-2-814). Con el triunfo avisado en las manos monárquicas Boves y Morales marchan rumbo a Caracas, y en el combate de San Mateo (Aragua), se produce la voladura  del parque republicano y el sacrificio del neogranadino Antonio Ricaurte. 6). (31-3-814). El huracán Boves acompañado de Morales en Bocachica (Sur de Aragua) se enfrentan al  ejército que comanda el oriental Santiago  Mariño, de cuyas resultas los monárquicos pierden el combate. 7).  (15-5-14). Boves junto a Morales derrotan a Bolívar en la Segunda Batalla de La Puerta. 8). (7-814). Siguiéndole los pasos Morales derrota a los patriotas que en desbandada emigran a Oriente. 9). El 17 de agosto-814 el canario aludido alcanza a Bolívar y Bermúdez en Aragua de Barcelona, donde en feroz combate son masacrados buena parte de los soldados republicanos. 9A). (12-9-814). En este año terrible tres mil efectivos al mando del general Morales  se enfrentan en las afueras de Maturín a las fuerzas comandadas por el oriental José Francisco Bermúdez, retirándose del encuentro los españoles luego de la feroz embestida realizada en su contra por el señalado militar.

Batalla Las Queseras de Medio.
 10. (5-12-814). A la muerte de José Tomás  Boves en Urica (Monagas) el canario general Morales asume el mando de las tropas realistas, en calidad de Jefe. 11. (4-815).  En Puerto Santo (Carúpano)  Morales recibe la expedición militar española  de 15.000 soldados, en 60 bajeles, que llega al mando del Pacificador general Pablo Morillo. De inmediato junto a este militar laureado toma la isla de Margarita, y de allí en compañía de Morillo sigue por mar para establecer el luego heroico sitio de Cartagena de Indias, plaza fuerte patriota que se rinde tres meses después (12-815), a las fuerzas monárquicas, luego de un prolongado asedio donde mueren miles de personas, o sea la tercera parte de su población.  De seguidas  Morillo acompañado de su alta oficialidad emprende el camino para recuperar a Santa Fe, por la vía sinuosa del río Magdalena y en el camino por Mompós, a sabiendas que Bolívar prepara la expedición a Venezuela de Los Cayos haitianos,  ordena al general Morales que con la división a su mando siga a Valencia para hacerle frente. 12. (7-816). Luego del desembarco de Bolívar por Ocumare de la Costa  Morales, que suma ya el título de Brigadier del Ejército, combate en el sitio contra Bolívar y prosigue la ruta militar a objeto de destruir a los republicanos de Carlos Soublette en las alturas de Los Aguacates (Valencia) (7-816), para luego junto con el canario Francisco Rosete perseguir al republicano general Gregorio Mc. Gregor y seguirlo en tal persecución rumbo al Oriente del país en la “Retirada de los Seiscientos”. 13. El 27- 9-816 los generales patriotas Manuel Piar y Mc Gregor vencen en la sabana de El Juncal, cerca de Barcelona, al general Morales, que se retira rumbo al interior del llano central para reorganizar sus tropas. 14. (1817) En ayuda del Brigadier Pascual Real actúa en el ejército realista para operar contra Barcelona.  15). (1818) De manera activa  Morales participa  en las operaciones militares  para detener la ofensiva que desde Guayana  y Apure lanza Bolívar contra los llanos de Calabozo y valles de Aragua. 16). (14-3-818) Morales con la división de vanguardia ataca y derrota  en Maracay al llanero general José Tadeo Monagas. 17).  (16-3-818)  Morales junto a su superior Pablo Morillo y el general La Torre combaten en la batalla de Semén (cerca de Villa de Cura) al general Bolívar, quien se dirigía al centro del país con 2.900 hombres, y lo derrotan, destruyendo los planes bolivarianos de regresar hacia Caracas. 18). (20-5-818) El español Morales derrota al general Manuel Cedeño en el combate de Laguna de los Patos. 19). (28-5-18) Es sorprendido Morales por fuerzas del general Páez en Guayabal (Guárico), de donde Morales con la división a su orden se retira al alto llano para operar contra el general Pedro Zaraza. 20). Terminada la Campaña del Centro Morales se establece en Calabozo al mando de la  División de Vanguardia. 21). (1819). Junto al general Pablo Morillo participa en la Campaña de Apure (extensiva a Guayana), y así combate en El Jobo, Caujaral, Cañafístola, Queseras del Medio, etc., contra tropas insurgentes. (22). (14-12-820).Por decisión superior y por partir Morillo rumbo a España  Morales es designado Segundo Jefe del Ejército de Tierra Firme, mientras recibe la orden el vigilar el extenso territorio del río Apure, lo que ocurre dirigiendo los batallones Burgos e Infante, acompañados  esta vez de diez regimientos de caballería. (23). (5-821). Dentro de su labor militar Morales entra y toma a Caracas pero luego se retira de ella ante el empuje que hace el general Bermúdez para ocuparla.   (24).  (1821). En los preparativos pendientes  a la batalla de Carabobo y ante la maniobra de diversión republicana que se lleva a efecto, el general Morales al frente de su ejército parte de Calabozo y mediante una rápida contraofensiva, recupera el territorio ocupado por el general José Francisco Bermúdez. Una vez restablecido el orden necesario el canario Morales marcha al campo de Carabobo  para combatir  en la batalla allí librada el 24-6-1821, en que son derrotadas las fuerzas monárquicas opuestas a Bolívar por el mariscal de campo  Miguel de La Torre, de donde Morales con los restos del ejército español  se retira en forma destacada a la plaza fuerte de Puerto Cabello.

Batalla de Carabobo.
 (25).  11-1821.  Morales por sus méritos que se reconocen es ascendido a Mariscal de Campo del ejército español. (26).  7-6-822.  En una incursión militar fuera de Puerto Cabello y en apoyo a la insurrección de Coro el mariscal Morales derrota en Dabajuro (Falcón) a las fuerzas del general republicano Carlos Soublette.  (26). 4-7-822. El mariscal Morales se encarga del mando de las fuerzas realistas en Venezuela, en sustitución y por haber sido destinado a Puerto Rico el Mariscal de Campo Miguel de La Torre. De seguidas Morales es designado Capitán General de la Provincia de Venezuela y General en Jefe del Ejército de Tierra Firme, que comprende igualmente a Colombia y Panamá. Tan pronto asume el mando Morales abrió operaciones militares contra los republicanos, a fin de recuperar el territorio perdido por las fuerzas del Rey, con el deseo de imponer nuevamente el sistema español. (27). (8-822). En busca de este empeño Morales hace una salida de Puerto Cabello rumbo a Valencia, enfrentándose al general José Antonio Páez, siendo derrotado en el encuentro, el 11 de agosto en la Sabana de La Guardia (Naguanagua). (28). (822). De regreso a Puerto Cabello Morales inicia nuevas operaciones militares contra los republicanos en la conocida Campaña de Occidente, con varias acciones de guerra realizadas (Coro, Maracaibo, Trujillo y Mérida), llevadas a cabo en Sinamaica (2-9-22), Zuleta (4-9-22), toma del castillo de San Carlos (9-9-22), y para el día 13 del mismo mes septembrino el canario Morales ya se había apoderado de todo el Estado Zulia. Igualmente entre diciembre de 1822 y enero de 1823 el historiador Tomás Pérez Tenreiro reitera que el susodicho Morales llevó a cabo operaciones contra tropas acantonadas en Trujillo y Mérida, aunque “sin resultados positivos para su causa”.

(29). 3-8-1823.  Por consecuencia de la derrota sufrida el 24 de julio de este año, y debido en parte a desobediencias erráticas de mando ocurridas en la conducta del marino gaditano y Jefe de Escuadra Ángel Laborde y Navarro al mariscal Morales, de donde este canario curtido de combates  se ve forzado a capitular ante el general republicano Manuel Manrique, luego de la batalla naval allí ocurrida, es decir en el lago de Maracaibo. Con el protocolo de salida del lago  acordado el canario Morales marchó a Cuba y luego a España.  Después, en 1827 fue nombrado Comandante General de las Islas Canarias y Presidente de la Real Audiencia respectiva, y en 1834 regresó a la Península permaneciendo afectado a la vida de cuartel hasta 1837, cuando vuelve y para siempre a su terruño, dedicándose a la vida privada.

Jefe de Escuadra Ángel Laborde Navarro.
 Como se observa en este paneo biográfico que realizo la figura controversial de Morales tiene dos vertientes que apreciadas en el correr de su vida emergen de la nada, de una pobreza insular y que por su valentía y capacidad capeó situaciones difíciles hasta llegar a los cargos y distinciones que alcanzara. Para señalar algunos rasgos valiosos dignos de recordar en referencia a Morales recordaremos sobre este canario cumplidor de su deber que se enfrentó a Simón Bolívar en ocho combates y batallas perdiendo apenas frente al caraqueño la sin igual de Carabobo. Que entre tantos pros y contras ocurridos hace una carrera fulgurante  en 20 años de acción, con más de 50 encuentros militares. Que por esos y otros méritos acumulados asciende al más alto escalafón del ejército que se reserva  a personajes de la nobleza o la alta sociedad, y siendo el último Capitán General español de la América continental. Que Morales fue Jefe Superior de Venezuela en momentos tan críticos como los años de 1822 y 1823.    Y por tantas virtudes retenidas, como he expuesto, porque honrar, honra y nunca desconozco los valores de alguien que merezca tal distinción,  he creído justo recordar sus hazañas, siendo acreedor Morales en su patria a las órdenes militares de San Fernando, la de Isabel La Católica, San Hermenegildo, la de Fidelidad Militar, y varias por acciones de guerra.  

