jueves, 27 de junio de 2013

EL NOBLE AVENTURERO MARQUÉS DE BARINAS.



         Amigos invisibles. La verdad es que  en Venezuela han ocurrido cosas extrañas durante todo el desarrollo de su existencia, que por boca de algunos se relataron con criterios propios o convencionales, y valga aquí hacer señas sobre el paso de personajes que llenaron de angustia los tiempos históricos, al extremo de dejar sentado un precedente de incertidumbre o de capacidad en cuanto a sus ejecutorias, siendo propicio el recuerdo en este paseo de aquellas vidas que forman parte de la Historia, o sea de Simón Bolívar, por ejemplo, del cual tanto conocemos y lo que seguiremos indagando o descubriendo a lo largo del tiempo, o la diversa actuación de Francisco de Miranda, tan universal que se contiene en numerosos tomos  aferrados a la verdad o a esa permanencia compleja en el mundo ilustrado de su época, y hasta en este discurrir tan reciente otro ser digno de estudio pormenorizado y barinés de cepa ha conmovido el mundo en el sentido de lo noticioso espectacular que medrara entre el absurdo y lo quijotesco de burla, que ambos términos se diferencian, para mantener en permanente emoción o suspenso de noticias híbridas y en el desasosiego a buena parte de aquellos que medio leen, apenan entienden y a ratos saben escribir. Pero entre ese mundo de idas y revueltas en que encontramos a personas de leyendas y que transitaron por estos montes colombinos, dejando su impronta y el recuerdo imborrable a más allá de cualquier frontera que se puede escoger, existe alguien que si bien no naciera en la tierra venezolana sí tuvo mucho que ver con ella, tanto en el acopio de sus acciones y pasiones, como en el trabajo ejercido en este clima tropical y porque además fundó familia en lo que se llamaba pomposamente Gobernación y Capitanía General de Venezuela, a la cual dedicó muchos estudios de valía y verdadero interés que compartiera hasta en los cenáculos reales madrileños que posteriormente visitara ya establecido en esa Corte y donde dio a entender sus múltiples conocimientos levantados a base de análisis, capacidad y calificación conclusiva.
            Pues bien, para desvelar la estatua mental de quien me refiero, valga decir que Gabriel Fernández de Villalobos y de la Plaza fue un aventurero por excelencia y crítico de su tiempo que le tocó vivir mucho y profundo, de donde tuvo oportunidad de conocer medio mundo de lo interesante para el espacio con poco explorar del siglo XVII  y que por circunstancias del destino, de hijo conquense provinciano y por tanto castellano manchego, mediante esfuerzo propio y claro con inteligencia suficiente logró ir escalando posiciones no solo en ultramar, sino que por su don de gentes y altivez demostrada llega a codearse en Madrid con lo más granado de aquel tiempo para acercarse al propio Rey en apoyo y consejo de su sabiduría. Nacido en Almendros (Cuenca, 1642), tierra de casas adosadas hacia el cielo, con una estructura que impacta y en tiempos del monarca Felipe IV, es hijo de los vecinos Pedro y Francisca, naturales del lugar, que son “familia acomodada” pero de escasos ingresos,  mas para enrumbarse en la vida y superar cierta crisis de origen, desde muy joven prestará servicios al Rey, que se suponen de poca monta. Mas como con ello no bastaba para atender sus aspiraciones y a sabiendas de la riqueza que corría en América (Indias), a fin de iniciar el periplo fantástico de su vida en 1654 aborda un barco cualquiera mientras cruza el Atlántico para aprender las faenas marítimas, y luego trabaja de mayoral en cierto ingenio azucarero de las Antillas, siendo vendido en tantas revueltas como esclavo blanco en la isla inglesa de Barbuda (norte de Martinica). En este arduo quehacer explotador tiene la suerte de evadirse para servir de marinero o grumete, confidente, tabernero, y más tarde de traficante de cautivos por el ávido mercado holandés de Curazao, cosa común en ese entorno marítimo, y hasta conviene ser agente contrabandista, que sí le mejora el bolsillo, porque en el caso de Venezuela gran parte del comercio de escala se hacía a través de este negocio fraudulento, por encima de las leyes que pudieran existir para su castigo. Sirviendo de soldado tuvo la fortuna de no perecer bajo las aguas porque más de una vez naufragó (cinco en total, según escribe, siendo la última frente al litoral brasileño, en 1663, donde cae prisionero) salvando la vida, y en fin, allá en la Barbuda esclavista unos comerciantes neerlandeses avispados se dan cuenta de su valer, de donde lo rescatan por dinero con el acuerdo que colabore como intermediario en turbios negocios establecidos entre Curazao y la costa de Venezuela o más allá, tan activos como la trata humana, el comercio del cacao, tabaco y otros de pingue remuneración. En el Curazao holandés y a poca distancia de la costa coriana en 1672 establece una agencia de comercio o factoría propia que al ser ampliada con representantes abarca actividades iniciales en Venezuela (Apure, Orinoco y zonas de influencia), Cartagena de Indias, Panamá, Santa Marta, Maracaibo, Valencia y San Felipe (sitios estos últimos que por cierto ocupará años después la dinámica Compañía Guipuzcoana), y hasta en el deambular que sostiene este dinámico y observador hombre de visión negocial viaja por África subsahariana, zona costanera en que adquiere negros encadenados y al mejor postor para vender en el Caribe.
            Es en dicho medio donde desenvuelve su capacidad  para el lucro,  lugar propicio a fin de ampliar sus conocimientos y la viveza generosa en la actividad de compra y venta, por cuyo camino puede destacarse con suma rapidez en cuanto le compete, para ampliar sus visitas en el sentido de las ganancias hasta al munificente virreinato del Perú por vía de Panamá (1671), en dos oportunidades, y se sabe que vino a Venezuela en este tiempo entre 1663 y 1668, lo que abarca cinco años de experiencia interiorana, y luego entre 1672 y 1675, cuando se enfrenta al gobernador Francisco Dávila Orejón (1674), quien le insinúa viaje a Madrid en sus reclamos, lo que suma ocho años de vivir por estas tierras continentales cuyo eje central era Caracas, mientras con prolija paciencia y dado que era culto y leído de su tiempo, fue tomando apuntes para reunir gruesos tratados de diversas categorías (geográfico, económico, social, etc.), que luego lleva a España para el buen conocimiento de la corte y allegados. Habiendo hecho fortuna en este quehacer constante viajó luego con esmero por Maracaibo y Caracas, adentrándose a través de los caminos reales en las extensas planicies o llanos caraqueños ya poblados de ganado, como el caso de la rica región de Barinas que ha debido extasiarlo en la oportunidad de nuevos negocios y que nunca olvidaría. Y hasta se dio el extremo que permaneciendo en la Caracas frailuna y dicharachera a la usanza andaluza, su corazón fue herido mediante el fuego del amor romántico, por lo que el influyente Don Gabriel sin tardanza contrae matrimonio con la que supongo hermosa de su tiempo doña María Madera de los Ríos, a quien con prontitud lleva a vivir en la opulenta Barinas, donde  al momento mantiene su cuartel general de actividades llenas de prosperidad y ambición.   Pero ese mundo no quedaba hasta allí, pues con los apetitos que mantiene no solo de comerciante pronto se interesa  en la política local y favorece el tráfico clandestino de bienes que, por ejemplo, salen hacia Maracaibo por vía del serrano Trujillo, en medio de una intriga local que lo favorece. Por ese entonces y siendo ya conocido hasta en España, pronto es invitado a la Corte  por la regente austriaca Mariana de Austria, de donde en rápido viaje que efectúa en noviembre de 1675 llega a Madrid, en momentos precisos de tensión política, por diversas causas y entre ellas con ocasión de la mayoría de edad del futuro rey Carlos II, y las pretensiones al poder tras el trono del noble y sagaz político Juan José de Austria (1629-1679), con quien pronto se identifica el indiano Gabriel, al extremo de ser su asesor y consejero especial para los asuntos de América, y por cuyo intermedio se logra del Rey mejoras en la actividad colonial americana, como experto en navegación de altura, en comercio exterior y ya cual hombre público conocido por la Corte austriaca, aunque el carácter rudo y franco adquirido por sus tribulaciones en América lo indisponen al extremo de para apaciguar tensiones y entre ellas las disputas que sostiene  y enfrenta con el poderoso conde de Medellín (Pedro Portocarrero y Aragón), cuando lucha por ser presidente del importante Real Consejo de Indias,  de donde amenazado de muerte huye y permanece un tiempo en Lisboa, refugio permanente de buscados, en defensa de su vida en peligro.
En 1677 y ya pasada la anterior ola angustiosa en su contra, es llamado a Madrid por su amigo Juan José de Austria, que es Primer Ministro del rey Carlos II, a quien convence para el regreso a España del importante Fernández de Villalobos. En Madrid el conquense a base de su experiencia y relaciones expondrá ideas de reforma económica y política para aplicar en América, según los grandes conocimientos prácticos que tiene, siendo ya Consejero en la Corte, premiándosele luego con la Orden militar de Santiago, en el grado de Caballero, que después se amplía a Comendador y Almirante, como queda escrito, y mientras continúa en Madrid al servicio real ahora por intermedio y función del reformista y valido 8°Duque de Medinacelli (Juan Francisco de la Cerda), hasta 1683. Tres años más tarde y en agradecimiento a su dedicación el rey Carlos II con fecha 30 de noviembre de 1686 le otorga el blasón honorífico de Marqués de Varinas y Vizconde previo de Guanaguanare (Guanare), que recuerda dos ricos territorios americanos en los que el referido marqués poseía grandes extensiones de terreno y otras propiedades, mientras que con este importante título tan cercano al Rey lo convierte en Grande de España. Para entonces también se le ha designado Contador Real, cargo a servir en Caracas y Maracaibo, lo que nunca ejerció debido a su intensa actividad en España.
 Pero los recelos, las intrigas de palacio, habladurías cortesanas y otros males del alma no se dejan esperar para con el “indiano”, por lo que el Rey oyendo malos consejos de envidiosos adversarios lo destierra al sureño puerto de Cádiz (1689), con las preeminencias que mantiene, mientras desde allá escribe sobre sus vastos saberes adquiridos de América, en especial de política, geografía o economía, poniendo en conocimiento de ello al propio Rey (así predice la disolución del imperio colonial español cuando le dice a Carlos II° “De un cabello está pendiente la desunión de las Indias…”), o las veces en que opina sobre el peculado allá existente, el acaparamiento de tierras y otros bienes, el desarrollo del comercio, la creación de una flota mercante, sobre la administración de justicia, la protección de los indios y el trato para los negros esclavos. En su obra general por él expuesta se destacan descripciones geográficas referidas a Venezuela, la fortificación de ciudades y sitios para la defensa del país, sobretodo de piratas y naves extranjeras, el incremento de la producción de frutos, etc. Pero ya la indisposición y la envidia habían hecho mella en su alma, pues aunque llamado por tercera vez a la corte de Madrid, vuelve a dicha villa mas resuelto con carácter y altivez, que lo demeritan entre aquel conjunto de interesados palaciegos, optando por su regreso entonces a la cálida Cádiz, donde aún lo alcanza la maledicencia y desconfianza sembrada por algunos, y porque a sabiendas que el marqués conoce mucho en los asuntos de Estado y con ello puede ofrecer datos claves sobre América a potencias extranjeras, en previsión al indiano se le envía como detenido especial al castillo gaditano de Santa Catalina, y después para mayor seguridad es remitido en calidad de prisionero de alcurnia al enclave militar oranés de Mazalquivir, en el África española (actual Argelia), de donde por los sufrimientos que recibe intenta fugarse, para luego de ser descubierto se le recluye en el penal más seguro o castillo de San Andrés, de donde ya como reo de Estado y perdida toda influencia por carta al Rey se queja de las condiciones de tal prisión, por lo que se ordena sea trasladado el marqués a un presidio más cómodo y decente, para el 7 de abril de 1697, cuando ya ajustara los cincuenta años de edad, con los achaques de esa dura existencia que era avanzada para aquel tiempo, de donde por su condición  distinguida pide y se le concede volver a tal castillo, hasta enero de 1698, en que es trasladado el conquense a una casa de la cercana Orán, supongo que por aumento de molestias y penurias, residencia que le servirá de cárcel y con estricta prohibición que tenía de salir de la ciudad este anciano enfermizo y luchador idealista.  Mas como el indiano era rebelde y siempre altivo no olvida el empeño libertario, y el 8 de febrero de 1698 escala muros de la prisión para embarcarse en una frágil y pequeña nave de pesca que pronto se va a pique, y se salva el noble náufrago porque este arriesgado combatiente con fuerza inaudita nada hasta el pequeño puerto de Arceo, donde con ayuda de alguien generoso puede ocultarse de los enemigos que le acechan. Pero Don Gabriel ya no está para tantas aventuras riesgosas y porque anda casi ciego. Sin embargo invoca la protección del alcalde de Mostazan en aquel mundo berberisco, pero sintiéndose traicionado huye, mientras le persiguen los sabuesos policías al servicio del débil rey Carlos II, quien acaso sigue pensando que su sabiduría sobre las Indias puede servir de buena ayuda en la conquista de territorios indianos dado el interés de potencias interesadas como Inglaterra y Francia. Por esta causa se refugia en tierras de la morería, cuya cultura y hábitos bien conoce, estableciéndose en la ciudad norafricana de Argel, donde permanece para el año 1700, y el posterior 1702 sintiéndose desamparado el marqués de Varinas escribe con estilo al geófago Rey Sol francés, Luis XIV, ofreciendo sus conocidos servicios. En última instancia para recibir más desengaños igual lo hace con el monarca español Felipe V, pocos meses después, acaso ya desfalleciente de abandono y con cierta miseria que le da hasta a los poderosos, aunque algunos opinan dentro de la neblina que finalmente lo envuelve, que murió en cautiverio.
El marqués de Varinas pasó 22 metafóricos abriles de su vida en América y regresa a España con 34 años de edad. Murió triste y en el olvido de la grandeza este dadivoso ser, en el puerto magrebí argelino de Mostaganem, el año de 1702, tiempo de disputas dinásticas en España. Allá, en tierras de Alá el Sublime deben reposar sus restos históricos.  

