martes, 18 de julio de 2017

DOCTOR KNOCHE (EL VAMPIRO DE GALIPAN).

                                                            

 

           


                                                           

            RAMON URDANETA


                                        

          ----¡Jawohl, claro que lo conozco¡!
   Aquella mañana de febrero lucía fresca, cubierta de nubarrones y unas taras molestas, porque fuera de la lluvia chispeante aún no despunta el sol ardiente al horizonte, hacia la insular cuesta navegadora de Margarita. En medio del trasnocho parrandero por demás agobiante, me encontraba adquiriendo algún pez sabroso marinero roncador o corocoro en la balandra surtidora establecida frente al mercado lugareño envuelto de olores característicos, como lo hacía con el ímpetu de aquella soledad pintada de esperanzas cada vez que tuviera ocasión, mientras siento contenta la esbeltez de mi figura y entre labios vivo recordando tonadillas del alma popular al lado de una gruesa negra martiniqueña con pañuelo craneal que se solaza mascando largas tiras del guácharo tabaco. Provista de cierto ánimo juvenil salpicado de sangre convulsiva entonces engarzaba conchas arenosas en un canasto sin fin, prevenida no me fuera a morder algún cangrejo agreste y fantasioso cubierto con alegres tenazas, cuando de repente tropecé por atrás con algo insólito y al dar vuelta al cimbreante cuerpo mulato con que Dios me hizo mujer, encuentro de muralla cautiva  a un hombre joven, fornido, rubio y barbudo de elegancia, de manos finas, borceguíes lustrosos y ropa bien dispuesta que me atrae de seguidas, por lo que al instante dejo el canto proferido sin pausa para mirarlo con interés, como él también me observa en la diligencia de unos ojos azules que al penetrar de frente confunden el paisaje caribeño y hacen crujir los cinco y hasta el sexto de aquellos sentidos femeninos puestos en flexible tensión.
Ese primer choque de emociones fue violento en los adentros pues sentí algo fuera de lo común que me subía y  bajaba, algo eléctrico, extranatural,   impresionante porque hasta olvido la escogencia del anfibio animal de la visita y sólo puse oídos a su grato parloteo como venido del fondo de de una caracola.
----¿De dónde eres?
De Barlovento, respondo algo agitada.
----Pero aún eres más bella que las barloventeñas.
----¡Gracias por la flor¡.
Tenía apenas dieciocho años geminianos de existencia atravesada en el mundo del modelaje escultural y tres de estar viviendo en la ardorosa tierra guaireña, cerca del conocido volandero barrio de calles prietas que por el pueblo en el escándalo a pensar llaman Muchinga, palabra de larga tradición africana, donde todos los pecados de la carne se cometían sin respiro y menos esperanza, a la sombra de la noche con cocuyos encendidos  y a cualquier hora
del día por continuar, en medio de un abanico prometedor  de marinos extraños vibrantes al vaivén del alcohol lujurioso y de decenas de catres en orquesta de ruidos, chinchorros pendulares, hamacas guagiras cocinadas en sangre y sonoros camastros con colchones y esteras hundidas por el uso constante del húmedo amor pasajero convertido en placer. Entonces mi residencia habitual era, que no de siempre por el constante tráfago, la de una tía más oscura que el cacao en sazón pero cariñosa como cualquier ángel blanco bajado de la iglesia del Cristo de Maiquetía, tan venerado en sortilegios abusivos  por todos nosotros los habitantes del amplio  litoral guaireño. Ella era parecida a un pan de papelón, con los labios carnosos, dulce o tal vez más que la caña azucarada de Naiguatá, generosa a los torrentes que semejan las aguas cristalinas que entre surcos verdosos iguales a sus ojos descienden en cascadas oportunas y a veces en tropel desde las altivas montañas avileñas, complaciente a todo dar como las pobres mujeres tetonas y con dientes de oro de la calle principal del barrio nuestro, e igual de querendona a mi madre, que perdí a los tiernos diez años durante una grave inundación de los caños habida en el pueblo de Curiepe, allá en el suburbio de los refinados negros loangos venidos con soberbia de príncipes  de Curazao o Angola y tan distintos a los busca broncas guineanos del lugar, de lo que me contaba entre detalles y sus faldas rojizas la cegata tejedora materna abuela mía, porque llena de miedo compulsivo entre gritos de disputas o alharacas hirientes y tras corrales traseros plenos de gallinas confusas por el hambre, a escondidas y muy joven de afecto presenció los feroces encuentros a cuchillo de ambos bandos en pugna, por robarse bajo la luna llena y sin contemplación a unas mulatas de postín o para escoger bajo ciertos hechizos sexuales al simple gallo ganador de turno en la contienda trivial desaforada.
El extranjero rubio, que de un principio cayó bien, a objeto de mejorar el gusto de la anécdota se había sentado muy cerca, y en la chispeante conversación entablada, que pareció nunca acabar, con cierto empeño de conocer el barro de la hechura quiso informarse a fondo sobre Priscila Ruda, que así me cristianara un barbilampiño fraile descocado y tarambana, en la modesta pila bautismal de la iglesia de palmas de ese pueblo, y yo al tiempo dándole rienda suelta al corazón expresivo, mientras él se veía de toda suerte interesado en el diálogo abierto que pareció monólogo, agregué otras cuantas noticias de la vida porteña que al instante bajo un mortero de ideas establecidas, se mantienen en el calor de la tensa actualidad.
---- ¿Y cómo te llamas?, le pregunto de reojo, con cierta sonrisa picarona.
---- ¿Yo?. ¡Godfredo¡.
----Bonito nombre. ¡No conocía a nadie que así le dijeran¡.
¿Y tú?.
Pues bien, soy de esa inmensidad sospechosa que es Curiepe, tierra  adentrada de brujos, mapanares y macaguas bífidas, algunas cascabeles, eternos males de ojo, mabitas, ensalmos por doquier, brebajes oportunos y trabajo angustioso, con negros abuelos curazoleños de tercera generación,  pero mi padre era Otto von Krassus, un alemán erótico parecido a usted según algunos cuentan, que se enamoró de Barlovia y sus tierras anegadizas, y tenía tantas propiedades rurales llenas de animales sortarios que hasta monta un pequeño tren casi de juguete para comunicar al puerto playero de Carenero con el montuoso y cimarrón San Fernando de El Guapo, en algunos cien kilómetros de distancia de lento descorrer, y al que llevaran en delgadas canoas salpicadas de saurios hambrientos  sacos repletos de cacao en concha, dulces, papelones, casabes, topochos, plátanos, yucas, cafungas, y más chocolate a lo largo de infinitos caños fluviales y ciénagas verdosas criadoras de diversos caimanes y babas que en la continuidad aburrida del bostezo y las redes peludas de arácnidos atentos, cruzan aquel extenso territorio promiscuo de zancudos silvestres. El catire templado se enamoró locamente  de mi madre, de día como de noche en la coyunda lujuriosa, y por encima de la familia mantuana que era de su haber, sin contar con los otros hijos cubiertos de rizos de oro entre borracheras absurdas de vodka al estilo de los hermanos Karamazoff le puso una barriga grande, redonda como un coco, que no la dejara casi caminar salvo con garrote, según decía mi abuelo el pleitista, y de allí en un solo quejido por la grande apariencia de tal parto nací yo, como verá, con algo de catira germana y prieto curazoleño.
Godofredo miraba a la mulata clara sin descanso, que en aleteo de brazos conductores y en estados hipnóticos de pureza conceptual usa un lenguaje cortesano, casi limpio, rompiendo así cuadros históricos de tiempo y del espacio en aquel medio absurdo inesperado, y entre más venía a cuento sus hazañas domésticas inconclusas, con mayor perseverancia el alemán quiso inhalar perfumes de su cuerpo cercano y conocer sobre la vida profunda de Priscila.
----A los diez años cumplidos abandoné Curiepe y sus fantasmas lascivos un día colmado de enervantes repiques de tambores “culo e puya” en honor a San Juan Guaricongo, para irme al terso enclave de Carenero, casa de una comadre de mamá, donde cada vez me extasiaba oyendo el silbido penetrante del tren de carbón  al salir tempranero del lugar a boca del puerto y luego el regreso cansino al caer de la tarde ya llena por bandadas  de murciélagos lejanos, hediondo a nostalgias de vecindarios exaltados y ciertas exudaciones ásperas, harto de comestibles variopintos y cubierto con humos ennegrecidos, en medio de celajes de esa tarde desfalleciente, cruzada por pájaros somnolientos, loros de cola larga y mariposas domésticas recién salidas de sus crisálidas explosivas. También aprendí a saborear la poesía cantante de  los pueblos con un maestro de escuela casi tísico, a consentir la luna grande color naranja y pegada hundiéndose a ratos hacia el horizonte del mar, como a entender la confundida jerga marítima de las banderas, pendones, enseñas, señales, cucardas o insignias de algunos países lejanos, por estar adornando siempre los barcos que lentos arrimaban al escaso anclaje de Carenero, y en cadena de músculos tensados para subir al fondo de las bodegas más costales y fanegas de cacao con el destino incierto europeo de los consumidores sibaritas. Alguna vez vi de lejos a mi padre, ventrudo, altanero, de bigote grueso en espiral, que usaba también foete de verga de toro y finas joyas en las manos, pero hasta allí llegó el conocimiento fugaz de su figura, porque no era posible acercarse a ese rico señor, todo el tiempo rodeado de servicios hipócritas y de negros mal encarados como escoltas vitales, por si acaso.
----Pero, ¿cómo viniste entonces a La Guaira?
----Muy fácil, me enamoré  sin ganas de un pescador oriental carupanero, lleno de ilusiones ópticas fantásticas, hablachento, vivaracho, mentiroso, medio poeta además y cantautor, potente eso sí, que en su balandra rastreadora un buen día por Semana Santa me trajo de paseo a este reino agradable de lo infinito y ya no quise regresar a tierra de los brujos supercheros, con las caricias de mi cuerpo pagándole el pasaje y las atenciones alimentarias de rigor. El viejo marinero, de gruesa envergadura fálica de 23 centímetros lineales, nunca volvió a aparecer por estos predios asustados del litoral guaireño, pues supe que había muerto, el pobre, debido a la furia insólita de un tiburón hambriento incrustado en restos de  su carne. 
En este puerto a la montaña salvaje acurrucado  como estampa postal de los recuerdos he tenido que vivir de esperas y a veces de desengaños, con algún trabajo de ocasión, como lavar, coser, planchar y zurcir de ser llamada a este tranquilo  oficio, o atendiendo comensales enamoradizos del momento y todo tipo, fuera de que consiento algunos amigos de confianza que me respetan y hasta quieren a su manera sin alargar las manos, por ser tiernos y bondadosos de excepción. Ahora mismo, esta tarde, entre el oleaje abrupto que repica el curioso malecón arriba la goleta correo “Copenhague”, de coronada bandera danesa, en cruz, blanca, de tres lonas veleras, muy vistosa por cierto y cuyo segundo capitán me distrae y acaricia besándome los senos o los pies, cada vez que viene procedente de San Thomas. Por eso aguardo su llegada, porque al par de lo agradable que es el nórdico fumador de pipa curtida, recompensa el calor de las sábanas untuosas con algunas monedas de oro, como francos franceses o libras inglesas de buena aleación esterlina, que con el cambio de ellas en el mercado libre callejero me permiten esperarlo sin sobresaltos por el largo correr del mes en curso.
         A medida que a Godfredo  transmito recuerdos sobre tantos disparates de mi desenvolver cotidiano y permanencia casual, parecía interesarse sobremanera por esas confesiones indiscretas que le narro sin mayor desparpajo, mientras él con los ojos encendidos al rojo demuestra entender todo el hilo de una vida llena de contrastes y de sentimientos dispersos a lo largo de esta costa marítima del litoral, donde subsisten escualos de mar pero también terrestres. Porque a decir verdad bullía en mi ser el sentido del compañerismo cautivo y la pasión comprensiva, y por ello el amigo barbudo que ahora conozco entró en los laberintos mentales que poseo sin mayores obstrucciones ni esfuerzos, y él parecía sentir la misma sensación de acercamiento puesto que a lo largo de la plática cargada mas tórrida vivida por el calor de dos se mantuvo firme y los ojos abiertos, con cierta protuberancia de manera inguinal expuesta entre calzones ajados, como pensando a fondo sobre lo que yo transmitiera, mientras con una pequeña  erguida vara  de                                             ( dibujo de la época o entrada a la lúgubre mansión de Buena Vista)  (VENTOSA,SEVERAMENTE FRÍA, A 1.100 METROS DE ALTURA ).

                           . carrizo hurga algunas tenazas de cangrejos hambrientos entre los pliegues salientes de la roca húmeda y golpea con verdadero tino a pequeños guijarros sobre el mismo peñasco, en veces bañado por la sal.
----¿Quieres acostarte para soñar al amor junto conmigo?, dijo de repente Godfredo traduciendo consignas mentales góticas y sin empachos repetitivos el rubio alemán de la comedia, que entonces dio a entender sin otros miramientos y en atractivo universal del deseo, la extracción ardida de consecuencias internas sobre muchas explicaciones femeninas que ahora en el disfraz activo  de la charla  saltaban a la vista.
Esa frase cortante, tan extraña de texto por la hora expuesta a pleno sol y tan sentenciosa a la vez, me conmovió de veras en las fibras más íntimas, pues fuera de engañosas palabras dichas a quemarropa del galanteo idiotizado no había oído hablar en tales condiciones precisas del momento erótico, mas por lo armonioso de su presencia estatuaria y porque me cayó bien en lo profundo de las entrañas dentro del requiebro emotivo que asevera, no tuve empacho en responder ¡sí¡ a la presta insinuación prolongada que parecía salir por el resuello nasal, todo lo que culmina de su parte por una toma segura de mi brazo, mientras con la mano ligera de la otra extremidad me acaricia suavemente el crespo pelo hacia la nuca, hasta erizarme de placer sensual.
Caminamos entonces por largo rato en olvido del mundo, ciega como andaba, alejándonos del bullicio porteño, con la bragueta abultada del teutón, y en algún recodo del sendero arenoso, envueltos entre sombras que cobijan cocotales, palmeras ondulantes, uvas de playa, almendrones cercanos, pájaros costeros de buen agüero, golondrinas despiertas, alcatraces, buchones o pelícanos en plan de pescadores, el eco quejumbroso del mar y el oleaje presente que revienta batiendo las crestas con su brisa mojada, de incontinente prisa Godofredo se bajó  el pantalón y yo la falda, porque la blusa estaba fuera de la angosta cintura, y su entender lascivo y enervante acarició mi cuerpo acanelado, de piel suave, brillosa, mientras más me besaba cubierto de una saliva espesa, lubricante, y cual macho cabrío de cuentos medievales horrendos  a empujones de amor sexual consumía con ansia y ahora sin rapidez, el  requerido acto carnal.

 EL TORREÓN CUADRANGULAR Y LABORATORIO ESPACIAL QUE MIRA HACIA LAS ESTRELLAS.
  . Aquella mañana de la suerte y esa tarde oportuna en que nuestros dos seres dispuestos al choque emocional erótico se encontraron por primera vez para fundirse en el néctar del placer absoluto, al estilo irreverente del galo De Musset, pareció no terminar jamás, porque el deseo infinito fue conjunto, único, fuera de prejuicios vacilantes, olvidando por entero la cita amorosa que tenía  con el danés de la pipa en forma de sirena, y al final del banquete lúdico con ejercicio de posturas sublimes en el escondido remanso, que evoca el indiscreto ananga ranga o el harem topkapi de Estambul, quedamos del todo en un acuerdo de que el próximo sábado siguiente nos veríamos a la misma hora y en el mismo lugar de tal hechizo, para seguir en  el disfrute sin freno de la nueva pasión tan desbordada.
Antes de despedirnos, frente a la mula rucia que le aguarda a las puertas del negocio mercantil de los Boulton, establecido en pleno centro de la bulliciosa ciudad marinera y donde la gente se arremolina como si fuera un bazar persa, donde el Jonás ballenero y Aladino prendido se confunden, para mayor certidumbre del pacto acordado el catire hecho fuego me obsequió una tarjeta suya de visita, donde podía leer, sin mayores obstrucciones visuales:
Dr. Gottfried Knoche.
                                     Médico cirujano.  
Y en la parte inferior de la sencilla y perfumada esquela podía leerse, en minúscula letra, además:                                                 
QUINTA “BUENAVISTA”.  Altos de Galipán.             
                  Subiendo por la cuesta india de Macuto.
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Esa tarjeta de presentación aún la conservo, amarillenta tantos años después, porque nuestro cariño y comprensión fue inolvidable y él siempre se comportó conmigo algo excéntrico, extraño, cubierto de energía, tan cerca y alejado también aunque como todo un noble caballero de postín.

             EL ENIGMATICO  KNOCHE, DE OJOS AZULES PENETRANTES
Para contestar a la pregunta sin respuesta agrego en este delicado recuerdo que el sábado siguiente y a la misma hora del convenio Godfredo estaba nervioso, con las uñas cortas o comidas esperándome diez minutos en atraso cuando llegué al encuentro vespertino, a pesar de cierta lluvia fastidiosa seguida de unos truenos y relámpagos que fuera de temporada se habían colado muy agresivos en el montuoso lugar marítimo de la cita. Me besó con ternura y luego del primer round emprendido con el calor acuciante de sus entrañas extrajo de la caja metálica pendiente que cargaba un emplumado pichón de loro real, que entre cotorreos giratorios del algo plumudo verdirojo me obsequia con mucho afecto y al que había cazado con trampa de cambures maduros puesta sobre el cogollo firme de una palmera real situada debajo de su casa y encima del villorrio de Macuto, en aquel estrecho cuanto empinado sendero mantenido en el abandono de piedras y lajas que los unía por siempre, sin otra alternativa.
Ese fin de semana el alemán decidió pasarlo íntegro conmigo, aunque por excepción, debido a sus ocupaciones en el arduo trabajo de la medicina, con su amigo Esculapio, pero sí fueron muchos los sábados que vino a verme, cuando montado sobre la mansa mula rucia de nombre Tirolesa, entre piruetas del andar equino que evitan sorpresas e inconvenientes pasajeros, a horcajadas de tiempo bajaba de la finca serrana establecida en el filo de la montaña hasta introducirse en los pequeños y gastados malecones de La Guaira.
Corría entonces el polvoriento año 1846, en tiempo de secano y peste de langostas africanas voraces, lleno además de caudillos como de asesinatos tierra adentro, y según me aclara el cariñoso teutón tenía algo así como dos años viviendo en la quinta Buenavista, sostenida en el aire a mil cien metros de altura sobre el espacio marítimo, que poco o más iba a reconstruir sin cese, pues era lo suficiente amplia  para sus pretensiones armoniosas y de una aguda visión a cuatro vientos cenitales encima del azuloso mar abierto por delante y hacia el atrás selvático, en la ladera Norte  de la sierra que gira rumbo a la tupida montaña  El Palmar y el empinado cuanto agreste picacho Naiguatá, imponente como el indio guerrero que le diera fama.
Godfredo era muy bueno como persona y mejor en el trasteo de la cama o el chinchorro alcahuetos, de recia envergadura cárnica de 23 centímetros en alto, como un día rocheleando lo medí, musculoso y musculón, lleno de hermosa vitalidad pícara, sumiéndose en el éxtasis sexual al decir de propias y parcas palabras cuando como potranca salvaje irrefrenable  sobre él montaba mi escultura que enerva derretida para ofrecerle sabores dionisíacos y otros placeres voluptuosos distintos a los naturales por corrientes del lugar, con poses flexibles del hindú arrebatado que en el atrevimiento de la coyunda me enseñara un chino marinero pensando en shangri-la, mientras a intervalos de la extenuante sesión emprendida el germano apura uno o dos vasos de buen ron añejjado  y provenido en contrabando de bodegas curadas  del frondoso bucanero Jamaica o de la atlántica y friolenta insular Barbados, según era el
gusto y preferencia del licor que madura en pipa de roble, por la característica inglesa de su buen paladar. RUINAS DE LA GARITA Y TORRE DE VIGILANCIA.
Excuse -dije para mi-, el atrevimiento al hablarle en estas condiciones o detalles crudos, porque el alemán exacto como un reloj suizo y cucú de Zurich recordando walkirias poseídas me enseñó muchas habilidades de ocasión, hasta poder expresar sentimientos con el tiempo y la oportunidad en buen lenguaje de méritos momentáneos, o el fiestero, y por ende así entender algunas frases de países lejanos, de sus culturas a medias y de idiomas enrevesados, faltos de lógica comunicacional, fuera de otros amigos extranjeros que en el empeño de la amistad con el coqueteo de las palabras dirigidas ayudaron en esta labor de conocimiento expansivo, pues cada vez que dichos forasteros andaban al paso navegante por el puerto local, me orientaron en las ideas inconformes de juventud mediante periódicos y libros extraños traídos en las propias bitácoras escritas de los barcos cargados siempre de visiones ocultas horizontales o de esperanzas optimistas.
----¡Claro que era soltero cuando le conocí!  Imagínese que para entonces God tenía más de treinta años y un pico largo, aunque no lo pareciera, de ellos varios vividos entre el tranquilo Puerto Cabello con sus playas prohibidas cerca de bares acuciantes, y el desorden anímico de esta ciudad al viento, pero de seguidas en Caracas cuando había culminado con creces otros estudios médicos sobre el rejuvenecimiento de los tejidos humanos, quiso regresar a Alemania a objeto de casarse con alguien de su clase y traer equipos quirúrgicos y ayudantes expertos en las materias del agrado, pues desde pequeño al percatarse de estar en el más acá de la sabiduría y en el repunte de la lógica cartesiana le obsesionó con ganas el sereno e inconmensurable Más Allá, para emprender o reanudar serios trabajos de investigación sobre la vida en suspenso y hasta la muerte de los seres vivientes, como del aura misma que los entorna, según me contara desnudo en cueros blancos y bañado en sudor dentro del aposento escondido que para encuentros ocasionales de amor sin término de fechas ni de farras tranquilas mantuve abierto con entrada propia en la casa de otra comadre de mamá, hija de un italiano de ocasión, quien por cierto haciendo caso omiso de los hechos habidos en pareja, siempre reía a gusto o alboroto con eso de mis eternas distracciones masculinas en pareja.
Acaso un mes más tarde de esa confesión al detalle, God, según lo llamara en áspera lengua sajona, o Godo, también conocido así por amigos europeos del lugar, cierta tarde sin olvido llena de gaviotas viajeras alejadas de un chubasco presente abordó el  mercante inglés “Shappire”, de cuatro velas altas, para por la vía del vasto cuanto lejano y nutrido puerto de Hamburgo seguir el paso de carruajes a Berlín, capital de festejos y mujeres pálidas de encargo cervecero donde metido a dandy con pumpá y palto levita pasea en berlinas de moda, y luego por senderos terrosos como tanto me  contara, continúa rumbo al pueblo de su nacimiento e infancia montañera en  busca de los seres queridos, que le aguardan con vívida impaciencia temperamental.
Tiempo después, medio año pasado mas dos meses seguidos, por el este del puerto litoralense amaneció un barco de vapor y velamen bajo, hacia la isla Orchila, que echa anclas seguidas, el que por sus banderas al garete descubrí ser teutón, de nombre “Elba”, y como era costumbre inveterada de los habitantes ociosos proceder a recibir en el malecón mayor a los viajeros llegados en la nave, para mí fue agradable sorpresa apreciar con nuevo sombrero de fieltro y bastón color de ébano mientras asciende del elegante bote que le trajo a la orilla, al doctor Godofredo, esta vez  acompañado de una doncella bella y rubia, menuda, de ojos zarcos como él, vestida de organdí y encajes de azul sobre fondo blanco, con lazos crespos en la cabeza, quitasol en arco iris y botines claros de fantasía, a la vez sustentada del brazo para evitar tropiezos del desembarco, pareja que era seguida de dos mujeres por demás jóvenes, muy parecidas en el tamaño y de faz genética, salvo un lunar demostrable en la nariz, a quienes desde luego consideré eran acompañantes al servicio de esas almas gemelas que para el bien de todos han llegado del lejano ultramar.
Al momento me sentí alegre y hasta contenta por optimista, ya que veía regresar  a un culto como buen amigo de verdad, de quien ahora se hablaba con  franqueza en la tierra porteña, por sus cualidades específicas en el campo de la medicina y los experimentos novedosos que desarrolla en soledad del taller, aunque entre vecinos pendencieros que sacan punta a una bola de billar corrían ciertas extrañas conclusiones sobre que este médico venido de más allá del mar sin miedo demostrable y oportuno, al momento traficaba con los muertos vivientes y tantos allí desaparecidos sin huellas de su alma, y menos de aquella amargura  que por quedar en pena aterroriza. ¡Qué horror¡. De mi parte para nada tomé en serio sobre el decir insulso del corrillo en murmurio, al considerarlo envuelto en puras especulaciones pueblerinas y actos de superchería mental de estas comunidades siempre ingeniosas, atadas a un capricho fantasmal, ya que si a ver vamos dentro de este escenario exagerado pero muy joven en el análisis de las conjeturas en juego pude observar escenas escalofriantes de gallos sin cabezas derrochando sangre salida desde el buche, por obra, maestría y gracia del brujo mayor de Curiepe, a quien en el topónimo ancestral llaman Birongo, que lo hace el patizambo una vez entrado en humos y trance paranormal, pero mejor ánimo de un no sé qué sostuve cuando el sereno alemán pasó cerca de mí, con aquel cuerpo gótico temperamental,  y al momento en que ando envuelta con fragancias naturales lugareñas y en corto traje que se ciñe al talle curvilíneo en la hechura aunque atrayente de colores fuertes, como abeja en busca de la miel, mientras en cualquier descuido de la pareja bienvenida y el almizcle de pájaro obsceno que ensucia el fascinante traje de la dama, Godfredo dobla la cabeza y a través de un inusual gesto sublime de la cara en santiamén me transmite curiosas señas personales con el lujurioso rabo del ojo facial. Al instante y desde luego entendiendo el signo inequívoco ya enviado, sin mucha espera mental capté la contraseña y de seguidas comprendí el claro mensaje del aquel guiño ocular.
Pasaron varios sábados, incluso el sacrosanto festejo de la Gloria, y otro viernes por la tarde un mensajero campesino de criollas alpargatas gastadas por el uso y sombrero de cogollo roído, adonde la comadre cariñosa que me alberga envuelto trajo un pequeño sobre enviado a mi persona, en cuyo interior como suerte de cábala askenazie inserta venía cualquier pluma blanca de paloma casera y además agregaba  una esquela casi telegráfica, con doblez  en punta, con el escueto gótico y siguiente contenido  escriturario:
----“Priscila, en el recuerdo de siempre espérame mañana a la hora convenida y en el mismo lugar. Tuyo. God”.
Estaba rebosante de alborozo y esa noche para calmar el ánimo me bañé en tina de agua tibia puesta al sol y antes mezclada con ciertas yerbas aromáticas y algunas hojas de malagueta y hasta el acompañamiento de cayenas, relajando el cuerpo mediante masajes corpóreos alusivos de los labiales inferiores para causar la líbido, y al final de aquel acto hidrotérmico cuanto sensual con toques espontáneos esparzo fragancias tropicales en ungüento alrededor del cuello insinuante de mujer. Mientras le sigo el paso al juego erótico en desgaire del momento, en los sedientos como erguidos pezones coloco un toque fantasioso de perfume francés obsequiado por otro marinero juguetón, de ojos garzos, que poco tiempo atrás y entre cuatro paredes acuciosas, con el rubor aparte se había saciado a gusto del gabacho, sobre  mi desbordante cuerpo estatuario.
Godfredo no cesó de percibir los vibrantes olores y el néctar de mi  piel, como el besar  profundo  y paladeado dentro de la tersa contextura mulata en uno y otro sentido perimetral, por delante y hacia atrás, en torbellino, y cuando después de cierto rato febril de ejecución llegó al primer momento intenso y  tierno de placer, donde brillan los ojos en medio del agobio ambiental y los espasmos radicales de ambos directores de orquesta mantenidos en el mismo compás de aquel ballet de cisnes inagotable, pareció que se hubiera abierto la tierra con cualquier terremoto devastador, desde luego distinto a los que acaecieran de verdad  y pulso en este puerto adherido de picos elevados y montañas agrestes, como el que aludían entre copas y sustos los viejos sobrevivientes porque sucedió en día jueves santo de 1812, sin que nada pudiera hacer el Cristo redentor cercano cuando entre ayes, quebrantos y blasfemias terribles muriera más de una mitad de la población, enterrada a medias y a ciegas sepulcrales bajo los escombros de horror en un instante emocional y que según algunos pusilánimes temerosos de oficio ese grupo de las tumbas boca abiertas y arrastrando oxidadas cadenas sonoras, cual zombis ocasionales salen de procesión y llanto lastimero durante las largas noches del plenilunio veraniego.
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----Lo de mi matrimonio y sus secuelas es causa de meditación luterana de Worms y te lo voy a referir por períodos antes que sobre ello preguntes, comentó el amante alemán para entre beso y beso caer en la tranquilidad buscada. Pues bien, tuve un excelente viaje de regreso a Europa, por el encantado y  afrodisíaco puerto de Hamburgo, donde abundan las meretrices confundidas con hetairas, rameras, putonas,  zorras de burdel y hasta algún desviado sexual en su elemento máximo, como los cuentos estrujantes de brujas voluptuosas preparando pócimas letales, al tiempo de florecer los tulipanes holandeses siempre bellos, coloridos y  hasta primaverales. Luego, en carroza de seis briosos y empenachados corceles con cascos musicales de tendencia barroca, sigo a la cosmopolita Berlín dicharachera, y de allí entre praderas castigadas por la lluvia, el granizo pendiente, y algunos lodazales pegajosos, otras cincuenta leguas alemanas de calzada ando en la distancia interminable para llegar agotado a Halberstad,  refugio espiritual establecido en la querendosa Sajonia de los buenos jamones que es mi patria chica y cariñosa  donde a la sordina de una trompeta lejana como la de Jericó nací en 1813, año de la Guerra a Muerte bolivariana o el derrotado Napoleón, y ciudad fría de vientos borrascosos encontrados que silban entre pinares, de calles rectas tiradas a cordel, buenas cantinas para albergar la noche, salchichón cervecero con sauerkraut curado y cabeza episcopal de cierto terco monseñor barbudo, cuya vida se halla encuadrada entre montes floridos y cielos luminosos, guardando salvedades, donde visité la tumba sencilla de mi padre que protege una cruz bizantina, rodeada entonces de un cúmulo de grajos y gansos de laguna, donde contaba ovejas el viejo militar cubierto de heridas cuanto de cicatrices guerreras, y allí recibo compungido los sollozos creyentes de mi madre achacosa, provista de muletas e hipo enfermizo de molestias, quien apenas vive llena de canas largas por los sufrimientos de la ausencia y otras refriegas constantes llevadas a cabo con el desandar de las aguerridas fuerzas prusianas. Luego del reposo necesario, acaecido en el deslastre purificador durante largos sueños  de templanza que embotan la
memoria y  por varios días continuos, continúo  acurrucado en recio colchón relleno de paja con almohada  plumuda de los gansos caseros, mientras tantas amistades antañonas, a veces enfermizas de vejez, se preocupan de ello, entre aquella campiña del recuerdo infantil y de extender la mirada consecuente en el vuelo altivo de las  flacas cigüeñas de chimenea que vienen sin descanso más cansadas desde los tejados vanidosos de Alsacia o Lorena, a través de consejos prácticos y presentaciones oportunas con lupa aguda de investigador creativo pero nato procedí a seleccionar una tierna muchacha del entorno casero, pálida y asustadiza aunque recatada que me sirviese de compañía en función de esposa o compañera fiel para entender la extraña vida americana toda cubierta de encantos o acechanzas, y a poco, después de tantos razonamientos oportunos y escogencias mentales hasta altas horas de la noche en pijama, opté por confesarle el amor eterno a Henrietta, que así se llama mi mujer, alabastrina, graciosa hembra como tú pero algo tímida, resbalosa, de rosadas mejillas invernales, aunque llena de temores éticos y miedos fóbicos cobardes para pertenecer a la otra vida sobrenatural que persigo con ansia.
Después de muchos escarceos comparativos y charlas de sobremesa atinentes a la buena conducta familiar del pequeño burgués, de lo cual sentencia el filósofo egocentrista Marx, entre manadas de fieros gansos ahora correlones por asustados del  “terrine de foie gras” y unas cabras de ubres tocando el suelo al nutrirse de más, le caí de lo mejor a sus padres prusianos, que al fin  y al cabo a punta de mapas y otra explicaciones pudieron comprender lo del matrimonio eterno con alguien que vivía al extremo del mundo enmarañado, en tierras de infieles busca pleitos y de gente casi en el olvido de su desandar, un tanto salvajes aunque no tan fieros o con el prestigio al suelo de los prietos naturales encontrados en el sur del desértico Sahara, según les describieran los recientes exploradores alemanes incluidos allá y de buenas fuentes internados. Mas, en conclusión, sobrepuesto el período inestático de tantas dudas metódicas obsoletas por ser tradicionales, los viejos pensadores dieron el sí a la oferta conyugal, y sin mayores vueltas dilatorias con una torta grasosa de tres pisos y ciertos venaditos cachondos entre lazos como guinda de la misma, dicha boda se realizó de inmediato en la cercana Iglesia de La Resurrección, mediando  cantos corales de organista perdido entre las nubes y excesivos ramos de flores blancas cual azucenas, oficiando en los rezos bíblicos oportunos el rubicundo pastor protestante, que de ver tanto en su interés movía los ojos circulares sin necesidad de ir leyendo, todo contrito eso sí porque tanto Henrietta como yo somos de fe y religión luteranas. Lo que pocos supieron de dichos actos maritales estrictos de confesos fue que la noche anterior, desinhibido de reglas teológicas cuanto éticas  aferradas a un código sobre la buena marcha social y lo que no se debe hacer, con tres amigos fraternos de la infancia por todo lo alto fui a despedir el fin de los sueños eróticos con  una farra abierta contraria al celibato de soltero y pecaminosa en cierta taberna a modo de burdel parisino, con atractivos retoños del can can francés, que cual barco encallado entre licores fuertes  anduvo solitaria enclavada en las afueras libertinas de Halberstadt, para libar y sin apuros tarros repletos de la buena cerveza artesanal aderezados con chuletas de cordero infantil y sin que en la francachela resultante de un aquelarre improvisado para mantener bríos hubiera querido enredarme sexualmente con nadie de aquel escondite protector de la alta concupiscencia, donde se sentaban las mujeres escasas de prendas interiores, sobre las peludas e hirsutas piernas clientelares.
                   GALIPAN. LARGA ESCALERA AL ESPACIO SUPERIOR.
Pocos días más tarde, bañado con los quejidos lastimeros de mi madre y la tristeza mocosa de los suegros, junto con Henrietta y dos personas de confianza, que traía como asistentes para mis experimentos novedosos en América, llamadas Francisca [en el equívoco popular  Pepita] Amelia, la del lunar en la nariz, y Amalia Weismann Mann, ambas hermanas de sangre y compañeras en ideas de sapiencia, emprendimos el viaje de trabajo hacia la inquieta América tropical o del Sur, por la misma vía del Berlín noctámbulo y un Hamburgo cargado de navíos y ráfagas al viento, con ánimo del imperio aguileño a extender sus tentáculos ya en progreso a objeto de expandir sus cañones hacia mares distantes confinados en la lejanía. En la capital prusiana llena de jardines, hollín y útiles museos, me detuve cosa de una semana para reparar fuerzas, adquirir artículos caseros a la moda, entre ellos un oso disecado o el busto del príncipe Vlad Tepes, de Valaquia, mi personaje favorito, como para visitar la vasta universidad que bien funciona entre campos gramíneos mientras me pongo al día en los últimos adelantos científicos de esta casa, o sea en el aspecto clave de la anatomía humana del “homo sapiens”, donde fuera de entrevistar a algunos patólogos de Galia allí en destino, tuve ocasión de conocer y de de discutir temas candentes con académicos  de nombre y renombre sobre el más acá de las ideas evolucionistas del novato a la vez que enfermizo británico maestro Carlos Darwin, el de las barbas luengas, con el ojo algo estrábico, y también extremo habladurías eruditas sobre la sangre humana, en que descuella Miguel Servet, con equipos de arqueólogos perseverantes y hasta anónimos de diversas capacidades y tendencias investigativas, que trabajaban en campos abiertos de esqueletos trenzados o ciudades ocultas recién descubiertas en los viejos cementerios saháricos de Egipto y los osarios dispersos de Mesopotamia.
Otra encerrona en dicha amplia ciudad llena de cafeterías ambiciosas y de mujeres fáciles mejores que las de Amsterdam o a la orden de tarifas dispersas, donde para ese momento de prosperidad andaba suelto un asesino en serie de prostitutas callejeras, fue con el muy erudito y caminante viajero Alejandro de Humboldt, a quien encuentro un tanto perturbado de salud y apenas con algunos colmillos maxilares. Mas porque era mucho el interés puesto sobre  este sabio andariego a fin de informarse  en referencia a Caracas y el país que años atrás visitara por casualidad, de seguidas me recibe en el amplio salón que es su dormitorio con dosel, en medio de mapas y libros gastados de lectura, donde entre el claroscuro habitual que le acompaña recordó con detalles expresivos algunas de sus hazañas escritas como vividas en la Venezuela de antier, el conocimiento que tuvo de los fogosos Bolívar y Miranda en los salones picarescos de París, y entra a relatarme de memoria los viajes sobre canoas que en criollo llaman piraguas, así deslizadas por el caudaloso río Orinoco lleno de toninas, hasta la vez que estuvo a punto de ser maltrecho y engullido por un enorme caimán de algunos seis metros de hambrienta longitud, con dientes afilados casi como los cocodrilos nilóticos, y también las potentes descargas eléctricas que le propina un pez temblador nada amistoso, cerca de la tranquila Barrancas fluvial barinesa. También hizo hincapié en el recuerdo del templado señor Mauricio Del Pozo, mientras éste no deja de atusar el bigote, asiduo tiranuelo fabricante de casabe con receta indígena y aburrido pulsador del musical cuatro aborigen, que encontró sereno aunque sin prisa al estilo creativo Da Vinci en el llanero pueblo Todos los Santos de Calabozo, rodeado de palmeras gigantes pero trabajando a pleno sol de 40 grados hirvientes  en ingeniosas fuentes creadoras de energía eléctrica, con máquinas artesanales de su terca fabricación y antecedido así por décadas de estudio a los avances verdaderos que en esta materia tan compleja y mecánica se realizaron con relativo afán monetario en algunos países de la vieja Europa industria 
VIGILANCIA DEFENSIVA DE GALIPAN---“-Pero lo que te voy a referir, Priscila mía, es una bomba a estallar, porque así como su hermano el barón Guillermo fue un docto ejemplar en
materia de  letras, sereno, sobrio, forjador de la universidad berlinesa y hombre de verdad,  verdad, el mariposo de Alejandro  sirvió al revés, y cosa extraña para otro entendido de  los suaves perfumes y de los viajes de aventuras, ya que desde temprano tenía ciertas veleidades nada masculinas que dejaba mostrar, pues era un muchacho díscolo con ademanes de esos que en la Inglaterra de los bajos fondos, a lo Dickens,  apodan gay, alegre cuanto festivo de calidad, seguidor de su tocayo macedonio Alejandro Magno, o el de la toga ensangrentada  Julio César, como  igual  al tan joven irlandés perturbado  Oscar Wilde, que esconde sus pecados en  la cara redonda, clavel en el ojal  y mechas que caen sobre ojos picarones,  y al extremo que en Cumaná  cuando  amamantaba al hijo pequeño con sus propias tetillas plenas de leche vigorosa, según lo comenta sentado en amplio sillón de cuero cubierto con altorrelieves o encajes y lamentándose de las dolorosas almorranas, a mandíbula batiente desdentada se reía el calvo anciano de esos problemas digestivos, cual si estuviera sintiendo el hecho exprimidor en carne propia. Lo   máximo de este silente enredo homosexual es que dicho sabio teutón y enamorado no estaba al cabo de saber que mediante los dimes y diretes o cuentos retorcidos por grotescos envidiosos de la Caracas revoltosa y las explicaciones sentimentales del acalorado doctor Tomás Lander Acal, yo conocía lo suficiente sobre el extraño caso de su prestancia varonil, que llegara a confundir mujeres inexpertas hasta con una grave voz de relación social, en grupos escogidos del talante mantuano caraqueño de las hermanas Jerez de Aristeguieta, llamadas también entre cañicultores etílicos “Las nueve musas” griegas, tan desprestigiadas por libertinas después de los carnavales venusinos y saturnales que hará un tiempo  sin escrúpulos pasaron de mano en el juego del escondite amatorio junto a unos señoritos empolvados de la nobleza gala que olorosos a cognac mantenido en barril de la mejor clase, por Puerto Cabello sobre  barcos de guerra con los cañones bajos llegaron amaneciendo y de inmediato subieron a Caracas, para en medio de fragancias francesas de moda que dañara el calor, ser correspondidos a plenitud con las entregas generosas de estas damiselas adelantadas a su tiempo en aquello de la prudencia y la moral, y hasta se dijo entre telones que una de dichas frívolas comparsas en cierta francachela de desenfreno fue la madre oculta del pleitista mulato general  Manuel Piar, enemigo irreconciliable de Simón Bolívar.
Humboldt estuvo largo rato riéndose a carcajadas prusianas con lo de la leche varonil, sin tener conocimiento ni apenas sospecha de cuanto se decía en los lugares pecaminosos y hasta en las fondas bullangueras de Caracas, como la conocida Posada del Ángel, ubicada en un extremo norte de la Plaza Mayor, sobre su relación estrecha con el compañero y botánico francés Amadeo Bonpland, entonces gordo, de barriga obesa, que le seguía cual sombra de matapalo en ademanes íntimos, de su amistad híbrida con mujeres al estilo del gallo capón, de la carta famosa que hizo a un compañerito de clases juveniles llamado Gabriel, como el arcángel bíblico, esta de corte romántico alemán que en el análisis de los sentimientos expuestos era casi una declaración de amor, y de su contacto insinuante hacia el mayordomo casero, tal vez de acoso sistemático, según lo pude apreciar en aquella oportunidad preciosa,  o sea con el mancebo Carlos, calvo preciso de la oreja a la otra extremidad, fiel y atlético adonis y “valet de chambre” servicial, a quien dejara por testamento polémico sus ya menguados bienes materiales.
Una vez en el Hamburgo dinámico de los malecones portuarios y casi al lado de un cargamento con sacos de café venezolano proveniente de Maracaibo, abordamos el barco teutón “Príncipe Federico”, que debía traernos al Caribe hasta cerca de La Guaira, aunque el recorrido fue por demás molesto ya que la pobre Henrietta durante noches enteras no pudo concebir el sueño regular en el estrecho camarote que teníamos debido al mareo cíclico o casi permanente de la temporada, pues a cada momento saltaba de la cama y sin escupidero conveniente corría hasta la mínima sala de baño para vomitar la propia bilis y lo atinente al intestino, dado el movimiento brusco de la embarcación sobre las voluminosas olas encrespadas y el efecto lunar que la saca de quicio en el carácter, al extremo que pensé estaba en comienzos angustiosos de embarazo, lo que careció en todo caso de certeza idónea, porque pocos meses después ante la intransigencia mía y mediante empecinados y duraderos coitos prolongados que entre caricias a montón buscaban el éxtasis sobrenatural,  sí entró en estado de gestación.
                               VISITANTES DEL MUSEO DE KNOCHE 
Venían de acompañantes en la nave tudesca dos muchachas buenasmozas, que resaltan por bien mantenidas, con kilos de más en la balanza, de pronunciadas dotes mamarias, hermanas a su vez y de la misma localidad germana que  nosotros, a quienes mi madre conocía por ser parientes de ella e hijas del productor de leche cremosa que abasteciera a diario nuestro cuidado paladar. Francisca Amelia era una mujer hombruna, amante de las iguanas y rabipelados, tosca, de mucho quehacer y 26 años vividos, acaso con el clítoris más protuberante, frígida hacia todos los hombres comarcanos y hacendosa al extremo, con devaneos oportunos en la autocomplacencia de sus espacios íntimos y el dedo animador, como alguna vez por casualidad lo pude apreciar al retorcerse, que además mantenía la casa de Buenavista en perfecto orden de aseo y limpieza eficaz, al estilo prusiano, gustando de ello hasta el hartazgo pero llena de flores campestres y colibríes, mientras tranquila daba pasto en el establo al rucio rocín que a veces me servía de cabalgadura, y siempre pasea, acariciándolos sobremanera, junto a dos asnos macizos que sostengo para cargar alimentos y cadáveres, mientras se sorprende alucinada y sobrecogida de las vergas erectas y generosas de cada mamífero en cuestión.
----Cierto día acrecentado por un lejano eclipse, en la curiosidad científica o del gato me preguntó hecha babas, casi en un proyecto de coyunda sardónica y por demás nerviosa:
----“¿Por qué serán tan grandes los extremos genitales de esas bestias?”.
---“-¡Porque Dios así lo quiso”¡, le respondí tajante, mientras desplazaba su mirar enternecido hacia estos mansos por castos cuadrúpedos, casi en signo de impropia resignación. Jamás volvió a plantearme dicha pregunta cabalística, de hondo significado, pero sí más de una vez la vi contemplar de sesgo y hasta con picardía aunque de bajos ojos, a los robustos y cuatriboleados  animales domésticos.
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----Estas anécdotas risueñas que God me contara a trancos y trochemoche años después, cuando ya éramos la una para el otro mas sus agregados en el mundo carnal y aún sin haber desaparecido de la escena guaireña la verdadera esposa, fueron para mí deliciosas, excitantes, con ajustes de lo real maravilloso, pues además de narrarlas en guasa el alemán, salpicadas con un acento nórdico extranjero y el énfasis puesto en el gutural ronco sonido sajón “rr”, también trajo al tapete de lo cotidiano las relaciones suyas con Amalia Weissmann, la otra mujer germana que en calidad de amante de destajo viviera con él, pues a decir verdad en algún momento de la existencia testicular mi fogoso amigo al estilo de jeque musulmán del tiempo de la hégira tenía tres hembras bajo su responsabilidad fálica del harem, como yo pude mantener hombres al desgaire para la diversión sexual, es decir a las nombradas Priscila, Henrietta y Amalia, porque en fuerza de los hechos Francisca Amelia era lo suficientemente horrible en cuanto a lo físico, con tipo de sargentón prusiano y amorosa de los asnos, al extremo de no despertar lujuria, ni siquiera estando cualquier vecino predispuesto o en la borrasca del celo sexual y con la voluptuosidad revuelta, aunque su frío corazón servicial era otra cosa.
Amalia fue mi verdadera compañera de calor en Buenavista.  De día y  hasta de noche permaneció muy cerca y en especial durante las horas nocturnas del avance científico, porque en ese tiempo de los búhos regañones ,  de escuchar un aleteo continuo de maldad , de la oscuridad alumbrada  por un gas azuloso, el aceite de tártago y con esperma de ballena titilante, siempre se alargaron los experimentos pendientes y el campo de las tareas previstas en cuanto al progreso de los estudios sobre seres inmortales y la investigación genética.  Ella fue quien resuelve sin evasivas que al menos cada trimestre yo
                  
MAUSOLEO Y SEIS TUMBAS  DE LA FAMILIA KNOCHE. debía ir a Caracas para lustrar con alcohol, fricción alcanforada y ungüentos resinosos la momia erguida de Tomás Lander, el conocido político liberal que imitando a un totem celoso a rajatabla de la tribu, chamán o icono a reverenciar, durante cuarenta años precisos permaneció sentado frente a su escritorio de madera rústica, vestido de chaqué negro y botas de charol, en pose tranquila de escribir algún manifiesto demagógico y  al que luego de revivir con paciencia de horarios extraviados debí hacer la limpieza final cutánea con corriente ácido acético del vinagre balsámico para evitar imperfecciones en la seca piel de su rostro compungido y al tiempo detener el crecimiento inesperado de parásitos fungosos o polillas saltonas a lo largo de las rígidas extremidades.
----“¡Allá viene el doctor Frankestein!” solían comentar en voz baja  asustadiza algunos curiosos conocedores de leyendas fortuitas de última hora o generación, mientras aparentando otro fantasma de opereta sin antifaz me veían subir de sombrero alón, capa negra y fondo granate hasta la media pierna, por la misteriosa esquina caraqueña de Cipreses, toda llena de incógnitas, esta vez con el añoso maletín sostenido bajo del brazo, al tiempo que encaminaba los pasos perdidos de un reino imaginario para penetrar por el portón gastado de aquella casona de techos rojos y a ratos pajizos, anclada en el pretérito guerrero y de seis herméticas ventanas predispuestas que auscultan los pormenores visuales de la calle, la esquina de tantos enigmas en acción y el hazmerreír de los entonces escasos transeúntes.
Había llegado así a la siniestra mansión cubierta de misterios o fantasías, envuelta en signos del ayer, con cipreses longevos y nidos de avispas  ponzoñosas en el patio cruzadas con abejas, como bien lo comenta el ácido bigotudo Allan Poe en la extravagante casa de Usher, que he vuelto a leer en los detalles y me entrometo en este ambiente quejumbroso para mejor captar sus intenciones malévolas de espanto, por donde pasa un siglo de desdichas y miserias. Allí, tras muchos libros envueltos en el añoso polvo superficial de la estancia, ayunos por tanto de cualquier plumero limpiador, permanecía en la excepción de las sombras perdidas el prócer civil por largo rato alucinado que se volvieron horas, escondido entre las sueltas cortinas de terciopelo bermejo y otros adefesios de pared para resguardar la integridad momificada del fiero luchador Lander. Y yo a su diestra, sentado en taburete especial solía proseguir una conversación interrumpida desde la vez anterior, con el ilustre hombre público, periodista y marrullero eso sí, de cara grave redonda o mejor, disgustada, mientras limpio al ras sus mostachos entorchados con alguna navaja de bajo corte y le arreglo en su sitio la peluca indispuesta, hasta quitarle con pinzas y tijeras sutiles la delicada red cazadora tejida a destiempo por alguna araña impertinente.
----“Te repito Priscila, fraülein Amalia fue imprescindible para mi buen hacer, y de aquí que la enseñé a convivir en medio de los muertos o sus asimilados, el quirófano, el pedazo de morgue, la ultratumba del más acá y los desaparecidos de antaño, a buscar con paciencia su alma errante o vagabunda para no caer en el dolor de la pena compartida al momento de separar su cuerpo, al estilo gurú, y a no ausentarse o sufrir crisis histéricas en la catarsis proveniente, al sentir los pedazos de cabeza acerrada o de cerebro o los restos de piernas, que andaban esparcidos sin medida por entre mesas metálicas del tranquilo laboratorio de investigación, siendo ello personal y no siniestro, al tiempo de atemperar ideas exóticas desconectando los exagerados sentidos del tufillo hediondo a formol, del local sin limpieza oportuna, que ambos percibimos sin otra alternativa cuando ingresábamos hacia el fondo de los salones de estudio y del trabajo agotador.
Y a ratos, entre esos aromas nauseabundos del entorno como algo imperceptible me viene un deseo aberrante e irrefrenable de hacer el amor, de consustanciar ambos seres cultivando el priapismo de que trataba el torturado marqués de Sade, quizás influido por el momento obseso cuando veía lo crudo de la vida ante la presencia desgarradora de los cadáveres desnudos, que recuerda a los que yo pequeño con sangre derramada ante las horas subsiguientes miré destrozados por bayonetas o alguna metralla mortal frente a la puerta guerrera de mi casa germana, de donde para no cometer la locura de deleitarse ejercitando el sexo con un muerto verdoso cuanto vigilado atento por las moscas o larvas, a ella la acomodaba en cualquier lecho mullido del salón, o para insinuar episodios morales del indostano kamasutra andaba en cuclillas o a horcajadas la ponía, o simplemente me extasié con Amalia en posición vertical y no decúbita, mientras frau Henrietta detrás de varios portones y cerrojos alusivos continúa perdidamente enamorada de Morfeo en el olvido del abandono de las habitaciones de dormir, lejos de las pulgas ociosas o los chinches que en el establo trasero castigan a tantas bestias revolconas, envuelta eso sí ella de orquídeas mañaneras, tejiendo futuros escarpines de neonatos o soñando despierta con insectos voladores carniceros y mariposas amarillas en tiempo de apareos, en el desenfreno interrogándose  frente al espejo con el uso machacón de algún dialecto alemán desvencijado y encantada de vestir a los dos hijos mayores como marineritos de agua dulce en  la ocasión tan placentera.

