lunes, 20 de enero de 2014

EL SUPLICIO DE VIAJAR HACE UN SIGLO.

 
Amigos invisibles.   De nuevo en el país, aunque parezca  suspicaz escribir sobre este tema abordaré el suplicio inquisitivo para dar consistencia en cierto modo a la Venezuela de nuestros abuelos, la del siglo XIX, cuando terminó la guerra contra España y luego empezamos otra contienda sangrienta que fue la lucha de los caudillos analfabestias por su perpetuación en el poder, hasta cuando vino a dislocarse tal poderío nefasto por causa según algunos del benemérito general Juan Vicente Gómez, para luego y con otros signos de cambio acomodados al nuevo tiempo, reemprender los “guisos” delictuales que saquean por parte de aquellos nietos de estos depredadores de la política o el Estado, insistiendo siempre en medrar alrededor de la riqueza nacional manejada por el propio Estado y otras corrupciones que apestan, todo ese cambio digo, conforma una etapa difícil y folclórica de nuestro hacer o deshacer, que tiene relevancia porque sin descubrir la columna vertebral que ataba la consistencia del endeble país, que son los ejes viales, queda casi un hálito o sensación de lo insatisfecho, como si no existieran extremidades visibles para conocer el espinazo de nuestro territorio.  Valgan las comparaciones.
 
Pues bien, ese sistema circulatorio tan bien enhebrado en la distancia arranca desde los tiempos coloniales, cuando el principal factor de transporte fuera del pedestre y algunas sillas o parihuelas sobre esclavos era el caballo en los lugares planos, y la mula, en sitios arriscados, lo que venía a empeorar la situación esos caminos reales hechos vestigios ruinosos del pasado, porque los demás senderos para tránsitos humanos adolecían de graves defectos por la poca manutención acaso debido a motivos naturales, pudiendo citar el desbordamiento de los ríos y el desplazar de  algunos sitios pendientes donde el lodo podía hacer de las suyas.     De igual forma la navegación fluvial y marítima estaba aún en pañales, debido a los débiles transportes de canoas, piraguas, bongos o champanes y a la incomodidad por demás característica. Ya pasada la guerra de Independencia es cuando se piensa en reparar algunos de esos senderos maltrechos y olvidados como la apertura de algunas nuevas vías con cualquier posada en el camino, organizándose así mejoras para transitar en lo existente, valga de ejemplo la vía de Caracas a La Guaira y viceversa por el llamado Camino de los Españoles, que arrancaba de La Puerta de Caracas para atravesar montañas, llegando al puerto natural de La Guaira no sin sobresaltos como de bandidos  y por la vía polvorosa de Maiquetía.      Otros caminos de su especie se abrieron en Venezuela, de no muy grande extensión, donde se incluían algunos puentes y defensas, como el aún existente en Caracas y que llaman de Carlos III.      Pero la verdad era que para mediados del siglo XIX las comunicaciones en el país estaban casi inexistentes por las numerosas dificultades que tenían como la atención de las mismas, debiendo recordar que el primer gran viaje terrestre desde Nueva Andalucía o Barcelona, hasta el Nuevo Reino de Granada (a Tunja) lo realizó el extremeño Francisco Ruiz, uno de los fundadores de Trujillo, invirtiendo en ello (1551) la bicoca de seis meses en traslado sin caminos, veredas o sendas, abriendo el paso con machetes o picas, en medio de otros sufrimientos crónicos y enfermedades.
 
Para mediados del siglo XIX el viajar era causa de suma necesidad y atrevimiento, agregando a ello como dimos a entender en referencia al peligro de los salteadores de viandantes que proliferaron sobre todo por la hambruna desatada luego de la Guerra Federal y cuyos nombres o alias de tales facinerosos hicieron y hacen fama dentro  del medio en que transitaban con sus fechorías.      A ello debemos añadir que luego de tal contienda nefasta mencionada el paludismo endémico que azotara de siempre a una parte de la población venezolana, por circunstancias genéticas mutantes se transformó en epidémico, como también la temible fiebre amarilla, episodios que diezmaban la población del país, de donde transitar por sabanas bajas y llanos desolados, de los tantos que abundaran en Venezuela, era un verdadero martirio y casi que la muerte, ya que, por ejemplo, durante el período de invierno cuando se desbordan los numerosos y grandes ríos como el Orinoco y el Apure, miles de kilómetros cuadrados se convertían en inmensos lagos imposibles de transitar por tierra y donde proliferaban peligrosos animales carniceros como los temibles peces caribes o pirañas que podían transformar un ser viviente y en cosa de pocos minutos en cualquier esqueleto descarnado, para espanto de quienes podían de esta manera verlo.    Y así sucedía igualmente con los caimanes, suerte de cocodrilos americanos que escondidos esperaban la presa para saciar su apetito  con diversos animales y cientos de humanos.      Por el mismo estilo en estas ciénagas y humedales estaban “como caimán en boca de caño” las conocidas babas, diversas serpientes de agua, mortales, de gran tamaño (anacondas), y las famosas boas, que con su fuerza estranguladora diezmaban lo población local, en especial indígena y afrodescendiente.      Otro flagelo de su estilo fueron los temibles peces tembladores, cuyas descargas eléctricas podían paralizar los músculos de quienes las recibían, provocando la muerte por ahogo y otros males alusivos que bien retrata el barón Alejandro de Humboldt sobre los viajes que hiciera en Venezuela durante dieciséis meses y que terminaron en noviembre de 1.800.
 