domingo, 16 de junio de 2013

LA SORPRENDENTE CASA DE LOS BRASCHI.



Amigos invisibles. La nostalgia o el recuerdo de las cosas amables a nuestros sentimientos, por ejemplo, como cierta añoranza referida a la primera juventud, a los amigos de aquel tiempo, al lugar destinado para nacer y a la misma familia, son épocas que marcan a muchos individuos y más si en ese período infantil se disfrutó de la alegría, la vida sana y de una sensación de plenitud donde todo lo bello era posible. Por ello no vengo ahora a escribir sobre lo espeluznante o temerario, al estilo de Poe, que en cierto sentido meditado atrae a más público lector, sino a algo que las mayoría de las personas adultas han vivido y que por tal circunstancia este momento les hace recordar a través de cualquier cauce los ratos agradables de la niñez acaso prolongada, sea los que fueren y con las dificultades que se haya disfrutado, porque todo no es color de rosa pero sí trae a la mente aquello que se llama “saudade”, con que los románticos portugueses recuerdan acompañados de cariño esos momentos inolvidables que no se pueden borrar de nuestra vida con facilidad o desprendimiento. 
Todo este exordio viene a colación porque ya a mis 81 años mejor vividos pero no en exceso disfrutados y cuando muchos de los míos se han ido hacia otros lugares de la galaxia mientras evoco que siguen viviendo a través del calor y de la comprensión, para dejar los pasos impresos en un sitio querido de mi Trujillo natal, el que está en Venezuela, quiero hoy reconstruir la residencia u hogar de mi bisabuelo y su esposa en aquella ciudad rodeada de montañas y de espíritu cordial. Para el diseño de este retrato del siglo XIX y parte del XX en que tuvo gran espacio esa mansión, con algo de modestia sobrepuesta a la verdad debo decir que allí vivieron mis antepasados que indico en un idílico sitio de amor permanente con los éxitos y sinsabores que se pudieran tener en un país azotado por las enfermedades, la riqueza en cierta forma interpretada y el vandalaje sostenido por la proliferación de caudillos regionales que interrumpían la tranquilidad ciudadana de manera permanente. A objeto de imprimir un mejor sentido a esta parte de la narración en que los sintagmas poéticos pueden aflorar a ratos, agregaré que mi bisabuelo paterno era Ángel Domingo Braschi Fossi (familiar del papa Pio VI), nacido en el elbano puerto de Marciana Marina (Toscana, Italia), quien con sus padres Bartolomé y Ángela había llegado a este país tropical en compañía de seis hijos menores no por la recién abierta inmigración europea ordenada por el presidente general José Antonio Páez para repoblar a Venezuela después de la sangrienta guerra de Independencia, sino debido a la contienda civil mantenida en Italia por el joven prócer Guiseppe Garibaldi, lo que ante la lucha permanente obliga a muchas familias principalmente norteñas, a emigrar. De esta forma los bisabuelos arribaron a los Andes de Venezuela, a Santa Ana de Trujillo en especial, luego de 1840, donde ya radicaban algunos italianos en calidad de residentes. Estos Braschi eran gente adinerada con muchos barcos pesqueros en Italia, y por tanto al llegar a Trujillo con recursos propios adquieren buenos terrenos en esa región montañosa y de frío con neblinas, donde producirán frutos como el café, el trigo, ovinos y bovinos, creciendo al tiempo allí su descendencia con la belleza del paisaje, y donde después,  en 1870, su vástago Ángel Domingo casara con Josefa Cazorla Oraá, hija del prócer de la Independencia capitán graduado León Cazorla Goicoechea, pareja que luego se radica con gusto en la ciudad de Trujillo.
Y aquí comienza la relación sentimental de mi parte a través de esta casona que adorna el título del trabajo, representativa de una época histórica de la región, porque Ángel Domingo con el dinero que ha producido en el campo por la séptima década del siglo XIX adquiere de su padre Bartolomé y ya que éste junto con su madre y/o esposa Ángela resuelven regresar a Marciana Marina cuando se consolida la unión italiana y se aleja la guerra por obra del mismo Garibaldi. El abuelo Ángel Domingo con la vitalidad juvenil que desprende decide ampliar el inmueble adquirido a su padre y como era buen comerciante para entonces, resuelve instalar en el frente de su casa una tienda de múltiples géneros y especies con cuatro puertas a la calle, que yo conocí en mi infancia aún surtida de productos para vender, que se quedaron allí en los estantes defendidos por el tiempo y resguardados por las polillas, ya que este bisabuelo con algún equivocado negocio que debió realizar y por la penuria económica desatada luego de tantos años guerreros, en que nadie cancelaba deudas porque no podía, estoicamente decide paralizar su actividad mercantil cerrando las puertas del establecimiento para siempre, no cobrar las deudas desde luego, y como tabla de salvación de su alma alborotada se dedicó a permanecer diariamente y por ratos largos de su espíritu, en la Iglesia Matriz de Trujillo, donde oraba y se compadecía de tantos sinsabores aplicando la paciencia de Job, y quizás viendo el progreso mercantil de su hermano Antonio, con hermosa casa de dos plantas establecida en la diagonal de esa Iglesia, quien pronto vino a ser el hombre más importante de Trujillo por su riqueza, para después irse a vivir en Valencia y finalmente establecerse con los suyos en la virreinal ciudad de México.
Los años más bellos de mi vida infantil sin lugar a dudas los pasé en aquella casa colmada de cariño, como en un cuento de hadas donde convivían mis tías (en verdad retías) María, gruesa, de un gran señorío, muy blanca, bien educada en el primer colegio de niñas establecido en la ciudad, de muy buenas relaciones sociales, que tenía a su servicio una muchacha criada desde pequeña e hija biológica según se decía de una pareja española de circo que pasara por la ciudad en sus comedias de siempre, y que pronto allí murieron por alguna epidemia cíclica, como la acaecida poco antes de fiebre amarilla, Inés de nombre y huérfana que fue recogida por las monjas dominicas del hospital citadino, quienes se la entregaron en forma definitiva a doña María, para que ésta con sus consejos conservadores la formara.
 Doña María estuvo casada con Andrés Iragorry, sin descendencia matrimonial, éste de buen apellido de aquel sitio pero de muy escasa renta, y fuera de ella había dos “niñas” hermanas y de las de antes, como se dijera entre el vulgo infantiloide, que eran las tías Josefina y Hortensia. La primera, blanca también, graciosa, de ojos verdes, rubia y algo con parkinson o de temblor senil, según la recuerdo, tenía especial deferencia hacia mi persona, pues como encargada de dirigir el servicio de cocina guardábame manjares (ponches, panes, dulces, etc.) para cuando llegase a visitarlas cada día. La otra tía, Hortensia, menuda y delgada de poco comer, morena clara acaso por la herencia Cazorla, fina, pequeña y santificada debido a sus creencias religiosas que la mantenían en un éxtasis sumida en circunloquios a lo Teresa de Jesús y sus confesiones, cuando no llenando a pluma manillas de papel florete y en lo cual expusiera extraños comentarios a sus pensamientos cristianos, que guardaba en rollos dentro de un  baúl con llave que acaso se perdió al cabo de su muerte, de donde diariamente anduvo hincada en un reclinatorio rezando a medias, porque la amnesia senil se lo impedía, en el medio oscuro aposento dedicado a los santos y once mil vírgenes, contentivo fuera de una cama estrecha tendida y de emergencia, de un enorme altar lleno de figuras venerables y hasta de imágenes en cuadros para su permanente adoración. Dicho cuarto de luz marchita que en diciembre se convirtiera en un inmenso pesebre previo a la navidad y reconstruido cada vez en dos días de arduo trabajo, sirvió al tiempo de capilla, donde con alguna regularidad se oficiaba la santa misa, para cuya ocasión venía algún sacerdote de la Iglesia Matriz, como el cegato padre Graterol, y donde finalmente ofrece la sagrada eucaristía a cualesquiera de las tres niñas, incluida la viuda doña María, quien por cierto mantuvo en vida estrechas relaciones con la Iglesia trujillana, y no solo con el presidente general Gómez encontró reponer el piso de dicha Iglesia revistiéndolo con losas de mármol blanco, sino que de igual manera por la misma fuente ejecutiva se trajo hasta Trujillo desde España un Santo Sepulcro de calidad, para pasearlo en Semana Santa, cuyo costo de entonces fue 30.000 bolívares, mientras doña María se vio recompensada con el cuido y atención permanente del Divino Niño Jesús, presente a la entrada de la Iglesia, sino que también para las grandes ocasiones adornaba el templo con azucenas y otras flores hermosas traídas desde el frío Timotes, con dicho fin festivo, por lo que esta dama trujillana y ya en sus últimos tiempos de vejez, al pasear sobre hombros frente a esa casa de habitación, la de los Braschi, dicho sepulcro honrado se detenía un minuto y enfilaba el  cristo cadavérico frente a su amplia puerta de entrada, en signo reverencial y único, mientras yo vi correrle por sus mejillas rosadas lágrimas supongo de alegría, por aquella inmensa demostración de cariño vecinal.
