viernes, 16 de septiembre de 2011

ALGUNAS MUJERES DE SIMÓN BOLÍVAR.

¡Hola¡. Amigos invisibles. En verdad que referirse a estos temas tan punzantes sobre la personalidad de Simón Bolívar es algo difícil, porque varias vertientes se suceden en este amplio campo de su ego amatorio, dentro de lo que conocemos por los genomas heredados de su padre libidinoso, pleno de lujuria, que heredaron sus hijos Simón y en otra parte María Antonia, y que con facilidad se fueron demostrando directa o de soslayo en esas vidas fecundas como sueltas que ambos sostuvieron.
Porque nos referimos a la personalidad de El Libertador bueno es dejar en claro que Bolívar desde muy joven fue atraído por el perfume de una mujer, principalmente de las no que pudieran meterlo en un atajo de problemas ya que no estaba  predispuesto para ello y porque su movilidad constante le impedía sostener relaciones de largo alcance, por lo que prefirió ser silencioso en este aspecto, pero siempre pleno de éxitos. No podía por ello levantar idilio  tras idilio en su fecunda carrera sexual sino que prefirió hacer como el amor de los marineros “que besan y se van”, según los retratara en verso el chileno Pablo Neruda. Por manera que, para aligerar esta carrera debemos afirmar que Don Simón fue campeón en estos menesteres, aunque mucho prefiriera pasar de bajo perfil para evitar manchas en su vida transitoria con esa suerte de rumor que se corren de los amoríos fugaces, compromisos no siempre hechos realidad, pero que juegan a ganador en estos casos. Sin embargo debemos dejar en claro que por ser hijo de tal gallo (don Juan Vicente) que hasta le sigue un juicio por dichos desatinos el obispo Díez Madroñero, siempre gustó de lo fácil para salir del paso, y no es raro que imitando a tal padre algunas mulatitas y mestizas del hogar y de otros hayan pasado por esas horcas caudinas, porque además, los hombres las preferían vírgenes, por la sencilla razón que con ello se evitaban dos enfermedades gravísimas que no dejaban dormir a las conciencias, como eran la blenorragia y la terrible sífilis.
En mi libro “Los amores de Simón Bolívar y sus hijos secretos”, detallo con precisión kantiana todos estos detalles del hombre de carne y hueso que por algunos mofadores de la realidad han elevado al altar de las mentiras. Para iniciar la colección de estas mujeres oportunas debemos dejar constancia  que como todo héroe y ya desde Grecia o de antes las entradas triunfales eran sembradas  por ninfas y vestales que engrandecían al ganador, que ya le levantaba el ojo al caraqueño y como por después de recorrer arcos triunfales las autoridades aparecían con sus familias para saludar  y acoger al galardonado, era otra ocasión de  mover el ojo y el pensamiento voraz del caraqueño, muy discreto desde luego para ya entrar como buen “matador” en la pieza o piezas escogidas, lo que tenia ocasión en los bailes o saraos abiertos en su honor. Es de advertir que por lógica razón muchas de esas aventuras pasajeras salieron del rumor popular y más cuando que, acaso  por casualidad y compréndalo usted así, nueve meses después hubo un parto que fue comidilla de los cenáculos pueblerinos y que a lo largo de la expresión oral, o de documentos que recogieren las noticias regionales que ahora son fuente extraordinaria en la vida del héroe, se han podido recoger tales expresiones de la vida real en libros y otros estudios históricos, a lo largo de los países en que Don Simón tuvo mando.
En este trabajo de la intimidad bolivariana vamos a referirnos de mayor a menor en esa búsqueda incesante de placer, que junto con la “gloria” que tanto le atenaceaba, fueron dos por los canales  que se dirigió su alma emprendedora, fuera de otras más, desde luego. Y para terminar esta primera parte hay que agregar también que no todas esas mujeres estuvieron bajo el manto cálido de su cuerpo, tal el caso de la melindrosa Bernardina, pero que sí fueron muchas, aunque otras, como repito y por carecer de buena documentación al respecto, deben ser mantenidas en suspenso o reserva, hasta que aparezcan otros papeles testimoniales que mejoren su autenticidad.