LA HORRIPILANTE VIDA EN GALIPÁN.
Amigos invisibles. Deseo complacer con  este trabajo a muchos  conocedores de mis diversas preocupaciones intelectuales que  han querido indagar sobre cualquier novela que haya escrito, cuyo capítulo quinto en la ocasión se referirá a un personaje de la profundidad caraqueña y fuera de serie, disciplinado como buen  alemán, sabio pero monstruo selecto por no decir discreto  al que aquí trato en buena extensión de las palabras. Me refiero así  al  galeno doctor Gottfried Knoche  (1813-viernes°1-1-1901-), cuya vida y misterios en lo expuesto por asociación de ideas  le colmarán el alma, desde luego llena de horror a partir del principio en el inicio y su continuación.. Si a alguien  convence este trabajo  escrito con pasión necesaria  y haciendo cuentas  a objeto de mirarlo en el mundo intelectual con ansia requerida   e  intitulado por tanto  “Doctor Knoche, el Vampiro de Galipán”, puede escribirme insertando un serio proyecto de ejecución empresarial. Saludos de antemano,
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Lo vi entrar por el portillo grande y no a través del empedrado donde penetran los bueyes exhaustos, ciertas carretas del tráfico local y algunas cabalgaduras sudorosas. Venía a paso tranquilo, eso sí con un rictus profundo de tristeza en la cara, creyendo le sucede alguna desgracia de contar, seguida de tantas que en ese tiempo necio de la Guerra Federal anterior se abatieron en derroche sobre este pobre y ruinoso país sudamericano.
---“-Guten Tag, asienta. Sí, buenos días, aunque vengo destruido por lo de  Frau Henrietta, que me abandona y marcha por siempre de Venezuela, con los tres retoños del hogar, que rompe ese cordón umbilical de amantes ante Dios para volverlo apenas trizas. Ich verstehe Sie nicht. Se alejan los queridos Adolfo y Catalina, tan bulliciosos ellos, la suave criatura de Brunilda, y apenas me deja como recuerdo emblemático a la anciana pareja de perros pastores alemanes, que de pastores en la flojera natal nunca sirvieron, los que por tanto orinar e incontinencia escatológica no pueden ir con ella en el angosto barco de ilusión, y a quienes pusiera por sonoros recuerdos alusivos los nombres musicales de Tristán e Isolda. Es toda una tragedia de familia, idéntica a las que compone con profundidad  ancestral mi admirado mago y maestro en el pentagrama de leyendas nórdicas, Richard Wagner.
Serían las once de la mañana de un día fuertemente cálido por estropeado y
BUENA VISTA permanece ENTRE LAS NIEBLAS Y EL TERROR cuando de esta manera escueta pero llena de desastres ocultos el doctor Knoche penetró en la surtida tienda que mantengo al costado de la Casa Vasca y lateral de la Fonda del Espíritu, provista de múltiples bebidas espirituosas, para adquirir una nueva silla de montar de las llamadas chocontanas, proveniente de la reinosa o lanuda sierra oriental de Colombia. En ese momento cumbre aunque siniestro dentro de sus ojos cubiertos por las nubes borrosas y el monóculo de oro que le cuelga, pude apreciar y casi reflejada una sombra de llanto pertinaz, mientras el fuego alentador, ahora decadente en la desgracia, yacía vuelto añicos por la siniestra fatalidad que lo emociona.
---“-Ponte  en mi puesto, herr Federico, y piensa lo que significa para los sentidos informes que mantengo esa marcha en regreso hacia el nunca más volver, luego de dieciséis largos años de andar juntos aunque no revueltos por estas tierras agrestes, en pareja imperfecta, ella llena de problemas mentales dando de comer la fémina a los loros reales, cotorros, cacatúas, guacamayos, monos  o pericos cautivos y yo a las serpientes ponzoñosas, mientras en la comunión idónea  familiar fue costumbre  releer por tres veces diarias manoseando la Santa Biblia reformada de Lutero, ella entre lloriqueos nostálgicos y  poses desacostumbradas  por la patria prusiana, la del rugir de los gruesos tambores de Nabimia y las descargas mortales selectivas, en el tarareo melifluo o sin desentono de oírla cantar a ratos trozos y arias enteras del Anillo de los Nibelungos, con Sigfrido a la cabeza de las gestas, las Walkirias o Lohengrin, que son porciones desgarradas de nuestra propia y difícil identidad germana.    “ Jawohl que voy a lamentar mucho su partida, con un regreso por demás imposible, como el chivo que al volver se desnuca, en sentido  coloquial, aunque ella con sus raros complejos gritones  y nimiedades permanentes  tenga  razón en parte, que es como decir a medias, porque así pueden educarse los protegidos vástagos en colegios militares de alcurnia, tal cual lo hicieron cabalmente cerca de Postdam su padre y su madre y los abuelos, y ya el mayor de ellos, Adolfo, al tiempo en el alerta de proseguir sabias tareas académicas quiere iniciar estudios hipocráticos en la insólita universidad  humboldtiana de Berlín.
Se secó la cara con el pañuelo bordado de sus siglas en monograma, empuña sin  chistar y en tarro vidrioso  cualquier copiosa por espumante cerveza traída desde el extranjero de Pilsen, Bavaria o la propia Munich, para sentarse luego enseñando la bragueta  abierta por el calor en una silla rústica de cuero repujado con tachuelas redondas en bronce, al tiempo que me dice, sin rodeos:
----“Amigo Federico, entre nos, tu padre debió ser muy feliz porque cuando establece la Casa Blohm aquí en La Guaira toda su prole de varones despiertos y el rosario de rubias hijas  aceitosas, incluida la mongólica que como me has explicado a mucha honra recuerda la tara facial de las hordas tártaras asiáticas y familiares, quienes siempre lo rodearon en círculo tenaz y nunca pensó abandonar a Venezuela, ni en épocas tan tristes como la vez que sin piedad o contención e insultando con el tono de altura se saqueara a los  comerciantes hebreos   curazoleños en Coro y la costa de Puerto Cabello, ni ahora que los locos liberales guzmancistas cubiertos de odio familiar fusilan por doquier a los adversarios conservadores y viceversa para  recibir el mismo trato vital, en una bendita guerra sin cuartel que nunca  termina ni esperan suprimir, y en verdad que he visto mucho crecer la reciente población de zamuros gallinazos, incluidos los carirosados con el pico blanco, porque no dan cabida los cadáveres en cualquiera de los cementerios clientelares lugareños y menos dentro de  los camposantos de categoría, como el cercano de Punta Mulatos”.
----“Sie haben recht. Pero lo de Frau Henrietta es más patético o doloroso, porque en esos casi cuatro lustros que conviviéramos allá en Buenavista, con aquel panorama estético pintado desde nuestro patio por el paisano Bellermann y tan encantador que se pierde de vista en la lejanía acuática, rodeados de animales exóticos y aves agoreras, de cayenas dispersas, enredaderas, plantas atrapa moscas, orquídeas y bromelias fugaces, luego de                     
    
IMAGEN OSO DE BERLIN, PROTECTOR DE KNOCHE. PERFIL DEL LABORATORIO Y TELESCOPIO INTERIOR.   lecturas escalofriantes o aterradoras inglesas de las ergástulas y cuchitriles ella siempre sufrió de achaques de salud, de temor a los espantos malignos otoñales  con el ruido del aire montañero,  salpullido alérgico con piquiña y del espíritu agónico vagante que sin más sacudidas siempre la entristecía. No hubo momento adrede que no se quejara de algún mal hipocondríaco, verdadero o ficticio, entre ellos que los perros lobatos entrenados  no dejaban dormir por sus tristes ladridos ya miedosos, que en el ambiente claro y con reposo de Buenavista había aires mefíticos similares a carne en descomposición, que sintiera pasos de ultratumba alrededor de la residencia o vampiros  chillones volando bajo y ansiosos en busca de sangre caliente  humana, que hasta en somnolencias pesadas se le aparecían fantasmas traslúcidos conocidos y así  asustándola y poniéndole la carne de gallina, que alguna vez desorientada miró por la alta ventana en tiempos de luna llena y hacia la medianoche, cuando  pudo ver sin equívocos un ejército de monstruos cadavéricos de los llamados sombis  salidos de la tierra horadada  que caminaban acarreando cadenas y a paso por  demás cansino, que otras veces en la terrible tormenta eléctrica aérea del momento el hogar en parálisis permanecía rodeado de enormes espectros o duendes cornudos montados sobre dragones fogosos de siete colas potentes, después de las doce horas nocturnas contadas  en reloj sin retraso, oyéndose a coro gritos, clamores, alaridos, súplicas, sollozos, quebrantos, chillidos, palabras obscenas, gimoteos, gemidos, arrastre de peligrosas serpientes cascabeles y otros desmanes tenaces que su cerebro trastornado pudo a tiempo detectar.
----Ante este cuadro tan típico de sicosis achacosa, que nuestro admirado profesor vienés Sigmund Freud años más tarde supo demostrar frente a  infieles no creyentes y probando los hechos estudiados hasta el cansancio, he tomado, pues,  la firme determinación que mi dulce Henrietta ande de vuelta con toda la parafernalia mental que  la acompaña, junto a   sus queridos hijos en viaje paternal rumbo  al acurrucado Halberstadt, pueblo sajón tranquilo de dulces aguas y mejores colores en que  me tocó ver el mundo,   lugar donde sí podrá deleitarse de manjares apetitosos al masticar fresca cecina, tasajo curado, criadillas de cerdo, o sopas de ajo con cebolla  y grasa vieja, entonces aborrecídas por Herrietta, gordo de la carne, fritangas familiares, rodilla de cochino eisbein, fresca morcilla,  la papada del marrano o chicharrones  de puerco derramando calorías, caldo de manteca recién colada, patas aceitosas de chancho y sauerkraut con gruesa salsa tártara junto a salchichas de Frankfurt refritas en viejo vino del Rin, sin que con ello  pueda quejarse  de las horribles acideces y los salpullidos viajeros de que aquí  por costumbre  siempre padeció.  
Sin embargo y para eliminar dudas pasajeras  la llevé  a  Caracas donde el mañoso yerbatero aragüeño Ñigüín, que trabaja con clientela escogida mediante cita anticipada en el cercano pueblo de Chacao.   La vio también bajo atención insólita el admirado brujo cicatero Ño Leandro, presunto padre del mulato general Joaquín Crespo, que agarrado del bolsillo monedero cura tantas dolencias particulares con la amarga pócima alquímica del Tacamajaca.   La conduje a la tenebrosa choza de Curiepe, para que con hojas urticantes y aguardiente de caña en buches soplados con saliva de chimó la ensalmara el rechoncho brujo Poncho, a menudo vestido de satín playero y con costuras de armiño, o de falso guayuco, famoso además por su macana milagrosa al servicio de clientes circunspectos pero de excepción, lleno entonces de collares y conchas marinas hasta en los testículos rugosos, aunque con terquedad pasmosa me opuse a que ese brujo  descarado se encerrara junto a la consentida Henrietta en un cuarto sagrado cubierto de mantas y por dos horas continuas de su cura, invocando  a la milagrosa reina María Lionza, amiga de los brujos yaracuyanos nihilistas,  o sea  en la metáfora sublime de Juan Vicente González “zamuro comiendo alpiste”, como bien pretendiera hacer con la rubia  atractiva,  para así  de las entrañas escabrosas  “sacarle todas las desgracias habidas y  dejándola casi nueva”.  Por este recorrido demencial  hasta se la entregué con buena intención a otro hechicero insigne, autodidacta y doctor “in pectoris”, traído también desde los remotos frígidos Andes neogranadinos por el astuto caudillo llanero Joaquín Crespo, llamado para muchos Telmo Romero Villamizar, quien con pirotecnias de un verbo magistral,  retóricas banales, brebajes amargosos y ácidos condimentos en tapara, experimentadas pociones populares, supercherías pegajosas, trácalas o engañifas bastardas, baños fríos o de asiento, aguas aromáticas como penetrantes, parches de ají picante del chirere andino, sobas calenturientas y hasta unos largos tornillos con orín oxidados que bajo presión en alza pretendiera introducir por la cabeza del paciente, y a quienes entre otros
               (ALBERTSTADT, LUGAR DE NACIMIENTO DE  KNOCHE) aplicara este tormento del Medioevo  al enajenado disparatero general Pedro Izaguirre, pero el forajido caradura en causa a instancias del miedo terrorífico indudable que sembrara y ante el presente temor diabólico impuesto, de súbito por reacción contradicha y al susto contumaz  de la intención, en un casi milagro celestial curaba toda clase de daños cerebrales, y así el santo varón del que recuerdo en el desquicio imprudente de los hechos, con la leyenda popular encima de improviso sana a un lázaro insepulto e hizo discutir sin continencia, por el espanto incluido, a una muda y a ratos tartamuda de nacimiento.
----De nada valió tanto trabajo de ensalmos y rezos paralelos, Federico, porque al final tuve que enviarla con premura a Alemania, en vísperas de volverme loco también  frente a sus dramatizadas pesadillas llenas de piratas, bandidos y diablos  asesinos, tierra  llena de historias imposibles donde a base de hipnóticos sedantes y de sueños profundos casi mortales, la mantienen en calma a toda hora, y ya no canta ni en la bañera veraniega de tina sino que llora a ratos, mientras el hijo Adolfo de sus entrañas estudia a intervalos pero de la mejor forma académica, la segundona Catalina muy resignada le aguanta toda suerte de crisis burlescas o histéricas, y la cariñosa Brunilda, que de pequeña otros le llamaron Anna, en recuerdo de una heroína de esos lares peleones, vuelta mujer y  también con los senos pronunciados como  las mansas ubres de las vacas danesas, parece que anda seriamente enamorada de cierto picaflor andariego, un tal Müller ido a educarse allá según me han afirmado entre vecinos y a sotto voce desde el trasmundo arrabalero de Puerto Cabello, que así relatan secamente los suegros alarmados en su última carta contagiada de noticias fatales.
----Henrietta y yo fuimos felices durante muchos años, porque ella viviendo en nebulosas sabía poco de mis trabajos ocultos o de misterio, y menos mal que sobre ese delicado quehacer fuera de cauces  sin desconfianza se entregaba en manos de la fiel Amalia, que la conducía astutamente, sin introducirse para nada en los experimentos con seres cadavéricos, creciéndoles las uñas y los pelos corporales  hasta del  propio pubis, en lo que te puedo referir a cabalidad que ella nunca pisó los escenarios  sobrenaturales del misterio científico en nuestro castillo encantador, aunque notaba que  al pasar cerca de tales sitios escondidos por rejas muy seguras, una mueca de horror y reacción hipersensible mental brotaba en el fondo de su cara blonda, los ojos azules querían como salirse de las órbitas, entrando en el temblor del cuerpo al tiempo que la piel de gallina hirsuta le transpira copiosamente, además de que otras gotas frías por amargas de sudor  le  corren su piel  de complemento, todo ello en medio del ladrar continuo, monótono y a dúo con los dientes prestos de los entonces enfurecidos canes rocheleros Tristán e Isolda.

•        “¡Yo  no  entiendo  cómo   fue  su   compromiso matrimonial con ella, si  eran  personas  tan dispares¡”, agrega con firmeza el  guaireño comerciante teutón.
---“-Bueno, Federico, matrimonio y mortaja del cielo empujan, según corre el refrán también en Alemania. A Henrietta desde que la conocí me gustó por el impacto que produjo en los adentros nerviosos que poseo, ya que al doblar imprudente en una pierna hermosa pude verle la pantorrilla blanca hasta la tibia y casi el peroné, el pelo era sedoso, la piel suave también y cualquier miriñaque que le ajustara las faldas con la cintura de avispa lo que no impidiera el paso de mi mano despierta cuanto acuciosa e investigadora, para en el manoseo extensivo  tocar disfrutando de lugares sagrados de su carne escondida, mientras la futura suegra haciéndose  la turca o despistada iba rumbo a la larga cocina con cierta doble intención libertaria de preparar algún postre Strüdel de manzana o arándano, o tortas de chocolate con suficiente crema tártara, que tanto le atraían en aquellas tardes otoñales de solaz. Esos minutos eran preciosos para mí, a objeto de levantar el ánimo de Henrietta acariciando al roce puntos delicados de su esbeltez, a pesar de ser indiferente  y frígida en esos campos por  naturaleza, según se destaca o recuerda la imaginación sobre las novias trasnochadas pero activas del transilvano conde  Vlad Drácula. Y cuando pasado el rato lisonjero regresa oronda mi futura suegra  doña Carlota con las golosinas calientes, aunque también calientes por el roce continuo ya nos habíamos compuesto la indumentaria de visita, ella arreglando el traje muy alborotado, como las sueltas ballenas del corsé, que le daban estilo y talle artificial, y yo poniendo en su debido sitio a la corbata mariposa de lazos gruesos en colores, a pesar de lo intranquilo por engorroso que mantenía cualquier malestar húmedo entre ambas piernas que entonces  transpiran en solaz, de donde con cierto ritmo de rapidez y contención ingeniosa las entrecruzara.
----“Sin embargo la novia blanca, pálida o de aspecto del nácar en su concha, porque para así lucir elegantes  copas de vinagre  a diario consumía, y no reaccionaba  a las primeras excitaciones a modo de caricias, como siente por fuerza mi amiga morena de  La Guaira, que es todo un bocado “de cardenal” y mejor elixir de provocación, pero pensándolo bien a ella decidí escogerla por mujer casada a fin de procrear hijos arios, blondos, con ojos azules, teniendo a su vez de cerca la morena amante hija de von Krassus en el empeño bifronte de obtener placeres exclusivos de pareja, y sin que lo vayas a comentar, Amalia es buena amiga,  de gran capacidad y complaciente al extremo, que  además había estudiado enfermería en Alemania, de manera que como jamás se niega a los deleites eróticos por ratos renuevo el gusto femenino de lo abstracto para satisfacer los apetitos sexuales fáusticos, o mejor decir donjuanescos, aunque lo de Henrietta tenía distinta significación emotiva en este dominio de lo apasionado, y más cuando ella atando cabos ciertos pudo deducir otros enredos amatorios de mi parte, por la fragancia estercolaria de la ropa íntima, lo que ante  el postrero desengaño que en volandas descubre de esas resultas ulteriores la llevó a ser profundamente desinteresada, contradictoria y difícil cuanto más de encenderle el ánimo a cualquiera, pues en los últimos tiempos de nuestro amargo pero tierno idilio picaresco sajón la mujer se mantuvo compitiendo con un iceberg traído a rastras de Groenlandia, período negativo en que, precisamente, para calmar lujurias imprevistas tuve más acercamiento sexual con  ese ser comprensivo que es Amalia, mujer menuda, pequeña, tirando a pelirroja pero de buenos
 AMALIA WEISSMANN,    AMOR   Y     CONFIDENTE INSEPARABLE DE KNOCHE. pechos erguidos con pezón en negro y dientes de porcelana, pecosa hasta en la espalda y el trasero puntual, y con ella sí seguí una relación oportuna aunque a veces monótona  por la falta de tiempo, que bajo el manto espacioso de las investigaciones nocturnas se hizo pacífica, tranquila  y sin nervios desviados, diferente a lo sumo, pero no por ello menos importante en el goce continuo del placer”.
              “En ese momento inoportuno en la tienda de Herr Federico apareció corriendo, como alma que lleva el diablo mefisto embestido por el viento, un empleado del tren trepidante de pasajeros y carga que en 34 millas australianas conduce servicios muy quedos de La Guaira a Caracas, o viceversa, y en correcto alemán bávaro informa de prisa que a mitad del camino ferroso en la fuerte subida de zigzag había descarrilado la locomotora que llaman Marrana y el último vagón, contándose por ello varios aporreados o contusos,, algunos heridos y una señorita  “sehr schön” caraqueña de apellido Blaubach, que casi se muere de susto cuando sintió lo del encontronazo y la caída brusca del equipaje frente a su nariz, lo que de todas formas o más miedo le produjo un molesto chichón doloroso en la cabeza. La pobre muchacha cariacontecida vivía en casa diagonal con los pastoreños Arriens, y era miembro afortunado de las elitescas familias germanas que se establecieron en Caracas a orillas del glamoroso río Guaire y su vecindario murmurador, luego de finalizada a medias por continuar los odios, o sea la cruel y prematura contienda de Independencia, que en el fondo nada liberó.
---“-Este tren es muy peligroso, como todo lo inglés, comenta Federico, porque a punto de reventar las calderas, apestoso a aguardiente o caña blanca sube sin cese  y casi empujado por la necesidad del servicio desde el puerto de La Guaira hasta la estación terminal Hauptbahnhof caraqueña de Caño Amarillo, por entre numerosos túneles o cuevas con murciélagos hambrientos  de visita y puentes solitarios en el aire pesado del sofoco, ahogante, que lo mantienen a uno en vilo como ahogado  y menos sueño durante todo el peliagudo trayecto, puesto que cubiertos de humo cenizoso del carbón mineral pareciera que como ave sin norte o seña vamos volando al mirar las alturas y las oquedades en que se anda por entre los abismos profundos del abra de Tacagua o, al contrario, repuestos de este inicial terror da la impresión optimista que el osado viajero en sentido inverso de la mano del Dante prosigue del Purgatorio de las almas débiles hacia el propio Infierno de los espíritus rebeldes, pues en las angostas galerías llenas al tiempo de humareda pegajosa como producto del tizne aéreo que todo lo embarga, se siente en nuestra garganta de agalludos la preocupante asfixia de una muerte anunciada”.
----“Mira, bueno, lieber Federico, yo prefiero ese trayecto férreo que entre pinares, algunos abedules importados con nidos de oropéndolas, hortensias y eucaliptus cruza despacio por las encrucijadas de Los Teques, hecho realidad mediante la memoria poco conocida del ingeniero Knopp y sus empleados alemanes, que en la comparación posible se haga con el viejo camino de a caballo y diligencias vencidas antes utilizado para llegar hasta Caracas.  Acuérdate que nuestro plan ferrovial fue diseñado en el propio Berlín y que el dinero para realizar la obra maestra debió prestarse por intermedio del banco Disconto Gesellschaft, representado aquí por el hebreo hamburgués Isaac Pardo, el mismo del negocio redondo que hizo con el vivazo, ladrón almibarado, bellaco y avaro de Guzmán Blanco. Por cierto que recuerdo como si fuera hoy la regia fiesta de inauguración del viaje sobre rieles tudescos “uber alles” hacia Valencia, a la que fui invitado y donde entre consortes imaginarios amén de muchas joyas fantasiosas la esbelta condesa von Kleist vestía traje de tafetán, de anchos pliegues, la señora Müller lució de colmada muselina color ladrillo, a excepción del pliegue de los codos, con guantes en cabritilla, y la pretenciosa Frau Schiricke anduvo envuelta de seda rayada bajo tono marino, donde en medio de mostachos gruesos todo vibró al tiempo de la batahola de discursos rimbombantes y hasta quejumbrosos que suceden en honor de nuestro amado Reich y el destape sonoro de botellas vinícolas riesling del espumoso Rin o el cantarino Mosela, rindiéndose tributo necesario en aquella oportuna rochela de ocasión al divino dios Baco, compinche de Dionisos, mediante cosechas escogidas del rubio néctar dulzaino de Liebfraumilch, cargadas desde Hamburgo y puestas en La Guaira por la suerte de veleros precoces y algún viento de proa como parte festiva para realzar tan magno acontecimiento de postín.
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Ahora sí puedo ir a limpiar con entera confianza la cara rugosa del viejo doctor Tomás Lander, olvidando el espacio perdido de la escondida senda colonial y a la vez el vaivén tortuoso de Caracas con que se alejan las boñigas  mefíticas del camino de piedras, y así dejando atrás la suma del tiempo y la agenda que presiona visito al coterráneo sabio doctor Adolfo Ernst, a quien en la mañana se le extraviaran las antiparras sustitutas de gafas quevedianas adquiridas en Dresde, y al joven científico Vicente Marcano, quien por lo del apellido insular margariteño que le honra admira las empanadas orientales de cazón, siendo experto en adelantos y proposiciones ejecutables de verdad, a los de la peña filosófica positivista, tan adelantados en suposiciones, quienes junto al francés positivo Augusto Comte y luego de la insanía que a gusto sostuviera, comulgan con diversos cultivadores de estas serias ideas novatas, como los aventajados Rask y el jurista Kelsen, a los inseparables Vollmer, tan aristocráticos olorosos a la fragancia germana 4711 y negociantes de altura mercurial, a los colegas de la reforma luterana prendidos a diario con tesón en los versículos crípticos de la Biblia orientadora de Worms, y a los del templo masónico de Maturín, expertos en sectas medievales, enigmas paleográficos, escondrijos rosacrusianos y hasta en disgustos revolucionarios de utopías momentáneas que se jactan de haber cumplido un papel más que ejemplar en la penosa contienda de la Independencia, que como dije no fue tal. Otros conocidos de pumpá, chaqué de corto ciñe, hasta del absurdo  frac con colas partidas, cualquier bisoñé cómplice, paltó levita y botines cubiertos escarchados, encuentro de tropiezo en los alrededores residenciales del León de Oro, de la Posada del Ángel, olorosa a paella española como a tabaco cubano, establecida en el ángulo norte de la Catedral y muy deteriorada en los tiempos presentes por las campanas que la cimbran, en la Plaza Mayor y sus arcadas buhoneriles, llena de ventorrillos separados, que ahora como gesto idolátrico de quienes lo execraron llaman Bolívar, y hasta algunos rezagados hallo en la tertulia juguetona del Hotel Klindt, plena de naipes tramposos o cargados, donde pernocta una cantante aragonesa de cuplés, nalgas en alza con amarres que sustentan y otros aditamentos acomodados, en cuyo acogedor sitio de viajeros comerciantes no muy santos  y especuladores de baratijas detengo mis andares con frecuencia, y soy huésped de cierta consideración.
Antes del mediodía campanil me presento frente a la casa amarillenta y en descuido del doctor Lander, entro luego al largo zaguán cubierto de cerámicas de Talavera con escenas taurómacas, y en el segundo portón casi en oscuras golpeo suavemente el portillo manual en tres oportunidades sonoras. ¡Tin¡. ¡Tan¡.!Tan¡. De pronto se despeja una suerte de reja a manera de ventanuco morisco de la aljamía y al notar mi presencia conocida de seguidas el servicio interior descorre la tranca protectora para abrir la puerta señalada, al tiempo que saludo cortésmente y paso adelante, mientras en viejo perchero de caoba veteado cuelgo el sombrero de bombín a la inglesa, recién adquirido por cuotas en la Casa Borsalino, deposito el bastón africano de ébano importado con empuñadura y siglas monográficas G.K. engastadas en oro cochano, aparto la tapa redonda afiligranada del reloj de origen malabar, luego reviso con paciencia la hora consustanciada al tiempo en la leontina áurea que ahora cuelga del corto chaleco gris en ocasión de estreno, y en el enladrillado corredor lleno de peligrosas corrientes de aire mas no exento de moscas fastidiosas, por ser húmeda la temporada, me arrellano en una cómoda mecedora de esterilla tejida por expertos manuales de sangre mestiza, para ir moviendo el cuerpo a satisfacción del vaivén, mientras aguardo a las hijas pendientes del terco caudillo liberal, faramallero éste cuanto armador de tumultos, que había muerto antes de tiempo por cierto espanto que lo acosa y la violenta ruptura de un aneurisma cerebral, según se desprendió sin vueltas o sospechas de la autopsia delicada que en conclusiones certeras mantuve por largo rato estudiando entre las limpias concavidades de mis manos expertas en cadáveres insepultos.
Las dos viejas señoritas solteronas, “y de las de antes”, según acostumbraron al tiempo señalar con énfasis y apuntando el dedo  aclaratorio, por el si acaso o las dudas de su entera virginidad, pequeñas, encaprichadas, casi iguales y de mente siamesa, si a  ver vamos se extendieron en gratitudes para conmigo, mientras luego de desechar gentilmente un consomé de pichones de paloma casera, el servicio cocinero de rollizas negras martiniqueñas trajo una taza de chocolate tibio y diversos panecillos dulces con pasas apenas salidos del horno familiar. Hablamos de lo divino e inconsistente, de la Caracas actual y en específicas materias de lo humano, de las locuras de esa guerra de permanencia ya cansona, que es negocio propincuo para unos, del pirómano cueño de nombre profético y apellido Zamora, bigotudo en cepillo,  apasionado por la superchería, narizón visto de perfil para mejor signo de identidad y amante de los kepis con una pluma de ave carnicera sobre la gorra, bandido popular  de campos destrozados a quien después pusiera por los cielos sin nubes del heroísmo olímpico el poeta estrambótico  Delpino y Lamas, otro desquiciado caraqueño salido de
 VLAD TEPES, RUMANO, VAMPIRO  POR EXCELENCIA EN SU CASTILLO DE BRAN. VISITÓ A Knoche en (Galipán).ultratumba y de verdadera colección, así como también recordamos en tal perorata infantiloide que desliza las diabluras o artilugios defensivos de los presidentes y hermanos Monagas, una familia lujuriosa de la sabana oriental llanera no inundable y de perpetua rapiña, manejada por cuatro matones sin escrúpulos que engañando a incautos  desgobernaron utilizando el inaudito tiempo perdido en la Venezuela de compadres, e igualmente fue coyuntural y expansivo a estos episodios lacrimosos los tumultuosos fenómenos sociales del viejo empecinado general José Antonio Páez y la pasión desorbitada por su amante Barbarita, que era una barbaridad de hembra morena y agresiva para el tiempo, la hija inigualable del prieto general José Laurencio Silva, “digna y entendida mulata”, según la describieran a su sano antojo lingüístico las quisquillosas Lander, que bien la conocieron en los festejos, ajetreos y saraos oportunos del refugio casero “La Viñeta”. Y de igual forma demoledora social emergen las peripecias que gesticulando se explican del calvo y mujeriego barbudo de luenga pelambre o barba  hirsuta Guzmán Blanco, señorito de Caracas, de voz atiplada sin ser homosexual y menos gay, que vivía excitado de veras al mismo compás  del adulterio en apariencia consentido y envuelto en la satiriasis con dos esbeltas hermanas  caraqueñas  del lustroso apellido Ibarra, esposa y cuñada a la vez, y hasta salieron al tapete de la charla activa entre los tres, algunos pasajes borrosos por criticables de  los errores y horrores de la vida volandera de Simón Bolívar, como su agrado pasional por las féminas fuesen casadas, viudas o solteras, blancas, bermejas o morenas, indias, cojas, beatas, de servicio y hasta tuertas, semejando en este recuerdo íntimo a la princesa de Éboli, cementerio de datos discordes para hilar fino  que durante ese balbuceo alargado de su vida práctica de alcoba, a “sus niñas” les contó con lujo de detalles pero escondiendo lo soez, la buena memoria y mejor picaresca ambiental del achacoso doctor Lander.
Luego de aquella conversación tan atrayente  como fluída, que ahora cada mes se había hecho consuetudinaria en los detalles, de inmediato pido permiso para  retirarme y penetrar en el santuario o sarcófago budista donde yacía sentada en posición de calma chicha terrena la momia carcomida del susodicho panfletista Lander.  Por esta causa primordial atravieso una cortina gris rasgada en flecos de la oscura oficina o consultorio craneal de este  vidente, y ante la luz azulosa de cierta lámpara gasífera de carburo saludo al viejo caudillo caraqueño y procedo a realizar la rutinaria toilette de mantenimiento, mientras más admiro su grado de conservación y lucidez  y un osado perro proveniente de la calle me molesta el zapato con ganas de orinar.
----“Sí, doctor Knoche, la fiesta no está para bailar joropos, como lo hacía festivo en mi escabrosa finca de los Valles del Tuy, porque muerto el asesino taimado de Zamora, sucesor del vandálico asturiano Boves, por más liberal que dijera ser, desde este escritorio en que me hallo sin escribir no jota estoy al tanto de todos los acontecimientos y bochinches o bochornos  nacionales, ya que según bien se conoce, las paredes oyen, el anciano Páez por ahora es monórquido, pues le falta una criadilla a causa de la guerra anterior  y resuella por la herida del desencanto amatorio, mientras en Nueva York toca un quejoso violín artesanal, y el peludo chucho Pinken aturdido por las pulgas y el hambre ladra quejoso a su vera otoñal, compañero servil al que alude en cuanta carta depresiva escribe a Caracas. Ahora el joven y despierto Guzmán Blanco empieza a recoger dinero en cuentas mal habidas, mientras nunca cesa de afirmar obstinado de lo imposible, que no fue el asesino del bárbaro  
     (OLEO DE GILLES DE RAIS, ASESINO  CONFESO Y EXTERMINADOR AMIGO DE SANTA JUANA DE ARCO, ADMIRADO POR KNOCHE.) narizón Zamora, pero que sí lo hizo con el fusilamiento “y a mucha honra” del pequeñín cojonudo y también  bárbaro casi enano y malcriado general cojedeño Matías Salazar, de quien con tranquilidad pasmosa conteniendo el aire en los pulmones dijo a viva voz de trueno, para que en las fronteras del miedo escurridizo todos lo oyeran a destajo profético y en frase lapidaria: “!Sí, ese muerto es mío. ¡Yo lo maté¡”.
Lander  asaz  despreciaba al general Carlos Soublette ya que era un don nadie a pesar del apellido mantuano que lució cual presea servil, militar de retaguardia pues las batallas en las que fue partícipe tuvieron un fin trágico para la causa republicana, que era también un interesado y por eso se enreda en matrimonio con una rica mujer feísima, como bruja de aquelarre malsano y la cara de urraca, además celosa con el catire general, que tuvo cierta fuerte discusión por arreglo de cuentas con el aventurero coronel Juan Uslar, el marido de Luisa, venido en plan de pelea y alboroto abierto desde el antiguo principado alemán de Hannover, afín por ligámenes sanguíneos de la casa real inglesa, y que además calló y fue complaciente ante el enredo de sábanas calientes  que tuvo el caraqueño Don Simón con su hermana la catira Isabel, de suaves ojos verdosos, larga cabellera cautivante, con aires de princesa de Cléves, hecho público y notorio que fue esparcido en escondrijos proclives y encendió la chispa flamígera de la vagancia inadaptada de café durante varios meses en Caracas, por voces llenas de asombro, misterio o estupor que traían esas y otras noticias menudas en derrame desde la atribulada a la vez que tamborilera por alcahueta Cartagena de Indias”.
---“-Pero lo que me saca de quicio, Godofredo, es la carnicería que mandó a cometer el sátrapa José Tadeo Monagas, cuando desde el confín apureño sabanero a pesar del olor pestífero  con cortejo zamural recibe