Debo sin embargo agregar que la guerra emprendida en 1810 por la liberación de nuestra patria fue en extremo cruel por ambos bandos, en que se cometieron los mayores desafueros puesto que la consigna total no era otra sino la muerte y por ello el salvajismo guerrero en que se viviera desde 1812 hasta 1816, cuando se admiten algunos derechos antes desconocidos. Por tanto partiremos de esta premisa  definitoria para incidir sobre el tema sanguinario, que fue de parte y parte contundente. Pero, porque no puedo sostener lo indefendible en este caso debo también observar que el mariscal Morales por consecuencia de esa guerra fratricida de una forma calculada pero fatal tuvo extralimitaciones autoritarias que para completar el trabajo  debo traer a colación, valga decir las torturas, desmanes en Villa de Cura, degüellos, decapitaciones, nepotismos, frituras en aceite y otros aderezos inescrupulosos que se contemplan en películas de horror, de donde salvando el capítulo de los tormentos que le tocó vivir a Morales con aquello de “to be or not to be”, cumplió militarmente con el deber ordenado, pues lucha en una guerra sin cuartel y recorre a Venezuela y Colombia en defensa de ideales, que para aquel su tiempo eran desde luego monárquicos. Por lo demás salvado este incidente que debía mencionar de soslayo, el mariscal Morales dejó escrita su página histórica para España y Venezuela en cuanto le pudo competer y con la tenacidad demostrada de un canario valiente.

jueves, 23 de octubre de 2014

BIOGRAFIA ACTIVA DEL VIZCAINO TORRE-PANDO.



General Miguel De la Torre y Pando.
          Amigos invisibles. Dentro de los muchos “lapsus” que sostienen   investigadores de talla en cuanto al tratamiento de los personajes  que de allende o aquende el Mar Océano con su presencia y actividades han ido enriqueciendo la verdadera historia de este continente colombino, el principal que se puede advertir es referido a la ausencia del elemento español, demostrada por un casi total olvido, ya que en la realidad sus actuaciones por circunstancias ajenas a este trabajo se han visto minimizadas sin corresponderles la verdadera estatura a sus hazañas o defectos. Y conste que del lado peninsular hacia estas tierras indígenas otro tanto de esas ligerezas humanas han ocurrido, siendo hora, si se quiere, de remendar el capote fuertemente deshilachado porque tales disparates no caben en el alma de la sensatez.

Quiero con ello referirme a personajes como el que ahora voy a retratar, a sea Miguel de la Torre y Pando, quien durante siete años de enfrentamientos comandó las fuerzas monárquicas españolas defensoras de los derechos de Fernando VII en estas tierras  que formaron parte del virreinato de Nueva Granada o de Santa Fe y antes de Santo Domingo, en épocas de tensión militar estimable y cuyo valor indiscutido no se puede ocultar por el simple hecho de dirigir fuerzas opuestas a los intereses nacionales de entonces pero que dejaran su marca en el vaivén guerrero, con triunfos y fracasos entre ambas partes, como suele ocurrir y porque las generaciones presentes de nuestra patria deben reconocer  con justicia esa magna lucha establecida con principios definidos en campos de batalla, donde los dirigentes representando la bandera que fuere dejaron sentada la impronta de sus hechos escritos en la Historia y que sin reproches y otras excusas se restrinja su valor y valer donde  por partida propia tienen asignados los respectivos puestos de participación y riesgo, como  en el caso debe ser.

Sitio de Cartagena de Indias.
Don Miguel de la Torre y Pando, así lo llamo por el título que le discerniera la Casa Real española, nace en el vizcaíno Bernales (1786),  tierras de labranzas y pensar marino situadas en los entresijos del país vasco, cerca de Cantabria, con hombres y mujeres que otean el horizonte, como lo hiciera la familia Bolívar en su tiempo migrador. En ese medio del diario discurrir y apagándose ya el siglo XVIII aparece nuestro personaje histórico mientras despierta a la vida pensante sobre los sobresaltos próximos de una revolución francesa y la interior hispana que no deja tranquilo aquel país aún imperial. Y como este Miguel desde joven para ganar el mundo le llama la atención guerrera como interés normal, pronto ingresa en las filas castrenses españolas y ya en el despertar del siglo XIX, en 1800, busca plaza de soldado profesional donde comienza a forjarse la carrera de las armas, y por ello en 1804 se le destina a servir en la Guardia de Corps española, cuerpo de origen francés por distinción en que sus miembros  estaban a la sombra y custodia del Rey (futura Guardia Real), haciendo allí vida militar en calidad de oficial, siempre al servicio del monarca de turno.

Con ocasión de la Guerra de Independencia española (1808-1814) el vizcaíno De la Torre ya de Teniente y con 22 años encima es transferido a cuerpos de ejército que se enfrentarán con vigor a las pretensiones napoleónicas en cuanto a detentar el poder real de la Casa española, lo que significa cruentos enfrentamientos militares en donde el vizcaíno es herido y preso en Badajoz (Extremadura, 1809), mientras va demostrando sus cualidades y pericia en el llamado Campo de Marte. Luego de liberarse por combatir en Medellín, de nuevo es herido en Ocaña, y así en estos años de combate contra el intruso extranjero en varias ocasiones lucha y remata finalmente esta actividad guerrera en suelo francés frente a Toulouse o Tolosa, en 1814, derrotando a los intrusos napoleónicos en sus aspiraciones maléficas del trono español, mientras asciende en su carrera con una hoja militar sobresaliente que en parte desconocemos y pudiendo estar extraviada por los avatares de tal contienda sangrienta, de lo que apenas sabemos que para el fin de esta  dura y conflictiva gran batalla generalizada nuestro biografiado para 1814 como oficial superior ya ostenta el  grado de Coronel.

Es lógico suponer  que el fin de la cruenta guerra contra el enemigo napoleónico trae como consecuencia un cambio en la estructura militar que ya se rehace, y dentro de esos meses de la nueva organización permanecen a la espera de otras órdenes muchos de esos oficiales que lucharon por el bien de su patria y la Corona. Pues bien, ya para el año y mes inicial de 1815 en su condición militar ante los aconteceres que por la guerra habida dan motivo a los alzamientos independentistas acaecidos en América, donde destacan los horrendos de Tierra Firme (la guerra a muerte), el gobierno español dispone el envío de un ejército expedicionario, sea dicho una flota militar fuertemente armada y de 15.000 hombres para dar frente a los hechos en pleno desarrollo y en búsqueda de una pronta solución al conflicto que busca extenderse  a otras regiones imperiales. En este menester del cumplimiento de órdenes el coronel De La Torre por decisión superior es destinado para que forme parte de esa magna expedición pacificadora,  y así es como Segundo al mando y  Jefe del Regimiento Vitoria, compuesto éste de 55 oficiales y 1.148 hombres de tropa, forma parte de tan importante expedición pacificadora que bajo la dirección del laureado general Pablo Morillo zarpa de Cádiz en febrero de 1815 rumbo al oriente de Venezuela y el 13 de abril llega a Puerto Santo (Carúpano) o sea en los inicios de 1815. Pronto, por los destinos militares requeridos acompaña al general Morillo a realizar el sitio y toma de Cartagena de Indias, de prolongada duración y en el que fenecen multitud de patriotas americanos. De seguidas al interior de Nueva Granada va como Jefe de Vanguardia, ocupando así a Bogotá  el 6 de diciembre de 1815. Ascendido en la escala militar, pasados unos meses en este afán pacificador Morillo destina al vizcaíno para que efectúe la difícil campaña de los llanos  en Colombia y Venezuela, prestando así auxilio a la Provincia de Guayana, por lo que al mando de sus tropas, la División de Vanguardia (1.000 soldados y 800 jinetes),  atraviesa estos terrenos colmados de peligros para luego de recorrer el Casanare y el Apure enfrentarse al terrible lancero venezolano que es el general José Antonio Páez y sus seguidores (4.000 entre infantería y caballería), lo que ocurrirá en la conocida batalla de Mucuritas (1-1817), en la que triunfa La Torre con la hueste monárquica.  Y así continúa el general vizcaíno rumbo a Guayana, en auxilio del sevillano Sebastián de la Calzada y  defensa de esta provincia estratégica..

