miércoles, 5 de febrero de 2014

EL PROMINENTE REINO DE LOS CUICAS (I).


                                                                                                          Al doctor Francisco González Cruz, rector de la Universidad  Valle del Momboy, en Valera, Venezuela. Dedico.                                                

Amigos invisibles.  Este tema a tocar para mí es permanente, pues desciendo de aquel reino ficticio e indígena donde nací y en parte me formé, de donde a mis años puedo escribir con sensatez y claridad sobre tantos aspectos del hasta ahora poco conocido grupo cultural que viene a ser un ícono dentro de esa Venezuela indígena entre la variedad de tribus establecidas en el país, porque  a su desarrollo dediqué el libro “Diccionario general de los indios cuicas” (Caracas, 1997)  y otro trabajo condensado con el mismo epígrafe identificador en este blog el 28 de abril de 2.012, siendo producto del estudio respectivo y que ahora prometo ampliar lo necesario (con el permiso de los pacientes cuanto interesados lectores) para que todos sepan los intríngulis de ese mundo casi desaparecido entre un  mar de leyendas y por cuanto suficientes amigos me han pedido que insista sobre el trabajo realizado a fin de darlo a conocer entre los antropólogos e indigenistas, académicos y otros amantes extranjeros, lo que comienzo a imbricar en varias sesiones de enseñanza, porque de otra manera no podría ser.

            ORIGEN GENÉTICO.

 La cadena de montañas que conforman la parte andina de Venezuela, por lo contrario del macizo guayanés, son las tierras  más nuevas de nuestro territorio, pobladas lentamente  y quizás desde hace unos cinco mil años, una vez que se retirara  de aquellos lugares  el período glacial. Desde luego que en el contexto de esa masa autóctona americana y dentro de dos teorías, la mongólica siberiana o la polinesia del etnólogo Paúl Rivet, gentes extrañas vinieron a establecerse en los nuevos territorios, de donde a Venezuela entran por el Sur dos grandes oleadas indígenas, arahuacos y caribes que con el curso del tiempo tomaron posición en el entorno de las fronteras establecidas, para así irrumpir desde el llano sabanero y hacia los escarpados Andes venezolanos parte de esa nación arahuaca, entonces más desarrollados culturalmente, mientras los guerreros caribes salían a través del río Orinoco para extenderse por el amplio mar al que dieron su nombre.

           
             Dentro de la superposición de sociedades y costumbres, hacia el comienzo del segundo milenio aparecieron desde el Occidente y en nuestros Andes venezolanos, pueblos de otra realidad cultural, más sedentarios incluso, que provenían como desprendimientos avanzados de la fronteriza gran nación muisca o cundiboyacense colombiana, que en la mezcla subsiguiente se fueron aposentando  en lo que hoy son los tres estados andinos y otras tierras cercanas, con buen entendimiento de sus habitantes, desde las montañas altas del Estado Lara hasta la extensa altiplanicie de Cundinamarca, donde predominaba  la etnia chibcha, dueña de mucho oro por el trueque que hacía en la venta de ricos placeres de sal minera (kuchafi o mumbúh). Pero ese negocio interactivo vino a decaer cuando las aguerridas tribus caribes entran por el  lago de Maracaibo o de Coquivacoa y se adueñaron de sitios estratégicos fluviales pertenecientes al hoy Estado Táchira, con lo que en la ruptura habida se perdió aquel comercio tribal y el entendimiento establecido de siglos atrás, de donde los indios mukus de Mérida  y los cuicas de Trujillo (nunca unidos en una sola nación, en la falacia y leyenda de lo absurdo comienzan a llamarlos timotocuicas) despojados de ese cordón umbilical formativo, dentro de una nostalgia acompañante quedaron apenas con una relación no muy dinámica entre ellos mismos.

            DOS NACIONES, DOS RÍOS.

            Delineados así estos comienzos del estudio debemos afirmar, por tanto, que dos grupos culturales indígenas afines por su procedencia pero no iguales, existieron para el momento en que los conquistadores españoles penetran por primera vez en territorio andino de Venezuela, es decir, el extenso grupo mukus correspondiente a Mérida, y el poblado cuicas, establecido en Trujillo. Ambas grandes naciones compuestas por numerosas tribus mantuvieron buenos contactos étnicos y culturales sin perder su identidad, e incluso en ciertos sitios territoriales se relacionaban de manera estrecha, como fue el caso de los fronterizos indios timotíes.