La casa de las niñas y de sus hermanos era muy grande con cerca de veinte metros de portada exterior y doscientos de fondo, y para ir reuniendo el repertorio de leyendas que ella contenía, agregaremos que a su frente fuera del largo espacio o callejón trasero cerrado por dentro de la tienda cataléptica o de sueño hipnótico, existía un salón con cancel y ventana de poyos a la calle donde por turno las niñas se sentaban flemáticas para mirar la calle sin ser vistas, y luego de ese espacio cerrado existió una puerta gruesa a fin de penetrar en la sastrería del tío Víctor Braschi, hermano de las niñas, cuya especialidad principal era coser desde sotanas oscuras para arriba, a los exiguos sacerdotes regionales, por lo que no fue extraño toparse con alguno de los empleados midiéndoles a ellos la panza creciente, como la del padre quebradeño Paolini, o el cuello algo abultado que mantuviera el sacerdote Monsalve de Escuque. Esta sastrería tuvo entrada por dos puertas a la calle y entre sus trabajadores se contó de por vida a mi tocayo Ramón, hijo de Víctor, en el salón de la calle, mientras que dentro del mismo emporio de rarezas a veces esquizoides cada día laboral se escenificaba una suerte de tertulia callada y de boxeo de sombras, cuando hacia las once de la mañana se apersonaban allí el poeta Santini, director de la biblioteca pública, aeda que no se cansara de calcular versos con sus dedos artríticos sobre el presunto canto silabárico de la creación en vela, el trovador Pedro Pablo Maldonado, muy inteligente según dijeran pero entrado en el mundo de los orates cultos hacía tiempo y quien viviese en casi un mutismo absoluto, como de autista, para salir pronto envuelto de locainas sugestivas hacia el manicomio de Maracaibo y luego a Bárbula, donde descansó por siempre su inteligencia desquiciada. A ellos se agregaría en visita continua un señor de apellido Santos, alto, con papera exhibida, cotizas (sandalias) vistosas tejidas en la región y un liquiliqui  permanente de lino blanco  que lo distinguiera. Y para colmar la escena, a lo Pérez Galdós aparecía de vez en cuando el español vejete y testarudo Don Ceferino Fernández, empeñado en descubrir su El Dorado que situaba en un vistoso y relumbrante peñasco frente a Trujillo, donde nunca lució el oro que produjera su desafuero imperturbable sino trozos de lentillas o micas de pequeñas láminas flexibles y brillosas como producto de los rayos del sol. Pero el cuento más atinado sobre esa sastrería consistió en la presencia permanente y en el patio trasero de tal fábrica, de un bobo casi enano que allí buscó refugio hasta su muerte, callado y ladino, de ojos asiáticos, al que llamaban  Buenaniña por su existir pausado, introspectivo, sin meterse con nadie, mirando al gallo célibe de su compañía y mal viviendo al fondo de ese claustro con techo donde se apiló siempre madera de construcción  que no se usara, mientras Buenaniña cada fin de semana iba para venir desde el campo Capellanías y trayendo a su costo algunas cuajadas frescas para vender en la ciudad, mas luego se reintroduce entre aquellas maderas vegetantes como un místico ermitaño que renacía una semana después a fin de emprender el mismo camino de su soledad interior. Mas lo atractivo y misterioso de este ser olvidado fue que a su muerte y en el mismo lugar del escondite se encontró  varias cajas de aguardiente con botellas vacías, de las llamadas carteritas, porque el dipsómano de marras se daba grandes curdas o borracheras somnolientas allá en su lejano hueco existencial y no lejos de la plancha de carbón, para asombro de quienes encontraron el cadáver sentado en una montaña vacía de alcohol etílico, acaso de los producidos en contrabando zanjonero, y por tanto más baratos.
Regresada mi mente por detrás de los estantes seguidos en el oscuro callejón de esa tienda cerrada para siempre, vuelvo a cierto corredor abierto en forma de sala, con un ángulo central en noventa grados donde se veneraba la figura del Corazón de Jesús, haciendo yo una genuflexión a su paso (exclamaba la tía Josefina “niño, diga Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”), al bajar la testuz que hiciera en signo de respeto. Esa sala, con varios muebles mecedoras puestos abajo del cuadro de Jesús, que yacía a continuación de la ancha entrada a la casona, tuvo varios fines utilitarios, porque en la noche la mentada Inés con paciencia litúrgica acomoda tres canceles adosados a la pared y en su interior coloca una cama de catre respectiva, donde a las anchas y respirando todo el aire nocturno, con la indiscreción de cualquier insecto molesto se daba a dormir tranquilo el tío Víctor, hombre misterioso por cierto, de muy pocas palabras y trato, lento al caminar, flautista y medio poeta ripioso si se quiere, que apenas sale de la sastrería en la mañana para buscar adentro de la casa algunas brasas con qué reponer el calor necesario a objeto de planchar la ropa sacerdotal que se elabora. Allí mismo en dicha sala de visitas donde se reunieran damas distinguidas de la sociedad a fin de entablar conversaciones discretas con las célebres “niñas Braschi”, allí también comenzada la tarde aparecían el sobrino abogado y juez eterno, mi tío Ramón para mejor señalarlo, cuya visita y charla protocolar llegaba a extenderse por media hora al máximo, a lo que se agregara la presencia del hermano y procurador titulado Domingo Braschi Cazorla, hombre de consejo, pausado, que pensando tres veces antes de actuar tenía una suerte de bufete en la parte baja y separada con puerta a la calle, de la tienda allí dormida por tantos años de no saber qué hacer. Al final de esa sala y con dos canceles divisorios pintados en paisajes acuáticos por el trujillano Ricardo Salazar, aparecía un mueble con vitrina donde doña María guardara papeles y notas personales para escribir con letra inmaculada a sus amistades internacionales, como la esposa del doctor Leopoldo Baptista, establecida la gringa en Nueva York, y la larga familia que se mantenía viva por las ramas llaneras y larenses de Cazorla,  las italianas de la Isla de Elba, y Urdaneta en Caracas, pues su hermana mayor, Ángela, era esposa de Don Ezequiel Urdaneta Maya, entroncando así en sus epístolas amicales con figuras de la política activa y alta sociedad venezolana. A un lado de este escritorio se entraba al cuarto principal, cuyo piso, como el de toda la casona era de tierra apisonada con cal y más fuerte que el cemento, donde dormían el sueño justiciero y bendito las tres hermanas en camas correspondientes a su delgadez, salvo la de doña María, más ancha por su grosor notado, que por cierto la suya era alumbrada mediante un ventanuco de vidrio abierto y si quiere cerrado en el techo, para dar mejor visión u oscuridad al momento de dormir, o viceversa, camas separadas mediante grandes escaparates de madera cuyo interior guardaba de todo un poco y donde aparte en mi infancia que ahora recuerdo se arreglaban seis sillas con un colchón arriba de los asientos para que alguna vez yo pudiera dormir entre aquellas mujeres cariñosas que quise tanto, mientras algún murciélago juguetón me inspiraba cierto miedo tapando mi cabeza con la sábana y a veces con la almohada.
Una vez salido de esta enorme alcoba teatral, por el lado de una peinadora torneada a la francesa y posiblemente de importación curazoleña, se pasaba al comedor, sencillo, con una gran mesa de madera que debió llenarse en tiempos juveniles de los Braschi, frente a un primer patio existente a su lado y un tinajero de piedra porosa, con “fafoy” extractor de agua purísima, para luego pasar ante dos cuartos habitados uno por los servicios y el otro por la tremenda Inés, que también sirviera para el cambio de ropa y otras intimidades escondidas de las niñas Braschi.  Enfrente de este último aposento aparecía otro salón construido en corredor con una mesa de madera grande, para alimentarse los servicios y en cuyas narices abierto al patio había un fogón especial para cocer el alimento de doña María, atendido especialmente por la señalada Inés y donde también en un caldero grande se derritiera cierta cantidad de cera de abejas, con que esta matrona de la Iglesia trujillana hacía cantidad de velas grandes para surtir diversos templos trujillanos, como otras necesidades perentorias, tal el caso de los cirios de comunión.  Y allí mismo, a un costado permanecía incólume aunque lleno de cierto hollín prendido en sus paredes, la cocina típica de topias donde se preparaba esa comida regional para en sus tiempos satisfacer  a la numerosa familia Braschi, siendo la reina de ese lugar en aquella lejana infancia mi siempre presente tía Josefina Braschi, a quien secundaban servicios recordados, como la arrugada por vieja Susana, mujer enigmática, llena de frases cortas y extrañas, creyente del diablo cojuelo siendo Luzbel, lo que sacara de quicio a las tres niñas, como de cuentos terribles y fantasmales que arrullaban nuestros años de la primera década existencial, o la bella Margarita, su asistente, que debió casarse por lógica razón. De seguidas aparecía aparte, por ser construcción nueva un cuarto grande y espacioso, donde los hijos de nuestro padre (entonces importante funcionario público en Maracaibo) y madre viviéramos un  tiempo mientras se reconstruía nuestro hogar definitivo, arriba de la llamada Casa del Pueblo, a unos 150 metros de ese lugar. En dicho sitio clave existió por muchos años toda la parafernalia necesaria para desde la madrugada hacer amasando el inigualable y conocido por famoso Pan de Tunja, bañado con agua de azahar y suficientes yemas, traído de alguna escasa receta neogranadina, que en conjunto elaboraba dicha familia Braschi como medio principal de subsistencia, aunque dicho grupo de personas no sufrieron mayores estrecheces, como era corriente en ese tiempo, porque doña María tuvo una pensión mensual del gobierno montante a 30 bolívares, que era mucho decir, y las otras dos niñas tan mencionadas tenían otro ingreso mensual de cuarenta bolívares cada una, por ser nietas efectivas del prócer de la Independencia capitán León Cazorla, agregándose a ello un mercado semanal que hacía a su favor el recordado tío y Juez Ramón Urdaneta Braschi.
De seguidas y ya hacia el extenso solar, que se barría mensualmente, lleno de árboles frutales, mas el lavadero y el baño construido en mis tiempos de niño cuando se instalaron las cloacas en Trujillo, pasamos por otro corredor que le produjo una rabieta y salpullido inconmensurable a la tía María, porque allí montó una carpintería provisional y de remiendo un viejo maestro carpintero, Hipólito, tan mañoso que enamoró a la dicha Inés el tal Don Juan, con sus setenta y tantos años de rebusca, y la mujer cercana a los cincuenta, lo que al decidir casarse para ingresar a la pobreza, produjo una desazón en quien la criara y que guardó la cicatriz cardiaca para toda la vida restante. Allí a un lado del pasillo existían dos cuartos grandes donde en la afanosa juventud de los varones Braschi se produjo aguardiente casero para su venta, entre hornos, espirales, retortas, serpentinas, cuencos fermentadores, pipas, etc., pudiendo yo andar en ese mundo  de telarañas e inacabado entre los recuerdos y enseres aún no extintos de aquella empresa olorosa a alcohol reinante, fábrica de la que poco se hablaba aunque siempre se mantuvo en el vasto recuerdo de su tiempo.
Llego al término de esta travesura existencial, acaso con algo pasajero de Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez, de historia vivida, cuando se partió la casona en tres herencias, llena ella de las saudades que vuelvo a invocar para ustedes y también para mí, con aquello que “recordar es vivir”, y como ejemplo de una Venezuela ya ida pero que se sostiene en el corazón, porque todos cuantos he mencionado son parte de la gran familia constructora de este país que sirve de ejemplo a las nuevas generaciones. Y a los mismos hombres o mujeres ocupadas de la Historia que moldean en detalles y con cariño cierto, esos episodios a recoger de nuestra común madre patria.     