General José Antonio Páez.
Como  Brigadier de Ejército (1816), La Torre luego protege la plaza de Angostura contra las fuerzas de Manuel Piar y Simón Bolívar, mientras es batido en San Félix (4-817) por el valiente general Piar, combate a Luis Brión y sale al mar rumbo a la isla de Granada. Luego derrota al guariqueño Pedro Zaraza en el combate de La Hogaza (12-817, cerca de Valle La Pascua), donde el valiente vasco es herido de gravedad. Pronto sucede el famoso combate  de Semen (La Puerta, Guárico, 3-818), en que asume el mando interino del ejército español  por la fuerte herida que en combate sufre el General Morillo. Retirado a Villa de Cura La Torre interviene mediante orden superior en el atentado a la vida que sufre el general Bolívar en el sitio de El Rincón de los Toros (4-818). Es por este tiempo cuando en su vida privada el general La Torre enamorado casa en Caracas  el 24 de julio de 1818 con la distinguida dama María de la Concepción de Vegas y Toro, quien era prima de la ya difunta esposa de Simón Bolívar, llamada María Teresa del Toro y Alaiza. Prosigue en la lucha guerrera, hace la campaña de Apure (1819), y en noviembre de este año derrota a Carlos Soublette en el sitio Las Cruces, cerca de Capacho, con resultado indeciso. Ascendido La Torre a Jefe de Estado Mayor, y para las negociaciones que se llevan a cabo en Trujillo con el fin de firmar  los Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra  (11-820) junto a 50 oficiales monárquicos y un escuadrón de húsares que ordena retirar Morillo, La Torre acompaña al Marqués de La Puerta y Conde de Cartagena para la entrevista que ambos altos jefes militares (Morillo y Bolívar, éste con apenas diez oficiales de acompañamiento y sin escolta), sostienen en Santa Ana (Trujillo), antes de regresar al general Morillo a suelo español.

Batalla de Carabobo.
Y porque el monarca Fernando VII finalmente acepta el retiro de América a favor del general Morillo, que regresa a España en diciembre de 1820, éste deja el cargo de Jefe Político Superior y Capitán General de Venezuela en la persona del general Miguel de la Torre y Pando (3-12-820). Pero ya la situación estaba por demás cambiada en América hispana, siendo esta vez irreversible en el campo militar y político, de donde el cambio estratégico gira a favor de los republicanos en buena parte de Venezuela, mientras los realistas se parapetan y repliegan en lugares que aún les son fieles. La estrategia de Bolívar es ahora contender contra el ejército monárquico a campo abierto, por lo que a través de maniobras militares como la dispersión atrae al grueso de esos hombres del Rey para presentar una batalla campal que se efectuará en la sabana de Carabobo con muchos soldados extranjeros a favor de Bolívar y tropas veteranas como de batallones avituallados a favor de la tendencia monárquica aún defensora de los derechos de Fernando VII. El 24 de julio de 1821 se enfrentaron ambos contendores y la lucha terminó siendo a favor de la causa independentista, donde brillaron distinguidos oficiales muchos de ellos muertos en acción. Por la parte española el mariscal de campo La Torre con la tropa diezmada  y ante la superioridad del enemigo ordena retirarse en formación de batallones hacia el cuartel general tenido por La Torre en Puerto Cabello, cuyo despeje marcial y bien llevado cubrió entonces de gloria al ejército hispano en la derrota. Puerto Cabello resiste el sitio mantenido por los patriotas hasta 1823 y en espera de refuerzos, como base de operaciones para la pretendida reconquista  española en el occidente de Venezuela. Entretanto persiste el bloqueo naval  a Maracaibo ejercido por el colombiano almirante Padilla, de donde sin mayor esperanza para continuar en lo imposible  el canario  Francisco Tomás Morales se ve forzado a capitular en Maracaibo el 3 de agosto de 1823, y el 15 sale del país con 7 barcos que lo acompañan rumbo a Cuba. Para finalizar la Historia el 8 de noviembre de 1823 Sebastián de la Calzada sale de Venezuela con los últimos soldados españoles restantes en suelo venezolano, rumbo a España. Así terminó definitivamente esta guerra frontal en Venezuela, con una duración de trece años.

Reina Isabel II.
Como parte biográfica del general La Torre diremos que luego de Carabobo este militar vizcaíno se atrinchera en la fortaleza de Puerto Cabello y en espera de órdenes peninsulares sale para la realista Coro (12-12-21), derrotando en La Vela al coronel Juan Gómez. De regreso a Puerto Cabello a mediados de 1822 ordena al general Francisco Tomás Morales expedicionar sobre el lago de Maracaibo, en espera de refuerzos, cuando el canario Morales es nombrado por el Rey Capitán General de Venezuela, asumiendo así tal mando el 4 de agosto de 1822, mientras a su vez el general La  Torre también es nombrado Gobernador y Capitán General de Puerto Rico, cargo que asume el 8 de septiembre de 1822. Durante su gobierno insular y por méritos en 1824 es ascendido a Teniente General, mientas cumple una labor progresista, creado la Audiencia Territorial de Puerto Rico y ayuda a la cultura nativa, e igualmente socorre a los leales monarquistas de Tierra Firme (Venezuela), como Arizábalo y Cisneros, a través del recordado Intendente José Domingo Díaz, caraqueño establecido en Puerto Rico. La Torre estuvo quince años al mando insular de Puerto Rico, mientras se apacigua la región, gobierno que se prorroga por siete años más mediante el pedimento popular. Nombrado Prócer del Reino (1834), en 1837 el laureado La Torre regresa con su familia a Madrid (esposa caraqueña y siete hijos puertorriqueños). En 1841 la reina Isabel II lo nombra Capitán General de Castilla La Nueva, centro político español, donde tendrá una actuación especial en defensa de dicha Reina. El mariscal La Torre falleció en Madrid el 27 de mayo de 1843. Pero antes de este triste suceso fue condecorado con altas cruces oficiales (4 de fama) como la Laureada de San Fernando, la americana de Isabel La Católica, la honorífica de Carlos III, la Real y Militar de San Hermenegildo, además de ser ennoblecido por la Corona con el título condal de Torrepando, en 1836.   

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL CIEGO, EL BORRACHO Y EL LADRÓN.

                             A la memoria de Gibran Jalil Gibran.
             
