lunes, 20 de junio de 2011

EL SEMENTAL PADRE DE SIMÓN BOLÍVAR.

Amigos invisibles. En Venezuela abordar el tema familiar de los Bolívar es algo que en el lenguaje popular se tilda de tabú, por las implicaciones míticas que conlleva y las furias jupiterianas que pueden desbocarse, pero como a partir de los últimos tiempos el crítico revisionismo histórico ha levantado la censura sobre dicha familia mantuana y con el aporte de valiosos historiadores que escudriñan sobre el tema, a flote salieron diversos aspectos necesarios de abordar con la precisión e imparcialidad requeridas, para descubrir tantas falsedades o equívocos que penden sobre estos personajes de la elite caraqueña y desde luego que vamos a tratar sobre ellos, como lo haremos en varias oportunidades del blog, lo que conduce a descubrir aventuras y malandanzas desde el pater familias Juan Vicente, o sea del empelucado Juan Vicente Bolívar y Ponte, porque de tal palo tal astilla, como reza el adagio, para después trabajar algo sobre la figura también controversial de su hijo el libertador Simón Bolívar.
De porte aristocrático y cara picarona, se casó ya maduro para la época con una  tierna joven a quien enriquece con su propio caudal, que era mucho dinero,  y con la que tuvo dos engendros varones y tres hijas que dieron quehacer en el entorno, salvo la menor, porque fallece de horas de nacida. Don Juan Vicente muere tuberculoso, su esposa le sigue pronto con la tisis y al hijo Simón  le consume lo hético, en su agitada y relativa corta vida existencial.
A este varón de buena cuna provinciana desde muy joven le gustó acrecentar el capital y los intereses dispersos, por lo que pronto entra en tratos con la monopolística Compañía Guipuzcoana, que desde tiempos del rey Carlos III y de antes con la excusa del tráfico ilegal maneja los negocios grandes de Venezuela como el cacao, tabaco, añil y los cueros de res, de donde sin dejar señales que lo acusen admite “regalos” en fraude al fisco de la Real Hacienda de provincia, de la cual este mantuano era Administrador, al tiempo que es también contrabandista de mulas y cacao por La Guaira, con lo que elude el pago de esos impuestos legales, a escondidas destila aguardiente de caña en su fundo aragüeño de San Mateo, además de ser comerciante inescrupuloso y mal visto por vil oficio de acuerdo a su condición social, con cuatro establecimientos propios pero no bajo su nombre, siendo uno de ellos la venta de telas finas en Caracas, y otro de variedades situado en el callejón Muchinga guaireño, sirviéndole en tales menesteres mercantiles el testaferro Francisco Carrasquel, según investigaciones entre otros del profesor Vivas Pineda. Es de recalcar que este progenitor Juan Vicente ejerció como Oficial Real del fisco de la provincia, tejiendo así una madeja de negocios nada santos con encargados en Caracas y La Guaira, a través también de sobornos y dádivas, llegando a atesorar la segunda fortuna de Venezuela, luego de la del marqués del Toro,  e incluso manteniendo mucho dinero en efectivo, según lo demuestra el profesor universitario Juan Morales Álvarez. En esa lista de propiedades que acumula, fuera de las numerosas que heredara de antaño se cuentan grandes  haciendas de cacao en los valles del Tuy, en Morón, Zuata (de añil), Caicara, valles de Aragua, el ingenio azucarero de San Mateo, el extenso hato guariqueño El Totumo, de Tiznados, cacao en Barlovento, cerca de Capaya, y otros fundos que sería aquí largo de enumerar.
Pero de lo que hasta ahora se comentaba poco fue en referencia a la ardiente vida sexual de este caballero de espuelas filosas, que emulando a la ranchera mexicana “sigo siendo el rey” hizo fama en los anales del poder y el donjuanismo, como del derecho de pernada en la provincia de Caracas o Venezuela, y que casi por fuerza mayor saca a la luz, pero en expediente secreto, el celoso y fanático obispo diocesano Diego Antonio Díez Madroñero, que llegado al país  en 1756 ya en 1765 no aguantaba más tal escándalo acumulado en el tiempo, por lo que ante el enojo vuelto chismes como dimes y diretes, resuelve abrir una investigación seria y al estilo eclesiástico, para tomar medidas al respecto. En el minucioso expediente que levanta a base de interrogatorios precisos y reiterados como manda la Santa Inquisición, se comprueba que este padrote de ojos azules y obsesivo sexual es un perseguidor empedernido de mulatas, blancas, indias y cuanto se interponga, pero lo que pone en jaque a La Victoria, el villorrio de San Mateo, Turmero, Cagua, La Villa y otros campos poblados, es su tozudez, porque en el don fálico que ostenta quiere acostarse con todas las mozas, de preferencia vírgenes que por allá le atraen, y mire que en buena parte lo hace a satisfacción dada su capacidad económica y persuasiva, como que nadie ve, oye ni entiende lo que este cazador de encantos  premedita y realiza.