ISABEL BATHORY, DE ORIGEN HÚNGARO, DESQUICIADA MENTAL, ASESINA BRUTAL.  cabezas humanas envueltas en costales, pisotea todos los derechos ciudadanos y ordena disparar a mansalva  contra los pusilánimes miembros del Congreso caraqueño en enero del 48, y entre tantos de ellos asombrados y hasta acobardados del ataque muere por un bayonetazo en la nalga cerca del escroto que gangrena la carne, mi compañero de andanzas el calvo y buenote exministro  Santos Michelena. Fuera del olor fuerte, mugroso, excrementarlo, escatológico y nada religioso,  que se propaga en aquella tarde oscura en que brota la sangre por entresijos carnales, no había razón para esa nueva fiesta vengativa de San Bartolomé, con que se produce tal crimen monstruoso del Parlamento en sesión, que lo habrá de llevar por siempre en la conciencia o de estigma el gobernador llanero, astuto, muérgano y asesino rebelde”. Y sobre  el particular angustioso  afirmando sus ideas inflexibles Lander regocijado me lee lo que con fondo cáustico a la vez que encendido de pasión dentro del retintín que estila, ha escrito a través de  graciosas letras cursivas monacales, en el reciente periódico local “El Venezolano”.
Era tanta la furia de sus palabras precisas, cortantes, que fui obligado a limpiarle la frente en dos oportunidades, mientras fruncía el ceño y hace ciertas muecas que mostraban nerviosismo y arrebato casi fuera de sí. Luego se sosegó de pronto y en el karma que transita ahora  entra despacio con una suerte de sueño programado, lejos de la melancolía que embarga sus sentidos, mientras permite calzarle los guantes de cuero liso que ha poco le obsequian y las redondas gafas cataratosas, y luego se fue yendo como en andar de olas pausadas hacia el Más Allá, al limbo impenetrable, al subconsciente sedante, de donde a veces venía a conversar con su médico de cabecera y al que confesaba en voz baja por imperceptible los más íntimos sucesos de la vida existencial y de esa otra permanencia de muerto que no entierran, con sus anécdotas e irreverencias que le enfadan, sin descansar el alma, a que fue confinado por el empeño vanidoso de las propias hijas, quienes cada mañana con pisadas trémulas de escarpines tejidos entraban a la pieza sombría, hedionda a esqueleto en abandono y colilla de cigarro, donde yo esparciera formol mezclado de lavanda a cada instante, con apenas un rayo de luz existente que se desprende entre las grietas mayores en alzada, para al hincarse de rodillas por contritas y los ojos acuosos a través de desgarrante súplica pedir su santa bendición, en un satánico por sacralizado cuanto inaudito rito viviente sepulcral.
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En la tarde pude conocer de veras al potentado  Ulrich Vollmer, natural del marítimo Bremen, patriarca señero de una familia numerosa que desde su finca aragüeña “El Chaguaramal” tenía inundado y en suspenso el centro del país con papelón cónico claro, panela en cuadros rectangulares, panelitas de San Joaquín, melaza para alimentar ganados lácteos o cerdos de buen engorde y trompa, azúcar morena de dulce caña, aguardiente antillano de contrabando y costosos rones añejos de calidad, hechos de manera artesanal y a escondidas en alambique de cobre que le prestan, horno, destilador, vasijas, bidones, toneles, caldera de fuego concentrado, retortas y serpentín de espirales, y además de otros productos cónsonos a esta industria vivaz como las mieles oportunas, cachazas, batidos aliñados y melcochas suaves que por cientos produjera comercialmente, hasta de día y en turnos escondidos por la noche, para evadiendo suspicacias  y pagos onerosos tributarios sustentar los gustos personales de la dispersa clientela y cómodamente a su numerosa familia patriarcal. Ulrich había venido del Ansa gerrmana a Venezuela un tanto en retraso del tiempo, a la búsqueda del milagroso grano dl café arábigo, después de los intentos oficiales de traer a varios contingentes alemanes con gorros, cucardas y polainas calzados desde el corazón de aquellos territorios principescos, cuando la Guerra de Independencia orfelina dejara por acá una estela de muertos suplicando justicia. Mientras ello ocurre cada día, allá en aquel descampado  guerrero en desamparo se pudo formar otro batallón de gente sin sentido con centenares de milicias  ayunas de banderas tarifadas y desempleados fijos, luego de los sangrientos combates napoleónicos, quienes para remachar el hábito costumbrista en forma por demás ancestral dichos valientes gladiadores querían seguir el curso  dañino de las peleas intestinas mediante la fuerza atávica de varias generaciones predispuestas al ataque o la defensa contumaz. Por ello, en muchos pueblos prusianos y del vecindario pleitista se esgrimieron alientos de progreso a favor de los que cruzaran el Atlántico con la intención de luchar en una disputa o escaramuza sin cuartel o temporada  adversando los fieros peninsulares españoles y algunos canarios aherrojados o contra los salvajes canarios, las sabandijas pululantes a escoger y en especial para darles duro en el talón de Aquiles a los recalcitrantes criollos realistas, como soldados descalzos o simples arrieros de esperanzas, que así fueron la mayoría de los advenedizos a la contienda reprochada  y quienes pelearon utilizando simples picas, espadones, chuzos, lanzetas, machetes, garrotes, navajas, puñales y cuchillos entre los dientes sustentados, hasta el último momento de la parranda fratricida.
----Sí, ya he aprendido mediante relatos dispersos  al voleo que la mitad de la población de Venezuela desapareció inmolada por causa de estos pleitos intestinos, la disentería o el paludismo atroz, y que el resto no estuvo para menos porque vivía furiosa con toda la tremolina en pugna y lo que fuera aconteciendo en medio de tanta locura desbordada. Pero de buen augurio aventurero siempre me vine en pos del comercio y la mejor fortuna, como lo hicieran los antepasados Welser, a la busca de ideas propias, ya que en ese tejemaneje del mundo material o de la riqueza fácil crecí y traje a mi mujer y a los hijos pequeños, mientras este país llamaba la atención a muchos de nosotros no en el rastreo del oportuno  botín guerrero sino cuando comenzó a llegar excelente café de primera clase y olorosas cargas de cacao en semilla a los puertos norteños de Alemania, lo que cual reguero de pólvora blanca chinesa fue un detonante económico para que tantas familias animosas de cambio y algunos adúlteros confesos vinieran hacia el nuevo El Dorado de América del Sur. Ahora hasta se comenta la existencia de mucho oro escondido y fúlgidos diamantes que en medio de disputas imperiales sin fin abundan en el infierno erótico de la selva guayanesa, donde el horrible y tórrido diablo escupe fuegos Canaima,  todopoderoso señor de esos territorios sin  fin  que otros tildan Candanga, hace de las suyas sin pensar dos veces  en el tremedal de la vida cotidiana.
---“-No, sí es verdad innegable lo que has dicho, contesté al interlocutor  mientras admirábamos el tranquilo a ratos valle de Caracas desde las alturas de Blandín, muy cerca de Chacao, periferia en la que Ulrich vivió sin estrecheces, bien alejado de la miseria, mientras su  “sehr gute” y sólida mujer Frida nos aporta dos aromáticas por calientes tazas de moca arábigo, cultivado en esa misma hacienda bien mantenida que antes era propiedad de un sacerdote de apellido  Mohedano, flaco, de nariz alargada en pepino, pero activo y borracho de la agricultura tropical.
----Danke sehr, agrego de cortesía. Y ella, gorda por rolliza de carnes, cara redonda y de crinejas como el trigo candeal en sazón, retirando los estimulantes pocillos de porcelana meissen  consumidos bajó la cabeza hasta pegarla al pecho para  el reír escaso y en privado con clásica sencillez, en signo de agradecimiento y buenos ademanes esgrimidos.
----“Por cierto me han dicho que en las últimas semanas llegaron a través de Puerto Cabello y La Guaira otras nueve familias prusianas, a la conversación agrega Ulrrich, a pesar de que aquí hay caníbales a montón, como es costumbre idiota  oír en Alemania, pues  por encima de la violencia y muerte que se hizo con la pequeña hija de un compatriota de la arrogante Nuremberg, que habita cerca de la quebrada Anauco, y aquella atarantada Fredericka, quien de amante compulsiva se fue a vivir bajo techo de palmas con un  orodentino negro seductor de Barlovento y de quien no se supo más y menos del sortario africano, por otras señas de identidad carente de medio pie mutilado y a quien faltara además el índice ejecutor de la mano derecha, que en la buenas mímicas le sirviera para expresar su grosería, te repito, pues, que fuera de estos casos dolorosos por extraños al ambiente tropical, la combinada colonia germana goza de paz y armonía con las circunstancias apremiantes y el entendimiento social”. 
El obeso, vestido de corto calzón corto  verde oliva, rojizo y bonachón colega de parranda  entonces ya entrado en algunas birras o cervezas caseras del natural estímulo etílico y creyéndose estar  en el propio  jolgorio del Oktoberfest muniqués, entonces fue más locuaz y afable, con grandes proyectos industriales en mientes, concebidos según había visto de cerca en la tierra nativa, y hasta pensaba instalar en Caracas una taberna típica para paisanos y su fábrica alcohólica espumosa  atrás del mostrador, porque dijo conocer de antiguos familiares el manejo de estos crudos o mostos impregnados de fermentos y su  afinada producción artesanal.
El confidente Ulrich siguió extendiéndose en útiles conversaciones serias ajenas al licor sobre el nuevo y empecinado ferrocarril alemán que cruza por Los Teques a Puerto Cabello, mas como variando el paisaje rural pendiente de túneles, puentes y aves migratorias carroñeras, y en lo tocante al famoso préstamo para su realización hecho por la entidad financiera berlinesa Disconto Gesellschaft, sin pestañar apunta con premura:
---“-Ponte en el caso, Godfredo, que de los cincuenta millones contantes y sonantes que entregara el banco en ese momento, por causas de engaño o picardía desplegada ni un sólo centavo llegó a Venezuela, pues a todo le metieron mano los rufianes políticos crespistas mediante comisiones codiciosas, con fines aviesos al depositar dichos capitales en gruesas cuentas privadas extranjeras”.
----“Esto es insólito -prosigue Ulrich con el disgusto que mantiene-, y si a ver vamos las entidades prestamistas siempre hacen de las suyas en el país, pues cometen toda suerte de tropelías, como el agio y la usura, sin que nadie las persiga. Recuerde el disgusto habido con el pilluelo Elías Mocatta y el escándalo reciente que se produjera ante la quiebra fraudulenta del codicioso Isaac Pardo, despierto sefardí venido de los estratos orilleros de Hamburgo, que aquí a la chita callando cual ilusionista  mago de Oriente con sombrero de copa negro, barbudo por demás  y rodeado de buenas relaciones metió la experta mano en el dinero fresco, dejando a cambio de tal timo papeles sin ningún valor,   y para compensar el bolsillo vacío como versado en el manejo de  expertas magias negras  tracaleras y por arte de prestidigitación con cierta lengua aterciopelada y seductiva  se lleva gruesas cantidades metálicas en francos franceses, libras esterlinas, marcos alemanes y aguileños dólares americanos. Y ahora el cara lavada y de murciélago infantil  ese al lado de sus hijas y otras amigas negociantes turcas de la cuadra, tan ufano se pasea con capa y sombrillas negras para evitar arrugas solares, sobre landós, quitrines o birlochos que resaltan limpieza  de estereotipo y por encima del estorbo móvil de las ruinas en abandono que se encuentran a montón sobre algunas calles enmontascadas de la ciudad, convertidas en restos o recuerdos premonitorios del fatídico terremoto sanguinario  de 1812.   
Algo que a Herr Vollmer conmueve de verdad  es la disipación de las costumbres que ocurre en la mojigata Caracas, según lo cuenta en detalles ejemplares, pues ha tenido conocimiento que algunas prostitutas francesas de ruin estirpe  y buen talante se han establecido en burdeles atrayentes cerca de El Guarataro y San Juan, para ejercer el oficio más viejo del mundo, bajo el mando de un canoso capitán francés, gigoló del clan Marsella y de apellido Dupin, cosas diferentes a las tres casas floridas de “madamas” enjoyadas que bajo el esplendor versallesco de esta Caracas a la que Guzmán Blanco y sus áulicos empeñosos llaman el “Petit Paris”, se encuentran dos establecidas por el mal llamado Arco de la Federación, en los pies de El Calvario, y la otra muy céntrica, fascinante como el circo romano de animales, próxima de la concurrida esquina de Arguinzones y manejada entre tazas de aromático té con cardamomo por una esbelta cabrona de apellido Delfino.
----Sie haben recht. “¡Qué descaro al que hemos llegado!, opinan ambos contertulios, “!Dígame, si Don Simón se levantara de su sepulcro lodoso al ver este bochorno en que vivimos, se volvería a morir, pero ahora de rabia o al menos de pena contagiosa. Allí está el problema latente de los negritos manumisos, con la vaina enorme que les echó Goyo Monagas, el general menos malo de todo ese clan, pues ya que no había trabajo de sustento para ellos al ser liberados de sus amos, si no podían vivir en las estancias de origen esclavista por fuerza del destino se meten a roba gallinas, lambucios, a brujos de pacotilla,  chulos, asaltantes, cuatreros o a cualquier cosa indigna para no morir de mengua y hasta de  frustración. Entonces a esos libertos no los querían ni autovendidos y menos regalados. Caso aparte es el de las negras libertinas, insinuantes, tetonas, caderudas, con traseros bien formados e introducidas luego en la sociedad, que para compensar los trescientos años de esclavitud o el ultraje pendiente están como mono con huevo, todas vanidosas, echonas, y se dejan pronunciar más los senos y las posaderas con artificios resaltantes, o se los ciñen bien para que en el asombro escultural sobresalgan, además tienen áureas piezas de joyeros dentales para llamar la atención, caminan alborotadas por tacones en zapatos de piel a la francesa, usan ropas blancas, amplias, envueltas de almidón, con bordados de calidad  bahiana, y cuelgan de sus brazos robustos, orejas reducidas y el  cuello para mostrar infinidad de prendas de oro o collares de perlas finas, sin saberse el origen, lo que les estaba totalmente prohibido en el disfrute durante la larga noche de dependencia colonial española. El engreimiento increíble de algunas vivarachas de ocasión las llevan a casi no mirar, sino de perfil, al sesgo o de bajos ojos, atractivos, pizpiretos, de donde el vulgo caraqueño las llama con razón y tildándolas por soberbias, de “negritas cucurumberas”.
Mientras descendía hacia La Guaira en el lento y frenado tren de carbón construido por la sociedad alemana Grosse Venezuela Eisenbahn Gesellschaft, con una mayor pendiente a sufrir después del sitio rocoso de El Alto, lugar donde entre cinco estaciones del camino la locomotora mayor se detiene para abastecer el tanque de agua fresca sin batracios y a veces de combustible fósil, al paso de estos acontecimientos banales del tránsito de ocasión y con tiempo suficiente, recostado en letargo escogido sobre almohada plumífera que coloco en un ángulo de la ventana del vagón, sin apuros mayores pude pensar soñando en la mulata Priscila, y ella excitaba mis dendritas cerebrales al estilo de Leibnitz, vueltas hacia el entendimiento cabal cuando me pedía cuentas sobre los viajes últimos que realicé a lomo de bestia caballar, por el primer camino de recuas existente hecho a ratos de piedras labradas al destino, como obra de los recios godos gachupines. A este tránsito montañoso de la cordillera central no lo olvido jamás, pues bien asentó la morena de la copla sobre el cuidado que debiera tener de emboscadas en esas soledades ventosas de la travesía, por lo que muchos viajeros previniendo peligros a esquivar recuerdan con su ejemplo al famoso bandido cordobés “Tempranillo”, amo mercurial   de Sierra Morena y Peñaroya,   por lo que tomando suma precaución con trabucos naranjeros  se acompañaban de arrieros, escoltas y soldados desertores que como diestros en la lucha personal de a cuchillo sabían hacer uso rápido de las armas defensivas, principalmente blancas filosas y  hasta  penetrantes hojas de acero curvas  que a veces eran toledanas.
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----“¡Cuéntame  entonces ¿qué fue lo que ocurrió anteayer, en tu sorpresivo viaje a la capital?¡”, indaga la mulata Priscila con demasiado interés.
Priscila María entonces permanece muy vistosa y llena de juventud, con los cabellos sueltos y los pechos insinuantes, mientras abrió los ojos en desmesura que fueron  puestos fijamente sobre el hombre que verdaderamente ama y quien  enhebra palabras del discurso horizontal con cierto canto duro  del  acento sajón,  mientras ella  se dispone  a oír la cruda reseña de la andanza complicada.
---“-Bueno, como sabrás esta vez salí sin acompañante para Caracas por enfermedad del ordenanza en turno y cerca de las seis del amanecido día miércoles. La mañana era fría e iba montado a gusto en el blanco caballo Kaiser, de excelente buen trote jinetero, mejor galopar y fortaleza para subir la empinada cuesta de Maiquetía, que después se fue poniendo helada, recordándome al paso del viaje pedregoso aquellos combates peliagudos que tuvieron los caraqueños en ese camino solitario como evitando ser invadidos por el pirata francés Granmont, servidor atento del perfumado rey Luis XIV, y al tiempo en la búsqueda de no repetirse la toma hiriente de la ciudad, que por el canjilón de Macuto arriba también siguieran los corsarios ingleses de sir Preston y la antipática reina Isabel, olorosa “y no a ámbar” al decir de Cervantes  como la tocaya Isabel de Castilla, para con la desplegada bandera real del jabalí guerrero sobre campo rojo, vistoso vestuario de gala dominguera y a tambor batiente con gaita escocesa por delante, entrar triunfantes irrumpiendo en la campiña de la Sabana del Blanco avileña y el sitio de Ñaraulí, episodio que te contaré después, con pelos y señales. En ese andar imparable continúo el sendero montuoso bordeando mohosas ruinas de castillos, toscos baluartes y efímeros fortines militares que a lo largo del camino colmado de lajas rocosas construyeron los temerarios canteros españoles para eludir tantos asaltos imprevistos, valga recordar los cuarteles El Vigía y El Salto de Agua, compuestos de garitas, murallas, fosos, torres, puentes levadizos, santabárbaras, atalayas y almenas, cuyas piedras seculares a la manera de águilas en vela perduran en lo alto de la montaña mecidas por la visión remota del mar, y al otro lado de este escenario pastoril que en soledad asusta, cubierto con más despojos de hoyos defensivos, vallas, trincheras, parapetos, muros, miradores, empalizadas y osamentas dispersas, acompañado de alguna brisa matinal destemplada se percibe por fin el paisaje verdoso, agreste y rural de la meseta en altiplano de Caracas, mientras entre una nube de grillos saltones y mariposas encarnadas a ratos circulan ráfagas de viento y ruidos que semejan ayes, murmullos, ecos o quebrantos de la sierra cubierta de  espesa neblina, en cuyo sendero transitado dentro del claroscuro que hipnotiza siempre aparecen distorsionadas y desafiantes al estilo de Cumbres Borrascosas  las fieras construcciones centenarias, ya en vestigios de dignidad, algunas colmadas de musgos melenudos en cascada, semejando el espectáculo presente como si anduviera cazando duendes con lobos blancos  hambrientos entre las altas ciénagas apestosas de Escocia, según en tertulia tardía de amigos inconformes contara de esos lugares predispuestos el irónico doctor José María Vargas, en su Guaira natal.
----“Venía pues, envuelto en una gruesa capa bicolor a la española e inmerso en medio de la neblina  oscura que no dejaba casi ver, cuando de pronto a mi lado y hacia el sentido contrario de La Guaira oigo seguir al paso un contingente brusco de soldados que no se detienen, los que en verdad presumo eran almas en pena porque ni caballos ni menos penitentes se vislumbran en el barullo escénico, por encima del esfuerzo óptico que en el trayecto opuesto me propuse, salvo el lamento escuchado de sus deposiciones altaneras donde apenas se oyeron gemidos difusos como frases estertóreas entrecortadas y tocantes a un sorprendente ataque del adversario europeo en ese puerto montañero del litoral. Tuve necesidad de apretar muy duro la brida del corcel blanco y cascos negros que cabalgo porque en tal desconcierto de voces enardecidas el desconfiado Kaiser trató de encabritarse y seguir una carrera loca hacia la eternidad del viento, en medio de tantos precipicios también borrascosos  que existen al garete y por demás descubiertos. Gracias al Dios de las alturas que de ese peligro inminente de espantos, aves gritonas que causan estupor y simas invisibles en juego múltiple nada sucedió  entonces, ni menos pudo resbalarse el equino excitado sobre la pista de guijarros húmedos por tanto percance sobrevenido en situaciones verdaderamente inexplicables. Pero a poco o más luego del tránsito  sobre la ruinosa mansión de Guayabal,  según dicen sepulcro aéreo  de toda una familia irreverente, el cielo se despeja de dudas temporales, las nubes maliciosas continúan derroteros oportunos y para asombro de mis ojos nerviosos en alguna distancia adelante, ya sobre la travesía en curso de la cordillera boscosa y algunos atisbos de cafetos de la hacienda Corozal, mientras juguetean en el aire finas gotas de rocío sin otra espera pude contemplar en el suelo a dos hombres asesinados presuntamente por forajidos salteadores, que a la vera del camino traidor yacían boca arriba con sendos disparos de trabuco en la cabeza, y para mayor pánico del acto en desarrollo, como a cien metros del sitio mortecino, pasada la escuálida venta indígena chichera y antes de ganar la acogedora fonda de menestras o venta afincada cerca de la cumbre del camino, lugar por cierto de inolvidables sancochos dominicales donde a veces desayuno gustosas arepas del budare a la brasa y hasta con hambre oportuna desatada, en la extraña coincidencia del momento al unísono hallé tirados en el húmedo suelo cierto  gorro castrense con insignias de mando y un espadín de oficial mayor republicano, sin escudo real desde luego, lo que me hizo pensar de seguidas en algún rehén inconforme que con disgusto propio llevaban a cuestas o a remolque los truhanes bandoleros en función.
•        “Este suceso inesperado lo comunico de inmediato al  popular sargento García,  policía rural de rolo y chopo que siempre anduvo de turno en la posada  de las nubes, quien sin espera de otros comentarios responde iba a activar una investigación severa sobre ambos crímenes nefandos, aunque guardase para mis adentros y sin contar a nadie, sino a ti, lo de la gorra mojada y el espadín brillante que conservo como prendas estimables de ese  encuentro, en la fiera casona de Buenavista. Pero lo mejor  y más laudable de dicho  suceso digno de contar es que al día siguiente con paciencia indagadora me doy a la tarea de descubrir tales preseas por el olvido siniestro en que se hallaban, y para mayor asombro, frotando con sal marina y limón verde tras la herrumbre u orín del metal de la filosa arma con la pátina encima que lo esconde, encontré impreso el casi borroso nombre de Simón Bolívar, como el año indeleble de 1813, o sea el de mi nacimiento. Y así, luego de la limpieza a fondo que hiciera con jabón espumante de Panamá, sobre el fieltro aludido en su parte interna hallé dos letras consonantes cursivas  separadas que eran S y B, lo que demuestra  por analogía o ligamen de ideas y conclusión necesaria, que el sombrero indígena existente en mis manos perteneció sin otra alternativa al finado Simón Bolívar Palacios, que apenas medía 1,67 centímetros de estatura y muchos más  de penetración peneal. A buen entendedor pocas palabras, Pues bien. Priscila,  aún estoy lleno de complacencia con este encuentro imprevisto, aunque no entiendo ni puedo creer cómo en aquel momento de suerte vino a estas manos mías  tan confusa e inesperada señal suficiente que marcó con creces derroteros mentales de mi variante existencia planetaria. Por eso te repito, como afirma el vulgo pasajero, no creer en brujas malquerientes pero que existen es verdad demostrable, y de que vuelan, vuelan y hasta revolotean sin  mayores tropiezos espaciales”.
----Seguí en el camino polvoriento por entre las ráfagas friolentas de aire ventoso que el descuido derriba, y al ser tiempo de verano desciendo del monte huraño a fin de ingresar con claridad  de vista en el angosto valle por la enquistada Puerta marina de Caracas, donde al compás de dos guardianes alcabaleros sospechosos de ningún retener y a la vez mofletudos, que allí malviven reposando en unión de unos chivos insaciables y mal encarados, en dicho tétrico lugar aún corroída existe la jaula de hierro y el cepo en que con capucha encarnada y toda una leyenda del gorro frigio revolucionario francés construida a base de recónditos enigmas, los realistas adversos en la rabia nada reprimida ensartaron la cabeza peluda del siniestro personaje José Félix Ribas, tío político y después enemigo perverso del libertador Bolívar, parte corpórea que se mantuvo en vilo erecta y hedionda a podredumbre mortecina o a cagaruta de zopilote, para escarnio del público de la subrealidad americana durante muchos años, mientras los gusanos sirvientes por camadas continuas hicieron de las suyas con saciedad, hasta que la calva calavera apenas quedó ajustada por un nido de golondrinas encima de aquel cráneo y con los dientes caninos e incisivos salidos de la boca, colgando así de los misterios insondables del ayer en este aleccionador recuerdo de la guerra brutal.
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Esa tarde la encantadora Amalia lució un traje de tul ceñido a la cintura, azul y como el cielo despejado cubierto de rosas de montaña que ambos veíamos hacia el mar calmo desde la altura del bajo Galipán, y aún no había recogido el largo cabello sedoso para empezar un nuevo trabajo anatómico sobre el cadáver fresco que estaba de frente y a la orden de mis manos, acostado de lleno en la estéril mesa metálica donde en minutos siguientes habría de hacerle otra autopsia veraz, con la vivisección desde el cerebro a las uñas de los pies y el análisis de sus vísceras sangrantes, recogidas luego a favor palatino de los pacientes zamuros que cual búhos de nueva generación miran hambrientos rondando en el aprieto por una alta ventana de claraboya donde luego de la medianoche exacta se oían rugidos como de león mezclados con gritos  histéricos de viejas brujas aledañas, mientras   prosigo en el corte específico por secciones de músculos, tendones y de nervios, ya que con la establecida telepatía direccional de los cadáveres andaba en el afanoso empeño de descubrir algún estímulo alquimista que pudiera enderezar mis estudios temáticos hacia la inmortalidad del ser mediante los cambios reversibles entre tantos muertos y desaparecidos “picados de centellas”, que con abnegación monástica a través de los años y en las noches sombrías, a escondidas de miradas aleves sobre el espinazo de una bestia en mordaza me trajo ese fiel servidor de ilusiones apelado “Quasimodo”, como con verdadero cariño llamé al contrahecho edecán en honor del divino francés Víctor Hugo, y porque el pobre sin falsos miramientos era feo, deforme, casi horrible,  como fantasma de la ópera lleno de  cicatrices variolosas y de verrugas en la cara, además de añadirle el ser jorobado y algo cojo, para la mejor descripción escénica de este actor popular.
Amalia por encima de todo el espectáculo circundante fue siempre bella, como flor de la campiña germana, ninfa de una blancura excesiva y de alabastro que ni el mejor de los pintores famosos, ni el mismo maestro Durero, la hubiera podido calcar,  y con su espíritu elevado siempre despierto sostenía algunos diálogos modestos que evocaban nuestras mentes de niño y los recuerdos inolvidables de la patria lejana aunque presente en las conversaciones  oportunas.   Además sustentó cierta  privada y obsesión frenética por el ordeño continuo de las vacas, lo que imita conmigo, porque así daba rienda suelta al inspirado cuadro rural que la vio crecer, y por esta causa sicológica de sentimientos alternos pronto me hizo adquirir dos hermosos animales con ubres pródigas que mantiene en cautiverio del pesebre amplio aunque bien nutridos, en un establo situado exactamente atrás de las salas de sesiones donde vibran los muertos en experimentación  y cerca del mausoleo de muchos entierros nostálgicos, fetideces de bosta insinuantes que a ratos en el intercambio triangular de vientos dispersos confundían los aromas o bálsamos campestres y montesinos penetrando hasta nuestro débil sentido del olfato a través de las altas ventanas plenas de zamuros en discordia  competitiva por comer, que siempre se interpusieron con nuestro taller de trabajo vital.
----“¿Te acuerdas  Fräulein cuando como pequeños querubines todos inquietos jugábamos al papagayo en el  acurrucado Halberstadt?”.
----“Si, jawohl, desde luego, y también cuando te fracturaste el brazo izquierdo por intentar subir de prisa y sin cautela para recoger unas fragantes manzanas en sazón.
Eran tiempos muy tristes, corrida atrás la primavera, de lucha sin descanso ni cuartel y de peleas vecinales por tierras disputadas en confines inciertos donde se pierde el horizonte mientras subsiste la esperanza eterna. Mi abuelo el ganadero había combatido desde esa tierna edad de la juventud con ejércitos por doquier, de donde deja la novia besucona a todo trapo para alistarse bajo el impulso feroz de las banderas aguileñas, y detrás de príncipes del antiguo Sacro Imperio Germánico  con el hechizo de brujas y vampiros seguidores anduvo por cientos de leguas geográficas balbucientes, entre tierras  arrasadas y mares apocalípticos, a caballo o a pie, casi descalzo durante el verano cubierto de insectos desdeñosos  o con recias botas militares que desprendiendo efluvios pasajeros  siempre produjeron callosidades molestas  y en algunos juanetes, muerto de hambre, tiritando de frío o con la cantimplora vacía, al lado de soldados fallecidos por muertes horrendas de combates  pero durmiendo encima del rastrojo de heno o los manojos de alfalfa recogida en erial y hasta sobre la misma tierra pelada, dura y roquera, avistando cualquier cochino hocicón o gallina perdida de confiada para sacrificarlos en bien de la tropa famélica de antaño y dándoles  duro por la boca  sedienta a los franceses del empecinado gran caudillo  corso Napoleón Bonaparte, que quiso más a los austriacos por algún complejo de su tamaño  o minusvalía propia. Eso lo oí contar tantas veces en casa y sobre todo cuando entre manoteos rítmicos de conducción parlante en largas tenidas emocionales el hombre de leyendas inacabadas por sentirse heroicas se reuniera con tu padre, que era otro senecto militar siempre vestido con la ceñida casaca roja y por obra de alguna fuerza atávica desconocida, para a punta de jarras de cerveza elaborada a mano en Munich, Sauerkraut pimientoso, mostaza alsaciana con mayonesa mallorquina, Kartofell o papas tiernas en sazón, salchichas insertas en pan Brot y cantos guerreros espeluznantes de ocasión, al atardecer encendido de muchos  encuentros propicios y sin nombre evocaron mil relatos abiertos de la fantasía bélica germana colmada de leyendas heroicas, a fin de rematar con júbilo presente  aunque asediados de culpa condenable, una velada clásica en familia, dispuesta eso sí entre risas sueltas y carcajadas por demás sonoras.
----“Si, mi infancia, Amalia, fue bastante conflictiva y hasta extraña por original, porque al costado de nuestra casa conocida vivió entonces una sórdida pareja de ancianos sin parentela generacional que tenía como hija de cuarentones inmaduros a cierta mamífera mongólica con cara de pocas liendres tártara y mente insana esteparia, a la que por conmiseración o pena vecinal mi padre de continuo me obliga a jugar al escondite con ella, y a veces en el desquicio provocador la demencial criatura venida de ultratumba  lloraba a tan altos decibeles, que sin mediar algún gesto que aclare tal garizapa escandalosa prendido de la oreja filial el testarudo capitán me transporta hasta el cuarto de dormir pesadillas y allí deposita a un inocente condenado, con algunos golpes ejemplares encima, por “haber hecho daño” a esa criatura tosca que en el mirar distante a veces melancólico o quebrado, parecía un engendro medieval sabatino de aquelarres polacos, como los del monasterio monjil ursulino de Laudun, para no recordar a las piromaniacas brujas americanas de Salem salidas del averno pero cercadas por cuáqueros nerviosos.  Esto se repitió una y más veces, casi con precisión matemática, mientras fui creciendo al amparo de ese hombre rudo, laborioso, estricto, a veces lleno de contrasentidos, enamorado de los tambores marciales estrambóticos, admirador del toque de cornetas, de las guerras comarcanas, los conflictos emocionales pertinentes y de cargar en casa su casco arrogante por pesado de altas plumas hechiceras, que en la estrechez sostenida por la nuca le ocasiona ciertos dolores de cabeza, y por si fuera poco, con diferente amparo protector de una madre cariñosa, callada por el susto, aunque sobremanera sorprendida.
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Al  otro lado de la espaciosa Plaza Mayor  cubierta de pinos enhiestos y luego del caminar irreflexivo frente a la gótica catedral provinciana que recuerda  a la vienesa de San Esteban, provista de dos enhiestas torres  tan  hermosas y hasta  anidadas de palomas en fuga  con  un juego de títeres mecánicos que bailan con las horas, vivían juntos aunque no revueltos todos los deudos restantes del ricachón con apellido Fugger, tejedor de telas estimadas y hombre de reales acuñados en oro,  o sea una familia de burgomaestres avaros y adversarios del trueque mas emparentada a su vez con los conocidos banqueros de antaño que llamaron Welser, de donde por antonomasia eran muy estrictos en el manejo de los marcos de plata y así de otras monedas finas sin corte del mercado usual, lo que se extendía entre ellos como modelo de mezquindad  altruista y sin excepción a la pobreza mendicante diaria del vestir, de la vivienda nada sensacional y la estrechez hambrienta en el condumio cotidiano, siempre a base de caldos baratos con huesos sueltos de res, nabos, coles y repollos, avenas turbias, trigo integral, vino casero de pipa, manos, orejas o trompa de cerdos escogidos, por no tener orígenes hebreos, y suculentas papas hortelanas por doquier. 
Pero lo que más llamara el interés de aquel hogar cerrado a los extraños fue la amistad que pude construir con Otto Fugger, un joven de mi edad y muy dispuesto a la extravagancia científica, pues con aquello del desarrollo industrial manchesteriano que se veía venir encima durante el siglo de las máquinas, heredero  de las luces, y en especial en la zona del Ruhr como del ondulado Rin, anduvo metido a todo instante en el campo de la investigación química o física, para poder descifrar secretos imposibles, enigmáticos, oscuros,  enredados, indescifrables, incógnitos y  casi laberínticos. Y así vivía  sujeto por horas interminables, dentro de un amplio salón cubierto de cuadros paisajistas, estandartes, banderines, banderolas, panoplias, pendones, gallardetes, árboles genealógicos, blasones, medallas y condecoraciones militares, entre ellas sobresaliendo la importante cruz gamada por servicios heroicos a la patria, desde luego de origen ario por milenios, dentro de aquel recinto emblemático donde se contenía toda la historia prusiana de las hazañas guerreras en campos de batalla, y hasta pude avistar un atrayente retrato al pastel en traje de campaña, mostachos de mariscal cornudo y elegante penacho varonil del emperador Guillermo, dedicado con cariño a su padre afectivo, el que yacía nada oculto en ese cuarto de la rancia nobleza Gotha hecha por generaciones a base de conquistas, defensas a veces en derrota y de sangre esparcida por doquier.
Allí, precisamente, Otto el joven mediante obsequios preciosos decidió construir un laboratorio de los ejemplos más disímiles, taller que resguarda con dos gruesos cerrojos de a tres llaves labradas cada uno e imposibles de violarse o mejor de romper, algo cercado por el límite del tiempo y la prohibición de jamás penetrar, salvo permiso expreso, donde desde el comienzo pude instruirme al reconocer una colección de moscas y moscardones de diferentes tamaños entre ellos el llamado moscardón imperial,  como especies disímiles e insertas en alfileres prolijos, hasta una  tsetse que con esmero investigador le trajeran del África Ecuatorial Alemana, otro grupo variopinto de ranas disecadas,  algunas con veneno mortal, mariposas vagarosas de montaña, lagartos y lagartijas de color ambiguo, escorpiones egipcios o alacranes mitológicos con presta ponzoña en su aguijón, arañas ciegas de diversos tejidos en las finas redes elaboradas, escarabajos verdes faraónicos y aún vivientes, serpientes incisivas que asustan con la recia mirada y otras peligrosas sabandijas a temer, mientras también llama poderosamente la atención el grupo de animales conservados al seco en un juego teatral de alambres erectos que en posición correcta de filas troperas mantiene firmes esas bestias de ensayo, en cuya variedad se incluyen perros henchidos de pedigree, monos titís hiperquinéticos, cualquier macaco o mico correlón, presumida águila real por cierto desprovista de un ojo, cervato, ratas, ratones con alguno escapado de Hamelin, liebres escurridizas y otras diversas criaturas de las disímiles habitaciones del arca de Noé.
   Otto a pesar  de tanta tozudez consentida era un taxidermista egipcio autodidacto y se las ingeniaba para que sus proyectos fueran prósperos, negociables, con lo que siempre anduvo en los estudios del avance creador sobre el origen del hombre acaso venido del espacio, o más allá,  por lo que era fanático entusiasta y casi hincha de los ingleses Darwin y Spencer en el mundo de la evolución, del tentador hallazgo en cuanto al hombre simio que los exploradores Stanley y Livingstone podían encontrar en las profundidades lacustres y peladeros erosionados en el Este del continente azabache, las indagaciones llevadas a cabo bajo el manto o capa del turismo científico atendidas por expertos alemanes adentrados en las negritudes de Togo, Ruanda, Burundi, Camerún, Tar(z)ania, parte de Ghana, Namibia y Tangañica, y en referencia a otros papeles descubiertos que entre anaqueles donde el polvo reina a montón tenían escondidos los Fugger veteranos, negociados oportunamente por sus compadres y conquistadores  Welser, sobre investigaciones antropomorfas,  hasta de hombres sin cabeza, que debieron hacerse en la Venezuela primitiva, durante el mandato inicuo de estos gobernadores desquiciados, locos y  de preferencia beodos.
Por fuerza de esa amistad generacional que se fue engarzando con el caballero Otto vine a concluir como su asistente de confianza, y con algunas ayudas caseras que escarbábamos aquí y allá para obtener dinero, fuimos reuniendo cierto capital necesario con el fin de ampliar nuestro empeño probatorio e investigador, de donde al poco tiempo con el anillo esférico del cercano Magdeburgo Otto hacía mover las patas traseras de los sapos y adultos renacuajos ya muertos, puso cerebros de más a ratas en estado de hibernación, en el futuro pensaba cruzar enamoradas gorilas con chimpancés celosos y orangutanes consentidos, patos salvajes con gallinas ponedoras, cacatúas con loros cromados de recia cresta plumífera, hacer que los pavipollos tengan el tamaño de los gansos robustos, el delirio alimenticio sobre los avestruces o ñandúes, y otros experimentos consensuales pero menos extravagantes que permitieron pensar realmente en grandes fabulistas del tamaño de los hermanos Grimm, que los había avezados en Bremen o Copenhague. Sin embargo, lo que más llamara la atención de aquellos tiempos conflictivos fue los estudios de rigor que Otto emprendiera sobre el hombre propio, el cuadrúpedo homo sapiens, y así con desprendido empeño culterano, nada excepcional en estos trances científicos en que andamos,  quiso cambiar el color de la piel de algunos seres, el equivalente al  sexo de los manflóricos desdichados y el pensamiento o los procesos sicofísicos de la cara interior, siguiendo las teorías novedosas del filósofo germano Leibnitz, todo ello dentro de una escala del significado de manflórico experimental que pensó siempre llevar a la práctica por encima de la poca existencia de cadáveres cercanos, y en especial tuvo la firme creencia de por mutaciones consentidas erigir un hombre superior, lleno de cualidades y exento de defectos, musculoso, inteligente, de correcto parecido en cánones estrictos, indoeuropeo de ascendencia jafética, albo sin pecas y de ojos azules, que él representaba en la expresión máxima del precursor de su raza, con lo que el nimbado Federico Nietzsche años más tarde y a través de largos estudios comparativos como ontológicos pudo engendrar toda una respuesta biológica para complacer en la histórico al ansioso pueblo alemán. Desde luego que yo con rapidez inusitada me introduje en el análisis de esas materias azarosas bajo una seriedad kantiana, y estuve muchos meses fraguando teorías o disciplinas en aquellos debates solitarios, para buscar soluciones de corto plazo a tantos desperfectos somáticos, como los inconcebibles casos amigdálicos, la placenta, del apéndice o la espina vertebral cóxica, mientras pienso incluso y con claridad meridiana en las interioridades del riesgo paranoico, que no el esquizofrénico, a fin de adelantarme sobre estos raciocinios sensatos, como la salamandra que restituye creando partes corporales perdidas, los tuqueques y su cola, o para así fabricar seres de potencia sin igual a partir de restos humanos confundidos y dándoles aquella divinidad creadora de los dioses perdidos, de la que no habían sido dotados por Jehová  en la inicial formación y desarrollo de las especies.
----“Mientras tanto, querida Amalia, ordena traerme un café cerrero o escaso de dulce, al tiempo que te narro en recuerdos vividos otros detalles portentosos del Halbertstadt de nuestra infancia”. Una tarde mi padre, que era estudioso consumado y quien vivía leyendo a destiempo en horas otoñales sobre cualquier escaso papel de información que por casualidad cayera entre sus manos temblorosas, me abrió los ojos sobre la vida y misterios de tantos negocios capitalistas protegidos por la discutida familia Welser, lo que quizás en alumbramiento instantáneo como otro nuevo fanático de El Dorado me despeja el camino para ir a la aventura romántica de América del Sur. Sucedió entonces que yo cargaba incipiente el bozo de bigotes rubios en medio de unos quince años bien nutridos, y porque el interés de mi vida no era el militar, donde sobresalieron varios primos y amigos guapetones, los que quedaron vivos, sino el de investigador científico, una vez culminados los estudios humanistas para evitar las sombras ofuscantes en la universidad  de los saberes decidí cursar la carrera escolástica del sabio barbudo Hipócrates, amigo del barbado Galeno, con el fin de servir en su propio cuerpo a tanto indiferente pecador. Y por ello tras rigurosos exámenes mentales al encontrar cabida en el recinto académico resuelvo trasladarme al montuoso territorio de Friburgo de Brisgovia, en los confines de la tierra bávara y no muy lejos de los varios encantos suizos con la carga ancestral de los embrujos pacifistas, pues en esa luminosa capital recoleta vivió una tía materna enganchada en segundas nupcias de viudez con cierto nigromante ultramontano. Allí cierta tarde intranquila, con el pequeño bolso de enseres necesarios del polvoriento carruaje que me trajo en un susto total, desembarqué cansado, y esta vez como enemigo acérrimo de los canes rabiosos estuve a punto de ser mordido o acaso mordisqueado por el enorme pastor alemán de pelos hirsutos que a cuenta de sus dientes filosos feroz cuidaba el amplio ingreso de la extraña mansión familiar, con el tremendo miedo o temor que imponía, mientras el reloj cucú de la sala principal moviendo la comparsa de muñecos risueños, al estilo de Praga, esqueletos vibrantes y pájaros maquinales en derredor, daba las cinco horas precisas de esa tarde inefable en que el temible cancerbero de pupilas saltonas me rompiera a dentelladas terribles el  escaso pantalón tirolés.
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Friburgo era otra cosa,  un Dresde heroico en miniatura, una florida ciudad aldeana pero extensa y llena de recuerdos por doquier. Había dejado atrás los pleitos permanentes de los prusianos y el empeño del emperador Guillermo por invadir a otros dominios próximos, pues entre cejas y pestañas abiertas mantuvo el deseo irrefrenable de construir una gran Alemania con el resto pendiente de otros principados, y por ende como en ese tiempo errático yo hablara bajo la percepción de lo absurdo pero no etílico, fui perseguido por la policía local de sombreros tricornios en aquella mi mocedad abstracta y por demás consentida.  De aquí que vine a este apacible burgo gótico y mercantil para hacer otra vida, por encima de que los feligreses tuvieran tendencia católica y romana, lo que me trajo nuevos inconvenientes laterales, que supe sobreponer con la absorción entera de mis estudios del claustro universitario. Para aquel momento de reproches continuos había  seguido el camino afiebrado  de la cirugía, y mientras encontraba a tientas el remedio de la concupiscencia que me ataca siempre en vela, con saciedad comprometí a las muchachas agradables cuanto robustas de atractivos y misterios alternos, obteniendo por ello pingües dividendos materiales de placer, al tiempo que esta experiencia sobrecogedora despertó en mi mente el apego hacia lo incógnito, sin el pecado espiritual pero sí de la carne, lo escalofriante aterrador por lo poco explicable, de aquí que anduviera hurgando en el tapete de las emociones y los descubrimientos sucesivos que se hacían en el campo científico y geográfico, donde los sabios alemanes con su empeño energético y altivo mantuvieron un perfil de sobrada importancia en comparación con otros grupos tenaces de la competencia investigadora.
A treinta  escasos pasos de la casa de mi albergue con cierta balanza predispuesta al timo fácil y unos cajones de monedas en desorden, desde el amanecer cualquiera trabaja con ahínco un nativo de Baden, de perilla larga como el chivo mayor, lleno de cuernos con ojos saltones  y de siniestra facha elongada, que poco o más fue haciéndose “amigo” en el curso de las horas vividas y a pesar de las constantes picardías en que anduvo a objeto de la sobrevivencia faustiana, dentro del romanticismo idealista al estilo de Hegel, tan atacado por el joven Marx, todo él era  lleno de sueños enfermizos y  hablábamos de muchos negocios imposibles, aunque este cajonero sí volvió a tratarme el caso de los banqueros Welser, muy íntimos de los paisanos cardadores Fugger, que acá en América por corrupción semántica y en el menor esfuerzo llamaron  Belzares y Fúcaros, enseñándome para reafirmar las tesis esgrimidas varios escritos manoseados donde se describían con muy buen peso o razón las peripecias especulativas de estos prósperos prestamistas que a cambio de 800.000 débiles  florines en pasivo real pendientes a su cuenta, convencieron al deudor flamenco y rey Carlos Quinto para que en trueque de comercio voraz les obsequiase una provincia de Indias llamada Venezuela, libre de todo impuesto y gravamen monetario por una generación emprendedora o más. Los Welser entonces se mantenían sumamente alborotados e insomnes, porque según magnificadas noticias descubiertas en los típicos malecones, andurriales extremos, traspatios de mal vivir asociados a la baraja marcada, cantinas con música flamenca y mancebías o lupanares de Sevilla, en esas tierras lejanas no sólo se encontraban aljófar o perlas en cantidad, sino pedazos de oro que llamaron cochano y diamantes brutos a rabiar, por lo que todo el mundo en el delirium tremens contagioso y la leyenda encima en desarrollo las nombran sin tapujos, con razón o sin ella, el fabuloso “reino de El Dorado”.
Pero bueno es que regrese a los brazos venusinos y velludos de la sin par Priscila, allá en el sortilegio diabólico de Muchinga, enclave de perdición temprana, donde la comadre que con tanto amor o libertad alberga a la despampanante morena de mi encanto.
----“Imagínate,  -le comento en medio de una voz inusual, algo agitado por el sudor que corre y el acto de ballet moderno que en cuatro piernas viene de rematar-, que anoche soñé con el doctor Lander, caminando a pasos largos de zamuro hambriento por el cuarto de estudio, con los sobrios bigotes engominados hacia arriba y los restos visibles de los pelos craneales agobiados de susto mientras yo en apremiante desespero le oía discutir consigo mismo, al tiempo que hace memoria exacta sobre la labor desarrollada aquí por la extensa tribu de los tudescos levantiscos.
---“-Fueron cerca de treinta años de desorden colonial a medias”, decía atolondrado Lander, como ahora lo imitan quienes  se tildan de  liberales e hijos putativos de Antonio Leocadio, desde el momento en que el carilargo Ambrosio Alfinger pisó la adusta tierra coriana, hasta que el último de los supervivientes borrachos Welser se fue para no volver más. Esa gente vino de Ulm, de Spira, de Colonia, de Ausburgo, cualquiera de Aquisgrán, de tantas partes de Alemania y buscando lo incógnito e incomprensivo donde reina Satanás para encontrar al querido El Dorado, que cual fantasma nibelungo y por el mandato de Sigfrido, en las viejas cuanto doradas tradiciones germanas bajo el patrocinio místico de Wotan atravesaron el mar en canoas veleras o de remos y mascarones de proa para hacer su agosto en estos vergeles del Señor. Apenas me acuerdo de algunos pasados de moda, y a otros que se los desayunaron los caníbales, porque también murieron de hambre, con las barrigas hinchadas, y al pobre catire De Hutten, de familia valerosa y hermano de un obispo ennoblecido no le valió las mañas que aprendiera con ejemplos palpables del terco doctor Fausto, a quien sigue los pasos, o el melindroso Mefistófeles, porque el asesino falsario Juan de Carvajal puso a dos negros robustos de Guinea para frente a su cara descompuesta sacar filo  de navaja barbera a sendos machetes oxidados, por si fallaba cualquier intento comprometedor, y de un solo tajo traicionero sin confesión previa o arrepentimientos postreros le volaron la cabeza y los sesos, como en la Torre de Londres llena de cuervos gorrones como  pensativos se le hiciera al desgraciado Walter Raleigh, por orden especial mantenida de la verrugosa y vengativa reina Isabel, que ya no lo amaba. Que yo conozca Remboldt murió loco diciendo groserías en alemán arcaico e imposibles de repetir y mentando madres en jerigonza de germano, quizás por una sífilis cerebral que contrajo en juergas clandestinas, Federmann fallece en España bajo una permanente arrechera de desgaste por los doblones que le hurtaron y con fianza de cárcel segura, Alfinger agoniza a flechazo limpio, cubierto de heridas purulentas, sin que le valieran cotas o armaduras férreas de defensa ni los purgantes biliosos que le dieron en exceso, y valga traer a colación a los Seissenhoffer, Guldenfinger, Ritz, Biltre, Bescietz, Ehinger, Sayler y otros más aventureros de aquella temporada teatral, sin poner en el olvido de la ronda acompañante a los noventa trabajadores encarbonados procedentes de las sofocantes minas de Silesia, quienes ayunos de pertrechos necesarios a su labor brutal  dejaron los huesos esparcidos por doquier en el encuentro de las montañas de oro que iban a producir con el señuelo permanente de El Dorado, o mejor, der Dorade.
----“Ahora  fuera de reconcomios voy a narrar otra tragedia  sujeta a controversias,  pues así como permanece bajo tierra y escondido a mejor recaudo secular por las entrañas montañosas de Galipán el oro pecaminoso del pirata inglés Preston, según lo oí mentar entre dientes ocultos y muy joven, El Dorado sí continúa a la espera de geólogos bisoños metidos a alquimistas nigromantes de los nuevos tiempos, porque entre agüeros a escoger allí están las vetas mineras auríferas de Guayana, al mando ancestral de Mandinga, o Manden, espíritu infernal como tirano,  y también de  Canaima, que no hace mucho descubrieron los ingleses como ahora  se las quieren engullir a cualquier precio, incluso el de las armas, junto con ese río lujurioso y emblemático del Caroní, que se halla titilando de luz al ser allí incrustrada su cuenca de diamantes eternos”.
----En el momento, Priscila, al llamado crematístico del doctor Lander le vino una tos seca recurrente, de donde tuve que correr a darle palmadas en la espalda para evitar la pronta asfixia asmática, y cuando le ofrezco una cucharada de jarabe de ipecacuana unida con gotas del elixir de larga vida, que es mejor en tamaño al de los cinco fluidos, él aprovecha la ocasión para notar la caída de ciertas lentillas casposas sobre el chaleco negro casi en desuso, lo que al tiempo me satisface  con  la fuerza  por él utilizada  y a él le insubordina, denostando en su equívoco parcial de mi mala gestión samaritana.
----“No, al contrario -le susurro, para evitar más disgustos achacosos del anciano-, ese accidente es oportuno porque demuestra a todas luces que la inyección de sueros vitales sódicos  preparados en Buenavista, que le coloco para cambiar rejuveneciendo en  la piel de las arterias, tienen efecto positivo y acaso sea usted el primer varón sobre la tierra que del éter ignoto vuelva a sentarse ante masas  sumisas como importante Jefe liberal. Ahora voy a trabajar con la saliva inserta del vampiro llanero, como los huidizos espantados de Barinas y los cavernarios del río Guácharo oriental  que no permiten la coagulación de la sangre, para que circule sin tropiezos por el macizo cerebral humano.
Oído tal razonamiento sensato con secuelas, al instante de la respuesta Lander no cabía del gozo que percibe, pidiendo excusas por la mala interpretación de sus palabras, de donde sacó del chaleco en uso una reluciente onza de oro inglesa que tenía y me la entrega agradecido, “que ahora a usted se la obsequio”, mientras sigue hablando sin chistar, a veces en forma inentendible, de los germanos testarudos y sus fabulosos proyectos ilusorios. Así afirma que los alemanes siempre han querido permanecer en Venezuela, cual tierra nutricia del oeste americano, desde cuando el batallador flamenco Rey Primero y Quinto a la vez les dio con creces esta gobernación medio alinderada, que fue una locura de viajes redondos e insensatos, de degollinas con el espejismo enfermizo de El Dorado, como cuando sir Raleigh prendido de fiebre terciana, o mejor cuartana, vio andar erguidos a los hombres sin cabeza por las riberas miedosas del Orinoco, y otros de la misma camada demencial aventurera  que entre el curvilíneo y selvático Amazonas hallaron a robustas mujeres con clítoris hombrunos y superiores a los machos en vanidad y perseverancia, en casos que realmente todavía sorprenden y conmocionan.
----“Ellos, además, siempre han dicho que toda Venezuela les pertenece porque el rubio y gotoso Carolus Quintus Rex cual dueño y señor terráqueo se las entregó por documentos firmados, con sello de lacre puesto por escribano de confianza en bando de buen gobierno, y de entonces acá la invasión creativa de sus cerebros ha sido mucha, desbordada, con un fabulado lago Parima por delante y desde cuando vagabundos cohabitaron largamente amancebados con las indias corianas o caquetías y achaguas de Barquisimeto, todas con cara de luna llena cubierta de ojos oblicuos, y vaya usted andando por esas tierras sementales como sedientas del ayer, con el ejemplo artesanal de Quíbor, para que encuentre por todas partes a los campesinos de ojos azules y la melena amarilla, iguales a los que puede haber en Halberstadt o en la demás Sajonia, la alta o la baja, en tierra bávara y en honor exclusivo de sus ancestros europeos. Luego, dentro de estos relatos quisquillosos pero serios a contar por el camino de Sevilla arriba anda   otra invasión de fanfarrones norteños esta vez, de Gante, Brujas o Lovaina, que viene a vender baratijas o menudencias insólitas a cuenta del gotoso paisano y bienhechor Carlos, el hijo de Juana La Loca, que era loca  y testaruda de verdad, como una cabra vieja vivaracha, y después con el gobierno secular de los seriotes y vestidos de negro habsburgos austriacos, tan emparentados con los alemanes ceñudos, esta provincia siempre tuvo una buena provisión de tudescos ambiciosos, que en el entendido de ser otra lejana propiedad de las ganancias, cada día trabajaron y roturan duro el terruño para mejorar aún a los labrantíos poco productivos y abrirles de este modo palpable el seso a sus gentes ariscas.

   Lápida del vampiro croata  Jure Grando  en Istria. 
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Esa noche de una sola sombra, larga, larga, al estilo poético,   fue cuando protegido por los consejos tibios de la almohada de plumas de ganso y ciertas ranas ínfimas que croan entre la lejanía y el lontanar, decido sin mas la compra de una hacienda montañera por Galipán, porque no me fue posible concebir el sueño reparador guaireño mientras pensaba de sesgo o como quien no quiere la cosa pero de manera recurrente y  tan parecido en sus agallas afiladas  a la reina de Inglaterra, sobre el tesoro áureo del caballero y noble sir Amyas Preston, pues  casi todos los conocedores mantenían aquel hecho a la chita callando, o sea en suspenso, y a fin de que el efecto de la hermosa por fantástica leyenda con deseos de ser ahora una realidad, no se diluyera en onanistas contradicciones mentales.  Para mí aquello fue otro descubrimiento fabuloso del esotérico Santo Grial, el Santo Sudario turinés o los rollos proféticos esenios que se esconden en nichos rocosos cerca del pesado  y salobre Mar Muerto. Por todo este exordio de detalles recurrentes  al día siguiente y repuesto de tantos presagios contradichos, desde la morada en que  habito apuro los pasos perdidos rumbo al hospital San Juan de Dios, cuando toca consulta a los leprosos lazarinos, donde dicha horripilante escena desencadenada de muertos insepultos e imitadora de zombis  vacilantes creados por El Bosco me malpuso de veras, al presenciar aquel cuadro dantesco en la claridad matinal descompuesta, al extremo que en el impacto lastimero de esas imborrables postales de pesadilla difíciles de escribir, como el recuerdo vivo de “¡Lázaro, levántate y anda¡…”, con cierto dejo de inconformidad momentánea salto el almuerzo ordenado en la fonda El Gato Negro, ubicada al frente del reducto sanitario, para intentar con la abstinencia requerida el mejoramiento gastronómico de la cena.
Dio la inefable coincidencia de conocer por casualidad a un campesino despierto y más que vivo, osado, hecho ocurrido por entre los meandros acomodaticios del mercado guaireño, hediondo a todo y menos a limpieza, con quien pude entrar en santas paces de un coloquio amical sobre el tema predicho  que al momento y por entero me absorbía. Este hombre era pequeño, pintoresco, flaco de músculos como los personajes quijotescos pintados por las alucinaciones de El Greco, pero de una picardía absorbente, y mientras apuro algunos frutos del mar con el labrador montuno bajo la sombra absorbente del agua de coco y el tarantín soleado de la playa, le asomo el tema de Galipán, porque dicho analfabeto instruido en las artes usuales de la sobrevivencia hizo gala de muchos conocimientos cotidianos. Y ya entrados en materia serrana comenzó a encerrarse en un mundo verbal  por no decir virtual compartido de fantasías deslumbrantes que se tejen sobre las aventuras extrañas de aquellas tierras adyacentes donde el viento ostigante sopla sin descanso y donde también parece que las almas viven siempre en pena de los mundos ajenos y ateridas del frío invernal, a la búsqueda de su precaria salvación. Fueron muchas anécdotas precisas las que en tan poco tiempo pasó a referirme para aliviar  mientras refresca  la memoria tan en olvido, y a medida que desarrolla la elocuencia primitiva de su agrado cabalgando entre el interés y el contraste de las ideas, más me iba surtiendo de pasión por esas alturas donde pendía el sol escondido tras las nubes robustas y en el horizonte se divisaba el mar con angustia bucanera. Pero lo que más interesó en aquel concierto de gestos expresivos circunloquiales y pleno de noticias lugareñas, fue que para él era posible ceder y a precio de ganga  como  irrisorio por demás, una parte de las laderas de su enhiesta propiedad celestial.
En el amanecer de la nueva jornada de trabajo  y luego de impartir algunas órdenes severas para evitar  la peste o cólico diarreico, o el “miserere” y el tabardillo reiterante, que se desenvolvía entre las calles atestadas de cieno de La Guaira, montado sobre mula pequeña que más pareció burra, bajo llaves con cerrojo de vuelta dejé las puertas del Hospital San Juan de Dios y acompañado del campesino en mientes decido irme hacia el entorno de Galipán por el fiero camino de Punta Mulatos, el viejo cementerio de mestizos ingleses cubierto de osamentas lamidas por la sal y el pueblo anonadado de Macuto, que presume de ciudad balneario, porque provisto de cocales adustos y algunas palomas juguetonas bajo el temor absurdo de los halcones ya se habla de construirle en la entrada cierto pequeño tren que bordeando aguas riesgosas inconformes por los remolinos que surten el paisaje costeño, termine estacionado en el sitio rocoso de Cabo Blanco, extensión salitrosa empujada hacia el mar y dispersa en vaguedades de espuma, donde vive de apuros y suplicios molestos un leproso hermético, didáctico y moreno de apellido Blanco.
La subida por el camino canjilón entre guijarros y piedras filosas o de canto no fue nada fácil, por lo que la mula caminera harto iba sufriendo en la cuesta pendiente, según podía distinguir en los ojos lacrimosos de la bestia, mientras pienso con seriedad cómo hicieron los hombres del corsario sir Preston para atravesar ese camino enrevesado de tunales puyosos, con salidas e ingresos desconcertantes, donde hasta las serpientes culebreras  en el delirio del desafuero inexplicable  se equivocaban de ruta, y que los indios habían hecho a propósito para sin pena confundir a tantos fanáticos españoles, en medio de alguna lluvia de flechas envenenadas. Y pronto del ascenso comenzó a mejorar el tiempo, pues la vegetación deja de ser raquítica o punzante , y por entre ese sendero que atraviesa peñascos y cuencas secas de peligrosas quebradas invernales nos fuimos acercando a la modesta casa de palmas del campesino fabulador,  al que llamara en lo adelante Genovevo. En aquella vivienda, oscura y cohabitada con gallinas diarreicas,  excrementos gasíferos y cierto mono coludo con arrestos circenses e imprudente además,  allí habitaba  de antiguo y falto de sindéresis simiesca, como   en exceso libidinoso  por sustentar  en firme  el vicio que lo excita  retenido en la mano y el que  además con rapidez aprendió a fumar tabaco de la siniestra cueva  oriental llamada  Guácharo,   simio vejucón y altanero  que después vuelto célebre en vida por lo del vicio reiterado  que menciono y a todas luces  con condena al averno  por vecinos rabiosos,  ya en el tránsito de la muerte aparente  en sedación  pasó a mi colecta  animal  de la experiencia en  Buena Vista hecho una momia vengadora,  aunque para darle más vida a su figura  siempre  en un doble papel lució con el rostro juvenil de la  apariencia. Debido al gélido tiempo que marea en aquellas alturas parameras, por vez primera acepto de Genovevo  un vaso pequeño con el licor de caña o  aguardiente criollo  llamado zanjonero, que se destila a escondidas de escasos transeúntes y  la corrupta  guardia de licores  escanciado dicho elixir dionosiaco  en un paraje cercano y bien oculto cuanto envuelto en el misterio de la naturaleza reinante, solaz guarida de venados cachondos y mapurites pestíferos, bebida espirituosa con cierto sabor cúprico gustoso a los malignos y  desbordante que casi me hace ver estrellas en aquel firmamento limpio como azuloso, mientras  recorro corrales, despeñaderos, abismos y nuevos entornos de riesgo a objeto de descubrir el sitio ansiado para apagar todas las angustias acumuladas y reprimidas desde que supe la vaga historia del tesoro escondido. Ahora por fin, luego de estos tropiezos y otros desasosiegos momentáneos, llegué a un claro que a poco descarta el declive de la montaña llevada a cuestas,  y allí con noventa grados de vista esplendorosa hacia el mar que nuca termina,  no lejos del macabro camino de los indios caribes antropófagos y muy cerca de las esperanzas áureas, por intuición y estudios emprendidos  comprendo que me hallo en el sitio  exacto donde por el flechazo de la esperanza en ciernes  decido anclar tantas ilusiones frustradas, los sueños inhibidos y muchas fantasías de la juventud en desarrollo, como intenciones y otras proezas inauditas a cumplir en el campo experimental, para así, desenvuelto de amarras  opresoras a la sombra de la reflexión metódica poder realizar cálculos previstos con el ejercicio del tiempo y en busca de ese elixir superior a la alquimia mental que llaman la eternidad de la materia, lo que añoro como culminación de infinitas ansiedades pendientes desde la etapa creativa del sabio por loco, pero a medias, Otto Fugger.
       Una semana después y mientras preparo equipajes en la construcción del castillo roquero o Schloss que pienso habitar en Galipán, en el puerto guaireño se desató un desastre pluvial mientras bajaban torrentes de agua lodosas, rocas enormes y centenarios árboles sacados de raíz por las gargantas montañeras en crisis, al extremo que varios osados gendarmes conocidos se ahogaron al pretender atravesar las crecidas quebradas de Osorio y la de San Julián, entre puntos y restos de la gruesa muralla colonial porteña que ahora yacía convulsa  en silencio de siglos y muda sin cañones, pétreos instrumentos guerreros que en momento oportuno defendieron al decadente honor hispano ante el orgulloso almirante Knowles, que a poco pierde una dolorosa pierna que le amputan con cuchillo ayuno de anestesia en Puerto Cabello, acción tormentosa esta que fuera de la violenta marejada producida sin pausa y en dos días de batalla ciclópea pero desigual,  vino a lamer las propias puertas del nutrido negocio de Herr Federico, al que tuve que asistir en la limpieza urgente de sus ofertas mercantiles contagiosas, aunque se dañaran sin arreglo alguno todos los presuntos bultos de bacalao noruego recién llegados para la rápida colocación ventajosa y al detal de la Semana Mayor  entre ojerosos vecinos por dolientes de tal sacrificio. Aquello fue otra triste calamidad  de mal presagio y peor augurio porque en las horas siguientes al desenfrenado diluvio se fue elaborando un difícil balance de la tensa situación, como la cuenta estimada de los muertos y desaparecidos de esa  catástrofe acuática, entre ellos las pérdidas humanas en los pontones de reclusos detenidos, el perjuicio total de las haciendas de caña,  cacao y de frutos menores, el arrase de los camburales y plataneras cargados de vástagos creciendo, el lento ahogo de los semovientes, y se sintió más entre un corrillo de vecinos el final alcohólico de dos prestigiosas rameras del barrio Muchinga, que como agua cantarina corrían sumergidas en el desespero del alcohol barato al creerse oriundas de macalacachimba o muchilanga, e igualmente fue motivo de comentarios al margen el cochambroso por triste destino del adónico mozo Smith, hijo de un jubilado cónsul inglés allí mal viviendo, quien con su presencia y prestancia muscular, y también del trasero redondo que portara, mantuvo a muchos sinvergüenzas de oficio en vanas especulaciones eróticas, porque entre hechizos cerebrales somnolientos los llevaba por cualquier calle amarga de Sodoma o Gomorra, y Herculano o Pompeya, aunque en sus devaneos cupídicos de homosexual abierto el cabrito veinteañero  sostenía sin relevos a un sobrino de Herr Federico como único y exclusivo amor a consentir, según me contase en privado y entre sudores pegajosos el encanto de mujer que era Priscila.