Ramón Urdaneta - París 1951
             Amigos invisibles. En este tiempo azaroso de vacaciones largas  y por pedido de algunos siempre lectores de este blog e interesados en conocer algo de mi narrativa no histórica, ahora los voy a complacer con un relato que escribiera en Bagdag dos años antes del derrocamiento de Sadam Hussein y cuando asistiera al Merbid (Congreso de Escritores del mundo islámico, 2-992), por invitación especial de su presidente  Muhsim  Al Mussawi, actual catedrático en  lenguas orientales de la Universidad de Columbia. Así los dejo complacidos y espero que  se entretengan por aquel mundo extraño al que visitara en varias ocasiones.
                                                           ---------
Cierta vez hubo en Basora  un ciego, un borracho y un ladrón que caminaban por la ciudad sin rumbo cierto. En la distancia veían volar  las mariposas cual pájaros pintados, nunca se quejaron del tiempo y menos de las crecidas  de las aguas, y sostenían un raro  gusto por los dátiles pasos, con tal frenesí que el ciego como en mil y una noches anteriores ordenó al lazarillo bizco que tuvo a su servicio, le mantuviera una provisión de los mejores arrancados  por su destreza, de aquellos árboles centenarios.
            El borracho de su parte solo aspiraba fermentar los frutos datileros  en viejas vasijas estañadas de cobre, para así obtener una bebida  vital como el arak, que elevándole al seso, la gesticulación y la risa alborotada le mantendría sin traumas  en el nirvana utópico, el tantra dialogante y el frenesí de la existencia, antes de introducirse  en otro trance de aquel sueño mórbido o burlón, propio de los beodos parlanchines.
            Y por último, el más temible de todos, ciego de esperanzas concretas, sin destellos de luz por los escrúpulos y borracho al cabo  de sus aspiraciones truncas, sólo aspiraba recoger  hasta el último dátil caído de las palmeras secas, y con una mente frecuentada  en el martillar de las tablas  de ábacos, logaritmos y la ambición desmedida, no hacía sino soñar  entre placeres  discordantes o con embarcaciones de su propiedad que bajaran pausadamente las aguas del estuario cuajado de peces saltarines de colores, como lo viera el intrépido Simbad, para llevar a destinos lejanos las cargas de frutos en sazón y de mieles apiarias escondidas.
            Pero sucedió que estos tres camaradas de encendidos turbantes majestuosos, alfanjes vírgenes sin filo, y de capas raídas por la superstición, cultivaron una amistad tan estrecha, que si no es por la infancia miserable  en que vivieron se pudiera decir habían nacido cerca de las barbas del Profeta. Uno, el ciego, era natural de Anatolia, por Capadocia, citadino de pueblo pequeño y cuevas de vivienda que le formaron el carácter, cargada aquella humanidad de infiernos pestíferos y contradicciones  efervescentes, aunque de joven macilento y debido al hambre perpetua que pasara entre los escarpados desiertos y matorrales peligrosos, con tierra arrasada de por medio y la tradición anecdótica  de los Reyes Magos decidió buscar el manantial auténtico y venirse tras una caravana inconclusa rumbo al naciente desolado, harto de arena polvorienta, tras los flacos camellos solitarios y los dromedarios ahítos de leyendas, a los que por cierto el ladrón usurero y tiernamente avaro pensaba colocarles  una nueva joroba a cambio de áureas bolsas e influencia pecuniaria como para atormentar la soledad. El ciego mas la sombra cambiante  de su porte pudo llegar así  al esculcado puerto de Basora, la tierra disputada de Simbad, atravesando mil dificultades repentinas, que fue cuando desde aún pequeño de estatura comenzó a ser  corto de la vista, aunque no de ideas colmadas de enriquecimiento prematuro, lucro compartido, avaricia de lejos y disimulo asaz.  Por aquí y por allá vivía en un trajín comercial finamente tejido, defendiéndose sin sospechas en el tamaño raquítico, el lazarillo hambriento y cierta jerga de adulación innata, al extremo que le diera excelentes  resultados en los años posteriores de tal manera que parecía haber pactado  con el gigante de Aladino. Y por si fuera poco, mantenía oculta una lámpara plagiada del sin par Aladino y a fuego eterno la sostuvo cuya luz ofreciese a los dioses paganos de la tribu advenida y hasta a los de otras naciones adversarias, como el caso bochornoso del decadente Zoroastro, mellizo de Zaratustra, lo que sólo él sabía, tal era el sentido de sus halagos, elogios y engañifas a montón.
            En ese mismo trajín del bazar o la tienda portuaria el cegato aprendió cierta frecuencia  de frases impactantes, hechos amatorios y fechas memoriosas, y anduvo siempre con el sagrado Corán bajo el brazo sudoroso, para que le fuese visible a todo trance. Por esta razón simple  como un intrigante relamido o interesado más, con caricias, señuelos que alborotan y hartas zalamerías penetró en difíciles cenáculos de los letrados o eruditos, y a través del esfuerzo y máscaras faciales diseñadas pudo enseñar textos insípidos, contradictorios o prestados con el transcurso de los años dentro de esa personalidad tan sinuosa, artificial, estéril y doble que le labrara un porvenir cualquiera, al extremo que durante muchos cursos lunares su nombre por toda Arabia Feliz, Samarkanda, Kurdistan, sin contar Mesopotamia y el otro mundo conocido, fue sinónimo de acomodo, de desventura y por esa escala de valores marchitos en que no creía, a fuerza de equilibrios supremos se mantuvo como viajando por el aire sobre una alfombra de nudo fino, en concepto de santidad y cultura, adulando a la corte faraónica de turno, al califato de Bagdag o a cualquiera fuere  su protector, y haciéndose hasta de cierta fama pírrica, sin importarle un clavo, bledo y menos un comino los medios utilizados entre aquella gente sencilla y bondadosa.
            Pensó vivir en medio del jardín edénico,  propio de Alá el misericordioso, aunque ya siendo ciego y pasada la buena estrella conductora, donde fue comodín de la picaresca excepcional, descubierto el juego de su vida y escondidos los denarios atesorados, allá, en tierra de cristianos  nazarenos o caldeos, como manso cordero este lobo estepario vivía del cuento y la canción chiflada ya que apoyado en los múltiples brazos de una deidad bramánica del Indostán, luego de traficar con todos los cargos mejores y sustanciosos de aquel tiempo mágico, un buen día para lavar el nombre apolillado decide refugiarse entre los versos antiguos  de carcamales vedas y los modernos de la época crucial, tan mal construidos de su parte que ni con restos de la influencia que aún le quedaba en depósito pudo sostener la cumplida cosecha espiritual, por lo que en los remates cansones de la casa “Sotherby” londinense, bajo influencias o presentes de emires petroleros se ha podido vender alguna carta laudatoria salida de esa pluma menguada, pero menos un poema de esos suyos elaborados sin la inspiración divina del aeda.
            Así anduvo ciego y cojo este bardo ripioso de esos que medran cuando hay oro, cual paria disonante, mal parado, enfermizo, soberbio eso sí, cuyo nombre seguirá siendo cabal de cinismo de altura, y a pesar del tamaño canijo entre los cuenta cuentos islámicos permanece como el clásico tipo de adulante de bandería, con una mentalidad que choca mitad eunuca y además confusa, de donde su imagen a partir de entonces  se incorpora sin prisa entre los cuarenta acompañantes del viejo Alí Babá.
            El otro socio de farras e intrigas maliciosas (aquel austero, éste, encontrado  con los cantos etílicos a como diere lugar) se destacó por lo borracho empedernido, payaso gestual entre quienes de risa le rodearan, bufón del séquito de turno, porque prestó buenos servicios a esta clase jocosa allá en las carpas beduinas yemenitas, siendo prófugo naciente de mezclas bastardas entre arábigo y persa con algo de tartario, lo que le malquista por el acento descompuesto  en ciertos grupos escogidos, pero la verdad es que había  nacido más adelante, con cara aceitunada y en el golfo de Ormuz, cuando un forastero desorientado busca esponjas, elíxires potentes y perfumes orientales de exquisita fragancia, y al tiempo diera  por colocar  cascos metálicos a los burros correlones del desierto, de donde  vino la inaudita  afición del vástago por las potrancas mal paridas y los caballos relinchones.  
            Sin casta alguna por tanto quehacer en el mundo indigesto de Baco surgió de una combinación híbrida, al que tapaba la vestimenta aérea del desierto mugrosa y estrafalaria cubierta de perlas orientales, entre babuchas, caftán, y fez de fiestas alfombradas, y ello en la desorientación de los clanes le hizo mantener de un comienzo alejado de las buenas tribus, visitándose de continuo con el ciego tortuoso, al que le unía una estrecha amistad de colaboración o compadrazgo, para obtener hipotéticos  dividendos honestos y hasta alterar designios sólo entre ellos y repartirse las prebendas públicas  con toda suerte de loas y las eternas distinciones.
            También este dipsómano contumaz aprendió de los números memorizados por  intermedio de la nemotecnia, cosa tan normal en la sociedad trashumante de aquel tiempo, y su lenguaje primitivo a fuerza de oír cánticos religiosos exaltados y de los marineros exóticos del más allá fue incorporando frases inentendibles que luego transformó en versos copiosos, porque el bellaco tiempo atrás dijo ser poeta predestinado del ritmo melodioso y de la mejor inspiración, a pesar del repudio de sus coplas y cantares  que los verdaderos rapsodas hicieron, por utilizar éste lugares comunes y en un verso fácil, cojo y  lleno de incongruencias curdas, al extremo que en la vulgaridad  si no es por la cítara  que pudiera pulsar como una lira neroniana y lo adulante  aprendido de su socio el ciego, pasara como uno más entre los allegados de ocasión.
            Vivió escondido en el derroche alcohólico por la prohibición societaria, sin aspavientos, pero aspirando consumir todo el agua ardiente  para acabar con este mal antiguo por herencia del desconcertado Noé, lo que también le mantuvo distante del honor de otras tribus, aunque el perdón excepcional  del bondadoso Alá se dejara traslucir para apaciguar la intimidad, y ello con el tiempo le hizo acceder al grupo crónico de los enfermos sin retorno, a pesar de que todos estos aconteceres  humanos le tenían sin cuidado ya que la luminosa estrella de su amigo el ciego le permitió mantenerse a flote del desierto, ayuno de un mayor resplandor, y se arrastraba  besando los pies perfumados en plan de humillación, por lo que no hubo ulema, caíd, jeque, par o semejante que dejara de ensalzar, y hasta uno en exceso gordo y maloliente  lleno de desafueros ventosos le colocó en cierta posición de gobierno dentro de la mayor ingratitud  o desmemoria, y menospreciando a su propia familia nada realiza de positivo y hasta reincidió en el delirio fantasmal cuanto escondido del poderoso alcohol y otros estimulantes mentales  en prosa mal habida, el verso decadente, y aquellos  que pretendieron beneficiarse de su presencia en el mando fueron silenciados  al absurdo y extremo porque tanto el borracho como el ciego dándose palos entre ellos  en esencia eran una misma realidad interior, uña y carne entrañables, cortos o largos de visión, engañosos y tan egoístas del repartimiento conjunto a objeto de no permitir que nadie se acercara hasta el panal de ricas mieles que defendieran por mandato de Alá las águilas del desierto arábigo, salvo una pequeña cohorte de paniaguados desprotegidos y débiles marionetas que visitando espejismos sin fronteras por mendrugos de pan y solo ofertas maravillosas hacían lo que hubiere lugar en favor y al turno de la pareja en trance de ser hipnotizada.
            De esta suerte postiza por deducciones cabalísticas de los mismos actores fueron entonces corriendo entre el desierto, andando a través de oasis y cuchufletas, entre caravanas  sin ruta y camellos sedientos, entre ovejas esquilmadas y halcones escapados de la cetrería, finalmente entre el filo de los mandobles y bruñidos alfanjes, y su advenimiento fue tal que en la osadía pertinaz  llegaron a las propias puertas de La Meca para exclamar a cuatro vientos la maravilla de su poesía, la profundidad de su ciencia, la ayuda al menesteroso y la limosna sabatina al necesitado. La abstinencia ejemplar  de sus vidas que incluye la ablación femenina, la entrega a Alá en este mundo errante y los miles de favores  realizados  sin cobrar alcabalas, gabelas, medias anatas, almojarifazgos,  comisiones, excesos o tributos, lo que era una mentira más grande que toda la península arábiga incluyendo el Mar Rojo,   por lo que los barbudos doctores de la ley, los sabios y los expertos de la verdad verdadera estuvieron todos de acuerdo en la falsía de sus exposiciones pueriles, y antes bien condenaron la palabra certera, so pena de otros castigos ejemplares valga decir lapidación o colgar a ambos intrusos por taimados, inescrupulosos y corruptos.
            Pero el tercer ladrón, que diera aún más trajín que la suma de los anteriores, fue tal su estilo y viveza como para llegar a confundir  los oráculos, talismanes, los signos positivos del zodiaco y las premoniciones satánicas. Levantado en la mayor miseria de una familia multípara marginal, era él quien limpiaba el cagajón de las ovejas y traía las pesadas ánforas  de agua para beber, desde aquella fuente de nostalgias que sirvió de lavadero común y abrevaba la sed de cuantos animales lugareños existían.
           