martes, 4 de junio de 2013

EL ÚNICO INVASOR DE LOS ESTADOS UNIDOS.


Amigos invisibles. De las tantas vueltas que he dado a la cabeza o el entendimiento puedo asegurar que esta afirmación es desde luego verdadera en cuanto a ser único y peligroso cierto invasor de los Estados Unidos, el grande e impugnable territorio jamás profanando y agredido por extraños exitosos en la suerte de guerra hoy superada mediante fases asimétricas y de alta evolución tecnológica que permite al momento exposiciones crudas capaces de obtener resultados terroristas como los acontecidos en las Torres de Nueva York y ahora con los explosivos chechenos en Boston, digo, eso aconteció con un humilde mexicano, que lleno de bravura y para saldar cuentas pensadas a su modo, con un grupo de asaltantes armados decidió romper barreras de esos que llaman de antemano hilos fronterizos que hoy han sido superados por otras modalidades de contención, para a manera de venganza adentrarse en el extenso territorio de Nuevo México, que antes del general Santa Anna fuera mexicano “y muy macho”, para cumplir su palabra y volverse airoso a las tierras de Benito Juárez o del cura Miguel Hidalgo Costilla, habiendo practicado su cometido a las anchas para darle a entender a los Estados Unidos de entonces que la fuerza no reside en la vulgar potencia, sino en aquello que se llama astucia.

Pues bien, a fin de referirnos sobre este personaje pintoresco y aherrojado, que si estuviéramos en Francia lo compararían con Juana de Arco o el mismo Napoleón, es necesario asentar que en todo el tiempo de nuestra existencia han pululado caudillos, buenos o malos, retrógrados o adelantados, que en una u otra forma han conducido sus pueblos e ideales por sendas personales, dejando sentir su peso espinoso o digno de interpretación dentro de lo que se llama Historia, ciencia colmada de aristas por cierto, y donde en el desmenuzamiento de la persona se va entendiendo lo que pudo hacer o destruir. Y viceversa. Mas como complemento del tema los tenemos en nuestra América sufrida que siempre se ha dividido en dos partes, porque según el ojo avizor con que se otea el horizonte, podemos explicar muchos razonamientos y circunstancias que con el tiempo decantado se pueden asumir a este respecto. Así vemos la línea hipotética del Río Bravo como cualquier frontera huidiza del “no man’s land”, de lo imposible a suceder, que fue una suerte de piedra de tranca donde en variados sentidos se desataban las mayores pasiones y los peores encuentros, porque a decir verdad el inmenso imperio español abarcó buena parte de lo que es hoy los Estados Unidos, refiriéndome a su territorio en sí, donde a partir de una concreción ideológica rezandera calvinista y cuáquera se admitía todo sin escoger para después en las recias iglesias protestantes lavarse las culpas y hasta la impunidad, fuese el genocidio aborigen de sus praderas y montañas, el holocausto indígena, la extirpación de los millones de búfalos mandando el gran “Bill” a la cabeza, hasta el ansia sedienta del oro con los cementerios adosados y sus burdeles aguardientosos, el caso emblemático del severo Gerónimo, héroe natural de ese pueblo cautivo, la emigración dolorosa de caravanas hacia el Oeste, rodeada de bandidos de toda especie, que llegaron hasta los tiempos de Al Capone, para recordar aquel tiempo de lucha, y el eterno enfrentamiento racial ante lo proveniente del Sur, es decir con los herederos disminuidos del imperio que comenzara en 1492, durante Felipe II sigue con Lepanto y la Armada Invencible, que sumando derrotas y desastres, termina en la triste aventura perdedora a que se obliga España con la Guerra Hispanoyankee de Cuba. Y para no seguir este diálogo sordo citaremos apenas los tantos episodios que se acumulan desde cuando los Estados Unidos le cercenan al imperio mexicano algo así como la mitad de su territorio y sin chistar, porque la ley y el orden o como quiera llamarse se imponen desde el Norte impulsor por los conductos naturales de la presión, algún puñado de monedas y de la muerte.

Sobre ese espectáculo de miseria aparente en que para el momento se desenvuelve México, con cuyo aporte se va a construir este trabajo dominado por una población mestiza con fuerte preponderancia indígena, que no entiende sino de la rapiña para poder sobrevivir y del desconocimiento del mal a su sana interpretación, donde desde luego abundan caudillos menores y mayores por obra de la oportunidad en que se labran estrategias y desafueros, esta saga de lo restante de la Independencia vamos a reconstruirla finalizado el largo período porfirista, que a su caída desata toda una presión social basada en los problemas del agro, la explotación del latifundio, la baja productividad, el apetito desordenado de la clase emergente sobre bases de lucha y odios ancestrales, y en lo que atañe al norte de México, a la continua mala comunicación mantenida entre las dos fronteras, llena de pleitos permanentes, o sea entre el aprovechador norteño esperanzado en mayores ganancias, y el afligido sur, vacilante, dominado por castas saqueadoras de una sociedad polarizada que impedían con la miseria y el caudillaje una mejor visión hacia el futuro, de donde aparecen con cierta premura algunos ideólogos reformistas y sus aspiraciones al poder en 1910, luego de despedirse de la escena suprema el porfiriato y el gestor inmaculado Don Porfirio Díaz, el de los bigotes entorchados, lo que da cauce a que se desate una lenta revuelta interior provocada, como dije, por la miseria y la rapiña de ciertos conductores populares. En este caldo de cultivo va a aparecer bien pronto y como consecuencia de la beligerancia, un hombre venido de abajo, o mejor de muy abajo, pero que con prontitud en aquel medio donde todo puede ocurrir, será el personaje que como dije osó invadir a los Estados Unidos, para triunfar en la acción, y luego burlarse de sus perseguidores por mucho tiempo en la hazaña más grande de aquel período histórico vivo y transitorio, al extremo que cansados en esa búsqueda infructuosa los ejércitos dirigidos contra él decidieron cerrar la operación coronada de fracasos y por otros sucesos de carácter mundial que estaban prestos a suceder.