De que tengamos noticias históricas de peso sobre esa vida íntima de Don Simón, primeramente la encontramos en la ciudad de Méjico en los inicios de 1799, con la juvenil María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, llamada por el vulgo “La güera (rubia) Rodríguez”, jovencita de apenas diecinueve años y él tres años menor, “de armonioso cuerpo, de hoyuelos graciosos en las mejillas, atractivos pechos y caminar que alzaba incitaciones”. Mujer “de fuego” aquellos amores juveniles que duraron como dos meses, se sucedieron en la casa de su hermana María Josefa, marquesa de Uluapa, amoríos que pudieron ser para la joven heredera el segundo descalabro y efímero encuentro íntimo, entre los  muchos, pero muchos que tuvo. Esta rubia Rodríguez dio quehacer desde los quince años, atesorando bastante dinero con sus estados de viudedad. Después repasó  varios curas como Beristain, “poseedor de alguna gracia oculta”, el clérigo carnal Cardeña y el sacerdote disoluto Juan Ramírez. Para cerrar con broche de oro, como se decía en aquella época nostálgica tuvo enredos hasta con el sabio Alejandro de Humboldt (pederasta discreto), y fue mujer también del rudo emperador mejicano Agustín de Iturbide.
Don Simón entonces permanece un tiempo en España y de pronto se encuentra en Madrid con una medio pariente, María Teresa del Toro y Alaiza, de quien se enamora en un flechazo de la vida disparado por Cupido. La jovencita no estaba presta para contraer nupcias por la edad, pero él con un furor inaguantable así lo decide aunque debe esperar unos meses para ello por lo de la edad y un permiso ministerial que debía obtener, por ser parte del Batallón de Aragua. María Teresa, muy ingenua, sin mayor resplandor, llena de pronto su corazón y luego de casar en Madrid de inmediato, por La Coruña se trasladan a Caracas, y de allí a poco al fundo de San Mateo,  donde el matrimonio se establece. Pero el destino pintó otro cuadro  triste a la pareja, y pronto María Teresa en plena luna de miel enferma de gravedad para morir cinco días después de la terrible fiebre amarilla, en Caracas. Cuentan que allí juró no volver a casarse, aunque años después la bella melindrosa Bernardina Ibáñez hasta lo sacó de quicio en este sentido, pero ella estaba enamorada de otro.

El  año 1804 Don Simón decide establecerse en París, que era la capital de mundo, para así deleitarse en sus placeres. Allí en medio de la desazón concupiscente pronto encuentra a Fanny  Dervieux du Villard, emparentada con él por la rama Aristiguieta, fina y coqueta, de refinamiento y gracia, conocida desde Bilbao y casada con un coronel veintiséis años mayor que ella. En verdad es ella quien lo entroniza en los lazos ardientes del amor en los seis meses que duran unidos, recordados por cierto en cartas amables, porque Bolívar prosigue por otras vías su amplio desarrollo político.
Regresado a París nuestro Libertador surge otra aventura amorosa esta vez con Minette o Teresa Lesnais, que convivía junto a un viejo aristócrata peruano, dulce, bella reservada y enigmática mujer conocida desde su estancia en Bilbao, madre en aquellos tiempos de la famosa mujer que fue Flora Tristán, tiempo en que se enreda Don Simón con un viaje para jurar en Roma de su gloria (y en Milán se vuelve loco que lo saca de otro quicio por la bella Marina, amiga del poeta Manzoni), junto a Simón Rodríguez y Fernando Rodríguez del Toro. Pero ya cansado de transitar esta vida lisonjera el futuro Libertador regresa a Caracas y su mundo, que encuentra muy diferente a cuando la dejó. 

                                                                                                Bolívar halla a la sociedad caraqueña en crisis por los acontecimientos guerreros francoespañoles y el deseo de libertad, que disparan el comienzo de una guerra interior en la que éste actúa y con las tablas sobre la cabeza pronto adolorido emigra a Curazao y luego a Cartagena, donde convence a las autoridades para una invasión a Venezuela, y en ese andar a finales de 1812 en Salamina del río Magdalena conoce a la rubia Anita Lenoit, de origen francés y de 17 años, a la que en cinco días de brega  amatoria la convence de su amor pasajero, porque de otra forma no puede ser, despìdiéndose en Tenerife cuando el caballo bolivariano prosigue su carrera  triunfal hacia Ocaña, Cúcuta, Trujillo y Caracas, capital donde a la entrada el 6 de agosto de 1813 conoce a Josefina Machado Madriz, morena de veinte años, que hasta 1819 y acaso moribunda,  con los intervalos de la guerra plenará su corazón activo, y siendo por lo tanto una de las mujeres que estuvieron en su compañía tan cerca de Bolívar y sus quehaceres.