 


 
             A objeto de mejor separarlos, basta decir que la nación mukus tenía como vértice de su existencia el merideño río Chama y sus afluentes, y dividido por la impar  cordillera nevada andina en sus altas montañas hacia el oriente de aquel territorio se hallaba establecido el fantástico mundo de los cuicas, cuyo eje vital también era el caudaloso río Motatán (Hitatán), que en un principio dio nombre a esos terrenos de su cuenca, y a la vez el río Boconó, cuyas aguas son servidoras  hacia los grandes cauces llaneros. Es menester aquí decir que los nombres para identificar tales culturas no provienen de alguna superposición de jerarquías, pues la mukus (así respeto la “k” determinante) o para otros chama, deriva de la toponimia existente, y la cuicas se debe a la extensión lingual que dieron los conquistadores a los pueblos situados en lo que hoy conforma el Estado Trujillo, al haber penetrado inicialmente sus huestes por tierras de los indios cuicas, pues en verdad estos lugares estaban poblados por cuatro importantes familias indígenas al mando de caciques diversos, que se emparentaban entre sí y que por cierto no anduvieron muy de buenas unas con otras parcialidades, lo que dio oportunidad  a ser pronto sojuzgadas por el invasor europeo al mando del extremeño Garcia de Paredes, a pesar de las oposiciones armadas que por cerca de dos décadas les hicieron algunos connotados caudillos indígenas (ergo Pitijai) y sus huestes.

            LOS CUICAS Y LA PENETRACIÓN ESPAÑOLA.

            Para ampliar el concepto debemos señalar que la palabra “cuicas” proviene del  término chibcha  “cuate quica”, que significa “tierras altas”, y que esta nación se hallaba asentada sobre una superficie serrana de 362 leguas, según el cálculo español, mas las tierras bajas adyacentes, es decir, algo así como 8.000 kilómetros cuadrados, correspondientes a un poco más del hoy Estado Trujillo, tierras que corren desde el páramo Serrada hasta el macizo de Comuñere, para llegar al portachuelo y llanos de Carora y Monay, la quebrada Tafajes, hacia el occidente timotí, las aguas vertidas rumbo a los llanos barineses y piedemontes andinos,  y los otros fluidos acuosos que encauzados por el Motatán, río padre de la nación cuicas, vierten su caudal en el lago de Coquivacoa (Maracaibo).

 
Sea oportuno asentar que los primeros españoles que exploran terrenos de esta nación andina son algunos soldados dispersos al mando del capitán y justicia mayor Pedro de San Martín, de la soldadesca extraviada a cargo del alemán welser  Ambrosio Alfinger, que un tanto perdidos deambularon por tierras  lindantes con el lago de Maracaibo. Años después y por alguna información de confidentes indígenas sobre supuestas riquezas auríferas (que en verdad eran vetas de mica o silicatos brillantes) se arma una expedición  al mando del mestizo coriano Diego Ruiz Vallejo, que sale de El Tocuyo en 1549 y con  adversidades presuntas va hasta el valle de Boconó, sin obtener mayor éxito de riqueza en tal búsqueda apresurada. Y es al extremeño trujillano Diego García de Paredes, hijo del famoso “Sansón de Extremadura”, a quien toca el honor de incursionar de manera definitiva y oficial sobre el territorio cuicas, quien desde El Tocuyo y a través de los Humocaros larenses da vueltas para al fin hallar un sitio propicio a objeto del asentamiento humano requerido, en el populoso sitio de Escuque, de donde una vez fundada la población llamada Trujillo con el protocolo de costumbre, debió cambiarse aprisa de lugar  a esta “ciudad portátil” rehecha en siete oportunidades, de donde su cognomento nominal varió por causa de los traslados, debido en casos puntuales como los latrocinios y violaciones con la población autóctona, otros desmanes, malos terrenos infecundos para la agricultura y variadas calamidades naturales como la invasión de grandes hormigas llamadas bachacos, la salubridad, etc., hasta que al final el también  extremeño Francisco de Labastida con olfato zahorí la asentó en un pequeño valle pacífico de los indios Mucas, abrigándola así contra las posibles excursiones y guasábaras indígenas.

POBLACIÓN Y FAMILIAS.