Para mediados de ese siglo y cuando la población comienza a cambiar por obra de las necesidades y la aparición de la locomotora, una nueva idea aparece en esta clase de transporte porque la prensa refleja la existencia de los trenes con chimenea y de la navegación a vapor que deja alguna esperanza en cuanto a esta manera de transitar.      Sin embargo en la Venezuela aporreada por las necesidades y la escasa producción el ritmo de trabajo detiene aún el desarrollo, aunque aparezcan ciertas mentes progresivas pero caza fortunas, como el caso patético del presidente general Guzmán Blanco que quiere transformar todo lo que toca en oro.      De otra forma la cuenca del lago de Maracaibo, la zona de Puerto Cabello, La Guaira, Carenero, Barcelona, Carúpano, Angostura y otros sitios del oriente venezolano, por obra de la proximidad inglesa que despliega progreso con la isla de Trinidad bajo su mando, mantienen una flota de cabotaje que se adentra Orinoco arriba hasta la también llamada Ciudad Bolívar, y más allá, para ir cambiando tímidamente el aspecto vial de esos lugares, porque desalojan las curiaras y bongos primitivos, lo que atrae a una inmigración extranjera.          Sin embargo el transporte humano en Venezuela aún distaba mucho de ser al menos suficiente y en comparación con otros países que adelantaban este medio para salir del subdesarrollo.
 
