martes, 18 de febrero de 2014

EL PROMINENTE REINO DE LOS CUICAS (II).


                   Al profesor doctor Mattias Urban, de la Universidad de Leiden. Dedico.

Amigos invisibles. Como decíamos ayer, para utilizar el silogismo de fray Luis de León, hoy seguiremos en el empeño de dar a conocer los valores intrínsecos de un pueblo indígena venezolano bien identificado  que a través del tiempo ha sabido mantenerse defendiendo su patrimonio a la vez que demuestra una unidad de ser valiosa  y representativa con que algunos han podido y otros andan en el empeño de su estudio, como ocurre con el buen amigo y conocido lingüista histórico profesor doctor Matthias Urban, de la Universidad de Leiden (Países Bajos), especializado en los lenguajes indígenas de América. Pues bien ahora nos toca proseguir este trabajo sobre la vida y permanencia de la cultura aborigen, por lo que al continuar sobre su estudio de seguidas nos referiremos a:
LA AGRICULTURA CUICAS.
La agricultura sedentaria  o de siembra (chuk), mediante convite o asociación de indígenas estaba referida al sostenimiento familiar, y el remanente producido se usaba para el trueque o permuta comunitaria. Cosechaban por el sistema de conucos el maíz (chja), jojotos (tsaos), papas (tigueu), tomate pequeño, yuca (tokmósh) en las partes bajas calientes, batatas (tikué), aguacates (katá), caraotas (trason), cambures, el algodón fabril (chacho), chuvas, calabazas (kajubá), chayotas, tabaco, apio (hent), auyama (naju), ocumos, morotungo, churi, guaje, guandúes, fique (cocuiza) usado para cesterías y sacos, habas, etc.    El cacao (ciré) era proveniente de las tierras bajas y soleadas, cuyos frutos producían el aromático chocolate negro y tostado, sin dulce (chorote), mientras  su aceite sirvió para alumbrar en lámparas de barro (como también el tártago o ricino), y además las semillas valieron cual instrumentos de operaciones mercantiles. Mención especial debemos hacer del pequeño pimiento “ají chirel”, estimulante gástrico muy ardiente para usar en comidas (molido es el paspis) y que junto con el tronco sensible del maguey (istú) y las flores aún no abiertas de esa cocuiza o kumbush (llamados popularmente “diablitos”), forman parte de la cocina ancestral indígena, cuya base principal eran las papas parameras y arepas de maíz. El tabaco (kohó) de ristra además de usarse para fumar tenía suma importancia en la producción de chimó  (kikucó),  suerte de hoja de coca o jalea gruesa obtenida a base de su molienda que elimina el hambre y la fatiga mezclada con ceniza y sal de alumbre en su composición, que mantenida en cajetas (coporo) de cuerno y usada por peyas (pizcas), se introducía en la boca para luego fijarla a la parte trasera de los dientes inferiores con el  fin de insalivar (matú), proteger la dentadura y obtener sanaciones o “contras” de culebras (momos), tradición heredada que aún se conserva en el medio agrícola trujillano.
EL VESTIDO. LAS ARTES MANUALES.
En cuanto al escaso vestido a manera de guayuco para tapar las partes pudendas los cuicas usaban tejidos de algodón por encima de los dos mil metros de altitud, mutatis mutandis, y en cuanto a por debajo de esa cota los aborígenes preferían el guayuco hecho con materiales textileros naturales para colocar en las entrepiernas sin pudor y menos intención sexual, adaptándose todo ello a la condición de hombre o de mujer, estas con el pecho al aire y algún say o abalorio de piedra, semillas vistosas o huesos en forma de collar, pintado de preferencia  blanco o verde (tsbambas), que en el subconsciente les recordaba el color de las esmeraldas usadas por los indios chibchas, establecidos más allá al occidente de Pamplona; pero el hombre ya formado como tal se ponía alguna calabaza o totuma sobre el miembro genital para resguardar tan importante órgano reproductor.  En las tierras altas como dije fue necesario el uso del vestido de algodón (chacho) de primorosos trazos y hasta con plumas de animal, teniendo en cuenta el resguardo personal de los parameros (guates), pues sabido es era tejido en fibra regional, donde despuntaron como diestros trabajadores, con lo que elaboraban diversas prendas, verbigracia las mantas, túnicas (sangói) y demás ornamentos textiles, ruanas decorativas y distintos elementos de distinción tribal.
Otra técnica manual desarrollada fue la cestería, de diversa factura, hecha a base de palmas, cabuya o fibras finas, e incluso con carrizos (kinok) delgados, de donde se fabricaban petacas, manares, canastos, (joros), marusas y bolsos para guardar productos, como los existentes telares caseros de fique, éstos con el fin de tejer sacos (yurures) y alfombras.  Dentro de la elaboración de tantos objetos útiles de barro (chiriguas, jícaras, tatuques, múcuras, cántaros (ktush), vasijas boconas o bocoyes, chorotes, imbaques o tinajas, etc.), diremos que también eran expertos en los budares (ispac) para cocer arepas (suridipa) delgadas o de pan de maíz pelado con ceniza (nabush). Otras prendas de vestir usadas por algunos indígenas como sus descendientes  en el diario y diverso laboreo, fueron las cotizas (aitoc), alpargatas que se elaboraban en forma manual con capellada arriba tejida y una base de duro cuero de danta o de venado, curtido con dividivi o say.
Buenos alfareros estos naturales americanos, de ellos además es bien conocida la cerámica pintada, antropomorfa, figurativa y de utensilios, por lo cual dichos indios expertos en el trajín cerámico mezclaban arcilla y caolín, cocidos al sol o el fuego, coloreados entonces de amarillo, azul, marrón o rojo, y donde abundara el signo “S” acostado. Piezas de valor se han podido encontrar en sitios como Makarena, Chejendé, Mitimbuén y La Concepción de Carache.   Igualmente creaban pectorales tallados como prendas, y por desconocer el viejo trabajo de metales pulían la piedra, conchas, el cuarzo, azabache, la pizarra y el sílex en punta de flecha, como herramientas de trabajo u ornamento. Urnas funerarias, vasos, sahumadores, vasijas, lámparas, tripoides, candelabros (de tres pies y hasta imitando a figuras de serpiente), porta ofrendas y muchos otros utensilios se elaboraban con arte en aquella cerámica local.  Dentro de esa técnica a emplear, los ídolos y muñecos de barro se fabricaron sedentes (para los jefes), de pie y en actitud de ofrenda, siendo ellos carones, de cabeza achatada, tenían orejeras, los ojos cerrados y las pantorrillas gruesas mientras algunos sonaban en lo interior, quizás por razones esotéricas o tribales. En diversas figuras conocidas abunda el homenaje a la muerte, que es algo determinante, copiándose también animales cercanos a esa cultura como la serpiente, la culebra, el caimán, el cachicamo, el tallado murciélago ancestral llevado sobre el pecho, y la rana o el sapo. Dentro de esta variada cerámica cuicas, que permanece en museos o entre colecciones particulares, es de destacar la pieza grande denominada “el hombre del collar”, cuya cara es una máscara, que mide 58 centímetros de tamaño.  
LA MEDICINA NATURISTA.
En el mundo de la medicina naturista y alternativa debemos asentar que dentro de un repertorio amplio de esta ciencia los cuicas admitían las propiedades curativas de las yerbas, frutos, hojas, flores, raíces, árboles, cortezas y hasta de ciertos animales, todo ello protegido por la magia ancestral homeopática heredada también de los muiscas a través de hechiceros (mohanes) viejos (cundoc) conocedores de las tribus y hasta con imposición religiosa, todo ello  ejercido sobre un culto dogmático y bajo una fe profunda de la sanación, donde se aplicaban sistemas de la liturgia indígena, rezos y tristes cantos sacramentales.  Entre estas medicinas ambientales  podemos citar el uso del algarrobo (antiasmático), ají (estimulante del apetito y antihemorrágico), la hoja de coca, como lo escribo (calmante de los nervios y dolores óseos, antidepresivo), algodón (antirreumático, antidiarreico, para las paperas y el dolor de oído), maíz (sus barbas contienen sustancias diuréticas y desinflamatorias), el tabaco (protector dental, contra la sarna y antiinfeccioso), el paramero díctamo real (panacea dionisíaca para atender muchas curaciones y prolongando la vida, que hace fecundas a las mujeres y mantiene la potencia sexual), guaco (contra el veneno de culebras), guaramaco (antihemorrágico), indio desnudo (vigorizante, contra las hernias), isfuque (disuelve las gomas de las muñecas), aguacate (katá), desinflamante y para el dolor de estómago o diarrea, ñongué (efectivo en el dolor de muelas), mucutema (cañafístola, de efectos calmantes), ocumo (anticatarral), onoto (afecciones del hígado y estomacales), tártago (purgante), totumo (anti-infamante y para afecciones dérmicas), la sábila, de muchas aplicaciones medicinales, el ajo (vermífugo), la albahaca diurética, el apio igualmente vermífugo, y tantos otros compuestos médicos tradicionales conocidos a través de un uso ancestral.
 
