domingo, 18 de marzo de 2012

PRESENCIA INMORTAL DE ALONSO BRICEÑO.

          Amigos invisibles. La verdad es que me estoy metiendo en honduras, porque salirse de las casillas naturales o sea de navegar en la Historia y las Letras, como acostumbro, así de simple, para entrar en el insondable campo de la Filosofía, ya de por sí es un riesgo y bien pensado; pero inmiscuirse en asuntos más relacionados con la Iglesia católica de Pedro, donde predominan cultores de los temas ofrecidos a Dios, sobrepasa el peligro, aunque como “para bachaco, chivo” según expresan en la jerga popular venezolana, por dichos caminos andaré en el presente trabajo dedicado a una persona fuera de serie y de gran proyección intelectual, que falleciera en la ciudad venezolana donde nací, o sea en Trujillo, y al que durante años persiguiera con lupa por diversos países y bibliotecas para encontrar la profundidad de su ser, que ahora a grandes rasgos voy a presentar, porque en las casi últimas cuatro décadas, o sea desde que la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas publicara el libro de mi autoría intitulado “Alonso Briceño, Primer Filósofo De América” (l973), mucha agua ha corrido tras esa figura continental, por lo que ya existen numerosos estudios sobre su obra filosófica, es decir la emanada de su maestro Juan Duns Scoto, que buena tarea me costó, y al extremo de tal riqueza contenida en ella, que el Pontífice Juan Pablo II, dada su condición de  "Doctor sutil” de la Iglesia, como le llaman, después de varios siglos de su muerte a Duns Scoto lo eleva a la categoría de Beato (honrado para el culto), cuya sabiduría recala en este humilde franciscano y eximio pensador que es Alonso Briceño, quien con tal espaldarazo de razón y fe ha entrado por la puerta grande en la historia teólogo filosófica de la misma Iglesia de Cristo.
Doctor en teología y filósofo de renombre internacional, Lector Jubilado dos veces, erudito, crítico, políglota e indigenista, orador y literato, Alonso Briceño, uno de los grandes pensadores americanos del siglo XVII nació en el austral Santiago de Chile en el año 1587, en tiempos cuando otro inmortal, don Alonso de Ercilla y Zúñiga, había compuesto en verso, tan parecido al de nuestro Juan de Castellanos en su estilo, la epopeya insurreccional de los indios araucanos, llamada “La Araucana”. Era hijo del hidalgo castellano Alfonso Briceño de Arévalo, quien emigrado por la conquista hacia el reino del Perú luego prosigue hacia el Sur, a Chile, donde casa con doña Jerónima Arias para fundar familia. Y como desde muy joven Alonso demuestra el querer servir a Dios y a la Iglesia, pronto viaja hacia Lima, importante ciudad virreinal en cuyo centro está construyéndose por partes el que será famoso convento franciscano, con numerosos alumnos y maestros, donde vive Briceño para allí finalmente luego del noviciado tomar el hábito franciscano el 31 de enero de 1605, y al año siguiente, en febrero, después de otros estudios realizados profesa en la Orden Tercera, mas luego por su capacidad didáctica en que descuella allí como maestro y mediante concurso de oposición regentando la Cátedra de Artes (menores) ejerce por tres lustros en la doctrina filosófica el digno magisterio de la Orden, es decir hasta 1621. Será entonces Guardián del Colegio, Definidor o Consejero provincial, Comisario, Visitador de la Provincia de los Doce Apóstoles, en Santiago de Chile también celebra Capítulo Provincial y preside elección de Superiores, mientras recorre conventos franciscanos en Perú, Chile y Bolivia, como Cajamarca, Jauja y Charcas. Después, según disposiciones superiores se le destina a Chuquisaca (Bolivia), donde va designado con el cargo de Coadjutor de esa Provincia misionera, encontrándose allí para febrero de 1629. Y en el largo transcurrir de su vida intelectual para 1636 lo hallamos como profesor superior (magíster) de Teología en el nutrido convento franciscano de Lima, donde en la Sala Capitular existe una hermosa talla de madera del célebre teólogo, maestro y fraile Juan Duns Scoto, contendor filosófico del afamado sabio dominico Tomás de Aquino. Pero ya para este tiempo y con el transcurso de los años el franciscano fray Alonso ha atesorado una suma de conocimientos que tiene escritos en diversos pergaminos y papeles, porque al año siguiente de 1637 y con el permiso superior respectivo zarpa del puerto de El Callao, cruza a Panamá, Portobelo, y en febrero de ese año que transcurre arriba al andaluz fondeadero de San Lúcar de Barrameda, cerca de Cádiz, con 50 años de edad. Y como va provisto de numerosos trabajos que piensa publicar con el consentimiento respectivo, sigue a Madrid para hospedarse en el capitalino convento franciscano de Jesús María y donde pronto, en 1638, como un éxito por su sólida formación que pasa barreras casi imposibles, publica el Primer Volumen sobre filosofía (llamada teología en la época) escotista, cuyo padre espiritual, Juan Duns, es el maestro supremo de la Orden Franciscana, y al cual ya le lleva años de estudios y meditación. Aquí es necesario añadir que por el hecho de ser este fraile indiano u originario de Chile, se le tenía prohibido el publicar cualquier obra de divulgación, pues tal privilegio era destinado solamente a los nacidos en España, pero es tan grande el valor de dicho texto crítico atenido a las pautas existentes, que el humilde fraile Briceño recibe el Nihil Obstat, incluso del censor Santo Oficio (manejado por el contendiente grupo de Tomás de Aquino) eliminando así tal discriminación, dada la importancia teológica de dicho trabajo, con lo que rompe ese impedimento prohibitivo, convirtiéndose entonces, como se ha escrito, en el primer filósofo de América. Así se le abren las puertas de la Corte española, aceptándosele para los cargos a los cuales estaba destinado.
