martes, 8 de abril de 2014

LOS DOS HIJOS DE SIMON BOLÍVAR. Y PUNTO.


               PREVIO AGRADECER. Con el arribo de este blog a los 300.000 visitantes dejo constancia afectiva a quienes con  paciencia  han estudiado  en 130 trabajos incluidos mucho sobre Venezuela y el mundo, visto claro está desde una interpretación precisa, personal y no parcializada.

     
Simón Bolívar
  
Amigos invisibles.  Como ya he tratado  sobre este tema bolivariano siempre sujeto a polémica, pasiones y controversias, igual a lo que sucediera con el emperador Napoleón Bonaparte por ser quien era y como otros de esa categoría e importancia,  es decir, por ser Bolívar una figura máxima sujeta a la exageración suprema, desde luego con el pensar de algunos, vengo a colocar otras piezas de ajedrez de tal suerte que el caraqueño  permanezca con amplitud en el recuerdo empíreo de los dioses y sin aditivos perniciosos. Pues bien, para comenzar a deshacer el tensado hilo de Ariadna y tomando en cuenta todos los detalles que se encuentran en el blog que aquí ya redactamos, trabajo  en dos partes titulado “Las mujeres de Simón Bolívar”, debo asentar sobre nuevas y decisivas fuentes de información escrita, que bien equivocados permanecen quienes aún sostienen la peregrina tesis de que Bolívar era estéril y por tanto no tuvo descendencia directa. Por Dios, hablar en estos tiempos eruditos y de cualquier forma alegre sobre tal falso supuesto y ante la demostración científica desarrollada que prueba lo contrario, es hacer mal juego a la Historia que se fundamenta no en mitos y leyendas provenientes del antaño acogedor y edulcorados para la satisfacción o el interés de muchos que aún sueñan con seguir los pasos heroicos e impolutos, fuera de discusión, de un Eduardo Blanco, de un Arístides Rojas, y más acá de los tiempos  un Vicente Lecuna o Cristóbal L. Mendoza, que fuera de las casillas racionales de manera permanente y en base a un razonar superado dedicaron  esfuerzos para sostener el sagrado  altar consagratorio de Simón Bolívar, sin penetrar en el necesario examen de su vida interior para hacer la verdadera Historia, lo que sin manos directrices  primero efectuaron con cierta discreción un examen superficial, y ahora mediante el análisis probatorio de diverso carácter y calidad se muestra otra visión más racional, todo lo cual desde luego amplía la sana cobertura de la información del personaje, audacia tecnológica llevada a cabo de unos cuarenta años para acá mediante  la explicación de otro nuevo tratamiento didáctico deslastrado de temores, porque se funda en un amplio campo de investigación contrario  al viejo esquema de tal estudio analítico, para así romper el  siempre presente e inquisitorial complejo del mito, con lo que se trazan sendas seguras y encomiables alejadas de la oscuridad destructora, en cierta forma aún reinante.

            Es bueno ya señalar para rebatir tesis absurdas sostenidas en mentes sugestionables y desactualizadas aún plenas de romanticismo, que el libertador Simón Bolívar nunca fue estéril, como él bien lo aclaró ante varios de sus acompañantes que siempre le rodeaban y respondiendo al acoso del francés coronel Peru de La Croix, memorialista que entonces se dedicaba a hilvanar un diario de actividades referidas al heroico estilo francés sobre la vida de ese caraqueño ilustre, cuando el año 1828 permaneció un tiempo en la ciudad colombiana de Bucaramanga (departamento de Santander), a la espera de noticias  provenientes de la controvertida Convención de Ocaña que se desarrollaba en dicha cercana ciudad y de donde por cierto el general Bolívar salió mal parado en los planes que allí buscaba, porque sus adversarios llevaron la delantera votante en este congreso, con lo que se echó más leña al fuego desintegrador de Colombia, en contra del caraqueño. Pues bien, el día domingo 18 de mayo de 1828 y en la tertulia posterior de sobremesa al almuerzo que ocurriera, Bolívar siendo interrogado con suspicacia por el culto francés sobre precisiones de su vida personal ante el grupo de oficiales de compañía y otros amigos allí presentes, según lo determina con detalles el galo coronel, entonces el caraqueño ante todo ese auditorio expresó de manera tajante  y sin interpretaciones sesgadas, porque sabía de los errores mantenidos sobre el particular, que le constaba que no era estéril, porque desde luego en dos oportunidades había tenido hijos a la altura del cielo o el frondoso valle santandereano, yo comento, o sea en Potosí de la hoy Bolivia y en Pie de Cuesta santandereano, lo que cual personaje fuera de serie al caraqueño  daba otra connotación de este hecho por demás humano.  Sobre esta circunstancia nunca he podido entender como reputadas plumas tergiversan esta afirmación hecha por el propio Bolívar, y con intenciones en verdad aviesas para no dañar el aura angelical (los ángeles son asexuales) del héroe impoluto y así mantenerlo junto al empíreo inmaculado de Zeus. Esta prueba básica emanada del mismo Bolívar es por tanto determinante en cuanto a la investigación de la realidad observada.