EL CAMPO GUERRERO. PRINCIPALES CACIQUES.
         En el campo de las armas diremos que los cuicas fueron comunidades mansas pero prevenidas, que se relacionaban entre sí sin mayores problemas, aunque no faltaron algunas rivalidades y enojos familiares entre los caciques (autoridades que al inicio de la conquista hispana sumaban unos 130, denominados “chacoys”, de ellos 50 importantes o disfui), escogidos bajo ciertas preeminencias tribales, como aconteciera al momento del arribo de los españoles al suelo trujillano.
         Estos indios para ejercer la caza y la guerra utilizaban lanzas o jaras, los arcos y las flechas, de preferencia, así como dardos envenenados, macanas, garrotes, hachas pulidas de obsidiana y cerbatanas, siendo utilizadas ciertas maderas duras para su elaboración, como la mapora y el tijó.
         Entre los once (11) caciques principales  (tabiskey) de cuya existencia tenemos conocimiento, se cuentan el valiente cuanto prófugo enguerrillado PITIJAY, último para rendirse en la lucha contra los españoles, luego de diez años de combate tenaz sostenido entre las serranías trujillanas (1575); el forzudo PITIJOC, “el de las cuatro macanas”, que murió enfrentado y peleando contra el invasor hispano en el cerro escuqueño “El Conquistado”; TEREGUEZ, osado cacique idólatra de San Jacinto que disputó fueros propios en resguardo de sus creencias, ante el propio Rey de España; el cuicas AMERUZA, quien se uniera al cacique Jaruma de los escuqueyes para ir en guerra contra los españoles, en el inicio del combate, que en suma duró diecisiete (17) años, o sea de 1558 a 1575;  JARUMA, famoso tabisquey escuqueye el del “penacho de las diez plumas” (plumas o “kiastí”, obtenidas de la elegante ave paujil), quien al frente de los suyos y en unión de otros tres caciques  regionales (de caraches, timotíes y tostóses) logró derrotar a los libidinosos españoles ya establecidos en la recién fundada Trujillo, europeos que para salvar la vida del cerco realizado y protegidos en la oscuridad de la noche tuvieron que evacuar los palenques y el sitio ya fundado, mientras para despistar dejan hogueras encendidas y perros ladrando, con que así confundieron a los atacantes;  BOCONÓ,  cacique aliado de los escuqueyes, que desde al valle de Tostós trajo sus huestes enardecidas para combatir a los hispanos ocupantes de la heredad cuicas;  BOMBAIS, cacique cuicas de Estabayao que en la larga lucha de diez años fue hecho prisionero en el valle de Pampán, en 1575, al final de la lucha, y luego ajusticiado por el capitán Francisco Gómez Cornieles, trujillano ya de Venezuela; ISNABÚS, jefe guerrero muerto en combate contra los indios aliles, en las vegas del río Misturnucú (Jiménez); BUCAY, cacique hostil de Boconó, castigado severamente en forma aleccionadora  por el conquistador Diego Ruiz Vallejo;  el valiente BUSEBI, detenido de igual forma en la derrota de Pampán, como Bombais, cuya culpa libertaria debió pagarla en igual forma extrema; y el rebelde caudillo CARACHY, de origen jirajara (caribe) y “autor de grandes alborotos”, preso sin escrúpulos nocturnos en la derrota de Pampán durante la última y gran revuelta indígena conocida de 1575, de las cuatro o cinco (1558, 1562, 1575, etc.) que sostuvieron  contra el invasor español “y muerto mucha gente” (sic), siendo ejecutado en forma ignominiosa junto a otros prisioneros indígenas, mediante la decapitación y el empalamiento.   Sin embargo para aplacar las insubordinaciones tribales en América el monarca español mediante una pronta Real Orden isabelina suscrita en Valladolid,  dispuso y otorgó el título de Don y el bastón  que simboliza poder y mando tribal, hecho en cedro por tallistas de nota, a los caciques de Indias, de donde así fueron “recompensados” los titulares de la etnia cuicas, para con ello aplacar el latente espíritu guerrero.
         Algo que llama poderosamente la atención entre los cuicas es la existencia de fuertes o fortines armados que se ubicaran en lugares estratégicos, para el caso de la guerra, que sin lugar a dudas son herencia de culturas avanzadas no existentes en nuestro territorio, vale decir la muisca. Estos fuertes eran palenques o estacadas  a base de horconaduras y piedras (teunch) establecidos en tácticos pasos o aberturas entre las montañas, incluso sobre precipicios y cimas, algunos con fosos defensivos y puentes colgantes (kabeuch) levadizos, donde además de guarecer alguna población disponían de provisiones de combate y hasta de piedras grandes (galgas)  para precipitarlas en el camino contra el invasor.  
         Entre los más importantes de estos fuertes se cuentan seis (6), es decir  a) el  de  BUSARAI, construido en abrupto y empinado lugar, el cual incluso tenía gruesos paredones y que finalmente luego de un asalto fue rendido por el osado capitán Juan Rodríguez de Porras, “con grande riesgo de su persona”, por enfrentar una lluvia de flechas y de piedras galgas; b) el de BUCAQUE, situado en territorio timotí, de grandes dimensiones y bien dispuesto en la arquitectura, que albergaba en su interior muchas viviendas, con numerosa población indígena; c) el ESTEQUINDAL, fortín de proporciones pequeñas dada su ubicación, pero construido a base de una buena defensa militar; d) el BUSONDI, recinto montañoso también de buenas defensas castrenses, en cuanto le incumbe, bastión el que por fin y durante la revuelta indígena de 1562 fue sometido tras rudo combate de sus ocupantes, con las bajas ocurridas en esa oportunidad. Igualmente y tras fiero encuentro entre las partes, en el  mismo año de 1562 fue ocupado el fuerte indígena e) MOHOMA, luego de oponer la consabida resistencia de los naturales americanos.    Una fortificación grande y de buenas defensas, identificada como   f) JUBERO, mantuvo igualmente en actividad la valiente tribu de los tostóses, establecida por la parte baja de la sierra de Jocó, cerca de las márgenes del río Motatán. Es bueno agregar que estos sitios  luego de ser ocupados en su momento no fueron destruidos o desmantelados por los españoles, sino que les sirvieron después para el servicio de vigilancia,  peatonal y fronterizo.

        NOTA. En la semana próxima continuaremos con la tercera parte de este trabajo         antropológico e indigenista.

miércoles, 5 de febrero de 2014

EL PROMINENTE REINO DE LOS CUICAS (I).