           Ya para dicho tiempo la gloria de lo escrito recae en este modesto fraile franciscano, que sublima la capacidad teológica de Duns Scoto, quien compite como dije en el seno de la Iglesia con igual capacidad teológica a Santo Tomás de Aquino, protector de la entonces inquisidora Orden Dominica, lo que prueba a través de sus “Disquisiciones” o precisiones tan comentadas, de donde el año siguiente de 1639 siendo Juez de Apelaciones en las causas grandes de las provincias de España y representante del Rey “por especial orden de Su Majestad” Felipe IV, en el Capítulo General de Roma, parte de Madrid para asistir con tal encargo a dicha magna Asamblea franciscana, que se desarrolla frente al Tíber en el famoso convento de Araceli, durante el papado de Urbano VIII (quien lo recibe en audiencia privada, por considerársele el “Segundo Scoto”), encumbrado lugar donde defiende unas conocidas sagradas “conclusiones teológicas”, dedicadas al cardenal Albornoz, “con muy grande honor de sus letras” y en cuya sede pontificia nuevamente por la capacidad demostrada en estas lides del espíritu, se le permite permanecer tres años en la Ciudad Eterna, dentro de los intensos estudios teológicos que conserva, al tiempo que es Consultor del Santo Oficio y Procurador ante Roma para la canonización de San Francisco Solano, a quien conociera en Lima, lo que le vale igualmente a que en 1641 y en representación del Rey Católico (Felipe IV) asista al Capítulo General Cisterciense (vieja e importante Orden del Císter), que abarca toda la Provincia Española, lo que le posibilita discutir con figuras de máxima categoría y autoridad en estos asuntos eclesiales. Y por haberse realizado tal evento capitular fuera de la capital hispana, en Valladolid, pronto vuelve a Madrid, para imprimir, en 1642, o sea cuatro años después, el Segundo Volumen de su gruesa obra escotista, que le consagra a nivel de entendidos como máximo conocedor de la figura intelectual del beato Juan Duns Scoto.