Y  como ya me estoy refiriendo al célebre Francisco Villa, que en realidad era Arango, someramente diré que nació para vivir 45 años intensos en aquel México de fronteras inconclusas y donde la vida no costaba nada, un día de julio de 1878, para dejar sentado su nombre como guerrillero  y fiero invasor de los Estados Unidos, en aquel tiempo en que el combate diario era la razón de existir, como ocurría en toda la América Latina y en especial en Venezuela, plagada de esta gente que conducen con sabiduría campesina personajes envueltos en decires, tramoyas y fantasías que recuerdan a Antonio Guzmán Blanco, Francisco Linares Alcántara y Joaquín Crespo. La infancia de este Pancho Villa fue pobre y como todos aprende por necesidad imperiosa en el Durango natal y otros sitios escogidos a subsistir, mas como la guerra permanente era buen oficio para crecer, desde muchacho se agrega a ella en una etapa desconocida a raíz del exilio lejano del general Díaz, que desata toda suerte de pasiones e intereses, como de desastres a partir de entonces, en que destacan intelectuales de poco fondo, políticos mañosos y sobre todo militares de diversa estola cuando ya nuestro Pacho Villa hace conocer su nombre por los desfiladeros, montañas, gargantas y sedientas planicies norteñas, porque cabalga en briosa mula o caballo amaestrado, cubierta su cabeza del típico y alón sombrero, y cuyo pecho está rodeado en equis con cartucheras de cientos de balas para herir o matar.  Así en este tiempo de andanzas tan pintorescas en que era seguido por subalternos o peones de a pie y con machete en mano, su nombre se hace conocido para entrar en disputa conformando una serie de personajes que con rapidez desfilan por la Historia de México, tan controversiales y distintos entre sí, la mayoría de poca duración en las alturas de aquel poder endeble  en que muchos no murieron en su cama, y dentro de ese vaivén permanente de una guerra que nadie comprende porque no tiene fondo sino consignas al garete, el agraciado Pancho Villa une su mesnada y en múltiples combates que son conocidos apoya la causa que sostiene el indeciso doctor Francisco  Madero, por allá desde 1910, mientras propaga sin sentido un “agrarismo” como problema de la tierra y su reparto, sin base alguna científica y menos filosófica, también la necesidad de una ley agraria, en lo que tiene coincidencias con el líder Emiliano Zapata, mientras va creciendo cual estratega y jefe campesino este “Centauro del Norte”, así llamado. Y en peleas intestinas que terminan frente a numerosos cadáveres, no se entiende para nada con Victoriano Huerta (después muerto preso y envenenado en Fort Bliss, Texas) quien lo condena a muerte, pero Madero le salva en 1912, y también Venustiano Carranza en las rencillas del poder lo despreciaba “por bandolero”.

Como buen líder de esta revolución con causa su época dorada transcurre entre 1911 y 1920,  con los altos y bajos de la contienda permanente, donde se asaltan numerosos trenes y las “adelitas” compañeras no dejan de aparecer, al tiempo que Villa en las andanzas fronterizas tan cercanas a su mundo trafica con armas y municiones para sostener al ejército personal, por lo que ante la requisa del comercio de esas armas que emprende la adiestrada tropa fronteriza americana, el general Villa violando disposiciones pese al embargo existente decide adquirir para su ejército un cargamento de revólveres, pistolas y rifles que le suministrará en un paso fronterizo el gringo proveedor Sylvester Berger, lo que le es pagado en oro y plata de contado al recibir la mercancía, pero como quiera que al utilizar este importante cargamento Villa se da cuenta que ha sido estafado por el tal Berger, pues la pólvora no sirve y menos la munición, de donde lleno de rabia por el engaño que utiliza el inescrupuloso comerciante y sin poder canalizar el reclamo por vías  legales, con su numerosa tropa apertrechada que llega a 1.500 “villistas”, en algo desconcertante e insólito sin pensar sobre las consecuencias sino para desquitarse de la afrenta y a sabiendas de la disputa permanente tenida con los fronterizos americanos, al verlos y tratar a los “manitos” como gente de segunda, discriminatorias, poniendo dificultades diversas en los pasos y el comercio internacional, agregado a ello el parcializarse los gringos en favor de sus fuertes adversarios Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, ambos apoyados por el presidente americano Woodrow Wilson, entonces, y a sabiendas que los americanos le han congelado sus cuentas depositadas en el cercano Columbus State Bank, sin otra espera y con las bolas de Jalisco bien puestas el corajudo guerrillero en reciprocidad a este múltiple malestar que sufre resuelve disponer a un grupo suyo sobre la detención y muerte de dieciocho americanos que viajaban en un tren chihuahuense, hecho acaecido el 10 de enero de 1916, y luego tras el estudio de un plan de ataque riesgoso a la cabeza de su hueste invade los Estados Unidos en la búsqueda del malhechor Berger y a sabiendas por inteligencia que el traficante era protegido adentro del territorio americano, aplicando en este caso el proverbio de que lo que es igual no es trampa.

El histórico miércoles 9 de febrero de 1916 de madrugada Pancho Villa al frente de una desconcertante acción militar y acompañado de 600 hombres iniciales, entre ellos cientos de jinetes, por la frontera norte de Chihuahua y atravesando el Río Grande invade a los Estados Unidos, en territorio de Nuevo México para vengar afrentas seculares y en búsqueda de fines preestablecidos, por lo que penetra en la tranquila y fronteriza villa de Columbus enfrentándose de seguidas al 13° Regimiento de Caballería americano, que defiende la plaza desde el campamento Furlog, ejército que finalmente es batido por Villa, contándose una baja de treinta muertos en el sitio, sin incluir a los heridos, instalación que duramente castigada queda en ruinas. Luego del éxito obtenido y por temer ataques posteriores Pancho Villa en la estrategia desplegada dispersa su tropa por grupos de combate dentro de ese inmenso territorio americano, a la espera de nuevos enfrentamientos oportunos. Entretanto en Washington se armó un debate de marca mayor  en el seno del gobierno que trascendió a la población, explotando esa noticia la prensa americana, como el grupo del multimillonario William Hearst (recordar el filme Ciudadano Kane), mencionando en titulares que nunca luego de la guerra con Inglaterra (1812) el territorio de los Estados Unidos había sido invadido por nadie.  Ante esta situación que toma impulso el Presidente Wilson para detener comentarios con la rabieta considerada en expedición punitiva decide enviar rápidamente al sitio y al frente de un ejército moderno (3.000 hombres que llegan luego a 10.000, 28 piezas de artillería, 200 ametralladoras y un novedoso escuadrón aéreo) como bien pertrechado y a fin de detener a Pancho Villa para luego fusilarlo, encomendando pues la tarea al muy conocido general John Joseph Pershing, héroe guerrero, uno de los más grandes militares de ese país que dos años más tarde se luciría al mando de las tropas americanas en Europa, durante la Primera Guerra Mundial, y donde por cierto utilizará técnicas o tácticas aprendidas con el novedoso material y equipo de guerra dispuesto en la persecución del inolvidable Pancho Villa. Por este motivo y orden presidencial el general invicto al frente de su tropa viaja hasta Nuevo México y sin pedir permiso el 14 de marzo de 1916 penetra en territorio mexicano, al sur del referido Río Bravo para permanecer en constante movimiento, como 600 kilómetros tierra adentro en los tres meses iniciales, con la ayuda inmediata del joven oficial George Patton, héroe de la Segunda Guerra Mundial, hasta el 17 de febrero de 1917, o sea once meses después, en que de forma incansable y violando la soberanía territorial de ese país persiguió infructuosamente los pasos perdidos de Villa, porque según las cuentas populares a él con su ejército se los había tragado la tierra, pues nadie burlando a sus perseguidores le prestó colaboración, ni siquiera informantes, y no pudieron aclararle algo sobre la vida o misterios presentes de este caudillo simpático que como el célebre Zorro de Hollywood desaparece, amado por el pueblo y que en cierta ocasión junto a Emiliano Zapata se sentaron en el Sillón Presidencial de México.  Fue triste, por tanto al honesto y gran militar Pershing, regresar del fuerte empeño con las manos vacías.

Villa era un hombre carismático, legendario y amigo de ayudar a los pobres y humildes, amante de las cosas extrañas de su tiempo, hasta que firmó un contrato con la Meca del cine americano para filmar escenas especiales de sus batallas, con el guión respectivo. Tenía una memoria fotográfica, en que recordaba los nombres de centenares de sus soldados. Llegó a acaudillar una revolución heterogénea que agrupaba unos 40.000 hombres, y lo más pintoresco de su persona romántica es que tuvo por sobre 65 mujeres conocidas en la vida, harem con las cuales se casó, obligando en ello a los pobres y aterrados curas, porque no quería tener tantos hijos naturales ni andar por extrañas sendas del pecado. Al final de ese trajín de vida firmó un convenio con el poder central mexicano para desmovilizar su ejército y luego se retira a vivir en la casa que le obsequia el gobierno en premio a sus hazañas. Pero la envidia y el resquemor quedaba como el rescoldo de las cenizas, pues pronto su enemigo Álvaro Obregón llega a la presidencia de México, y temiendo que Villa volviera a alzarse, porque había dicho que contaba con los 40.000 hombres listos a su llamado, de donde le tiende una trampa mortal, que ya venía desde Washington montada, cuando el millonario rey de la prensa Hearst ofrece 5.000 dólares por la cabeza “del bandolero”, y la inteligencia americana en supuesta ayuda secunda el proyecto, de donde el coronel Lara, tan cercano a Obregón, le tiende una emboscada en Parral de Chihuahua, cuando en su vehículo a motor se desplaza yendo a una fiesta familiar el 20 de julio de 1923. De estas resultas su cuerpo recibió sentado 47 balazos de pistola, y el sicario Lara obtuvo por ello 50.000 pesos en efectivo  y el ascenso a general. A Hearst le fue enviada la cabeza susodicha, “en dantesco trofeo”, según reza la pequeña historia de este acontecimiento inigualable.