                                              
       Delicada   hija Anna Knoche.       
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----“Hazte una idea, Priscila, de cómo y porqué fue mi llegada a Puerto Cabello, ciudad de contrastes y de un pasado vacilante, pues luego de graduarme  en Friburgo con honores académicos   y méritos suficientes en 1837, se hacía difícil mi presencia en ese territorio bajo la égida militar de los prusianos ortodoxos, o sea apoyando las botas de la guerra, y porque el temeroso amigo platero de la balanza predispuesta me convenció para visitar a la simpática villa  de Ausburgo, establecida en las montañas verdosas de la Selva Negra, llena de palacios medievales, de muchos cuervos cegatos en invierno y de evocaciones históricas sobre los antiguos banqueros Welser y los Fugger, de música de Mozart, Händel, Bach, el austriaco Vivaldi, y el sordo Beethoven, de imponderables lienzos de los dos Holbein, donde todo el vecindario sabía por lenguas metafóricas y hasta metafísicas  sobre la existencia de Venezuela, territorio allende el  mar océano Atlántico, y que allá permaneciera intacto el oro de los corajudos prestamistas Welser. Ese sin cesar parloteo sobre el tema de la errabundia americana, de una juventud ingrávida de ilusiones que andaba en el cuarto de siglo y de otras brasas que atizan de verdad el fuego emocional, como que tantas familias rurales de los contornos de esa Selva Negra mudando sentimientos y necesidades que apremian se habían establecido en Venezuela, con el recuerdo  impávido del licencioso naturalista Humboldt y el romántico decapitado de la testa mayor Felipe von Hutten von Ebersburg, de la rancia nobleza de Franconia y hermano del robusto e importante Mauricio, nada menos que obispo de Eychstatt y Würzburg, decidí por estas y otras causas juveniles  de imaginación emigrar a estas tierras tropicales para abrir paso a las inquietudes sostenidas por entre las investigaciones que pensaba seguir en el empeño de la ciencia paranormal, desde cuando el amigo de infancia Otto me hizo poner bien despabilados los ojos altaneros sobre el submundo de los fantasmas  sin destino y aparecidos abismales, que en el escándalo verneano podían venir de otros planetas  alejados donde todo da igual”.
“Con la misma idea pensante y para aclarar conceptos extracorporales imagínate Priscila que luego del fructífero viaje de despedida por los campos tornasolados de Halberstadt, con las hojas caídas del otoño marrón que en Hamburgo viajan hacia el fondo marino de los peces, abordo una goleta en  su interior  poco marinera, pues casi nos ahogamos cerca de las solitarias islas Azores y el mar de los sargazos, por andar borracho de vodka hasta la coronilla el zafio capitán hanseático, y entre muchas revueltas y rotos los velámenes del palo principal, hecho añicos la jarcia y el trinquete de a bordo, amarrados a la potestad divina y a los sabios consejos espirituales  de  Martín Lutero por fin arrimamos a las tranquilas aguas de Puerto Cabello, aunque nerviosas esos días, cuando andaban en una disputa pertinaz e incomprensión dañina los caudillos locales bajo el mando del astuto general Páez y tuvieron en el peor desprestigio social al pusilánime doctor Vargas, hábil cirujano con manos temblorosas, de los pupitres y anfiteatros togados del nubloso  Edimburgo, porque le endilgaban como rémora dañina que durante todo el proceso de la guerra de Independencia anduvo muy orondo por Europa embebido en néctares espirituosos y perfumes de marca, cazando mariposas nocturnas o arrabaleras del montón y contando las tres clases de nubes pasajeras, sin arriesgar el pellejo o salvar al herido en combate, y que ahora, pasado el chubasco tenebroso de la contienda, sí disfrutaba de las nada tímidas prebendas presidenciales paecistas.
Estuve por  dos años caminando en las calzadas ardientes de Puerto Cabello, olorosas a pólvora, a sangre de contendores, a los diez norteamericanos pendidos del pescuezo en su Plaza Mayor, a pescado seco puesto a la intemperie moscosa  por bastantes días, y a las aguas sucias estancadas, que dieron siempre un tinte o color sobrenatural a la activa población. Los manglares sueltos en los rompientes del mar, las negras curazoleñas con dientes en contraste vendiendo frutas en tarantines plebeyos de la playa, y la hermosa calle de La Libertad, o mejor, del libertinaje, establecida en el casco central donde me hospedo, contagian el espíritu inocente que conservo y lo llenan de cándida emoción. Entre tanto el pueblo con embrujo africano permanece cubierto de malaria, sobre todo proveniente de las tierras bajas e inundables del serpentario río Yaracuy, y entre los desaciertos injertados allí había cierta colonia alemana, con escudos nobiliarios de pertrecho, cantos alusivos de las gestas heroicas y remembranzas germánicas de lo cotidiano, que en las tardes del bochorno calcinante de taberna en cantina y conciliábulos privados los capitostes  lugareños procuraban para sí buenas jarras de cerveza a fin de calmar el sufrimiento de la sed pendiente y a la espera de los negocios portuarios oportunos, que tanto los ligaban a la otra fuerte colectividad tudesca productora de Valencia. Mientras ello sucede en altibajos, sus familias se mantenían unidas por el juego, la tarea o la distracción en el aledaño burgo de San Esteban, el de las flechas mortales, pueblo fresco, colorido, cercano a la montaña, regado por el río santo que plácido lo atraviesa sin temores indígenas y donde a la sombra de los bucares, guamos, apamates, araguaneyes y algunos aguacates cubiertos de pájaros migratorios, ciertas terrícolas langostas castañas, o la nube de ardillas juguetonas, se asientan en  hogares connotados de abolengo germánico para tejer leyendas alusivas y decires de hogaño como los Römer, los Brandt, los Blaubach y los Kolster.
Había transcurrido once meses de mi estancia en el trabajo cotidiano como médico del apostadero naval, y retirando de encima a cierta negrita dicharachera oriunda de Urachiche que no me dejara tranquilo, siempre refiriéndose a una tal reina María Lionza, a ratos embrujada, de largos cabellos dorados sin estar sedosos, montada sobre un tapir o danta enorme en lo que cabalga contra el viento arriba del lomo de la montaña agreste y a la que dentro del culto afroindígena le atribuyen curas interiores milagrosas por increíbles en sus fenómenos naturales, valga decir el arreglo de parejas disueltas, la convivencia de matrimonios en triángulo, borrar el escudo negativo para zafarse del penetrante mal de ojo y la mala suerte, hacer rentables los negocios malsanos,  de cómo eliminar las deudas sin pagarlas, volverse una cornucopia de suerte en el juego de pasión, desaparecer sin rastro alguno a los enemigos peligrosos, sanar enfermos por arte de magia,  nigromancia o brujería con los muertos pensando hacia el futuro, percibir pingües ganancias en el manejo del amor consentido y hasta  del sujeto a prohibición, atraer mujeres al instante con el aura calórica que se despide, y otros no menos espectaculares hechizos creyentes en la posesión, los demonios serviciales, y el manejo de lo extravagante, que tenían en vilo o esperanza a una población en total desconcierto e inexactitud. Pues bien, durante esas fechas caniculares por incómodas junto a un amigo de comparsa juvenil decidí visitar otro dominio alemán que recién se estableciera tierra adentro, en el intrincado macizo cordillerano aragüeño, por la vía belicosa del mar hacia el burgo somnoliento de La Victoria, al que ahora llamaban Colonia Bávara o Tovar en honor del  inspirado  conde dueño de estos campos agrestes, hombre de mucho dinero,  títulos nobiliarios y hasta de una esposa, María del Socorro, desquiciada mental como la mustia emperatriz  Carlota de México, tan afecta en amistad a este conde de segunda mano don Manuel Felipe de Tovar, quien al cartógrafo italiano Agustín Codazzi había ordenado la próxima traída desde Europa  de algunos   conglomerados familiares, o sea  de esos agricultores y artesanos en receso por causa de la crisis y el miedo ya extendido,  lo que ocurre desde la intrincada Selva Negra bávara, para con  los silvinegrinos sembrarlos definitivamente en las umbrosas o mejor, brumosas laderas y pendientes serranas de la costa central caribeña.
Priscila fue a mezclar un jugo  papayero de lechoza cubierto con canela, porque así era de mi preferencia, mientras doy marcha atrás en el recuerdo de aquellos años iniciales en Venezuela, y luego, ya hundido en el lecho pecaminoso junto a la descomunal morena, al contacto de su piel fragante, con los muslos y senos ardientes al momento,  decido continuar en el recuerdo  del capítulo andariego, que la viva barloventeña entendió con admiración y sin cansancio, porque siempre tuvo algo ocurrente por jocoso para rematar situaciones extrañas,  lo que había aprendido sorteando de memoria  páginas agridulces en el picante Decamerón, con Pietro Aretino y el oportuno califal Alí Babá, o Simbad, libros por cierto impredecibles de mi continua usada propiedad. El viaje hasta la Colonia Tovar se presentó difícil, ante la ausencia del camino pedestre y algunas veces de equinos, de donde debí subir a un peñero preñado de angustias que entre sobresaltos y despeñaderos cercanos peligrosos por la costa de acantilados nos lleva a la discreta ensenada de Puerto Maya, y desde aquel misérrimo caserío de palmas  maltrechas, envuelto de montañas agresivas y a la vez arenoso, fue preciso adentrarnos por una trocha indígena kilómetros arriba para entre matorrales cubiertos de mosquitos o zancudos alérgicos, saltando riscos a granel aventurarse en búsqueda de la vereda tortuosa que nos condujese finalmente al sitio oportuno por conocer ahora. Demás está decir que en el trayecto montuoso tuvimos hartas dificultades que sortear, de donde calculamos que aquellas pobres familias aisladas de Baviera, como venidas de Kaiserstuhl y Edigen, la estaban pasando mal en todos los sentidos del espectro social. Y en verdad que el espectáculo a simple reparo de la vista se desarrolla así, porque en el encuentro con la naturaleza y los campesinos ausentes del disentir, perplejos y confusos, mucha fue la tristeza que embargó a nuestros corazones, al escudriñar los rostros suplicantes de las tímidas mozas y mozos apocados que salieron de míseras covachas con rasgos caseros por extraños para asistir a la primera reunión, por cierto todos parientes cercanos consanguíneos y deficitarios de la realidad, con las ropas por demás zurcidas y en extremo marchitas, para no agregar palabra alguna sobre los ancianos decrépitos y alelados, ahora más envejecidos por el envite continuo de los desaires y la desesperación.
-----“Ese cuadro campestre, mi querida Priscila, dio realmente ganas de llorar, porque en el bajo dialecto badeniano que en la entrevista usaron, todos se quejaban de la mala ventura colectiva, pues fueron traídos bajo promesa de tierras óptimas a sembrar, herramientas de labranza, obsequio de animales domésticos, semillas de cosecha y de otras necesidades imprescindibles a suplir, recursos que en verdad nunca aparecieron, de donde los selváticos alemanes se encontraron con un mundo inhóspito, absurdo, imaginario, falto de sindéresis, cargado de engaños manifiestos, sin poder producir a conciencia alimentos conocidos como el trigo, suficiente avena o la cebada de estación y donde en el abandono puesto a la buena de Dios los colonieros se mantenían por obra y gracia manifiesta del Espíritu Santo, flacos y macilentos eso sí, alejados del  protector Ángel de la Guarda, sin poder retornar a Alemania dada la ausencia de representantes consulares bávaros, por lo que el destino manifiesto quiso que allí se consumieran  durante  generaciones en la inopia total y apenas acompañados con algunos pequeños trastos ahora inútiles que habían traído desde sus lejanos asientos ancestrales. Menos mal que por aquellos días de encuentro familiar a este edén desapacible vino de visita  amorosa  no sólo el joven pizpireto Alfredo Jahn, promesa alemana de la investigación radicado en la capital del país y especialista en añosos criptogramas, cuevas escondidas, enigmas fetichistas, el culto del vudú  y jeroglíficos  indígenas, que entonces  se compadecía de aquellos parias del destino, siendo una suerte de cordón umbilical caraqueño entre el pasado y el futuro para cualquier emergencia, sino que por los mismos caminos indecisos apareció de repente en aquel escenario deprimido  un audaz aventurero y botánico igualmente  enamorado del paisaje oriundo  de Alemania,  al que llaman herr Hermann Karsten, explorador, hombre de monóculo, tic nervioso facial y corbatín de lazo con una tremenda cicatriz en el mentón, que entre prisas y conversaciones jacarandosas mantuvo sin traspasar la raya de lo exacto a la escasa población ahora enfermiza de apatía, que en todo el valle estrecho como en los aledaños escarpados alcanzaba  a 145 familias, sin contar los perros o gatos salvajes y quien mediando chistes sin risas de sonrojo y al recolectar de muchas plantas del camino, hizo que por el momento con el  conjuro determinante del buen humor germano los habitantes irritados se olvidaran a medias de tantas pesadillas conjuntas en que venían meciéndose sin otra alternativa.
“Pasé ocho días al calor de aquellos nuevos compañeros de tránsito terreno, alimentándome con pan negro de centeno y viviendo entre milenarias cepas de helechos gigantes en el molino grande de la fuente central -comento de estos hechos a Herr Willhem Benitz, hijo de Carlos, el Vorstand o alcalde tovareño, en el encuentro de cada semana que con él sostenía en alguna taberna concurrida cuanto alborotada del puerto y el cabello tranquilos-, sitio agreste que utilizo  donde a la clientela del granero presto atención para recetar pócimas medicinales del acervo local y por carecer  de otros auxilios necesarios de la farmacopea en uso, esmerándome así en pacientes de calle aferrados apenas a la confiable fe bíblica, a la caridad cristiana y al esfuerzo milagrero e inaudito de algún santo del calendario agrícola caraqueño de Rojas Hermanos. En este lugar de atracciones inesperadas, como el paso de una enorme y escurridiza serpiente cuatro narices ante mis ojos aterrados, entre tazas de café que cultivaran ellos mismos y algunas de chocolate espeso supe bastante sobre sus viejos abuelos emigrantes, adentrados en el corazón germano de Alemania, y conocí a bellas muchachas aparentemente serenas, pues alguna de madrugada friolenta osó abrir “sonámbula” la puerta oscura de mi habitación y sus consecuencias siguientes, cargadas eso sí de copiosos senos escondidos entre gruesos encajes oportunos, todas con trenzas rubias y grandes lazos rojos cruzados de una oreja al otro oído, que miraban fijamente con las retinas pardo azulosas de la atrayente Isolda en un embrujo celestial como queriendo decir ¡llévame, Tristán¡, y a cuyos padres y mamás nunca olvidaré, tales como Gertrude Kohler, Karl Moritz, amigo sesentón, solitario y también naturalista apasionado, la panadera Josefina Blank, Carlos Misle, socio permanente  de los néctares embriagantes, Alfred Koch, Isaías Newman, el fruticultor Bergman, el salchichero Hans Antich, las familias Kanzler, Müssle y tantas buenas gentes que quedaron prendidas para siempre en dichos parajes del olvido, por un gentilicio de raigambre teutón. 
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                    Mis horas estaban contadas en Puerto Cabello –ahora acoto esta memoria impulsiva al  canoso cuanto  calvo doctor Lander y no a Priscila-, porque sin darme cuenta siquiera aparecía en el ojo del huracán de la política, al ser considerado sujeto peligroso por la representación de Su Majestad Británica establecida en esa ciudad porteña, pues oportuno es recordar que desde finales del pasado siglo XVIII ambas potencias, la inglesa y la germana en sus modalidades específicas, por encima de ser todos parientes celosos en sus casas reales vivían en  un continuo pleito enguerrillado por la implantación y sostén de los intereses mercantiles allende el océano, a sabiendas que España más tarde o mejor temprano, iba a sucumbir como entidad primaria de combate en estas colonias ardientes de ultramar, de donde los fieros ingleses precavidos comenzaron a surtir de informantes, sigüíces o espías entrenados  con cara de respeto y bolsillos de hombres de negocios, en el corazón de esas provincias dispersas, y a Venezuela, que era de apetito desbordado por sus presuntas riquezas minerales, la llenaron con dichos señorones de presencia, alcurnia discutida, monóculo, leontina, cuello duro, puños de camisa almidonada, mancornas,  calva y de postín en sitios estratégicos del comercio interoceánico, o sea el arriscado eólico La Guaira, el aparente silencioso Puerto Cabello, la estrecha fluvial Santo Tomás de Angostura, de las ricas zapoaras y el babandí, el cruce de caminos tortuosos llenos de mulas viajeras por serranías y del llano que es Trujillo y el bien ubicado cuanto animoso puerto cacaotero de Carúpano, amén del conocido Maracaibo, al tanto que de la acera del frente los prusianos y otros alemanes visionarios enviaron agentes encubiertos que con la cara limpia de sospechas se dispersan en mil negocios embrujados por la anterior colonia de los Welser, y de esta forma sabia fueron abarcando tráficos diversos y preponderancia en sitios de amplitud como el recordado Puerto Cabello, La Guaira, Carenero, Coro, los llanos, el mismo Maracaibo y la serrana Rubio, rica heredad agrícola fronteriza cuanto abierta en el eje lucrativo de la montaña andina tachirense.
                           Mientras las dos cuasi monjitas de las beatas clarisas Lander me acercaban un pocillo grande de café caliente y un majarete de coco recién venido del horno, el comedido  doctor Lander, que al momento se halla muy atildado y vuelto oídos en la conversación sobrevenida, agregó otros datos precisos a las noticias que conservo, interesándose más en el asunto.----  “ ¡No, si no hubiera sido por el vagabundo quita fueros de Antonio Leocadio, que  robó la primacía en el partido ideado por mí, y donde se reúne con sinvergüenzas y malandrines de oficio o especulación, que ahora llaman liberales, yo hubiera abierto las puertas del país a lo eslavos descendientes de Iván el Terrible, quienes querían ponerle la mano a Curazao, por ser mercado de esclavos,  aunque primero el paso corresponde a los alemanes, por tener tantos vínculos de antiguo con ellos, y luego a los socarrones ingleses, porque son avispados empresarios que ni duermen en el empeño crematístico, y a fin de rematar el proyecto de población imaginaria incentivaría a algunos franchutes que llamaran gabachos para establecerse tierra adentro, de los que andan por allí en medio de la orfandad y viudez del luto napoleónico, saltando de islas  en archipiélagos poblados entre los dispersos confines antillanos¡.
----“Sí, mi distinguido Godo, conozco sobre muchas historias de luchadores germanos en Venezuela, pero lo que más llama la atención es el esfuerzo insólito que al presente hacen para engullir la trata comercial externa del país, desde joyas hasta pantaletas, importando cuantas fantasías y baratijas pueden traer a fin de colocarlas a través de los mensajeros negociantes que corren por el empinado monte andino, los llanos anegadizos y la variada costa nacional, y hasta ahora mediante planes al detalle cocinados en conciliábulos expresos, piensan establecer una cabeza de puente operativa en la estratégica isla de Margarita, que abarque toda la extensión insular del territorio caribeño, porque en los cuarteles activos del Reich en Berlín bulle la imagen neocolonial de los banqueros Welser, como bien se retrata en la prensa noticiosa manejada por algunos charlatanes agoreros de oficio y en ciertos libros de aventuras extremas que dentro del texto caviloso contenido se refieren a estos terrenos trasatlánticos en cierta cantaleta mordaz que los tildan de incultos.
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Las cervezas iban corriendo al desgaire en ese medio estar o medio ser porteño, porque al tanto que saboreo un delicioso pargo rojo que los refinados gastrónomos sibaritas británicos llaman redsnapper and chips, la tarde iba a tomarla para el descanso aburrido de los fuertes bostezos y si acaso pienso darme algún chapuzón       médico en las arenosas playas de Quizandal, mientras  Herr Benitz, quien peina  con la mano su bien cuidada barba de lobo de mar, que por cierto no lo es, agrega chispas verdaderas a nuestra conversación en calor sostenida, afirmando que allí no es nada extraño lo del espionaje inglés, pues en la ciudad esta singular faena policial de seguimiento a lo Sherlock Holmes se maneja de puntillas desde una venta de pescado frito que da frente al rocoso castillo San Felipe, propiedad de cierto zumbón mulato jamaiquino, y en las propias narices de sir Ralph Webster, el prestamista con cara de leopardo atigrado y negociante vivaz establecido en la calle Lanceros, que conoce de memoria y sin amnesia alguna la vida personal con los misterios menudos de muchos oficiales venidos de sus encapotadas islas norteñas a la Guerra Magna, y quien tiene a la orden del día dos matones de oficio para trabajos de matiz especial, que en la última semana transcurrida con sangre debieron asesinar de frente y en el bullicio escandaloso del mercado mayor, a un guardaespaldas del general Juan Uslar, el mismo personaje hannoveriano que como extraído de un absurdo drama emanado del erudito por sabio Shakespeare, pudo ser suegro de estimación porque la hija primogénita con paciente locura literaria anduvo enamorada fugaz de mi persona, a sabiendas de esta insana circunstancia adquirida que deprime el espíritu por lo bajo desde los arrabales del pueblo, y a cuyo único descendiente varón este legionario activo de rabietas puso por nombre Arturo, en recuerdo del flaco con armadura puesta y sable “excalibur” de a dos manos rey Artús, el de la leyenda medieval oportuna de camelot y de la rota tabla redonda.
Quien sí pudo sacar la pata del barro eliminando la confusión somera en que mi alma infusa se hallaba, fue el tendero Federico, el de la pipa olorosa a zorruno, o tal vez de su cuerpo, una vez que entablara amistad de sostén con este caballero teutón en el soleado puerto de La Guaira, y después de haber subido bastimentos baratos a cierto buque surto con anclas ensartadas fuera del malecón, perteneciente a la nueva flota de barcos metálicos y chimenea de carbón que cruzaban con rapidez inesperada el Atlántico meridional, bajo la bandera hanseática lucida entre tormentas cual escudo de guerra y garra del imperio despierto, por la bizarra casa matriz de la Hamburg Amerika Lynie.
----“Mira, Godo, te salvaste de casualidad y vaina, porque hay desatada una guerra disuasiva de episodios silvestres entre el Servicio Secreto Británico y la Mano de Hierro peluda que desde Berlín opera el gobierno al grado 33, muy en privado, por cuestiones de competencia y primacía, pues los prusianos se disgustan  frunciendo el ceño cuando los anglos no se conforman con lo que a mansalva tienen en el mundo del intercambio lucrativo, sino que estos gladiadores incluso atacan certeros a los intereses alemanes ya establecidos, como ocurre a menudo, porque, vaya a precisar el dato, todo el comercio y la producción interna de café, para no decir del cacao, salen principalmente por Maracaibo, Carenero y la mafia de negocios que dirigen los insulares corsos de Carúpano, embarcándose  rumbo a los puertos del norte de Alemania, en especial Hamburgo, Bremen, Rostock y Kiel, y ahora piensan absorber el enorme tráfico especulativo de veleros por Angostura que manejan viejos reclusos cayeneros  de por vida, el llano adentro y la selva endemoniada, esa que asustados  de temor y miedo viendo fantasmas y cuentos   por doquier llaman Canaima los entendidos guayaneses, con olor a sarrapia, cueros o corambres y ganado en pie, caucho, balatá, maderas preciosas, quesos, pieles de caimán, baba o serpiente y plumas heterogéneas de garza, a través de los hermanos Sieguert, los Grüber y otras familias establecidas en la estrecha, barrialosa e inundable capital del Orinoco. Por cierto que al médico Johan Sieguert le va de maravillas en cuanto a ganancias estrambóticas se refiere, con su descubrimiento del aromático elixir que llaman Amargo de Angostura, elaborado a base de tónica genciana, corteza de cuspa con sabor a quina, y ahora el brebaje acre que produce  es de nombre universal, pues dicho producto acibarado bajo diversas porciones y etiquetas influyentes lo adquieren con fruición para expender en salones de alta sociedad y en varios continentes ya de moda. Piense nada más en todo el café arábigo que por Maracaibo se exporta desde el fronterizo territorio de Rubio, dominado por los asaltantes parameros y por los enclaves activos de los clanes Breuer, Minloss, Steinwort Moller, Leefman, Rode, mis parientes Blohm y tantos más, para darse cuenta del dinero enorme que corre en este juego de posiciones escogidas. Es por eso que el éxito indudable no lo toleran  los rabiosos británicos y tienen en mientes acabarlo de cualquier forma, hasta con una guerra de desgaste atroz. Por ello ¡enhorabuena¡, cuando supe que con rapidez pudiste llegar a La Guaira, pues de otra manera de la copla ni siquiera  lo estarías contando.
Parte de esta conversación sustanciosa la sostuve a solas con Priscila, quien a base de paciencia severa se había hecho una suerte de intermediaria culta de mi vida desde cuando la conocí, e incluso de tal hazaña inesperada comuniqué en los resultados noticiosos a la incondicional Amalia, que tiembla de emoción cautiva cada vez que oye sobre mis entrometimientos en estos episodios llenos de peligro o fortuna riesgosa, mientras la hermana gemela  plena de inquietudes latentes sueña radiante casi boquiabierta con orgasmos viciosos y devaneos mentales en el establo posterior de Buenavista y a la sombra  fantasiosa de las nutridas ubres lecheras y de los  largos penes asnales.
Aquel mediodía pletórico de luz y frente al mar enracimado de nubes transparentes en un refugio palmero de pescadores sin atarraya almorzábamos juntos algunas delicias afrodisiacas submarinas como ostras en su jugo, los guacucos playeros, los mejillones fosforados y los chipichipes libidinosos, que entre ellos en la suma morbosa llaman  “rompe colchones” de lascivia, para con tales ingredientes entonar el cuerpo de fuerza activa llenándolo así de reservas potenciales, y a fin de no perder el hilo de la narración policial a sabiendas del interés que en ello ponía la mulata de mis hondos quehaceres del espíritu, recostados entre chinchorros colgantes en un rincón de ese lugar exótico bañado por el ruido de las olas que  en algarabía mueven redondeando piedras  marinas  en el choque perenne, al extremo de aquel rumor continuo exponerlas a un eco enrarecido y con cualquier susurro interno, como si fueran caracoles gigantes, mediante pormenores novelados continué explicándole de cómo había salido del tenebroso y oscuro Puerto Cabello, sin que pudieran prenderme los sorpresivos agentes ultramarinos como enmascarados o  sin  rostro, de la abusiva y novedosa Scotland Yard inglesa.
----Aún no sé por qué extraña razón falta de lógica realista en Londres surgió la falacia absurda de que mi nombre pertenecía al cuadro extranjero de la Mano de Hierro prusiana, y que bajo el manto silente de médico graduado se me destinara a prestar servicios de inteligencia y contrainteligencia en el difícil ajedrez caribeño de Puerto Cabello. Es posible que este error malicioso provino por alguna similitud confusa de nombres o de profesión, pero lo cierto del caso es que desde el lugar de mi residencia transitoria yendo hasta el pequeño hospital de los dolientes o el apostadero naval donde laboro, o a la seria reunión dominguera habida entre ciertos luteranos profesos que leen con ahínco repetidor algunos pasajes de la Confesión de Ausburgo y oran compungidos para imponer a cualquier precio las Sagradas Escrituras, texto elucubrado que sabiamente interpreta sin dudar el recio monje agustino, o al mesón solitario donde sobre tosco banco de cují almuerzo en medio de reflexiones autónomas agudas y el Ángel de la Guarda que sí cuida, o a la gallera con mezcla de cubanos y andaluces pleitistas, en que por curiosidad sanguínea sus espuelas me atraen para estudiarlas y donde de vez en cuando concurro entusiasmado con el amigo Benitz, o a cualquier paseo campestre que en el escape a caballo suelto realice, o visitando la rebosante cantina clientelar, para beber cerveza en tarros importados a lo alemán deseado, o alguna cana al aire en los prostíbulos marinos que nutridos con rebosantes y novedosas damiselas coloridas a escoger, concurro para en el descuido de dejar la seriedad aparte, como buen prusiano de origen cultural allí consumir a plenitud los apetitos juveniles faltos de sujeción, eso sí, previa las invocaciones necesarias y cuidándome sobremanera de las enfermedades carnales del común, mientras a todo instante y en los distintos escenarios señalados noto siempre el acoso indirecto de dos hombres fornidos provistos de características caucásicas prominentes, el uno fumador,  y el otro quizás aguardando el momento oportuno para silenciar mi resuello sin producir sorpresa y con el sucio puñal de la grosera alevosía dramática.
Estos contratiempos en cadena vividos sobre detalles analíticos o conjeturas rigurosas y a través de tantas ocasiones en que pude comparar por un sano entender lo de la persecución incesante, los comenté al compañero Herr Benitz, y éste apelando de la consabida suma prudencia y en el serio tanteo de los hechos extraños que ocurren, al hallarse enterado mediante lecturas detallistas y comentarios provenientes de cronistas voluntarios del lugar sobre los muertos engullidos entre las marismas cercanas, recordó con crudeza la terca intención de los británicos en cuanto a intervenir sin pausa dentro del territorio venezolano, como lo demostraban los continuos ataques marineros de Gualterio Raleigh, Hawkins, Waterhouse, Preston, Sommers, Keymis, Knowles, Mings, Parker, Burg, Morgan, Warrick, Jackson y muchos más piratas atrevidos, sumados al ensayo colonial por demás oprobioso del empecinado Welleshey, las tentativas invasoras proinglesas de Miranda o las sibilinas ataduras diplomáticas de Ker Porter, y ahora, dentro de las nuevas técnicas a utilizar, bien pagado de libras esterlinas tenían a su servicio un vienés perverso de apellido Schömburgk, venido en andanzas geofágicas del himalayo Afganistán, que vivía como loco pero muy cuerdo levantando mapas falsos o mentirosos y extendiendo en carrera los linderos imperiales de Albión en contra de Venezuela por el lado peliagudo del territorio Esequibo, lleno de sorpresas cuantificables, para así adueñarse de los ricas minas de oro del Cuyuni, el poético pero amenazador  lago Parima, la rutilante Manoa, las cuencas preciosas del Mazaruni y las diamantíferas del  atronador río Caroní.
“Si, apreciado Godo, aquí van a caer muchas cabezas, según lo puedes notar, y lo mejor es que antes de aparecer el torbellino mortal de la desgracia empaques pertenencias y te vayas a otro sitio menos ansiado por la corona británica, como lo es este estratégico puerto, que puede servir en ello La Guaira, donde tengo varios conocidos, y no comentes a nadie sobre el viaje, porque te pueden jugar al secuestro y así volverte nada en las marismas cercanas, con mayor prontitud. Te recomiendo, pues, el mutis absoluto y que hagas todo lo del paseo propuesto con harta rapidez”.
Esa noche de angustias no pude concebir el sueño, ya lo supondrás, Priscila, porque en medio de la oscuridad reinante oía pisadas felinas de lobos himalayos  hambrientos también  provocadas  por monstruos invisibles cerca del cuarto de descanso, teniendo que asegurar  la ventana con  doble cerrojo  por encima del calor excesivo y unas molestas taras grises que revolotean sin cesar, el ruido cadencioso o rítmico de los mosquitos lugareños y el balbuceo turbador de ciertas voces lejanas con  acento extranjero, de donde imagino en soledad cómo sicarios profesionales me seguían los pasos de acuerdo con órdenes exactas, y en el divagar enfermizo de aquel martirio a cuestas e insomne sin descanso supuse que para ellos, o bien para el Almirantazgo británico y su Cuartel General establecido en las riberas londinenses del Támesis, yo debía ser un individuo peligroso de primer orden, al que era necesario destruir o poner coto a como diere lugar.
En el correr efectivo de la nueva jornada hice tareas comunes de mi carrera hospitalaria según fue la costumbre, sin demostrar extrañeza del conflicto y por encima de verme perseguido con cuatro ojos malditos situados bajo gorras con viseras de espanto, pero en el despiste necesario que realizo al iniciar la tarde, con ciertas dificultades insospechables, por la puerta de atrás de los galenos  pude introducirme a la fonda “Baltic” que alguna vez concurro, tan visitada por la bullanguera marinería allí de tránsito, y en un santiamén, mediante información precisa a cambio de metálico que ofrece el tuerto Stanislaw, un polaco metido a brujo malparido  y a porteño beodo durante largo tiempo, entro en contacto directo con el capitán holandés Van Veelen, a quien explico lo de mi situación riesgosa, y él, comprensivo al extremo de tamaño peligro, acepta llevarme en calidad y pinta de polizón, para no ofrecer datos oficiales al resguardo portuario, en el barco mercante “Rotterdam” que saldría desde  el viejo malecón del puerto a las cuatro  en punto de esa tarde lluviosa.
No abandoné más aquel albergue salvador, aunque con alguien de confianza envío el pago correspondiente del alojamiento y por mi equipaje, preparado ahora en forma de paquete comercial, y atrás, en el oscuro baño de aquel sitio cervecero, hediondo a todo menos a perfume, bajo la dirección artística del experto Stanislaw tiño la piel de carbón y corto el pelo, igual a los que trabajan en las ardientes calderas de cualquier navío mañoso por senil. De esta manera fragmentaria, por el portillo del fondo y con el bulto encima, bajo el disimulo del renqueo que luce adrede  la pierna izquierda, salgo de ese hostal de cobijo y lentamente me voy acercando al libertario buque  “Rotterdam”, para subir a bordo el miedo demasiado  que me escuece y  así esconder el cuerpo con lógica prontitud.
Cuando el barco en silencio de pitos anunciantes y cambio de banderas triangulares se aleja del conflictivo Puerto Cabello y lento va saliendo por canales acostumbrados hacia la apertura del mar, le acosan unos delfines que saltan de alegría rodeando el casco de la nave, mientras sentí otra vez nacer, Priscila, porque los guardaespaldas atrevidos que querían asesinarme a cualquier precio o en la ocasión precisa, con aquel vulgar cuento del espionaje entre potencias se cayeron de un coco alto y quedaron bajo el matiz irónico como dicen allá a las novias engañadas del pueblo, solas y con los crespos hechos, o sea vestidas de ocasión, sin pretendiente alguno y por demás alborotadas.

       16
Genovevo,   el fiel campesino de Galipán, una vez suscritos los papeles privados donde me  cedía en venta  más de cinco cuadras de vegetación áspera, que eran parte opulenta de su querencia familiar, fue muy amplio en la ayuda que aportara, pues fuera de que a la fuerza impuesta y sin excusas trajo a dos sobrinos carnales desde el filo de la montaña arriba, por cierto mal nutridos y flacos de prestancia, a pico, pala y sudor de tierra fría comenzaron a ordenar  de otro modo el terreno escarpado en terrazas al estilo indígena  trujillano  y de acuerdo con  precisas instrucciones impartidas, que expuse en persona cada fin de semana, al subir de La Guaira a Galipán por entre  aquellos desfiladeros irritantes y a los que luego mejoré con suficiente sombra de palmeras y holgada caminería  animal. Así se fueron acomodando los nuevos linderos del edén descubierto, al que de seguidas plantamos vistosos árboles limítrofes, como el arábigo cafeto, con cascadas naturales surtidas de batracios silentes, se arregla de manera romántica tudesca el paso del arroyo que corre por el extremo divisorio del fundo, hacia el final, adquiriéndose una yunta de bueyes  más que mansos  y tardíos  que el mismo Genovevo con delicadeza genital antes había bien castrado, para luego almorzar picado   de orgullo con estupendas criadillas a la brasa, junto a  dos machos fornidos y sumisos que en todo momento cargan los trastos necesarios, también se siembran pinos de necrópolis aunque silvestres con semillas traídas de los lacustres Alpes suizos, algunos abetos flexibles, raros eucaliptos  de montaña provenientes de la lejana Australia, y cualquier sauce plañidero, para que una manada de pájaros insectívoros, estercolarios y fructífagos en lucha con las mariposas del arcoiris o los  voraces saltamontes inoportunos, solacen sus efluvios dispersos fertilizando esas cumbres enhiestas, a veces dominadas por la niebla en algodón y sin fin, mientras los zamuros, que muchos en esta América mestiza aún por descubrir llaman buitres, chulos y otros gallinazos o zopilotes, de lo alto del macizo cordillerano lamiéndose el pico  regodean la visión mortecina en espera del tufo nauseabundo conductor, que es cuando caen sin menores esfuerzos y en vertical picada  con el intento serio de devorar los restos animales esparcidos.
Estaba seriamente  enamorado de Galipán, sus rosas, nardos y claveles, sus crepúsculos o arreboles tirando en amarillo ocre hacia la insular Margarita, donde ahora permanecía por tiempos enteros de placer pese a las lluvias tropicales hostigantes, algún granizo de esferas o canicas moldeadas y los truenos violentos que siempre en su lenguaje explosivo estremecen el cielo colgado de aguas verticales y auscultando realidades en el horizonte de mis sueños, mientras iban creciendo algunas construcciones hechas de argamasa o a cal y canto juntas con sangre de res caliente  aunque fueren al estilo clásico del castillo gótico sajón tan ilusorio, donde bajo mi dibujo y rumbo supervisor se elevaron entradas y salidas jamás vistas por las almas en pena,  estrellas y plenilunios con cualquier ocasión  para variar en fuertes  aguaceros, jardines colgantes experimentales que lucían en paisajes como los de Babilonia,  una arboleda exótica semejante a la que  Karsten tenía prevista para la Colonia bávara de Tovar, salas de visita sin concluir y los laboratorios ocultos a los neófitos indecisos del deseo reprimido , con resguardo del tiempo separados, eso sí, de la sacra estancia en familia mediante la erección de muros altos con campanas altaneras para auyentar bestias nocturnas invasoras,  y corrientes de aire sorpresivas que alejan los  pestíferos  e insinuantes olores inoportunos, porque haciendo cálculos a futuro  que no fuere lejano, pensé contraer matrimonio en primera oportunidad, como también se incluye en este menester tan detallado la  enorme biblioteca científica   que ya tenía en aumento por variada, al adquirir libros originales de los pronto llegados en barcos extranjeros al puerto guaireño, por ejemplo el famoso Balthazard para con ellos y a través de las horas nocturnas  entender de cadáveres desconcertantes, sumando  la botica colmada de químicos farmacéuticos en uso como los Bayer, de pretérita y última generación, además de cortezas, brotes ingenuos, retoños, hojas superfluas, tallos, sahumerios, parches  del  diablo, flores de eterna primavera, raíces y yerbas medicinales incluidas venenosas, el museo necesario para el resguardo in vitro de las víctimas,   y otras formas científicas manipuladas de mis complejas conclusiones de estudio, el salón de acicalar difuntos degradando las grasas corporales ya cubiertos de formol, y un extenso taller pleno de herramientas como envases, pinzas, cuchillos, tenazas, sierras, taladros, berbiquíes, bisturís, cucharas, martillos, escalpelos y cien cajas diversas, lugar  exquisito donde habría de permanecer horas enteras de mi existencia complicada en la investigación profunda sobre la vida terrena y algo más, la extraterrestre y el supervivir eterno en  la galaxia  rodante del espacio después del fallecimiento aparente, para  así evitar pérdidas o extravíos extemporáneos  e  inexcusables, según teorías orientales que digiero mascullando los temas  por sesiones continuas, y hasta en la existencia vegetal, que entonces llevaba  analizando años en un eficaz estudio comparativo a través de los diversos enfermos sin dolientes conseguidos en los hospitales y de ciertos muertos en descomposición acaso hallados a la vera del  cuidado camino licantrópico o en el cementerio ocasional de los escasos peregrinos regionales.
Fräulein Amalia esta tarde del jueves toda sorprendida se acerca por lo que le había contado Genovevo, recién subido del escenario playero mediante algunas dos horas de camino pendiente a partir de La Guaira, pues estaban solicitándome con urgencia desde el vetusto Hospital sanjuanero, porque las diarreas coléricas o el cólico miserere no cesaban aún escaseando el papel de estraza aliviador, como campea la viruela también, escarlatina, el tifus, el sarampión molesto y la fiebre tifoidea o el bendito tabardillo, teniendo en cuenta igualmente que los episodios funestos de la Guerra Federal iban acrecentando la suma y resta de los muertos vivientes,  parecidos a sombis, de donde el martes anterior habían fusilado sin vuelta atrás a cinco enemigos zamoranos regando su sangre en la subida de Maiquetía, no lejos de la quebrada de Curucutí, todos cogidos infraganti, con las manos ampulosas en la masa, o en la mesa, fuesen federales u oligarcas, que al fin y al cabo daba lo mismo en esa contienda fratricida donde nadie entendía de ideas  ni menos de principios, sino de bárbaros caudillos y procedimientos bastardos. En la noche profunda, por costumbre acogida de siempre mantengo el espíritu despierto realizando reacciones postmortuorias sobre algunos cadáveres enteros que alivio con la estera de cal, con antisépticos lavados y otras sustancias nítricas para la buena conservación  del trabajo emprendido, mientras que con la ayuda de la sin par Amalia estudio el sostén circulatorio de la sangre, a la manera del inmolado Servet, el sistema integral nervioso, el análisis al bisturí de las circunvoluciones cerebrales, el tictac sistodiastélico armonioso del corazón y otras rebeldías anímicas de los seres pendientes o en estado de letargia vegetativa y hasta de catalepsia, según lo practican en común varios altos gurús indostánicos, luego de un intenso ayuno vegetariano.
Ese  sábado siguiente desde las dispersas nubes galipaneras  que pronto amenazaran tormenta, bajo al puerto guaireño en compañía  del giboso Quasimodo, porque debía atender los negocios profesionales pendientes,  como visitar además a Herr Federico y entrevistarme luego con Priscila, quien por encima de otras veleidades masculinas que disfruté al momento de satisfacer el encanto genérico de la fruta prohibida por madura, siempre me espera en el mismo nido de amor y a la hora oportuna, así el retraso se prolongue por alguna fuerza inesperada o extraña y  hasta volcánica de ocasión. En el camino inseguro del descenso  voy en franco parloteo con Quasimodo, a quien acompañan  además una pareja ocasional de perros afiebrados por la época del celo como por el olor almizclero del vecino, y siguiéndole en parsimonia los dos burros  birriondos e intranquilos que admiraba con ansia Francisca Amelia, o doña Pancha, según ahora la llamo por apego lexical, pues con toda certeza y si el tiempo lo permite al menos en uno de los asnos el consentido contrahecho habrá de transportar hacia Buenavista  al difunto menos solicitado del hospital, que él siempre en horas avanzadas y tenebrosas de pesar cual momia faraónica extraía, envuelto con lianas y trapos avinagrados en desuso, a través de la estrecha parte trasera del tenebroso solar mortuorio, sitio sembrado de agrios naranjos escasos de utilidad y menos para comer por causa de las aguas mortecinas con que riegan el plantío considerado fétido, donde precisamente incineran  de prisa a ciertos cadáveres infectos de abandono, con lo que bastante se evita la hedentina y la presencia de golosos animales carroñeros.
----“Guten Tag. Wie geht es ihnen, Herr Federico, fue el saludo cordial que  diera de inmediato al tendero y fortachón prusiano, mientras lo invito a una Bier o cerveza de esas que mantiene frías conservadas en tinas de madera entre pastas de hielo y sal, para prevenir que este sólido y gélido elemento pronto consiga derretirse. De seguidas acomodo la humanidad que sostengo entre las piernas en una estrecha butaca de cuero poco curtido casi a las puertas del establecimiento mercantil, al tanto que  un becerro como gordo  rumiante me mira en desconcierto y el sajón bien informado de odiseas y murmurios pasa a referir las frescas noticias de ultramar, pero con dos meses de atraso velero, llegadas mediante esa rapidez inusual y espera interminable en el vapor correo proveniente del virgíneo San Thomas y más allá, dando tumbos cambiantes, de la extraviada Europa continental.
----“Ando envuelto con bastantes preocupaciones, mi querido Godo, expresa algo extraviado el fortachón, porque en los periódicos alemanes que recibo y entre ellos Die Welt, Berliner Zeitung y Berliner Tageblatt, se habla sin exageración de otra guerra germana  a iniciar contra los imperios aliados de Occidente, que lidera sin duda el poder creciente de la real casa inglesa victoriana, o sea la matrona robusta del castillo de Windsor, esta vez mediante unos barcos escupe fuegos que con acero templado de la familia Krupp y las fábricas carboneras del Rhur ya se construyen a todo trance y esfuerzo, sin medir consecuencias o desvaríos. Todo esto es deplorable, insiste. Además, por su parte los astilleros navales como los habidos en Köenisberg y Dantzig se aprestan a lanzar una moderna flota cargada de cañones y suertes cartománticas que pueda darle la vuelta en redondez al mundo conflictivo, para así defender las colonias que tenemos en África  y hasta en los archipiélagos lejanos de Asia, y en América cual punto sublime de valía refieren detalles acerca de las pretensiones renovadas sobre la piel hirsuta de Venezuela, a la que llaman Welserland sin temor a represalias prematuras, lo que se materializa en un extenso editorial que trae inserto el mismo diario berlinés Tageblatt, donde afirma con énfasis y sin titubeos que Venezuela es “la más antigua de las colonias alemanas”. Para ellos, para el Alto Mando alemán y para la Central de Inteligencia teutona, Venezuela les pertenece desde cuando el flamenco germanófilo Carlos V, rey de España y Emperador de Alemania, en cuyos territorios heredados  ni siquiera “se ponía el sol”  por ser tan débil y menos era posible taparlo con un dedo, dado lo extensos y esparcidos en los continentes hambrientos de destino, esa tierra firme de un plumazo certero entregado, con lo bueno y de obsequio con lo malo, con el vellocino de oro y hasta con las muchas envidias que se insertan, por cuenta de deudas atrasadas e impagables que incluidos sobreprecios  y  otras ventajas financieras  detestables alcanzaron la bicoca estimable  en 3.000.000 de florines, por lo que  el desprendido monarca ahora enfermo de dolorosa gota en el dedo gordo del pie derecho, sin medir otros daños se la entregó  casta y virgen, hasta núbil, a la casa Welser, cuya sede central estaba abarcando tantos negocios comerciales de altura que iban en ascenso no solo desde una artística Florencia del Arno a la norteña y entumecida Suecia de los renos boreales en apremio de ser luterana, y  la Santa Rusia ortodoxa de los zares barbudos, sino que entre vodka y vodka  razonables  permanecía por siempre produciendo cierta clase de envidias escondidas  en el corazón de la otra inquieta Alemania, o sea, en la banquera Ausburgo que tú y yo conocemos de antemano”.
----“Y además en el intento de una reflexión consciente debo añadirte para completar la historia fascinante ultramarina y  ya inmerso dentro del género de la pesquisa policial llevada a conciencia por la llamada Mano de Hierro del contraespionaje berlinés, que erraron en dicho nudo de operaciones desconcertantes donde se ha desmentido la muerte que con bombos y platillos pregonaban como éxito seguro los sabuesos de Scotland Yard, o sea lo del sujeto que en calidad de médico tratante manejó una organización pro germana en Puerto Cabello, de lo que tanto se ufanaron los servicios secretos británicos en las lentas noticias europeas, agregando por consecuencia el haber desmantelado toda esa célula dañina de información  cifrada o por clave que en contra de los intereses anglosajones de manera permanente iba a establecer una red de apoyo a los planes definitivos llevados con diligencia por el imperio alemán en el antiguo territorio caribeño, que desde luego afectaban de manera directa los negocios angloparlantes en la vasta zona marítima antillana, y entre los planes definitivos aprobados por el eje prusiano aparece, según dieron a conocer, la toma necesaria de Margarita, perla insular llamada con sentido de raigambre la Gibraltar germana, como igual adicionan algunas islas guaneras en posesión pacífica de Venezuela, ricas en excrementos avícolas de calidad fosfática, todo lo c ual  impedía los proyectos en curso de Albión o de John Bull dirigidos hacia la extensa franja sedimentaria situada al oeste del río Esequibo, que llega a abarcar el estratégico delta del Orinoco y hasta el anhelado Caroní, río emblemático que cursa sus riquezas y hasta afrodisíacas por entre los entresijos y altas llanuras  del macizo guayanés. Imagínate que por espasmos acomodaticios y las cavilaciones trasnochadas del mando londinense, y sin pensar en la reacción americana monroista, que es algo de temer, dan por muerto al médico germano jefe de la banda establecida en Puerto Cabello, porque aparecieron ciertos restos humanos prendidos sobre una vieja ancla en las afueras fangosas de la bahía portuaria, atribuyéndose esos despojos óseos y algunos desperdicios textiles al fenecido galeno teutón. Te repito, como expresa alborozado el galante Don Juan Tenorio, del sorprendido Zorrilla: “Gozan de buena salud los muertos que vos matásteis”.
                                          