                                                                                                          Al doctor Francisco González Cruz, rector de la Universidad  Valle del Momboy, en Valera, Venezuela. Dedico.                                                

Amigos invisibles.  Este tema a tocar para mí es permanente, pues desciendo de aquel reino ficticio e indígena donde nací y en parte me formé, de donde a mis años puedo escribir con sensatez y claridad sobre tantos aspectos del hasta ahora poco conocido grupo cultural que viene a ser un ícono dentro de esa Venezuela indígena entre la variedad de tribus establecidas en el país, porque  a su desarrollo dediqué el libro “Diccionario general de los indios cuicas” (Caracas, 1997)  y otro trabajo condensado con el mismo epígrafe identificador en este blog el 28 de abril de 2.012, siendo producto del estudio respectivo y que ahora prometo ampliar lo necesario (con el permiso de los pacientes cuanto interesados lectores) para que todos sepan los intríngulis de ese mundo casi desaparecido entre un  mar de leyendas y por cuanto suficientes amigos me han pedido que insista sobre el trabajo realizado a fin de darlo a conocer entre los antropólogos e indigenistas, académicos y otros amantes extranjeros, lo que comienzo a imbricar en varias sesiones de enseñanza, porque de otra manera no podría ser.

            ORIGEN GENÉTICO.

 La cadena de montañas que conforman la parte andina de Venezuela, por lo contrario del macizo guayanés, son las tierras  más nuevas de nuestro territorio, pobladas lentamente  y quizás desde hace unos cinco mil años, una vez que se retirara  de aquellos lugares  el período glacial. Desde luego que en el contexto de esa masa autóctona americana y dentro de dos teorías, la mongólica siberiana o la polinesia del etnólogo Paúl Rivet, gentes extrañas vinieron a establecerse en los nuevos territorios, de donde a Venezuela entran por el Sur dos grandes oleadas indígenas, arahuacos y caribes que con el curso del tiempo tomaron posición en el entorno de las fronteras establecidas, para así irrumpir desde el llano sabanero y hacia los escarpados Andes venezolanos parte de esa nación arahuaca, entonces más desarrollados culturalmente, mientras los guerreros caribes salían a través del río Orinoco para extenderse por el amplio mar al que dieron su nombre.

           
             Dentro de la superposición de sociedades y costumbres, hacia el comienzo del segundo milenio aparecieron desde el Occidente y en nuestros Andes venezolanos, pueblos de otra realidad cultural, más sedentarios incluso, que provenían como desprendimientos avanzados de la fronteriza gran nación muisca o cundiboyacense colombiana, que en la mezcla subsiguiente se fueron aposentando  en lo que hoy son los tres estados andinos y otras tierras cercanas, con buen entendimiento de sus habitantes, desde las montañas altas del Estado Lara hasta la extensa altiplanicie de Cundinamarca, donde predominaba  la etnia chibcha, dueña de mucho oro por el trueque que hacía en la venta de ricos placeres de sal minera (kuchafi o mumbúh). Pero ese negocio interactivo vino a decaer cuando las aguerridas tribus caribes entran por el  lago de Maracaibo o de Coquivacoa y se adueñaron de sitios estratégicos fluviales pertenecientes al hoy Estado Táchira, con lo que en la ruptura habida se perdió aquel comercio tribal y el entendimiento establecido de siglos atrás, de donde los indios mukus de Mérida  y los cuicas de Trujillo (nunca unidos en una sola nación, en la falacia y leyenda de lo absurdo comienzan a llamarlos timotocuicas) despojados de ese cordón umbilical formativo, dentro de una nostalgia acompañante quedaron apenas con una relación no muy dinámica entre ellos mismos.

            DOS NACIONES, DOS RÍOS.

            Delineados así estos comienzos del estudio debemos afirmar, por tanto, que dos grupos culturales indígenas afines por su procedencia pero no iguales, existieron para el momento en que los conquistadores españoles penetran por primera vez en territorio andino de Venezuela, es decir, el extenso grupo mukus correspondiente a Mérida, y el poblado cuicas, establecido en Trujillo. Ambas grandes naciones compuestas por numerosas tribus mantuvieron buenos contactos étnicos y culturales sin perder su identidad, e incluso en ciertos sitios territoriales se relacionaban de manera estrecha, como fue el caso de los fronterizos indios timotíes.

 


 
             A objeto de mejor separarlos, basta decir que la nación mukus tenía como vértice de su existencia el merideño río Chama y sus afluentes, y dividido por la impar  cordillera nevada andina en sus altas montañas hacia el oriente de aquel territorio se hallaba establecido el fantástico mundo de los cuicas, cuyo eje vital también era el caudaloso río Motatán (Hitatán), que en un principio dio nombre a esos terrenos de su cuenca, y a la vez el río Boconó, cuyas aguas son servidoras  hacia los grandes cauces llaneros. Es menester aquí decir que los nombres para identificar tales culturas no provienen de alguna superposición de jerarquías, pues la mukus (así respeto la “k” determinante) o para otros chama, deriva de la toponimia existente, y la cuicas se debe a la extensión lingual que dieron los conquistadores a los pueblos situados en lo que hoy conforma el Estado Trujillo, al haber penetrado inicialmente sus huestes por tierras de los indios cuicas, pues en verdad estos lugares estaban poblados por cuatro importantes familias indígenas al mando de caciques diversos, que se emparentaban entre sí y que por cierto no anduvieron muy de buenas unas con otras parcialidades, lo que dio oportunidad  a ser pronto sojuzgadas por el invasor europeo al mando del extremeño Garcia de Paredes, a pesar de las oposiciones armadas que por cerca de dos décadas les hicieron algunos connotados caudillos indígenas (ergo Pitijai) y sus huestes.

            LOS CUICAS Y LA PENETRACIÓN ESPAÑOLA.

            Para ampliar el concepto debemos señalar que la palabra “cuicas” proviene del  término chibcha  “cuate quica”, que significa “tierras altas”, y que esta nación se hallaba asentada sobre una superficie serrana de 362 leguas, según el cálculo español, mas las tierras bajas adyacentes, es decir, algo así como 8.000 kilómetros cuadrados, correspondientes a un poco más del hoy Estado Trujillo, tierras que corren desde el páramo Serrada hasta el macizo de Comuñere, para llegar al portachuelo y llanos de Carora y Monay, la quebrada Tafajes, hacia el occidente timotí, las aguas vertidas rumbo a los llanos barineses y piedemontes andinos,  y los otros fluidos acuosos que encauzados por el Motatán, río padre de la nación cuicas, vierten su caudal en el lago de Coquivacoa (Maracaibo).

 
Sea oportuno asentar que los primeros españoles que exploran terrenos de esta nación andina son algunos soldados dispersos al mando del capitán y justicia mayor Pedro de San Martín, de la soldadesca extraviada a cargo del alemán welser  Ambrosio Alfinger, que un tanto perdidos deambularon por tierras  lindantes con el lago de Maracaibo. Años después y por alguna información de confidentes indígenas sobre supuestas riquezas auríferas (que en verdad eran vetas de mica o silicatos brillantes) se arma una expedición  al mando del mestizo coriano Diego Ruiz Vallejo, que sale de El Tocuyo en 1549 y con  adversidades presuntas va hasta el valle de Boconó, sin obtener mayor éxito de riqueza en tal búsqueda apresurada. Y es al extremeño trujillano Diego García de Paredes, hijo del famoso “Sansón de Extremadura”, a quien toca el honor de incursionar de manera definitiva y oficial sobre el territorio cuicas, quien desde El Tocuyo y a través de los Humocaros larenses da vueltas para al fin hallar un sitio propicio a objeto del asentamiento humano requerido, en el populoso sitio de Escuque, de donde una vez fundada la población llamada Trujillo con el protocolo de costumbre, debió cambiarse aprisa de lugar  a esta “ciudad portátil” rehecha en siete oportunidades, de donde su cognomento nominal varió por causa de los traslados, debido en casos puntuales como los latrocinios y violaciones con la población autóctona, otros desmanes, malos terrenos infecundos para la agricultura y variadas calamidades naturales como la invasión de grandes hormigas llamadas bachacos, la salubridad, etc., hasta que al final el también  extremeño Francisco de Labastida con olfato zahorí la asentó en un pequeño valle pacífico de los indios Mucas, abrigándola así contra las posibles excursiones y guasábaras indígenas.

