martes, 28 de junio de 2011

ALGUNOS DICTADORES DE AMÉRICA LATINA


Amigos invisibles. En verdad que, si a ver vamos, son muchos los empeñados que de una y otra forma han ejercido los poderes dictatoriales en nuestro subcontinente, como producto de una manera de ser machista heredada de viejos ancestros, lo que siempre se refleja en la conducta personal interna y social del individuo latinoamericano. Esta posición anómala es innegable y para estar más cerca de los ejemplos la hemos vivido no solo desde el tiempo colonial esclavista de patronos e iglesias en pugna, sino a través de personeros destacados de nuestra nacionalidad, valga la referencia, como lo fue el  propio Simón Bolívar, quien por encima de sus modales refinados a veces entraba en grandes rabietas que han hecho historia conocida, y porque a lo largo de su gestión política dentro del mundo que libera a medias, se dio el lujo de nada menos que cinco veces declararse dictador con todos los hierros, y como se dice, sin conmover sus ánimos, cosa que no lo hubiera podido hacer hoy por los frenos que existen pero que aún se alargan por ciertas circunstancias acaso de debilidad oportuna.
         Esta fauna que existe tan variada, llámense caudillos, líderes cleptómanos, jefes en campaña, conductores, salvadores de la patria, mesias y cuantos  epítetos puedan dárseles, infestaron la tranquilidad de nuestros países y aún la intoxican bajo juegos de palabras vacías, de esperanzas inalcanzables y otros trucos que con la bendita democracia amañada que ahora se utiliza para engañar a los menesterosos, que son la mayoría de votantes, con la suavidad de la vaselina se va introduciendo en el cuerpo social para terminar todo en algo así como una tiranía disfrazada, con acólitos haciendo el juego de payasos que reciben a cambio limosnas o buenos usufructos gubernamentales. Como patrón de estas malandanzas actuales, valga recordar que está de moda entre usurpadores que llegan al solio presidencial por carambola, el servirse del comodín de la reelección necesaria al cambiar este texto explícito de la constitución con el fin de perpetuarse en el poder, práctica ilegal que intentan  utilizar a las anchas algunos descastados cuanto mafiosos jefes de estado y sus acólitos en tal cargo y en otras latitudes de la geografía regional, pero como ya se conoce por demás las trampas de este juego procaz, las fuerzas vivas cuanto despiertas del entorno con antídotos constitucionales impiden el vulgar ejercicio de la tiranía a estos desagradecidos  sinvergüenzas.
         Después del período de la Independencia comienzan a aparecer esos señores todopoderosos, que no mediaron en ocultar sus apetencias totalitarias en juego de represiones y torturas, como las hubo en el Sur del continente y el caso específico del paraguayo doctor Francia, mientras algunos enfermos y mediocres en distintos países se quedaron esperando que la suerte fatal los defendiera, sin poder alcanzar la rueda de la fortuna. Valga el ejemplo casero de Venezuela con personajes rocambolescos como Páez, que sí mandó tras bambalinas por unas cuatro décadas, la década de los llaneros hermanos Monagas, el folclórico llanero Joaquín Crespo, el exótico señorito general Guzmán Blanco, de larga duración en el mando, y para cerrar con broche de oro, valga la metáfora corriente, aparece una figura caudillesca, guapetón y extravagante que se pelea y guerrea con todo el mundo, que a nadie quiere pagar y que en un vacilón permanente manda como le da la gana,  llamado por cierto Cipriano Castro, que es quien mediante espectáculos circenses pone llave al candado del siglo XIX en Venezuela. Mientras tanto en la vecina república colombiana los caudillos conservadores hacen de las suyas en un interminable juego desde la muerte de Bolívar y el poder que ejerce el hombre de las leyes Santander, para terminar a sangre y fuego, o entre discursos muy bien comedidos, en una guerra fratricida de los mil días, que deja miles de muertos, al lado de la sombra castrista que se eleva en Venezuela.
         Cosa parecida sucederá en las interminables escaramuzas que acaecen en Centroamérica, a la sombra del hondureño Francisco Morazán, de banderas y consignas escritas para entender analfabetos, claro está salvo excepciones, al tiempo que ese territorio vive envuelto en peleas fronterizas. integristas o federativas, con unos sustratos indígenas que no se entienden, al vaivén igualmente del gran poder y peligro mejicano. Pero donde más se aviva el problema de las dictaduras enfermizas es en el propio México que creciendo con el recuerdo permanente de la derrota sufrida con el Norte voraz, y las intentonas monárquicas francesas, cual autistas de pueblo se someten al suplicio de los generales de pacotilla, tal el caso de López de Santa Anna, que como moscas hambrientas menoscaban aquel territorio minusválido, hasta que aparece un personaje estelar del tiempo  de caudillos llamado por todos don Porfirio Díaz, figura de ejemplo en la historia de aquel país, que ejerce el poder en forma dura  por unas tres décadas bajo la figura final del porfiriato, pero hastiado de mandar y de los manitos exigentes en 1911 se fue a vivir a París, hasta el fin  de sus días, en 1915, con 85 años bien aprovechados. La aparición del controvertido petróleo, la creación de sindicatos y el advenimiento de ideas socialistas entre anárquicas y comunistoides, dio origen al nacimiento de un nuevo gobierno dictatorial ya doctrinario, bajo un sistema de mando vertical y autoritario que se establece en ese país luego de la llamada revolución mexicana, liberal, contestataria, llena de caudillos y en parte enemiga de la Iglesia, que entre bandazos con personas y personajes gobernó a las anchas ese  país por algunos 70 años, bajo la dictadura de partido, el famoso PRI, a pesar de las elecciones hechas bajo engaño y con resultados poco halagadores para el aguantador pueblo mexicano
         Dentro de la política del Buen Vecino que auspicia el Departamento de Estado para con la América Latina y siempre manteniendo la doctrina de Monroe, luego de la Primera Guerra Mundial vemos aparecer otras dictaduras en el semillero de este subcontinente, más tirantes hacia un autoritarismo militar que defienda los intereses gringos al sur del río Grande, que se dice llamar también el patio trasero. En este sentido si bien Puerto Rico tiene un sistema de protección  muy ligado al gobierno americano y por ello no convergen en él gobiernos dictadores como los que señalamos, en cambio sí los hay en el variado ejercicio político que se lleva en Cuba, con figuras autócratas como Gerardo Machado y el sargento Fulgencio Batista, quien ejerce un poder suficiente y bajo el amparo de los Estados Unidos hasta que se va del país  el 1º de enero de 1959, decepcionado por la batalla de Santa Clara, mientras se instaura un régimen dictatorial comunista al estilo soviético, por más de 50 años.
         En referencia con Haití y la vecina República Dominicana, diremos que en la primera señalada los dictadores han surgido por generación espontánea, en todo el país o en parte de él, desde los tiempos de Petión, Souluque, Boyer, Cristóbal y tantos más de esa comedia eterna, siendo de señalar como espécimen significativo la figura resaltante, opresiva y sanguinaria a través de su cuerpo “tonton macoutes”, del doctor François Duvalier, (Papá doc,) médico malariólogo que toma el poder hasta su muerte, ya en calidad de Presidente vitalicio, a quien sucede su hijo Jean Claude (Baby doc.), otra figura siniestra de la política antillana. Con igual barómetro dictatorial aunque más agresivo  también aconteció otro tanto en la República Dominicana, donde luego de regímenes de fuerza y al amparo siempre del  Tío Sam aparece un personaje sanguinario de amplia capacidad novelesca, opresor sin límites, que es el llamado general Rafael Leonidas Trujillo y su familia, en especial el hijo Ramfis, quien ordenó asesinar al presidente venezolano Rómulo Betancourt, pero frustrado este vil empeño, al año siguiente amigos del mismo Betancourt y a balazo limpio lo hicieron desaparecer en las afueras de Ciudad Trujillo. Lo que es igual no es trampa.