Esa tarde entre besos y caricias mantenidos en la imaginación desbordada  conté a Priscila sobre el rápido avance de las obras a construir y edificando  en Buenavista, donde ahora con la original incorporación arquitectónica bávara se podían ver patios cubiertos de piedra lisa, corredores de tierra pisada y suelos con mosaicos importados o en arcilla cocida, caminerías rebosantes de grama y yedras húmedas que daban vueltas y revueltas a gusto acordes con la composición topográfica del terreno, sitios de estar adornados mediante asientos de cemento gris irlandés, en la mezcla de mortero agregada por costumbre local la correspondiente argamasa con sangre de buey caliente, y ya había comenzado a disponer de un cementerio propio de parcelas a fin de inhumar cadáveres predispuestos una vez realizados en ellos los análisis de significación metabólica y otros avances necesarios de la época vivida con la revolución industrial. Para entonces, a manera de como lo expreso, anduve envuelto en estudios llevados hasta el fondo de los hechos sobre la cultura de las momias esqueléticas  ecuatorianas o del Sudán inferior, algunas de viejas dinastías tártara-mongolo-turquescas y las del largo incanato indígena suramericano, sujetas ellas en botijas de barro, a objeto de extraer de estos serios exámenes biológicos nuevas experiencias en cuanto al mantenimiento esencial y definitivo de los pobres difuntos, que aunque no lo parezca permanecen casi en estado de levitación acaso por el hambre perene.
La manera de actuar en aquel sitio de constantes ensueños inicialmente fue un tanto primitiva, con techo provisorio y paredes de mampostería inconclusas, mientras desde la próxima quebrada por caños de bambú se acometían con celo inusitado las cristalinas aguas para servir al uso personal, como el recoger las pluviales mediante tejas dirigidas hacia los chorrerones dispuestos de la erosión, abajo del mismo inquieto riachuelo, y el embaule de los fluidos restantes, a través de rústicas cañerías  o por intermedio de desagües cónsonos  que con el provecho de sistemas de tratamiento forzado y agregación de cloro  me sirvieron para enriquecer en alimentos naturales a las frescas orquídeas del ambiente, los pozos rebosantes de sonoros batracios saltones en el croar enamorado de los sapos, renacuajos y ranas danzantes al impulso del tiempo, y a las múltiples variedades de helechos y clases de bromelias oriundas de tan edénico sitio de vivir. Aquello en realidad iba convirtiéndose en una verdadera fantasía, un embrujo visual, mientras por turno acomodaba  los trabajos en ciernes al modelo de las viejas  casonas bávaras entretejidas por la niebla mediante simétricas tablas de listón y horcones negros dispuestos sobre el blanco abrillantado entre sus frentes espaciosos y con algunos toques barrocos característicos de la construcción típica que por la época juvenil me rodeara  con afecto en la altiva cuan amada por siempre Halberstadt.    
----“Pero debo añadirte algo muy importante, Priscila, sobre aquel conjunto de la primera fase que cuidaron pacientes Genovevo y lerdos sus sobrinos, lo que tendrás por vida escondido como secreto de confesión, al decir de la fe católica que profesas, pues es realidad tangible y sin ninguna duda por obra de encantos protectores, como ocurre con  los enanos díscolos de la ánglica isla Man, que una mañana dominguera y luego de los aleluyas dogmáticos  requeridos mientras vaciábamos residuos de material desechable a la orilla del zanjón abierto abajo por el correspondiente arroyo caprichoso, de  pronto, removida una piedra por las mismas escorias estrelladas en el fondo de esa oculta oquedad hallé un verdoso botijón artesanal muy bien cuidado, el que de inmediato traslado hasta la casa de habitación que me guarda de noche  en espera de obtener eso que llaman en léxico casero “tesoros, guacas o entierros” escondidos, y allí, con las mejores precauciones contra intrusos de oficio, procedo a perforar lentamente dichos paquetes, sin inhalar efluvios dañinos, encontrando la sorpresa inaudita que en lo interior del cuenco  arcilloso cabía un pequeño envase inglés, que estaba a la vista del conocimiento presumible por sus características de ser hechura en vidrio soplado y de tono azuloso, como el de  Prusia, con tapa de corcho centenario y viejo precinto especial, en cuyo seno permanece un mapa en deterioro e impreso mediante cualquier punta de hierro candente y sobre tira de cuero vacuno, según se marcan  a fuego las reses tendidas en campo traviesa, para con esta prueba señalada ubicar algún sitio de entierro y desentierro, y a su borde de compañía apareció también  un añoso al tiempo que corto papel del tipo estraza de escribanos cubierto mediante garabatos signados en tinta negra de hollín catayo y portando cierta aparente grafía gótica realizada con pluma acaso de ganso benedictino, a la que estuve acostumbrado en manoseo literal por un terco maestro gremial detallista desde la escuela primitiva de Halberstadt, cuyo texto acaba dibujándolo con el cursivo alfabeto inglés de Gales, el que por hallarse un poco enrevesado y difícil de descifrar debido a la hora oscura de la tarde, casi al anochecer de los espíritus en vela y ya  sobresaltados porque despiertan volando con intenciones  de matar, pues, en el mayor sigilo y lejos de ojos y oídos acuciosos  manejados entonces por quien para el momento descansa en la Quinta Paila infernal,  decidí guardarlo  ya a escondidas con la intención   de ser  objeto de un  mejor estudio ante el sosiego y la tranquilidad del día siguiente.
----“En esas horas nocturnas y angustiosas, Priscila, sí fue verdad que no pude dormir, por andar cubierto de muchas falsas interrogantes tanto sobre el amarillento papel de trapo que acaba con mi tranquilidad como en referencia al mapa tallado encima de la piel curtida que protejo a escondidas de mentes curiosas y alarmistas. Por esta razón apasionada presto tomé un tranquilizante  ansiolítico de las neuronas tratando de calmar esa ansiedad que sucede al bochorno, luego me pongo de pies o de cabeza en el lecho bruñido para dos usuarios donde otras veces nocturnas durmiera a pierna suelta, en muchas ocasiones cambio la postura fastidiosa o costumbrista del cuerpo en busca de descanso mental, elimino la dura almohada de rollo, los malos pensamientos que se agolpan seguidos, me acurruco en trance fetal, yazgo boca arriba o vuelta abajo cuidando no oprimir los testículos usados, alargo las extremidades inferiores con los músculos en tensión, respiro profundo y contenido a la manera de  los faquires místicos de Malabar, cuento más de mil ovejas dispersas que ahora saltan en mi loco imaginario acorraladas por el lobo hambriento de balidos, tomo sorbos de leche agria entrecortada, mastico terrones de azúcar morena, consumo lechugas frescas producidas en Galipán, y nada, fue imposible concebir el sueño requerido, de donde transcurrida la medianoche exacta y después de oír el sonido acompasado del reloj de pared que a esa hora despierta temor reverencial  por  el incomprendido  Nosferatu, entro en estado de trance 
  recordando al     siniestro  CONDE           NOSFERATU    a quien traje de visita oportuna hasta esta casa americana  de solaz,  mientras  a  través de las brújulas detectoras que siempre me acompañan en el solsticio presente siento pasos cercanos  incitantes circunvalando el alma hecha materia, al tiempo que con los ojos redondos por el cansancio, como un búho en celo portugués enciendo la luz azulada mortecina de carburo y acelero el seso espiritual para releer algunas páginas diabólicas de los grandes maestros del trasnocho, y entre ellas   las  del Goethe de cabecera, que según costumbre familiar inveterada siempre tengo al alcance de la mano y los sentidos, o del despertador de cuerda larga, como una pesadilla por capítulos de terror.
Mehr  Licht, más luz pide el filósofo alemán de Köenisberg al borde de su tumba para entender todo lo que está ocurriendo en la cuenca orbital, preñada de incógnitas superfluas y claroscuros razonables, mientras por fin entre el filo de una apretada conciencia y el canto de cualquier gallo  equivocado por la hora  me voy aletargando en cierto sopor mental a golpes de distancia, al comprender por el paso de los segundos hacia atrás que el  terrible demonio Mefisto, amo y señor de oquedades profundas donde el calor por obra de los gases fríos  poco se extiende, sin aceptar la tesis básica del mago Merlín reclama la entrega del alma impura al astrólogo y nigromántico estudioso doctor Johann Fausto,  a quien le vende el alma con detalles  en los severos términos convenidos por contrato, como  ocurre  desde  la misérrima cuanto  sedienta urbe coriana y en epístola final casi sin tinte ni tinta acaso de calamar, al apuesto caballero del cuello dolido De Hutten  recordándole así y cariacontecido la escena sentenciosa a su hermano el poderoso rubio obispo de Würzburg.
---“-Mas, ¿cómo hiciste para entender lo escrito?, pregunta presurosa la comprometida Priscila, llena de ánimo y atónito interés.
----“Para mí fue harto y difícil penetrar en aquel laberinto de palabras gastadas, como góticas antañonas, pues además de estar mohosos el papel y el plano primitivo del escondite, debí primero someter la delicada  prenda a un tratamiento a base de vinagre y vapores de yodo, a fin de que los efectos desprendidos del ácido acético y las exhalaciones químicas limpiaran huellas y caracteres velados, aunque con el pellejo de la res fue necesario utilizar fuertes sahumerios compuestos por líquidos  yodales, y luego de dejarlos expuestos al sol por poco tiempo a objeto de eludir daños consiguientes fue imperante tratar ambos instrumentos de prueba en el juego sutil con preciosas pinzas de laboratorio, intentando por ello de que no más se maltratasen durante tan delicado trabajo. Después, como quien nada quiere saber sobre el hallazgo extraordinario, continuo en el empeño establecido a ritmo de rutina y en la mejora permanente de la propiedad, a manera de no despertar sospechas mínimas sobre este acontecimiento inusitado y entre los que me rodean, contándose dentro del redil cercano al ahora astuto Genovevo, sus sobrinos gandules y un par de negros bozales de la díscola nación mandinga traídos con argucias metálicas preconcebidas desde La Guaira, para el empeño renovador que se pretende”.
El descubrimiento que acabara de hacer me tenía sorprendido mas no turbado y porque era poco entendedor en esta compleja materia derivada acaso de tesoros piráticos como producto de la rapiña clientelar en uso, dentro de las precauciones necesarias sin muchos regodeos alusivos decido viajar a Caracas para investigar sobre la escritura borrosa que tenía entre manos, hecha con trazos rústicos, desconocidos al principio aunque a vuelta de revisarla tantas veces, hasta con una lupa de buen aumento que subo presuroso de La Guaira, pude entender que el breve texto extraño era vertido en castellano gótico andaluz  pero mudéjar nazarí  del tiempo quijotesco, aunque dentro del estilo existente  con algunas contracciones ligeras utilizadas, y al final del apunte, de mucho descubrir en la paciencia lazarina del santo Job con aquello vulgar y peyorativo de “paciencia, piojos, que la noche es larga”, paso a entrever los signos aparentes de un año calendario A.D., “agnus dei” o tiempo del Señor, realizado por alguien que garrapateó el 1595 en guarismos románicos (MDVC), y luego con el transcurso de las horas indecisas dentro del enigma que aún se plantea limpiando bordes oscurecidos encuentro una palmaria consonante “T”  bastante clara en el original, y después con el color en desgaste que aparece surge acaso parte de la inacabada palabra “Villalp.”, que semejó un burdo  apellido hispano con nombre de ciudad castiza, a todas luces calzado en dicho escrito instructivo.  Reunidos, pues, estos detalles someros aunque tan útiles para entender tales registros encontrados, con premura emprendo el camino resbaloso de Caracas, y aquel caballo Kaiser trotamundos como nuevo Alburaq, el alado Pegaso, Babieca o Bucéfalo de los encantos equinos, en el empeño no cesaba rápido  de acercarme al lugar placentero, hasta el momento que  cinco horas después en que bajara  friolento rumbo a la vega  de los indios toromaimas, ahora cubierta con nuevos techos rojos claveteados, indios por cierto gentiles pero antropófagos de hábito en desuso, carniceros de herencia, según me había enseñado con cháchara cordial   Herr Federico, que otrora andaregueaban  revoltosos y hambrientos en las faldas de la enorme montaña  avileña del Guaraira Repano, divisoria de amor, precisamente en las alturas de Galipán, con el extenso valle caraqueño como espejo.
El empeño de mi agenda en Caracas era proceder a las primeras limpiezas o curas sobre el rostro adusto del llamado por el vulgo doctor Lander, que en la inicial instancia conocida  había “muerto” de 58 años de trajín permanente, tan agradecido como andaba por el trabajo delicado hecho en su cutis de manzana criolla, al tiempo  también de visitar a ese  serio  caballero teutón de renombre y título doctor Adolfo Ernst Bischoff, sabio alemán que me podía entregar alguna información detallada sobre los hechos antiguos ocurridos, dentro de lo secreto del encargo, y luego de ambas entrevistas amables procedí a enfrascarme en la vieja y olorosa biblioteca pública de origen franciscano, establecida al lado de su templo parroquial y de desconocidas y aún no selladas criptas cubiertas de calvos cráneos monjiles, para en los repositorios añosos del seno frailuno allí existente  hurgar sobre otras probanzas atinentes al embrollo por descubrir. No sé, pero  a través del sentir de una corazonada de esas que a veces bien aciertan o estimulan la inercia, me produjo el presentimiento sincero que aquellos textos encontrados donde se incluye el mapa hecho mención,  tenían que ver con algo importante que aconteciera en la ciudad también llamada de los techos rojos y en ello debí hacer hincapié a objeto de descifrar el enredo gordiano que a través del misterio insinuante no cesaba de aparecer en sus cabales.
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Como ya es costumbre de cierto arraigo cronológico toco la puerta del estratégico caserón de Cipreses, luego abre con rapidez el servicio de adentro y mientras me desplazo a regusto en la negra mecedora del recibo situado en el amplio corredor de mosaicos producidos en terracota, y aprecio de cerca a dos manzanos en flor que crecen con holgura en el patio presente ante mi vista, aparecen de improntu las dos niñas casi gemelas, medio malcriadas y ya de cierta edad engañosa que son hijas putativas del achacoso doctor Lander, quienes con agrado ceremonial me saludan, al tiempo que deleito las papilas bucales con un espeso jugo de guanábana, o de catuche, según llamaban a esta fruta blanca los indios caribes de la región. Y luego de otras frases solícitas de cortesía paso a visitar al ilustre político que yace en pena muy bien atornillado ante su escritorio de trabajo para la vida eterna, hecho en fina caoba de artesanos josefinos, por culpa y maldad esgrimidas de quienes no lo quieren dejar en descanso con paz, ni siquiera de sepulcros, como piensan algunas mentes perseverantes, que entre ellas no se cuenta la mía.
Al abogado sin título Lander por cierto que en aquella mañana de trabajo lo encuentro  por demás jocoso, bastante optimista y hasta con chistes desairados cuanto satíricos e irónicos que me abstengo aquí de traer al recuerdo, porque tiene noticias que su partido amarillo liberal lucha contra las fuerzas conservadoras que atrapan sosteniendo el gobierno, aunque con frases cortantes suelta ciertas pestes referidas al socarrón o mejor fanfarrón de Antonio Leocadio Guzmán, el casado a última hora con “La Tiñosa”, portadora de carare blancuzco en parches de su cuerpo, mujer de mala espina o leche y peor augurio, según vuelve con insistencia a repetir el insólito doctor Lander.
----“¡Es que tienen que rodar muchas cabezas, como las de los Farfán y los Belisario, que en costales traídas en salazón desde el llano les llevaron  a Páez y a José Tadeo Monagas en diferentes oportunidades¡. ¡Aquí no se salva nadie!”, y mientras esto apunta con firmeza el político perfumado y yo le practicaba la toilette de sanación respectiva, que le hace toser en varias ocasiones, busco la manera oportuna de enfrentarme con cautela necesaria a la indagación enigmática que ansiosamente anhelo a través de dilemas.
----“Doctor, con todo lo sabio que es usted, ¿acaso conoce de algún ataque  extranjero que haya tenido Caracas, como los ocurridos  en el puerto de La Guaira?”.
En ese momento preciso el jurisconsulto autodidacta movido por un resorte espiritual levanta la cabeza, me mira sobre las antiparras a través de unos ojos cavernosos, con la mueca de un demacrado faraón egipcio, y entreabriendo los labios tostados por una piel reseca,  a pesar de la manteca de cacao que coloco en los rebordes extremos de la boca, trata de erguirse en la intención aunque en la paradoja del momento luce muy exhausto, y entonces sacando algo de los entrepechos de su conciencia, como lo experimenta el joven vienés Sigmund Freud con cuerpos atormentados y los enfermos del espíritu, echa a correr ideas para atar cabos firmes sobre muchos asuntos colaterales que no le pregunto pero que en general desbordan la suma de sus conocimientos sobre tantas materias filosóficas o eruditas por humanistas, de donde al final del discurso enervante que pronuncia puedo reconstruir con holgura la respuesta precisa a mis deseos.
-----  “Muchos  lo intentaron  quedándose en  el proyecto o  el  tintero -asienta con gravedad,  pero al menos uno tuvo éxito por la astucia tipo gordiflón Enrique VIII que esgrimiera, y me refiero a aquel británico lancasteriano de ojos dormidos llamado Amyas Preston, quien al final del siglo dieciséis y en respuesta a la triste farsa de la Armada Invencible, se las ingenió con señuelos y espantapájaros para engañar a los incautos españoles que lo esperaron  con tiempo y mala calma por el camino que venía a Caracas desde La Guaira, y allí  se presentan enarbolando banderas castizas de guerra, mas falconetes, culebrinas, pequeños cañones, morteros de Lepanto, adargas, caballos empenachados, cotas, ballestas, arcabuces, picas y cuanta indumentaria de museo había para inferir miedo o terror a los que pudieron encontrar, como también unos tizones al rojo vivo en la candela expuesta de ocasión, pero ¡qué va!, el ladino inglés en un aguafiestas perfecto los dejó aguardando como bobos descarriados, porque a sabiendas de esta emboscada hispana mediante espías de avance que destaca el invasor, con varios cientos de reclutas bisoños se las ingenia para subir a Caracas a través del camino empinado y espinoso de los indios montaraces, por donde nadie con cuatro dedos de frente transitara, al menos en aquellos tiempos de peligro, y mediante el apoyo vil de un sinvergüenza peninsular rastrero de apellido Villalpando y de  nombre  apostólico Tomás, que anduvo por todos  lados de consulta  en son de astrólogo pícaro, de marioneta tarifado, vidente del futuro y de gato cazador de ratas perdidas, en la traición impuesta a sus amigos falsarios y congéneres por la permuta de alguna recompensa monetaria, el zamorano enfermo de los denarios de Judas Iscariote se ofreció para conducir a los marinos bellacos de Albión por la senda imponderable de la subida de Macuto, a través de los riscos de Galipán, El Palmar y la pica de Las Aguadas”.
“Y así, dando vuelta  en contrario al cerro grande mientras cual conejos  velando entre el tupido pajonal del monte permanecen escondidos, en el engaño estratégico y osado de aquellos de la “Royal Navy” logran descender a Caracas por el boscoso punto Ñaraulí de Sabana del Blanco, en San José, sitio histórico cuanto emblemático donde ondeando a todo trapo las insignias isabelinas del jabalí rampante sobre campo escarlata, al son de repiques imperiales orquestados por chirimías, cornetas y gaitas exclusivas, los marinos que vencen sin temores se enfrentan con un precursor de ilusiones ópticas y quijote manchego que llamaban sonrientes Alonso Andrea de Ledesma, y quien solo porque el miedo de terror es mucho, cuando menos enfermo ya del alma por lo anciano, acaso cataratoso y lanza en ristre sobre titubeante jamelgo ataca a los ingleses invasores, como si fueran molinos de viento, para morir al mediodía cuajado de soledad el decrépito salmantino en la famosa pelea medieval del burro contra tigre, posiblemente mediante infarto producido por el susto. Y en la burla mordaz  o moraleja del caso, para también torcer el tono orgulloso del competido conquistador hispanohablante, los anglosajones flemáticos recordando las tragedias inmortales de Juana La Loca y del épico joven Shakespeare, que es parte activa de la saga milenaria británica, en tono plañidero los duros descendientes de Albión cargan el vetusto cadáver hacia el encuentro de Caracas, cual prócer de leyenda esparcida nacido de las entrañas propias de Amadís de Gaula o de Tiran Lo Blanch, pues sujeto con amarras en su flaco rocín y entre gestos breves alucinantes de decadencia del teatro de corrales le hacen ofrendas guerreras ridículas de rendición de plaza, teniendo como trasfondo de honor el descosido pendón de Castilla, cual si al momento fuera la apagada caricatura espartana del propio Mío Cid Campeador. ¡De qué ironías, de qué péndulo astral pende la vida”!.
----“Aunque lo que pocos conocen, doctor Knoche, o acaso tratan de olvidar en el desprecio del coito con sorpresa mal habido, es que los insulares norteños faltos de esos placeres a veces coruscantes, en el toque a rebato desatado  hacia el libertinaje y el saqueo general se dieron el gran banquete con las vecinas núbiles  y los haberes de Caracas, pues por encima de las virginidades  consumidas a placer como el mejor botín de esa temporada, al andar  el pueblo ausente de tropas de reserva y de voluntarios defensores, que en la sospecha justificada y cual profetas del desastre himeneo permanecían detenidos a raya en la estratégica entrada norte de La Puerta pastoreña, por un fuerte contingente inglés armado con largos pistolones, cualquier arcabuz de la rapiña, macanas europeas continentales, armas blancas o sucias a montón, para esconder los gritos angustiosos afinadas gaitas escocesas y tambores rítmicos galeses, lugar de marras a donde por los vientos contrarios  montañeros en medio del pillaje ya suelto quizás no llegaron a oírse los alaridos infecundos de las doncellas en vías del vil estupro y en trance de ser mujer, o los fandangueros lamentos gitanos lacrimosos de sus madres a coro en otro flagelo síquico característico entonces anegadas en un río de llanto exterior frente al crucifijo cejijunto y velas del altar casero, o ante el risueño patrón San Antonio, tan bonachón, ahora con oficio de árbitro racial,  mediante el rastreo acostumbrado andaban todas a una en vana espera esta vez de cualquier milagro matrimonial en perspectiva. Que nunca existió.
“Digo, pues, que los invasores pasaron seis días con sus noches placenteras dándose la mejor semana de su vida en la ciudad insolente, escanciando el buen vino traído en garrafones desde las soleras de España y recibiendo a granel toda joya, moneda o cuanto pedazo de oro pudieron encontrar, de donde se afirma que en la mansión aireada por los sueños viciosos del enjuto Garci González de Silva, el hombre más rico de la provincia, prisionero de yacimientos minerales y fiero conquistador de firme armadura que por décadas esquilmó a la población indígena en numerosas campañas cobijadas por el éxito sanguíneo, hasta dejarlos sin un recuerdo áureo de su pasado y quien por cierto ahora de los cuentos narrados  para no dormir se halla retenido ante los sorpresivos hechos de cautela imperiales de la pérfida Albión e impotente rabioso en las afueras boscosas o entrada de La Puerta, en dicha casona gonzalera, recuerdo, los piratas de la estrábica reina Isabel hallaron muchas alhajas cubiertas de filigrana moruna y dinero de fino metal escondidos en cajas especiales subterráneas, y que una vez cargado aquel valioso tesoro en recuas de mal vivir, como el Nerón romano los intrusos ladrones dieron fuego continuo a la indefensa ciudad de los techos quemados invadida, para más asustar a los habitantes pusilánimes, llenos de temblor impotente, retirándose luego en formación correcta estos facinerosos por el mismo camino intransitable y medio abierto en el que habían venido, y así sin pausa aunque con cierta prisa de descenso en dicho repliegue de campaña airosos corren hacia los barcos anclados en aguas tormentosas playeras del indígena sitio de  Guaicamacuto. De ese caudal acuñado en grande que sacaron de Caracas, sobre todo de la residencia epicúrea del iracundo depredador extremeño González de Silva, quien mordiéndose las uñas gemía cual moro argelino de novela sarcástica por la pérdida de bienes y de sus tristes vírgenes pichonas, condenadas ahora al murmullo sugestivo del fraile confesor y al eterno celibato de la cama, que no quiere decir falta de distracción subliminal, de todo ello con el silencio cómplice nada más se ha dicho, ni menos explotado, aunque por allá entre papeles rugosos que alguna vez leyera, se anotó que los corsarios isabelinos por extraña causa aún desconocida no cargaron en sus barcos tramposos el  cuantioso dinero amasado del botín caraqueño.
Con lo oído puesto en aquellos detalles espeluznantes para sacar de quicio era suficiente, pues ya había bien hilado el comienzo de la trama en cuestión. Y para no perder tiempo por aquello de que es oro en verdad, encamino los pasos hacia la residencia del coterráneo amigo doctor Ernst, quien luego de la seria plática oportuna y una copa de vino Riesling tomada por tragos de buen catador enólogo, me aconseja visite la estantería librera del monasterio franciscano “caracensi”  para informarme con datos certeros de tal ataque tan doloroso, y que allí en aquel recinto del sosiego creador aislado de polillas consulte algunos cronistas coloniales y otros legajos concernientes al  empuje o desarrollo primario de Caracas, dentro de la orfandad en que se vive. Mientras pienso, repienso y me da fuerzas de empuje ese soñador botín, para seguir en tanto empeño con el recuerdo presente de la hermosa Priscila por calles empedradas cual monje solitario budista tibetano y sin destino cierto voy acercándome al cenobio vacío de los humildes monjes, de nuevo oloroso a jazmines y nardos florecidos, sin la saya marrón y la barba florida por espesa, salvo el molesto tufillo que repele una cloaca maloliente y cerca de la Plaza Mayor, la que ahora quieren bautizar Bolívar, aunque otros la prefieren de Armas, para asumir la prestancia  de pesquisa en algunos libros becerros, incunables, príncipes, vetustos, sin título o como se les llamare en el lenguaje bibliófilo, a fin de buscar la verdad verdadera sobre el caco pero elegante sir Preston y sus lobos marinos, una vez que me aclaran conceptos necesarios las voces acrisoladas de Lander y Ernst, por lo que detengo el resto del día en escudriñar sobando los archivos empolvados del Cabildo, documentos perdidos de paleógrafos miopes o de malos calígrafos y escritores o escribanos de antaño como los frailes Caulín, Simón, Gumilla, Aguado y el fundamental Oviedo y Baños, sobrino del temible obispo santurrón Baños y Sotomayor, por cierto  desde antaño alérgico a las abluciones continuas.
Ya al final de la cansada tarde  que bosteza y antes de caer el sol al ser tragado por un embudo en el horizonte de la cadena de montañas cercana, que no pasa lo mismo con el mar, había podido entender parte del rompecabezas planteado, del novedoso crucigrama victoriano, del jaque mate real de este vía crucis jerosolimitano, o sea la síntesis de todo el enredo picaresco cubierto de aventuras en trance o por capítulos vivientes, de donde cual hechos ciertos  demostrables tuve por notorios que el marino Preston se adueña de Caracas sin disparar siquiera un cohete festivo, y así otros detalles concordados y concluyentes que sin presuntas envidias me confiara asaz Lander, por lo que el británico bribón pudo sacar de la ciudad indefensa un buen tesoro en oro, barras, pedazos, monedas y joyas de valor, pero sobre aquel caudal de noticias historiales la visita lectora al recinto franciscano me precisa en pormenores que el judas Villalpando vino con sir Preston  y el después almirante de postín George Sommers, y en calidad de guía experto sube hasta Caracas, que luego con los ingleses resbalosos regresara rumbo al mar Caribe por el mismo camino bajante accidentado, en espera de la infame recompensa y, como es de suponer, a la esquiva suerte de que el jefe angloparlante lo montase en sus naves veleras sueltas al viento, pero aún quedaba en trámites del suspenso los hechos de la muerte pendida por el gañote de Villalpando y el misterio del pillaje cargado sobre bestias hurtadas, que bien pudieran ser resueltos en los papeles a descifrar y en el plano aludido incorporado. De todo ello me voy haciendo perfecta cuenta mientras ando bajo una pequeña nube de paraguas, sombrillas habaneras, sombreros anchos traídos de Veracruz y quitasoles en el camino sosegado rumbo al cercano Hotel Klindt, donde luego de enterarme  a ritmo labial del diario espectro noticioso callejero allí reunido, habré de pasar la noche en la espera del mejor descanso, placentero, una vez que se desenreda a medias, entre juegos de lógica y razón, este complejo hilo de Ariadna, prima por cierto de Penélope, la tejedora hechicera de los tiempos helénicos.
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“Esa tarde para mi tranquilidad fue de suficiente dicha, al ver finalizado el techo corrido de suaves carrizos o cañabrava  amarga y exento de fieros  magnicidas pululantes que habría de albergar tantos delirios, mareos e incitaciones experimentales, porque si bien ya fue fabricada parte de los habitáculos para albergar la familia consentida, donde ahora resido con palomas cucurrúes al frente, en forma un tanto rudimentaria y atenido a los libros científicos, esotéricos y extracorpóreos que en cajones, baúles o petacas trajera desde Alemania y alguno que otro proveniente de Caracas, adquiridos de segunda y hasta tercera o cuarta mano en librerías de viejo y raro a instancias propuestas del jurista Lander, el doctor Adolfo Ernst y el temperamental cónsul de la Alemania prusiana, pude darme por entero a la vivisección de ciertas partes humanas y a tratar de unir yuxtapuestas unas con otras extremidades, en busca de conceder la vida a nuevos cuerpos humanoides dentro del proyecto futuro con lento desarrollo, en lo que ya el fiel Quasimodo ayuda de una manera extraña por inteligente, pues del hospital y hospicio San Juan de Dios, que no es lazarino, en forma callada cuanto escurridiza siempre me aporta aquellos apéndices personales que le sugiero para investigar al detalle y sobre la mesa de cadáveres. Por encima de estas faenas tan peculiares como científicas de excepción, prosigo en el adelanto de las obras maestras a completar del edificio, mediante dormitorios un tanto neoclásicos en sus crestas, estancias y pasadizos del castillo o Schloss con gárgolas de monstruos legendarios y murciélagos volando sin parar que conociera en  Notre Dame de París, todo ello al estilo fantasioso del templete elevado sobre un risco y frente a un lago azul primaveral lleno de truchas  construido por el suicida orate y mi contemporáneo rey Luis II de Baviera, de quien con ironía oyese tanto de sus locuras wagnerianas sobre un fondo sonoro de Vivaldi, que es cuando envuelto en aquel torbellino de pasiones pendientes de inmortalidad  en otro cuento de hadas marginales decido el viaje de vuelta hasta Alemania, con fines de connubio o cosa parecida, y para traer refuerzos humanos de cooperación que en la ayuda necesaria dentro del estro cerebral alimenten el buen genio, como bien te lo he descrito en otras oportunidades”, concluyo sobre el tema espinoso que le explico en pormenores y florida prosa verbal exagerada  a la oyente y memoriosa aunque pocas veces olvidadiza  Priscila.
Sin embargo y mientras voy de salida hacia el mar cavernoso como contradictorio que me envuelve paso las noches intranquilas, con sueños entrecortados por las pesadillas guerreras en  busca de respuestas a lo cierto, ya que lo incierto lo doy por descontado, de donde fuera del trabajo cotidiano entre medio vivos sin peso material y casi muertos transidos en el San Juan de Dios, o la rutinaria labor que me ocupa en el “sanatorio” y purgatorio  municipal, en esos días caniculares con hedor de desechos diversos además de la perniciosa fiebre amarilla en boga y algunas moscas sin rumbo que no faltan, atiendo muchos casos epidémicos de gonorrea viajera contagiosa, llamada por el vulgo “gota militar”, que probablemente trajera hasta el puerto guaireño un maltés vergatario ensimismado, hechos de actualidad que analizo como obra deducible  de los estudios tropicales que he concluido en Caracas para hacer válido el título académico universitario de Ausburgo, que data de 1837, cuando el propio sabio Ernst en medio de cierta llovizna impertinente me examina con el máximo de notas requerido. A esa angustia perniciosa se agrega una persecución mental sostenida con que a la medianoche me acecha el recuerdo viviente del más que horrible patriarca Nosferatu, flaco y chupado viejo príncipe vampiro y cornudo de las aldeas campesinas germanas, sediento por buscar en estas tierras ardientes de Welserland un nuevo apoyo vital que rodeado del espacio necesario lo libre en lo recóndito del ser de ese acoso divino de su especie enemiga que es la luz solar. Y cierta noche de placer espontáneo, sobre la misma onda hechicera con la tierna vivacidad del Mefistófeles faustiano y tenebroso que colecciona almas indecisas hundidas en el mundo escatológico de la oscuridad y las tinieblas desesperantes, a sabiendas de las necesidades perentorias que tampoco me dejaban cabecear ya durmiendo, fresco y sentado cual atlas novedoso susurra cerca, a los pies de la cama con palio de  dosel  donde  yazgo intranquilo, mencionando apenas sin penetrar en el diálogo fortuito que si lo cambia a hombre joven y potente  de falo torrentoso o adonis atlético estatuario, de inmediato me indicará el lugar preciso en que se encuentra escondido el fabuloso tesoro del vengador catire inglés Amyas Preston, a lo que yo me opongo desde luego, dejando a salvo los  pormenores  a convenir sobre la pista del famoso entierro.
----“Herr Federico, como buen amigo que eres para abrir panoramas ocultos ahora  quiero conocer detalles sobre muchos alemanes científicos que han pasado por La Guaira y que has tenido oportunidad de tratar en la memoria, porque de esta manera insólita indagando en cada caso oportuno como que me pongo un tanto a la altura y hasta por debajo de sus variados conocimientos, que por corrientes sucedáneas de choque pueden servir a objeto de alguna investigación posterior en Berlín, como el caso novedoso de la endemias tropicales”, le sugiero mientras apuro otra cerveza de marca o buen origen de fábrica, en el variado establecimiento que maneja a plenitud y antes de que volvamos al acogedor casino familiar.
----“Pues bien, apreciado God, mediante la retentiva de elefante orejón que aún conservo, entre cuantos, que son muchos, han surcado su inteligencia por estas costas cambiantes guaireñas déjame decir que a un enjambre de naturalistas investigadores de nuestra nación he podido frecuentar, y entre ellos cito apenas a Anton Goering, que era ornitólogo y maestro de la acuarela nacido en Sajonia y hasta pintor al óleo, al múltiple erudito por polígrafo Ernst, que radica en Caracas al servicio exclusivo de la universidad, Wilhelm Sievers, geógrafo consumado, Juan Linden, amoroso de paisajes y de naturalezas muertas, el científico luxemburgués enamorado de las orquídeas, Karl Moritz, joven naturalista de Magdeburgo establecido por siempre en la Colonia Tovar, Hermann Karsten, de  la fría Pomeramia, médico y botánico también, que a lo mejor oíste hablar de él en Puerto Cabello y quien viviera con Moritz entre neblinas surtas de la Colonia Tovar, Karl Ferdinand Appun, natural de esa industriosa y minera Silesia que linda con Polonia, otro estudiante del paisaje viviente y viajero de talla que muere en Guayana, según se especula en forma no muy clara, Augusto Fendler, de Prusia oriental, hidrólogo, especialista con honores académicos en el ramo de Botánica, y al médico Carl Sachs, jacarandoso y hasta tímido quien vivía en los linderos de Calabozo de Todos los Santos apasionado por el pez temblador y los recuerdos del electricista autodidacto Del Pozo, también él nacido en la Alta Silesia aunque muerto aún joven al precipitarse sin desearlo en un vacío montañoso tirolés, y dejo para último de la lista viajera al genial Ferdinand Bellermann, originario de Erfurt, extraordinario pintor decimonónico, mago de la paleta con detalles y cuyos cuadros venezolanos costumbristas de esta Welserland o de bucólicos paisajes nativos, como los bocetos de Galipán, ornan las salas de la Galería Nacional, en Berlín. A ellos hay que agregar la pluma limpia cuanto creadora del escritor hamburgués Friedrich Gerstaker, y sus detalladas descripciones viajeras. Con esta colección rutilante de personalidades y personajes precisos, según sugerencia del inolvidable Manuel Kant, que pueden bien cantar y hasta poner en alto el viejo himno cortesano de Deutschland über alles, por sus estudios y caracterizaciones pulidas de trabajo al detalle la razón ignota de Welserland, repito, en este siglo cambiante iba siendo una realidad, y porque además debo agregarte, para cuadrar la información, que en el último censo de las postrimerías políticas guzmancistas, para regocijo  de nuestra bandera aguileña se logró contar una valiente colonia germana establecida en Venezuela montante a 2.100 súbditos conocidos, de ellos alguno moreno tostado,  que gozan de alta reputación y capital sonante, salvo otros  pasados de copas que viven en lo etéreo, estimados ellos en lo alegre  sobre un millón y tantos habitantes de este extenso territorio, y donde sin detener el espíritu creativo de muchas ciencias y oficios, se mueven setenta y siete firmas comerciales de prestigio cual sucursales abanderadas de aquel ennoblecido Reich. Por eso es el terror  fundado y sin cortapisas que nos mantienen los ingleses en cuanto a sus apetencias mundiales imperialistas”.      
El viejo barrio donde conviven las muchas caras y caricias de Priscila se llama por inveterada costumbre Muchinga, en honor del fiero fantasma africano Mandinga,  dios tenebroso del mal, con cornamenta y cola que se dirigía a los fieles lacayos tribales bantúes en el dialecto fonético bemba, porque en dicho sitio de siempre coexistían sembrados ciertos mandingos africanos hasta senegaleses, sujetos a revueltas o golpizas cimarroneras que se jactaron de tantas travesuras y la eterna crueldad con que imperaban en sus maldades. Pasado el tiempo los grupos belicosos dejaron las pendencias y se mezclaron a juro para formar una comunión zamba o mulata muy pobre, que en momentos necesarios de hambruna utilizó la viveza para subsistir, sin importar lo demás, de donde con excepciones resaltantes Muchinga era un suburbio polícromo poblado de chulos, prostitutas y maricones, como se le reconocía, lleno de escalinatas cursantes al infierno y calles escondidas que lindan el abismo, y en cuyo seno poco o más, para la época venturosa de Priscila abundaban antros de desgracias, música, alcohol y lujuria, entre ellos los bares de 24 horas llamados Puro, El Chico, La Chile, El Portugués, Mirador, Azul y Rojo,  Tabarán, Cabaret del Amor y otros menos en visita, que se heredaron de padres patrocinantes proxenetas a toda clase de salteadores del camino. Allí se ejercitó la ocupación más vieja del mundo conocido alternando con la incomodidad portuaria requerida, incluyendo para variar la cama, el chinchorro o hamaca, el catre desvencijado y las comidas irritantes de fuerte condimento, amén de ciertos recuerdos venéreos copulares coronados de crónicos, todo este diapasón en medio del desenfreno, la pasión calculada y el impulso hormonal libidinoso. Algunas clientas de los lenocinios  en boga se hicieron famosas por sus distracciones personales conocidas entre los parroquianos asiduos o forasteros visitantes de encomienda, valga decir la inolvidable Reina Mora, toda ella estimulante, la Golondrina contorsionista, la que realiza escenas pecaminosas de continuo con un joven perro dálmata debidamente amaestrado, o la célebre Cantalicia cangrejera, pero Priscila con cierto origen prusiano de estímulo no perteneció jamás a este grupo aberrado de mujeres ociosas, equilibristas de circo, contorsionistas de aposento, porque sostuvo a todo trance un sentido ético del ser que ronda en la moral o el ego y  además nunca se inmiscuyó en esos contubernios de comadres sin oficio veraz y menos en el manejo complaciente soez de cualquier hombre, el que siempre debía gustarle en todas las consecuencias, de donde con picardía primitiva si se quiere guardaba distancias y categorías suficientes para el momento en vida, que a veces pudieron tildarla de presumida u orgullosa entre los vecinos de la cuadra o la estancia, y porque fuera de otros cálculos viajeros o afines la ruta permanente de su andar presumido y contoneado no cruzaba jamás por el eje sodómico de aquella eterna perdición.
Cierta noche, luego del regreso de Alemania con Henrietta  y su pesado equipaje que en parte me extrañaba y junto con  las sumisas gemelas acompañantes, dentro del salón experimental sobre la vida eterna andaba de trabajo en cuanto a ensayos físicos esta vez referidos a la hibernación e hipotermia criológica con base a las aguas yertas venidas desde  arriba de Galipán, cuando el fiel Quasimodo  se acerca para informar que en aquello que se llamara a lo francés morgue del San Juan de Dios, yacía un cadáver de hombre al parecer en perfectas condiciones de mantenimiento, es decir no putrefacto, de cierto sujeto que llamaran en el vulgo José Pérez Ballestero, bohemio acorazonado de costumbre, fallecido por mordida alevosa de bífida serpiente cascabel en plena femoral, y que nadie iba en su reclamo al no tener familiares, todos muertos en la sangrienta contienda zamorana, menos él, que se salvó de vaina por instantes de honor, pues sin guardar la coronilla andaba metido hasta los calzoncillos bajos y con tropiezos estomacales en el campo de retaguardia de la guerra mantenida sin pausa.
Al momento despierta en mi razonar  científico una llama precoz indicando que estaba frente al primer caso de importancia sobre la experiencia adquirida y mejor exitosa desde los tiempos del admirable Otto Fugger, de donde ordeno a Quasimodo que de inmediato vuelva al hospital y con las seguridades del caso regrese a Buenavista junto al finado José Pérez.  Sería algo así como las cuatro de la madrugada, por el cantar unísono de los hambrientos gallos en trasnocho, mas otros aspirantes al banquete carnívoro de Pérez, cuando diviso cerca el ya cansado mulo y la carga requerida que con harto esfuerzo por el sobrepeso alcohólico del jinete conduce el jorobado Quasimodo hasta la propia mesa de operaciones y donde de seguidas al difunto Pepe Pérez, que tenía amoratada la cara y algunas extremidades por causa del potente veneno ofídico inoculado, lo abro en canal de pies a cabeza para luego de lavarle en agua de creolina o acetona, con prisa busco inyectarlo de formol, cloruro de cinc en la misma femoral y de ácido fénico arriba, en la carótida, una vez  hecho el vacío o sangrado de sus venas y arterias, del acuoso material descompuesto que ellas mantienen con ánimo de entrar en descomposición.
El tiempo se fue en vela como volando   con lámparas y cirios encendidos, junto a la hacendosa Amalia, mientras a través de una fina cegueta trepanaba el duro cráneo para extraer la masa de los sesos, limpiándose al difunto de las vísceras putrefactas, que después serían pasto alimenticio de los zamuros carroñeros, y luego procedí a llenar de cal viva, creosota y sal clorada aquel cuerpo yacente para el secado de la carne, al que por varios días se fue tratando en mínimos detalles a fin de conservar la prestancia armoniosa del occiso, los pelos y la barba negra de monje compartidos, la tesitura de la áspera piel embalsamada, algo oscura por cierto, mientras en el desasosiego consabido por el mal olor agridulce que desprende, Henrietta desvinculada de la realidad hizo rienda suelta de los nervios alérgicos y no me deja en paz con gritos, asegurando que la banda de zamuros que en círculo de vuelo giran en  vuelta constante al hogar en zozobra, se la querían comer viva y otras veces llevársela volando.
Por fin y luego de dos meses de arduo trabajo de rescate la momia del llanero José Pérez estaba limpia e impactante, pues parecía viva y despierta con la inserción de unas bolas de vidrio alemán que atornillo en las cuencas orbitales, y para darle importancia a la faena cumplida decido colocarla sirviendo de guardia permanente hasta para evitar ratones campesinos, en postura de firme a la entrada del pasadizo que lleva al laboratorio de los espíritus en tensión, valiéndome luego de los contactos de Herr Federico y su clientela de desvanes en olvido, que llaman cachivaches, para vestirle en consonancia al poder encontrar y a precio de subasta sin posturas, unas botas guerreras de la época pleitista, cierto traje de luces de algún torero descastado sin luces y acorde con la categoría de soldado federal, la usada gorra de campaña  bermeja que le quedó por siempre corta, el viejo fusil inglés de los usados en la China del opio y su bayoneta calada, la canana repleta con cartuchos de fogueo, y los guantes blancos prusianos ceñidos a la manera caprichosa de una recia parada militar.
El éxito del embalsamamiento perfecto corrió mejor que pólvora fresca en los confines de La Guaira y con mayor razón en la capital de la república, donde ahora se me tuvo como persona de mucha solidez científica y a quien había que tratar con cautela sobre su magia de espectáculo silente, ya que era capaz de revivir cadáveres en la retrospectiva máquina del tiempo, o de tenerlos en espera de otra secuencia inmortal para el futuro, al estilo del faquir hindú aunque sin el reencarne necesario, porque a través de los aguardientes vaporosos de Quasimodo ingeridos en las pequeñas cuanto olvidadas tabernas o los tugurios pulperos de La Guaira, de este  ser inofensivo se podía escapar cualquier desliz etílico imprudente sobre las investigaciones cumplidas en Galipán, que llegaron a Caracas ya magnificadas por la conjunción errónea de los hechos. Y así alguien ocioso de la palabra vacía en cualquier tertulia de intrusos opinantes, como ocurre en Cipreses, osó llamarme doctor   Frankestein, pues con seguridad había leído a trozos descontextualizados o de sesgo el difícil trabajo novelístico de espanto  y miedo energético de la  consumada  escritora  británica  Mary Shelley, doctorada en vampirismo y ciencias ocultas   por una cofradía  tenebrosa de Senegal que come tierra,  tan llena ella de dificultades circunstanciales en busca de soluciones armoniosas, como el hábil encanto de los tropos. En resumidas cuentas el recurso del símil encontrado fue una verdad  a medias, ya que la vida perpetua del hombre físico era para mí una consigna a mantener, por el empleo de implantes y operaciones necesarias, en la intención de darle continuidad a la muerte aparente mediante el uso de los conductos orgánicos y hasta con la ayuda útil de ciertos reflejos eléctricos de tensión ocasionados por rayos convergentes, que acuciosos expertos del momento perfilan con afán académico de éxito en laboratorios de última generación, esparcidos a gusto por la inquieta Alemania de los sabios perseverantes y  de los guerreros implacables.
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A través de mensajero especial por esos días de ajetreos del espíritu volteriano recibo una discreta esquela en tinta roja del honorable cónsul  Ulrich Vollmer, quien ahora en cura de mariscos por ratos del disfrute playero permaneciera muchas veces alojado en la posada guaireña de El Caballo Blanco, para que  lo visite  en su céntrica oficina de Caracas, y con la prestancia germana de las citas luego de besar tiernamente a la impar  princesa rubia que es Amalia y antes de alejarme de Buenavista hago otro tanto de cariño expresivo en los labios carnosos de Priscila, y después, durante tres horas sin descanso corridas emprendo y culmino el viaje  alrededor de una montura a caballo, mediante tretas que ocurrieron por atajos del nuevo camino, y ahora precisamente fuera del lodazal lluvioso que esto inhibe,  llegando así de  prisa a la fresca capital del Ávila, graciosa por ende y de muchos vaivenes  citadinos. Finalizando la media mañana y en medio de un sol resplandeciente que hace sudar la piel ya estaba, pues, anunciándome en casa de Herr Ulrich, mansión  rodeada de pájaros estreñidos en jaulas de metal  inexpugnable y de cualquier ave calva prisionera, establecida a la sombra musgosa  de los cafetales de Blandín, mientras la amable pareja anfitriona de ancestros germanos a las puertas de hierro fundido me recibía en tono de saludo, para pasar con ellos de inmediato hacia el salón principal, y con otra rapidez característica de su rancia estirpe heráldica conocer el tema cumbre de la conversación que requiere mi presencia apremiante.
---- “Lo he mandado a llamar, Herr Gottfried, porque me han exigido las señoritas hijas de Tomás Lander, recién huérfanas de padre y por demás el extinto buen amigo nuestro, para que usted proceda de inmediato al arreglo inmortal de su ilustre cadáver mediante la fórmula secreta de momificación que ha descubierto, fallecimiento imprevisto en la tarde de ayer al más que cincuentón, de modo que interponga mis buenos oficios en el consentimiento suyo sobre tan importante encargo renovador y en función a la pericia que ellas ya le reconocen según las revelaciones caseras que por andar informadas de cuanto ocurre adrede, han llegado presto a sus oídos. Por este motivo que me ocupa, luego de degustar la infusión de café moca arábigo  que anda preparándose al efecto, le encarezco las visite de cortesía en el encierro orfelino de la esquina de Cipreses, sitio donde yace  en su espera el esclarecido finado, y si no es molestia por premura del tiempo que escasea, luego nos veremos  tranquilos en el recibo alfombrado del casino central, para entre trago y gusto de papilas escanciar una copa de fino vino oporto de los de vieja cepa lusitana, mientras me indica sobre los resultados del encargo mortuorio, pues de todo ello y su conducta profesional tanatopráxica informaré oportunamente a las autoridades de Berlín”.
El inicio de la nueva tarde caraqueña permanecía tenso, lleno de nubes electrostáticas y con deseos fervientes de llover, habiendo descendido la neblina para caminar sin tregua de fino algodón sobre los tejados o aleros de aquel sector mantuano citadino, cuando ingresé por vez primera a la casona de Cipreses, olorosa a sahumerios de incienso yemenita eclesial, pero en su interior sí llovía lágrimas angustiosas de esa pareja gemela llamadas Juana María y María Juana Lander  Machado, hijas de la extinta doña Manola, de ancestros bolivarianos  quiteños,  las que cerca de otras plañideras alquiladas de oficio, de velo, mantilla, cruz pectoral, escapulario de san Malaquías, bozo senil y rosario con pañuelo a la mano bordado en canutillo, vestidas de luto riguroso como aquellos zamuros campestres de grandes alas copiados de los buitres del Greco que siempre acosan pervirtiendo la mente ofuscada de mi nerviosa  e imprescindible Henrietta, aparte de las tenaces tertulianas del grupo en chismorreo continuo que mantenían húmeda de saliva la habitación sin sillas de descanso, donde sobre un catre de catalana lona desvaída yace el cadáver paralítico del terrible tinterillo picapleitos o pleitista de nombre comarcal reconocido entre adversarios, cómplices, traidores y hasta de muchos enemigos solapados, que lo fueron por demás gratuitos. Para dar inicio a la faena en mientes ordeno de inmediato el desalojo del recinto sombrío, busco el socorro asistencial de algún estudiante de medicina académica que guste la presencia aterradora de los muertos nada confesos, y así a duras penas  alcanzo a contratar un enfermero sin clientela que por meterse a vaquero sanador ignorante, desconoce de todo por olvido, quizás por acaso de su trabajo mal vivido y peor pagado, como luego del sabio galimatías a comprender envío recado escrito a la infaltable Amalia, para que con la rapidez del rayo jupiterino suba  a Caracas, en ésta su primera visita  a la cantada sucursal del cielo por un curruñatá  juglar que es sastre medio loco, o al “ombligo del mundo”, calificativo espontáneo del insigne polemista Juan Vicente González, al viaducto espirituoso de  los poetas malditos del estilo francés, o al plácido oasis de los copróticos techos rojos, como luego con el gélido hijo pródigo de la lira versátil, Pérez Bonalde, algunos suavemente usan este adjetivo calificador alfafero, en claro eufemismo de la jerga coloquial.
Hacia la medianoche de las luciérnagas encendidas y mientras otros lucen atónitos la oscuridad que se esparce por doquier, a pesar de  muchas velas y cirios que se encienden, previo el aseado cadavérico de vinagre y salmuera del occiso comenzó la operación para hacer del discutido Lander un espectáculo de feria, “sentado en su escritorio como siempre estuvo”, según expresiones arrogantes de las huérfanas y ahora más disparatadas niñas Lander. En función de subalterna consecuente Amalia permanecía a mi vera, cuando en un descuido del galeno ella percibe con cierto sobresalto que al realizar la primera incisión sangrante de dos por los contornos del cuello lívido presente, de pronto el finado patriarca liberal abre unos ojos enormes de alerta contra la mala praxis, para mirar severo al doctor Knoche, y luego de seguidas en gesto de acatar complacido los vuelve a torcer hacia lo profundo, abismal, como aceptando de buen talante el trabajo de embalsamamiento que andaba en ejecución, lo que me dio a pensar de estas resultas que el político ahora sometido a una total cirugía reconstructiva mayor, por el uso de la onda telepática en marcha  no quiso desaparecer ante el olvido del presente, pues en el camino de la resurrección hacia la eternidad sus ideas o máximas antañonas eran perdurables, según le oyera decir para buen entender en el curso o discurso y la desmemoria siempre activa del tiempo, a la sordina precisamente de muchas entrevistas melancólicas que con calma rigurosa me lo comentase.
          La tarea de arreglar acicalando el cadáver con aromas, extractos, bálsamos, ambrosías, resinas purificadoras y perfumes exóticos del tiempo faraónico de Osiris, para darle otra forma de vida, es decir, la de los inmortales, de acuerdo con mis estudios analíticos  fue arduo, por encima de que la muerte física  la ocasionó cierto aneurisma cerebral con la sangre regada  debido a un fuerte disgusto  de negocios políticos durante la digestión grasosa de un pernil de cochino adobado, y luego en varias ocasiones puntuales debí subir hasta  Caracas para hacer los retoques artísticos a la obra maestra en etapa de culminación, mientras Lander muy en privado iba aprendiendo el lenguaje de la cortedad, el silábico o críptico de los muertos vivientes, en las profundidades de las cavernas sombreadas de marasmo, para entenderse de singular manera y sin un  mayor esfuerzo con su creador, que lo conforma por siempre inmortal. Y ya cuando estuvo otra vez “como nuevo”, al decir malicioso de las mellizas Juanas, se brindó tranquilo con champaña escondida llevada de La Guaira y unas ricas empanadas con guiso de cazón hechas por la viejita Cleo, ojeruda sirviente martiniqueña de la vecindad, aunque el desconsiderado bribón o bellaco de Antonio Leocadio Guzmán, en burla de aquel suceso inaudito envió una enorme corona de flores amarillas o liberales, de esas que el vulgo sin entender llama “de muerto”. Por esta desfachatez inicua en algún momento providencial dentro de los sostenidos diálogos socráticos pero no de Platón que mantuvo Lander, apuntó en tono de sorna cauta que al sinvergüenza de Guzmán debían momificarle la lengua viperina, los riñones punzantes y sus sobras de cerebro macaco maniqueo. Dos días pasados y a fin de nada desperdiciar de los restos del ilustre difunto, en extraña procesión medieval con indios liberales macheteros y llena de lamentos fingidos que parecieron emitir gitanos granadinos   de Boabdil, como otros lloros extemporáneos surgidos de la turba, por orden expresa de sus severas hijas las vísceras descompuestas aunque apenas preservadas del político en pena dentro de una estrecha caja metálica de zinc fueron llevadas lentamente hasta el  sombrío panteón familiar cubierto de incertidumbres, establecido bajo un sauce llorón rodeado de geranios en flor, para sepultarlas en “entierro rezado con cruz alta” siempre a pasos marciales, mientras algunos dolientes ofuscados o bufones intrusos de ocasión, dentro de un teatro de corrales dieciochesco seguían aquel cortejo inútil y en todo caso lleno de mísero cinismo.
Esa tarde, luego de un chaparrón  tropical casi diluviano que empapa las altas paredes de tierra y antes de volver al querendoso  hotel Klindt, de amigos alemanes, visito el casino principal en dicho momento pleno  de socios, para la cita amistosa con Herr Ulrich, magnate recién venido de los frondosos fundos agrícolas de Aragua, al que informo en detalles del éxito de la gestión mortuoria y con quien en medio del licor germano que brindamos converso sin retenes de alcabalas sobre algunos tópicos oportunos referentes a ciertos cementerios caraqueños y otros templos amantes del culto a los desaparecidos, como el caso nombrado de Cleopatra y Nefertiti, o de las “ñatitas” bolivianas que yacen por entero en el sobrio reino de las penumbras níveas.
----“Si, mi apreciado amigo, por herencia española del terror dentro del pensamiento inquisitorial que aún perdura, en Caracas resistiendo a morir de mengua con capítulos de tristeza vesperal persisten varios camposantos en descuido, donde se entierran o abovedan a los muertos de acuerdo con sus lugares de origen, por lo que cerca del onduloso río Guaire, como en La Guaira también, se encuentra un espacio delimitado para albergar cadáveres de ingleses o anglosajones, en mayoría anglicanos, con todas sus características  y prebendas luctuosas, en cuyo interior habitan para la eternidad varios miembros de la legión británica venida a luchar durante la independencia de estas tierras revoltosas, como igualmente con pared gruesa y camino de por medio a su frente en aquel sitio incómodo del Más Allá subsiste nuestro  cementerio alemán, lleno de eucaliptus redondos, araucarias silvestres y pinos elevados en pico, cubierto de capillas mortuorias, panteones familiares, pebeteros, rejas, lápidas del recuerdo ancestral, monumentos cinerarios, cristos prendidos en la cruz bizantina, alguna cruz gamada, floreros, jarrones, bancos de soledad, y el escudo imperial aguileño con lambrequines y otros ornamentos de suyo convenientes al recato del recio protocolo germánico. Allí, bajo parcas tumbas alusivas que le ambientan esencias orientales a base de canela y clavo, reposan los restos esparcidos de numerosos comerciantes arios muertos en plena actividad de lucro y sus deudos directos o colaterales, como de igual forma hasta con indumentaria militar yacen muchos de los trescientos legionarios alemanes hannoverianos llegados junto con el teutón Juan Uslar para intervenir con pago retroactivo en la primer guerra libertadora, quienes se lucieron estoicamente en el furioso encuentro oriental del morro de Barcelona, en 1819. A dicho sitio en romería gregaria es donde la numerosa colonia de negociantes tudescos va de preferencia en días domingueros y algunos festivos del calendario para visitar a tantos muertos de aprecio o consideración y a los que les siguen también, mientras nuevos grupos despreocupados y oriundos de las cambiantes fronteras de Germania andan en este casino de novela picaresca ingiriendo cerveza o en el ensayo pendiente de varios sitios de placer carnal, sin acordarse para nada del precepto bíblico cristiano que reza “polvo eres y en un polvo te convertirás”.
Además de estas fantasías perplejas de la mortandad, que recuerda el culto mejicano y esotérico de los no vivientes, distinguido doctor, fuera de las necrópolis Los Hijos de Dios, construida por extramuros de La Pastora, el protestante  de Santa Rosalía, el Militar de Santa Bárbara, el de San Simón que festeja a los muertos cada 28 de octubre, y los que toda orden religiosa mantuvo ocultos dentro de sus instalaciones monacales, hay un curioso cementerio llamado  de Los Canónigos, en la esquina de su exclusivo nombre, donde afirman  que hasta  a los más despiertos  relamidos espantan silbando a toda hora, y supongo que ello ocurre por lo espeso de la arboleda interior de mangos y mamones y en cuyo espacio taciturno o medular colocan juntos pero no revueltos a los personeros eclesiales de rango, de presbíteros hacia arriba, en la larga espera de ser llamados cada uno y previa  cita para ajustar cuentas milimétricas en el terrible ocaso del Juicio Final, con sus resultas características. Y en cuanto a los desprejuiciados suicidas de cualquier género o manera de serlo, por disponer de su vida en contra de los sabios preceptos divinos, no se les recibe en las necrópolis respectivas, sino que asientan la huesa maldita fuera de esas paredes o linderos de lo anormal, en la condena eterna, y a los pobres diablos del montón o la gente de orilla, como a los blancos de este origen humilde, por ser faltos de toda precaución material y hasta de espíritu selectivo, anónimos se los entierra en cualquier recodo del camino o en las entrañas de la fosa común, y cosa igual ocurre por tiempos de epidemia pestífera, aunque las cenizas de los obispos encopetados  y ciertas dignidades escogidas del clero católico romano, perdurarán con lápida laudatoria cargada de latines macarrónicos en la iglesia catedral o en otra de menor rango, siempre bajo el clemente cuanto piadoso manto de Dios”.
----“Razón aparte de este recuento  de horrores, espantajos y aparecidos corresponde al edénico Tribunal de la Santa Hermandad o de la Inquisición, que tenía a su cargo y bien surtido de placeres infernales el cementerio contiguo a la catedral caraqueña, hogar diabólico donde los tozudos y temibles frailes dominicos de Torquemada, a cargo de aquellos desmanes atrabiliarios, con anatemas forzados  sostenían toda suerte y lujo de torturas o tormentos, a base de hambre, de dolor continuo, de agua por goteo, de fuego, cadenas, flagelos, crucifixiones, tortol, colgaduras, jaulas, cepos, desollar penitentes, potros, ruedas, sobrepesos, golpes, candados, levantamiento de uñas, quiebre de huesos, desprendimiento de miembros, mutilaciones, venenos de apariencia pasiva, sed  perdurable y otros utensilios asiáticos tártaros o mongólicos de alta refinación introducidos para conducir a la muerte pausada, incluso con el  agregado sabroso  de gusanos carroñeros para la lenta putrefacción cárnica, al estilo ferviente del culto de Osiris y el  por satánico marqués de Sade, antro de purgatorio que alguna vez me dejaron visitar a escondidas en cierto instante de mal recuerdo y en búsqueda de la verdad sospechosa confesada, según decían, cuyos cuerpos cubiertos de exorcismos, tanto como los ultimados en la hoguera purificatoria, eran destruidos con pesar, y hasta a otros descuartizan en el drama continuo, sin compasión ninguna. Así apreciarás, lieber God y entrado más en confianza, que dentro del contexto general de la tortura los caraqueños  a través de los pleitos guerreros y la angustia de los cementerios, a la zaga o espera han permanecido buen tiempo de sus existencias en aquel inframundo, o sea, según piensa y aclara nuestro gran Schiller, que ello es parte de entretener la vida para conquistar oportuna la muerte.
En el regreso al hotel Klindt, de la iluminada esquina La Marrón, con el recuerdo acuciante del cementerio inglés de La Guaira, iba cavilando sobre la herencia imperceptible de los muertos, tan entrometida en la estructura genética de lo hispano, en buena parte aportada por los tristones reyes Habsburgos oriundos del Austria conflictiva  y muy complacientes para utilizar el fondo negro hacia lo oscuro de sus realidades en cuanto a la incertidumbre de los pasos a seguir, como siempre acostumbran darle el visto bueno al sonido musical de ultratumba y a su tarareo, en buena porción de las mentales actividades cotidianas. Allí, en el patio decorado con guirnaldas de flores de cosecha y abundosas hojas tropicales, sentada en mecedora solitaria y con abanico manual que utiliza, la tierna blonda Amalia me espera leyendo esta vez extasiada las Cartas de Berlín del ya famoso hebreo Heinrich Heine, tan amante en pensares del dialéctico Georg Hegel y cuya pluma cubierta de poesía primaveral absorbe por entero la mente cándida aunque reflexiva de mi recatada bella amiga. Esa noche de los recuerdos la pasamos envueltos en calurosas cobijas de lana, por el frío indiscreto que recorre el perímetro del valle caraqueño, aunque el amor presente de la alcoba emanado de la propia líbido en suspenso que juega a los delirios del éxtasis, o el fuego que se extiende con el correr de los orgasmos cruzados y del deseo fáunico o satiriásico proclive del recinto, cual complemento perfecto de la escena juntos aderezan el transcurso erótico de unos largos ratos tenidos en lecho de pasión.                                     21
La lectura insólita de “El Capital”, es decir, fuera de “boutades” memoriosas incomprensibles, la construcción por demás complicada del granítico castillo de Buenavista, lleno entonces de almenas y miradores especiales donde se  auscultan  serenas las estrellas nocturnales y  esconden seres desconocidos de la vida anormal, había llegado a su fin, luego del ardoroso trabajo que costó cavar entre rocas afines para la pétrea erección del mausoleo, o cementerio nuevo ligado a la resta de los éxitos obtenidos, que representa como el Hades infinito  de la definición por excelencia de esta vida, el que según cálculos pesimistas podía albergar hasta veinte cadáveres familiares reunidos en parcelas idóneas, realizadas con gruesa mampostería a objeto de recluir y sin rencilla alguna de posada a dos difuntos en cada hoyo concluido, para el sueño terminal. Ahora el espectáculo que al simple sumatorio de la nave se percibe por encima de sus almas en pugna, era una extensión sensible de la Selva Negra traída en buen tiempo sin paz a esa Venezuela del Welserland, para mi goce y los estudios consiguientes, aunque la visión fresca del entorno quimérico mire empujado hacia el mar azuloso e infinito, que no a la fiera montaña y el picacho de Galipán, por El Palmar de la vertiente norte, ellos sembrados de rosas en primavera, ortigas y frutales, pintura bucólica con barniz flamenco que ofrecía otra dimensión extraña aunque original al espectáculo reinante. Pero lo que mantiene la mente en fiero devaneo salido de casillas, casi trescientos años después, es el mapa a retazos y la explicación original del tesoro encontrado por azar un sanguinario martes 13, a los que doy vueltas y distintas lecturas a objeto de ir comprendiendo las grafías y el escueto sentido orientador de su flaca enseñanza. Así, en medio de una constancia cautiva  demostrable pude ir tejiendo aquella telaraña y maraña de noticias dispersas, nuevos rompecabezas a construir o enigmas a descifrar sin el acoso de intermediarios, con los informes precisos del doctor Lander y las investigaciones secretas que en Caracas obtuve entre  infolios lisibles,  papeles en deshecho y libros coloniales no exentos de comején extraño,  de donde ya versado en el asunto y mediante las conversaciones certeras por el sexto sentido labial que poseía la infaltable Priscila, pude sacar bien claro que en el análisis minucioso de varias sesiones diurnas y nocturnas el papel en estudio vino a decir, sin mayor aspaviento y con el entender avanzado de fonemas gráficos y de estos tiempos lexicales: “El tesoro de Caracas se consigue en el mapa, abajo del barranco izquierdo a una vara de profundidad. Yo ví cuando sir Amyas enterró por  ...mor bajo una piedra negra en ..... cajas de metal. AD. MDVC. T... de Villalp...”.
El contenido de la nota escrita era suficiente para el esclarecimiento del misterio  tantos siglos guardado, por lo que esa tarde con Priscila festejo la realidad de una riqueza que tocaba a fondo aunque a flor de piel, a las puertas  y narices de la suerte, pues la diosa fortuna tan cambiante permanece allí, al acecho, a la espera del hallazgo final. Ahora había que determinar los pormenores incluidos en el plano, porque el barranco izquierdo y la vara de profundidad a pesar de los cambios temporales no eran motivo de duda sino de búsqueda, y los otros tres detalles incompletos del texto pude averiguarlos a través de los estudios hechos y el ensamble de las herramientas de auxilio, la deducción analítica y los exámenes comparativos con otros casos alternos, ya que el pirata Preston ante el “(te)mor” de la emboscada por otras fuerzas españolas, al descender hacia las díscolas playas de Macuto prefiere ocultar a recato y buen resguardo el producto del pillaje con carácter de botín para en próxima oportunidad fuera de dudas venir en su rescate, cosa que tal vez nunca ocurrió, debido acaso por algún naufragio, todo sacado a buen flote mediante las numerosas investigaciones y cálculos que sobre el particular de aquel destino incierto yo acometiera en el curso de los años y bajo el observante calendario astral babilónico, más predecible en estos asuntos nada quiméricos que el azteca tribal. Lo del número de cajas escondidas ya era algo de menor importancia a escoger, pues sabía con certeza diáfana que todas ellas estaban enterradas “bajo una piedra negra y a una vara de profundidad”, acaso  bajo una cueva estrecha de las que tallan los desastres geológicos, de donde digamos, con el circunloquio que aflora, más claro no canta un gallo y menos si es de baja sangre o calidad.
Y en lo tocante al personaje que escribiera estos indicios esclarecedores necesarios ya conocía que era el tal y vil Tomás de Villalpando, renegado español lleno de envidias colaterales, que se presta a la traición más sucia por el ajuste de monedas falsas, mas como supimos a ciencia cierta y para no dejar huella delatora, a poco el inglés Preston por intermedio de su segundo a bordo, el noble de sombrero en tricornio y hombre de mar sin vértigos George Sommers, de quien hemos hablado bajo buenos modales, lo manda a colgar un buen rato balanceándose del pescuezo y no por los cojones testiculares en respuesta cónsona de su trabajo incómodo, y nada tiene de extraño que suspendió también por los gañotes del guargüero a otros  malucos que lo acompañaron compungido en el discreto entierro áureo y argentado, a objeto de que el sabor de esta riqueza pillada  con rapiña permaneciera bajo el entero secreto de ultratumba. No es casualidad, pues, que el británico y los cachorros imperiales suyos acamparan a escondidas para vivaquear en ese mismo sitio menos pendiente de Buenavista, mientras en misterioso trámite nocturno y alguna  luz lunar con aullidos de lobos  prepara el entierro de las ricas joyas y la soga libertaria de los condenados, pero por un descuido apremiante como mensaje cruel de la escena patética de tal crimen, que desde luego no sería perfecto, el  zamorano Villalpando con todo a la carrera en provisión de nuevos hechos por venir, pudo dejar escrita para su imperdonable historia de tramposo la venganza de esta botella oscura con que tres siglos después me tropezara.
Vuelta la página referente al episodio del pirata que no pudo narrar Walter Scott, llegó el día de cumpleaños de mi dilecto compañero y paisano Herr Federico Blohm, un domingo en la tarde, cuando su casa llena de paisajes invernales al óleo, del águila imperial acuartelada, figuras del procerato germano y antigüedades dispersas, como de algunas ratas correlonas vistas a escondidas en el  ancho salón, con premura se vio colmada por una parte de la colonia teutona residente en el puerto, entre ellos los conocidos Stürup, Neumann, Winckelmann, Leisse, Raibrer y Rohl, mientras que con las familias numerosas de estos negociantes y agentes aduanales de consignación en medio de caras risueñas se cortó la gran torta del festín onomástico en rebaja de precio, cubierta ella de miel de Alsacia azucarada y el avispero carnal  circundante, permaneciendo todo  el festival manejado al compás de la música alegórica en acordeón  con mañas y los germanos cantos guerreros populares.
Los convidados agradecidos se complacieron  con la comilona aceitosa  que cundiera y por el final vengador cuanto justiciero de la contienda franco-prusiana, en que habían salido airosos los estrategas de Berlín, mientras dentro de aquellos augurios pacifistas se esperaba venir mejores oportunidades con la paloma herida tanto en los estados principescos alemanes como en la ruidosa Venezuela, donde el mitad calvo y otro tanto barbudo caudillo Guzmán Blanco iba reconstruyendo con lentitud premeditada a Caracas, como dijeron la capital del cielo, en el remedo y retintín de un “Petit París”, todo al compás afectivo de sus arcas particulares que se acrecientan y mientras la nación acogotada vive por entre el desarrollo pasmoso de cualquier Liliput  hecha pigmeos, o bajo el engaño cierto de un país subdesarrollado.
Todo es alegría entonces y al tanto que los niños e infantas juegan y socavan caramelos posiblemente ingleses, las damas gordas viajan de regusto en las conversaciones espinosas por entre los dimes y cotilleos sociales, y en cierto aparte del jardín sombreado de pájaros flautistas Herr Federico y un grupo de presentes atentos nos sentamos en sillas rústicas de cuero a la llanera para oír de su mejor  chispa vernácula o conversación sucesos versátiles guaireños, como la vez que los molestos generales Bolívar y Páez en 1827 visitaron la ciudad subidos en un coche  de dos ruedas metálicas y tirado por un forzudo gringo de Luisiana que a tanto peso se prestó, pues los negros requeridos para el transporte original habían muerto esa tarde anterior a causa de la persistente pero oculta fiebre amarilla, aunque otros juiciosos dijeran rebuscando el recuerdo epidémico, que el deceso se debió a la peste bubónica permanecida en boga sin  algún retroceso.
       El convite como era de esperar incluso con cohetes encendidos siguió su curso fijo hasta el final, entre comedia de opereta bufa y circo de payasos sanos, por encima de las ocurrencias humorísticas muy personales de los oportunos e imaginarios Fritz y Franz, que hacen reír a carcajadas rumbosas  sin aguantar el lloro compulsivo incluso a los más sordos tudescos, donde mediando otras anécdotas salidas a la palestra de los cuentos picantes Federico hace mención de las casas llamadas “de engorde”, que durante la colonia española  existieron en el puerto guaireño a objeto de que la esclavitud activa tuviera en esos sitios pesebreros  refocilaciones sexuales o remedios concupiscentes escabrosos por excesos y acabados de amor, con el fin de la reproducción prevista  hacia los nuevos bienes humanos comerciales de la trata negrera, así como con ánimos etílicos encima Herr Blohm recuerda también el arribo en un viejo galeón de Herr Markus Gedler y su oronda familia pecosa de piel rubia en exceso, oriunda de la villa bávara de Kempten, siendo enviado a estas tierras salvajes en calidad de Gobernador y Capitán General de Venezuela, en tiempos coloniales de la Península. Lo simpático del caso que llamó al chascarrillo fue que por arriba de tener muy presente la idea de Welserland, al bajarse del barco y tratando de montar en un caballo enjaezado de postín, por cierta concha de mango o de cambur pisada a la ligera el catire sajón sufre una aparatosa caída que lo mantiene en un “¡ay, ay, gitano¡, durante mucho tiempo, dificultándole por entero el orinar pausado  como cualquier acción solícita al respecto, y los dolores le surgían de pronto, cuando menos espera, hasta que haciendo no se qué por aquellos contornos extraviados, fallece de un síncope mortal   cojeando por los lados tórridos y lacustres del relampagueo fluvial marabino.
                                       Las relaciones amorosas cuanto sentimentales con mi reina preciosa Priscila Krassus continuaban a las mil maravillas, habiéndole planteado incluso que en pareja visitáramos algunas importantes ruinas vetustas de las defensas militares guaireñas, mientras con Amalia y el fiel Quasimodo  atiendo las labores nocturnas de embalsamar momificando cadáveres de personas anónimas o simples animales, como fue el caso dramático de un perro pastor alemán coprófago y escatológico además, que siempre quiso a dentelladas bajarle los pantalones sucios  al soldado Pepe Pérez, algo parecido a lo que me aconteciera en la lejana Alemania juvenil, del que debí defenderlo de esos afilados dientes caninos mediante el uso de una reja especial con cerradura de corazón, y al que luego de sucumbir añoso por el cariño que siempre le mantuve, lo arreglo con rellenos pertinentes alcanforados y en su misma prestancia, para situarlo de guardián mal encarado ante la entrada primera de la casa, tiempo en que  la dulce Henrietta con afán cariñoso y nada suspicaz  estuvo haciendo maletas revueltas y otro equipaje para irse definitivamente del país. Sobre este viaje inesperado y curioso como era investigador de un tiempo atrás había comenzado a sospechar ciertas actitudes  de ella en cuanto a su manera de ser llena por ende de tratos anormales  en que se la veía  con sueños desordenados, gritos en la noche desde su cuarto de dormir, falta de apetito, anemia pronunciada,  ausencia  de voluntad hacia las cosas,  que le molestaba el sol sobremanera, que adoraba comer carne cruda,  que a veces andaba neurótica en exceso, que casi no salía de su cuarto para mí desconocido,  prefiriendo en  ello las horas nocturnas, que tenía excusas disociadas y olvidos sistemáticos   para los hondos rezos luteranos, y tantos detalles de su vida que me ponían en duda  sobre el estado real de su pensamiento, y entonces para salir de dudas y conflictos con  respecto a la estabilidad mental de la viajera  en el bien de los dos y   mediante el sigilo necesario a la callada  decidí abrir con cierto remordimiento  de exploración algunas maletas que la acompañarían en el viaje acaso sin retorno hacia Alemania, detalle que se retrasó por epidemias y enfermedades algo extrañas que ocurrieron esos días  en La Guaira, lo que me tuvo por demás ocupado en el concurrido Hospital Guaireño de San Juan de Dios, y cuando pude liberarme de esas calamidades del trabajo  hipocrático, coincidió con el día de su viaje rumbo a Hamburgo, por lo que apenas guardé  una maleta de Henrrietta para después abrirla con tranquilidad. Pero aquí viene lo sensacional de este caso sorprendente que amplía la personalidad escondida de la viajera,   porque al abrirla días después me encontré para mi honda sorpresa  que Henrrietta  durante su estancia anterior en Alemania  había mantenido estrechas relaciones  personales y de correspondencia permanente  con numerosos personajes  germanos de labores ocultas  y prohibidas por  estar dedicados a la magia negra, el conocer diabólico y al vamprismo en general, o sea principalmente para quedar tranquilo con  mi conciencia  en cuanto a la búsqueda sospechosa cuanto aclaratoria  realizada. Demás está decir  que duré varios días en completo trasnocho con la falta de sueño y el dilema planteado, porque las imágenes dantescas  de los seres  que podían rodearme  entre aquella visión infernal  y maraña interminable de detalles  que a pedazos pude reconstruir y ensamblar con lentitud, me impedía de cualquier forma comunicar de ese descubrimiento hipersensacional,  o sea que mi esposa era también vampiro, aplicando igual mudez o comentarios por demás secretos    en referencia  con  Priscila y Amalia, tan unidas a mí, para no decir de los cinco hijos  habidos con Henrrietta, lo que dio por resultado  que todos  esos saberes obtenidos con la apertura de tal maleta endemoniada, de  total secreto, bajarían conmigo hasta la tumba,     
Como repito, pues, muchas noches  me sentí en pscosis extraña de todo lo acontecido, y si no fuera  por mis aprendizajes  médicos  que pudieron ayudarme de este imborrable traspiés emocional  no sé qué hubiera pasado conmigo porque me hallaba en verdad exhausto y sin horizonte a escoger,  mientras iba catalogando los por demás  muchos escritos y correspondencias atesoradas por mi esposa  para poder desentrañar este hilo de Ariadna que casi me asfixiaba,  Llegando a  una reflexión  sistematizada  sobre tales papeles que recuerdan  la muerte  por  momentos, para no perdernos en sus peores atajos  bueno es que me detenga  a señalar una síntesis  dentro de lo allí encontrado   en una suerte de vademécum ingenioso con algo de los personajes  del vampirismo actual  sin mencionar el tiempo, como de sus hazañas  y de otras peripecias históricas a realizar Henrrietta  con personas de esa talla o valor, a objeto  de ampliar el panorama necesario  que conlleve  a ese  conocimiento en el intento de entender sus insospechables hazañas secretas y (con vampitos, lobos, etc.)  extrayendo  así  a muchos de esos personajes  del destierro histórico en que se les mantenía, vale decir  para sacarlos hacia la posteridad  del angustioso closet en que  siempre vivieron.
                            Y ahora  como andamos un tanto  alejados del tema central  de este trabajo heroico encercado por la vida subyacente, de las tinieblas y la noche insondable   en que yacen  y conviven   esos seres vivos alados   pero que pueden  asustar a su manera  y en estos tiempos   cuando más  se desplazan  desde  lejos   por causa del cambiante mundo que rodea  y la cercanía de sus intenciones expansivas  en  desarrollo,  vamos a ampliar el conocimiento de estos valiosos  personajes  tratando de dar claves fuera de los misterios existentes para entender mejor  el estudio de esos seres divinos con permanencia estática de algunos conocida, colocados por Dios en el universo total como equilibrio  del sistema  donde prestan un valioso trabajo en ese  mundo de los vampiros que trabajan  y en cuanto los rodean.   