POBLACIÓN Y FAMILIAS.

Dentro de un territorio  poco poblado (500.000 personas) como era Venezuela, el número de los habitantes cuicas para aquel tiempo de la colonización española podía exceder algunos 20.000 naturales, si tomamos en cuenta la alta mortalidad de sus miembros debido a causas comunes como enfermedades infantiles (diarreas), sarampión, deficiente ingesta alimenticia (tuberculosis) y a la relación con el hombre barbudo, blanco (karachu), que produjo encuentros guerreros, trabajos extenuantes y nuevos padecimientos, por ejemplo la terrible viruela, para la cual no tenían defensas corporales los nativos, de donde fallecieron por miles a causa del terrible flagelo transportado. Otros padecimientos que se ensañaron con el elemento indígena fueron el ancestral bocio, el importado tifus, la malaria o paludismo, la fiebre amarilla de las tierras bajas, y la terrible lepra, sobre todo en las regiones altas o parameras trujillanas.

Cuatro importantes familias  conformaban esta nación, que fueron : 1) Los tostóses, identificados por boconoes, con quince parcialidades (majunt); 2) los timotes, con ocho parcialidades en Trujillo, estos muy consustanciados con los demás cuicas, y otras doce parcialidades del lado merideño, aguas arriba del río padre Motatán, que hacía de franja divisoria y que sirvió durante la colonia como  frontera entre Santa Fe y Venezuela; 3) Los valientes escuques o escuqueyes, conformados por doce parcialidades habitantes de tierras altas por las montañas del emblemático cerro  El Conquistado, y las bajas hacia Betijoque y los llanos cercanos al lago marabino; 4) Los propiamente cuicas, más cercanos a El Tocuyo, con veinticinco parcialidades. A este linaje característico hay que agregar la peculiar familia cuicas de los tirandáes, con catorce  parcialidades principales centradas alrededor de lo que hoy se llama el emblemático Santiago (chachí).     Esas familias principales dependían anímicamente  de los villajes o centros indígenas (kustomós) de Boconó, Jajó,  Escuque y Carache.   Dentro del sedentarismo existente a que estaban acostumbrados, en dichas tribus podían contarse diecisiete pueblos aborígenes con dialecto común, salvo localismos y algunas influencias exógenas fronterizas, de donde bien se entendían en la diaria relación social.    A estos pueblos aborígenes una vez llegados los españoles pronto los reubican en lo que ellos  llamaron “asentamientos”, que luego algunos cambiaran de emplazamiento por disposición legal española, siendo así otros indios repartidos y colonizados mediante las llamadas encomiendas.

En definitiva los cuicas se componían de cinco grandes familias y un total de ochenta y seis parcialidades, que le dieron característica y presencia a esta nación y que por rara concordancia como caso especial siempre ha identificado in extenso a su pueblo con el territorio trujillano. Debemos indicar igualmente  que la nación cuicas estuvo rodeada en sus fronteras de otras tribus indígenas, entre las que señalamos: A) Los fieros jirajaras y betoyes, de origen nómada caribe, establecidos hacia las zonas de los llanos de Monay y Carora los primeros, quienes emparentaron mezclándose  en algunos casos con los cuicas caracheros (verbigracia el caso de Pitijay), y al Sur del Estado en el piedemonte portugueseño y barinés, los segundos; B) Los quiriquires, motilones y aliles, también de origen caribe, a través de contactos mantenidos por el lago de Maracaibo, como expertos navegantes en curiaras; C) Los caquetíos y homocaros (humocaros) larenses cuyo hábitat correspondía por el piedemonte andino y caroreño; D) Los aracayes, gayones y cambambas, hacia las estribaciones llaneras; E) Los caratanes y calderas, también vagabundeando en el piedemonte barinés; F) Y los chamas, mucuchíes y chachopos, hacia las alturas de la cordillera andina, una vez traspasado el río  Motatán. Otra penetración indígena también existió por parte de la nación mukus, es decir los timotíes, que algunos se establecieron en una faja desde las márgenes del río Motatán hasta Castil de Reina, cerca de Mendoza Fría, con prácticas culturales muy influenciadas por la cultura cuicas.

AMBIENTE GEOGRÁFICO.

Con respecto a la materia geográfica podemos agregar que en el mundo territorial de los cuicas hay treinta ríos principales o cursos de agua, con buena contención de líquido para aquellos tiempos debido al espeso follaje de sus bosques, y que además se podía divisar treinta y cuatro picos montañosos, algunos parameros (gank), con más de tres mil metros de altura, donde reinaban las plantas mágicas como el frailejón de hojas aterciopeladas  (fho) y el vigorizante díctamo real (drossera condeensis), el reino mágico de la neblina y el silencio mayor entre bellas lagunas existentes, y donde pasearon sus imponentes cuerpos territoriales el característico oso frontino y el alado cóndor altanero, que también domina el escudo de armas trujillano.

El río Motatán, caudal emblemático de aquellos indios cariñosos porque era fuente de vida y esperanzas, de un inicio separó el territorio dependiente de Pamplona en Colombia y el que correspondía a El Tocuyo, cabeza colonial de Venezuela, según la división de sus aguas, lo que se hiciera ley mediante convenio firmado en el valle de Tostós (Boconó) a principios de 1559, entre representantes de ambas partes jurisdiccionales, o sea al inicio de la conquista de este territorio  indígena. A ese río padre (kombok) que desemboca por rico delta en el lago de Maracaibo, le son afluentes muchos cauces y quebradas, como el Momboy, Misturnucú (Jiménez) y el Carache, y dentro de la división  colonial que separaba a Santa Fe de Venezuela en la orilla granadina se hallaba establecida  la floreciente Mucurujún (Timotes), en la vía que parte de los Cuatro Caminos (op) indígenas  para después unidos atravesar el territorio cuicas, mientras el natural indígena entre  bucares y cedros milenarios contempla la belleza paramera de Cabimbú y Tuñame, con el Musi por frente (Teta de Niquitao), y donde mediante otras veredas ascendían las calzadas indígenas encontradas por Barinas, en la senda lenta pero segura hacia el intercambio permanente con Mucuchíes y  Tatui (Mérida).

VIDA SOCIAL.

En cuanto a la manera de ser de estos indígenas trujillanos diremos que eran sedentarios por esencia, agricultores y también practicaban la cacería con trampas y flechas envenenadas (o la pesca con plantas ponzoñosas usando así el tóxico llamado barbasco y la lanza delgada), pero lo que excediera en riqueza natural dentro de sus diversos territorios fríos, templados o calientes fue la abundancia  de venados, chiguires, picures, conejos, lapas, joques (hurones pequeños), dantas, loros, monos, aves (kchú) y otras carnes para el diario consumo. En materia de agricultura tradicional se valían de los sistemas andinos heredados de esos ancestros muiscas para practicarla mediante terraplenes o vallas de piedra (catafós) con riego incorporado (tobaley) a través de guaduas, árboles huecos de yagrumo y acequias trabajadas, utilizando también estanques de almacenamiento (quinpués) y trojas para guarecer productos de la tierra. Usaban igualmente  las hachas talladas, picos y la coa, duras  y puntiagudas, chícora o barretones hechos con maderas fuertes y afiladas para sembrar, teniendo a la mano marusas, manares, cataures, sacos de henequén y otras bolsas artesanales a fin de transportar los productos, muchas veces llevados a la espalda (kasembeuch), la frente o el hombro (kukutan), hasta cuando llegaron los españoles y aportan el valioso uso del burro, el mulo y el caballo.

