sábado, 4 de febrero de 2012

PORQUÉ NO QUIEREN LOS PERUANOS A SIMÓN BOLÍVAR.

Amigos invisibles. El tema como verán es candente, pero el título aquí expuesto refleja con exactitud lo que ha pasado sobre la Historia de Bolívar ocurrida en el Perú, lo que llevara al dicho país a exhibir cierta actitud cada vez más antibolivariana, al extremo que dentro de una verificación de los hechos en la actualidad la mayoría de quienes transitan por el camino de su gloria son contrarios a las trémulos pasos llevados por el caraqueño durante su vivir en aquel importante y extenso país, que era un virreinato pujante antes de someterse bajo su difícil mando, y ya en este período como Presidente y Dictador del Perú fueron tantos los desatinos ocurridos como los desmanes pasados, que en el balance final de aquel embate autoritario por cierto convulsionado y lleno de rencores de ambos bandos, que finalmente dieron al traste con la buena idea inicial  que se tenía sobre el caraqueño, al extremo que al término del duro mandato y cuando debió partir rumbo a Colombia  su carisma, salvo en las ociosas mujeres y ciertos adulantes de oficio  y beneficio, había descendido casi al extremo del suelo, por lo que salió del ámbito peruano y como se dice, sin pena ni gloria, sin plumas y cacareando, o con las tablas en la cabeza, para usar expresiones callejeras que pueden ser atinentes a este caso. Ya verán ustedes porqué  así me refiero.
    Ingresemos en el tema por partes, para mejor entender la trama establecida con el antes de los acontecimientos, es decir, desde cuando Bolívar ya sintiéndose fuerte en la batalla por convenir con los españoles en Trujillo de Venezuela sobre la suerte de estos países en busca de bandera, y porque acaece la sortaria batalla de Carabobo donde se luce el general Páez y se le da fuerza legal a Colombia con la constitución de Cúcuta, que vino a ser el principio del fin de aquel país imaginario que nació y murió en brazos de Bolívar, una vez que todos estos antecedentes  fueron llevados a buen puerto, por el ahora de aquel tiempo, al caraqueño triunfante se le presenta la disyuntiva de seguir avanzando para poder contener el león ibérico que bien vivo y despierto se hallaba al sur del Ecuador, por lo que de inmediato prepara un ejército para iniciar la llamada Campaña del Sur, con oficiales de su confianza como el futuro mariscal Sucre y la ausencia del general Rafael Urdaneta, destinado a otros fines por causa de su recurrente enfermedad renal. Así las cosas y dejando encargado al Vicepresidente de Colombia, general Santander, el caraqueño emprende el Camino del Sur que entre triunfos, riesgos y fracasos le llevarán por la monarquista Pasto y la grave situación que sobrevive en Bomboná, para amanecer en Quito, donde ya le ha limpiado el camino espinoso el inteligente general cumanés Sucre, que de allí en adelante se destaca como gran estratega de la guerra.
    Pero aquí en la mitad del mundo y al pié del Pichincha Bolívar por información retenida empieza a cavilar sobre el poderoso virreynato peruano, al que debe afrontar no solo con las armas sino con el pensamiento, puesto que todos los peruanos son fieles a su amo y señor el rey de España, y porque las diversas castas y clases sociales viven felices en un inmenso país que es frontera desde arriba de Guayaquil hasta bien hacia el sur de Chile y la inmensa mole andina que se llama el Alto Perú, donde el oro y la plata que dan felicidad y bienestar, corren por doquier, razón suficiente para que la figura de Bolívar y de los suyos, que iban a sembrar desasosiego en aquel país colonial de distinción, era desde luego muy mal vista. De aquí que el caraqueño ensimismado en su proyecto libertario al estilo maquiavélico prepara el desmembrar dicho extenso territorio para obtener tajadas de favor a su campo, que se agregarán al país del cual es Presidente, o sea a Colombia, de donde con vivezas políticas y diplomáticas hace que Guayas y Guayaquil, como otros lugares interioranos se pronuncien para unirse a Colombia, lo que se lleva a cabo mientras el desconcertado general San Martín queda estupefacto de los hechos, y ante la jugada inesperada que el caraqueño le ha hecho todo entristecido se regresa casi de inmediato para alejarse del lugar, de Chile, del Río de la Plata y para no volver nunca más.  Con este juego engañoso, considerado sucio en el Perú, el  general Bolívar se instala en Lima donde no es bien recibido entre adulantes, gente de doble faz y de muchos traidores a sus ideas, por lo que tiene que apretar la mano dura, dictatorial, en una sociedad difícil de entender, dado lo volátil y dual de sus gentes, donde se discrimina desde luego a un ejército colombiano de ocupación mas los excesos que comete, y cuando a su vez se preparan atentados contra su persona no querida, que casi llegan a tener éxito.