                            Martin Lutero
                       Reformador Religioso Alemán

                                  UBICACIÓN DE LOS VAMPIROS.
En cualquier parte que les sea cómodo dormir (cuevas  profundas y sin luz) hasta entrada la noche cuando salen a sus visitas  nocturnas de amistad  con seres animales vivientes que sacrifican o no. Pueden recorrer grandes distancias porque carecen de peso,  sin ser vistos y atraen con su presencia y cercanía  en busca de la presa  escogida  de antemano, para reanudar su fuerza y el vigor.
1.       Países de vampiros. Hay muchos alrededor de la tierra, en los cinco continentes y en especial en África y Europa.  En Asia hay otras variedades de vampiros, como igualmente en la India y países musulmanes. Gustan mucho también de Escocia, donde realizan tenidas culturales y escogen el vestuario oportuno. Son presumidos, enamoradizos a su entender y viven disgustados porque no se pueden ver en los espejos, por algo de la refracción interior,  
2.       Clases de vampiros . También los hay bastantes  y diversos, en gustos y costumbres, como los que prefieren frutas en sustento y eliminan lo picante, por hacerles daño en su estructura física.  Aman  alimentarse de sangre caliente, lo que les aporta una atracción sexual  y hasta eyaculan exaltados  varias veces en ese intento.
3.       1) Historias verdaderas.   El más antiguo conocido de los vampiros  en Europa  es el célebre  JURE GRANDO (alias “Vade retro Satanás),(foto foto lápida)  de origen croata, nacido en Istria, antigua Yugoeslavia, cerca del mar Adriático, cuya lápida mortuoria en mármol  de  Carrara es venerada. (1.646)  como vampiro ilustre  aún se conserva y rindiéndole culto en el cementerio local, para el homenaje de admiradores  permanentes.
                                                    Vampiros de importancia.
1.        Vlad Tepes. O Vlad III,  (foto) Príncipe de Valaquia. Salvo excepciones todos chupaban sangre de sus víctimas. Vlad era  Héroe  rumano  y figura de la historia de su país conocido por  conde Drácula , quien  luchara contra grandes imperios cercanos y enemigos, mayoritariamente  del Islam.  De bigotes gruesos y entorchados, ojos  muy atractivos que despíden  fuego, con turbante rojo especial cuajado de  rubíes y perlas  traídas  de  Golconda. Su especialidad  con los numerosos prisioneros que  obtenía  en campos de batalla  era el empalamiento entre  gritos estentóreos que  realizaba  con infinidad de cautivos   caídos en sus manos para desollarlos vivos  y bebiendo  su sangre, principalmente otomanos, algunos húngaros y turcos,   en medio de suplicios  espantosos provocados  a los prisioneros  cuando les penetraba un palo  encebado  por  el recto  para  salir en  el cráneo a destrozar, o cortando la yugular del cautivo para extraerle bebiendo  más sangre caliente, como atractivo que llega a lo sexual.  Hoy el bello castillo de su residencia cerca de Bucarest, de torres almenadas y salones cubiertos,  es  digno de una seria  visita histórica.  Se desayunaba siempre con yogur agrio y sangre  de las víctimas, extraída   del cuello para servirla en tarros de plata.  Señor todopoderoso de los Cárpatos, asesina a más de cien mil personas durante su largo gobierno, y a algunos descuartiza. Drácula en rumano significa Diablo. Sus restos reposan en el monasterio de  Snagov.
2.       Gilles de Rais. (Foto)Barón de Rais. De noble cuna y asesino empedernido, violento y ambicioso, como muchos de su tiempo. Adorador del Diablo en sus diversos grados  y de todo el conjunto diabólico que corre por el universo.  Vivía  enclaustrado en su HERMOSO  castillo de Tiffauges , algo escondido de la realidad HISTORIA DEL CASTILLO DE TIFFAUGES . (Foto).Poderosa y bella construcción medieval . Gilles de Rais, su dueño  y señor  sufrió  de claustrofobia. Sacrificaba carne joven, en especial a niños y niñas, como alimento ejemplar. Lucha en la Guerra de los Cien Años,  junto a la francesa santa Juana de Arco DE QUIEN ANDABA LOCAMENTE  ENAMORADO, dejando una estela de muertes.(Foto) hay.
·         CONDESA  ISABEL BATHORY. De origen húngaro y de belleza excepcional.  Nacida en 1.660 en el castillo de Tren y de una familia poderosa,  fue llamada la Condesa Sangrienta, pues   se  envicia mediante los alucinógenos usados  para soñar con lo raro o perfecto y de allí con su belleza física que  le impedía pensar en otra mujer más bella que ella, sacrificando así  a numerosas   inocentes doncellas  que caían en sus redes perturbadas de donde  con  la obsesión  que tuvo de ser la mujer más bella de su país  con el record guinness sostenido como asesina humana   ordena ejecutar en el martirio a 650  doncellas más, y en seis años que se agregan  torturó a 612 jóvenes en el castillo imponente donde vivía, hoy en ruinas, aunque también viviera en el castillo de Cachetice. Buscaba a jóvenes de 9 a 16 años  para sus rituales sangrientos (foto castillo). Al regreso de una de sus incursiones militares en tierras otomananas o islámicas su marido, el valeroso Gilles de Rais y conocedor de los crímenes monstruosos  efectuados por su esposa, ordenó emparedarla allí  hasta morir para terminar con esta sangrienta  cuanto demente condesa.  
·          ejecuta numerosos crímenes
1.      Características de los vampiros verdaderos.  Enemigos acérrimos de los crucifijos, Por su fragilidad conveniente no pueden ser detectados. Duermen de día y salen de visita durante la noche, en especial a oscuras, en silencio absoluto y acorde con el  plenilunio.  Tienen una saliva espesa  que adormece el cuerpo,  dejándolo insensible. Odian sobre todo  el olor a ajo que lo encuentran repugnante y les produce vómitos y malestar. Son muy instruidos y de conocimientos históricos. Aman la música clásica europea y alguna ligera.   Se recogen  en sus tumbas  alejadas  y lugares oscuros escondidos hasta  antes de amanecer,  porque el sol con los rayos  calientes  les puede dañar su verdadera imagen alabastrina. Adoran la vida nocturna, asistiendo a esas reuniones, son enamoradizos en sus escapadas sin fronteras a lugares remotos,  admiran  la familia propia y aman en verdad a  todo lo sanguíneo por el olor intrínseco que les despierta la llamada  Sangre de Cristo. Muy sociables, asisten comúnmente a los fastuosos aquelarres que luego transformaron en halloweens.
2.       Degustadores de morcillas tiernas,  frescas,  que les atrae grandes recuerdos nada picantes, y otras carnes preparadas.
3.       De miradas fijas, penetrantes, de dominio, observadoras.  Prefieren visitar a sus amantes y otras amistades especiales  a partir de la medianoche en lugares lejanos dirigidos por magnetismo de alta velocidad, porque cambia la cuenta horaria del reloj solar, cuando se aprovechan  para absorber sangre que digieren con prontitud, principalmente de la yugular y antes de coagularse en bajas temperaturas. Luego de haber muerto Henrrietta, la esposa del doctor Knoche,  hay constancia de que un vampiro amigo  germano proveniente de comunes reuniones vampíricas en Escocia, a Knoche   lo estuvo visitando en varias oportunidades  y en su mansión de Buena Vista, como digo,   a este  distinguido galeno alemán, donde
4.       hablaron buen tiempo con lujo de detalles  sobre  líquidos y sueros  momificadores,   y pormenores de sus experiencias profesionales de que dejaba cuenta primordial para el avance de la ciencia de entonces.  Igualmente Knoche asesora después  a un vampiro establecido en San Cristóbal de Venezuela, que asesinó, devoró y bebió sangre de ocho personas a quienes quita la vida (la carne que cocinó  de las víctimas le sabía un poco dulce,  según confiesa al Diario El Nacional, de Caracas, por los años ochenta del pasado siglo.


5.           Príncipes del averno que se los llaman Diablos.  Son numerosos y de diversas categorías o procedencias  florentinas  hasta del infierno más hondo (Ahriman), que es el séptimo de ellos,   pasando ya la quinta paila, pudiéndose contar entre los ´principales a Mefisto  o Mefistófeles, así conocido por pensadores románticos  que han dejado huella en el camino de las letras como el doctor Fausto de Goethe, que le vendió su alma al mismísimo diablo en momentos  desesperados  de hipnosis  mental y a cuenta de sabiduría delegada.  Para elevar  a estos personajes  de la extensa  leyenda local venezolana   existe  un estudio  pormenorizado  sobre la presencia  fantasiosa de los llamados Diablos de San francisco de  Yare, en los alrededores de Caracas (Valles del Tuy),  que bailan enmascarados  sin descanso  con su arte  delicado  y diabólico, con cuernos y otras  máscaras simbólicas,  en recuerdo de  ese ser antagónico y terrible  de su corte.   a quienes en conjunto  se festejan en día de corpus (junio)  por lo alto y entre copas alcohólicas y toques de maracas con repiques de tambor  en tierras  afrovenezolanas de calor acentuado,  en momentos   propicios de comparsas  y embriagueces   sin término, todo  en honor a estos diablos cornudos (que también se festejan en Higuerote) y enmascarados    que creemos para tal fin  suben conducidos por  un cancerbero especial   desde el profundo averno, según anotan algunos antropólogos especializados.
·         5 . Príncipes y diablos importantes. Dentro de estos nobles  príncipes y diablos o demonios  importantes  de que hablamos  podemos citar entre los  de mayor categoría  que han hecho carrera internacional   por su culto estrambótico y especialidad  inusual, citamos, pues,   al conocido y  maligno Satanás,  o “El Maligno” llamado por los huastecas miedosos  Don Satan, o simplemente   Satanás. De origen iraní  monoteísta.  Después metió la pata o pezuña en los conflictos internos de poder . Ángel caído, pendenciero,  pleitista permanente   y  rebelado contra Dios. En disgusto  permanente como guapetón de barrio es engañoso, perverso  y revoltoso,   siempre permanecerá en el  séptimo infierno. Lo sigue   en importancia  Belcebú,  orgulloso y pedante, de origen filisteo, que aúlla como un lobo y vomita llamas,   aborrecido por  falso príncipe que  vivía en pecado mortal y  alejado de muchos.  En su orden  preeminente  lo continúa  Astarot,  cegato y muy detallista  nombrado por aclamación Tesorero del Infierno, que anda volando de preferencia sobre un dragón cornudo y siempre se olvidaba  por entero
para rendir las cuentas necesarias del trabajo ordenado. Asmodeo, suerte de brujo y  demonio erótico  de sexo, abusa con cadáveres,  estudiado  por  persas y judíos,  recordando a  Belial, íntimo amigo de Lucifer y del galés Merlin, como también Luzbel, el de la bella luz,  quien contaba a diario las diecisiete clases del  Leviathan   orgulloso,  por si faltase algún maligno, luego  caído en el descrédito de su palabra, sin que tenga nada que ver con el demonio de Tasmania. Tiempo después y por lo complejo del servicio marino prestado,, según cuenta la Biblia, se nombró un gobernador adjunto, como representante propio del Demonio,  ese que según está escrito era una bestia tirana de siete cabezas, mitad cocodrilo y mitad serpiente, como se asienta en el libro los Vedas hinduista. Lo sigue en esta lista confidencial  el demonio  maligno y lujurioso Asmodeo, otra  especie de dios de los brujos, acompañado siempre de una cabra macho, que no es la terrible zuliana de Josefita Camacho,  demonio feroz de origen marino y con hermosas alas,  quien llevaba un diario  detallado  de sus hazañas,    conocido aquel  entre  sabios persas  por  Zaratustra  y además de ser   padre del afamado  mago Merlín,  que todo lo sabía,  sin olvidar igualmente  a   otro Belial,  bestia grande caído en desgracia, por esencia mentirosa   y también   harto corrupto, íntimo amigo de Lucifer, a quien luego traiciona de manera irritante. Ammón es dios de los bosques,  que andaba siempre mal reunido  con  lobos negros licantrópicos que pululaban cerca de Knoche en Buena Vista, carniceros amantes de la carne de chacal, en procura  de presas indefensas.  Además trató con el Demonio mayor en negocios referidos   a las famosas minas  del rey Salomón. Engendró demonios  desaparecidos con nuestra madre Eva, primera mujer de Adán y madre  del abyecto Caín,  ya  dentro del escenario paradisíaco, y allí tuvo al famoso sinverguenza de  Caín, de mirada turbia, padre de tres hijos según asienta El libro de NOD, quien se acompañaba siempre de una quijada de burro pulida.
1.         Bacanales  en Halloween.  En las grandes fiestas DE CUMPLEAÑOS   que realizan los vampiros, de las llamadas “a todo trapo”, los demonios importantes   ofrecen  celebraciones de alto vuelo y a su costo, incluida la champaña francesa y los finos pasapalos carnívoros,  como también  los saraos  recomendados por americanos  de origen irlandés gaélico   expertos  que  llaman, “halloween” a la fiesta,  con mil o más   calaveras danzantes  escogidas en cementerios  con   luces internas acopladas, rociadas  ellas  de  infinitos   licores  supremos, de músicas extrañas provenientes de cementerios concurridos por almas en pena  y de fantasías inesperadas  que despejan la mente sin problemas, hasta sexuales aún hoy consideradas delitos,  para menores y mayores con orquestas típicas provenientes del más allá sepulcral, o sea del infinito, con el rumor o rigor   clásico y gótico emanado del inmortal y lujuriante mausoleo franco de  Saint Denis,  cerca de París,  hecho todo ello  en honor al  beodo y  delirante  dios  Baco,  y otros elíxires  famosos de renombre   que anteriormente eran muy comedidos entre  blasfemos  calvinistas  y por tanto con sobrias razones puritanas,  pero que ahora por la ligereza del tiempo que acogota  para su mejor venta  o sobria  comercialización  muy calvinista o   seria,  de las que hoy  en la  juerga y pachanga desatadas  por inexplicable encanto  llaman  con razón  aparente  “cojonudas”, para terminar el festejo extraordinario   en un festivo tiempo  de bacanales  y orgías pompeyanas,  todo ello  permisado  al estilo del galo De Musset,  donde desde luego y según se expresa  en el argot moderno la carne toca y el diablo manda sin pensar dos veces, mientras el cornudo   Satanás con su cola enrrollada que lo entorna  baila y toca viejas canciones turcas e iraníes en desuso,  con derviches expertos,   sin equivocarse  junto a las  demás comparsas   de estos chulos intrusos, empericados  y vividores de oficio que de entonces acá se divierten  con bombos y platillos a las mil maravillas  en busca de consuelo con cualquier despelote de placer inusitado.

RESIDENCIAS  DEMONÍACAS  DE LUJO  Y SUS OCUPANTES.
1)Condesa Elizabet Bathory. FOTO. Esposa  de Gilles de Rais. Llamada La condesa Sangrienta. Engreída por demás se consideraba la mujer más bella del mundo y por ello ordena asesinar a sus competidoras. Era sanguinaria, (Aquí dos fotos WIKI)  Para recordar esos pasajes siniestros de la vida diabólica y nocturna  en este aparte de la reseña extremada  señalaremos a personajes diabólicos  que tienen gran repercusión en ese submundo  por ser bastante  conocidos  mediante  sus atroces  orígenes  y vidas criminales.
CASTILLOS FAMOSOS.
Imagen Castillo de Vlad Tepes. Foto.
Castillo de Bran,
Castillo de Drácula o Brasov. Mansión, hogar y  propiedad del Conde Drácula, lleno de lujo y esplendor, tapices, salones, biblioteca (con un ejemplar inédito de “La Guerra de las Galaxias”), lujoso comedor  y otros aspectos de poder, con escultura de perro cancerbero a la entrada. Consta de seis plantas, con separaciones para visitantes invitados. Allí descansa muerta  en mausoleo especial la reina María de Rumania,  acorde con su disposición final. Rumania es tierra especial de vampiros.
Castillo de Franquestein. Ubicado en Darmstadt, Alemania. Por sus grandes relaciones vampíricas en dicho bello inmueble celebraba famosos y perennes ágapes rumbosos  llamados de “Halloween”, a los que asistía con regularidad el conde Nosferatu.
Castillo de Nosferatu (foto).
Castillo del Barón Gilles de Rais. (Foto) Situado en el Valle del Loira francés, del departamento de Vendée.  Llamado de Tuffauges, con más de siete siglos de historia en sus paredes. Vivía obsesionado de amor  hasta el delirio en sueños con la luchadora Santa Juana de Arco. Además rodeado de mujeres diversas, se le conoce en estos menesteres como terrible Barba Azul.
Castillo de Víctor Franquenstein, el de la mirada penetrante.
Castillo del conde de Orlok Escondido entre los montes Cárpatos RUMANOS.
Castillo de Elizabet  Bathory (ruinas)..
              
1.      Y soslayando otro mundo infernal cuya cabeza es el demonio otros papeles importantes que pude recuperar  para la intimidad de mi trabajo en este campo del  MÁS ALLÁ  se refíeren, como lo escrito por Henrrietta en el mundo vampiresco  a ciertas fiestas de brujas y brujos con exorcismos incluidos en esa hermosa capital marina del extraño reino belga que es Brujas,  perteneciente   no solo a vampiros  y vampiras entrañables de su tiempo  sino a toda la  intimidad gótica animada en  Bélgica y Rumania, o sea   en su paso transitorio a nuevos  países abiertos hacia  estos saberes extraordinarios,   como Ecuador y Chile, donde ya coexisten de tiempo atrás otras  manifestaciones  de alto valor y categoría o sea  el caso de la extraña momificación corporal.
   