 
Por tradición ancestral toda la propiedad era colectiva, aspecto también de origen muisca, y se vivía de preferencia en aldeas o grupos comunitarios, en chozas grandes o pequeñas (kfok o kurokotas) de tierra y palmas (kúrkutas) o bahareque, pero en las regiones parameras era necesario utilizar la piedra (teunch) a objeto de resguardarse del frío (cheúch) tenaz. Para el dormitorio (tetmuí) utilizaban como camas (kuaken), las tejidas  esteras (petates) de plátano, cubiertos con mantas (cupak), las trojes (kaken), barbacoas, y en lugares calientes los espaciosos chinchorros o hamacas de henequén o cabuya sostenidos por cuerdas y mecates. En las casas usaban además de cuernos (shiayá) de venado para colgar, el fafoy con que recoger agua a mantener en fresca pimpina, la paleta o curandún, un fogón primitivo o anafe con tres topias y leña (tishep) de carbón, prendido con tizones o mediante el frotamiento de maderas secas, para en ollas (nayú) hacer los hervidos  de carnes y legumbres (kozó) con cambur cocido y arepas abundantes, mientras la piedra de moler maíz (“kiangue”, y “metate”, o sea la piedra labrada redonda, más pequeña y mejor alargada), para hacer arepas en el budare, las vasijas de barro cocido, algunas a manera de botijos, y otras con asas o agarraderas, eran indispensables con la necesaria jícara y totuma para líquidos calientes como el chocolate, a fin de así revivir la vida social e intimista de esa nación indígena de los cuicas, en Venezuela.

ESTE TRABAJO SOBRE LOS INDIOS CUICAS CONTINUARÁ PRÓXIMAMENTE.

lunes, 20 de enero de 2014

EL SUPLICIO DE VIAJAR HACE UN SIGLO.

 
Amigos invisibles.   De nuevo en el país, aunque parezca  suspicaz escribir sobre este tema abordaré el suplicio inquisitivo para dar consistencia en cierto modo a la Venezuela de nuestros abuelos, la del siglo XIX, cuando terminó la guerra contra España y luego empezamos otra contienda sangrienta que fue la lucha de los caudillos analfabestias por su perpetuación en el poder, hasta cuando vino a dislocarse tal poderío nefasto por causa según algunos del benemérito general Juan Vicente Gómez, para luego y con otros signos de cambio acomodados al nuevo tiempo, reemprender los “guisos” delictuales que saquean por parte de aquellos nietos de estos depredadores de la política o el Estado, insistiendo siempre en medrar alrededor de la riqueza nacional manejada por el propio Estado y otras corrupciones que apestan, todo ese cambio digo, conforma una etapa difícil y folclórica de nuestro hacer o deshacer, que tiene relevancia porque sin descubrir la columna vertebral que ataba la consistencia del endeble país, que son los ejes viales, queda casi un hálito o sensación de lo insatisfecho, como si no existieran extremidades visibles para conocer el espinazo de nuestro territorio.  Valgan las comparaciones.
 
Pues bien, ese sistema circulatorio tan bien enhebrado en la distancia arranca desde los tiempos coloniales, cuando el principal factor de transporte fuera del pedestre y algunas sillas o parihuelas sobre esclavos era el caballo en los lugares planos, y la mula, en sitios arriscados, lo que venía a empeorar la situación esos caminos reales hechos vestigios ruinosos del pasado, porque los demás senderos para tránsitos humanos adolecían de graves defectos por la poca manutención acaso debido a motivos naturales, pudiendo citar el desbordamiento de los ríos y el desplazar de  algunos sitios pendientes donde el lodo podía hacer de las suyas.     De igual forma la navegación fluvial y marítima estaba aún en pañales, debido a los débiles transportes de canoas, piraguas, bongos o champanes y a la incomodidad por demás característica. Ya pasada la guerra de Independencia es cuando se piensa en reparar algunos de esos senderos maltrechos y olvidados como la apertura de algunas nuevas vías con cualquier posada en el camino, organizándose así mejoras para transitar en lo existente, valga de ejemplo la vía de Caracas a La Guaira y viceversa por el llamado Camino de los Españoles, que arrancaba de La Puerta de Caracas para atravesar montañas, llegando al puerto natural de La Guaira no sin sobresaltos como de bandidos  y por la vía polvorosa de Maiquetía.      Otros caminos de su especie se abrieron en Venezuela, de no muy grande extensión, donde se incluían algunos puentes y defensas, como el aún existente en Caracas y que llaman de Carlos III.      Pero la verdad era que para mediados del siglo XIX las comunicaciones en el país estaban casi inexistentes por las numerosas dificultades que tenían como la atención de las mismas, debiendo recordar que el primer gran viaje terrestre desde Nueva Andalucía o Barcelona, hasta el Nuevo Reino de Granada (a Tunja) lo realizó el extremeño Francisco Ruiz, uno de los fundadores de Trujillo, invirtiendo en ello (1551) la bicoca de seis meses en traslado sin caminos, veredas o sendas, abriendo el paso con machetes o picas, en medio de otros sufrimientos crónicos y enfermedades.
 
Para mediados del siglo XIX el viajar era causa de suma necesidad y atrevimiento, agregando a ello como dimos a entender en referencia al peligro de los salteadores de viandantes que proliferaron sobre todo por la hambruna desatada luego de la Guerra Federal y cuyos nombres o alias de tales facinerosos hicieron y hacen fama dentro  del medio en que transitaban con sus fechorías.      A ello debemos añadir que luego de tal contienda nefasta mencionada el paludismo endémico que azotara de siempre a una parte de la población venezolana, por circunstancias genéticas mutantes se transformó en epidémico, como también la temible fiebre amarilla, episodios que diezmaban la población del país, de donde transitar por sabanas bajas y llanos desolados, de los tantos que abundaran en Venezuela, era un verdadero martirio y casi que la muerte, ya que, por ejemplo, durante el período de invierno cuando se desbordan los numerosos y grandes ríos como el Orinoco y el Apure, miles de kilómetros cuadrados se convertían en inmensos lagos imposibles de transitar por tierra y donde proliferaban peligrosos animales carniceros como los temibles peces caribes o pirañas que podían transformar un ser viviente y en cosa de pocos minutos en cualquier esqueleto descarnado, para espanto de quienes podían de esta manera verlo.    Y así sucedía igualmente con los caimanes, suerte de cocodrilos americanos que escondidos esperaban la presa para saciar su apetito  con diversos animales y cientos de humanos.      Por el mismo estilo en estas ciénagas y humedales estaban “como caimán en boca de caño” las conocidas babas, diversas serpientes de agua, mortales, de gran tamaño (anacondas), y las famosas boas, que con su fuerza estranguladora diezmaban lo población local, en especial indígena y afrodescendiente.      Otro flagelo de su estilo fueron los temibles peces tembladores, cuyas descargas eléctricas podían paralizar los músculos de quienes las recibían, provocando la muerte por ahogo y otros males alusivos que bien retrata el barón Alejandro de Humboldt sobre los viajes que hiciera en Venezuela durante dieciséis meses y que terminaron en noviembre de 1.800.
 