Alí Babá.
Su vida triste rodeada de dinero fugaz empieza en el desorden  común de la anonimia por allá en Hebrón, al otro lado del desierto total, muy cerca de las cabras  y de otros sinsabores comunes. De él también se comenta que en la oscura noche de los engendros subliminares y las concupiscencias con velo facial, sin nombre o apellido, tuvo que ver mucho con el judío parlanchín que vivía a la vuelta de la esquina, de donde el muchacho nació diferente a los demás, con cierta viveza insólita y un estigma social, por lo que en el correr de los años lunares cambió el lugar de nacimiento para acogerse a otras tribus esquivas, renegando de su estirpe precaria, a fin de acallar estas tempestades y otras voces agoreras.
            En lo certero de su andar disperso con premura perdióse del mapa palestino y en la peregrinación a trochemoche guiado por las estrellas equívocas debió pasar hambre, limitaciones estéticas  y necesidades a montón,  en antros, tugurios y tierras relegadas que le templaron el carácter mas no el alma; y para sobrevivir, tiempo adelante en la almoneda de la lonja del mercado cautivo que le servía de fuero contó que anduvo desvariando por las islas eróticas helenas, entre bárbaros y otras tribus caucásicas, disfrazándose de mil maneras corderiles para continuar viviendo aunque fuere a empujones, en un “clío”, “clío” como los polluelos regionales quiso conocer al carcomido por famoso  Herodoto, pero éste por la desfachatez  engreída  del intruso le cerró las puertas de a par en las narices y después con una manía irrefrenable de lo ignoto panglosiano atraviesa el Ponto Euxino, la Dacia, cayó en Tracia, caminó al Peloponeso de  piedras y guijarros, o al menos así se jactaba  en decirlo, aprendiendo las máximas picardías de los armenios especuladores, hasta trató de vender secretos hurtados a la gente del zar Boyardo, y con aquellos fardos y costales plenos de abalorios, cascabeles y otras engañifas anduvo en veleros de ingratitud, entre aqueos y maniqueos en la búsqueda de títulos  y canonjías, saqueó la mansedumbre de los nubios, arrasó con los restos cristianos nilóticos, dormía junto a un perro pastor y a pierna suelta en la necrópolis de Atenas, trató de empeñar y hasta vender  a precios viles un sarcófago real encontrado por suerte en Luxor, se hizo más agareno en la subida a tierras etíopes, bajó y anduvo sorteando cuchillos y colmillos eritreos, trompas de elefantes  ayunas de marfil, y luego de ser tan andariego y con el engaño del bazar de palabras, genuflexiones, besos, te himalayo y afectos que en la trampa mortal prodigara, después de maldecir la extensa y espinosa vuelta al Mar Rojo con dos o tres lacayos incondicionales que mantenía en rayana pobreza, recordando los tiempos idos recaló un buen día, tan largo como el de las murallas de Jericó y lleno de nubarrones cuanto de presagios, por entre los canales del estuario de los ríos madres  de la civilización y el castigo, sentándose así, con barca y ujieres que cargaban el incienso para cubrirlo de olores atractivos en la pacífica y activa Basora, que era como el correr de vidas y negocios de aquella quietud escarlata del Medio Oriente en trance de ser entero.
            Claro está que a poco de andar en los ajetreos de la villa portuaria convulsa y siendo de menor edad en relación a los otros  pillos o pilluelos, mediante manipulaciones ventajosas pero abstractas  entró rápidamente en contacto con el ciego alabancioso y el borracho contumaz, lo que en la vuelta de los meses  y por pertenecer a la misma corporación de comerciantes especuladores, en una y otra forma fueron cerrándose de cierta amistad que aparecía cultivada desde tiempo atrás, y éste, el novel de los tres taimados cófrades, con los cantos de sirena aprendidos en tierras de herejes espartanos confundió la viveza  de los otros al extremo que en poco tiempo el suave déspota hecho un mullah religioso estuvo dispuesto para las grandes aventuras, llamadas por él sin pestañar “los sacrificios”.
            Así en la aberración de los signos mal puestos del zodiaco por sumerios y caldeos en vieja disputa con los persas, el granuja de marras logró seducir  a un viejo decrépito pero tenido entre los siete sabios del poder de los no profanados lugares, y a esta santificada momia viviente  envió con rapidez  para ejercer presión inaudita y por tandas sucesivas, la macabra cohorte de lacayos amaestrados, y luego fue él, personalmente, ahora sin petulancia, y entre medusa, Fedra, hydra, chacal y perra parida, con los cuenta cuentos mandarines que le narrara desde cuando malviviera aprendiendo caprichos  en aquella tierra de los césares de Suetonio, le convenció al extremo que pronto el anciano achacoso  fue cediéndole cuotas de poder sin otro beneficio, y aquel, como el pulpo de las entrañas marinas de Omán, entre dedos y codos fue encercando sus ardides comerciales, tan pegajosos cual la goma arábiga, el incienso del mercado de Yemen y el alcanfor.  
            De este modo travieso aparecieron los nuevos adulantes, aunque el hombre no penetraba bien  en las esferas de los negocios patriarcales, ya que muchos se dieron a la tarea inequívoca de indagar sobre el origen raizal del avispero. Así de simple se supo porqué renegara de la tierra el relamido, de una mujer cornúpeta  y desaguisada que anduviera tras sus pasos viciosos por las correrías de los tiempos iniciales, de cómo era maestro de filigranas en el pedir y en rebajarse para obtener beneficios absurdos, de sus amistades y entornos con tiranos grotescos, y de una esclava blanca, vándala, de ojos redondos verdes, que por excelente cocinera  de chorizos y albóndigas  en tierras peninsulares morunas tomó como mujer escogida al azar, allá en los tremedales del mal recuerdo y la pobreza infantil. Lo cierto de estos claros episodios fue que el insaciable y tenaz palestino hizo tal amistad con el ciego y el borracho juntos, que cada viernes ejemplar después del oratorio en la mezquita que exclama ente cantos, sentencias y voces azoradas, luego se reunían con seguridad para agarrados sobándose  las manos y entre pedazos de cordero, tazas de té enigmático y consumos de narguile casero, contarse una tras otra sus fraternales fechorías.           
            El desalmado estratega comenzó  a armar todo un tinglado de taller grande entre los escombros de cierta casa violada por el abandono, para ante ruidos siniestros y trastos baratos  elaborar unos signos caligráficos  que por inmodestia  y exageración  en poco tiempo dijo ser  de la mejor factoría del mundo musulmán. Las conciencias fueron cayendo luego dentro de los negocios turbios, y a medida que por el mar  se especializaba el signo cursivo y grácil otomano  y los escritos de la conquista cruel, de maestros y artesanos honestos  iba tomando cuerpo de obra limpia, recién acabada, sin otra retribución  que el agradecimiento  interesado porque, según apuntaba en la alabanza engañosa, el publicarla era un favor del todopoderoso Alá y de su reino paradisíaco, y tal desparpajo impropio convenció a muchos, mientras las riquezas de quienes le apoyaban  con erogaciones  dispendiosas  corrían hacia las arcas  de este inconmensurable mercader, que en contra de las leyes divinas festejara con pompa el primer millón  de dinares  insertos en la trampa de los incautos clientes atraídos.