Volviendo con el tema gótico que nos atañe  diremos que años después embalsamé al curioso por  masturbador enfermizo y   perro de apodo Galo, que ladraba fuerte  cuando yo releía el mundo oscuro de Edgar Alan Poe, Sí, Edgar  Alan Poe  y sus pensares de terror poético,   empedernido  perro   alocado  que  como dije llamara Galo, y sea dicho  de verdad era un mono tití con ceño estrecho y gruñón que me obsequiaran en los ventisqueros de Galipán, pero que luego  le ladraba acosando como un desesperado a Henrrietta, posesa de cualquier demonio en sus entradas o salidas al castillo de Buena Vista, y que para sedarlo hacia su muerte   tantas agujas experimentales e hipodérmicas sufriera en mi presencia, en una de las cuales murió intoxicado con mercurio y arsénico para honra de la sabiduría científica, al que luego como ser viviente imaginario y ojos bien abiertos coloco en la parte de taxidermia delantera del laboratorio, e igual suerte  mortuoria ocurrió con unos agresivos loritos parlanchines de minucias silábicas y parientes cercanos de los que pronto de nuestros contubernios o amoríos iniciales obsequiara a la sensual Priscila, ya que por no dejarme en sosiego con mis incógnitas y ser a ultranza monótonos groseros de lenguaje procaz, fueron a vivir la eternidad visual en la misma vitrina de ese departamento de emoción compartida que alberga mis mejores sueños en trance de ser realidades.
De  otro lado de la balanza cotidiana proseguía en las investigaciones sobre el tesoro enigmático de Preston, haciendo  cábalas minuciosas y cálculos aproximados sobre el mapa en estudio o ante el área a rastrear por un círculo de seguridad referido al barranco, donde Villalpando como puntos de referencia escasa indica un arbusto raquítico de onoto, algún lechozo en desamparo del vendaval intruso y otras piedras amarillentas visibles en la vasta  hondonada, lo que  da tiempo suficiente a que ante el necesario descarte probatorio pueda ir avanzando a toda vela al estilo del navegante mental Stevenson en los complicados Mares del Sur y aunque con tardanza del contraviento, rumbo  al encuentro ansiado de tan considerable oculta riqueza secular.
En esos estivales días del lluvioso 1883, centenario del nacimiento del libertador Simón Bolívar, el Gobierno llamado Nacional bajo la égida patriarcal de Guzmán Blanco y dejando a San Simón tranquilo decide rendir homenaje por lo alto a dicha efemérides única, al darle curso a fiestas rumbosas con motivo de esta ocasión significante como patriótica. Y por las exaltadas relaciones que el caudillo de largo turno mantiene con los prusianos triunfantes en el globo terráqueo, que amplían sus fronteras por doquier, el muy joven y ansiado marino don Alberto Enrique de Prusia, hombre de patillas estrechas e hijo consentido del Kaiser o emperador Guillermo Iº, a quien en sinonimia acertada también llaman El Conquistador, por Puerto Cabello ingresa de penachos en la elegante corbeta “Olga”, nutrida de cañones diferentes, pues viene invitado especialmente a Caracas para así enaltecer dichos festejos bolivarianos, de donde  la colonia entera se prepara a objeto de agasajarlo como se merece según el rango dinástico que ostenta, y por ende convoca a las familias germanas residentes en lugares cercanos como el propio Puerto Cabello, Valencia, Los Teques y La Guaira para el gran sarao nocturno que se va a ofrecer en la señorial residencia de nuestro representante diplomático, cubierta de salas espaciosas, ahora alumbrada con hachones encendidos y de inicio el sonoro y tamborilero himno alemán. Es de suponer que con mis mejores atuendos y deseos reprimidos viajo a Caracas para dar correspondencia positiva  al convite  del  que todos comentan, y en el vestíbulo del recibidor principal de aquella mansión recién pintada  con colorines despiertos y un enorme oso parado berlinés en vigilancia, me presento en coche de tiro por caballos al paso, estrenando el traje de frac dispuesto a la medida por el libanés turcomano Karam, pumpá sedoso y borceguíes de charol gris que aprietan por lo nuevos, pero calzados a la mejor moda europea del momento crucial que se respira en la vivaracha capital del imperio austrohúngaro.
     La fiesta fue de calidad o significación, casi inolvidable, para rendir tributo al mostachudo  tierno príncipe imperial venido por barco eólico de tan lejos entre rubios escoltas de día y rubios también de noche, y a ella asistió el  barbudo y calvo Presidente de la República con su gentil y entrada de carnes esposa Ana Teresa, abriendo los honores del protocolo festivo a través de un concierto magistral, en que mediante  largos fagotes y arpas escondidas por el susto de posibles balas enemigas entre el eco silbado de la noche se oyeron sonatas melodiosas de Beethoven y Mozart y románticas canciones de Mendelssohn y Schubert. De seguidas el festín tranquilo en apariencia continúa con la música de salón bailable, donde las danzas y contradanzas, los minués barrocos, valses vieneses, polkas con aires de Varsovia, mazurcas de Chopin y otras exquisiteces rítmicas en boga de tal época, estuvieron por lista o compromiso a la caza de las parejas casadas que forman el telón de fondo en la velada, y otro tanto asumieron los aspirantes jóvenes solteros con ansia de mover el esqueleto, mientras prosigue sin nuevos comentarios o sacrificios del traje estrecho que a alguien deshila en este fragmento melodioso de la ofrenda, y ya desinhibido el propio príncipe Alberto Enrique, con el calor que le entorna a un edecán cercano entrega su espada oficial cubierta de diamantes, para con la pizpireta señora del Ministro alemán acreditado  en Caracas, que lo analiza con suave guiño de reojo, danzar en corro dos sincopadas y amenas piezas del escogido repertorio clásico, todo en medio de miradas traviesas y suspicaces como de capciosos comentarios protocolares. Esa noche de júbilo pude encontrar allí presentes a familias poco vistas y menos visitantes que en esta Welserland alegre querían rendirle cortesía y tributo de amistad al apuesto príncipe ojiazuloso en aras de conocimiento del imperio, como a la amable comitiva civil y militar,  por lo que fue posible toparse con caras conocidas aunque en el silencio del olvido de algunos o los cambios en el almanaque colorido, o mejor colorete, de gentiles damas y rostros bonachones de honrados caballeros de la colonia germana, valga decir los Scheicz, Schael, Daumen, Wulf, Rocken, Engels, y algunos de carrera vecinos procedentes de Valencia o Puerto Cabello, contándose entre ellos los comerciantes Römer, Degwitz y los Stelling, los tequeños Knopp, los guaireños Blohm y el muy despierto por impulsivo Julio Leisse.
Había ido a pasar unos ratos inolvidables  de fin de semana y junto con Priscila, por las cercanías pastoriles de Naiguatá, en la finca de un conocido negociante holandés de apellido Van Praag, ubicada en Tanaguarena y toda ella cubierta de cacaotales, iguanas, flamencos rosados, camaleones y cafetos, cuando de repente se escuchan varios tiros de fusil que en el fragor producido por confuso se entiende provienen del sector Punta Mulatos, lugar de cruces de sepelios y cruce de lugares al oeste del apacible encanto de Macuto, de donde el sagaz y novel mayordomo de la granja en papiamento entendible de las islas nos aconseja retornar sin esperas a La Guaira, ya que los disparos pueden ser el comienzo de otra revolución, por lo cual luego del abandono de la cabaña playera de nuestro amor truncado, como del buen desayuno dominguero a base de arepas, cachapas y morcillas de marrano recién hechas, emprendimos el pronto retorno de nuestra corta y frustrada misión sentimental.
La mañana lucía espléndida a la vez que fresca, acompasada por la luz, cubierta de mariposas azules tornasoladas y un airecillo de solsticio veraniego, mientras Priscila Krassus cabalga de amazona al estilo del buen jinete dominando el equino y en un jugueteo verbal de sonrisas excitantes y miradas capciosas con capricho hacia mí, cuando a la vez expresa:
----“¿Oíste hablar en el puerto que el Presidente de la República viene de juerga con la firme manía de pactar alianzas para luego desconocer tales acuerdos, con fieros caudillos políticos regionales?”, a lo que respondo en forma positiva lo del viaje, agregando a la vez:
----“¡Ahora comprendo lo de las descargas de fusil, porque el general Presidente tiene muchos enemigos por estas costas caribeñas!”.
En tanta charla animada de noticias locales entramos a La Guaira, al tiempo que guardias milicianas de confianza se notaron por todas partes, mientras en un susurro popular y de voz baja sin descanso del murmullo colectivo corría la especie preocupante que el recién llegado primer mandatario la noche anterior sin obstruir apetitos fuera de órbita había engullido cierta cantidad de pulpa de lechoza que al atragantarse la papaína en el pie de la garganta y molestar interrumpiendo la digestión, le resultó dañina, según opinaran legos intrusistas yerbateros, por sentirse ahora con serios quebrantos de salud.
Subí a caballo la cuesta rumbo a Buenavista y al tanto que regaba el jardín de madreselvas en flor atendido con su recia presencia por la momia despierta del montonero José Pérez y unas chicharras altaneras no cesaban de cantar, como anunciando lluvias tormentosas y más que tempestuosas seguidas de algunos truenos ocasionales, de improviso aparece en la puerta hogareña un guardia presidencial, visto por el atuendo guerrero que porta y lo bien planchado del uniforme ceñido de dril, al que acompañan de cerca y en formación tres soldados aragüeños de a pie con alpargatas y bayoneta calada, quien de continuo me anuncia sin rodeos  la comisión  que lleva, aunque en el trato marcial sea por demás amable:
----“¡Doctor Knoche, vengo a buscarle de orden de mi comandante Parejo, porque el presidente Linares Alcántara se encuentra muy enfermo y por ello debe usted atenderlo¡”.
De inmediato tomé el maletín de las urgencias paramédicas y sobre el caballo correlón Bismark, pues Kaiser en un ahogo insostenible había muerto de manera repentina, con precaución debida desciendo la pesada pendiente que en cosa escasa de hora y media sobrepongo a objeto de llegar ahorrando dificultades mayores a La Guaira, y sin tiempo a perder encamino los pasos de la espera hacia la vetusta Casa Guipuzcoana, olorosa a un pretérito vasco mercantil, ahora sede gubernativa del general con pelo ensortijado Francisco, toda ella rodeada de partidarios idólatras del caudillo moruno y de algunos reclutas macheteros en tono agresor, y antiguo almacén, granero o refugio de esa compañía tan especuladora como monopolista de cacao e importación de esclavos, para en amplio salón del primer piso de maderas crujientes asistir de prisa al ilustre paciente que adolorido en todo y hasta de su propia conciencia, yace como turulato cualquiera en posición de boca arriba. Allá, a su lado de cabezal, frente  a la cama de no dormir permanecían cuatro tristes galenos con caras lánguidas y también pálidas por asustadas, casi en signo de peor agüero, uno alterno anestesista, medio loco e intoxicado por teorías  esgrimidas fuera de tiempo, confuso y compañero del hospital San Juan de Dios; el que sigue, de mucha confianza del indispuesto hombre de balas y combates, en apariencia arrecho, de rostro pesaroso y sable al cinto que venía hecho el loco en el séquito de resguardo acompañando por la despedida al ahora débil magistrado marrullero, y otros dos colegas dispersos en la prisa ferroviaria recién llegados de Caracas.
Aquella habitación gélida olorosa a formol viejo  cual cementerio epidémico de pueblo desgraciado  ya  olía también a muerto, sintiéndose en la aurora velada este mismo tufo de cadáver, mientras trece monjitas francesas de la Orden misionera de San José de Tarbes recién llegadas como escondidas a La Guaira, cabizbajas rezaron a coro y bajo estricto mandato sepulcral en un rincón adrede del enorme aposento cuajado de misterio e interrogantes posteriores. Ahora me tocaba intervenir en la Junta de médicos sin concierto que apenas saludaron al garete por lo obligado de aquella amarga situación. Tomé el pulso del invicto general, amo y señor de un rosario de batallas, le abro la boca con un tapa nariz y una lengüeta acorde que portara en el maletín lleno de pócimas, lo golpeo con dos dedos dispuestos a nivel del hígado esclerótico, donde siente dolor de los que llaman impulsivo, reviso por si acaso el esternocleidomastoideo, miro sus ojos ahora taciturnos, desencajados, que ya no ostentan para nada el refulgente relámpago del Catatumbo o el triunfo inobjetable del combate a machete, sino el rayo demoledor del ostracismo, de profundis le exploro enguantado el recto visceral y ni siquiera chista, anda ausente de reflejos estimulantes, veo sus pies retraídos y al sobarlos entiendo que están yertos cual lápida de camposanto hebraico, la cara permanece entumecida por el frío hospitalario en aquel lugar caliente, uso el estetoscopio para sentir ruidos del corazón y la arritmia tan floja me conmueve, se orina solo y apenas defeca bolas estreñido, el pelo grueso de mulato hirsuto con robacorazones y entrecano anda en tono de grasa aceitosa, y el bigote afilado dentro de la cara mestiza está en un más allá, de donde deduzco se le ha vencido la partida de bautismo eclesial y que a toda carrera viene agarrado de una guadaña en la cuenta regresiva de la insólita desaparición.
Después de este examen de conciencia hecho al hombre más importante del país, que en la bajada de Caracas y al punto del zigzag ferrovial había chupado unas docenas de mamones dulces, los médicos presentes llamamos a los oficiales subalternos y al gordo primer ministro de confianza, para informarles de la penosa noticia que conlleva la pronta despedida de este líder gamonal y por ende de los iniciales preparativos mortuorios. El caudillo pandillero anduvo de mal en peor aunque guapeando durante otras seis horas de agonía angustiosa, con la bacinilla a su entorno llena de esputos multisápidos y multicromados a la espera de llegar algunos familiares modestos, bastardos e interesados, y cuando el reloj de péndulo alemán establecido encima de la almohada o las orejas del paciente con su explosión sonora estremeció los aires mefíticos a la altura de las ocho en punto de la noche, el terco militar triunfador de batallas sin nombre, rey del abigeo llanero, enemigo acérrimo de las cercas de alambre afincadas en hondos botalones, señor de apuestas onerosas, barón del negociado aguardiente claro y eterno amigo de los impuestos inescrupulosos  y de algunos beneficios personales chanchulleros, como de otras gabelas despreciables, de pronto abre los ojos en forma por demás desorbitada, pide sus gafas medio rotas, con la voz de ultratumba y dentro de aquella penumbra reinante con visión ya borrosa de la eternidad miró a todos los presentes y hasta los ausentes en un ángulo que abarca al menos  los ciento ochenta grados circulares, logra contemplar con susto no de horror un cualquier alacrán que ronda cerca de su cara, y al cumplir lento el recorrido de los rostros asombrados, hacia la izquierda de su hombro antes herido en un lance de honor y con cicatriz bien marcada se deslizan para caer los lentes ya inservibles, cuando abre la boca en una mueca carnosa y tras breve estertor  que acompaña  honda ronquera de matiz afónico abandona el  respirar por siempre, al tiempo que en el espacio  ya tardío viaja hacia el imperio de las sombras para  enjuiciarle en la brevedad,   mientras desgonza el cuerpo con rápida pereza.
Las monjitas ¡Mon Dieu¡, todas asustadas y casi en ayunas de cuaresma fueron las primeras que comienzan a llorar en francés, alguna se hace aguas por perpleja, mientras ciertos familiares directos y otros de oscura raíz genética andan en un lamento bobalicón de mezquita sin techo que trasciende las ventanas de la calle y el pueblo arremolinado ante la puerta mayor intuye la desgracia del desastre colectivo y gimotea en otro susurro sin descanso. Me acerco al espacioso balcón de algunos largavistas o los negocios navieros, y mis pupilas ya pendientes logran percibir entre aquella escuálida manifestación comprometida los acaes  retineros siempre vivos y la prestancia  sobresaliente de Priscila, quien al notar con asombro que por debajo de la luna llena puedo divisarla sin mayores esfuerzos, alza los brazos altaneros, gozosa, en nueva señal de irresistible amor. Vuelto a la reunión de los galenos perdedores  de tan preciada presa, procedimos a redactar el certificado de la muerte, y allí sí fue Troya germana, como dice en Caracas el doctor Ernst, porque apenas avanzada la primera línea de esa carta de defunción se apagó la  azulosa luz intermitente sostenida en las lámparas de carburo, acaso por ausencia gasífera de este material carbónico y al instante quedamos por entero en la penumbra, a oscuras y la sombra imperceptible del muerto, de donde fue necesario sin permiso reabrir cierta pulpería cercana para apartando insectos rastreros y hasta voladores sustraer al recinto invadido una docena de velas de sebo, hediondas por la grasa como es de percibir, y ante aquel escenario desorientado e inverosímil, que al claroscuro  de los hechos pudo bien pintar el delicioso pincel de un brillante flamenco de la talla de Rembrandt, a la lumbre de candiles mugrientos y cualquier inservible candelabro de estaño amartillado casi nos desacordamos en cuanto al origen de su deceso, que era algo así como un contrasentido, pues algunos doctores opinaron disertando ser de grave malestar estomacal, debido a causas parasitarias y al pésimo aroma expulsado en las flatulencias rectales, otros dentro del mismo tono académico por eternas molestias amibiásicas de víscera maltrecha, cualquiera de infección extraña adquirida cuyo origen pulmonar es violento, con géneros mórbidos y en consecuencia la baja repentina de tensión; pero yo pensé  y a ciencia cierta dije ante tan augusta asamblea minoritaria, que el deceso podía provenir de algún extraño envenenamiento corporal y con anemia aguda, de donde se resuelve que el doctor Knoche  no solo proceda  a embalsamarlo para el traslado a Caracas del cadáver aún tibio de ese invicto y nunca superado guerrero aragüeño, sino que a las entrañas de la digestión y a parte sustanciosa del cerebro se haga un examen concienzudo o fisiológico, a fin de conocer el origen exacto de la muerte, con la parálisis total del sistema cardiaco.
----Desde luego que aquella noche de trajín no pude bien dormir, aprovechando el tiempo para maquillar el mentado caudillo mulato que yacía como en estado de  sopor  o de sueño profundo, casi de catalepsia, mientras el acompañante y segundo asistente retira las moscas de temporada que hasta tan tarde del trabajo no lo dejan tranquilo, y ya en el alba aparecida al este que rompe con los tenues trazos oscuros de la noche, una vez bañado dicho difunto en agua de rosas y oloroso a la colonia germana 4711 de Glockengasse, que era su preferida, lo entrego envuelto en gasa aséptica para llevarle con cuidado a Caracas,  ahora desprendido de color y más que pálido, con uniforme de gala pomposo y la espada de oro sujeta por sus manos, y porque no había cureña disponible en tan augusta ocasión fueron trasladados esos restos marciales a paso lento de ganso militar  y en carreta de bueyes, hasta el  estrecho terminal de la estación del tren, entonces ennoblecida con la bandera tricolor puesta a media asta en señal de reverencia. Además de formarse un alboroto mayúsculo en el momento de su entierro, cuya urna ostentosa los lanceros de turno la dejan tendida en mitad de la calle cerca del Panteón guzmancista, por el despliegue de cierta balacera inusitada, días después, liebe Priscila, confirmo que el poco sortario general por alguno de los íntimos confianzudos que le sirven de inmediato, fue lentamente envenenado antes de hacer crisis, primero a través del parco suministro de compuesto arsenioso, sin que abundara el fósforo o hidrargirio, y luego para rematar esta dulce faena traicionera hacia el más allá, con algún polvo químico violento que junto al azúcar de papelón le rociaron en la última papaya tan a gusto consumida en aquel momento dramático de su trágica existencia viril.”
“Y para concluir lo funerario, te comento Priscila, que poco tiempo después me salvé de vaina en cuanto a embalsamar otro muerto de ilustre prosapia política, como se debe, de la misma materia  y confianza de Guzmán, que era el doctor Juan de Dios Monzón, colega hipocrático quien como todo buen trujillano se metió a político, y en busca de un máuser acerado paseando sus arreos militares por los médanos de Coro termina adherido en las fauces caudillescas del hijo de Antonio Leocadio, que lo supo bien amansar, al extremo de colocarlo en las alturas del poder, cerca del pináculo de la gloria, para así codearse con el vivazo del señor Presidente, a quien le preparaba un famoso “ají picante con diablitos de magüey”, y como el andino en privado le empujara sabroso al néctar de la cañandonga, vale decir licor, a la juerga combinada de otras rarezas y siempre le gustó ese pan exquisito que por allá llaman cucas y otros paledonias, ya sesentón y cargado de estos tres menesteres misteriosos fue tranquilo sin pensar en la muerte, a otra comilona y bebendurria, que así la califican los gallegos cultos, para festejar el nuevo arribo a la primera magistratura del calvo general de quien te hablo. Y fue tanta la emoción del momento sostenida por el galeno a sus cumplidos años, que dándole la mano al calvo general en ese acto preciso le sobrevino un patatús, soponcio o violento síncope, de que dio dos vueltas por redondo  en un baile de balalaika cayendo  ya aturdido al suelo bienhechor, entonces sin ningún pulso que delatara  lo ocurrido,   por lo que el atribulado mandatario de la escena vivida en sus narices y vuelto un etcétera escrito al revés, del caso no dispuso sino de mi persona para embalsamarle y también colocarlo como miembro egregio de la Adoración Perpetua, en los escondrijos inadecuados plenos de ilustres desconocidos o matones yacentes que habitan el Panteón Nacional, pero erró en los cálculos conmigo, ya que Guzmán se había hecho el loco amnésico para cancelar la deuda necróptica de 400 pesos por el serio trabajo realizado en el cadáver de Linares Alcántara, y entonces en contraprestación a tal demencia  amnésica me hice el muerto, el sordo, el enterrado, el perdido, el loco claro está, el qué se yo, pues se cansaron de buscarme por  Galipán  o sus contornos, y hasta algunos  deslenguados  dijeron con buena sindéresis mentirosa, que me había ido volando para Alemania. Ojo al cristo, que es de plata, pensé de inmediato, y para no aguantar el aguacero de los rencores por venir, me adentré en  la escondida senda conocida  por el camino español de Villadiego.   
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Cierta mañana hacia las ocho, mientras me encontraba griposo, la molestia nasal y tomando una infusión caliente de panela negra mas algunas gotas de limón, que con cariño me prepara la incomparable Amalia,  sentado en mecedora holgada frente a la pizarra aérea espectacular que cuenta los tiempos malvividos y envuelto con cobijas de lana en eso que algunos a la moda de Filadelfia llaman “hall” o porche del ingreso a Buenavista, al tanto que ella en voz alta y quebrada devora varios textos místicos del acucioso aunque peleón fraile Lutero, o acaso las profecías enigmáticas del hebreo  Nostradamus, que tanto me sorprenden, de pronto y a través del catalejo oportuno tenido a la mano, subiendo la cuesta de Macuto descubro a una figura menuda de mujer, seguida por algún hombre mayor mas un par de cargadores indígenas cansinos atrás del cortejo, y para otra sorpresa del momento estelar una vez que se interna en la casona conocida, al verme recogido en tal estado de frialdad aparente la pequeña  fémina recién llegada del otro mundo por instinto y olfato naturales sin interrumpir los ladridos añosos de un can que simula ser septuagenario,  de seguidas con el fin de abrazar al padre descubierto se abalanza como en aquel lejano cuento bíblico de Lucas el apóstol, sobre el escarnecido vástago pródigo por lujurioso e ido de sus querencias  bien pronto desde niño.
En verdad que al principio de la trama filial incomprensible no reconocí a mi hija Brunilda, pues más de veinticinco veranos  y tormentas diversas  habían pasado de ausencia enteramente muda, incluida la epistolar, desde cuando ella en arranque insólito con Adolfo, Catalina y Henrietta y junto con las amigas generacionales Eva y Rebeca Schneider, decidieron partir mar de por medio para nunca volver a estos conucos de Welserland. Los años continuaron la derrota particular del camino a seguir y jamás supe de ellos, ni por medio de los sueños o angustias mal vividas, aunque las pesadillas no faltaban, hasta cuando recibiera una carta con lacre certificando la viudez mía dado el deceso prematuro de liebe Henrietta, fallecida loca, paranoica, esquizoide embrujada  e insana y a quien Dios guarde en su gracioso seno u hospital misericordioso  de orates y dementes. De seguidas la compungida Brunilda, con la cara muy roja por el trajín viajero, algunas picaduras de insectos plurialados y el sol canicular que le tuesta la piel, pasó a contarme por capítulos incompletos tantas calamidades e historietas de relatos cortos en aquel regazo de memoria total que desde pequeña la caracterizara, de cuyas escenas casi reales salpicadas de lo extraño e inentendible teatral, se podían sonsacar con cierta habilidad algunas novelas cubiertas de suspenso inaudito  y otros cuentos aún más horripilantes o quiquillosos, al ejemplo de Saladino y Tamerlán.
Acto continuo me presenta  a su marido, Heinrich Müller, un vejete cualquiera veintiocho años mayor que ella y con cara otoñal de abuelo disecado, pariente de los Müller de Puerto Cabello, exhibiendo un semblante ocioso, de poco trabajar, de quien supe por excepción entre los prusianos guaireños, que era flojo de nacimiento y perezoso de oportunidad.
----Brunilda rinde cuenta primero de su madre, que deschavetada por la ausencia de juicio fue perdiendo más la cordura en la casa paterna de Halberstadt y quien en medio de las sinrazones de una vaga expresión continua, seguida de pataletas, cantaletas y temores del alma, en las últimas etapas del martirio suicida se considera gemela con algún marciano, y dio por llamar a gritos adrede al marido distante, hasta cuando luego del desmayo previo en que dura medio día despierta, de tal escena al margen de la trama resuelve soltar una carcajada trepidante oída con estupor cuanto de angustia  en las ventanas del cercano vecindario, y después del monólogo crispante e inalterable mantuvo callada  y para siempre su voz contestataria, en medio de cualquier diatriba imprecisa de soldados que a lo lejos anuncia el fragor de una nueva batalla por demás  indecisa. La pobre Catalina, no muy despierta por cierto y de ideas fijas machacantes desde cuando abre los ojos pequeñines, durante varias temporadas de continuo tejer manteletas luego se dedica a cuidar a la enferma mental, y entre ellas cubiertas de pacientes faenas lanudas cultivaron díscolos soliloquios desprovistos de tal juicio que ni el más versado intérprete onírico pudo jamás comprender ese galimatías mental. Luego de fallecida Henrietta en el albergue natal, un semestre después tocó el turno a Catalina, quien muere a consecuencia de depresiones histéricas sucesivas con los nervios  destrozados al no disponer de un  hombre capaz en fortaleza física ejemplar  para servir  al remedio completo de la concupiscencia que de pronto  le arrebata del todo, como lo dijo a voces altas en muchas oportunidades de distintos momentos del verano interior, y vivía enfebrecida y enteramente demacrada pidiendo una docena de hijos y  pensando en el mismo tema del ataque sexual, hasta el preciso instante en que falta de precaución por lo indecisa en que vivía, un coche desenfrenado de caballos  sin auriga diestro la atropelló mortalmente en la propia puerta callejera de nuestro calamitoso hogar prusiano.
----En cuanto al buen Adolfo, que tuvo en gana agregarle el atributo “von” al apellido paterno y que era el segundón de la familia, en los claustros del Berlín universitario no pudo pero sí terminó de carreras la ciencia memoriosa de Hipócrates, en la exitosa facultad médica de Friburgo de Brisgovia donde estudiara usted, y después se enreda en amoríos livianos con una dama triste de apellido Fugger, aunque sin la fortuna del poderoso Jacobo, estableciéndose en el puerto hanseático de Hamburgo para ejercer la medicina tropical, especialidad que desconocemos cómo la obtuvo, mientras algunos murmuran que le vieron viajando con red trenzada a la caza de sónicos mosquitos altaneros por los entresijos inundables de Puerto Cabello, la tierra raigal de los Müller, y otros comentaron alegremente en Alemania que Adolfo de andarín a su costa y mochila al hombro vivió por dos cálidos años arrepentidos en hambrientos territorios africanos del extenso Camerún guineo. Después yo le pierdo todo resto de traza, y por los malos negocios de mi terco marido, que nunca supo hacer nada, ni menos desembarazarse de los peores hábitos, en Halberstadt debí hipotecar el techo protector de la abuela, y en medio de tanta desgracia y con el peligro de otra guerra germana por venir decido vender la propiedad a todo trance para liberar el rosario de calamidades presentes, pero con el restante de la bolsa en mano, antes de concluir en la indigencia resuelvo volver al suelo originario colombino, aunque “con el turco atrás”, como asientan los libaneses maronitas o derviches de La Guaira, y en ese otro trajinar desconcertado gracias al poder del Altísimo que no tuvimos hijos ni menos sucedáneos.
Todos estos detalles minuciosos y otros más que se esconden a menudo converso en ocasiones con Priscila, la mujer de mis entrañas y en especial la vez que con mayor desenfado le presento a la tierna Brunilda, allá en los callejones maltrechos de La Guaira, ésta sola al momento porque el marido cual romántico lirón o marmota enfermiza vivía acompasado de una pereza demoníaca absoluta, ido a lo abstracto vegetal, adormitado o escondido entre gruesas cobijas burreras en el aislamiento epicúreo y sibarítico de Galipán. Brunilda era una mujer insigne, de cara redonda y ojos oblicuos achinados, rubia de trenzas dominadas con lazos de color en forma de media luna, vueltas un rollo atrás de la cabeza que le imprimían prestancia y hermosura al mismo tiempo, como en la ocasión que fuimos a fotografiarnos con el artista Federico Lessman, venido expresamente desde Caracas a La Guaira para hacer constar en el retrato argentado y estruendoso de la cámara a fuelle y lente cristalino Leica, el estilo o la elegancia de cualquier personaje tomado en cuenta, y en especial de la colonia alemana allí establecida. Recuerdo que en dicho momento crucial ella posó sentada sobre hermoso cojín aterciopelado, ante un adorno de cortinas convenidas a la espalda, con el traje ancho de campana, vaporoso y tejido, la camisa en rayas de dos tonos y una abotonadura central indiscreta, portando la presencia distinguida y con cierta belleza clásica que desprende su cuerpo el olor a gardenia, en cuyo rostro se dibujaba una sonrisa serena y angélica al estilo gestual toscano como el de la tierna  coquetona Gioconda o Mona Lisa. En esa oportunidad calva cuanto única y por el empeño inquebrantable de la impar Brunilda, bajo el mismo telón de fondo que usa el retratista discípulo de Daguerre, posé para el simpático Lessman, sentado en  silla torneada de estilo imperio francés, con un brazo firme puesto encima de la alta mesa de mantel, arreglado para la ocasión con chaqué negro, solapas en seda francesa de Lyon, chaleco impecable al estilo lord inglés, barbilla en punta, corbata de lazo sobre blanca pechera almidonada, el pelo aún negro y revoltoso vuelto de un lado que resalta en el rostro la frente ancha, el bigote bien mantenido con tijeras solingen y los ojos azules, casi  de la saga nórdica, al gusto siempre estimulante de la consentida Priscila.
Priscila, la de los bellos ojos verdes,  y Brunilda hicieron buenas migas de un comienzo y todo parecía andar über alles o sobre ruedas, hasta cuando Herr Müller enfermó primero de parótidas y luego de cuidado, y mire que por mi hija hice todo cuanto pude para en los dos meses siguientes de martirio tratar de salvarle la vida, pero el corazón del desempleado eterno le fue fallando y luego que le estalla de verdad, sin motivo aparente, porque la cara se le puso cianótica, Amalia y la estoica Brunilda me ayudaron a embalsamarlo, después de los rezos luteranos e invocaciones respectivas para la orientación  hacia el éter del alma, habiéndole aplicado resinas contra la putrefacción cárnica y en la irrigante yugular introduzco el suero descubierto, mediante dos punciones verticales paralelas poco antes de morir, todo a base de elementos químicos inmunes contenidos en hierbas y hasta afrodisíacas, a fin de que la mezcla pudiera correr sin obstáculos por el torrente circulatorio del prusiano, evitando así sacarle las vísceras a este cadáver para racionar con antelación el alimento de los insaciables buitres carroñeros.
Buenavista, de antemano semejaba a cierta garita cubierta contra el mal tiempo----- “Fíjate, Priscila, con el don nadie de Herr Heinrich inauguro el mausoleo de los seres vivientes, como lo bautizaste a mi gusto, agregando  el mundo de los espíritus en vela, de los cuerpos bajo tormento, porque quedó enterrado para siempre con la boca sellada mediante un pañuelo sedoso verde oliva en la primera fosa del necrocomio, por ese tiempo revestida de mármol  travertino traído de la casa Roversi, de Caracas, y además con una ventana de vidrio o postigo de visita, donde mi querida Brunilda en el desconsuelo inevitable pasara horas enteras limpiando  de vahos empañantes aquel espejo retrovisor casi encantado, porque me aseguró en varias ocasiones que el mostachudo difunto le abría los ojos aún celosos de la luz, y con ello derramando sobre el nicho toda suerte de lloros de amor, pues en verdad mi hija mucho lo quiso a su manera, y quizás emulando las historias acarameladas  por románticas de Tristán e Iseo, Romeo y Julieta, Ginebra y Lanzarote, Eloísa y Abelardo, Paolo y Francesca, Don Juan y Doña Inés, Laura de Noves y Petrarca, los amantes de Teruel y tantos más que desfilan con la flecha hendida de Cupido por ese campo nimbado de lo imposible amatorio en el camino directo hacia la eternidad.  Para cuidar con buen tino o tiento a la momia bigotuda de Heinrich y los futuros inquilinos perpetuos del panteón, que estaba erigido frente al abismo de las esencias insondables y en lugar rocoso a unas cien varas castellanas y por decir doscientas toesas gálicas, ante la mansión de oro y hasta del mal de ojo dejo por si acaso, en posición de centinela firme del Más Allá a cierto centinela puesto sujetando un hacha guerrera apache, o sea  al célebre ratero de puercos y gallinas que con sorna jocosa llamaron los porteños juerguistas Pescado de Oro, bandolero muerto sin reclamos en el ya abatido Hospital de La Guaira y de donde a hurtadillas en otra senda oscura de pesares en lomo de asno rebuznón  me lo trajo amarrado el inconfundible Quasimodo. Además agrego, Priscila, que fue de pesadillas esa noche intranquila, porque en la subida a Galipán el cadáver  pescadero por descuido del asno se soltó del jumento y rueda sin contención entre un barranco solitario, de cuya profundidad y lianas que lo albergan con esfuerzo inaudito y sudoroso pudo alzarlo el portador, aunque sin cabeza, al ser decapitado en la brusca caída, y por esta razón impostergable debí encaminarme de inmediato al punto del suceso en compañía del asustado Quasimodo, pero después, entre lámparas flamígeras de aceite de tártago junto al perro rastrero con cara de mefisto que aullando a cada rato por causas baladíes  nos persigue, debimos encontrar la testa sanguinolenta del además monstruo asesino y violador de  huérfanas infantas en el mercado guaireño, para sin otras esperas dudosas colocarla en su sitio vertebral, aunque luego de coserla con remates de aguja curva cirujana, a la facha lombrosina que portaba el malencarado cabrón debió agregársele un propio rictus de odio y furia de primer grado, que al maleante repetitivo no pude disimular por entero, suficientes para la función protectora de su destino básico, pues al pensarlo dos veces con prontitud determinante le sitúo al frente del  prototipo creado para sepulcro de los vivos o bóveda de los muertos con arrestos de cenotafio, como sepulturero de almas y en la asistencia vigilante de las tumbas, esta vez sólo y por concordancia con el perruno acompañamiento de un rústico can callejero que ya no era el Galo libidinoso  anterior, embalsamado en su oportunidad también”.
Mientras Brunilda se deshace en tristeza continua y lloricona por la desaparición de su galán amado al tiempo que cada día adelgaza, recordándome en ello el caso genético de su madre Henrietta, a fin de cumplir el compromiso contraído un día en que no amanece más temprano bajo a La Guaira para en calidad de intérprete conducir a Priscila hacia esos sitios históricos que ahora derruidos y oxidados como fantasías temporales formaron la defensa española militar a objeto de un buen abrigo de montañas  combatir y defenderse contra los fieros piratas, corsarios, filibusteros, forbantes, bucaneros, felones, y ladronazos de mar que por tantos períodos de tiempo pretendieron hacer su agosto de ganancias mal habidas o de gallinas flacas con las riquezas que se hallaban al tortuoso lado americano del Mar Océano, de donde por mis estudios continuados sobre el particular pleno de datos y las conversaciones disfrutadas con los acuciosos amigos Lander y Blohm, pude empaparme a gusto de tantos acontecimientos casi extintos  que ahora yacen en el  submundo de los hechos nimios y el abandono ofuscador de la desmemoria. Esa mañana dominguera, a caballo y cogidos tiernamente de las manos emprendemos, pues, la visita a estos templos heroicos rebosantes de la dinámica eternidad local.
----“!Godo, a ver, cuéntame lo máximo que de estos sucesos familiares has averiguado!”, advierte Priscila interesada, a cuyo ruego cariñoso de inmediato el alemán responde:
----“!Jawohl!, querida amiga, andemos por partes, pues al ser imposible pasar revista de tantos descalabros que ocurrieran en esta sola ocasión de la visita, ahora apenas te enseñaré los restos esparcidos de edificios seculares que los españoles empeñosos con mano de obra esclava y hasta servil hicieron para defender duramente sus querencias frente al peligro marítimo de ataques con rapiña y demás excesos en los terrenos escarpados de La Guaira, ciudad edificada sobre un cerro agresor que la hace única o exclusiva en cuanto a construcciones tácticas de la época se refiere por estos ardientes contornos americanos. Sin embargo, en la actualidad muchos de esos blindajes oportunos ya no existen, por el paso demoledor del vecindario en cuanto a la materia prima hurtada, o porque los terremotos de horror, temporales y abusivos, las lluvias inclementes, el cólera maldito y la cólera humana, la desidia y el empuje terrible de las quebradas secas o crecidas, provenientes de la alta montaña arisca por selvática tupida, siempre han hecho de las suyas con gusto y perversión, pues aquí la naturaleza áspera aparece en temporadas por demás obsesiva en sus quehaceres”.
----“Vamos a comenzar este seguimiento de los diecisiete grandes y pequeños castillos y fortines encantados del lugar, por la altura visible de Punta Mulatos, donde entre tunales agresores y otras plantas xerófitas estaba construido el macizo baluarte San Miguel del Príncipe, del cerro divisorio El Gavilán, para seguir en el camino de cascajos puntiagudos con ciertas defensas montañosas a manera de avizores muros militares y luego  descender continuando esas trincheras protectoras contra el miedo tenaz a fin de culminar en el temerario río San Julián, lleno de lampreas y de piedras enormes juguetonas como leyendas saturnales frente al empuje de las olas continuas, donde permanecía anclado y al garete del mejor postor el fortín guerrero cristiano del Santo Cristo de la Trinchera. De allí en adelante prosiguen unas paredes al parecer defensivas de primera línea, que después en un deporte censurable de fuerza fueron destruidas por el pueblo ayuno de recursos para el uso ilícito de sus elementos materiales, y a todo lo largo de la costa cubierta de arrecifes continúan, con almenas y torres en vigilia, los bastiones de artillería pesada llamados La Plataforma, San Fernando, Palomo, San Agustín, San Carlos, el Real de Santiago, San Blas, San Diego, el protegido La Pólvora que como su nombre indica guarda la santa bárbara explosiva de toda aquella extensa fortaleza, el sediento San Jerónimo del Colorado, establecido en un alto montuoso como estéril, atrás de la iglesia parroquial de San Pedro, y por esa banda de las gruesas murallas carcomidas que corrían ociosas entre lagartijas y escorpiones en trance de competir por sus vidas, hacia el oeste del paisaje rural costanero apreciaremos el enano castillete de La Caleta, la atalaya estratégica El Zamuro, y el pequeño fuerte de La Puerta o pórtico de gloria, por la ruta arrabalera de Maiquetía, después del sitio táctico de Curucutí, que ya con algunos esmirriados camburales y topochos en producción defiende el camino principal que se inicia hacia Caracas”. 
----“Como verás los españoles mucho temían que esta franja de tierra a pesar de lo fragoso accidental pudiera caer en manos enemigas y los intrusos de    ocasión hacerla por ende inexpugnable, mientras a su capricho cortan la vía que comunica    con la capital de la provincia, por cuya causa pendiente los centinelas de turno extremaron cuidados como planes precisos a objeto de que frente a sus muros y armas mortíferas de fuego ofensivo fracasaran cuantas expediciones osaron enfrentarse en desventaja, entre muchas otras la del frustrado y mútilo almirante inglés Knowles, y de donde no pudo seguir rumbo a Caracas  el voluntarioso corsario francés Granmont, hombre de mar  en tierra que  vestido de adornos con plumas resaltantes, cual mosquetero del   hábil Rey Luis, uno de tantos en la lista pudiente,  por empecinado y expuesto a tremolinas aquí fue herido de flecha arquera en el cuello efusivo y sanguíneo, con suficiente molestia por supuesto, durante el arduo combate molinero del momento campal.
    El día permaneció fresco y ventilado, en medio del sofoco continuo que ocurre en el sitio de la visita comarcal y con el aporte de un sol esplendoroso que a veces derrite la espesura, mientras íbamos recorriendo los emplazamientos de interés dentro de eso que se llama la revisión a vuelo de pájaros playeros, por lo extenso del trayecto en disputa a reconocer, al tiempo que mediante la explicación formalmente enhebrada del Godo allí aquejado de retórica, Priscila recibía tantas reflexiones sensatas de un pasado y un presente que nos vincula en positivo por eterna memoria con la más cruda realidad. En aquel trayecto del descanso mental no faltó un desayuno criollo en el propio puerto guaireño, a base de arepas con chicharrón caliente, caraotas negras refritas, huevos revueltos o pericos y chocolate espeso en pocillo azul holandés de Delft, como muchas bebidas refrescantes consumidas a escoger entre los tarantines del camino en andanzas, para evitar la combatida e infesta deshidratación sudorípara, siendo de recordar entre esos manjares hídricos del olvido algunas chichas de arroz tostado o maíz cariaco con guayabitas, limonadas caseras insertas en clara de huevo, el singular guanábano rey de las verdosas frutas, sorbetes acanelados o el delicioso jugo espeso indiano de tamarindo, y ya exhaustos de tanto esfuerzo muscular y hasta de ingerir delicias artesanales, en el curso de la tarde que declina durante el regreso costanero del abanico costeño  de paisajes que desfilan sin cese, preferimos alquilar un coche de caballos lentos que entre brincos y sobresaltos, hasta por una culebra insidiosa presentada, nos acercó a la plaza central de la Casa Guipuzcoana, para que de esta forma ligera o permisada y sin el peso requerido descansar en nuestras complacientes cabalgaduras de tal trote.
Esa noche seguida y al tiempo que frente a la chimenea humeante puesta al fondo de la gradería rústica de ingreso al hogar galipanero me hallaba leyendo en letra gótica cursiva y conventual uno de los cuentos anecdóticos germanos de  los fraternos Grimm, que Brunilda jocosa trajera de Alemania, inexplicablemente mi querida hija desde su cuarto de habitación sale y expresa que la gripe le continúa con mucha tos, que siente fiebre y calofríos, además de una rara opresión en el pecho que se refleja sobre el rostro y los ojos enrojecidos. Las horas siguientes a este trauma imposible fueron para mí como las más amargas que he llevado en la existencia terrenal, pues a medida que avanzó el tiempo relojero batallando hacia la aurora en forma trágica pude entender sin cortapisas y en el terreno de la realidad que este ángel de la vida grata sin esperarlo por la premura acontecida iba despidiéndose de la angustia reinante, donde los remedios caseros que tenía al alcance de los primeros auxilios de gabinete no surtieron efecto alguno, para luego su cándida figura entrar en coma de la conciencia con el tórax que se comprime, baja la respiración y un febril estado que le devora el ser, hasta cuando en el alba de aquel infausto día con ganas indiciosas de llover, desde los pulmones marchitos por el fin Brunilda se fue rindiendo a solas con la muerte, sin lamento alguno y acaso con un frío crepuscular de suspiro agónico que bien pudo salirle de las entretelas del alma, ya en estado de suspensión con todos sus presagios atinados. Entonces Amalia me abrazaba besándome y gimotea largamente sobre mi hombro, mientras doña Pancha prepara comidas ligeras oportunas y llega Priscila con el pronto viento del mar, que en la loca carrera del instante sin atender pedruscos ni barrancos abiertos, sube la fiera cuesta de Galipán.
Al entierro de Brunilda asistió Herr Federico de riguroso luto, como Genovevo contrito, Quasimodo el incólume, una columna de pájaros viajeros en derrota,  y parte de la colonia alemana por parejas, todos compungidos y golpeados del alma, para luego insertarla embalsamada con tragaluz translúcido en el sarcófago situado al flanco derecho del incapaz marido Heinrich, a quien por cierto dos días antes ella remueve el vidrio del portal cadavérico, pues por atrás del marco que lo encaja éste se hallaba cubierto de hongos de color aceitunado como de pronta reproducción, y digo allí  permanecerán mientras resuelven lo contrario, juntos pero no revueltos. A partir de este sepelio filial pude notar que mi vida había variado en demasía, porque la muerte de Brunilda destroza buena parte de la esencia que permite renovándose el empeño de continuar existiendo, y todo lo miro ahora con desdén, mayor calma y reflexión sofocante que permite ahogar el calendario de los astros sublimes. Me inserto por horas en los estudios anatómicos, gasíferos e inmortales que prosigo con ahínco para  el avance de la ciencia, y a fin de calmar la ansiedad sostenida a veces doy hasta dos lecturas básicas, sin retroceso, a obras maestras del campo literario o la filosofía alemanas, de esas muchas que nutren la escogida biblioteca de Buenavista, cuando no marcho a  visitar a Brunilda frente al acoso regañón del tal  Pescado de Oro y el perro Cavalier o el Galo compañero que lo sigue, y estoy a solas compartiendo con ella durante buenos ratos de profilaxis mental, mientras permanece dormida en el nicho definitivo a la espera de un príncipe de ensueños, aunque no sea azul ni menos colmado de brujerías socarronas extrañas, y porque me solaza su presencia yacente al punto que por la textura exhibida, así de simple la tomo  como si estuviera viva.
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Andaba paseando tranquilo por el bosque cercano, oloroso a  menta, a frescura de perfumes alpinos y hambrientas ardillas juguetonas, al tiempo de visitar el apiario monárquico que luego del espacioso invernadero y junto del barranco mantenía, cuando de pronto, en la búsqueda incierta de un trébol de cuatro hojas tropiezo con algo inmóvil que impide caminar, y en esos segundos del traspié  patidifuso diviso la punta de una piedra negruzca y lisa como de azabache que en franco disimulo emerge del terreno pero sobresaliente, lo que de inmediato aviva el efecto de la luz interna que recuerda el tesoro escondido de  sir Preston, y sin mayores esperas, mediante el uso de una barra sonora que ayuda en el afán del éxito separo con cuidado el mineral, en cuyo fondo encuentro otra botella ánglica de matiz azul turquesa semejante a la que contuviera el escrito y el mapa primitivo del ahorcado Villalpando, y al abrirla con rapidez en la esperanza de descifrar el enigma complejo, encuentro otro papel que mal escrito apenas dice “esta no es”, de donde concluyo que el zamorano en el juego de la vida y desviando caminos perceptibles tuvo tiempo de mejorar su oferta, para impedir confusiones, reforzando así la existencia áurea del caudal oculto.
Hasta ese momento conflictivo era mucho lo que había estudiado sobre el entonces hombre más rico de Venezuela, Garci González de Silva, el de las muelas de oro puestas en Sevilla, sinuoso guapetón, autor de razzias sangrientas e incursiones inauditas por los vericuetos e intríngulis del país y a lo largo de los años para recoger a sangre y fuego todo el oro disperso en la provincia, y así esquilma el real de minas de Buría, como las vetas brillantes de Baruta, de donde la emprende con éxito y arrojo contra los indios cara pintados de las cercanías caraqueñas, destroza a los temibles jirajaras antropófagos de Nirgua, obnubilados  por asar carne europea, que andaron  durante  setenta años entre cantos tediosos o chillones y la rebeldía guerrera, en buena gana al mando del despierto y dominador cacique Pore, quien empala por el recto sangrante a cuanto indígena caribe encuentra suelto  en las márgenes arenosas del río Guárico, la vez que estos viciosos caníbales hambrientos tenían presos a muchos lugareños y en jaulas obligadas de engorde, para luego dorar en barbacoas y comer con casabe o yuca de almidón, castigando  de bárbara manera a los conchudos otomacos de Barcelona, resistentes a toda esclavitud, y vence bajo severas condiciones mortales, que incluye la venta como materia negocial, a quienes en guazábaras etílicas e inenarrables orgías arremetieron contra los tranquilos pero asustados vecinos de Valencia del Rey.  Este señor de marras feudatario y el máximo latifundista de la región provincial, creyéndose el delicado monarca Midas todo lo convertía en oro y piedras preciosas o en su defecto invocaba la  tenebrosa muerte, a escoger eso sí, de donde por las presiones ejercidas entre fuerzas dispares fue llenando cajas y cajones del ansiado vil metal y estiércol diabólico, desde zarcillos, pendientes, pulseras, pectorales, sonajeras, anillos, ídolos, collares y gargantillas, hasta gruesas cadenas y bastoncillos de mando trabajados en perlas de valía. Todas esas informaciones pertinentes las conversé en privado con Priscila, mientras acaso y a conciencia sana ensayábamos con el amor sexual en tropel de vertientes, o de otra grata manera nos divertíamos de lo lindo en hondos ratos de placer.
La peor crisis espiritual y síquica que a medias pude soportar luego de la desaparición trágica de Brunilda fue el por orden superior  suprimir y sin excusas la egregia momia viviente del docto pensador Lander, y eso llenó de sombras y de mucha negrura a mi corazón, porque sea verdad dicha para la historia hacia el largo futuro que a ese ilustre hombre público autodidacta de empuje y novedad le tenía demasiado aprecio en casi cuarenta años de tratarlo en calidad de paciente escogido, al extremo que con mayor ahínco en el laboratorio de mis esperanzas pendientes ensayaba traslados de sangre inyectada con saliva anticoagulante de murciélagos jóvenes y bebedizos  antiguos diversos y hasta de tradición maya, para devolverle a plenitud la vida, a base de plasmas y yerbas nutrientes que un hechicero indio antes de inmolarse y desaparecer  por hambre me encomienda con recato, pero todo este experimento en marcha se truncó hacia el fallido momento final, porque fui llamado por el propio presidente de la república, general Guzmán Blanco, donde el barbudo a la francesa, de palabra chillona, manos tiernas de mujer y calvo monseñor me exigió de inmediato diera fin a su figura casi viva, o sea la de Lander, porque debía enterrarla con todo el ceremonial requerido para un hombre de Estado, en el Panteón de los Héroes, que así él llamara en las fantasías elucubrantes, caprichosas y reprimidas, equivalente al albergue nacional parisino que entre rejas flordelisadas y frases escogidas guarda junto a la bella  Marianne los mudos testigos del descorrer de Francia. Aquella noche sombría y por demás oscura, en medio de la depresión incomparable que me acoge cualquier tiempo perdido, desconozco cuántas copas de ron añejo de Barbados en barrica de pino ingiero a plenitud, mientras me arrulla el consuelo inaudito de Priscila, para calmar la violenta tempestad interior del subconsciente que ahora aflora homicida.
Con esa terrible pauta imperiosa a ejecutar, e incapaz de volver atrás ni para tomar impulso, y como en la prudencia necesaria me lo aconsejara el ministro alemán von Papen, recién llegado al cargo diplomático en el país, casi sin sentido en la dirección escogida y no pudiendo siquiera hablar sobre la trama pues se cortaban las palabras deteniéndose adredes, bien de mañana y porque la faena era larga y digna de insertar en cualquier novela misteriosa de terror o en los cantos wagnerianos de Sigfrido y Parsifal, me encomiendo a Jehová y a los rayos de Júpiter furioso mientras penetro en el sombrío hogar de las niñas Lander, de la esquina de Cipreses, que ahora debiera pertenecer a la ultratumba de los sombies haitianos o al sueño de los hados destinistas. Aquel cuadro que percibo de seguidas parecía haber salido de los lienzos alucinantes del aragonés Goya, porque todas dos en cierta forma complacientes de los deseos marchitos al unísono se me echaron apretándome encima, en un llanto mocoso imposible de contener, pues conocían en los detalles picantes sobre el mandato exacto guzmancista a cumplir, del hijo soberbio de Antonio Leocadio que no siendo Moro y menos Beckett, era el más enemigo y casi archienemigo de Tomás dentro del partido liberal.
Aquello era inaudito, fuera de sitio, ver a esas viejecitas y en cierta forma peligrosas más chupadas que una nuez vómica implorando piedad, puesto que la noche anterior alucinadas con meteoritos extraterrestres la habían pasado al frente de su padre en el mea culpa final pidiéndoles perdón y misericordia, mientras busco la manera de penetrar en el reducto asesino donde tranquilo aguarda opuesto al dictamen imperial el furibundo doctor Lander. La conversación convincente fue breve pero sustanciosa, casi con arrestos de moraleja, pues dolía convertir en pedazos cualquiera a ese muerto viviente que cuidara con dedicación extrema durante tanto tiempo y ante los devaneos inesperados de la política que edifican y destruyen. Ahora iba a perder un consejero de confesionario y mejor amigo, cuando mediante la certeza interior del éxito estaba más seguro con que los encarnados sueros vitales y restos silenciosos de arsénico no tóxico a inyectarle podían hacer andar a este paciente excepcional, aunque fuera ayudado por muletas, a través de la pronta recuperación de los músculos encogidos y el ejercicio pleno de la reciente fisioterapia. Y Lander conocía de estas mis últimas investigaciones, incluso de la amarga cicuta a ingerir con calma, mas por encima de todo convencionalismo privaban principios éticos necesarios de guardar, a la manera estoica de muchos sabios atenienses.
Fue necesario entonces discurrir con Don Tomás sobre la supervivencia  del hombre grande, que jamás pudiera darse por vencido y menos muerto, ni siquiera aparente, como bien lo recuerda Nietzsche y especula Engels, de donde al argumentar que reposaría por siempre en el Panteón de los Dioses supremos, en el nuevo Olimpo caraqueño y para veneración de las generaciones en marcha, en el non plus ultra de lo eterno, se dejó convencer con cierto apremio en eso de la inmortalidad y la gloria, que es cuando afirma entrecortado que procediera a lo más conveniente con respecto a su persona.  Luego de despedirse de todos en el cuarto de los escaparates viejos con muñecos de cuerda y durante cinco espaciosos minutos orar contrito junto con las hijas sollozantes y entonces hasta malcriadas, procedí a colocarle en los tegumentos livianos de la piel un bálsamo adormecedor a base del consabido arsénico y la muestra de estricnina adicional, y mirándome fijo mientras con sus cartílagos óseos se aferra a las manos de las hijas gemelas, fue quedándose en la nostalgia inacabada este condenado mortal que dentro de un gran circo humano por obra y gracia del abuso supremo se expone a las hambrientas fieras romanas de Espartaco, al tiempo que los párpados le cerraban para otra vez morir.
Lo más difícil y molesto en cuanto al trabajo específico a emprender de inmediato, fue desvestirlo con precaución, eliminando orines a fin de guardar las pertenencias íntimas en el museo  específico que aspiraban abrir los descendientes, y luego en el cuero tostado del político yacente proceder sin reparos, cual tallador vasco de maderas y mediante una hojilla filosa de dientes, a serruchar con justa cautela todo el cuerpo esquelético de Lander a fin de no herir susceptibilidades de las hijas que aún gimotean y oyen, desprendiendo así su ilustre cabeza, que rememora la del doctor Guillotín,  los pies casi de niño,  los brazos que tanto moviera en peroratas partidistas,  el tronco del que hago tiras, y ni qué decir del aparato espermático, para después insertar las piezas organizadas bajo inventario en un cofre especial enviado por la Presidencia de la república a objeto de recuperar tales despojos mundanos del ilustre ciudadano.
Al día siguiente  de estos hechos sujetos a seria reflexión y en medio del mayor recogimiento protocolar pero no exento de pompa, abierta la ceremonia Guzmán, entonces de chistera puesta y seguido por los acólitos genuflexos vividores de la llamada Adoración Perpetua, en medio de una música fúnebre variada del “Popule Meus” y bajo el suave alivio de  exquisitos trombones, tambor, trompetas celestiales, bombardinos, cornos, violas, clarinetes, flautas mágicas de vergel, y otro anuncio anticipado de aguacero celeste, desde la catedral primada en el juego jerárquico de curas sacerdotes todos serios mediante cierta procesión interminable de sumisos se procede a conducir con pompa los pocos restos de la momia hecha trizas, ahora envuelta en incienso y cohetes festivos, hasta la que fuera iglesia foránea de la Santísima Trinidad, que al momento huele a templo masón, para en su remanso novelesco donde privan los espantos de tantas almas en pena y luego de un discurso gracioso de huecas veinte páginas no exento de ditirambos o exaltaciones efímeras y hasta exabruptos, que en compañía del doctor Ernst debimos con paciencia soportar, por fin y siendo hora de almuerzo, nuevamente despiertos del letargo impuesto se pudo esconder en un nicho a  exprofeso y con la paciencia de Job, en medio de tantos aplausos compulsivos de la Adoración Perpetua guzmancista, los sobrantes cadavéricos del inolvidable doctor Lander.
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             La vida en Buenavista para mí continúa en un quehacer inacabado, aunque no con la fortaleza de antaño o de la juventud quimérica, puesta la atención que resalta en la búsqueda del tesoro escondido, por lo que luego de entretejer conceptos ideales que consigno en estas vivencias estremecedoras y cierto diario manuscrito de a bordo llevado con prolijidad para el esclarecimiento de la fortuna, entre la montaña galipanera y mis estudios ando provisto de una copia del mapa aproximado y algunos utensilios de labor diáfanos con que remover los obstáculos presentes, mientras entre la yerba del matorral veo crecer la distancia hacia el porvenir y prosiguen las investigaciones y experimentos del suspenso no en la búsqueda de aquella fuente dionisíaca, erótica y faustiana de  juventud, como aspiraba  por su lado el delirante y obeso vallisoletano Ponce de León, sino en la persistencia de la vida, que es adversa a la terrible por inaudita muerte física, en donde se apagan  todas las luces e ilusiones pendientes. Ahora  leo páginas escogidas de los que llaman clásicos, riéndome en ellos con las salidas quijotescas, me solazgo a plenitud entre los libros didácticos que cultivan exquisito el espíritu del Más Allá con sus acechos,  siento cercanos a filósofos como el germano Leibniz con sus dendritas mentales y a lo inexplorado del maestro Schopenhauer,  al romántico de galería Fichte, al Werther epistolar de Goethe, el excelso poeta Hölderlin tan diferente al flautista roedor de Hamelin, la humanidad erudita que representa   Mommsen y el no menos valioso dramaturgo von Kleist, que en su conjunto me clavan el raciocinio de recuerdos lejanos. Alguna vez detengo el paso frente a la tumba de Brunilda, que yace en la esperanza de la búsqueda cual otra Margarita Gautier, coloco flores idóneas en su derredor y me adentro en el bosque  rodeado de mariposas románticas en baile confuso de ballet al estilo Bolshoi que saltan a la vista, al tanto que las luciérnagas fosforescentes o el chillar de los grillos altaneros encienden el camino de cristal y las orquídeas compañeras son fuente obsequiosa de perenne inspiración.
----“Priscila, mañana a las siete espérame en el sitio de siempre”, fue el mensaje enviado que con arriero de confianza transmito a mi cálida pareja, recado dirigido y con la misma precisión copernicana  durante esos años de saberla apreciar y mejor entender, ya que con el debate propio aún falta por enseñarle la cuesta arriba parte montañera de la ruta pedregosa rumbo a Caracas, que se desprendía lentamente y sin tropiezos desde el matorral litoralense   para enredarse luego entre colchones extensos de neblina y musgo montañeros. Ese domingo junto a ella lo pasé envuelto en un coloquio maravilloso, olvidado de tantos sinsabores y de otros achaques surgidos de los años transmigrados de vida, porque luego de atravesar las aguas quebradeñas o el río Curucutí, según vengan los tiempos invernales, voy mostrándole con datos y detalles el sendero empedrado como calzada colonial, que pasa precisamente ante las defensas beligerantes de El Vigía y más arriba de El Salto de Agua, construidas sobre piedras sillares en la montaña virgen y ahora vistas ornamentando haciendas colmadas de café, con el fin ellas de acomodar a cuadrillas de soldados en la mejor holgura, que estuvieren prestos a defender hasta con armas en desuso a esas atalayas rocosas contra la intención soberbia de presuntos asaltantes, o para reunir en un plan de batalla a cualquier tropa dispuesta al viaje invertido hacia La Guaira, a objeto de enfrentar sin miedo pero con temor precavido, el agravio funesto de los recalcitrantes invasores. 
Asidos nuevamente de las manos saladas cual muchachos quinceañeros saltamos  con interés notable por entre aquellos restos del pasado reciente, en el observador castillo El Vigía, vigilia concurrida desde el cual sin interrupciones temporales se podía divisar la franja costera de La Guaira y más allá hacia el término del horizonte marino, o al otro lado  del sendero a emprender  donde aparecía el cenizoso verde valle de Caracas, y aún hacia arriba de la caminata en marcha, con el nacimiento de las aguas lustrales de cascada fuera de otras tres defensas visibles que aún perduran en la mayor ruina y dejadez, y así encontramos de sesgo el bastión llamado Salto de Agua, cuyo nombre lo indica y desentraña en la galería de espejos acuáticos circundante, pétreas fortalezas cubiertas de torreones, barbacanas, aposentos, fosos secos, garitas, puentes levadizos, paredes almenadas, ventanas con cualquier signo morisco o mozárabe de la aljamía, cocinas, comedores, despensas, oscuros calabozos, cisternas, arsenal, patios, miradores dispersos, puertas, rejas de seguridad, y restos de  cañones, falconetes, caballotes, bombardas, culebrinas, serpentinas, viejos morteros, y toda una fantasía guerrera alegórica de esa  ilusión en sueños, por el impulso o desarrollo de las artes marciales. Para rematar esa tarde alegórica envuelta a veces de bruma contagiosa, otras del sol de los venados, y antes de devolvernos a los estrechos callejones de La Guaira, por el sitio de Torrequemada subimos a la calurosa fonda de La Venta, cubierta de humo leñoso en su interior y propiedad de una noble familia canaria de apellido Hernández, reconstruida antes del alto sitio de La Cumbre y para calmar el apetito voraz  nos sentimos a gusto con la sustancia  carnívora de una rica lapa pintada  que preparan en salsa de naranja  agria, jugo de parcha natural y café bolón recién colado, todo ello compuesto con el aderezo necesario a las papilas bucales por expertas cuanto ventajosas cocineras de la región.
Me había levantado muy temprano en Buenavista y provisto de un tazón de peltre oscuro esportillado dirijo mis intenciones lácteas hacia una vaca mariposa para con suave vaselina ordeñarla a cuatro dedos atrás del establo, sitio establecido luego de la caballeriza, cuando ayuno de presentimientos  al recorrer el camino gramíneo que cruza frente al lugar de los tranquilos  asnos, tirada en el suelo y nada preparado a ello  encuentro el despojo tendido en posición decúbito dorsal de Doña Pancha, la fiel Francisca Antonia que luego de un regreso estudiantil  a Munich la convenciera en Halberstadt para venir conmigo hacia el infierno agreste del paraíso tropical americano, y quien durante por seguidos años con una mansa culebra acariciándole en redondo el grueso cuello lleno de lunares, atendió de maravillas la limpieza del hogar y el cuido y manutención de los asustadizos animales caseros que fueron muchos, tantos como pájaros gonzalicos, arrendajos y turpiales, canarios cantores traídos en canastos de la propia Alemania, perros lanudos mas friolentos, gatos de angora o siameses, equinos nada díscolos o correlones, loros de diverso plumaje y alboroto, gallinas pirocas, guineas y otras de su familia plumífera, pavos gritones, cochinos salvajes, abejas peligrosas cruzadas con avispas, , y cuantos seres vivientes consentidos de la prusiana pasaron  con esmero o devoción por sus manos artríticas, e igual aconteciera a un discreto serpentario hundido en círculo con ratones y sapos habitantes como  alimentos  a tiempo calculado para los ofidios cascabel, mapanares, (y una de dos cabezas que conservo retenida en alcohol), rabo amarillo, sabaneras, corales, cuatro narices, tragavenados, bachaqueras, loras, macaguas, bejucas y cuantos bichos ponzoñosos eran mantenidos aparte, como también  las arañas peludas, en especial  la viuda negra y los alacranes escorpiónicos negroides  o pardos en posición de alerta, que con ganas de engullirse unos con otros en el juego mortal servían  de solaz  y hasta atractivo al panorama viviente, en el encuentro diario de aquella terrible realidad bíblica.
La desaparición impresionante, pues, de la mentalista doña Pancha, tendida ahora en el suelo virgen e ilusa mirando de  lado persuasiva a los asnos en una santa a la vez que ritual comunión esotérica, según solía hacerlo, fue para su hermana Amalia y también a mi persona, tanto como el sacudir de cualquier terremoto devastador, por aparentar ella un tercer brazo del proyecto científico y otra porción de vida que se va, porque con Brunilda ya era mucho decir. Y luego el embalsamamiento del rubio cadáver consumido, al que junto con Priscila rociáramos el litro de bálsamo francés “Joie de Vivre”, que solía utilizar para esconder fuertes miasmas nada atractivos, fue bastante difícil, pues la delicada Amalia en tres momentos del trabajo intenso se nos desmayó, y por fin a la muerta insepulta pudimos levantarle las rígidas pestañas de los ojos con el artificio de palilllos dentales y después enterrarla cual faraónica momia perfumada en el mausoleo particular, con el decimonónico atractivo coqueto traje de novia bien planchado que siempre guardó a pesar de su fealdad coqueta, porque  bien  lo merecía esta prusiana de ensoñaciones eróticas jamás realizadas pero sin vencer  la tentación. Un mes continuo por las noches convulsas encendimos rústicas velas de ballena a su único retrato, el que colocamos en sitio destacado de la biblioteca, cercano al cuadro reverente del episodio bélico de Waterloo, donde con denuedo apostólico combate el intrépido  mariscal Blücher, y contiguo a la imagen en plumilla de Federico El Grande, amen de ciertas efigies de nobles decadentes   próximas como grotescas de la Casa real de Prusia, en momentos de sana actividad, mientras con aleluyas y vade retros contagiosos mediante un rudo alemán de convento sajón cantábamos a dúo algunos salmos propios de la corregida Biblia luterana, para  intentar salvarle a Doña Pancha el alma casi  pecadora e infantil que poseía.
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Ahora poco concurro al puerto pescadero de La Guaira  cruzado de  diestras gaviotas  enamoradas en conjunto de golondrinas veraniegas, pues el trabajo en el antiguo reclusorio hospitalario de San Juan de Dios había puesto fin debido a la competencia intrusa   y desleal descarada, incluso de la casta de brujos hechiceros,  vestidos a la cubana para mayor impacto, como también sucediera en el viejo Hospital  Municipal, destinos ejercidos de tiempo atrás o de la rememorada época llanera de Páez, desde cuando luego de la  debilitante peste bubónica otra terrible epidemia de cólera morbus a través de dos años traicioneros estremeció de pujos a ese conglomerado en pánico absorbente  por tanta  evacuación intestinal y hasta en la propia  calle reinaba su hediondez  mefítica al regar otra estela fétida de cadáveres descompuestos. Los andantes rostros macilentos parecían de serafines o querubes venidos sobre el carro del empíreo cristiano a penar culpas desconocidas  y en esa crisis diarreica acompasada de algunas náuseas por encima del arroz tostado prescrito a los pocos pacientes, al contar el desastre temporal acaecido no tuve tiempo de comer y menos de dormir, visto el acoso de las edentinas mortuorias y en la ausencia de sábanas y esteras para envolver atados a los difuntos en proceso de cremación chamuscada  o bajo sepultura de gusanos instalados en la fosa común. En cambio la inseparable Priscila, que jamás sufriera ataques de celos con Amalia, y menos esta angelical madonna con la agraciada morena Priscila, en aquel matrimonio erótico que en los mejores tiempos de lujuria  pompeyana  excitante llegó a tres tálamos de placer, respetando desde luego algunos preceptos coránicos del  savoir faire, ella sí venía de continuo a Buenavista, y porque con el fin de aliviar la alzada caminata para el transporte equino a recorrer le obsequiara al generoso caballo Bismark, tan correlón o mejor en ello que el profético Alburaq, ganador en millas sin cansancio al Bucéfalo de la canción alejandrina. Además, entre otros avocamientos al estudio en su esencia del alma y el espíritu terrenal, como parte sustancial de la materia a retener las vidas, no pocas fueron las sesiones sostenidas de espiritismo familiar con la cartilla del iluminado Allan Kardec, que mantuviéramos a puerta cerrada en el salón opaco del castillo interior  de Buena Vista y alumbrados con velas de triste  luz  mortecina, para a través del médium invitado y adormecido por infusión de yerbas soporíferas en momentos de trance y frente a tres espejos mercuriales de pared con imanes ocultos en el cuerpo trasero, invocar encarnando el espíritu sacrosanto nada burlón de Brunilda, o casi el torcido de doña Pancha, en lo que se empeñaba de continuo su gemela Amalia, andando en esa ciencia abstracta como dije de lo profundo del alma o emanación de la esencia que me hizo comprender y como a respetar al amigo Herr Federico Blomhm, por cierto ahora ya hemipléjico y siempre sentado en pose estatuaria de  trance meditabundo al frente de su próspero negocio de víveres y hasta de inservibles viejos trastos en subasta, a pesar de no poder ahora discutir o mejor discurrir palabra alguna por su lengua muerta, fósil o en completo reposo, y menos  a tratar de moverse en tan incómoda posición abstracta.
Por encima de imaginarias fantasías utópicas o de indisposiciones de esa edad calendario que a todos nos persigue, fue triste para mi conciencia y el ego juvenil poseído el poder apreciar con los ojos y menos de espejuelos que aún conservo sanos pero  fuera de la razón, el paso inexorable para algunos de los años vividos, porque la amable Amalia cual muñeca gentil de mayólica Meissen y sensible como el cristal traslúcido de Bohemia, no era la misma que cuando la trajera casi virgen de Halberstadt, y así también la encantadora Priscila, a veces llena de remilgos pero aún manteniendo el fuego encendido de su lozanía en las pupilas verdes aceitunadas que el acucioso doctor Mendel le obsequiara marcándola para siempre, las que si bien acarician con ternura mis entrañas desnudas, en un rictus crucial indetenible andan a la zaga de tantas primaveras vencidas.           
Mi amigo el doctor Karl Moritz, naturalista solitario embebido y botánico prusiano como nemotécnico afortunado a quien conociera de antemano durante mi permanencia de la colonia Tovar, imitando en esto la correría científica y necesaria del propio  Karsten, cualquier buen día por hora tempranera vino a visitarme con ocasión del arribo a La Guaira de un coloniero tovareño proveniente de la  lejana Selva Negra, tierra de deliciosos dulces manjares cremosos, y para mí fue de especial contento poder compartir con este ilustre sabio experiencias tenidas en cuanto al cultivo y cruces genéticos del orquidiario situado cerca de la casa de las abejas asesinas, de  la cueva experimental de los criollos y ensimismados vampiros asesinos de gallinas dormidas, como también por ser especialista en los estudios que encamina procedo a enseñarle la serie inalterable de hojas y plantas tropicales de la región circundante, al estilo del severo sueco Linneo, especímenes que cuido con esmero y estudio entre grandes láminas encuadernadas de pergamino, e igualmente él se sintió feliz al momento en que le muestro describiendo otras colecciones apasionadas de mariposas sutiles y de insectos ariscos, entre ellos escarabajos verdes, bermejos y violáceos, los que se conservan insertos en agujas apropiadas al tamaño de la especie y debidamente identificados por sus características de clase, colores y nombres que nacen del latín macarrónico medieval. Con este buen señor de la alcurnia germana en medio de cervezas espumantes estuvimos varios días imborrables en el recuerdo ejemplar de nuestros trabajos que agobian  y de las patrias chicas, allá, en tierras de cuatro estaciones a escoger, como de acosantes lobos carroñeros por hambre  y algunos osos con caras siempre de malintencionados.
Pasaron por la casa de los alares cuajados de musgos y neblinas, en rápida sucesión visitante muchos conocidos y amigos de verdad, por encima de algunas  especulaciones terroríficas pero reales  que a escondidas entre seres obtusos se hicieron sobre el tránsito terrenal de mi persona astral, de donde a ciertos visitantes pusilánimes recubiertos de pelos hirsutos temerosos no enseño para nada el extremo al poniente del castillo en vías de hacer historia, donde se ubica el incalculable laboratorio material con los experimentos más acabados y alucinantes de esta porción de trabajo científico, en que ensayo la vida después del Más Allá, hacia Marte,  y otros imperios infinitos, la máquina del tiempo y el resucitar de la primera muerte establecida, antes del inicio definitivo viaje a lo insondable  en el espacio que ojalá pueda yo  acompañar. Entre los que corriendo vienen a la mente están von Pilgrim, sucesor de von Papen, a Herr Federico varias veces, a Heinrich Vollmer, el doctor Ernst y demás figuras de la variopinta colonia germana, que se extasiaron una y otra vez con la maravillosa visión periférica de Buenavista y de su clima espectacular, por encima de las brumas oscuras que junto al rocío matinal muchas veces inunda los espacios lugareños,  y de las parásitas originales en forma de algodón desprendido, que cuelgan ondulando desde lo alto de los troncos arbolados más viejos del entorno avileño. Un despierto mozo joven que no conoce padres por ser hijo expósito y muy inteligente se empeña en que debo enseñarle a toda marcha o pulmón el idioma gutural germano, y porque me cae bien dada su imaginación precoz mas retraída, con paciencia casi senil y en lapsos sabatinos y dominicales, en que puede llegar por tren desde Caracas, de acuerdo a los consejos oportunos del  repetido sabio Nietszche con gusto me dedico a inculcarle la instrucción necesaria y la fuerza espiritual de la lengua doméstica con ánimos expansivos fuera de cauce, en la misma que inspirado cual poeta  de fuste escribía el Goethe de Weimar, quien con los inmortales Dante, Shakespeare y Cervantes para algunos y no pocos son los más grandes especuladores de eso que llaman todos la cultura occidental.  Ese aprendiz de brujo pequeñín por cierto se llamó César Zumeta, quien al subir rumbo a Buenavista ya era cifra descollante en los campos musicales de la prosa romántica, la imaginación definida y la mejor poesía americana.
Con el reposo del guerrero voy pescando horizontes lejanos, comienzo a evocar presencias extrañas o paranormales, en la periferia que atañe siento algo extraño cerca de mí, me miro en el espejo y no me veo, de donde se me ponen los pocos pelos rígidos de punta porque conozco lo agorero, hago ejercicios múltiples de calistenia para mantener el cuerpo sano y a ver si encuentro por fin la piedra filosofal  ansiada por el mago galés Merlín, de resplandeciente color azul turquesa,  en que andaban empeñados los alquimistas de antaño como los profetas absortos de siempre, busco también con anhelo inusitado frutas y verduras a punto de consumo en el edén del jardín hogareño, y muchas veces por la tarde serena  y antes de la cena frugal, junto al cuerpo blanquecino de Amalia y además con la presencia emotiva de Priscila nos sentábamos a viajar en escape mental por la cortina del universo de los conocimientos, en una fantasía onírica de recuerdos y de anécdotas cercanas, donde casi siempre saliera a colación la tierna infancia de los trompos, las cometas y caballitos emplumados circenses de la época, o del sonoro por grave órgano de la iglesia colindante, en la acurrucada y tan sensible querencia de Halberstadt.
---- ¿Te acuerdas, Amalia, de las rabietas generosas de mi padre y la dulzura de mi madre, de Henrietta cuando aún era virgen, temerosa y no tenía desquicios de posesa mental, de los paseos por el campo invernal en épocas nevadas con los cuervos encima picoteando o en el azuloso amanecer del entretiempo en primavera, el juego del papagayo en que se las ingenia el gringo Franklin para concebir el pararayos  salvador, o cuando pasaron tantas tropas bigotudas del príncipe Guillermo que  dejan atrás una estela de cadáveres descompuestos y hediondos, imagen que después  me persigue y perseguirá por siempre en la sombra del trabajo profesional, y además  la amistad tan  fraterna y  juvenil con Otto Fugger, o el recuerdo emotivo de aquel traficante de monedas falsas que me incita en el viaje creador de la fantasía a la tierra baja de Welserland, y así muchos acontecimientos sorprendentes que en ocasiones con detalles tangibles he narrado a ustedes dos en el curso  valioso de la vida transmigrada?.
----¿Y acaso olvidas Priscila de ciertas travesuras de mocedad, de tu hogar cariñoso  en Muchinga, que a veces para variar el estilo incisivo llamas Muchilandia o Putiland, de las rameras variopintas del vecindario que entraban por la calle de arriba y los escándalos nocturnos marineros asediados de whisky barato y hasta de ron adulterado, de los interminables viajes alrededor de la esperanza vuelta realidad o espejismo, de cuántos hechos vividos entre tú, yo y un rosario de sombras vivientes en los escenarios tan cambiantes de La Guaira, con las enormes inundaciones barrialosas, las pestes epidémicas de mediados de siglo y los tiempos transcurridos con careta de guerra incorporada,  y los pocos momentos de paz?.
La pelea entre caudillos suspicaces había vuelto a ser comidilla diaria en el trajinar lento del país, porque esos jerarcas armados de violencia no se entendían para  nada en medio de las aspiraciones sempiternas de poder, y mientras la exportación global  de cacao y café nos salvó apenas del desastre y la hambruna consiguiente, a pesar de tantas deudas inciertas contraídas sobre todo con el empresariado industrial centroeuropeo de Alemania, desde épocas marchitas de la feroz Independencia y acrecentadas prontamente  por los conflictos bélicos internos, un nuevo signo de combate vino a sumarse a estos sutiles elementos en pugna, cual fue el asalto de extraños advenedizos lanudos, llamados chácharos por la jerga parlante, o andinos dolicocéfalos del confín fronterizo colombiano, que a machete sin vaina rociados de aguardiente  miche y canelita decidieron invadir y por primera  vez en la extensión gregaria nacional que nada conocían, ni siquiera durante  la lactancia mental parvularia. Por ello, en el  revestido con madera de cedro salón edificado al estilo bávaro, que utilizaba otras tablas regionales y troncos preferidos de talla, que no del perfumado sándalo, junto a la tierna Amalia y con la chimenea encendida mediante algún leño oloroso que impregna el ambiente de placer exquisito,  me di a la  tarea de  soñar al estilo del vidente Julio Verne  en lo que podía ser y no fue, en tantos experimentos inacabados,  como el mal de rabia canino, que no permite cuajar la sangre del herido, y en los próximos a emplear, como el suero permanente de vida que ofreciera al extinto doctor  Lander cuando  se opuso a dicho experimento, en el cuido de los jardines colgantes que no de Babilona  cubiertos de naranjos, melocotones, floridos durazneros, mandarinos chinescos, begonias, claveles, jazmines andaluces, hortensias, helechos, avispas en son de guerra, nardos, rosas o pálidas azucenas, y en la búsqueda apetecida del valioso tesoro metálico de sir  Preston con los signos enigmáticos aún por descifrar, lo que llegada la hora de los ejemplos críticos con pelos y señales consideré prudente a la prusiana  Amalia poner en el justo conocimiento de esta cascada  de hechos y circunstancias en tandas aparecidos con pasión..
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El servicial Genovevo, a quien en la chapa familiar doña Pancha le decía sin ambajes D’Artagnan, había muerto tiempo atrás, por causa de la edad y casi ciego aunque dedicado al regodeo carantoñoso del alcohol, y el gentil Quasimodo, que se mantuvo siempre etílico entre calientes tragos amargos de alambique zanjonero para evitar el frío coruscante habido en el cuadrangular  torreón  observatorio cargado de veinte y tantas escalinatas maltrechas, que domina con garra  opresora  aunque deprimida el abismo y el mar, allí se encontraba por cierto tan enfermo tendido sobre el casi pesebre belenita en que durmiera, que hasta la giba  le había decrecido en tamaño,  y el corto espinazo se hizo casi recto en un certero encanto o milagro de la naturaleza, sin contar aquello de que continuó  siendo desagradable  en su aspecto facial, todo picado de viruelas, de donde pensé a veces colocarlo en la mesa del laboratorio  operativo para practicarle  una  serena cirugía reconstructiva, aunque  ya mis fuerzas manuales y el temblor sucesivo no daban con el intento o afán exacto del asombroso bisturí. En las últimas jornadas en que lo pude ver y conversar  mediante monosílabos, sostenido entonces con un garrote de algarrobo macho entre las manos, e incluso conocedor a fondo del estado de su salud declinante por las razones pragmáticas y sicológicas provenientes de Amalia, le encontré cabizbajo pero no del ajustado cuerpo, justo antes de morirse de nervios, profundamente triste en medio de la crisis catársica y vicisitudes que de continuo sucedieran en su ya menguada existencia retraída, con el sueño pendiente de un cadáver encima, pues desde la amplia ventana de la torre de Pisa e inclinada bastante en el olvido absoluto de su ser, en momento de  absurda incontinencia razonable   imitando  al propio Ícaro decidió bajar rasante en vuelo exacto del otoño fetichista como paloma distraída  con el plomo bajo el ala y con ello en la suerte  que le toca decidió  saltar al vacío tan distante, pero tan distante, que ya nadie supo más de él, acaso ni los mismos zamuros mafiosos y eternos visitantes del castillo que tanto en vida le rodearon.  Por ello, para el alivio de sus restos si acaso aún existían,  supliqué a Priscila que como buen católico romano que era el suicida emocional jorobado, por  encima de tantas convicciones y vicisitudes  excluyentes en nuestro nombre le mandase  a ofrecer una eucaristía rezada y a la vez con ciertos cantos litúrgicos alegóricos sumados para su paso astral a un segundo nivel, todo ello a efectuarse  en el ennegrecido y salitroso pero reverenciado  oratorio del Santo Cristo de Maiquetía.
En las siguientes noches no pude más dormir, porque con signos premonitorios  en derredor me atenaceaba el coro de las almas perdidas en el reino de los muertos desterrados, el dedo erecto acusador de mi severo padre y atrás mi madre sugiriendo un consuelo lacrimoso, la inefable cariñosa Brunilda, cuya figura enhiesta a través de diversos símbolos de cita percibo claramente  por encima de los cristales de la estancia, el arriesgado Quasimodo con una risa sarcástica, satírica, onírica e irónica, y el borracho ejemplar Genovevo apurando siempre otro trago grado 33 a pico de botella; pero lo más desgarrante  de aquellas continuas y fundadas  secuencias de terror, entre las que destaca la batalla a palos de escoba jinetera de las hadas madrinas contra las brujas quisquillosas, fue la procesión  de  vampiros viajeros y enormes de color violáceo, entre  ellos divisando  a la papisa Juana, vecina de Aquisgran,  que en este Galipán confuso mediante el círculo cerrado a mi entorno y dirigidos por el astuto viajero príncipe de las tinieblas Nosferatu,  siguieron en un concierto de música ligera, a  lo Vivaldi o el Fausto de Gounod, y en el telón de atrás, el último de la macabra escena caprichosa en desarrollo pude ver definidas las cabezas sangrantes de Villalpando, que en curso  de posturas aberrantes varias aparecían en el juego de bolos a tumbar, y un saco de monedas maldicientes, como los claros perfiles de Mefistófeles, Belial y Lucifer, negros de la cintura para abajo, ardidos cual genios emprendedores del mal sempiterno, saliendo apenas de una gótica catedral compuesta de momias, esperpentos andantes en el recargo de lo grotesco y absurdo, de cráneos petrificados, otra galería de espejos en secuencia sin retratos o sombras y música de las estrellas espaciales, todo ello como parte de pesadillas recurrentes del  maltrato digestivo que me despiertan en sobresalto luego de caminar como ciego sin lazarillo, con los brazos de frente en calidad de sonámbulo, dormido entre laureles o dando vueltas circulares en la oscura habitación  y sobre el filo del machete que guardo en el recuerdo, conformando todo  ello  la  simple  manera de un enajenado acróbata sonámbulo.
Aquel señuelo depresivo en que me encuentro inmerso aunque  una banda de mariposas rosadas y otro enjambre de golondrinas azules pululen en juego zafio por doquier, lo comunico de inmediato a las siempre parejas de mi vida en cautiverio, o sea a Priscila y Amalia, que entonces para  detener encantos y bajezas me atiborran de elixir paregórico y gotas 5 fluidos, mientras reflexiono a fondo e ingiero un té hirviente del Himalaya, allá en el Indostán de las nieves perpetuas,, surtido con galletas de avena fibrosa al estilo prusiano y ahora  viviendo horas perdidas arrellanado en cómodo sofá, frente a la escasa chimenea ausente de calor.
Es tiempo de lanzar estandartes al aire, gaviotas al desgaire, mis pacientes amigas, en este inicio vigésimo del siglo a descubrir, porque las horas se van venciendo agolpadas en el implacable almanaque del tiempo y desde la lejanía oigo con insistencia que me llaman los ángeles premonitores del firmamento astral,  atenaceados por el demonio precursor  en cuatro patas con pezuñas,  de  todas las calamidades frontales existentes. Con el horrendo terremoto que acaece ese día decembrino anterior  y la gente enterrada medio viva, entre alaridos subterráneos y estampidas del Más Allá presiento entonces que más temprano que tarde en la otra faz universal del arco iris voy a despedir el discutido reino del ying para durante la carrera a emprender meterme de relleno entre tropiezos  en la fabulosa corte del yang, del shangri-la donde acaba sedado el dolor, para ingresar en la catarsis aristotélica de los deprimidos sin espera. Estoy pues tan cierto como Aníbal navegando en incómoda barca, con los dados batidos hacia arriba para poder cruzar  al sur del Rubicón crecido. Por eso, presento en el remanso de locos  las ideas dispersas o de las almas extraviadas entre el éter espacial, suplicando  que así como fuimos felices durante el ejercicio del tránsito terreno, lo seamos mejor para el momento en que  calculo partir sin retroceso hacia el confín de la esfera celeste, al más atrás del universo infinito, al imperio real de la luz fluorescente y  después de las estrellas rutilantes, donde nadie puede  desaparecer porque todo  es visto y apreciado  sin dificultad  en aquel mesiánico  y extraordinario  valle de Josafat.  En ese cofre  de los éxitos personales que custodio escondido a cuatro llaves de clave, en el laboratorio de los afanes científicos, como amparo también la manoseada y presunta calavera de Villalpando que encontrase  protegida bajo el colchón de retazos donde reposó caliente por  ajados años  el imberbe Quasimodo, y a buen resguardo  allí quedan cubiertos de toda perturbación  ambiental los tres sueros vitales que impedirán descomponer la materia terrícola del finado aquí presente, mediante la inyección oportuna e instruida  para  colocar  en el punto exacto de la vena yugular, todo  acorde con el pacto previo a fin de que  seamos eternos en el trío por siempre  a  reunir dentro de la vida galáctica, una vez  atravesemos el filtro espacial rumbo a otra etapa de  la presencia superior, quedando la huesa de despojos en el cementerio perpetuo o cripta de las momias en Galipán, donde en ese  huerto de lágrimas y  y hondos suspiros monjiles o monásticos  acorde con el decir sagrado  del  bendito fraile Lutero, habré de descansar  sin reclamos junto a mi  incomprendida hija Brunilda. Y luego de este discurso improvisado e hiperbólico por impecable, global, casi lapidario, convertido en el aviso último de las trompetas de Jericó, apuro un bistec de hígado crudo y viviente, de mi predilección, como lo que he saboreado  en tantos años de trajín, mas un par de rones añejos   rones añejos de Barbados para pasar el rato en la partida, y algo del jamaiquino de sir Morgan con que satisfacer el orgullo niestszcheano  interior, al tanto que deleito el espíritu supranatural tocando lo subyacente de Bach en clavecín y retirándome de inmediato como buen soldado  de la ciencia hacia el teatro palpitante del  laboratorio que ocupo, el de los triunfos y los avatares entre la oscuridad en sobresalto  y el  ansia del desafío perenne, mientras ambas mujeres de mi afecto en un juego de palabras pueriles se quedan remendando conjeturas polémicas, frente a la hoguera ahora incesante de la terca chimenea familiar.
Luego de trasponer el retablo ocultista y visionario que con amplitud  preside  el guerrero Thor, tan parecido con los rasgos volátiles y  la cara agria, infernal y convincente  del valeroso conde Drácula, cuya mirada profunda  en amistad debilita al interlocutor, me siento en el cómodo sillón del escritorio estilo victoriano perfumado entonces con buena cantidad de alcanfor,  jugando en ello con dos estimadas runas nórdicas,  siempre bajo el impulso soporífero del clavo ardiente y laberíntico sumido de lleno en el tesoro de Amyas Preston, porque afirma la mente comprensiva que la respuesta está clara en el mundo de conceptos estimados y el juego de esas  runas que conservo por siempre, de donde reconozco al instante  que preciso de la ayuda de alguno  convencido para  desentrañar el camino pendiente  hacia el minotauro, como de algún imitador del sortario Champollion, maestro en descifrar situaciones imposibles, o acaso de la calavera pensante del ahorcado al estilo Rodin, al tiempo que comienzan a desfilar mediando  la vista remota una constelación de  episodios marchitos y otra muchedumbre de circunstancias personales en que por algún nuevo canal apropiado de la telepatía y la evocación de los muertos con la fuerza nigromántica, casi encuentro el fondo del entierro hurtado a perpetuidad, mediante la emisión de fuegos fatuos o gases luminosos  superfluos, que en la transparencia del enigma el metal escondido despide  serios vestigios confirmantes de nuestro empeño firme y  en la tranquilidad sorda del lugar, respuesta por demás evasiva en esta noche  oscura  y tempestuosa a más no poder,  repleta de un concierto pletórico de truenos, rayos,  tempestades  o centellas modulares y tinieblas en que me hallo todo cubierto de medusas vivientes, figuras quiméricas y de gruesos ofidios marinos  envueltos en el croar acompasado de las ranas y el violento chillido de los grillos, como si vivieran cantando  en el desgarrador mito de Lacoonte. De continuo, en altos del camino recorrido y  a vuelta de  de una realidad imperceptible aparece Brunilda resplandeciente, siempre hermosa, adivinatoria, toda llena del esplendor de los cometas rotatorios, que con cierta vara mágica de prestidigitador y tomando con suavidad mi mano que ya no es, en fatal despedida de lo hogaño sobre carroza de caballos tersos donde percibo a Kaiser y a Bismark palafreneros,  me sube en ese medio iluminado fosforescente, y el nuevo profeta  Elías con rostro de cocinero siamés  que evoca a  alguno conocido  de La Guaira, en esa carrera veloz hacia la infinita bóveda celeste va apartando la noche confusa, opaca y sombría, reina del enclave  de los malos espíritus y el averno insondable, como  del tiempo de los sueños hipnóticos en retardo, a objeto de penetrar sin otras batallas compulsivas en el imperio universal de la aurora.
         A las doce en punto, para ser más puntuales con el cenit, dadas por un reloj cuco  de Basilea y  algo descompuesto  en el uso, al comienzo de aquel día gris encapotado, miércoles dos de enero de 1901, el de los tercos reyes magos orientales a punto de llegar, para traer una manta calurosa con los pies descalzos y en la intención de eludir el ruido impertinente por extraño, Priscila y Amalia  cogidas de las manos frías ingresan al recinto del laboratorio cubierto de expectativas cinerarias, donde me encuentran en posición inusual durmiendo el descanso eterno frente a la calavera ahora  garbosa del inglés  Villalpando, aún con el pecho velludo colocado encima de la mesa del despacho laboral, y al acercarse en lo posible animosas de curiosidad femenina perciben   asustadas la falta de respiración  ante  un espejo manual allí encontrado, que no marcaba el rostro, con el hallazgo indudable de otro muerto insepulto. Esa parte de la larga noche apagada aún por desenrollar fue en adelante confusa y de sollozos múltiples para ambas ninfas que me amaban de diferente manera, porque ya desprendido y vuelto al recinto eterno por el largo túnel escasamente iluminado de la paz y armonía védica que ahora transito separado del santón  profeta Elías, en el recorrido a la inversa voy  volando por encima del drama en moraleja que percibo y  puedo verlas a ellas por demás nerviosas e intranquilas, mientras descartada  la catalepsia que pudiera de pronto acaecer, inyectan el cadáver con el suero momificador y me visten y arreglan de rigurosa etiqueta familiar  para recibir en Buenavista algunos amigos alemanes de la intimidad, que vendrán a certificar lo del entierro a un lado del osario pulido de Brunilda y con vidrio indiscreto como visor complejo  de la posteridad que ahora por fin  encuentra definitiva posición. Fueron muchas las mañanas y tardes en que Priscila con sus penetrantes ojos verdes mendelianos  y Amalia a través de los azules nórdicos vikingos, se acercaron  al cristal de la fosa hendida para verter copiosos lamentos  glandulares del recuerdo permanente, los que al penetrar incisivos por las rendijas vidriosas del sarcófago me pusieron  en guardia permanente no fuera yo a dañar el cuerpo de mi momia  con la presencia específica de tanta humedad humanizada. Y mientras Buenavista se cubría de luto reverencial mis dos amigas angelicales no sabían que esa noche, luego de encendida la penumbra del espacio informal para el mundo que ahora represento iba a iniciarse todo un homenaje sin fronteras en mi honor.  A donde concurrieron personajes   tan distinguidos al  festín  preparado  de los cuatro puntos cardinales  artistas, hombres y mujeres de ciencia, como espectadores de valía  que en el terraplén superior interno del  laboratorio iban a festejar mi liberación exterior de ese mundo tan complejo en el que viviera  para ser ahora transportado hacia las estrellas sin límites, , pudiéndose así encontrar en este supremo homenaje al imprescindible conde Drácula, venido de París, oloroso a perfume y  de origen napolitano aunque viviendo  preferible en su amada Rumania, al impresionante suizo Víctor Franquestein, de origen  mejor napolitano,   el famoso austriaco y padre por ser primero del vampirismo titular, Jure Brando,  una representación grande del vampirismo escocés, otra representación importante  del mundo islámico, incluidos de famosos bailarines derviches turcomanos,  el bien amado y terrible Nosferatu, venido de Eslovaquia,  presente con sus características orejas grandes y manos descargando terror con las pezuñas, el imprescindible  terrorista y sabio conductor Boris Karloff,   la despampanante condesa y asesina de origen rumano y lésbica Isabel Bathory, el valiente pero tirano destructor gabacho  Giles de Rais, venido de París,  el tan amigo de Knoche,  conde de Orlok venido de su castillo cárpato y  con quien mantenía una correspondencia valiosa, el  sabio caraqueño militar  y excéntrico conocedor a fondo de la masonería gálica y de ciencias ocultas africanas (magia, alquimia, astrología) Antonio Ros de Olano, quien se excusó de su presencia  por enfermedad, su amigo el rey Carol de Rumania y Madame Lupescu, anfitriones de excelencia en otras ocasiones, y tantas otras personalidades mundiales de ese mundo especial que en lujosas carrozas aerodinámicas y por demás silenciosas asistieron estando   allí presentes en esa noche inolvidable  de recogimiento y la amistad armónica, donde hasta  los perros lobos gritones de Knoche  esta vez lucieron de un mutismo absoluto, todo lo que continuó con este lujo de detalles hasta cuando el primer gallo cantó para despedir a tan ilustres y valiosos visitantes.    
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                             Ahora vueltos a Buena Vista   diremos que Priscila y Amalia entonces  parecían hermanas casi gemelas en la ausencia total de doña Pancha, con la visita constante y laboriosa de lo morena hija de von Krassus, aunque tiempo después la enfermera que siempre tuve de compañía los años por ende la vencieron, muriendo muy delgada y por consunción extrema anoréxica en brazos protectores de Priscila, un bisiesto 29 de febrero, quien de acuerdo con el pacto convenido de atrás y aceptado por los tres soñadores del espacio frente a los rescoldos cenizosos de la chimenea y mediante el oportuno ceremonial luterano, con lápida de mármol,  colocando el nombre  en olvidados  caracteres góticos, y hasta el cristal retrovisor sepulta de verdad al último de los cuerpos en tormento  de  los faraones   aquende embalsamados, o sea al postrer de los habitantes de aquel nocturno castillo pétreo  y tenebroso por no decir dantesco, ahora  relleno de espantajos, con una redentora y oval cruz copta en la escalera, símbolo egipcio de la vida eterna, ya rotos sus vitrales artísticos, cubierto  de malezas hasta en patios por decir rupestres, siendo el jardín un desolado asiento de lagartos y de ruinas con historias de amor, a punto de convertirse  en cementerio de ilusiones decapitadas, mientras Priscila en rito alegórico de dejación entrega las llaves terrenas de aquel reino fantástico al cónsul porteño de Alemania o sea, el musiú Herr Welker, allí presente,  según sabia decisión preparatoria de la recién fallecida.
----Jamás quise pisar de nuevo tal recinto acastillado o mansión color azul turquesa, nimbada  de arco iris extraterrestres,  de leyendas escalofriantes y de muertos en pena, aunque cubierta  de melancolía parte de mi vida quedara allá enterrada  por siempre para cerrar   la puerta de  su memoria legendaria, agregó tiempo después y por escrito  la hermosa mulata barloventeña.                 
----Vuelvo así al transcurrir  rutinario y ardiente  de La Guaira, me escondo bajo un tamarindo frondoso, rodeada de marinos sin fronteras y menos de banderas, en un medio que ya no es el mío ni cosa parecida, las arrugas  corren como hormigas punzantes por la frente y el desaliento circula entre la sangre en  alboroto. Ando  en cosa parecida como otro sombie de cartuja,  sin aguja de marear, perdida la bitácora, separada del éxtasis, porque los anhelos y el ánimo terminan donde  cunde  lo imposible, la nada, mientras la comadre que apoya disparates de enantes viene a menos con lo absurdo, en un cronógrafo sin brazos, badajo ni cadena. Ya no sé o entiendo quién soy, aunque sigo pensando en God, el dios de los escandinavos  e hijo de Odín, que me atrae sin cese en los confines de la existencia, en un desandar ayuno de sentido. La vida, la de aquí no vale apenas un comino o riesgo de tomín y ni siquiera leo papeles amarillos salpicados de angustias pasajeras, mientras dirijo los aturdidos ojos  desde abajo y aferrada en la atracción magnética imposible de olvidar, hacia las alturas opacas de Buenavista. Es hora de la última cena, de escuchar o mejor entender la escasa melodía del telúrico violín, el aliento armónico y la pasión mística ensordecedora de Juan Sebastián Bach.
Ahora siento un frío horrible, telúrico,  mágico, angustioso que trasciende las entrañas marchitas, y entonces, ausente  de razón verdadera , en ese escaso recorrido hecho con fragmentos de soledad enciendo otra marcha nupcial y  me alejo en rumbo divagante hacia las altaneras playas del tranquilo balneario de Macuto, harto de soledad, siempre impregnada de un amor interior, imposible por ahora de describir. Sonámbula, cual la deslumbrante hechicera y pitonisa que joven conocí en los meandros inefables  de La Guaira, hija de cocinero luganés y experto cual ninguno en concebir postres caseros de elegancia, a quien llamaban en la profana fauna lugareña Alfonsina, al momento colmada de una  de fantasía poética como de prestas alas aguileñas para sobrevivir en el entorno, mientras repienso  entre  lágrimas y misterio que duran tres minutos, aceptando el  grito de dolor intenso y entonces  alzo las córneas cristalinas y afilo la nariz por enésima vez hacia el enhiesto castillo de Buenavista, envuelto al instante por un doble arco iris espectacular de múltiples colores, al tanto que corriendo el tiempo inexorable antes del anochecer de la vida, con los senos al aire e iluminada por los cantos silenciosos de las caracolas en tensión, seguida luego  en caravana por un ejército improvisado  de serviciales caballitos de mar y otras medusas complacientes, ahora ando  deslumbrante y de espaldas al mundo que se fue erecto como aquella mañana de febrero mantenida entre rocas, pues  voy así penetrando desnuda en la arena atractiva, con cálida apariencia y nada exenta de riesgos, para  concluir arropada del remolino turbio que en la locura atravesada  siempre  con el oleaje pertinaz empuja y arrastra  la materia hacia lo hondo del misterio abisal, la ilusión cromática oculta en el cuerpo de otra sirena, el torbellino de los recuerdos ahora en ebullición, donde por fin vaya al encuentro sideral de God, y así, cubierta con la gala imponderable del sacrificio dentro de la decisión desplegada corro para envolverme en un beso infinito o eterno donde fije mis entrañas con aquel hombre misterioso que a la buena de Dios conocí la mejor mañana de mi vida, en el esquivo e impetuoso malecón guaireño.
¡Auf wiedersehen!.    Amalia  Weiismmann  semejando en el  vestir  a una monja ursulina  de capucha  con el pelo cubierto, luego de recibir en su cumpleaños  a la colonia alemana de La Guaira, ya muy vieja y quejosa  murió en Buena Vista  a mediados de  1925, en edad provecta de unos 110 años y  en el mismo lugar, para no volver jamás, quedando  de recuerdo imborrable el bello e imponderable  misterio  de su amor prohibido con Knoche, pero eterno para nunca acabar. ( foto en Galipan con colonia alemana.)