A Isabel Soublette Jerez, su prima y hermana del futuro Presidente Carlos, la encuentra exiliada en Cartagena en 1815, y en las liviandades de esa soledad que provoca el exilio pronto entra en comunicación íntima con la bella rubia de ojos azules, pero con cierta rapidez por los avatares de la contienda Bolívar se desprende de ella, que en la revancha oportuna casa con un extranjero de origen veronés, todo lo cual está por demás documentado. En ese mismo año conflictivo Don Simón prosigue rumbo a Jamaica, para caer en brazos de Madame Julienne, o Julia Cobier, criolla de ojos verdes, dama de origen dominicano que lo ayuda en  la pobreza depresiva en que se halla y hasta le salva la vida en el vil atentado del negro Piito, porque se refocilaban juntos en lugar distinto al del asesinato.
A la moza Bernardina Ibáñez la encuentra en Bogotá luego de conocerla niña en Ocaña, por ser una de las señoritas que coronaron al Libertador, después de la batalla de Boyacá, en agosto de 1819 y pronto se enamoró de esa posesiva y atrayente mujer, de ojos almendrados, fina, elegante, y hasta pensó casarse con ella, como queda dicho, pero ella a su vez estaba enamorada de Ambrosio Plaza, por lo que no hizo caso a sus requiebros. Y con quien el caraqueño sí tuvo enredos de alcoba fue con su hermana Nicolasa Ibáñez, que después heredara en tales hazañas el increíble general Francisco de Paula Santander, episodios que se guardan en la memoria histórica respectiva. Y ya metido rumbo al Sur de las conquistas, el caraqueño en la estancia que realiza en 1822, en Palmira del Valle, conoce a la bella y esbelta Paulina García, de negra cabellera y de 20 años, con quien sostiene también amores de alcoba, y después desparramado en inquietudes eróticas rumbo a Cali sostiene un ”affaire” amoroso con la llamada Dama Incógnita, que lucía tapada como las mujeres de Lima para ocultar su identidad, presumiéndose fuera una dama de prestancia y acaso casada, lo que todavía los historiadores avezados no han podido descifrar.
Y en estos menesteres de la carne pronto nuestro Don Juan caraqueño haciendo buen nombre de su estirpe aparece en Quito donde el 16 de junio de 1822 en un ventanal capitalino encuentra a doña Manuela Sáenz de Thorne casada con un médico inglés al que nunca quiso y con quien pasará el resto de sus días, o sea hasta 1830, cuando se despiden en Bogotá, aunque los cuernos de parte y parte, y hasta del lesbianismo conocido (¡hay, Dios mío!), fueron comidilla permanente en aquellas sociedades disolutas. Manuela era una mujer bella para su época, fina de cuerpo, de inmensos ojos negros e insaciable, de carácter, con fuego en las entrañas, despierta y arriesgada y vino a ser como un complemento para la soledad en que vivía el héroe caraqueño, ahora colmado de enemigos. Dos veces salvó la vida del Libertador, y debe dársele las gracias por ello.
De Quito Don Simón siguió rumbo a Guayaquil, puerto donde encuentra a Joaquina Garaicoa Llaguno, de apenas dieciséis años y él cuarentón, de las mejores familias de tal ciudad, donde permanece 52 días de intensa actividad, entre ellas la de enamorar a doña Joaquina, que responde con creces a tal llamado, y hasta de ello tuvo un hijo, “retardado mental”, según afirma el historiador Antonio Cacua Prada. Sin embargo ambos personajes se cartearon por un tiempo y Don Simón estuvo muy cerca de ella en otras veces que estuvo en Guayaquil, acaso recordando el pasado de lágrimas y rosas. El caraqueño de aquel puerto levanta camino hacia los Andes peruanos y en la campaña militar de Ayacucho en mayo de 1824 en el pueblo San Ildefonso una mañana conoce a Manuelita Madroño, joven presumida y virginal de 18 años, morena de tez, y luego se juntan en un canto triunfal de amor, que durará en el recuerdo por toda la vida, según recuerdan quienes escribieron conociéndola, como Ricardo Palma, aún en la vejez de Manuelita.