Para mediados de ese siglo y cuando la población comienza a cambiar por obra de las necesidades y la aparición de la locomotora, una nueva idea aparece en esta clase de transporte porque la prensa refleja la existencia de los trenes con chimenea y de la navegación a vapor que deja alguna esperanza en cuanto a esta manera de transitar.      Sin embargo en la Venezuela aporreada por las necesidades y la escasa producción el ritmo de trabajo detiene aún el desarrollo, aunque aparezcan ciertas mentes progresivas pero caza fortunas, como el caso patético del presidente general Guzmán Blanco que quiere transformar todo lo que toca en oro.      De otra forma la cuenca del lago de Maracaibo, la zona de Puerto Cabello, La Guaira, Carenero, Barcelona, Carúpano, Angostura y otros sitios del oriente venezolano, por obra de la proximidad inglesa que despliega progreso con la isla de Trinidad bajo su mando, mantienen una flota de cabotaje que se adentra Orinoco arriba hasta la también llamada Ciudad Bolívar, y más allá, para ir cambiando tímidamente el aspecto vial de esos lugares, porque desalojan las curiaras y bongos primitivos, lo que atrae a una inmigración extranjera.          Sin embargo el transporte humano en Venezuela aún distaba mucho de ser al menos suficiente y en comparación con otros países que adelantaban este medio para salir del subdesarrollo.
 
A objeto de ofrecer un mejor ejemplo voy a mostrar cómo a fines del siglo XIX se viajaba de la andina Trujillo a la capital de la república, lo que era por demás de poca importancia ya que el país estaba aún dividido en porciones territoriales bajo cierta autonomía, y salvo ir al Congreso Nacional de Caracas por poca temporada, no había otra razón para aguantar ese traslado tan pesado, que no  pudiera hacerse por tierra debido a la malaria, la peste bubónica, el mal de chagas, bilharzia, la disentería y otros malestares corpóreos a contraer en el arduo camino.      Así pes para andar en esta ruta escasa se saldría a caballo de Trujillo rumbo el Lago de Maracaibo en un buen trecho terrestre del panorama  entre matorrales de abandono, escasos bosques y llanuras vacías, aunque pronto se construyera un pequeño cuanto lento tren de ciento y tantos kilómetros de trecho que de Sabana de Mendoza o Motatán llegaba al pequeño puerto de La Ceiba, para luego abordar una piragua grande o algún velero pequeño que atravesando la enorme masa de agua dulce en dos o tres días llevara al pasajero asustado hasta Maracaibo.      Allí era necesario proveerse de un pasaporte holandés y otros requisitos para poder arribar en un barco pequeño cargado de insumos al puerto de Curazao, y desde tal posesión neerlandesa continuar a Puerto Cabello para proseguir por vía marítima  hasta La Guaira, demorando varios días en tal excursión obligatoria. En este último puerto a través de diligencias desvencijadas por la carretera vieja y montañosa se podía llegar a la ciudad del Ávila, rogando a Dios que el viaje hubiera sido afortunado, sin contar con marejadas, tormentas eléctricas como otros problemas marítimos.       Y si a ver vamos a fin de continuar hacia el oriente del país, donde no existían carreteras ni sitios propicios despejados, necesario era aplicar el mismo sentido u olfato marítimo, saliendo de La Guaira y aventurándose a cruzar el peligroso Cabo Codera, hacer luego escala en el cacaotero Carenero, para seguir a Barcelona siempre por mar, continuando después a Cumaná, Carúpano y seguido del empeño tenaz a fin de empujar la proa al tiempo que se da la vuelta a la península de Paria para luego del sorteo de peligros borrascosos (Dragos) desembarcar en Trinidad, ínsula dependiente de Inglaterra, y luego seguir en veleros o un poco mejor si eran ingleses, adentrándose de seguidas por las varias bocas del Orinoco y dando vueltas en los cursos o meandros del río, a fin de llegar ya muy cansados a Ciudad Bolívar.
Pero como en el país aparecieron minas de oro y diamantes, y las reses por millones pastaban, la sarrapia perfumada, el café, el cacao, las plumas de garza, los cueros y otros productos exóticos atractivos a los ojos del capital extranjero, con rapidez empresas transnacionales se ponen de acuerdo principalmente con el bribón presidente Guzmán Blanco, quien bajo su comando pacta con empresarios ingleses y germanos, en especial, para diseñar y construir diversas vías férreas en el país aunque de poco kilometraje, por lo que en vuelta de poco tiempo se inauguran el ferrocarril a Valencia y Puerto Cabello, el de Barquisimeto, La Ceiba, San Carlos del Zulia, La Vela de Coro, Naricual, Carenero, El Encantado, Santa Lucía, Encontrados, La Guaira y otras trochas subsidiarias, de vía angosta y diferente anchura del tren, lo que vino a sumar unos mil kilómetros lineales, y para sorpresa de todos  esos trencitos por demás incómodos para principios del siglo XX constituían la red ferroviaria mayor existente en la América del Sur, lo que pronto comenzó a decaer por la desidia del mantenimiento, las disputas accionarias, porque al tener diferente anchura de los trenes se hizo imposible unificar esas empresas a objeto de su ampliación, y porque además, la guillotina final de tales medios de transporte, las que pudieron sobrevivir quebraron falleciendo de mengua artrítica cuando comenzó la competencia del transporte por carretera, o sea cuando Venezuela andaba inundada de gasolina.
Ya desde mediados del siglo XX y con los planes que el gobierno desarrollara al efecto, el problema vial y de sus componentes se transforma de una manera absoluta, al extremo que se construyen autopistas, puentes y túneles que estaban entre los mejores del mundo en materia tecnológica y para el esparcimiento de la población, cruzándose el país de carreteras pavimentadas con asfalto y realizándose obras de envergadura como el puente sobre el Lago de Maracaibo, los puentes pretensados y el famoso túnel en la autopista a La Guaira, que para entonces fue el más largo del mundo.     A ello debía unírsele una flota marítima de importancia y una flota civil aérea, o sea la Aeropostal, Avensa y la llamada Viasa, que en la prestación de servicios estaban consideradas como entre las mejores del mundo. Y conste que no exagero, porque de ello sobran pruebas.   Pero luego con la intromisión de la política en estos campos de la infraestructura nacional  y por tener ella otras miras maquiavélicas a nivel internacional, la riqueza del país reflejada en la extracción y los muy altos precios del petróleo que por casi tres décadas sostuvo una bonanza aparente de dádivas en compromisos allende las fronteras naturales, impidió destinar parte de esos recursos al mantenimiento y extensión de los programas viales, que salvo el nuevo puente sobre el río Orinoco hecho en vía expedita por brasileros para salir al mar Caribe, y el plan ferrocarrilero al mando de los chinos y casi paralizado, impidió enseriar dejando de lado los programas de largo alcance y manteniendo en suspenso esta materia, por lo que hoy las vías de comunicación en Venezuela, y a ello aunado  los tiempos de invierno fuerte ocurridos, andan en mal estado, muchos puentes corren peligro en su estructura o solidez y la capa asfáltica defensiva o de cemento se mantienen en peor estado, de modo que para sortear huecos en las carreteras se cae en otros desniveles o se rompe una llamada punta de eje  del vehículo, o se producen choques con los muertos encima y otros males que ustedes si son usuarios habrán padecido y en la prensa diaria los pueden comprobar, esperando apenas que la Divina Providencia nos ayude en estos casos de mal gestión oficial, porque de otra manera hay que pedir cacao, o llamar a María, según las expresiones criollas del país.    Por tanto agrego humildemente ¡Que Dios nos agarre confesados!