RESUMEN  ANALÓGICO DE ESTE TRATADO EXISTENCIAL.
SANTERÍA. VUDÚ. CREENCIA NEGROIDE MEZCLADA  CON PRÁCTICAS CRISTIANAS Y RELIGIONES AFRICANAS ESTABLECIDAS  EN CUBA POR SEGUIDORES CUBANOS.
LA MARCA DEL DIABLO.  
CULTO DE MARÍA LIONZA Y SUS ESPÍRITUS. ES UNA REINA CON CULTO AFROVENEZOLANO EN UNA MONTAÑA DE SORTE YARACUY, RINDIENDO CULTO A HÉROES NATIVOS Y CACIQUES  DE EXCEPCIÓN, CON RITUALES DE ELEMENTOS YARUROS Y MÍSTICO TEOLÓGICOS. ES CONSIDERADA DIOSA DE LAS AGUAS Y COSECHAS Y SIEMPRE MONTA DESNUDA  SOBRE UN TAPIR O DANTA, NO SIENDO AGRESIVA.  TIENE EN SU HONOR QUE LA VENERAN A VARIAS CORTES CON CACIQUES SUMISOS Y SIRVIENTES.
SE ORIGINA DE UNA REALEZA ENDEMONIADA Y POR TANTO SACRÍLEGA.
RELACION HISTORICA Y CARACTERÍSTICAS  DE LOS VAMPIROS.
            EL INFRAMUNDO DE LOS GRANDES VAMPIROS.
NO SOPORTAN LOS SÍMBOLOS CRISTIANOS Y MENOS LA CRUZ.. También su naturaleza es demoníaca Y POR TANTO  SACRÍLEGA. EN CHILOÉ Y GALÁPAGOS HAY PRESENCIA DE VAMPIROS, COMO EN CAYENA FRANCESA. NO PUEDEN SER VISTOS NI OÍDOS CUANDO ESTÁN DORMIDOS.
EL LIBRO DE NOD. ESTABLECIMIENTO AFRICANO SITUADO AL ORIENTE DEL EDEN.  EL TEXTO FUE RECOPILADO EN CINCO TOMOS.. ES LA BIBLIA DE LOS VAMPIROS. REMONTÁNDOSE AL PRIMERO DE ELLOS EN SUS ORÍGENES, DESDE CAÍN CON LA MUERTE TRÁGICA DE SU HERMANO ABEL, SIENDO EL PRIMER ASESINO DE LA HUMANIDAD.  DENTRO DE UN TERRIBLE  EQUÍVOCO PROBADO  EL CRONISTA NOD VIVÍA ENTONCES. ASÍ CAÍN SACRIFICÓ AL HERMANASTRO ABEL COMO UNA OFRENDA A  DIOS.   HABÍA ENTONCES VAMPIROS MATUSALENES MAYORES QUE SE ALIMENTABAN DE HUMANOS.
CAÍN CONOCE A LA MAGA Lilith EN EL EXILIO, , tiene tres hijos  VAMPIROS QUE LUEGO ASESINAN, FUNDA A ENOCH QUERIENDO HACERSE REY,  Y DESPUÉS  DESAPARECE EN EL DESIERTO.
VAMPIROS DETESTAN LOS SÍMBOLOS CRISTIANOS Y SON INMUNES AL HIELO,  FUEGO Y VENENO..

                       LA VAMPIROLOGIA.
COMO SON  SERES SIDERALES MUY UNIDOS QUE VIAJAN POR ENCIMA DE LA VELOCIDAD DEL SONIDO,  CON HISTORIAS RESALTANTES QUE AHORA Y A TRAVÉS DE ESTUDIOS PORMENORIZADOS SALEN A FLOTE PARA EL CONOCIMIENTO DE LA HUMANIDAD, TRATARÉ A ESTOS PERSONAJES EN CONJUNTO,  MIENTRAS USTEDES  COMO AMANTES DEL SABER RACIONAL  ATAN CABOS  Y ANALIZAN LA IMPORTANCIA DE LOS MISMOS, TRATANDO ASÍ DE UNIR O COMPACTAR ESTOS SABERES ESCONDIDOS DESDE TIEMPO ATRÁS POR INTERESES BASTARDOS FUERA DE LA REALIDAD  QUE SE OPONEN A ELLO PERO QUE EN NUESTRO MUNDO ACTUAL DE LA RAZÓN NO SE PUEDEN ESCONDER.  
IMÁGENES DE BRUJAS, BRUJOS FAMOSOS SE ACOMPAÑAN DE TELEQUINESIS..  EL PRESIDENTE CHÁVEZ, QUE ERA SUPERSTICIOSO, USABA BRUJERÍA Y SANTERÍA CUBANAS CON SESIONES DE ESPIRITISMO en su palacio de Miraflores.), DIABLOS, FANTASMAS Y VAMPIROS ETC.. LA BRUJERÍA ES ENERGÍA NEGATIVA CON POTENCIA ASTRAL, PARA HACER DAÑOS MEDIANTE HECHIZOS. BABALAO  ES SACERDOTE AFRICANO YORUBA, AHORA ENTRENADO EN CUBA.
IMAGEN DEL DIABLO O MEFISTO, SATANÁS (ADMIRABA AL IRANÍ ZOROASTRO EN SUS ESTUDIOS DE LA ETERNIDAD), DEMONIO. MANDINGA, BELCEBÚ, ASMODEO,  ETC. MANDINGA O ESPÍRITU DEL DIABLO ES DIOS AFRICANO FUNDADOR DE IMPERIOS, HOY MUY  EXTENDIDO SU LENGUAJE DIALECTAL   POR AFRICA DE GUINEA, MALI Y SENEGAL,  BAJO LA INFLUENCIA ISLÁMICA. SU LENGUA  PATRIMONIAL  ES LA MÁS DIFUNDIDA POR EL ARDIENTE ÁFRICA.

CASTILLOS DE WESTFALIA Y RENANIA, SON MUCHOS VISITADOS EN SU MOMENTO  POS ESPÍRITUS ALADOS, ZOMBIS TRAÍDOS DESDE HAITI  O NIGERIA Y OTROS SERES DE ULTRATUMBA..
CANAIMA. TEMIDO DIOS DE LA SELVA. LUGAR MÁGICO EN EL CORAZÓN DE LA SELVA VENEZOLANA. CONCURREN ALLÁ ÁNGELES Y DEMONIOS PARA EFECTUAR RITOS MÁGICOS SOBRE  UNA CASCADA O SALTO ÁNGEL,   EN CATARATA SIMBÓLICA QUE ES LA MÁS ALTA DEL MUNDO.
                                PERSONAJES VAMPIROS
JURE GRANDO. NACIO EN KRINGA CROACIA MAR  ADRIÁTICO (FOTO). PRIMER VAMPIRO HISTÓRICO DE LOS NUEVOS TIEMPOS RECONOCIDO A NIVEL MUNDIAL. ES VENERADO EN LA REGIÓN, DONDE SE LE VISITA Y COLOCAN FLORES, MANTENIENDO  LÁPIDA DE MÁRMOL Y AÑO DE SU MUERTE 1664, CON LOS TRES SIGNOS DE LOS CUALES SEIS DESCENDIENTES (6, 6, 6), TALLADOS EN VERTICAL SOBRE SU CABEZA.
NATURAL DE ISTRIA, MAR ADRIÁTICO. ES CONSIDERADO EL PRIMER VAMPIRO  CON marcado HISTORIAL HISTÓRICO RECONOCIDO.
NOSFERATU (FOTO).
 CONOCIDO TAMBIÉN COMO CONDE DE ORLOK, ES CADÁVER  VIVIENTE.  CRIA ANIMALES RAROS PARA COMERLOS, COMO TRAÍDOS DE LEJANAS GALAXIAS. CHUPA SOLO SANGRE HUMANA CALIENTE, DE HUMANOS VIVOS,  A VECES CON UNA PIZCA DE SAL.  CON GIBA Y PASO LENTO, ERA   transilvano, SIENDO TOSTADO DEL CEREBRO, PUES ESCUCHABA VOCES INTERIORES DE MANDO   QUE NO PODÍA ENTENDER. FAMOSO EN EL MEDIO VAMPÍRICO. ES DESGARBADO, DE POCO CUIDO EN SU PRESENCIA, OREJAS LARGAS Y AFILADAS,  Y TAMBIÉN CON MIRADA OSTIGANTE QUE PENETRA DE VIEJO AL ESTILO DE DRÁCULA. SE LE TENÍA PAVOR. USABA DIEZ UÑAS AFILADAS PARA AHOGAR A LAS VÍCTIMAS. MUERE QUEMADO POR EL SOL EN  SU TÉTRICO Y EMPINADO CASTILLO  QUE ANDA YA  RESTAURADO. VIVÍA SOLO Y CON TODA COMODIIDAD  DE PREFERENCIA EN SU ATERRADOR  (SALAS DE TORTURA) Y EMPINADO   CASTILLO DE ORAVA, CONSTRUIDO EN SIETE DÍAS CON APUESTA DEL DIABLO LUCIFER,  EL  RÍO QUE BAÑA SU BASE, CRUZA CERCA DE Eslovaquia y Polonia.
CONSTRUIDO SOBRE TRES ROCAS AL LADO DE ESTE CAUDAL, HOY RENOVADO POR ENTERO (FOTO). TIENE VARIAS TORRES DEFENSIVAS, FOSO Y PUENTE LEVADIZO, CON CAPILLA BARROCA DE ORLOK O NOSFERATU.

                 CONDESA ISABEL BATHORY .
BELLA CONDESA TERRIBLE y llena de odio QUE   TERMINÓ EN LESBIANA CORROMPIENDO MUJERES POR CREERSE ÚNICA EN BELLEZA Y LLEGANDO A SACRIFICAR A MILES DE COMPETIDORAS, EN ESPECIAL CON DONCELLAS VÍRGENES. ADEMÁS PRACTICA LA MAGIA NEGRA.  SU ESPOSO Y APUESTO BARÓN   GILLES DE RAIS  (FOTO), SICÓPATA  SANGUINARIO LLAMADO BARBA AZUL Y CONOCEDOR  DE TAL DESASTRE AL REGRESO DE UNA CAMPAÑA MILITAR CONTRA LOS OTOMANOS  POR ELLO LA CONDENA  A MORIR EMPAREDADA EN SU PROPIO CASTILLO. DE ORIGEN HÚNGARO Y FAMILIA PODEROSA.  SE BAÑABA EN LECHE COMO POPEA.
AMIGO DEL DOCTOR KNOCHE
VÍCTOR FRANQUESTEIN. EL ERUDITO  DOCTOR FAUSTO (FOTO)  LE VENDIÓ SU ALMA AL DIABLO A CAMBIO DE CONOCIMIENTOS Y SABIDURÍA..
KNOCHE MURIO EN BUENA VISTA EL secular amanecer del VIERNES  2-1-1901. CANCERBERO, ERA UN PERRO  VIGILADO POR CARONTE, CON DIENTES AFILADOS CUIDA DEL INFIERNO EN SU ENTRADA CASUAL TANTO DE NOCHE COMO DE DÍA. DE 1844 AL 46 KNOCHE, QUE ERA ALQUIMISTA CONSUMADO,   construye SU PALACIO  DE  Buena Vista AL ESTILO DE SELVA NEGRA, MIENTRAS ESTUDIA EL FLUJO SANGUÍNEO SIDERAL DE MIGUEL SERVET.. TRAJO MUCHOS INVITADOS A LA INAUGURACIÓN. MEDIANTE VÍAS DESCONOCIDAS POR SATELITALES Y ACASO FESTEJANDO CON LA CEREMONIA ORGIÁSTICA DE   HALLOWEEN.  LOS PERROS QUE CUSTODIABAN EL MAUSOLEO DE KNOCHE  ERAN TRISTÁN E ISOLDA, LLAMADOS MEDIANTE  UN SONIDO EN DECIBELES  PENETRANTE,  LENTO Y  ESPECIAL
PLANES CIENTÍFICOS DE KNOCHE. ESCUDRIÑAR EN LA GUERRA MICROBIANA   DE LAS GALAXIAS YA EMPRENDIDA, COMO MEDIR DISTANCIAS MATEMÁTICAS  ESPACIALES PARA FUTUROS VUELOS ALEJADOS DEL COSMOS RUMBO AL FIN DE NUESTRA GALAXIA. ESTE CIENTÍFICO  ESTUDIOSO PREPARABA UN LÍQUIDO A BASE PRIMARIA  DE ALUMINIO MALEABLE,  PARA ALARGAR LA VIDA EN SOLEDAD  ESPACIAL.

JURE GRANDO,  CROATA.  ES EL PRIMER VAMPIRO CONOCIDO. QUE SECUESTRABA NIÑOS. HOY ES VENERADO EN ISTRIA MEDIANTE  ROMERÍA  POR CREYENTES. FRENTE A SU LÁPIDA LOCAL,  DE 1656. Natural de ISTRIA. CERCA DEL MAR ADRIÁTICO.
Preservar cadáveres para CONVERTIRLOS EN MOMIAS. Momificándolos.  Príncipe de las Tinieblas.    Mula Tirolesa y caballo KAISER,  blanco, OBSEQUIO  DE Knoche  ENVIADO DESDE LAS ALTURAS DE GALIPAN   PARA EL CONDE DE ORLOK, QUIEN VIVE EN LOS MONTES CÁRPATOS DE TRANSILVANIA. EL SUERO USADO POR KNOCHE EN ESTE CASO ERA EL CLORURO DE ALUMINIO, INYECTADO CON LENTITUD.

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CASTILLO DE BRAN. (FOTO) ORTODOXO, ERIGIDO POR LA ORDEN TEUTÓNICA  EN LA ACTUAL RUMANIA,  ENTRE TRANSILVANIA Y VALAQUIA  DE CONSTRUCCIÓN GÓTICA, DEFENDIÉNDOSE CONTRA LAS HORDAS TÁRTARAS Y PARA AUYENTAR  AL DEMONIO ISLÁMICO. LLAMADO  SHAITAN, CONTRA LAS TENTACIONES ABSURDAS DEL MUNDO, DEMONIO Y LA CARNE
OLEO DE VLAD TEPES (FOTO) PRÍNCIPE DE VALAQUIA, SUR DE RUMANIA. DESAYUNA CON SANGRE DE CERDO FRESCA, DESOLLABA A SERES VIVOS PARA BEBER SU SANGRE,  PORQUE ELLO DABA FORTALEZA. CON EL SOBRENOMBRE DE DRÁCULA Y SU ESPADA BLANDIENDO SE HIZO INMORTAL. AL FINAL FUE DECAPITADO. IGUALMENTE TENÍA FRENESÍ POR LA CARNE DE CHACAL, AL ESTILO DE LOS LOBOS LICÁNTROPOS.
MONSTRUOS ALADOS. MUY PELIGROSOS, PORTADORES DE VIRUS,  CON ORIGEN INCIERTO, ACASO  VENIDOS DE  VENUS,  PROVIENEN EN BANDADAS  DEL MAR, CON GRANDES GANCHOS DE PICOS,   DESDE TIEMPOS PREHISTÓRICOS. HAY VAMPIROS VERDES, AÚN DESCONOCIDOS Y YA  EN ESTUDIO DETENIDO.
NACIDA EN 1.660. CONDESA ISABEL  BATHORY (FOTOS). EJECUTÓ A 650 MUJERES MÁS BELLAS QUE ELLA. ELLA A SU VEZ LUEGO  FUE EJECUTADA.
HENRRIETTA,  ESPOSA DE KNOCHE, Y POSESA MENTAL, DE UNA BLANCURA  ANÉMICA INIGUALABLE ESTUVO 16 AÑOS VIVIENDO EN VENEZUELA. ALLÍ EL DIABLO LUCIFER SE LA GANÓ CONVIRTIÉNDOLA EN ESCLAVA.
LUCIFER TOMA CHAMPAÑA EN REUNIONES DE COLEGAS.   ERA ÁNGEL POR DÍSCOLO CAÍDO Y EXPULSADO DEL CIELO. DADA SU REBELDÍA A LAS LEYES DIVINAS, CORTÁNDOLE PUNTAS DE LAS ALAS PARA EVITAR QUE HUYERA..  DEMONIOS Y DIABLOS. 
CANCERBERO. PERRO CUIDADOR DE LA ENTRADA AL INFIERNO. MANDINGA, DIABLO DE AFRICA OCCIDENTAL ESTABLECIDO EN AMÉRICA,
CASTILLO DE NOSFERATU.  FOTO. Alto, giboso, de paso lento, orejón,
CASTILLO DE DRACULA, LLAMADO  DE GRAN. FOTO.
PRISCILA DE OJOS VERDES. DE ACUERDO CON  ANTIGUAS FÓRMULAS EGIPCIAS  KNOCHE USABA  POLVO DE MOMIA (MUMIA) MEZCLADA CON RUIBARBO  PARA MOMIFICAR. LA CRUZ CRISTIANA PARA EL VAMPIRO ERA TERRIBLE, QUE LO  DEFORMA EN VIDA.
FORMOL,  ABUSA CON CADÁVERES.  VAMPIROS SON  ERÓTICOS DE SEXO.
CONDE ORLOK. AMIGO DE NOSFERATU,  EN CUYA CASA LLEGA A VIVIR.  DUERME EN SARCÓFAGO ESPECIAL. ERA TRANSILVANO. PASABA TEMPORADAS EN SU CASTILO  SITUADO EN WISBORG.  ESTUVO DE VISITA EN BUENA VISTA, EN DIÁLOGOS CIENTÍFICOS CON EL DOCTOR KNOCHE.

BELA LUGOSI (FOTO). DE MIRADA ELECTRIZANTE E  HIPNÓTICA EN VERDAD POR CAMBIOS GENÉTICOS FAMILIARES DE ANTAÑO   SE TRANSFORMA EN   EL FAMOSO CONDE DRACULA. TENÍA SOCÍAS PARA CIERTOS MOMENTOS    OPORTUNOS.

MANDINGA. (FOTO) O MANDEN. ESPÍRITU DEL MAL DIABLO DEL OESTE AFRICANO QUE APARECE Y DESAPARECE DE PRONTO. FUNDADOR DE IMPERIOS. POR SU EXTENSO Y DIFÍCIL TERRENO ALGUNA VEZ VIENEN ACOMPAÑADOS DE BUITRES.   DE LENGUAJE ABSTRACTO IRRECONOCIBLE   SU  CULTO PASÓ A AMÉRICA EN EXTRAÑOS RITUALES DE SOSTÉN  DISEMINADO EN ISLAS DEL CARIBE (SANTERÍA, ETC.).

MOLOCH. DEMONIO DE FENICIOS Y LADRÓN DE EXPERIENCIA,. CON CABEZA DE TORO SACRIFICABA NIÑOS.  KNOCHE PENSANDO EN LA GUERRA DE LAS GALAXIAS QUE VENDRÁ ESTUDIABA LA ATMÓSFERA Y LAS CUMBRES BORRASCOSAS ESCOCESAS QUE LO INSPIRABAN   EN LA TIERRA DE LOS VAMPIROS.   
DANZA DIABÓLICA EXISTE EN HIGUEROTE (YARE) DE VENEZUELA, COMO TAMBIÉN APARECEN MONSTRUOS ALADOS EN CAVERNAS COMO LA DEL GUÁCHARO. EN LA ISLA DE MARGARITA A MUCHOS MENORES LES LLAMAN (“HIJO ER DIABLO”).
HOMBRES LOBOS EN LUNA LLENA ERAN  FEROCES E INSATISFECHOS,   DE OJOS VERDIAZULES  QUE AMAN  LA NIEVE  ANTES DE PERSEGUIR A VÍCTIMAS. GLORIFICADOS ELLOS POR EL MENTALISTA LON CHANEY. ALGUNA VEZ BAJO CIRCUNSTANCIAS EXTRAÑAS LLEGARON A CIRCUNVALAR  LA MANSIÓN DE BUENA VISTA AULLANDO SIN CESAR Y CON GRITOS ACOMPASADOS DE HENRRIETTA.  SE ENTENDÍAN CON LOS VAMPIROS VIEJOS..
DERVICHES  ERAN  TURCOS  QUE BAILAN POR HORAS  SIN FIN. EDGAR ALAN POE LOS CANTABA EN MEDIO DEL  TERROR CUANDO DANTE  VIAJÓ CON BEATRIZ AL FONDO DEL INFIERNO.
                      LISTA DE VAMPIROS FAMOSOS.
ALGUNA VEZ EL PRESIDENTE AMERICANO ALBRAHAN LINCOLN TUVO QUE VER CON ELLOS.
LOS VAMPIROS DE ESCOCIA (viajan por Groenlandia vía el Canadá y los Estados Unidos. YA AMAESTRADOS HACEN COFRADÍA PARA DIVIDIRSE  EL MUNDO HUMANO.  ERAN TAMBIÉN CANÍBALES. SE ORIGINAN EN HAITÍ  con el Vudú africano DESDE TIEMPOS DE LA ESCLAVITUD.  NO TIENEN CONCIENCIA DEL DOLOR NI MENOS LO SIENTEN.
ZOMBI  ES EL  MUERTO VIVIENTE REVIVIDO MEDIANTE RITOS MÁGICOS EN ESTADO DE MUERTE APARENTE. CARECEN DE ALMA Y DE VOLUNTAD.
VICTOR FRANQUESTEIN. (FOTO) MÉDICO ANATOMO PATÓLOGO. NACIÓ EN 1816. INVESTIGA EL PRINCIPIO DE LA VIDA. ERA SUIZO  DE GINEBRA. VISITA A KNOCHE EN BUENA VISTA Y ÉSTE LE DEVUELVE  ESA ATENCIÓN ESPACIAL POCO ANTES DE MORIR..  FRANQUESTEIN  CREA EN INGOLlSSTADT un ser con restos humanos y animales. APASIONADO POR LA CIENCIA Y LOS SECRETOS DEL CIELO Y DE LA TIERRA. FUE UNA PERSONA CREADORA DE TERROR, O SEA UN VERDADERO MONSTRUO MECÁNICO QUE USABA CIERTAS DROGAS O RECETAS ANTIGUAS  Y TENÍA VIDA MEDIANTE  DESCARGAS ELÉCTRICAS AL ESTILO CREADOR  DEL VISIONARIO JULIO VERNE, PENSANDO EN EL ASESINATO COMPULSIVO Y   CRUZÁNDOSE MISIVAS PARA ELLO CON SU ALTER EGO Y BUEN AMIGO BORIS KARLOFF. ERA PROFANADOR DE TUMBAS. TIENE SU CASTILLO EN DARMSTAD, ALEMANIA..

GILLES DE RAIS. APUESTO DE PRESENCIA Y GRAN LUCHADOR CON SU ESPADA. (FOTO)

FOTOGRAFIAS.
NOSFERATU. FOTO.
GILLES DE RAIS FOTO.
DRACULA FOTO.
ELIZABETH BATHORY, (FOTOS)
CONDE ORLOK. TRANSILVANO. Vivía EN su castillo de Wisborg (LUBECK, ALEMANIA).  HABITA EN  LOS MONTES CÁRPATOS. SOLO Y EXCÉNTRICO, SE ACTIVA DURANTE LA NOCHE OSCURA PERO NO DUERME. ES BUEN AMIGO DEL CONDE DRÁCULA. TIENE UN MUSEO ESPECIAL CON CAPILLA, SALA  DE ARMAS, BIBLIOTECA, PINACOTECA. ALLÍ VIVÍA ORLOK RODEADO DE FIELES VAMPIROS A SU SERVICIO, QUE LO RESPETABAN EN SUMISIÓN. ADEMÁS MANTUVO UN FIEL DRAGÓN ASIÁTICO  ESCUPE FUEGOS A SU SERVICIO ESPACIAL, HERMANO DE OTRO LLEGADO DE INDONESIA AL QUE LLAMARA KOMODO,  PARA SUS ESCAPADAS NOCTURNAS  Y  OTROS ENCARGOS ÍNTIMOS CONFIADOS.
ÍNCUBOS Y SÚCUBOS. SON DEMONIOS SEXUALES QUE ATACAN A MUJERES Y TIENEN PODERES MÁGICOS. ROBAN SEMEN ANIMAL PARA SU PROPIA FECUNDACIÓN.
CASTILLO DE PELES (FOTO) CONSTRUIDO EN SINAIA, RUMANIA, RESIDENCIA VERANIEGA Del rey  CAROL DE RUMANIA Y SU PAREJA REAL MADAME LUPESCU. ESTUVO PROHIBIDO VISITAR DURANTE LA OCUPACIÓN RUSA DE RUMANIA. BELLO PAISAJE MONTAÑOSO. SU EDIFICIO TIENE TODAS LAS COMODIDADES REALES POR SU ALTA INVESTIDURA Y CONSTRUCCIÓN (ELECTRICIDAD, SALONES DE BAILE,  DE JUEGO, SALÓN DE RECEPCIONES, COMEDOR DE INVITADOS, TELESCOPIO, ETC. NOTA. EL AUTOR DE ESTE LIBRO VISITÓ DICHO  CASTILLO EN 1953, EN COMPAÑÍA DEL DIRIGENTE Y LÍDER UNIVERSITARIO CUBANO  CHILO.
                                    
                                           SATANÁS EN SU COMBO.




SATANÁS. foto ENCARNACIÓN SUPREMA DEL MAL. ORGULLOSO Y PEDANTE, CORNUDO, PLEITISTA, GUAPETÓN,  VIVE EN EL MUNDO INVISIBLE ESPIRITUAL AUNQUE EN DECADENCIA. ES SÁDICO Y PERVERSO CON LOS SUYOS,  PROVISTO CON COLA DE SERPIENTE, POR LO QUE SE LE CONDENA A VIVIR EN EL AVERNO SOLITARIO DEL INFRAMUNDO, MORADA DE LOS MUERTOS, donde conoce al Dante. KNOCHE VISITÓ AL MALIGNO  CON TRAJE ESPECIAL PRESURIZADO ANTES DE MORIR. LUCIFER  SALE  POCO Y VIAJA MENOS  HACIA EL ESPACIO EXTRATERRESTRE RUMBO A ESTRELLAS LEJANAS DE LA CUARTA GENERACIÓN..

              Lápida     funeraria del doctor Knoche en Galipán.

LA MARCA DEL DIABLO ES INDELEBLE. PARA CERRAR EL PACTO A TRAVES DE HECHICEROS.
EL LIBRO ROJO DE SATAN.  PACTOS CON SELLO REAL DEL AVERNO..
ISABEL LA CONDESA SANGRIENTA VIVIÓ A TODO LUJO EN EL  CASTILLO DE CACHETICE.
TEXTOS PARA INDAGAR  SOBRE VAMPIROS: FANTASMAS.  BRUJERÍA. LEVIATAN.  SANTERÍA AFRICANA.
ASMODEO. VIENE DEL ZOROASTRISMO  PERSA E IRANÍ.  TRATÓ CON EL REY SALOMÓN EN BUSCA DEL DEMONIO. ENGENDRÓ DEMONIOS A SU VEZ CON NUESTRA MADRE EVA, LA MUJER DE ADÁN, INCLUIDOS DE ORIGEN CELTA Y NACIDOS  DIFUNTOS.
HOGUERAS FRENTE A CASAS ENCANTADAS PARA SACAR ASÍ AL SOCARRÓN Y TRAVIESO DIABLO COJUELO, SATÍRICO,  REVOLTOSO, PICARESCO E INFERNAL, QUE SE AMISTABA CON  BRUJAS Y HECHICEROS, MEDIANTE CONJURS EXPRESOS.  LEVIATAN Y MOLOCH  ERAN DIABLOS TRAVESTIS, AMANTES DE LOS JUICIOS DE BRUJERÍA, LO QUE APLICABA  MUCHO EL TRIBUNAL JUDICIAL  DOMINICO EXISTENTE EN TRUJILLO DE VENEZUELA.  
EROTICO, RAÍZ DE ORIGEN GRIEGO. SÍMBOLO DEL DESEO CARNAL
EXISTE EN AMÉRICA  UNA GRAN COLONIA DESCENDIENTE  DE NATIVOS DE ÁFRICA OCCIDENTAL, QUE PACTAN SU ALMA CON MANDINGA. VIENEN DEL NIGER Y DEL CONGO. (POSESION DEMONIACA. ESTUDIAR A GRIMORIOS).  VER AQUELARRES,  EXORCISMOS (“HIJO ER DIABLO”, ENGAÑOSOS EL MALIGNO, DICHO EN ISLA DE MARGARITA. EL DÍA DE LOS MUERTOS SE CONMEMORA EN AQUELARRE, PADRE DE LA NEBLINA.
MOLOCH O DIOS FENICIO CON CABEZA DE TORO. TRES INTÉRPRETES DEL MUNDO, DEMONIO Y CARNE. SON ÁNGELES  CAÍDOS FUERA DE JERARQUÍAS.
GRIMORIOS DE MAGIA OCULTA, PERSEGUÍAN A LAS BRUJAS. QUE ERAN SOMETIDAS A MARTÍRIOS. LOS DEMONIOS ERAN PROLÍFICOS EN LA DESCENDENCIA. LA CAZA DE BRUJAS ERA EN COMPETENCIA PERMANENTE.
LA BATALLA  ERA CÓSMICA CONTRA LO MALÉFICO.  ASÍ ESPÍRITUS ADVERSOS  ATACABAN A JOB PRETENDIENDO COMPRARLO. Y ARHIMAN EN OCASIONES DE TRANFORMA EN SATAN. LA GUADAÑA SIGNIFICA MUERTE PRESENTE.
LOS DE CULTURA GÓTICA DE TERROR SE VISTEN CON TRAJE NEGRO. EXISTEN VAMPIROS VERDES EEN OTRAS GALAXIAS.
Ojo VER MÁSCARAS DIVERSAS.

BUSCAR ALTERNATIVAS DE DEMONIO SOMBI, BRUJERÍA,  RITOS SATÁNICOS PRECEDIDOS DE MISAS NEGRA,  CON CALAVERAS INCLUÍDAS, Y SAHUMERIOS EXITANTES,  CON ORACIONES COMPUESTAS A SATANÁS, 

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