Dentro de un territorio  poco poblado (500.000 personas) como era Venezuela, el número de los habitantes cuicas para aquel tiempo de la colonización española podía exceder algunos 20.000 naturales, si tomamos en cuenta la alta mortalidad de sus miembros debido a causas comunes como enfermedades infantiles (diarreas), sarampión, deficiente ingesta alimenticia (tuberculosis) y a la relación con el hombre barbudo, blanco (karachu), que produjo encuentros guerreros, trabajos extenuantes y nuevos padecimientos, por ejemplo la terrible viruela, para la cual no tenían defensas corporales los nativos, de donde fallecieron por miles a causa del terrible flagelo transportado. Otros padecimientos que se ensañaron con el elemento indígena fueron el ancestral bocio, el importado tifus, la malaria o paludismo, la fiebre amarilla de las tierras bajas, y la terrible lepra, sobre todo en las regiones altas o parameras trujillanas.

Cuatro importantes familias  conformaban esta nación, que fueron : 1) Los tostóses, identificados por boconoes, con quince parcialidades (majunt); 2) los timotes, con ocho parcialidades en Trujillo, estos muy consustanciados con los demás cuicas, y otras doce parcialidades del lado merideño, aguas arriba del río padre Motatán, que hacía de franja divisoria y que sirvió durante la colonia como  frontera entre Santa Fe y Venezuela; 3) Los valientes escuques o escuqueyes, conformados por doce parcialidades habitantes de tierras altas por las montañas del emblemático cerro  El Conquistado, y las bajas hacia Betijoque y los llanos cercanos al lago marabino; 4) Los propiamente cuicas, más cercanos a El Tocuyo, con veinticinco parcialidades. A este linaje característico hay que agregar la peculiar familia cuicas de los tirandáes, con catorce  parcialidades principales centradas alrededor de lo que hoy se llama el emblemático Santiago (chachí).     Esas familias principales dependían anímicamente  de los villajes o centros indígenas (kustomós) de Boconó, Jajó,  Escuque y Carache.   Dentro del sedentarismo existente a que estaban acostumbrados, en dichas tribus podían contarse diecisiete pueblos aborígenes con dialecto común, salvo localismos y algunas influencias exógenas fronterizas, de donde bien se entendían en la diaria relación social.    A estos pueblos aborígenes una vez llegados los españoles pronto los reubican en lo que ellos  llamaron “asentamientos”, que luego algunos cambiaran de emplazamiento por disposición legal española, siendo así otros indios repartidos y colonizados mediante las llamadas encomiendas.

En definitiva los cuicas se componían de cinco grandes familias y un total de ochenta y seis parcialidades, que le dieron característica y presencia a esta nación y que por rara concordancia como caso especial siempre ha identificado in extenso a su pueblo con el territorio trujillano. Debemos indicar igualmente  que la nación cuicas estuvo rodeada en sus fronteras de otras tribus indígenas, entre las que señalamos: A) Los fieros jirajaras y betoyes, de origen nómada caribe, establecidos hacia las zonas de los llanos de Monay y Carora los primeros, quienes emparentaron mezclándose  en algunos casos con los cuicas caracheros (verbigracia el caso de Pitijay), y al Sur del Estado en el piedemonte portugueseño y barinés, los segundos; B) Los quiriquires, motilones y aliles, también de origen caribe, a través de contactos mantenidos por el lago de Maracaibo, como expertos navegantes en curiaras; C) Los caquetíos y homocaros (humocaros) larenses cuyo hábitat correspondía por el piedemonte andino y caroreño; D) Los aracayes, gayones y cambambas, hacia las estribaciones llaneras; E) Los caratanes y calderas, también vagabundeando en el piedemonte barinés; F) Y los chamas, mucuchíes y chachopos, hacia las alturas de la cordillera andina, una vez traspasado el río  Motatán. Otra penetración indígena también existió por parte de la nación mukus, es decir los timotíes, que algunos se establecieron en una faja desde las márgenes del río Motatán hasta Castil de Reina, cerca de Mendoza Fría, con prácticas culturales muy influenciadas por la cultura cuicas.

AMBIENTE GEOGRÁFICO.

Con respecto a la materia geográfica podemos agregar que en el mundo territorial de los cuicas hay treinta ríos principales o cursos de agua, con buena contención de líquido para aquellos tiempos debido al espeso follaje de sus bosques, y que además se podía divisar treinta y cuatro picos montañosos, algunos parameros (gank), con más de tres mil metros de altura, donde reinaban las plantas mágicas como el frailejón de hojas aterciopeladas  (fho) y el vigorizante díctamo real (drossera condeensis), el reino mágico de la neblina y el silencio mayor entre bellas lagunas existentes, y donde pasearon sus imponentes cuerpos territoriales el característico oso frontino y el alado cóndor altanero, que también domina el escudo de armas trujillano.