            Compró conciencias, rebajó honores, corta caminos de éxito, compromete el silencio de otros, hizo cuanta maniobra sensiblera considerara útil para procurarse de los trabajos a presentar, y con el retintín permanente  de la exclamación telúrica  y mejor teocrática de que “todo a favor de Alá y de Mahoma, su profeta”, este otro Mohamed  pudo abastecerse de buenas y millonarias partidas o caudales del reino omeya, que le llenaron de bienes y otra dignidad, al tiempo que los acólitos le rociaban incienso o agua perfumada para quitarle ese olor penetrante entre cabra salvaje, oveja sin esquilar, y ajo que de antaño le perseguía a satisfacción. De esta manera insólita el granuja empieza a crearse todo un mito alrededor de su extraña figura, cabizbajo, amnésico, pigmeo, pensador de diente roto, con los escasos hilos de plata  entre las estrechas sienes, esquelético, enamoradizo sin definición, a veces soez,  y que daba unas fiestas rumbosas por extravagantes, estrambóticas, casi palaciegas, todas en la intimidad de la carpa, incluidas las mancebas para buscar lo deseado en cuanto a sus intereses inescrupulosos, aspirando en el compromiso a cuotas comerciales calificadas, por lo que al insistir sentarse  entre los que manejaban  los cuadros políticos del imperio de Alá, con esas garras afiladas difícilmente ocultas creó un grupo de extorsión que le era en la totalidad servil, donde ya acorde con otras  ideas exóticas, advenedizas por excepción, exigía como parte sustanciosa  del botín el quinto real y de preferencia el diezmo convenido, primicia o gracia suprema, y de allí hacia arriba dentro de aquellos muchos millones  de tesoros que la ambición desmedida  y las agallas más grandes que las de cualquier ballena, pudieron embolsillarse en arcas propias, a tal osadía de pretender emular al glorioso turcomano rey Midas, admirado siempre porque todo lo que tocaba se convertía en otro sonante para engrosar cornucopias metálicas, y hasta se cuenta que dentro de los escrúpulos enojosos en gruesos sacos de algodón de lienzo egipcio vino a exportar moneda falsa hacia el principado de Malabar, y de allí mediante artes de magia, malabarismos increíbles, juegos manuales y embelecos defendidos  por caravanas de ventaja, con pasión inocultable atrajo cestos de escasas aleaciones finas y pedrería preciosa, en su mejor tenor y oriente de belleza.
            Rodeado el pillo de un círculo de descastados  que procreara durante tantos años, dio de fiestas y de francachelas en su residencia campal, que en los mejores tiempos  del califa Harum al Rashid se recordaran, obsequiando mujeres y prebendas por doquier, las que de manera gratuita eran puestas en la ofrenda a las diferentes toldas pugnaces, pudiendo navegar sin contratiempo entre las briosas aguas del interés determinado, hasta que al final, por esas sinrazones de la adulación y el compromiso pudo sentarse en algo que le quedara grande, ¡dígame¡, donde cultivan además de granados, higos y pistachos las leyes humanas que manejan el país.
            En aquella mala hora ya había despojado a su legítimo  propietario el mayor colegio musulmán del imperio, acusándole de maricón a lapidar, a desterrarlo después de rasurado el cráneo, para siempre, y hasta decapitarlo si los doctores de la ley coránica así lo manifiestan, expropiándole  el sitio de enseñanza por cualquier suma lastimera y pasando este bello edificio que recuerda al Profeta en las primeras dinastías abasidas a engrosar las arcas torvas y repletas de sus conocidos caudales en la misma época  en que dentro de los talleres de trabajo por planchas medievales gálicas  también había publicado  mas de mil obras de una caligrafía excepcional, lo que con codicia desmedida le condujera a reunir cuentas de maharajá superiores a las que pudo contemplar en la cueva áurea del asustado Alí Babá.
            Para estos tiempos de presagio el mal ladrón que usaba cuellos blancos de cisne se había hecho de un nombre con buena parte de la investigación perteneciente  a sus seguidores y del apropiarse de otras obras benéficas escondidas, y con el mayor cinismo plagiario con desparpajo supino las hizo reproducir como suyas, en las fraguas tristes de su opaca actividad creadora. Con el acervo de épocas lisonjeras de la región también compraba devaluadas por pedazos todas las conciencias sobornables de la región mesopotámica, aspirando aún más a las dignidades altas a conquistar y cuidado si en golpes por la espalda previstos intentó ser califa, bey o visir, a través de la presión utilizada, a veces al máximo, por medio de los lacayos deshonestos o mediante la simple urdida depravación, la complicidad o coautoría manifiesta en sus variadas formas, y la alabanza que extralimita, al extremo de creerse nuevo sátrapa de las ideas geniales, hombre de extensas y sanas narraciones que por canales de terceros publicara dentro de la fina  red comprometida en que se halló, con áulicos o panegiristas  de tales letras e infundios escritos sin razón, viéndolo bien, todo terminado a fin de cuentas en una sórdida mediocridad, que es como lo recuerda la historia fabulada.
            En aquella vulgar existencia mesiánica, instaurada para con antelación fusilar retazos de tiempo aurorales, al granuja le dio por inventar toda suerte de construcciones de escaso valor, con fondos incompletos, a fin de colocar morondangas engañando a pastores incautos, y dentro de sus más extensas o destructoras aventuras  terrestres hizo guarida propia en los jardines heredados de Academus, ahora cubiertos de mirra milagrosa, de los que añora hablar por tradición plebeya, cuando las correrías suyas de la miseria en pos de los astros bienhechores, y bien pronto, con la compra inusual y lo timorato de los otros, por lo ducho, hábil y desconcertante que era se atrincheró tras gente incondicional  para manejar el ocultismo a su antojo, la transmigración y hasta el embalsamamiento de cadáveres, desde ese sitio por demás sonoro mediante los pífanos acordes, a donde con la mayor argucia graciosa para asegurar los votos requeridos  trajera a rebeldes gitanos y hasta se dice que a judíos conversos por la conveniencia del negocio.
            Se especuló entre grupos que el usurero en cuanto trabajaba de día y de noche aumentando los ingresos de su administración delirante, habíase hecho todo un experto en angulosos números arábigos, aunque utilizara todavía el alfabeto cuneiforme para el manejo de las cuentas secretas. Mas sucedió entonces que cualquier mañana ejemplar, entre tanto tráfago y capital consumidos, el ladrón comenzó a sentirse enfermo de cuidado, y fue tal las molestias observadas por aquellos shamanes de su tiempo, que a pesar de los paños calientes, los pediluvios y gargarismos para alejar los malos sinsabores, con prisa y talegos de las monedas requeridas debió trasladarse en parihuela hacia el recto Indostán para ser ensalmado al abrigo de las altas montañas, donde se cuenta que un quimerista o práctico de estas dolencias y misterios del alma le abrió el cuerpo a lo largo, en canal, como a una vaca no sagrada, rompiéndole las costillas para mediante fórmulas alquímicas sacarle lo pútrido malsano, y se ha escrito también que el ladrón usurero, como lo explicase después, soñó que en los ante portones de la muerte y con los entresijos afuera, su imagen de Sardanápalo lucía como la de Nabucodonosor, con orejas de pollino, hecha de oro aunque se desmoronaba por los pies, que eran de arcilla húmeda del Tigris, mientras un concierto de moscas verdes  bullía deleitando en derredor.  
            Luego de superar desgracias a granel regresó a Basora como  un borrego tierno, con el antifaz de la humildad, más demacrado que nunca, entre jade y turquesa de color, pero ya las situaciones  habían hecho su cambio, sin existir el manto de nubes que opacara la realidad, y a pesar de que el ladrón, el borracho y el ciego continuaron visitándose los viernes consabidos  para relucir en claroscuro cuentas inmorales, las generaciones de avance, algunas bajo sacrificio o esquilmadas por ellos, hicieron suyo el popular refrán   ibérico “a otro perro con ese hueso”, aunque perros hubiera pocos  en el lugar; y sobre el fundamento axiomático de sentarse en la puerta  de la sufrida tienda para ver pasar el cadáver del enemigo, ya los cantos  celestiales del Profeta  y los clarines de sus voces sin recogerse se perdían en la inmensidad del gélido desierto huérfano de nubes.
            Algo nuevo, menos explotador, apareció en el escenario del futuro a interrumpir, mientras aquellos tontos silencios infinitos envilecían envejeciendo, con disfraces y máscaras vidriosas venecianas, con caras de trasnocho y sentimientos de yo no fui, sin tribuna ni acólitos, sin páramos ni llamas, por lo que entonces acá, ausentes de magia  e idealismo, como recompensa a tantos delitos y pecados cometidos, en la maldición y pestes desatadas por la hégira radical fueron condenados infaliblemente al desprecio colectivo, al abandono y la indiferencia, a regresar sin cargas hacia los orígenes aldeanos del horizonte y a borrar sus nombres devaluados donde habían sido esculpidos por las propias estrellas.
Sherezade.
            El ciego debió vagar sin lazarillo bizco en la inmensidad del limbo complaciente, oyendo en todo tiempo los cantos atiborrantes de los verdaderos aedas; el borracho bebería sin cansancio dentro de los mismos toneles hediondos en que se fermentaba  los mostos dejados por el seráfico inventor Noé; y al fino ladrón, en la sentencia eterna se le impuso verse cada vez las entrañas puestas en sus manos sangrientas por Prometeo, para escarnio de las generaciones posteriores.

