viernes, 20 de mayo de 2011

EL MUNDO ARÁBIGO Y EL MAPA DEL ISLAM

         Hay dos palabras que gozan de un doble sentido y que con ellas se juega a discreción en el campo de la política. Quizás en un intento literal morfológico nacieron por detrás de los escenarios naturales, y por ello han servido para tapar huecos y hasta para ensalzar a embaucadores de oficio. Me refiero con ello a las expresiones manoseadas de “democracia” y “revolución”, nido de angustias demagógicas que se escriben de diferente forma llenando un cometido desorientador y mentiroso.
         Por ello en la actualidad cualquier dictadura o satrapía exhibe como escudo defensor de sus falsedades la palabra democracia, y peor aún, tantos desquiciados con alguna suerte elemental se tildan de revolucionarios, exponiendo esquemas y proyectos  absurdos que ni ellos mismos los creen y menos entienden. Con esta introducción subliminal quiero referirme a dos caras de una moneda multiforme que como reguero de pólvora corre por los campos de la actualidad y de la interrogación.
         Todo comenzó sin deslindar creencias en pueblos atrasados, trashumantes, sometidos a la vida primitiva de los desiertos, donde cierto día un iluminado profeta aparece, como lo fueron Abraham o Moisés a su manera, y hasta Cristo, quien por inspiración divina decide crear un  mundo monocrático y religioso radical, y tras esa idea santa Mahoma con los suyos se lanza a la conquista de la sexta centuria de nuestro calendario, y bajo las banderas del Islam y de la media luna  en correría inaudita a la sombra del inmarcesible Alá y de su profeta Mahoma, en pocos siglos de campaña continua sus seguidores se han hecho dueños de buena parte de Asia, del Extremo Oriente, de África, y llegaron al centro de Europa donde fueron combatidos, pero que aún como cabezas de lanza sus ideas permanecen incólumes y captadoras de prosélitos en el mundo balcánico, aunque con la arremetida de los nuevos oleajes más de cinco millones de musulmanes se han establecido en Europa, con su religión y sus viejas costumbres, de donde de manera insólita ya existen ciudades enteras árabes y musulmanas en dicho continente, con mezquitas que se elevan por doquier, lo que en poco tiempo y hasta con la comida, el vestido y lo que han importado de sus tierras lejanas, pronto, como pasa con los hispanos en los Estados Unidos, los islamistas ocuparán silenciosa y de una manera inteligente pero definitiva, altos sitiales en ese continente europeo, para cambiar con sorpresa nada extraña el ser, el hacer y el deshacer de aquellos cultos países invadidos.
         En la actualidad el mundo del Islam, que profesa la religión islámica, es por demás amplio, desde las alejadas islas indonesas hasta grandes comunidades en China, India, la antigua Ceilán, Paquistán, Irán, muchos países del Medio y Extremo Oriente, el entorno centroasiático y turcomano, buena parte de los confines africanos, desde mediterráneos hasta subsaharianos, y grupos comunitarios dispersos con colonias extensas dentro de Rusia, los propios Estados Unidos, Latinoamérica, donde en Venezuela se cuenta la numerosa colonia árabe, y otras afines, debiendo asegurar que el mahometanismo es el credo espiritual que más crece en el mundo.  Pero sobre esta por demás base elemental hay que tomar en cuenta la división en  dos porciones principales de aquella idea primigenia  o fe del Islam de que “Dios es Dios y Mahoma su profeta”, sostenidas en pugna por las cuantificadas corrientes sunita y la chiita, fuera de otras desviaciones interpretativas del Corán o biblia de aquellos creyentes, con dos orígenes de poder a partir del fundador Mahoma, lo que provoca batallas incesantes entre sus partidarios de diversos confines de la tierra.
