sábado, 2 de julio de 2011

CARA Y REVÉS DEL 5 DE JULIO DE 1811.

Amigos invisibles. Mucha gente se pregunta en Venezuela  y fuera de ella lo que realmente ocurrió en Caracas el viernes 5 de julio de 1811, cuando se declara con firmeza la Independencia del país, lo que he plasmado en el libro “LOS 42 FIRMANTES DEL ACTA DE INDEPENDENCIA” de próxima aparición, aunque deslastrado de formas académicas y en tono sencillo voy a explicar un poco el desarrollo de aquellos sucesos muy discutidos y por fin el parto natal de nuestro país, que con sus recortes y debilidades viene a ser el mismo que  ahora nos ampara.
            El inicio de este cuento transformado en historia se lo debemos al apetito imperialista de Napoleón Bonaparte, quien con el talante nervioso que se gastaba quiso arrodillar imperios, y entre ellos a España, para adueñarse del mundo que entonces interesaba. Aunque por estas tierras colombinas, de Indias mal llamadas, de tanto en tanto ocurrían sublevaciones y desobediencias coloniales a superar con prontitud, la chispa de algo nuevo en el escenario vital apareció de pronto con los destellos lejanos de la Revolución Francesa, que mentes afiebradas captan por estas tierras y que rompen una paz sostenida por el cansancio ritual, lo que se confunde y cambia  a raíz de la ocupación de España por el ejército francés y el destronamiento tácito de los dos borbones, padre e hijo, que entran a juro en la escena guillotinesca de la política viviente. Esto desde luego que cayó muy mal entre los caraqueños y vecinos sabelotodo, que en gran mayoría eran monárquicos fervientes, de donde se mueven en defensa del trono madrileño y que bajo ardides engañosos o fraudulentos para la detentación del poder, con la bandera defensora de los derechos del conocido cornudo Carlos IV y mejor del pusilánime hijo Fernando VII, desencadenan el primer golpe de Estado frío que ocurre en Venezuela, conducido por el febril trío Cortés de Madariaga, Villarreal y Arévalo, dando al traste desde luego con el poder constituido para así entre aspavientos reemplazar al desconcertado Capitán General Vicente Emparan y demás autoridades dependientes de Madrid, mientras se establece un gobierno de facto inicialmente mantuano, con que de verdad se inicia el proceso independentista de la América española.
            Reorganizar el nuevo estado de facto, repito, no fue nada fácil, y desde luego que se pensó en elaborar una constitución fundamental, con algunos proyectos que se tienen. Pero como la decisión ya estaba tomada, fue imprescindible empezar a escoger personeros a reunir en Caracas bajo ese fin vital, con el problema presente que tres grandes provincias venezolanas no querían bajo ningún pretexto formar parte de ese grupo independiente sedicioso, para seguir, hasta después de Carabobo con el sentimiento monárquico inquebrantable, que fueron Maracaibo, Coro y Guayana, aunque a través de personeros sumidos a la causa lograron sustraerle a Maracaibo dos territorios, con que se formaron las provincias de Mérida y Trujillo, como de otro contexto se instauran las de Barinas y Barcelona, mas Caracas, Cumaná y Margarita, para así reunir a 7 provincias convocadas por la Junta Suprema, con delegados principales y suplentes, escogidos bajo ciertas maneras de presión local, y vaya a ejemplo el caso de Miranda, que se sepa nunca conoció a su representada El Pao.
            Armado pues el tinglado constitucional, como cuestión curiosa el 2 de marzo de 1811 y con el fin establecido los emplazados al evento se reúnen en Caracas, nada menos que en casa de un noble y no de un  republicano, o sea en el hogar del conde de San Javier (esquina de El Conde), aunque luego se trasladen a un lugar más cónsono y espiritual, la capilla Santa Rosa de Lima del Seminario caraqueño, también bajo la mente conservadora de una Iglesia que para nada reconoció la Independencia, sino muchos años después. El Congreso, como es de pensar se compuso de la clase emergente y ansiosa de poder denominada mantuana, y de una mayoría de terratenientes, defensores desde luego de sus propiedades, con muchas ideas disociadas y hasta espectaculares pero siempre conservadoras, como el caso del colectivo clerical asistente, que hizo siempre hincapié en la defensa de los fueros eclesiásticos, salvo uno contrario a ese redil, el clan de los militares que sostenían cierta óptica diferente de lo que se trataba, el grupo de los juristas que fueron dando cuerpo a ese documento de la Carta Magna, y otros interesados por diversos motivos, mientras en las afueras del Congreso voces enardecidas por la Sociedad Patriótica jugaban otro papel saboteador y entre ellas la del impetuoso Simón Bolívar, que estrenando su verbo político machacaba aquello conocido  de que si acaso 300 años de sujeción  a España no eran suficientes, para rematar sobre la duda cartesiana de que “vacilar es perdernos”. Otros gallos cantaron en aquella ocasión cenacular, más confundidos aún, como el caso del Dantón Coto Paúl, quien no perdía momento ni gestos para defender la santa anarquía, como forma mejor de expresarse los pueblos.