         Volviendo a Venezuela, en el recuento del siglo XX un dictador rural salido de contiendas guerreras toma el poder en 1908 y se baja del mismo en 1935, cuando muere en su cama. Astuto, sereno, con visión de futuro en un país atrasado que para él es una gran hacienda particular, se rodea de grandes figuras al tanto que florece el petróleo y algunas cárceles se colman de enemigos, aunque deja un  país consolidado. Años después aparece otro dictador, Marcos Pérez Jiménez (su compadre el coronel Delgado Chalbaud fue asesinado), militar de escuela que si bien durante diez años  sostiene el poder con fuerza,  al tiempo es un  profesional serio que proyecta y construye un estado de futuro, mediante obras de importancia realizadas que fueron la base para el desarrollo posterior de la patria, la que de esta forma pudo entrar luego en cuarenta años de democracia y prosperidad. En los tiempos actuales otro tipo de gobierno militar y populista se mantiene en el poder, con casi doce años de mandato que ellos llaman socialista, al estilo de Cuba. En cuanto al caudillismo atemperado de Colombia con eje de políticos de lustre salidos de Popayán, Antioquia y los Santanderes, la democracia progresó de tiempo atrás, salvo el caso del general Gustavo Rojas Pinilla, militar de avance que quiso eternizarse en el poder, cuestión que le impidieran y con razón legal el “stablishment” que siempre ha gobernado en la patria de Santander.
     Centroamérica no se ha salvado tampoco de estas figuras dictatoriales que en cada país han existido, pero sí quiero dejar el recuerdo del coronel  guatemalteco Carlos Castillo Armas, que ayudado por Washington y la CIA arrasa con el intento de un país social, establecido allí luego de 1944 por el coronel Jacobo Arbenz, el profesor Juan José Arévalo y  el internacionalista Guillermo Toriello. Tres años más tarde Castillo Armas abandona el poder, asesinado. En cuanto a Nicaragua, sufrió la dictadura del clan familiar militarista de Anastasio Somoza por muchos años, ejercido de manera incruenta, siguiéndole en tal actividad su hijo Tachito. Como respuesta  a esa dictadura familiar el viejo Anastasio fue herido gravemente de cinco balazos en la ciudad de León, muriendo poco después, y su hijo Tachito también fue asesinado en La Asunción del Paraguay, por un  comando guerrillero argentino vinculado con el sandinismo. Otro país de esa región cubierto de dictadores militares (como Remón, asesinado en un hipódromo) fue Panamá, donde debe mencionarse de manera especial  al general Torrijos, de tendencia social izquierdista, quien murió (se dice que asesinado por el caso del canal panameño) al chocar su helicóptero con unos cables eléctricos. Y el general Manuel Noriega, otro loco dictador izquierdoso y narcotraficante quien armado de un machete en la demagogia barata quería acabar con los Estados Unidos y por lo cual purgó más de 20 años de cárcel, con  uniforme militar, en los Estados Unidos, en Francia y con seguridad  lo será en el propio Panamá.