Establecido ya en Lima, ciudad de desafueros y enamoramientos “tapados”, el  Libertador dentro de sus planes emprende camino rumbo al Alto Perú para detenerse en la importante ciudad de Arequipa, donde en la recepción social que le ofrecen el 2 de junio de 1825 conoce a Paula Prado,  “mujer de porte gitano y de ojos negros”, de grácil  figura que baila en taconeo y mueve los brazos a lo andaluza. A partir de aquel encuentro espontáneo, de empatía sublime fueron muchas noches de amor bajo las sábanas. Y cuando el Libertador salió de Arequipa el 6 de julio siguiente, allí quedó Paula pensativa, sensual, enamorada, “ensimismada en la sombra de quien cruzó la inmortalidad a fuerza de corazones y de espadas”. Otra nueva etapa de su vida sentimental el caraqueño iba a vivir en las alturas del Cusco, capital sureña del Imperio Inca y donde por 31 días permaneció cerca aunque a escondidas de miradas inoportunas, desde aquel momento en que ingresó el 25 de junio de 1825 a la Villa Imperial y se encuentra con  Francisca Subiaga Bernales de Gamarra, que junto con otras damas “principales” le coloca una corona de oro,  joven de veintidós años y esposa del mestizo Agustín Gamarra, casada con él aunque no por amor. Desde aquel momento no hubo día en que no se vieran Doña Pancha y Don Simón, en aquella amplia casona plena de cuartos, laberintos y escondrijos durante todo el tiempo de su permanencia cusqueña. Hermosa, de fuerte dominio aunque no bella, interesada trigueña, de cabellos castaños, sin embargo a pesar de todos los agasajos que como prefecta le dispusiera, pronto las diferencias temperamentales afloradas acabaron con el ensueño debido al carácter dominante de la “mariscala”, por lo que tal relación pasó a una indiferencia, que osó contarle esta dama vengativa a su marido, y de allí provino la enemistad severa del cholo Gamarra con Bolívar, que incluso llega a ser Presidente del Perú. De aquella capital indígena Bolívar sigue a La Paz, donde habrá de permanecer por un mes, desde el 18 de agosto de 1825, cuando en casos parecidos le rodean todas las bellezas femeninas del lugar y en uno de los dos primeros bailes ofrecidos conoció a la paceña Benedicta Nadal, en cuya familia existían diferencias de distinto género. Bella y tímida, buena bailarina de valses, sus amores con Don Simón fueron “intensos, de alto vuelo, íntimos e hirvientes”, mientras su madre, dominante e interesada jugó a su interés para ver qué ganancias sacaba con la hija.
A María Joaquina Costas, mujer también casada, Don Simón la conoció en las alturas de Potosí el 4 de octubre de 1825, cuando junto a otras seis jovencitas del lugar lo corona en aquel lugar cimero del mundo, en el Gran Salón de la Casa de Gobierno, ella entonces de unos treinta años de vivir y separada de su viejo marido que era general argentino, mientras susurra en los oídos del caraqueño que Luis Gandarilllas trataría de matarlo en su lecho de sueño. Aquella aseveración bien cierta y probada abrió las puertas del corazón bolivariano y a partir de entonces  fueron el uno para el otro en aquellas alturas del mundo, al extremo que María Joaquina salió embarazada de su amor y del hijo llamado don Pepe, por lo que sin remilgo o escondrijo alguno tres años después el Libertador le confiesa al oficial francés Luís Peru de Lacroix, en Bucaramanga, que le consta que no es estéril por lo del Potosí y donde para dejar más constancia de su paso y los hechos, se rasuró allí por primera vez los potentes bigotes que le acompañaban..
Vuelto Bolívar a Lima y entre los celos desatados de Manuelita Sáenz en 1826 conoce en aguas de El Callao a Jeannette Hart, de 32 años y ascendiente irlandés, que a bordo de la fragata “United States” visita esas aguas peruanas el 4 de julio, fecha de júbilo americano, cuando se conocen la americana y el caraqueño a bordo del barco guerrero para sostener en privado una relación sentimental que fue culminada cuando Jeannette regresa de Valparaíso en la misma fragata y es cuando verdaderamente intimaron, “velada y a la sobra del silencio” en numerosas ocasiones, según narra documentalmente Antonio Maya. En recuerdo de aquellos hechos Bolívar le obsequió un pequeño retrato suyo a “Carita”, como la llamaba, realizado por el pintor austriaco Francis Martin Drexel y que ella conservara hasta la hora de su muerte.
Hemos llegado al final sorprendente de esta primera parte referida a las mujeres de Simón Bolívar, que en parte han sido estudiadas por varios autores bien en forma biográfica o a través de la ficción novelística y de lo cual sobresalen libros magníficos de entretenimiento, de acción y del profundizar en la vida del héroe tan prolífico que fue Simón Bolívar. Ahora por favor reúnan ustedes todo este copioso material emocionante por conmovedor porque la próxima semana traigo a los lectores de lo inconcebible otro cúmulo de mujeres aparecidas en la vida del caraqueño unas producto de la realidad aunque sin muchos fundamentos históricos y otras que se suscriben al mantenimiento de su ser mítico y que como el culto a María Lionza o del Negro Felipe cual producto de la irrealidad y de la fantasía son en cierto sentido valederas, aunque usted requiera pescar en ese río revuelto muchas conclusiones que pueden transformase en verídicas. De su país o de su región puede, pues, algo nuevo aportar.

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