            La parte concurrente a esta convocatoria no cejó en dejar plasmada su participación, con oscuros comentarios o tesis muchas veces machaconas, pero si sea oportunidad de mencionar algunos de estos próceres independentistas, donde acudieron muy serenos conspiradores fallidos, iluminados juristas como Roscio, Rodríguez Domínguez, al que asesinan Ustáriz, el malogrado mental Antonio Nicolás Briceño (luego fusilado), Juan José de Maya, el cubano Yanes, el dominicano Ramírez, el llanero Hernández y Paúl Terreros, gentes de noble cuna como Nicolás de Castro, Tovar Ponte, el marqués del Toro y sus hermanos Fernando, militar malogrado, y Juan José, el mantuano Gabriel de Ponte, sacerdotes dotados de retórica discursiva buscando la salida al juramento de fidelidad catedralicia hecho previamente  para defender los derechos de Fernando VII, como Luís Ignacio Mendoza, Ignacio Fernández Peña, Ignacio Briceño Méndez, Ramón Ignacio Méndez, Quintana, el llanero Salvador Delgado, Cazorla, Unda,  Díaz Argote, el célebre levita Manuel Vicente de Maya, quien tuvo la osadía de votar en contra de la Independencia tal como se esperaba hacer, porque esa no fue la convocatoria para el Congreso y además, no tenía facultades en ello de sus comitentes, propietarios rurales como Peñalver, gran amigo de  Bolívar, el humilde portugueseño Pérez de Pagola, clasificado como “indigente” en ese escenario de adinerados, los médicos Manuel Palacio Fajardo (y abogado también), Álamo, el curioso “curandero” Briceño Pacheco y el canario Cabrera, militares de escuela como Lino de Clemente, el peruano Sata y Bussy y Francisco de Miranda, que ya es mucho decir, gente del interior tal el cumanés Mayz, oficiales forjados en la guerra, valga mencionar a Alcalá Sánchez, Policarpo Ortiz, y el italiano piamontés Francisco Iznardy, célebre aventurero capaz que prestó buen servicio a la patria naciente y a ese Congreso por cuyas manos como Secretario firmante pasaron todas las actas y los detalles para hacer efectiva la fundamental convocatoria.
            Como resumen de la difícil jornada nueve sacerdotes de cuarenta y dos figuras presentes se apersonaron en la ocasión, más de quince de estos próceres sufrieron prisión en diferentes oportunidades y muchos murieron en la guerra o en los trajines por defender la misma causa, y hasta quedaron inválidos de por vida. Valga recordar, además, que la Universidad jugó importante papel a  través de sus egresados, donde contáronse abogados, jueces, teólogos, canonistas, catedráticos, educadores, y médicos provenientes en sus estudios de Caracas, Mérida, Santo Domingo, Santa Fe y El Rosario de Bogotá, siendo algunos biborlados o con más títulos universitarios, y entre estos firmantes hubo doce nacidos en Caracas, con profusión también de llaneros, y siendo diez hijos de españoles.  Muchos de estos firmantes además ocuparon diversos oficios en su oportunidad, como en el periodismo, escritores de libros, políglotas, filósofos, políticos, parlamentarios, intelectuales, pedagogos, magistrados, tres rectores universitarios, humanistas, bibliófilos, eruditos, diplomáticos, naturalistas, marinos, músicos, comerciantes y armadores de barcos, tal el caso del margariteño leproso Plácido Maneyro, geógrafos y otra varia especie de actividades que desempeñaron en el curso de cada existencia vital.