            De este modo sencillo o pedagógico y antes de aparecer en columna los demás penitentes, fueron extraídos de ultratumba, para bien conocerse, tres de los cuarenta cascos que acompañaron sin rescate al encantador serpentario por asombrado Alí Babá. Alguien dijo en la estancia que aburrido de vivir este asombrado gestor, como nosotros, se había fugado con ellos en una noche clara, para no arrepentirse más.  

miércoles, 13 de agosto de 2014

EL DOLOROSO GENOCIDIO DE PASTO.


 Amigos invisibles. Para escribir sobre momentos tristes de la historia americana hay que tener verdadera fortaleza en el alma, porque ahora recordamos el caso del expresidente guatemalteco Efraín Ríos Montt, condenado a ochenta años de reclusión por genocidio contra la población maya, cuestión que nos trae a otro recuerdo la continua barbaridad cometida contra el pueblo pastuso de Colombia en tiempos de la Independencia, y por el solo hecho remarcado de dicha comunidad al ser fieles devotos a la corona española con que habían convivido y cruzado su sangre americana durante tres siglos, sucesos ocurridos cuando los llamados facciosos guerrilleros, insurgentes e intolerantes para con sus principios ancestrales eran opuestos de una manera despiadada contra la razón monárquica de esa amplia y fraterna región sureña colombiana, de donde las tropas venidas desde Bogotá castigando su fidelidad al Rey cometieron toda suerte de tropelías y represalias con o sin razón, aunque mejor sin razón, pero que dieron como resultado el derramamiento de sangre de este pueblo indomestizo trabajador y en sus contornos, escenario que no se ha podido olvidar por lo  horrible del exterminio utilizado y que desgraciadamente en su realización por orden superior ocupa a tropas y oficiales venezolanos destacados en esa campaña bélica cegada de pasión, lo que siempre ha sido reprobado en el recuerdo de la historia de Colombia y hasta de Venezuela.
Agustín Agualongo.
  Pero andemos desde el comienzo de esta escalada de hechos para poder discernir a grandes rasgos lo problemas acontecidos en su desarrollo, que andan aún en vías de entendimiento porque no es fácil englobar la sucesión de circunstancias controversiales que se desatan desde el triunfo de  Simón Bolívar en la batalla de Boyacá  (7-8-1819) y cuando luego de su entrada oropelesca a la capital de virreinato en extinción el caraqueño lleno de fuerzas suficientes y por tanto acelerado el seso con el triunfo militar y los agasajos pertinentes confirma su deseo ya previsto de con prontitud continuar hacia el Sur que yace en manos monárquicas para consolidar tantas ambiciones, es decir, derrotar la fortaleza hispana existente en el virreinato del Perú, pues como era de suponer con aquel bastión militar existente al Sur de sus anhelos soterrados, la libertad de Colombia independiente era solo una simple quimera.     Pues bien, mediante la sujeción del poder que este militar tiene entre sus manos con rapidez concentra un ejército que lo acompañará en esa intención libertaria, siendo su primer destino del acceso la ciudad de Popayán, noble y señorial encrucijada de cultura que venía a ser una suerte de frontera divisoria con el viejo reino de Quito, por cuya razón el mundo interracial que continuaba hacia el Sur del amulatado valle de Patía, tuvo otros sentimientos rebeldes en referencia con lo acontecido en el extinto virreinato, no compartiendo por ende tales ideas libertarias, consideradas por aquellos mestizos cimarrones como extremas.  Y mientras Bolívar permanece entre esas latitudes payanesas se dio a la tarea de reclutar preparando mejor al ejército que traía desde Cundinamarca, contando entre ellos valiosos oficiales venezolanos, como Bartolomé Salom, el malogrado Pedro León Torres y demás conocidos de su aprecio. En otro análisis que debe hacer Bolívar para la continuación de esta ruta finalmente escogida, que debiera llevarlos por difíciles montañas hasta Quito, tiene que tomar un punto de importancia a tener en cuenta, cual es la  idiosincrasia de esos pueblos pertenecientes a la región de Pasto, de tendencia ancestral conservadora, o sea cuyos caudillos defienden por principio la estabilidad de la monarquía reinante como a su propia familia cristiana. Pasto por aquella manera de actuar “todos a una”, al estilo comendero de Lope de Vega, es recalcitrante, dura de roer, y bien sabe el Libertador  que esa gente prefiere inmolarse antes de ceder en la opinión resuelta, por lo que descartando el viaje marino hacia el Sur por Buenaventura  insiste en desatar el nudo gordiano que significa combatir a como diere lugar contra los enceguecidos pastusos, quienes por cierto para la defensa de sus intereses vitales estaban aliados en forma de milicias ciudadanas e indígenas, como el caso del mestizo Agustín Agualongo, con un pequeño ejército español allí acantonado y al mando inteligente del estratega logroñés coronel Basilio García. Bolívar sabía que sin la derrota de aquellos valientes ultramontanos era imposible penetrar con su tropa en la vía que conduce hasta Quito, mientras ya trotaba hacia esa capital otrora incaica  la guerra de Bolívar con la espada de Sucre. Y por ello adelantando camino frente a todo pronóstico el caraqueño decidió esquivar la entrada a San Juan de Pasto, para seguir y establecerse en las alturas difíciles de Bomboná, cerca del volcán Galeras,  calculando esta vez mal con lo que iba a suceder.  En efecto, habiéndose atrevido a presentar batalla el 7 de abril de 1822 con las fuerzas pastusas mantenidas en sitios estratégicos de aquellas alturas y peñascos, el resultado final del encuentro fue un verdadero desastre para el ejército bolivariano.
José Rafael Sañudo.
 

            La batalla de Bomboná, según explica Wikipedia, fue planificada por Bolívar como un éxito rotundo para la causa republicana, de lo cual anticipa la gloria el creyente caraqueño, sin entender que la mentalidad indígena puede pensar de otra manera. Así, para someter a Pasto Bolívar envía desde Popayán 2.400 hombres armados, a sabiendas de la enorme dificultad del intento, pues los anteriores deseos militares habían terminado en graves derrotas. Sin embargo como compulsivo y hasta testarudo que era Don Simón para ello decidió aplicar una táctica de no darle frente a la ciudad de Pasto y sus fuerzas, sino desviarse hacia la ruta  enhiesta de Bomboná, con intención de seguir camino hacia el anhelado Quito, a donde ya se dirigía el general Sucre, sin tomar en cuenta que por medio de avanzadas sus pasos estaban medidos por las tropas contrincantes, que al momento sumaban 1.200 hombres al mando del coronel Basilio García, las que se parapetan en el estrecho cañón  del río Cariaco, para allí presentar batalla, que se inicia el 7 de abril de 1822, a las tres de la tarde.   Bolívar desde luego  por lo angosto del sitio y sin prever resultados dirigirá de lejos la batalla, con el uso seguro del catalejo, mientras eufórico asienta ante adictos oficiales “!Tenemos que vencer y venceremos¡”, ordenando a sus hombres tomar camino en bajada hacia el río. De esta manera ya ejecutado el plan previsto en la media hora siguiente  los batallones Bogotá, Vargas y Guías sin callejón de salida fueron masacrados diezmándose esa tropa a la  mitad por obra de los realistas lugareños desde sus posiciones ventajosas, mientras así “se apilan unos cadáveres sobre otros”. El sacrificado batallón patriota Rifles lleno de bajas tuvo mejor actuación al trepar a una altura atacando luego por retaguardia a la tropa española, situándose en el ala derecha realista. Pero Bolívar aún ofuscado por una pretendida victoria y con el carácter conocido que mantiene, valiéndose del menguado Batallón Vencedores mas unas reliquias que le restan combate hacia la pérdida de su empeño, quedando aquello pronto reducido a una pequeña tropa ya desorientada, por lo que algunos patriotas logran salvarse huyendo entre las sombras reinantes, mientras la destrucción fue completa en el campo republicano. Esa noche Bolívar permaneció confundido y falto de sueño, porque desconocía el destino del Batallón Rifles, angloparlante, de élite y tan consumidor de soldados, que en pocas horas perdiera la mitad de sus hombres, o sea más de mil, contándose así una mayoría de muertos, mientras que las bajas realistas fueron apenas 250, retirándose luego estos monárquicos pensantes dentro de la estrategia escogida,  hacia los refugios del Sur.