Y como de un gran personaje de ese tiempo tan convulso las canciones y corridos que le aluden quedan para recordar su figura, que por encima de todo reposa con buen tino en los libros de Historia mexicanos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

LA DISCUTIDA CASONA DE LA GUERRA A MUERTE.


        Amigos invisibles. El próximo 15 de junio de 2.013 en la venezolana ciudad de Trujillo se cumplen doscientos años de haberse firmado el célebre y controversial Decreto de Guerra a Muerte, que en términos mejor acertados es una proclama y mediante la cual el recién ungido Libertador Simón Bolívar en un trabajo medular oficialmente expresa ante el mundo que la guerra emprendida por los insurgentes contra el legítimo gobierno español y existente en estas tierras desde cuando el descubrimiento de América, iba a ser abierta y definitiva dentro del mensaje expuesto, en que no se piensa tener contemplación con nadie, ni con menores, mujeres o ancianos, para llevar ese combate ahora brutal que emprendieran los mantuanos desde Caracas, al límite de las posibilidades, o sea hasta el fin de la conflagración y al costo de lo que fuere, porque en verdad durante la década de esa matanza colectiva que aún mantiene fama en los fastos continentales genocidas, la población del país por varias causas decreció en un veinte por ciento y casi todo se paraliza, ya que el conflicto al volverse por demás agresivo cuanto radical impidió algunas muestras de desarrollo y estabilidad.  

Dejemos del todo aclarado, para evitar suspicacias y otras interpretaciones salidas de cauce, que quienes desatan los excesos cometidos en el campo de esta acción plural fueron los españoles, porque eran dueños del país, por delegación del monarca reinante, y a causa de esta ley que pretendía  acabar con la insubordinación punible, las fuerzas gobernantes de entonces no escatimaron esfuerzos para destruir a los revoltosos, y de hecho se excedieron en la aplicación de ciertos instrumentos necesarios, y aún más fueron llenándose de pasiones desatadas de diversa índole contra las personas y sus propiedades, que con el correr de los días indignaron a la parte adversaria para ir preparando lo que se llamó guerra sin cuartel, en que todo era posible de ambos bandos y a objeto de ir al fondo de la misión emprendida, con sangre sudor y lágrimas, como expresara crudamente sir Winston Churchill con el fin de exaltar los acontecimientos terribles de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, para mejor entender aquella época tan dolorosa debemos añadir que la bendita guerra colonial en ciernes de un principio golpeaba muy duro a las fuerzas insurgentes, llamadas con eufemismo patriotas, mientras las contrarias monárquicas tenían el juego a su favor  desde el inicio ya que se consideraban a los revoltosos como desaforados y puesto que la lucha de la parte patriota fue difícil por falta de cohesión, de liderazgo y hasta de insumos necesarios paras enfrentarse a tropas ordenadas como las existentes y otras próximas a acudir. En ese maremágnum que se aprecia bien es sabido que el jefe principal no se las lleva bien con cuantos le rodean y a más de los reveses que se tienen, al extremo que Simón Bolívar debe salir en volandas de Caracas ya caída la Primera República, con miras a salvarse de un largo cautiverio, para decir lo menos, y manteniendo ideas aderezadas con algunos aspectos de la época revolucionaria en ciernes se escapa por Curazao y cuyo norte es llegar a Cartagena de Indias, bastante desorientado el caraqueño aunque con dichas ideas fijas para desarrollar a largo plazo, contenidas en el Manifiesto que allí redacta y publica en diciembre de 1812. Pero sucede que su acogida en este puerto fue poco calurosa, porque la Nueva Granada no estaba unida en un solo poder, al extremo que Santa Fe, Tunja y Cartagena, para solo mencionarlas, disponían de mandos separados, y por ello Bolívar entra en aquella contienda de poca monta, acaso intestina y todo desorientado, hasta que resuelve, como lo venía pensando y disponiendo, conquistar hacia el Sur, que pronto cae en sus manos, para emprender una seria campaña militar desde Ocaña con visos de llegar a La Grita, incluyendo planes aprobados, sitio en que subestima los mandos jerárquicos que lo autorizan. Y resuelto a una escapada triunfal y sin esperas, por cuenta y riesgo propios a la cabeza de un pequeño ejército de neogranadinos y venezolanos traspasa la frontera de La Grita rumbo a Caracas, al frente de la Campaña Admirable, y en Mérida, donde se detiene y lo estimulan con el pomposo título de Libertador, conoce de otros desmanes serios ocurridos en el campo monárquico, que lo hacen escribir “nuestro odio será implacable, y la guerra será a muerte”, de donde sin otras esperas resuelve continuar la contienda emprendida con aquel dicho expresivo y feroz que “en la guerra todo es valedero”, de donde prosigue rumbo a Trujillo, atraviesa la línea de Timotes, considerada de antiguo como la frontera natural entre Nueva Granada y Venezuela, y sin grandes encuentros militares, que son manejados con éxito por diestros oficiales acompañantes, se apersona en la importante ciudad de Trujillo, que había jugado un papel destacado desde la época colonial.

En esta capital llamada de antaño “Portátil” debido a las siete fundaciones que tuvo, hasta aposentarse en el estrecho valle de los Mucas, ya tenía morada donde permanecer algunos días dentro de su programa de acción, para lo cual escogiera la casona familiar de Don Jacobo Antonio Roth, de origen judío pero converso, cuyos abuelos habían salido de Irlanda para Venezuela y se establecieron en los hatos guariqueños de la familia Bolívar, donde cerca de Tiznados naciera el distinguido comerciante y adinerado Jacobo Roth, quien hubo de contraer nupcias con dama de aprecio de la localidad y tenía establecida su casa de familia en el divisorio estricto de la población blanca y la indígena, de que se componía el vecindario trujillano. A esa residencia construida en un solar adquirido previamente, de ancha fachada con cuatro ventanas a la calle, se le agregó a su costado superior los surtidos negocios y depósitos comerciales del señor Roth, hombre de carácter sobrio y austero por cierto, en que se almacenaban productos principales como cacao y tabaco de Barinas, provenientes algunos de sus extensas posesiones de Pampanito y Monay, desde donde en recuas exportaba frutos o artículos hacia el Nuevo Reino y el lago de Maracaibo. La casa era amplia y se extendía desde el camino real de enfrente hasta el piedemonte serrano de atrás, terreno dividido apenas por una acequia que viniendo de arriba por Carmona surtía de agua para riego a los huertos y solares traseros ya existentes, terminando ese caño más abajo, en el centro de la Plaza Mayor, para dar de beber a los equinos allí sedientos en días feriales de mercado. Por otra parte la estructura de la mansión se subdividía en dos porciones separadas con un patio anterior atravesado por bestias que circulaban hacia atrás del inmueble y unas celosías de aspecto andaluz que impiden la visión hacia un largo corredor interno, con estancias para familiares y el servicio femenino, ubicado atrás, mientras a la peonada indígena y la esclavitud oportuna se les disponía una porción del lugar posterior de este inmueble, en su lugar más bajo, ya que la calle cubierta de lajas era en pendiente. La fachada externa de la casa se formaba de cuatro ventanas, tres arriba y una debajo de esta casona construida por el señor Roth, quien mantenía muy buenas relaciones de negocios e información con otros comerciantes establecidos en las Antillas y principalmente inglesas, en la ruta isleña hacia el puerto de Veracruz. La entrada principal estaba cubierta de un piso a base de piedras canteadas que impedían resbalar las bestias a ingresar hacia el interior de la mansión, como a su mano izquierda podíamos ver el salón del señor Roth que tenía dedicado a las actividades privadas y el recibo de algunas personas. Igualmente a la mano derecha de la entrada una vez traspasado el portón interior, que aún se conserva original y que es una pieza de alto valor histórico,  por el pequeño corredor que existe frente al jardín allí también establecido, se ingresa a la gran sala familiar con dos ventanas amplias dispuestas hacia la calle, debidamente cubiertas con cortinajes y otros aditamentos de la época, como también existen cuatro colgantes del techo de estilo morisco que pendieran de sus vigas, sitio donde recibía en grande la familia Roth a sus amistades, parientes e invitados especiales, en las épocas oportunas.

Y la oportunidad se dio, precisamente, el lunes en la tarde del l4 de junio de 1813, cuando el Libertador en medio de vítores es recibido como era costumbre con demostrado aprecio en el camino de ingreso por La Plazuela a Trujillo, donde se ofrece un corto saludo de las autoridades en la Plaza Mayor, y luego en las puertas de esta casona que a partir del día siguiente jugará un papel crucial en la Historia de Venezuela. Imagino ver la imagen cansada pero despierta de Bolívar al descender de su cabalgadura frente a dicha mansión donde le esperan, con otras autoridades del lugar y entre ellos algunos parientes de apellido Briceño, el neogranadino Atanasio Girardot, como las cuatro hermosas hijas solteras de Don Jacobo (Francisca Antonia, Nicolasa, María del Rosario, Mercedes y Juana), enjambre de mujeres que debió sobresaltarle el corazón al caraqueño apasionado, lo que igual ocurriera con las Ibáñez de Ocaña o las Garaycoa de Guayaquil. Y valga acuñar que durante las otras tres ocasiones que Bolívar pernoctara en Trujillo, como siempre fue acomodado para su reposo en el cuarto de huéspedes que el inmueble tenía con este fin, conectado él con una puerta y dos peldaños, en el salón de recepciones de dicha casa colonial.