                Quiero cerrar la crónica recordando  que sobre estos viajes antiguos las compañías y artistas extranjeros se aventuraban para venir y atravesar la América del Sur, con circos, magos, mentalistas, músicos concertistas y otros de la especie, hasta mediados del siglo XX, por lo que su ruta preferida y sinuosa comenzaba en las islas del Caribe para atravesar luego por Venezuela, o sea Caracas, Valencia, Barquisimeto,   Trujillo, Mérida, San Cristóbal, Cúcuta, Bucaramanga, Bogotá, Ibagué, Cali, y hasta Buenaventura en al Pacífico, a fin de en un par de años proseguir rumbo al Sur en la vía de Guayaquil, acaso Quito, alguna ciudad del Pacífico peruano como Trujillo, Lima, y así siempre rumbo al Sur austral hasta Santiago de Chile, para continuar rumbo a Mendoza, Córdoba y algunas otras que se escapan de la pampa argentina, luego descansando de tal actividad artística en Buenos Ayres y antes de regresar por la culta Montevideo hacia un puerto europeo, siendo principalmente Barcelona. Viajes de tierra y mar que llenaron buena parte de la primera mitad del anterior siglo y una porción ya avanzada del XX, con la alegría inicial del arribo y la tristeza de su despedida. Y aunque esto suena como un viejo tango del recuerdo ello mantuvo avivado nuestra razón de ser en aquel tiempo con que entre saltos inesperados dio brusco cambio la mentalidad.

martes, 10 de diciembre de 2013

MACRO SUICIDIO EN LA GUAYANA ESEQUIBA.

 
      Amigos invisibles.  En verdad que el mundo está lleno de locos (al menos un setenta por ciento de la población en mayor o menor grado sufren de ello), algunos de atar y otros que andan tan campantes como para mezclarse en sus quehaceres  con los pocos cuerdos que en el mundo han sido, y no lo digo de forma poética quevediana sino con la realidad extrema que ocurre en tantos casos de colección donde mediante diferentes circunstancias de fanatismo, ya sea por vivencias atávicas de religión, de castas guerreras o de encuentros fortuitos cuyo único callejón de salida es el inmolarse, entre otros ejemplos que puedo recordar, llevan a esos sujetos llamados paranoicos a conducir grupos sociales por la vía siniestra del suicidio. Para ejemplo de estos habitantes del planeta dejamos constancia de asesinatos en masa como el reciente ocurrido en Uganda por medio del fuego creyente y selectivo de la gasolina rociada que se lleva en el carro de la muerte a unas 800 personas conducidas a ese holocausto final por  caudillos insensatos pertenecientes a una larga historia del desafuero tribal desde los tiempos de Numancia y más cerca de nosotros la Casa Fuerte de Barcelona con que aquí comienzan dignificando esos asesinatos colectivos dentro de una guerra a muerte sin cuartel. Y ya que tratamos algo de Venezuela si hurgamos hacia atrás y desde la Independencia en adelante el espanto de un Boves, de un Antoñanzas, Zamora, Arismendi, Antonio Nicolás Briceño, el llanero Presidente no ha mucho muerto y tantos de la colección esquizoide que bajo diversas formas y estilos de combate han contribuido mediante sortilegios a que se instituya con bombos y platillos ese fantasma tan penoso que es la muerte y más en las circunstancias cínicas que cada uno puede aplicar.
 