General Bartolomé Salom.
Por el desastre conseguido en Bomboná el caraqueño tuvo que dar marcha atrás, impidiéndole ello llegar a las puertas de Pasto y debido a dicha causa debió regresar al norteño valle del Cauca, cerrándosele así el paso hacia Quito.  Ante la catástrofe ocurrida y acumulando los 300 heridos que deja tal contienda Don Simón escribe al general Santander indicándole que anda aturdido por el clavo ardiente que era Pasto, ciudad mestiza por demás monárquica que mantuviera al borde de la desazón el general caraqueño, pues en varias ocasiones pactó la paz con Bolívar para a poco emprender de nuevo la guerra, de donde ya sacado de juicio  este venezolano, como en momentos de estulticia valga decir iguales a los que le obligan a firmar la guerra a muerte en Trujillo, siete años después y ya en tiempos de sosiego originados por la paz suscrita con Pablo Morillo en esa misma ciudad trujillana, casi como estallando la ventura pacifista y ya fuera de razón Bolívar se extralimita para saltar al desequilibrio, que es cuando contra toda lógica humana ordena a figuras de la talla del cumanés general Sucre y del porteño  Bartolomé Salom a desmedirse en las órdenes que reciben (entonces las órdenes se cumplen sin chistar) y, en consecuencia, proceder con otra guerra a muerte esta vez contra  el taimado y astuto pueblo pastuso, para doblegar definitivamente y en base a desmanes genocidas al leal y monárquico pueblo serrano San Juan de Pasto, baño de sangre que ni esos pastusos ni otros menos resignados aún perdonan al conocido autor intelectual en su extravagancia llamada ante los ojos de la Historia “La Navidad Negra de Pasto”, pues casi como estallando la calma se desata una represión inaudita e inolvidable contra ese pueblo creyente en sus ideas, es decir un baño de sangre que sobresalta en el recuerdo de la llamada Guerra de Independencia y que al detalle de la denuncia investiga en escrito dejado para siempre el adolorido pastuso y magistrado, catedrático, jurista doctor José Rafael Sañudo, quien con el dolor de sus ancestros y la paciencia indígena necesaria se dio a la tarea de esculcar hasta el fondo estos desmanes que duelen recordar pero que significan una página negra en esa contienda libertaria manchada con la sangre de tantos inocentes, algo así como el caso bíblico de Herodes. Aunque es difícil conseguir su libro bestseller en tres ediciones intitulado “Estudios sobre la vida de Bolívar”(1925, y Bedout, 1980), ojalá tengan oportunidad de leerlo, donde en carne propia se detallan las atrocidades cometidas en Pasto y sus alrededores. A pesar de dolerles este criterio en la mente tarifada de algunos.


Ahora bien, llegado el momento vamos a recordar la famosa Navidad Negra de Pasto, teniendo en cuenta que los intereses personales o ideológicos pueden sesgar la idea central de estos sucesos. Como bien sabemos  Bolívar fue derrotado en Bomboná de manera por demás funesta, pero dados los intereses oscuros que luego aparecen  para salvar su honra militar y política, los memorialistas adulantes de entonces cambiaron tal desastre en un triunfo momentáneo, y pronto para seguir el éxito emprendido los realistas de Benito Boves en Taindala vencen al ejército del general Sucre “contra todo pronóstico”, por lo que ante este otro revés que provoca un  pequeño grupo militar mestizo y fanatizado, con soberbia de mando, para algo decir, Don Simón sin temblarle la pluma y menos su  acariciada gloria ordena ingresar al cumanés Sucre, a Pasto, al frente de un numeroso ejército para aniquilar toda resistencia miliciana, mediante  el primitivo sistema del asesinato en masa, que incluye hasta los bebés (500 en tres días) de la ciudad, según queda bien escrito. “Haced lo posible por destruir a los pastusos” fue la orden terminante de Bolívar, y con ello cayó en la trampa histórica el distinguido y fiel Sucre, para quien aquel genocidio fue como una mancha en su impecable hoja militar, que le trajo ocho años después y en la misma región el vil asesinato de su persona, suceso triste que tuviera acaso una reivindicación de esos hechos desastrosos. Y conste que aprecio mucho la memoria del mariscal Sucre, como la del mismo Bolívar en su etapa genial, acaso por un principio de lealtad sobre sus triunfos, pero no de derrotas. Como recuerdo triste de esa navidad llorosa (24-12-1822) aún queda en pie la Calle Colorada, que con tal apelativo consagra la masacre sanguinolenta allí ocurrida de tres días, el robo, la destrucción de todo como propiedades, iglesias, edificios, archivos (donde se perdieron tres siglos de Historia), violaciones y otros desmanes a concebir, al extremo que el propio Daniel Florencio O’Leary, comedido y diplomático en su lenguaje, sobre este bárbaro proceder hacia la posteridad  reprobó de manera total dicho sacrificio ordenado por el general caraqueño contra los leales y reconocidos pastusos, ante la vergüenza de Bolívar al ser derrotado de esta  manera por un pequeño grupo indígena, olvidando así lo que firmara meses atrás en Trujillo, verbigracia, sobre el fusilamiento de prisioneros y el buen trato a los cautivos en pueblos ocupados. Aquí valga anotar en calidad de apostilla que la Historia Oficial manipulada es otra cosa digna de estudio, como ocurre  mucho en estos tiempos de discordias y desafueros.

Y volviendo sobre el mismo tema “Pasto era un camino de trastorno mental como consecuencia del enlace de razas antropófagas con diabólicos conquistadores españoles”, al decir simpático y cascabelero del historiador José Santos Roz. En efecto, aplicando esos principios rígidos sobre la palabra escrita de Bolívar recordemos que el caraqueño Don Simón escribe a Santander (21-10-1825), “Los pastusos deben ser aniquilados y las mujeres e hijos trasportados a otras partes, dando aquel país a una colonia militar……. de aquí a cien años y más se olvidarán de nuestros  estragos, aunque demasiado merecidos”. A confesión de parte, pues, relevo de pruebas. Y todavía en 1823 los tercos pastusos por encima de su estela de muertos se levantaron otra vez a favor de la monarquía, ya tan distante de Boyacá, cuando en verdad acaba, por lo que Bolívar de nuevo los enfrenta en Ibarra, de cuyo resultado fatal mueren más de 800 realistas. Por ello antes, el 25-1-1823, Bolívar dispone fusilar a cuantos pastusos reclutados  se fugaron en Balsapampa “y a todos los que los acompañaban”. Entre 1822 y 1824 la región de Pasto fue escenario de múltiples encuentros bélicos (comienzos de 1823,  mediados de 1823, que restablece el gobierno realista y luego en Ibarra, donde como dije perecen más de 800 monárquicos y cristianos pastusos, por lo que el coronel Salom es enviado a someter los naturales profundizando los castigos  (deporta un millar de pastusos),  con pocos y graves resultados, mientras el líder local Agualongo andaba tras el venezolano porteño y del asustadizo tembloroso Pedro Alcántara Herrán. Entre los horrores cometidos por Salom siguiendo órdenes supremas dispone que el barinés José de la Cruz Paredes escoja a catorce jóvenes pastusos que atados de a dos por las espaldas se les arroje al precipicio del río Guáitara, acaso para sembrar miedo y terror (Ver mi trabajo en este blog “La Guerra a Muerte que desata Bolívar”, del 19-11-2011).  En 1824 aún sigue la pelea al mando de Agustín Agualongo, que termina cuando éste es preso y luego ejecutado.

General Antonio José De Sucre.
Bueno, es hora que dejemos a los pastusos quietos, recontando sus muertos y las barbaridades que se cometieron con aquel altivo pueblo que es como la marca romana para dividir la frontera incaica con los indígenas habitantes de Colombia. Habrán presenciado ustedes escenas espeluznantes pero verdaderas  porque quien escribe, conocedor algo de la Historia y visitante en varias ocasiones de aquellos pueblos azotados, no debía callar sobre cuanto estudiara in situ porque dejaría de ser su esencia de historiador, o de “viejo enterrador de la comarca”, según canta  el bambuco recordando aquellos tiempos que no se olvidan. Yo creo en lo que he escrito porque mi compromiso es con la verdad y el sol no se tapa con un dedo. Así lo he demostrado en este blog, contra viento y marea. Sin embargo si usted es contrario a estas reflexiones bañadas de sangre inocente, allá con sus principios que respeto, aunque parodiando al indio Agualongo adolorido con su patria chica, he traído bastantes pruebas de lo que en realidad sucedió en el serrano Pasto y sus contornos. Sería oportuno profundizar en estos temas álgidos, en otra oportunidad. Hasta pronto.

NUESTRA GUAYANA ESEQUIBA (4).


 El área geográfica de los ríos Cuyuni y Mazaruni. Considerado como uno de los territorios más ricos de nuestra Guayana Esequiba por su potencial minero, hidroeléctrico, de riqueza maderera, áurea, diamantífera, de navegación,  como de asentamiento poblacional, que hace lindero con el Estado Bolívar y del que forma parte, territorio susceptible a indemnizar por parte del imperio británico y su causahabiente colonial, a favor de Venezuela, debe resarcirse por el uso indebido e indiscriminado de tal territorio patrio, como en el caso de la contaminación mercurial de sus aguas. La extensión abarca 47. 213 kms2, con diez comunidades habitantes.  Su capital es Bartica y tiene un fuerte militar en la isla fluvial Anacoco, ésta de 28 kms2, donde se sitúa un fuerte militar venezolano en la confluencia de los ríos Venamo y Cuyuní, como territorio recuperado por el país y a través de un ejercicio militar el 12 de octubre de 1966. En la actualidad existe y sin permiso venezolano la central hidroeléctrica de Kamaria, sobre el río Cuyuní  de la Guayana Esequiba, y otras están en proyectos de construcción, desde luego y reiterando, sin permiso venezolano. Continúa.