           Además, para agregar a la historia del   viejo     empedernido, Don Simón hijo tiene entre otros, como es de consuno suponer, un medio hermano ilegítimo [“su madre -señora principal- era prima de su padre”, se escribe a estas resultas oscuras] de nombre Juan Agustín Bolívar, criado en la casa paterna de la tía Josefa, y conocido en tal enredo porque el taimado picaflor lo menciona en su testamento,al reclamar éste parte de la rica herencia bolivariana.                                                                      Pues bien, volviendo al tema del riguroso y nutrido expediente que reposa en el Tribunal Eclesiástico de Caracas,  se asienta con pelos y señales que debido al incontinente vicio de la carne el lujurioso y para entonces solterón en un serrallo extenso que posee fuera de tener alcahuetas pagas y adiestradas a su servicio, en el incesante escenario erótico mantenido a satisfacción se acostó con la india María Bernarda, con quien tiene varios hijos; la india María Juliana, la india María Rosalía, con otra Rosalía que se apoda La Chicota, la india Juana Antonia, a quien de seguidas embaraza, la india Catalina, la india María Simona junto con dos hermanas de ella; con la casada María Jacinta Fernández, en quien tuvo confesos “trece actos carnales”; con la adúltera consciente Josefa María Polanco y madre de una hija de este patriarca embrujador; con Paula Flores, que también le da un hijo ilegítimo; y la casada Isabel Requena, que en la desfachatez declara bien contadas “cinco relaciones sexuales” habidas con ese poblador. Y para colofón del Casanova insatisfecho, en el mismo expediente se asienta que en Cagua “pasan de dose (sic) las doncellas que ya se ha desflorado en solo este pueblo”. ¡Imagínense ustedes tal herencia cruzada y los descendientes cromáticos que el vivaracho semental tiene a escondidas en la ancha geografía de Venezuela¡
En resumidas cuentas y a objeto de precisar lo contenido en el expediente de marras, que suponemos fuera hecho bajo forma de juramento, se obtiene que 25 mujeres salieron  a flote en esa ocasión indagatoria, siendo 8 de origen indígena, en las que tuvo dos o más hijos. En cuanto a mujeres casadas e infieles por tanto y sujetas a castigos correspondientes por el adulterio, aparecen cuatro de ellas con dos hijos reputados de tal señor. Y para complemento de esta indagación sobre el tenorio allí consta por encima de 13 doncellas desfloradas en Cagua. Pero lo que más llama la atención de este sumario tan prolijo es el que zorruno Díez Madroñero entendió las principios inalterables religiosos a su manera, con aquello de que las leyes se acatan pero no se cumplen, al extremo que el “ingenuo” sacerdote acaso para no meterse en líos parroquiales comprende  todo aquel desbarajuste sexual a su inaudita manera y sin  pensar en el Código de Derecho Canónigo, al extremo  de llamar al botón a este “lobo” carnicero y dentro de lo alcahueta de su fallo, que denota sonrisa, a objeto de apenas “comedirse” ese caballero en el operativo colchón que bien practica, donde para sorpresa del vecindario, de todos y de la posteridad histórica, al final del abultado juicio la pena impuesta fue apenas moral, para salir del paso y sin otras explicaciones, puesto que ya inaugurando eso que se llama la inversión de la  carga probatoria don Juan Vicente resultó libre de culpas en el caso instruido, y al contrario, las agraviadas jóvenes para gracia divina del obispo fueron las “provocadoras” fálicas de tal personaje, siendo por tanto las responsables estas infelices agredidas, mediante la truculencia ocurrida en las pruebas palpables y no desestimadas, pues la sola estampa de este ramillete de féminas tentaban sin comedirse al pudiente señor de horca y cuchillo.
 Gracias a la temeridad y la paciencia del académico venezolano Ambrosio Perera y al estudio del conocido escritor bolivariano Salvador de Madariaga, pudo recuperarse al público este valioso documento por demás explícito, del que fuera padre de Simón Bolívar, quien siguiendo los pasos genéticos de su ancestro enamoradizo, tuvo mujeres e hijos a montón. Cosas veredes, Sancho amigo.

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