         
María Joaquina Costas
  
Para ahondar en la verdad de los hechos quiero afirmar sobre bases científicas que hoy se tienen a la mano, que Bolívar no era estéril, por los numerosos testimonios emitidos sobre el particular demostrable, y que al contrario de tal respuesta contundente, clara, dentro de su estructura física y viril  el caraqueño estaba poseído del espíritu sexual que por transmisión de genes y conductas impropias le bullía un interés espermático  hereditario debido a la disoluta herencia de su padre, que fue un Don Juan empedernido y libidinoso en cuanto a la cópula permanente del sexo seguro, como se ha asentado de forma precisa y con documentos de importancia (léase el conmovedor trabajo vinculante del obispo caraqueño Díez Madroñero), que incluyo también en un artículo publicado en este blog. Y  como de tal palo, tal astilla, sus hijos legítimos continuaron el mismo derrotero enervado en el hipotálamo cerebral, por lo que la hermana de  Bolívar, María Antonia, no se conformó con la pobreza emocional  y enferma de su marido, sino que anduvo amancebada con diversos hombres adulterinos, como bien lo supo y entendió su hermano y confidente de intimidades sexuales, Don Simón. Y Juan Vicente Bolívar, el hermano primogénito,  que en el ejemplo del desenfreno orgásmico  le dio temprano por andar con la testosterona suelta cazando mujeres de medio pelo para  el desahogo febril  de la concupiscencia, símbolo malsano con que atinaba observar la conservadora Iglesia de ese tiempo, por lo que en aquella Caracas socarrona cuanto asustadiza el hermano Juan Vicente olvidando la primogenitura ejemplar y ante el rumor chispeante de su época, convivía públicamente bajo techo con una señora de apellido Tinoco,  a quien embaraza de tres hijos bastardos que luego protegiera en la orfandad prematura, como lo hizo con otros, el compadecido tío Simón Bolívar. Esta es una nueva  prueba precisa que aclaro sobre el particular y que demuestra el poco interés que sostuvieran los Bolívar para guardar los fueros sociales correspondientes a su alcurnia colonial.

En cuanto a Don Simón, terrible por estos genes adquiridos y mayor desarrollados en el medio estrecho cuanto erótico con  las tres mezclas raciales y costumbres salidas de lugar, digo que por esa vida suelta y rebelde tenida desde su infancia, con cierta rapidez de principios avanzó con el conocimiento de su cuerpo en aquella suerte de tímida apertura de las costumbres seculares y por obra de los vaivenes revolucionarios que se veían venir, de donde nuestro caraqueño desde temprana edad concibe un mundo distinto de pensar, aferrado a los cambios solapados y con el ejemplo  galopante sobre la desarreglada vida de su padre, experto padrote con vírgenes esclavas (vírgenes, para evitar serias enfermedades) en las haciendas familiares, todo lo cual inquietara en su cabeza prolífica y lo que pronto le hizo heredar con gusto el camino sensual de su progenitor. Así este vivaz interesado con el bagaje recogido desde temprana infancia  se lanza en la pesca de oportunidades licenciosas. Simón Bolívar por otro lado era despierto, bien plantado, de distinguida nariz aguileña, oloroso a perfume y repleto de ansiedad, con deseo de ser mejor dentro del mundo solitario, huérfano en que viviera, como esperando mejores oportunidades que pronto las tendría entre sus manos. Viene entonces el período dinámico en que se lanza para conquistar el mundo, en las distintas facetas presentadas.  Y de seguidas aparece un caleidoscopio de mujeres que en tropel se avalanzan a los brazos del venezolano ardiente y a quien el temor lo mantiene socarrón, aunque ante el arranque irrefrenable de su verbo y espíritu y tensiones pronto cual tenorio enamorado buscando la exquisita manzana del deseo lujurioso  lo lleva a estadios superiores de pasión, unos pasajeros, otros estables, que es cuando inicia su heterogénea vida sexual con el sabor picante de la famosa hetaira Guera Rodríguez del Méjico virreinal, y de allí en desaforado intento de la cópula íntima sin escrúpulos ni detención alguna se entretiene entre damas ligeras de diferentes edades y clases, las que con ilusiones frustradas iluminan sus vientres con los albores del siglo XIX, mientras este pichón de Casanova se pasea por las sábanas de Europa en la coyunda permanente, que le produce tantos placeres como en el caso de una prima en París,  o la madre de la feminista Flora Tristán, Teresa Lesnais, y cuantas otras fueron necesarias para saciar su suerte ganadora, varias de las cuales según se conoce por cruces documentales sometidos a estudio aunque no exentos de pasión, sin recato alguno declararon ser madres de algún Bolívar escondido en tal vientre, de lo que hoy se tiene conocimiento aunque siempre sumiso a un examen razonado donde florezca la verdad, mediante documentos y otras pruebas evidentes en la mano,  tal el caso del famoso ADN. Como un trabajo de mi autoría sobre esos personajes femeninos que cobran cierta fama y actualidad por haberse acostado con Bolívar, podrá encontrarse en este blog la vida o los misterios de tantas mujeres que al caraqueño errante de una o de cualquier manera  le entregaron su amor, que fue más deseo. Así mediante este camino tortuoso y nocturnal sometido a presiones, el militar invicto por la vía de Bilbao sigue hacia la capital del Reino que es Madrid, donde en un santiamén la flecha tentadora y el flechazo del verdadero Cupido le hace añicos el corazón,  cuando conoce a la tristona María Teresa del Toro y de seguidas con el seso prendido piensa en desposarla de inmediato,  porque de esta manera aspira reconquistar las malas sendas de su agitada cuanto disoluta vida y existencia.