          Ya ha demostrado lo que vale como analista del pensamiento escótico y por ende filosófico, pero como es hombre de conducta vertical arraigada en la sumisión y el mandato superior, a este santo varón y gloria intelectual del siglo XVII que ama la predicación de la doctrina eclesiástica, en América la Orden franciscana le destina para que en función misionera y además episcopal regrese a tierra americana (febrero de 1645), en este caso a Panamá, donde previa la postulación de Felipe IV le hace el nombramiento de Obispo la santidad de Inocencio Xº, ante la vacancia del titular Hernando Núñez de Sagrado, siendo consagrado Briceño el 12 de noviembre siguiente por el Mitrado Diocesano Hernando de Ramírez (1640-1652), en Panamá la Vieja, para continuar de seguidas a la Sede asignada en Nicaragua, donde en el diciembre posterior toma posesión de su cargo, mientras reside en Granada, pero en 1650 se traslada a Subtiava, barrio indígena de León, lugar en el que nuestro humilde sacerdote ejercerá el apostolado misional entre las comunidades que lo rodean, hablándoles en lengua mangue y ayudando en la construcción de su iglesia parroquial, aunque por causas diferentes pronto en la visita pastoral para 1652 de nuevo reside en Granada, y al año siguiente se halla en Santiago de Cartago, ciudad de Costa Rica muy cerca del volcán Irazú, posiblemente durante otra visita pastoral. En los 5 años posteriores y debido a cierta prórroga de su ministerio, el teólogo Briceño ejercerá el apostolado de Obispo con luces en el ámbito de su jurisdicción, que abarca tanto Nicaragua como Costa Rica. Y lo digo así, porque en el año de 1653 el furibundo obispo de Caracas, fray Mauro de Tovar, fue trasladado a la Sede centroamericana de Chiapas, demorándose un tiempo sin partir hacia el nuevo destino, pues como el designado obispo fray Alonso Briceño al conocer que De Tovar era poco querido en Caracas, por lo fanático y pleitista de su talante, no deseaba venir a ocupar el nuevo destino de la Silla Episcopal, alegando muchas dificultades para ello y manteniéndose primero en Panamá, donde consagra como obispo de Guatemala al ilustrísimo agustino fray Payo Enríquez de Ribera, amigo, teólogo, culto por demás y filósofo de valía, futuro arzobispo y virrey de Nueva España (México 1673-1680), y en Cartagena de Indias (donde reside en abril de 1659) atendiendo la espera de la salida de ese Obispo malquerido citado, mientras le escribe el Cabildo Eclesiástico de Caracas y el Gobernador de Venezuela, Porres Toledo (19-5-1658) para que venga al país por las “siete plagas de Egipto” que existen, y hasta que interviene el propio Consejo de Indias de Sevilla, viéndose así forzado en 1660 a emprender el viaje marítimo y por la ruta lacustre de Maracaibo, a donde llega el 27 de diciembre para detenerse en el convento franciscano de la ciudad, pero no sigue a la capital de la Gobernación, o sea a Caracas, sino que se residencia en la tranquila y serrana ciudad de Trujillo, tierra de paz donde tiene familia por la rama Briceño, y allí se asienta definitivamente en 1661, como XIII Obispo de Venezuela, escogiendo para vivir el convento suyo (San Antonio de Padua de la Recolección) de la dinámica ciudad, que por ser cruce de caminos comerciales rivaliza con Caracas en tamaño y población, como en su construcción colonial de primer orden arquitectónico. Toma posesión del cargo el 14 de julio de 1661, mientras gobierna la diócesis como Designado el Vicario trujillano Hernando Sánchez Mejía, y allí trabajará silenciosamente [como relato en el Diccionario de Historia de Venezuela] en la redacción de sus escritos y en el beneficio de los fieles. De buen porte, delgado, de nariz perfilada y los ojos serenos, llega a Trujillo con séquito, incluidos familiares, pajes y secretarios, siendo recibido conforme al protocolo respectivo y mientras descarga una biblioteca compuesta por más de l.000 libros de grueso porte y pasta, sobretodo religiosos, y en especial la Biblia, que “conocía de memoria”, según anota el cronista franciscano Blas José Terrero, librería que es una de las mejores de la colonia venezolana y que luego vino a ser obra de litigio en cuanto a su propiedad.
           Briceño destaca no solo por la originalidad de sus tratados, acordes con la estricta ortodoxia religiosa, sino por haber sido como dije, el primer nativo de las tierras de América que obtuvo la dispensa para publicar, por vez primera, un formal estudio sobre los fundamentos filosóficos y teológicos de la corriente escotista, que era la sostenida por la comunidad franciscana mundial, “el primer teólogo que de las Indias surgió”, de tal suerte que los contemporáneos a su obra lo calificaron con precisión como “el Segundo Scoto” o el Escoto Americano. Por ocho años de su vida colmada de saberes permanece arraigado en Trujillo sin viajar nunca a la sede de la diócesis, y donde luego de detenido estudio autoriza el culto a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, como por ser alto honor que le dispensa en agosto de 1663 y en la Iglesia Matriz revestido del ministerio litúrgico consagra en calidad de arzobispo de Santo Domingo (Primado de América), al ilustrísimo monseñor Francisco de la Cueva y Maldonado, curador de los restos de Colón, venido de la isla con ese fin consagratorio, y donde Briceño hará beneficios materiales y espirituales a la grey trujillana, siempre rodeado de familiares y de clérigos, hasta que luego de unas “conclusiones teológicas” que presidiera en la referida Iglesia Matriz de Trujillo, a la que ayuda en su construcción final, parecida por cierto salvo en su torre a la nicaragüense de Subtiava, en la continuación de la visita pastoral que realiza por tierras malsanas de Carora, enfermó de “calenturas palúdicas” que se agravan en su residencia trujillana, y luego de innumerables remedios de la época como zumo de mastuerzo, piedra bezoar, plantillas de piel de gato, palomitas abiertas en su vientre y hasta cierto dedo con engaste en metal del amigo cordobés San Francisco Solano, muere rodeado de un gran aprecio ciudadano, eclesiástico y de otras personalidades asistentes. Falleció este “Teólogo del amor a Dios” el l5 de noviembre de 1668, de 81 años, edad provecta para entonces, siendo enterrado con pompa de difuntos en la Capilla Mayor, al lado del Evangelio, de la Iglesia que tanto oyera su palabra, donde reposan los sagrados restos, y los valiosos bienes materiales suyos dieron origen a ruidosos pleitos por varios años, entre el Cabildo Eclesiástico, la Orden franciscana y los familiares del extinto. La pacífica ciudad de Trujillo, donde viviera y dirige la Gobernación eclesiástica de Venezuela por ocho años, está en deuda permanente con el ilustre pensador, para erigirle una estatua recordatoria a uno de las grandes filósofos de América, que allí reposa por siempre.