            Pero lo que llama poderosamente la atención tanto como para hacer hincapié, es la cantidad de arrepentidos o contritos que aparecieran luego, es decir que esos tales firmantes no fueron patriotas de verdad y apenas lo representaron a última hora y por aprietos o conveniencia, como medio de salvar el pellejo y las propiedades, y algunos hasta pidieron perdón mediante escrito ante el Monarca por haber cometido el tal desliz, de lo que después se arrepentirían durante el desempeño de sus vidas. Así tenemos que fuera del caso ejemplar del padre Maya, monárquico de convicción, regresaron al redil español lo tres hermanos Rodríguez del Toro, Felipe Fermín Paúl, después Diputado a las Cortes en España, y desde luego que Nicolás de Castro, defeccionando de igual forma (o sea, saltando la talanquera, según se dice ahora) el llanero Francisco Hernández, y el sacerdote Quintana, con lo que suman siete  los vueltos por siempre al regazo monárquico.
            El dos de marzo de 1811 se había instalado este Congreso con temas candentes como el centralismo y la magnitud arropadora de la provincia de Caracas, para concluir sus reflexiones a las 2,30 pm. del 5 de julio, adoloridos porque con cierto plagio de contenido se pensaba hacer tal declaratoria el 4 de julio, aniversario de la independencia americana, y luego a las 3 pm. de ese día el presidente Rodríguez Domínguez declaró solemnemente la Independencia de Venezuela, para lo que no fueron convocados, repito,  con la salva de aplausos respectiva, procediéndose a pasar en limpio el correspondiente documento y a recoger firmas de los representantes. Apenas el 14 de julio, coincidente con el aniversario de la revolución francesa,
fue cuando el Acta de Independencia es publicada en Caracas, por bando y las solemnidades de rigor, como se quiso.  Ninguno de estos caballeros que, entre paréntesis, nunca hablaron de República sino de la Confederación de las Provincias Unidas de Venezuela, estuvieron al tanto de pensar todo el meollo o berenjenal en que se estaban metiendo, cuando desde las 8 de la mañana ingresaran en la casa noble del caraqueño conde Mijares, en traje de rigurosa etiqueta, por lo que debieron andar de compras en días anteriores, o sea con zapatos de corte bajo, con hebillas de oro o de plata, medias largas, pantalón corto de tapa cuadrada, prevista de dos aberturas laterales, casaca de anchas solapas, chaleco bordado en seda, camisa rizada, cuello alto y corbatín. Luego, en las sesiones discutieron mucho (por cierto el Libro de Actas se perdió con la guerra y apenas una copia válida se recupera en Valencia, en 1907) aunque con palabras comedidas, y no pensaron que el guerrero monárquico Monteverde les iba a pisar los talones, por lo que entre el terremoto ruinoso habido y el temor al empuje combatiente del canario, los asambleístas deciden cambiar el Congreso y sus sesiones a Valencia, y allí la última reunión fue el 6 de abril de 1812, ya que luego por el ímpetu militar recuperador de los afectos al Rey, para los patriotas fue la desbandada y el ¡sálvese quien pueda¡, perdiéndose así 33 títulos nobiliarios heredados. A estas alturas ya el fragoso Bolívar había querido fusilar a Miranda por traidor y buscaba ansiosamente como irse de Venezuela.
            En resumidas cuentas de esa fecha aniversaria se desprenden  muchas zancadillas improvisadas que sumieron en  consternación parcial a sus miembros, con un temario y resoluciones fuera de ocasión, con influencias de calle y de lo interior que calza entre lo desmedido y la zozobra, donde los consensos fueron buscados bajo cierta presión, en algo ideal, soñador, subrealista, en que por error todos creyeron, aunque lo palpable y para abrir los ojos estuvo a la vuelta de la esquina, mientras se iniciaba la muerte por doquier y la desesperación, apareciendo así nuevas figuras para sostener una guerra fratricida en que sucumbiera la cuarta parte de la población venezolana, con el destierro, el hambre, la miseria subsiguiente y esa agitación heredada y sorpresiva en que se ha vivido siempre, desde aquellos tiempos remotos de lo desleal y la defección y hasta, porqué no, de la ambigua ingratitud.

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