El río Motatán, caudal emblemático de aquellos indios cariñosos porque era fuente de vida y esperanzas, de un inicio separó el territorio dependiente de Pamplona en Colombia y el que correspondía a El Tocuyo, cabeza colonial de Venezuela, según la división de sus aguas, lo que se hiciera ley mediante convenio firmado en el valle de Tostós (Boconó) a principios de 1559, entre representantes de ambas partes jurisdiccionales, o sea al inicio de la conquista de este territorio  indígena. A ese río padre (kombok) que desemboca por rico delta en el lago de Maracaibo, le son afluentes muchos cauces y quebradas, como el Momboy, Misturnucú (Jiménez) y el Carache, y dentro de la división  colonial que separaba a Santa Fe de Venezuela en la orilla granadina se hallaba establecida  la floreciente Mucurujún (Timotes), en la vía que parte de los Cuatro Caminos (op) indígenas  para después unidos atravesar el territorio cuicas, mientras el natural indígena entre  bucares y cedros milenarios contempla la belleza paramera de Cabimbú y Tuñame, con el Musi por frente (Teta de Niquitao), y donde mediante otras veredas ascendían las calzadas indígenas encontradas por Barinas, en la senda lenta pero segura hacia el intercambio permanente con Mucuchíes y  Tatui (Mérida).

VIDA SOCIAL.

En cuanto a la manera de ser de estos indígenas trujillanos diremos que eran sedentarios por esencia, agricultores y también practicaban la cacería con trampas y flechas envenenadas (o la pesca con plantas ponzoñosas usando así el tóxico llamado barbasco y la lanza delgada), pero lo que excediera en riqueza natural dentro de sus diversos territorios fríos, templados o calientes fue la abundancia  de venados, chiguires, picures, conejos, lapas, joques (hurones pequeños), dantas, loros, monos, aves (kchú) y otras carnes para el diario consumo. En materia de agricultura tradicional se valían de los sistemas andinos heredados de esos ancestros muiscas para practicarla mediante terraplenes o vallas de piedra (catafós) con riego incorporado (tobaley) a través de guaduas, árboles huecos de yagrumo y acequias trabajadas, utilizando también estanques de almacenamiento (quinpués) y trojas para guarecer productos de la tierra. Usaban igualmente  las hachas talladas, picos y la coa, duras  y puntiagudas, chícora o barretones hechos con maderas fuertes y afiladas para sembrar, teniendo a la mano marusas, manares, cataures, sacos de henequén y otras bolsas artesanales a fin de transportar los productos, muchas veces llevados a la espalda (kasembeuch), la frente o el hombro (kukutan), hasta cuando llegaron los españoles y aportan el valioso uso del burro, el mulo y el caballo.

 
Por tradición ancestral toda la propiedad era colectiva, aspecto también de origen muisca, y se vivía de preferencia en aldeas o grupos comunitarios, en chozas grandes o pequeñas (kfok o kurokotas) de tierra y palmas (kúrkutas) o bahareque, pero en las regiones parameras era necesario utilizar la piedra (teunch) a objeto de resguardarse del frío (cheúch) tenaz. Para el dormitorio (tetmuí) utilizaban como camas (kuaken), las tejidas  esteras (petates) de plátano, cubiertos con mantas (cupak), las trojes (kaken), barbacoas, y en lugares calientes los espaciosos chinchorros o hamacas de henequén o cabuya sostenidos por cuerdas y mecates. En las casas usaban además de cuernos (shiayá) de venado para colgar, el fafoy con que recoger agua a mantener en fresca pimpina, la paleta o curandún, un fogón primitivo o anafe con tres topias y leña (tishep) de carbón, prendido con tizones o mediante el frotamiento de maderas secas, para en ollas (nayú) hacer los hervidos  de carnes y legumbres (kozó) con cambur cocido y arepas abundantes, mientras la piedra de moler maíz (“kiangue”, y “metate”, o sea la piedra labrada redonda, más pequeña y mejor alargada), para hacer arepas en el budare, las vasijas de barro cocido, algunas a manera de botijos, y otras con asas o agarraderas, eran indispensables con la necesaria jícara y totuma para líquidos calientes como el chocolate, a fin de así revivir la vida social e intimista de esa nación indígena de los cuicas, en Venezuela.

ESTE TRABAJO SOBRE LOS INDIOS CUICAS CONTINUARÁ PRÓXIMAMENTE.

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