Pues bien bajo la máscara radiante de un muchacho avispado cualquiera y con referencia al tema que vamos a tratar porque también atañe a Venezuela, Jim Jones (James Warren Jones, nacido en Indiana, en mayo de 1931) aparece en el escenario de los alucinados por tantos males y desprecios conjuntos como un gringo despierto, inteligente, paranoico y desmesurado, con intenciones desconocidas pero poseedor del manejo de la palabra popular y los conceptos fáciles, porque los difíciles se le traban, de donde en una mezcla que se tiene de su agitada vida en medio de pobrezas raciales estudia a la sombra de escuelas de origen luterano, y hasta  en sus andanzas juveniles llega buscando caminos al gusto propio que está lleno de atajos y de incomprensiones consigo mismo, al extremo que criado en una comunidad heterogénea pero llena de rencores sociales desde antaño dentro de la discriminación que se aplica viene a su mente como instrumento para enderezar el raciocinio de los aconteceres el convertirse en líder de ideas disparatadas, como que siendo de origen protestante pentecostal piensa más en salvar afrodescendientes que aún llevan el estigma esclavista, mientras por otro lado incorpora a su pensar extravagante las ideas comunistas del propio Stalin, Lenin o de Hitler que son tan discutidas y aherrojadas dentro de la cultura americana de su tiempo. 
Desde muy joven, por tanto, comienza a recabar prosélitos mientras jura o cree ser enviado de Dios a la tierra para redimir tantos pecados, como a su manera lo hiciera el propio Hitler, y por ese espíritu de comprensión y una lengua aterciopelada para inducir las mentes primitivas, pronto en 1953 abre tienda propia y comienza a consensuar prosélitos, principalmente de raza negra porque en aquellos tiempos de Luther King y el reverendo Jackson entre el gesto, la mirada directa y el amasijo mental que posee cuando tiene más de 400  prosélitos de esa comunidad cerrada pero sumisos a su palabra, gesto y dictamen, con los suyos decide asentar las creencias que  madura en San Francisco de California, y ya como Reverendo por instalarse en los restos de una antigua sinagoga donde comienza a edificar y recibir dádivas o tributos de obligación, que pronto le llevan a ser realidad este Templo del Pueblo (“Discípulos de Cristo”), como le llama desde cuando en su estancia de Indianápolis concibe tal idea híbrida, mientras siguen llegándole conversos (se asienta que alcanzan los 3000 a mediados de la década del setenta) a sus falsas peroratas tildadas de divinas con el culto tiránico que realiza y el endiosamiento de su propia persona que otros llaman ego exacerbado.
            Para este tiempo y entonces con lecturas religiosas y comunistas que amalgama en el provecho intelectual donde las palabras muerte e inmortalidad tienen cabida propia sin que nadie pueda discutir  junto a sus seguidores al ahora inmortal Jim Jones, que hasta dice desciende de una tribu indígena cheroqui, comienza con creces viendo prosperar a su confraternidad de Indianápolis  y ya con el crecimiento de la congregación y el racismo incorporado entre 150 incondicionales bajo su mando, proyecta y desarrolla el viaje definitivo hasta San Francisco, ciudad de libertades del espíritu y  amplio relajamiento del sexo, asentándose en esta ciudad histórica en 1972, cuando ya entre las exageraciones sofisticadas hacía “curaciones por la fe”, en cuyo caso sus seguidores lo adoraban y sin chistar por obediencia ciega, porque en el paroxismo intrínseco se comparaba a Jesucristo. Con este traslado de los fieles que como digo llega a una ciudad liberal y mundana, pronto el Reverendo pastor comienza igualmente a recaudar cifras de dinero adecuado que le hacen más tranquila su existencia, aunque sabe que por sus inclinaciones ideológicas marxistoides o comunistas pues fue miembro de ese Partido en 1951, está en la mira de Washington y el Congreso de los Estados Unidos, en especial del fiero caza brujas senador Mcarthy,  lo que se incrementa luego de la última Guerra Mundial.  
Por esta razón esencial y mediante algunas informaciones diseminadas en los medios de comunicación en cuanto a los procederes peligrosos de este grupo radical al mando de dicha Iglesia o secta tan sujeta a los dictámenes del Reverendo Jones, que podían atraer una investigación de fondo por parte del gobierno americano, y como el enclave de Guyana era nombrado tal territorio  por ser una simple dependencia política británica  al formar parte de la Commonwealth (mancomunidad), entonces de tendencia filocomunista, ante tales proyectos de asentamiento por su escasa población y con miras de futuro, sobretodo en la región llamada Guayana Esequiba, que es parte de Venezuela y que reivindica el país en sus dos terceras partes sustraída mediante una componenda delictual que la despoja de 150.000 kilómetros cuadrados por el oprobioso imperio británico de los Tudor que aún en América Latina retiene en calidad colonial pero con distintos planteamientos y máscaras a las islas Malvinas, diversas ínsulas en el mar Caribe, Bahamas y Belice que guardan serios compromisos con ese férreo Imperio en decadencia, por estos razonamientos y dado que la lengua local es el inglés creole, que pudiera servir al Reverendo Jones en su expansión colonial futura, sumadas estas razones y otras conjeturas a tomar en cuenta como los eclesiales y africanistas, resuelve solicitar ante las autoridades de Georgetown, la capital administrativa del presunto país que arropa en gran parte territorio venezolano que Caracas disputa ante el manotazo leonino del inglés, lo que a  través de interlocutores o lawyers escogidos y el visto bueno siempre británico desde luego culmina esta  operación cayapa bien estructurada y sin que participase en ello el gobierno venezolano por reivindicar esas tierras sometidas a consenso internacional.
Desde luego que las autoridades británicas y guyanesas estaban interesadas en el asentamiento de esta secta comunitaria ante varias razones como fueron por la pretendida defensa contra la posición venezolana en solicitud de esas tierras guyanesas que se reivindican en las dos terceras partes de su territorio anteriormente usurpado, por la tradición racista afrodescendiente de gran parte de esa comunidad que la emparenta de este modo con la población negra mayoritaria de Guyana, porque dicha secta pretende desarrollar áreas importantes de agricultura a que se dedica en buena parte el país y porque como muro de contención el gobierno guyanés mediante arriendo y las buenas relaciones habidas  en 1974 resuelve entregar a dicha secta una gran extensión de terrenos improductivos (más de doce kilómetros cuadrados) que se sitúan al noroeste del país en áreas geográficas de las cuencas de los ríos Mazaruni y Cuyuní reivindicadas por Venezuela, con plantas hidroeléctricas instaladas no lejos de la actual frontera en discusión y porque este país deseaba desarrollar tal estratégico territorio lindante, como se podía ver con la explotación de minas de oro en los ríos antedichos, el desarrollo del cercano Port Kaitura,  la ubicación de una zona de lanzamientos satelitales como la existente en la no lejos Guayana francesa, porque este establecimiento de norteamericanos podía servir de valla contra  deseos independentistas interiores como los amerindios de Repununi, y sobre la pretensión grave en materia de la plataforma continental marina guyanesa que afecta directamente a Venezuela.
            Ante la posición contraria a Jones mantenida por la prensa de San Francisco y otros medios que pedían una investigación en cuanto a los hechos denunciados (entre ellos la escandalosa satiriasis del iluminado pastor con mujeres de la colonia que no podían protestar porque todo era controlado por él), el Reverendo Jones a pesar de ciertos apoyos oficiales de la negritud americana y de Washington y viendo peligrar su persona como el Templo del Pueblo y sus fieles lacayos mantenidos por él con una férrea disciplina autoritaria que no diría satánica (en cierto momento exasperado  rechaza la Biblia y se declara una Divinidad comparable a Jesucristo) pero yo sí, tipo Stalin,  sádico personaje de gulag a quien por cierto Jones mucho alabara, con que incluye el ascenso al cielo de toda la   militancia dirigido por este caudillo templario,  lo cierto fue que sacadas cuentas nedcesarias en 1973 y en volandas el pastor Jones viajó a Georgetown, donde se establece provisionalmente y mantiene cordiales relaciones con el gobierno filocomunista del momento, para  luego pasar al territorio que él bautiza Jonestown, nombre de la pequeña capital y mientras regresa a California para traer a 900 de su secta que ya comenzaba a dudar de esa paranoica idea referida a una ciudad paradisíaca que prometiera en medio de la selva y en tierras fragosas prácticamente desconocidas. Cuando a mediados de 1977 la comunidad regida por el “Padre” Jones y ante nuevos ataques de la prensa, como válvula de escape  se establece en el recién inaugurado pueblo suramericano, mientras el reverendo sin ninguna mesura comienza a tratar a los habitantes de una manera más autoritaria y despótica, trabajando los infelices doce horas diarias de explotación laboral cuyos ingresos todos iban a los bolsillos del llamado “Padre”, y con duros castigos corporales ante guardias armados, como el pozo en que encierra a quienes no escuchan sus órdenes, la cárcel que viene a ser estrechas cajas de madera, las golpizas por desobediencia,  la pésima comida a base diaria solo de arroz y granos, tan diferente a la que ingiere el pastor sin ninguna abstinencia e incumpliendo todo lo expuesto sobre igualdad social, de donde en el fondo los allí establecidos con el temor a cuestas comienzan a ser críticos de tal situación lo que culmina en el deseo ardiente del regreso a California, de donde hacen llegar a las familias en forma por demás disimulada relatos de su vida en Jamestown, dando así origen a que el gobierno americano tome cartas en el asunto por las noticias de la prensa igualmente aparecidas, por cuyo motivo pronto se prepara una comisión del Congreso de Estados Unidos y algunos ayudantes al mando de representante diputado Leo Ryan, quienes junto a periodistas y otros asistentes del parlamentario pronto se trasladan a Georgetown y de allí a la pista de aterrizaje de Port Kaituna, donde son recibidos por el Reverendo pastor y una comitiva.
            El parlamentario junto con su séquito correspondiente se dirigió a Jonestown para ponerse en conocimiento sobre las denuncias ocurridas y el análisis del quebrantamiento de los derechos humanos (entre ellos serias acusaciones de violaciones físicas permanentes), mientras que el Reverendo o “Padre Jones” desconocía que dos ayudantes eran miembros de la CIA quienes lo acompañaban en el viaje para estudiar in situ el “Proyecto de Control Mental” en comunidades de esas características que adelantaba tal organismo para utilizarlo en casos de necesidad. Inicialmente fueron muy bien atendidos por el Reverendo y el grupo encargado de agasajarlos, pero cuando el diputado Ray comenzó a investigar la situación de la colonia muchos residentes le pidieron que los llevase de regreso a los Estados Unidos, por lo que siendo imposible trasladarlos en ese viaje de avioneta hasta Georgetown, prometió volver por ellos en muy próxima oportunidad, de modo tal que viéndose perdido Jim Jones y como ser Supremo o Divinidad que en la paranoia le arreciaba decide ejecutar el plan extintor de esa comunidad como de antemano y de acuerdo con ensayos humanos con lavado de cerebros y sumisión absoluta había previsto, por lo que en seguida envía a hombres de confianza para que disparen a la avioneta de Ryan ya en plan de vuelo, en cuyo intento las balas asesinas penetran  en la cabina del avión hiriendo gravemente a dicho congresista Ryan y a otro más, mientras en la maniobra pueden  alzar el vuelo entre el tiroteo y  sin nuevos contratiempos. De inmediato Jones reúne a toda la comunidad bajo su dependencia estricta, los arenga con palabras convincentes de que ahora y por fin irán al Cielo prometido para ver a Dios en su presencia, y sin mayor dilación el fatídico 18 de noviembre de 1978 según había pronosticado procede a la masacre  o “Noche Blanca” prometida con más de 900 personas que sin oponerse ingieren una mezcla de mosto de uvas, cocacola  y veneno de cianuro, diciendo a todos los del rito mortal que se abrazaran para poder entrar a ese Reino Supremo,  mientras las convulsiones rápidas iban acabando prácticamente a Jamestown y desaparece con ellos su rico máximo líder y desequilibrado famoso Jim Jones, quien por cierto fue muerto de una bala al corazón  y no por veneno, posiblemente a requerimiento del macro suicida.  Perecieron entonces 913 miembros de esa comunidad aterrada y fatídica, entre ellos más de 570 de raza negra y 270 niños de corta edad, considerado ello el mayor holocausto de los últimos tiempos espeluznantes.
De esos tipejos como Stalin, Lenin, Hitler, Mussolini, Mao Ze Dong,  Ceaucescu, Beria, Hussein, Kadhafi, y otros tantos de la colección a temer, ¡Líbranos Señor!