Para aquella ocasión en que ya conocía Bolívar el fusilamiento en Barinas del doctor y coronel trujillano Antonio Nicolás Briceño, su pariente, y otros detalles que le afiebraron el espíritu, y como la Historia no anteriormente narrada y en las lagunas que pueda tener debe reconstruirse sujeta a varios elementos probatorios, como los testificales, entre otros, debemos presumir a ciencia cierta que el Libertador venía preparando algún documento fundamental que diera cuerpo de respuesta a las atrocidades cometidas en el campo monárquico, para contrarrestar ese fuerte impulso de españoles que como el canario Yáñez, y antes el canario Monteverde, mantenían en terror el territorio que ocuparan. Por ello para darle cuerpo a tal documento y sobre la base de su magnífica memoria que iba grabando los comentarios atinentes, en Mérida debió oír opiniones sobre el particular con el trujillano y también pariente doctor Cristóbal Mendoza, y en Carmania, cerca de Valera, igualmente supo tocar el tema sombrío con el presbítero y hombre de conocimientos Francisco Antonio Rosario, quien lo acogiera para pernoctar en su casa de habitación. Nada de extrañar tiene, pues, y sí de lógico, que Bolívar sostuvo algún diálogo pertinente y en presencia de su Secretario Pedro Briceño Méndez, quien mucho lo acompañó en estas faenas guerreras y de ordenar sus papeles documentales, digo, con el dueño de la casa señor Roth, no ha mucho venido de la prisión española por su calidad de patriota, lo que le impulsa en definitiva para tomar la tremenda resolución de suscribir personalmente en esa ciudad histórica el documento de la Guerra a Muerte (“españoles y canarios, contad con la muerte…”, que así cumplió con rigor tal mandato), y siete años después (noviembre de 1820) con la rúbrica estampada del aceptante Bolívar allá en dicho histórico sitio se conviene la paz con España, por cuyo motivo o consecuencia legal se crean todos los estados que hoy forman la comunidad hispanoamericana de naciones.

Como mucho se ha comentado sobre este momento tan vital y discutible en la vida de Bolívar, aquel que siempre tuvo especial cuidado de “su gloria”, según lo asienta sin duda en tantos documentos que suscribe, es bueno recordar lo que sucedió aquella noche y día siguiente trascendental para la vida de América y la intervención de nuestro Libertador, algo parecido a lo que ocurriera con San Martín en la encerrada Entrevista de Guayaquil, en Ecuador, ya que nadie ha escrito con documentos a la mano sobre los detalles previos que desencadenaron la firma de tan importante pieza histórica, debiendo por tanto apelar interpretando elementos probatorios tenidos a la mano, sobre el ambiente que se vivió en las horas previas y los personajes que intervinieron en tan trascendental acto político. En efecto, el Libertador esa noche del 14 de junio de 1813 y luego de consumir una cena frugal, debió retirarse a su habitación, surtida sobriamente con armario, espejo y aguamanil, para dormir en la cama doble y de copete, leyendo previamente algún papel de importancia o libro de los que siempre le acompañaban, pero aquella noche la debió además pasar en un casi insomnio ante la determinación que había tomado de suscribir allí el famoso decreto o proclama sobre la Guerra a Muerte. Por esta circunstancia en que después de las nueve de la noche la mansión entrara en total reposo, salvo alguna guardia normal a su frente, por la presencia del Libertador, y ya que el Estado Mayor acompañante y demás oficiales reposaban en otras casas cercanas, a las tres de la madrugada del día 15 el servicio de confianza comienza una faena lenta previa al despertar del día, tiempo en que también Su Excelencia el Libertador llama al asistente inmediato, coronel Pedro Briceño Méndez, quien descansa en el gran salón casero que lo divide de una puerta en los peldaños, porque Bolívar había dispuesto rubricar dicho trascendental documento para antes del amanecer del día 15. De seguidas también Briceño Méndez despacha algún oficial que tiene a la mano a objeto de traer hasta dicho salón al patriota trujillano Andrés Aldana, quien en años de su larga longevidad daría cuenta de algunos de estos hechos, e incluso al historiador Amílcar Fonseca, a objeto de pasar en limpio y con letra adecuada el susodicho documento que haría temblar el escenario americano y guerrero de ese tiempo. A la vez y como era costumbre se trajeron de las cercanías y ya previstos para ello a tres escribanos que con su letra cursiva imprimieron al tiempo este documento, mientras durante el día otras personas escogidas  hacen diversas copias debidamente exactas, para a través de mensajeros enviarlas a las autoridades neogranadinas y venezolanas, especialmente.

El documento en sí y ya punteando el amanecer (cinco de la mañana) se firmó en el interior de ese salón en una mesa que se presta al efecto, de fina elaboración al parecer francesa (las monjas dueñas habían venido de la isla de Santo Domingo, con fuerte penetración cultural gala), según afirmó con datos que guardaba la familia Fonseca y José Amílcar, uno de ellos, luego me lo comunica personalmente, mueble que conservara en guarda de sus propietarias. Otros opinan y con razón igualmente valedera por veraz y supongo estudiada, que la sin mayor trascendencia mesa era baja  (un poco tosca como se nota así en cierta fotografía algo borrosa incorporada), y se viene a saber de ese dato contradictorio único (pues salvo el del iluso viajero Benet otros no existen) sin analizar acaso debidamente y mediante el cotejo con otras fuentes rastreadas (que omiten conocidos historiadores trujillanos), cuando un súbdito aventurero español de los tantos “descubridores” por las Indias, a sea Francisco Benet (su nombre no queda bien parado en Google), al servicio y tarifa del régimen dictatorial gomecista, que anduvo a tientas y locas fantaseando de oídas mientras rellena cuartillas por Venezuela y publicó un grueso libro adulador al respecto, pagado por la administración del general Gómez, comentario en detalles que me hizo llegar el historiador y jurista local Rafael Ángel Terán Barroeta, con un juicioso y acertado trabajo de su autoría.  Volviendo ahora sobre el tema aludido esa mañana mediante pregón oportuno y con tambor batiente dicha proclama fue debidamente leída en algunos sectores y esquinas de la ciudad trujillana, para su debido conocimiento, lo que da frutos en muy poco tiempo, cuando el coronel Atanasio Girardot al triunfar en el rudo encuentro de Agua de Obispos, para cumplir por primera vez con dicha proclama, todos los oficiales españoles y canarios detenidos en tal combate, fueron pasados por las armas.

De mi parte debemos decir que la proclama de Trujillo antes de sumar resta prestigio en los anales del civilismo a la figura inmortal de Simón Bolívar, que no en el aspecto guerrero y militar conocido. Y como ya la guerra a muerte había sido desatada bien pudiera haber firmado o puesto en conocimiento ese documento a través del coronel Briceño Méndez, “por orden de Su Excelencia El Libertador”. Y así salvar la gloria que el caraqueño tanto amaba. Acorde con esta apreciación escénica de duro contenido muchos pensadores mediante trabajos de fondo han opinado en contrario a lo suscrito en Trujillo durante esa oportunidad riesgosa, y entre ellos citaremos a Eduardo Blanco, Juan Vicente González, José Gutiérrez, Nieto Caballero, Tomás Straka, César Cantú, Rufino Blanco Fombona, Vicente Tejera, José Gil Fortoul, Joaquín Ricardo Torrijos, José Rafael Sañudo, Bartolomé Mitre y otros que señalo con sus opiniones en mi trabajo “La Guerra a Muerte que desata Bolívar”, aparecido en este mismo blog con fecha 19 de noviembre de 2.011.  Espero que el presente escrito haya aclarado algo más sobre tal hecho de suficiente relevancia histórica, con que muchos por intereses aviesos y parcialidades políticas o parroquiales trasnochadas, en vez de mejorar dañan la personalidad del Libertador y sus hazañas.                

martes, 7 de mayo de 2013

LA SABROSA ANTROPOFAGIA.