    Mientras en Lima y en las ciudades peruanas todo mundo no habla bien del Libertador [zambo y longaniza le llaman], por sus excesos, y porque quiere hacerse Rey, sucede la campaña de la Sierra donde se atrinchera a las anchas el ejército monárquico del virrey La Serna, por lo que se dan las batallas del lago de Junín y la inmortal de Ayacucho, que es obra del general Antonio José de Sucre, al tanto que Bolívar, con la derrota total de los españoles y la entrega de su ejército aligera los pasos para seguir al Cuzco, el gran santuario incaico, y de allí prosigue hacia el extenso y rico Alto Perú, a donde llega y por intermedio de lacayos y tinterillos con las ideas machacantes bolivarianas pronto se realiza la independencia de aquel nuevo país al que se llama Bolivia (o Bolívar) y se le instala una constitución vitalicia al estilo monárquico [“monarquía disfrazada de república” la llama Bartolomé Mitre] calcada en las ideas del caraqueño que sustentara desde Angostura, Cúcuta, ahora Bolivia, y que seguiría en su empeño monárquico solapado o más expuesto ahora en el disminuido Perú, y luego en Ocaña y en la de Bogotá, que ya fue en los preliminares de su muerte física. Vistos pues estos antecedentes sobre el paso de Bolívar en el Perú, nada de extraño tiene esa reacción antibolivariana de su pueblo y sus pensadores, lo que en los últimos tiempos se arreciara de acuerdo con lo que aquí dejaré escrito.
En efecto, de regreso a Lima, donde las elites del país lo detestan por “usurpador extranjero” sostenido por 6.000 soldados colombianos de ocupación, el caraqueño decide clausurar el Congreso que le era adverso y ante tantos problemas en juego resuelve volver a Bogotá desplazando el poder central de Lima a esa ciudad colombiana y satelizando así a dicho país, porque por intruso nunca fue llamado a penetrar en el Perú, de donde va viajando lleno de antipatías y animadversiones, ocurrido ya el serio atentado contra su persona del 28 de julio de 1826, de donde concluyendo el historiador Eudoxio Ortega dice que a Bolívar se le odia por el absolutismo y ambición desmedidos, como por las “arbitrariedades, fusilamientos sin causa previa, deportaciones, expatriaciones, detenciones y procesos”. De su  parte el economista e historiador Herbert Morote, lo tilda en calidad de “enemigo público Nº 1 del Perú”, pues “fue un hombre de derecha y no introdujo ninguna reforma social en el país… [mantiene] la discriminación hacia los indígenas… reimpone el tributo impositivo indígena y en cierta forma restablece la esclavitud africana, por necesaria, el mutilar nuestro territorio [incluso Jaén, Maynas y Tumbes iban a pasar a poder de Colombia, y Arica e Iquique, a favor de Bolivia”], instituyendo “el modelo militar ególatra” para perennizarse en el poder, al tiempo que Don Simón “cercenó al país más de 1.100.000 kilómetros cuadrados. En el terrible libelo probatorio Morote agrega el estado de represión y dictadura que mantiene el caraqueño, donde, según escribe, los soldados peruanos “huyen como gamos”, diciendo además al general Santander que “los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos  hasta el extremo… sin ningún principio moral que los guíe”. Para echarle más leña el fuego el crítico historiador añade el estado de presión que Bolívar mantuvo en el Perú, mandando a fusilar a sus opositores, hasta por sospechas infundadas, desconfiaba de todos y el ejército era manejado por colombianos. A Bartolomé Salom el caraqueño en febrero de 1824 le escribe “Esto está lleno de partidos y todo plagado de traidores…. empìezan a tenerme miedo… se compondrá todo esto con la receta de las onzas de plomo…”. A lo que se suma lo escrito por el americano Hiram Paulding sobre que Bolívar le expresó que los “peruanos eran unos cobardes y que, como pueblo, no tenían una sola virtud varonil”.
                A todo este criterio expuesto para que ustedes analicen con sensatez agregaremos que existe un libro del catedrático peruano Félix Calderón Urtecho, con prólogo del internacionalista  Alfonso Benavides Correa, en 4 tomos, titulado “Las veleidades autocráticas de Bolívar”, donde se expone con detalles de la “usurpación de Guayaquil”, la “fanfarronada” del Congreso de Panamá, la creación personalista de Bolivia y “la guerra de los límites contra el Perú”, por lo que se dice que “Bolívar no amó al Perú” y dejó una secuela de problemas limítrofes que concluyeron en serias guerras fratricidas.  Por su parte el analista peruano Herbert Mujica Rojas explica que en cuanto a su país el legado positivo de Bolívar es un mito, donde se desfigura la verdad histórica para “promover la fantasiosa irrealidad”, pues es un “antihéroe” que “deshizo con una mano lo que trabajosamente construyó con la otra”, con historias complacientes sobre aquel “que de libertador pasó a opresor y de redentor a tirano… de la dictadura perpetua…, [con] un inconsciente extraviado… [que] aceleraba su caída y con ella la de su obra”, por lo que los últimos 21 meses de Bolívar en el Perú fueron de una brutal represión, como asienta el señalado Morote.