A objeto de ofrecer un mejor ejemplo voy a mostrar cómo a fines del siglo XIX se viajaba de la andina Trujillo a la capital de la república, lo que era por demás de poca importancia ya que el país estaba aún dividido en porciones territoriales bajo cierta autonomía, y salvo ir al Congreso Nacional de Caracas por poca temporada, no había otra razón para aguantar ese traslado tan pesado, que no  pudiera hacerse por tierra debido a la malaria, la peste bubónica, el mal de chagas, bilharzia, la disentería y otros malestares corpóreos a contraer en el arduo camino.      Así pes para andar en esta ruta escasa se saldría a caballo de Trujillo rumbo el Lago de Maracaibo en un buen trecho terrestre del panorama  entre matorrales de abandono, escasos bosques y llanuras vacías, aunque pronto se construyera un pequeño cuanto lento tren de ciento y tantos kilómetros de trecho que de Sabana de Mendoza o Motatán llegaba al pequeño puerto de La Ceiba, para luego abordar una piragua grande o algún velero pequeño que atravesando la enorme masa de agua dulce en dos o tres días llevara al pasajero asustado hasta Maracaibo.      Allí era necesario proveerse de un pasaporte holandés y otros requisitos para poder arribar en un barco pequeño cargado de insumos al puerto de Curazao, y desde tal posesión neerlandesa continuar a Puerto Cabello para proseguir por vía marítima  hasta La Guaira, demorando varios días en tal excursión obligatoria. En este último puerto a través de diligencias desvencijadas por la carretera vieja y montañosa se podía llegar a la ciudad del Ávila, rogando a Dios que el viaje hubiera sido afortunado, sin contar con marejadas, tormentas eléctricas como otros problemas marítimos.       Y si a ver vamos a fin de continuar hacia el oriente del país, donde no existían carreteras ni sitios propicios despejados, necesario era aplicar el mismo sentido u olfato marítimo, saliendo de La Guaira y aventurándose a cruzar el peligroso Cabo Codera, hacer luego escala en el cacaotero Carenero, para seguir a Barcelona siempre por mar, continuando después a Cumaná, Carúpano y seguido del empeño tenaz a fin de empujar la proa al tiempo que se da la vuelta a la península de Paria para luego del sorteo de peligros borrascosos (Dragos) desembarcar en Trinidad, ínsula dependiente de Inglaterra, y luego seguir en veleros o un poco mejor si eran ingleses, adentrándose de seguidas por las varias bocas del Orinoco y dando vueltas en los cursos o meandros del río, a fin de llegar ya muy cansados a Ciudad Bolívar.
Pero como en el país aparecieron minas de oro y diamantes, y las reses por millones pastaban, la sarrapia perfumada, el café, el cacao, las plumas de garza, los cueros y otros productos exóticos atractivos a los ojos del capital extranjero, con rapidez empresas transnacionales se ponen de acuerdo principalmente con el bribón presidente Guzmán Blanco, quien bajo su comando pacta con empresarios ingleses y germanos, en especial, para diseñar y construir diversas vías férreas en el país aunque de poco kilometraje, por lo que en vuelta de poco tiempo se inauguran el ferrocarril a Valencia y Puerto Cabello, el de Barquisimeto, La Ceiba, San Carlos del Zulia, La Vela de Coro, Naricual, Carenero, El Encantado, Santa Lucía, Encontrados, La Guaira y otras trochas subsidiarias, de vía angosta y diferente anchura del tren, lo que vino a sumar unos mil kilómetros lineales, y para sorpresa de todos  esos trencitos por demás incómodos para principios del siglo XX constituían la red ferroviaria mayor existente en la América del Sur, lo que pronto comenzó a decaer por la desidia del mantenimiento, las disputas accionarias, porque al tener diferente anchura de los trenes se hizo imposible unificar esas empresas a objeto de su ampliación, y porque además, la guillotina final de tales medios de transporte, las que pudieron sobrevivir quebraron falleciendo de mengua artrítica cuando comenzó la competencia del transporte por carretera, o sea cuando Venezuela andaba inundada de gasolina.
Ya desde mediados del siglo XX y con los planes que el gobierno desarrollara al efecto, el problema vial y de sus componentes se transforma de una manera absoluta, al extremo que se construyen autopistas, puentes y túneles que estaban entre los mejores del mundo en materia tecnológica y para el esparcimiento de la población, cruzándose el país de carreteras pavimentadas con asfalto y realizándose obras de envergadura como el puente sobre el Lago de Maracaibo, los puentes pretensados y el famoso túnel en la autopista a La Guaira, que para entonces fue el más largo del mundo.     A ello debía unírsele una flota marítima de importancia y una flota civil aérea, o sea la Aeropostal, Avensa y la llamada Viasa, que en la prestación de servicios estaban consideradas como entre las mejores del mundo. Y conste que no exagero, porque de ello sobran pruebas.   Pero luego con la intromisión de la política en estos campos de la infraestructura nacional  y por tener ella otras miras maquiavélicas a nivel internacional, la riqueza del país reflejada en la extracción y los muy altos precios del petróleo que por casi tres décadas sostuvo una bonanza aparente de dádivas en compromisos allende las fronteras naturales, impidió destinar parte de esos recursos al mantenimiento y extensión de los programas viales, que salvo el nuevo puente sobre el río Orinoco hecho en vía expedita por brasileros para salir al mar Caribe, y el plan ferrocarrilero al mando de los chinos y casi paralizado, impidió enseriar dejando de lado los programas de largo alcance y manteniendo en suspenso esta materia, por lo que hoy las vías de comunicación en Venezuela, y a ello aunado  los tiempos de invierno fuerte ocurridos, andan en mal estado, muchos puentes corren peligro en su estructura o solidez y la capa asfáltica defensiva o de cemento se mantienen en peor estado, de modo que para sortear huecos en las carreteras se cae en otros desniveles o se rompe una llamada punta de eje  del vehículo, o se producen choques con los muertos encima y otros males que ustedes si son usuarios habrán padecido y en la prensa diaria los pueden comprobar, esperando apenas que la Divina Providencia nos ayude en estos casos de mal gestión oficial, porque de otra manera hay que pedir cacao, o llamar a María, según las expresiones criollas del país.    Por tanto agrego humildemente ¡Que Dios nos agarre confesados!

                Quiero cerrar la crónica recordando  que sobre estos viajes antiguos las compañías y artistas extranjeros se aventuraban para venir y atravesar la América del Sur, con circos, magos, mentalistas, músicos concertistas y otros de la especie, hasta mediados del siglo XX, por lo que su ruta preferida y sinuosa comenzaba en las islas del Caribe para atravesar luego por Venezuela, o sea Caracas, Valencia, Barquisimeto,   Trujillo, Mérida, San Cristóbal, Cúcuta, Bucaramanga, Bogotá, Ibagué, Cali, y hasta Buenaventura en al Pacífico, a fin de en un par de años proseguir rumbo al Sur en la vía de Guayaquil, acaso Quito, alguna ciudad del Pacífico peruano como Trujillo, Lima, y así siempre rumbo al Sur austral hasta Santiago de Chile, para continuar rumbo a Mendoza, Córdoba y algunas otras que se escapan de la pampa argentina, luego descansando de tal actividad artística en Buenos Ayres y antes de regresar por la culta Montevideo hacia un puerto europeo, siendo principalmente Barcelona. Viajes de tierra y mar que llenaron buena parte de la primera mitad del anterior siglo y una porción ya avanzada del XX, con la alegría inicial del arribo y la tristeza de su despedida. Y aunque esto suena como un viejo tango del recuerdo ello mantuvo avivado nuestra razón de ser en aquel tiempo con que entre saltos inesperados dio brusco cambio la mentalidad.

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