Amigos invisibles. Acaso el término calificativo les parezca extraño, como venido de las cavernas y de esos tiempos primitivos donde escaseaba el condumio, al extremo de practicar ciertas rarezas para poder sobrevivir en medio de un ingenio natural, como el caso de comer hormigas, el banquete necrofílico, algo de carácter asqueroso pero necesario para la subsistencia, o el extremo conjetural del que vamos a hablar, referido a la carne humana, de que se alimentaban nuestros ancestros bien mediante guerras sostenidas o a través de las razzias efectuadas entre diversas tribus, aprovechando el tiempo para robar mujeres jóvenes con fines que su imaginación entenderá, porque las viejas sí servían para fabricar arepas o tortas de casabe. Así de simple.
Pues bien, hecha esta introducción tan gráfica de lo que trataremos, bueno es decir que nuestro país salvo excepciones determinadas y por razones mayores como fue la necesidad de subsistir bien por problemas ambientales ocurridos en tiempos de sequía o de inundaciones, o por costumbres inveteradas de raigambre ancestral, que se hicieron de uso permanente, para soportar tanta impertinencia ecológica o social aplicó este sistema fácil con el paso del tiempo y de allí que para el momento de la llegada de los conquistadores españoles entre los pleitos permanentes ocurridos en los dominios territoriales, que a veces se extendían en muchos sitios por esta causa del vivir, la necesidad de cortar cabezas de tribus enemigas fue imperiosa, y en eso Venezuela fue de fama porque en buena parte de su territorio predominaban ya para dicho tiempo inicial los feroces indios caribes, que llegaron a nuestro país por el Sur, provenientes de ese subcontinente que es Brasil, donde tuvieron en derrota acabados a los arawacos y otros indios menos beligerantes, porque se los comían asados en la necesidad oportuna, y aunque muchos no puedan entender esta situación comprometida deben asimilar tal dictamen doloroso, que llegó a mayores males porque  no crecía la población debido a esta esta causa, como si ocurriera por ejemplo en los cercanos países andinos, al extremo que los propios caribes, que eran los más temibles, de antaño se lanzaron a cazar seres humanos en ese mar insular que lleva por recuerdo su nombre y que se extiende en tal deseo voraz para hacerlos más fuertes por ingerir carne y no tubérculos o granos de baja cualidad. Sobran los ejemplos de esta matanza anterior y posterior al arribo de los españoles, porque los cronistas de aquel tiempo tan interesados del detalle y amigos de la vida noticiosa, dejaron suficientes narraciones de estos hechos sangrientos y dolorosos. Pero no solo esa manera de subsistir ocurrió entre las tribus indígenas del continente descubierto para los europeos, sino que en muchas ocasiones, estos mismos visitantes extraños tuvieron que caer en iguales prácticas de la antropofagia voraz y luego de haber comido perros, caballos y otros animales o sabandijas para no morir (recordemos el canibalismo ejercido en la americana Virginia y entre los propios ingleses, a fin de sobrevivir, en la hambruna de 1609), de donde dicha manera de relacionarse fueron prácticas comunes en aquellos tiempos heroicos que arrancaron con el siglo XVI hasta entrado el XX en comarcas alejadas y selváticas. Así que quienes se sientan indigenistas, del Green Peace o algo por el estilo, deténganse aquí a leer las peripecias y micro relatos de aquellos tiempos por  la gracia de los hombres superados. ¡Ah, se me olvidaba, como aún añora ese aparente cuanto nada agresivo preso que en San Cristóbal de Venezuela se sostenía con colegas hervidos en sancocho para darle fuerzas, en lo que llegó a sacrificar ocho de sus amigos, sin nada inmutarle, porque la carne sabía bien, como señala, un tanto dulce eso sí, según asienta a la prensa internacional y que aún anda tras rejas para no decir sanatorio donde se refocila con el recuerdo sabroso de los digeridos.  Voy a ir señalando, pues, estos casos de novela terrorífica, para no olvidar, de acuerdo con una cronología oportuna y pintoresca, que a todas luces auyenta las ganas de comer.
1534. Escribe el gobernador alemán Jorge Spira que en visita a los llanos por Boraure se le pierde un soldado, del que encuentra días después parte de la cabeza cocida a objeto de comerla y aderezado el casco craneal para beber en él. En el mismo viaje vio como una tribu portaba ollas de barro para atar a los españoles y guisarlos y comerlos. Más adelante sus soldados ya con el hambre y el furor encima se apoderaron de un indiecito de un año, tierno y mantecoso, y se lo comieron.
1537. En el viaje posterior a la muerte del gobernador interino de Venezuela, Antonio Navarro, quien narra estos hechos, afirma que la soldadesca entre tanta miseria sufrida, debió comer carne humana para poder subsistir.
1541. En la expedición del germano Felipe de Hutten por no encontrar qué diferente comer algunos devoraron carne humana, contra la naturaleza de sus costumbres, y “un cristiano fue encontrado cuando cocinaba con hierbas un cuarto de muchacho indio”.
1567. En la campaña sobre Caracas realizada por Diego de Losada, este español cerca del objetivo final encuentra una olla de cocer con carne y batatas, mas con el hambre que portan mucho saborean de ese condumio en cuyo interior hallan luego uñas,  pellejo con una oreja pendiente y otros restos del banquete, lo que al conocer que era carne humana lo comido, “volvían a lanzar con fatiga lo que habían gustado”. Días después y por la misma causa del hambre los españoles tratan de capturar algunos indios desprevenidos, que se echan a correr menos uno “al cual lo mataron y despedazaron y asaron en barbacoa…”. Para continuar en el terror bebieron sangre estos expedicionarios, “porque en abriendo el muerto con las manos la sacaban y la bebían y aún se quedaban lamiendo las manos”. El antropófago Francisco Marín no aguantó la gana y lanzándose sobre un miembro genital masculino como “cosa más inmunda” ya desprendida, “alzándolo del suelo  sin  esperar a poner en el fuego se lo comió así crudo”.
1569. El acaudalado capitán Diego Fernández de Serpa hace una extraña amistad con el piritense cacique Caballo (o Diego Cavare Leal), al tiempo que con Guayaquerúa, también cacique feroz que era bien conocido como caníbal o aficionado a la carne humana.
1570. El conocido conquistador Garci González de Silva en la guerra emprendida va a Valencia, amenazada por los temibles indios caribes, y el ver el desastre cometido por ellos como enviado por el gobernador Juan de Chaves, lleno de ira empala a los indios criminales  al notar un  montón de  más de doscientas cabezas humanas puestas sobre una barbacoa ya fría, en las orillas del río Tiznados, como restos de víctimas devoradas antes. Para continuar en la misión encomendada y siguiendo rastros llega hasta el río Guárico, donde encuentra un poblado destruido por esos fieros indígenas, con sus habitantes unos vueltos cuartos y otros asados para comerlos, por lo que ordena empalar a veintiséis indios caribes, mientras otros lograron escaparse en canoas  río abajo, hacia el Orinoco.
1574. El agrio capitán Pedro Maraver de Silva, de vuelta del Perú con 170 hombres y dos hijas emprende la segunda conquista de El Dorado, región mítica que cree estar entre los ríos Amazonas y Orinoco, donde todos los expedicionarios perecen entre otras causas por caer en manos de los antropófagos indios Caribes, y salvándose apenas el español Juan Martín de Albújar, digno de una novela, quien después de vagar diez años con innumerables peligros, logró salir de la espesura para contar esa historia de terror, en la boca del río Esequibo y en tierra de los indios aruacos.
1575.  El teniente de Tácata, no lejos de Caracas, de nombre Francisco Carrizo y para vengar sus muertes, al frente de noventa hombres armados va contra los indios de ese lugar serrano, por la muerte de los españoles Juan Pascual y Diego Sánchez, “ya que en convite se comieron sus cuerpos”. Por esta razón clara y justiciera de entonces mediante un ardid traicionero Carrizo detiene el cacique Camaco, a quien ordena para escarnio cortar las orejas y su nariz, mientras se dispuso la pena de garrote a treinta y seis de esos indios antropófagos, amén de otras torturas y suplicios idóneos.
1581. El cronista Fernández de Oviedo deja constancia que en tribus de la Guayana interior se encontró gran cantidad de cabezas de hombres que allá esos naturales habían devorado o comido, mas dos presos en un bohío mantenidos para también comerlos, y estaban muy gruesos, “porque así los engordan (con yuca) allí…”.
1585. El valetudinario y conocido conquistador Alonso Andrea de Ledesma, declara en juicio como testigo y agraviado que los indios tomuzas de San Sebastián de los Reyes lo asaltaron a él y a otras gentes, en la traición acometiéndolos a flechazos, de donde en dicha refriega Ledesma perdió un negro acompañante que le mataron “muy hombre y dos indios ladinos”, “y se comieron al negro asado en barbacoa”.
1590. Simón de Bolívar, abuelo lejano de El Libertador, va ante la Corte de España como Procurador, presentando en consecuencia una Instrucción al Consejo de Indias cuya sede está en Sevilla y donde cursan diecisiete súplicas en beneficio de los cabildos de Venezuela, donde entre las que resalta se halla el poder tomar de diez años para arriba, “a los indios de Miría”, “que se resisten a los españoles y comen carne humana”, lo que de por sí ya existía la orden  de su exterminio por numerosas denuncias recibidas, según resolución o Real Cédula de la Corte española emitida en 1503.
1660. En la primera expedición de misioneros capuchinos  a las riberas del río Guarapiche (Maturín) y sobre los naturales de la región, asienta en escrito el observador fray Agustín de Frías: “Son estos caribes más inhumanos porque llegan a comer a sus padres y parientes;  y cuando los miran muy enfermos, los matan antes que naturalmente mueran, porque con lo dilatado de su enfermedad no se enflaquezcan”.
1679. Se asienta en escrito alusivo que los indios palenques  de Higuerote y Capaya, en Barlovento, aún eran “comedores de carne humana”, por lo que atacaban haciendas y vecinos, yendo además contra los indios tomuzas y los negros de Capaya, mientras por tres noches consecutivas “echaron arco y flecha” contra los negros del lugar, imaginando ustedes con qué intención, detenidos apenas por los perros que ladran y los centinelas que vigilan.
Con estos ejemplos tan claros que no forman parte de esa eterna discusión sobre las leyendas negra y blanca o dorada en cuanto a la formación histórica de Hispanoamérica, que de ambos lados tienen sus admiradores y adversarios, como es lógico suponer y que todavía se devanan los sesos en ese sentido especulando ideas para llenar tesis y reflexiones apasionadas sobre el tema, en este blog antes agregué  con detalles más específicos un trabajo intitulado “Los indios caribes, asesinos caníbales”, donde amplío la información en cuanto a estos indígenas  que luchaban por su libertad o para el buen comer en barbacoas o asados de sus enemigos, que los especialistas sobre el tema saben entender de los desmanes. No quiere decir que otros naturales fueran tan peligrosos como para incluirlos en esta semblanza, pero sí dejaron una impronta específica en cuanto a su adecuación al momento que se viviera con el tremendo vuelco que dio la vida americana en tiempos del llamado descubrimiento, cristianización, asentamientos, encomiendas y otras mixturas que ocurrieron sobre todo en los dos primeros siglos del encuentro racial, que con sus más y sus menos fueron superados para dar una cara nueva al mundo que nos cobija. Pero lo que sí no debemos nunca olvidar es que de parte y parte los banquetes humanos fueron a montón, por diferentes causas, y de aquí que no se puede inclinar la balanza para ningún lado, porque el hombre de cualquier latitud siempre ha sido carnicero antes que vegetariano, como que así se las ha ingeniado para matar el hambre o sacrificar seres humanos. Así es de que vayamos enterrando las falsas tesis aún sostenidas sobre estas acuciantes excitaciones ideológicas que me recuerdan aquello de “¿quien fue primero, el huevo o la gallina?”, en la más pueril trastienda mental.