Ya sobre la onda de rechazo aquí transcrita agregaremos que el cónsul americano en Lima, William Tudor, sobre “la profunda hipocresía del general Bolívar” informa a su gobierno que “ha engañado hasta ahora a todo el mundo”, siendo “uno de los más rastreros [sic] usurpadores militares”, rodeado entonces de “una corte de alcahuetes”.
Y para enero de 1829 sobre esta dirección de rechazo  a su compostura diremos que el conocido pensador liberal, estadista, político liberal y filósofo francés Benjamín Constant (1767-1830), que hasta entonces apoyaba plenamente al Libertador Bolívar basado en los ideales que con anterioridad había expuesto, ahora se convierte en vocero de la oposición a sus dudosas gestiones, lo que escribe con señalamientos específicos en el “Courrier Français” de París, pues ante la nueva postura dictatorial del caraqueño asienta, casi como detractor de tales procederes: Que después de la liberación del Perú ahora no lo defiende [a Bolívar], porque ha creado instituciones desagradables, y a la coexistencia que se supone debe haber la considera [nido de] conspiraciones, además rehúsa el perdón, hace correr la sangre en esa tierra, que no es la suya, y da una constitución muy defectuosa, ausente de libertad, y que además ahora quiere ser el amo del poder, aspirando a la tiranía. De donde se infiere y constata que el pensador francés le atacaba “cruelmente” desde París  por la usurpación del mando, el camino fatal a coronarse de monarca “y la conducta suya en el Perú y Colombia”. Esto escrito en París y por un filósofo social como Constant es  muy significativo, y entonces ni la intercesión a favor suyo por parte del bondadoso malinés Abate De Pradt pudo hacerle cambiar de idea. De aquí que por todos estos considerandos expuestos y otros omitidos por falta de espacio hoy en día la plaza Bolívar [en verdad, de la Inquisición] no significa mucho en la capital limeña, y menos su hermosa estatua, que luce olvidada, y algunos nacionalistas a ultranza opinan debe retirarse para colocarla en un museo.
Sea oportuno señalar aquí dentro de este debate abierto que el doctor Pedro González Trevijano, reconocido profesor de Derecho Constitucional y rector de la Universidad Rey Juan Carlos 1º, de Madrid, en su reciente estudio “Dragones de la Política” (Círculo de Escritores, Barcelona, España, año 2010), con prólogo del laureado escritor peruano y Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa [cuestionador infatigable de las dictaduras latinoamericanas, con libros tan importantes en este sentido como “Pantaleón y las visitadoras” y “La fiesta del chivo”], tal catedrático afirma de Simón Bolívar que fue un “hombre atroz”, “fosilizado en caballo triunfante”, “el hombre menos amante de la libertad”, el traidor más ferviente de Miranda y el hombre que dejó en rebeldía a todos los países libertados”. Este criterio negativo pero explícito del rector universitario lo dejamos a consenso de los sabios lectores.
Debemos recordar que el ilustrado Riva Agüero llama al libertador tirano y usurpador, Torre Tagle  lo tilda a su vez de tirano, artificioso y lleno de ambición, que “ha deseado encovar el Perú… bajo el dominio de Colombia”. Fuera de tantos epítetos que los peruanos adoloridos le endilgan, es vox populi que el Libertador acabó con las finanzas del Perú por sus desaciertos fiscales y gastos personales que le pagan, pues llegaba a bañarse diariamente con agua de colonia, como las numerosas ejecuciones físicas que ordena ejecutar, acaecidas sobre personajes con nombre y apellidos, el carácter dictatorial de su mando que se desarrolla durante más de un lustro, y lo que es más triste y nunca se olvida en el Perú, el trato deshumanizado y humillante que tuvo en Guayaquil para con el Protector de ese país, o sea el digno general José de San Martín, a quien en Guayaquil le negó todo género de cooperación y compromiso, olvidando por ende los ejércitos que envió el argentino para la liberación del Ecuador.
Así de fácil y con estas notas que menciono, sustraídas de los escritos de personajes de la época que le conocieron y pudieron darse cuenta de sus ejecutorias, como por otros críticos e historiadores que conocen bien de estas hazañas bolivarianas, dejo en sus manos la apreciación serena de estos hechos, porque todos los humanos pueden equivocarse por ser de carne y hueso, hueso y carne de un general mantuano caraqueño que se prestó a la guerra porque no había otro camino y que por allí se fue con sus triunfos y fracasos, los que ahora se escriben y analizan con crudeza pero animados de la realidad, escatimando el mito y como debe ser.

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