           En lo referente a su obra intelectual podemos agregar que es vasta tanto en conocimientos teólogo-filosóficos como en el manejo de la Iglesia, de su Orden franciscana y del tiempo que le tocó vivir, distribuyéndose esos estudios en libros, folletos y papeles de un profundo conocimiento. Escribió cinco grandes trabajos de valía, como se conoce hasta ahora. La obra más reputada es desde luego la que publica en dos tomos y que dedica al rey Felipe IV (1638 y 1639 para el primer tomo y 1642 del segundo, con 1.303 páginas en total), siendo la de tantas controversias o disputas filosóficas escotistas, editada en la Imprenta Real madrileña, con Privilegio, y en la de Antonio Bello, obra de largo título y traducida del latín original al castellano como “Controversias sobre el Primero de las Sentencias de Escoto”, que le dio renombre universal, a los que le seguía un tercer volumen, sobre sentencias escotistas siguiendo en ello el canon fundamental del italiano Pedro Lombardo, texto enteramente terminado, como anota el sacerdote Atanasio López OFM, que no fue puesto a impresión por las dificultades de la época y por haber viajado Briceño con cierta rapidez rumbo a su destino centroamericano. De este sesudo trabajo escotista que utiliza el plan heraclitiano de polémica sobre un fondo puro de metafísica, imbuido de aristotelismo, atractivo además con algo de la visión existencialista, como anota el maestro Juan David García Bacca, quien lo divide en cuatro disputaciones metafísicas, pues, se han escrito cientos de análisis, imposibles de reseñar aquí, por lo que el ilustre Marcelino Menéndez y Pelayo lo coloca entre los grandes teólogos del Siglo de Oro español. De seguidas diremos que Briceño anota y corrige el tratado “Política Indiana”, del notable jurisconsulto Juan de Solórzano Pereira, madrileño graduado en Salamanca y luego Consejero de Felipe IV, cuya obra fue de consulta obligada en el período colonial americano, trabajo que Briceño ejecutara cuando Solórzano fue Oidor del Virreinato limeño, luego de 1610. Además Briceño el 19 de octubre de 1629 en Lima como Definidor, Lector Jubilado dos veces y Calificador (censor) del Santo Oficio, mediante escrito aprobatorio permite la publicación de un Tratado sobre la vida y milagros de San Francisco Solano, patrono de Lima, obra del instruido franciscano Diego de Córdoba.

           Pero a su muerte en Trujillo, el obispo Briceño dejó bajo inéditos expedientes separados cuatro cuerpos de libros de folio entero, inventariados, que según escribiera el doctor Amílcar Fonseca los intituló para la posteridad “Briceño in Scot”, en tres cuerpos de libros, y “Briceño in Sententiis”, que abarca el tomo primero. Acaso fueren estudios mejorados sobre sus empeñosos análisis escotistas. Todo este material de gran valor metafísico, teológico y filosófico, tiempo después se le llevó al convento franciscano de Caracas, y allí se pierde o extravía la huella de este inmenso reservorio de la obra capital del gran obispo y pensador católico fray Alonso Briceño. Por cierto en ese legajo de papeles también iba incluida la carta para su honra en que el doctor salmantino Juan de Solórzano Pereira le exigía al franciscano corrigiera y anotara su elocuente obra “Política Indiana”, lo que realiza fielmente en próxima oportunidad. Dejo así cumplida la síntesis existencial que nuevamente me propuse, para que la conozca el mundo, de un fraile que como el fundador San Francisco de Asís, “il poverello”, fue manso, amigo de la naturaleza y humilde como el que más. Quiera el aquitense Francisco, que muchos sigan este sabio camino.
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