         Otros países de la América del Sur han sido tierra abonada para el surgimiento de estos caudillos montaraces, que hasta guerras internacionales por mar y tierra han sostenido, con  ideas tan dispares y personajes pintorescos que juegan a la ruleta rusa de la suerte, como el general Manuel Odría (Sánchez Cerro también fue asesinado en un  hipódromo) en el Perú, dictador serio, de escuela, con alguna recordación, y el izquierdista general Juan Velasco Alvarado, entregado a estas ideas motrices mientras le amputaban una pierna y sentía rencor contra el Tío Sam, por lo que cambia todo el armamento militar del país por alguno vario traído desde la Unión Soviética, lo que causara un tremendo déficit fiscal  a su país, que en muchas décadas no se termina de pagar. Fuera de otros caudillos de colección existentes en países como Paraguay y Bolivia (Banzer, al presidente Gualberto Villarroel lo asesinan), sin olvidar jamás al gran Getulio Vargas, hombre de carisma y protector de los pobres, de origen familiar llanero en Venezuela, quien siendo presidente de Brasil se suicida en Río de Janeiro, dentro de este complejo conjunto de dictaduras latinoamericanas debemos asentar que en los estados del Sur o sea Uruguay, Argentina y Brasil se establecieron gobiernos y juntas militares dictatoriales que con el intento de combatir  grupos comunistas que proliferaban en dichos países y mediante el apoyo del Departamento de Estado americano, hicieron de las suyas, violaron lo derechos humanos bajo diversas formas, asesinaron, torturaron y por ende fueron y son reos de cárcel y presidio (Videla, Massera, Viola, Galtieri, Aramburu [asesinado], Onganía, etc.), lo que algunos han pagado y pagan hasta en la ancianidad, Quiero terminar estos comentarios en forma sintetizada con dos figuras de excepción, dictadores ambos, pero que han trascendido en el tiempo histórico por su carisma y ejemplo, para mal o para bien, según usted los aprecie. Me refiero  a los generales Juan Domingo Perón, de la Argentina, y al chileno Augusto Pinochet.

         Perón, de raigambre fascista es hombre de micrófono, de atildada presencia y junto con el ángel benéfico de su mujer, Eva Duarte o “Evita”, logra cambiar la faz de la política argentina y del país, en sus dos gobiernos tormentosos, para insuflar presencia de la gente de abajo y de los sindicaos, mientras la próspera economía enmarcada con leyes y tributos se viene abajo, al extremo que con sus sucesores, como Menem y los Kirchner, no han podido hacer de nuevo un gran país. Al otro lado de la cordillera pacífica aparece la figura golpista del general Augusto Pinochet, prusiano, sereno y zorro de vieja cepa, frío, calculador, que acaba con la pretensión comunista de adueñarse de Chile mientras se descerraja un tiro el Presidente Allende en la casa presidencial de La Moneda. Con sus represiones y muertes de enemigos, sin embargo sacó de abajo a aquel país austral, lleno de deudas y pobreza, preparando el ambiente con el duro camino que sembró, para el resurgir de un país laborioso, ahora de nuevo en vida democrática.
 Resta por señalar en este trabajo, como dije, la aparición de esos regímenes militares de carácter dictatorial perseguidores de ideas extremas en América Latina, que en Brasil (de 1964 a 1985, con Castelo Branco, Costa e  Silva, Geisel, etc.), Uruguay (entre 1973 y 1985, con una represión bárbara, para perseguir principalmente a los tupamaros) y Argentina (de 1955 a 1983, que ya he señalado), los que permanecieron cazando enemigos por décadas de odio, como también fue el caso específico del oprobioso y eterno general Alfredo Strossner, Yo Supremo, en Paraguay, internacional de las espadas que en definitiva mantuvieron a raya esas pretensiones extremas, en medio de una represión atroz, muchos de cuyos capitostes a buen resguardo viven tras las rejas para pagar sus deudas con la sociedad. He aquí, a grandes pasos, un capítulo trágico o de humor negro en América Latina.

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