         El Islam nace en los desiertos arábigos como una doctrina dura, nada contemplativa sino exacta, aferrada a los textos antiguos, del tiempo de Mahoma, y en general aquella forma de ser y de vivir inflexible se mantiene hasta la actualidad, sin que la rueda del tiempo los afecte. Lugares sagrados como La Caaba en Meca, Medina, la parte musulmana de Jerusalén y muchos enclaves de Arabia, son intocables en este sentido, y lo contrario acarrea penas equivalentes a las impuestas por la Inquisición, en nuestro medio occidental. El Islam, que abarca todo el mundo de que hablamos, tiene una expresión mayor y religiosa, fundamentalista, dentro de los países arábigos, que se extienden también por otros territorios de las mismas costumbres religiosas pero no de raza árabe. Y así vemos que toda la cuenca Sur del mar Mediterráneo y bien adentro de África, inmensas extensiones sureñas rusas y todas las vecindades de Arabia Feliz gozan de este contexto ideológico, donde morir por el Islam es un placer porque se va directamente al Paraíso, aunque se suiciden con explosivos, que es el cielo y más gozoso que el de los cristianos, según anotan las madrasas. La fe para ellos es intocable y su contravención todavía incluye a rajatabla el cortar manos, o el ahorcamiento y la decapitación en público, y más torturas, como también la ley del talión “ojo por ojo”, y otras minucias que nos retroceden a mil años atrás. Las cabezas de todo este imperio cerrado e inviolable del sacrosanto Corán han estado o están en lugares dispares como Bagdad, Damasco, otrora en Córdoba, Estambul, El Cairo desde luego porque es la cuna de la sabiduría de esta religión y que se adapta en cierta forma aunque de paso lento a las nuevas costumbres imposibles de evitar como es la fotografía (está prohibido un grabado de Mahoma si no es original de antaño), o la vestimenta moderna que ya muchos utilizan, pero lo que más ha conmovido aquel diverso imperio religioso que en su tiempo salvó a la cultura occidental de su desaparición por las hordas bárbaras, donde la mujer nada cuenta sino para parir o jugar, fue la aparición del petróleo, “estiércol del demonio”, que de la noche a la mañana transforma a muchos países de humildes pescadores o arrieros de ovejas y de cabras que cinco veces al día oran postrados en el suelo y dirigido el cuerpo hacia La Meca, en más pobres por un  lado y archimillonarios por otro, que hoy giran envueltos en la riqueza miliunnochesca insaciable de no tener fin en contornos como Dubai, Qatar, Kuwait, Saudíarabia, etc., lo que desde luego por encima de todo ha desembocado en pasiones humanas que nadie puede detener.
         Por estas secuelas y por mucho tiempo los gobiernos que manejan aquellas comunidades tan disímiles y extrañas para el mundo occidental, que aún no llegan a entender y menos digerir, como me lo explicara el profesor Richard N. Frye, en Damasco, es que pasa lo que todos conocemos, desde luego bajo el embrujo imperial americano que en el siglo XX, después de la Primera Guerra Mundial y en lo que va del XXI, tras bambalinas manejan diversas fuentes energéticas y capitales de valer, de donde como acaeció en América Latina también por aquellos parajes que describo se cuecen habas y la opinión de Washington era tener sumisos dichos regímenes fuertes, para la complacencia de todos.
         Hay algo que no se debe olvidar porque la verdadera revolución que mueve aquellos países, y muchos otros del orbe, es la presencia inusitada de los medios interactuantes, porque en obra de pocas décadas desde cuando pequeños radios transmisores de noticias saltan al aire y pueden entenderlos hasta los analfabetas montados en camellos, por encima de esos benditos medios que en avalancha hoy se presentan, no pueden ser controlados todos mediante ningún aparato del Estado represor, aunque se ordenen razzias mortíferas que produzcan terror, ya que contra la voluntad de los pueblos, aunque aquellos dispongan con instrumentos sofisticados de búsqueda e  interferencia, no pueden contener la marejada humana que se provoca, más temprano que tarde. De Mossadej, del Sha persa,  a pesar de lo moderno que era, de Sadam Hussein, el que vomita gas del bueno contra los pueblos kurdos, genocidio que le lleva a la horca, lo que está pasando con el sirio clan Assad, el  jurásico clan Gadafi, cuyo país ni siquiera existe, de acuerdo con leyes absurdas que un loco ha inventado, y los tiranuelos envejecidos en el trono como los de Egipto, Túnez, Yemen, Argelia, Marruecos, desde luego que las barbaridades cometidas en Irán, y otros no menos exóticos asesinos y cobardes, con la gran “primavera” de libertades que se ha desatado en aquellos contornos medievales, todavía en muchos aspectos,  nada podrá detener tal avalancha, aunque se circunden de autopistas, grandes edificios y otras riquezas de paso, como las sombras.
         Para concluir debo afirmar que fuera del poder americano que se mantiene en primer plano y a pesar de que ladren los perros ante la caravana, muchos de aquellos sátrapas deben estar poniendo las barbas del califa en remojo, porque esa magia de la difusión en masa los está destruyendo, pues para nadie es desconocido que la radio, la televisión, el cable, la comunicación satelital, el internet, el tuiter, laptop, email, los celulares y cualquier parafernalia de los blackberry, como toda la gama de ciencia y cultura que se transmite por esos medios revolucionarios, ni con el engaño de mil ayatolas, ni con mil gadafis, asades, leyes arbitrarias, represión, presidios, torturas y otras barbaridades sofisticadas y tantos artificios de la misma cuerda, o como por aquí se dice, entre caimanes del mismo caño, podrá siquiera retener el avance de los conocimientos que, en mi opinión, hará libres aquellos pueblos oprimidos de la forma más inhumana, y para que Alá, como Cristo y tantos otros puedan reinar tranquilamente, en su justa dimensión y fuera de la política oportunista que los retienen, para la convivencia y el amor entre los seres humanos de aquellos dominios del planeta. La tecnología de la comunicación, pues, y no los americanos, ha sido la que vence en la guerra terrorista planteada. Y en esto casos, para siempre.
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