 Sea oportuno destacar aquí algunos aspectos de esa suerte de macho man infalible que a Bolívar durante buena parte de su andar lo mantuvo con cierta veneración.  Lo primero que debe interesarnos se refiere a la madrileña del Toro y Alaiza, suerte de ángel caído del cielo cuando el cuerpo  de Bolívar se debatía entre el mundanal ruido de la incertidumbre. Y María viene a llenar el vacío de la orfandad maternal, de los desaguisados del voluntarioso padre vestido con peluca rizada, y a traerle otras esperanzas de ser, que dentro de aquella juventud en desenfreno siempre lo mantenía en vigilia. Pero como los deseos no empreñan, según el dicho popular, aquel shangri-la en que se viera sumergido pronto se desvanece cuando la maternal María fallece en el horror de la asesina fiebre amarilla. Lleno entonces de consternación mortal regresa pronto al mundo subrealista del París lleno de fantasías, donde al dejar apenas en el panteón del recuerdo a la única amada, porque Doña Manuela Sáenz fue otra cosa muy diferente, cual caballo desbocado se lanza en el desorden lujurioso o fálico de la posesión femenina. Sobre este punto importante en cuanto al estudio de su vida que ahora se aclara, debo afirmar que en el mundo de la relación sexual freudiana Bolívar no distinguía en separar las clases sociales, ni a la edad, ni a la etnia proveniente ni a otras cualidades requeridas en este caraqueño del veni, vidi, vici hecho razón de ser de las facultades eróticas, que no fueron más excitantes y libidinosas porque no había nacido en lo que corre del siglo XXI. De esta manera, pues, debo dejar sentado que Bolívar tuvo, según diversos historiadores que mediante la lámpara de Diógenes esculcaran sus intimidades femeninas, que yo conozca y digo sin exagerar, veintisiete (27) amantes de diferente condición, que señalo con detalles en el libro sobre el fenómeno Bolívar, donde analizando los variados casos de premura o pausa circunstancial se puede encontrar una diversidad de mestizas aindiadas, mulatas claras y morenas, blancas orilleras, viudas y separadas maritalmente, y otras especies diversas de la escogencia lasciva que a lo largo de sus interminables viajes de acción se presentaron oportunamente y a quienes de manera huracanada y sin respiro conquistó. Valga las excepciones que por diversas causas existieron, aunque como vemos al pasar por los campos de su existencia caminante bien ataviadas y cual ninfas griegas por preparadas escogidas para el asalto en la ofrenda de sus virtudes tentadoras, cayeron en el enredo del amor, lo que con la potencia espermática de este caraqueño famoso varias de ellas concibieron hijos de tal centauro insatisfecho, en la balanza que significa treinta y un años (31) de acción genital y desde los dieciséis (a 47) en que comenzara la permanente batalla del sexo, cuando tuvo dieciocho amantes conocidas de fugaz o recia temporada, así algunos desde luego disientan de la calidad argumentando sin probanzas certeras la imposibilidad de la coyunda y poniendo por ello a cronos en función, por ejemplo, y aquí debo remitirme a numerosos historiadores que han esculcado sobre tales hazañas íntimas, quienes sostienen como yo y desde luego ante la avalancha positiva de pruebas aleatorias, que Bolívar sí tuvo descendencia clandestina, porque  sabemos que legítima documental no. De esos historiadores con criterio positivo señalemos a Cornelio Hispano, José  María Espinosa, Ricardo Palma, Madariaga, Arciniegas, Antonio Maya, Tomás Cipriano de Mosquera, José Fulgencio García, Antonio Cacua Prada, Luis Subieta Sagarnaga, Fernando Jurado Noboa, Hugo Velazco, Héctor Muñoz y muchos más de los cuales tengo conocimiento. Entonces para concluir en este aparte de su vida privada ante el irrebatible estudio de todos estos historiadores y sus pruebas a que me remito, ¿se puede entonces afirmar olímpicamente o de un plumazo, como se acostumbraba en el siglo XIX, que Simón Bolívar no tuvo hijos y menos que podía tener?. Absurdo y en desvarío sería pensar en  lo contrario. Y cuando el río suena………., complete la oración, por favor.

 Sobre ese tan cacareado análisis filial, debemos agregar otras fuentes y pruebas que con el paso de los años de estudio pueden aparecer  innovadoras, mientras la vehemencia sin límites de un inicio influye con la misma pasión para determinar sin fundamentos valederos y en base a la suposición, que Bolívar no dejó ni pudo tener descendencia, y lo que en el absurdo de estos repitientes del monólogo mental esgrimen a diestra y siniestra que Bolívar era infecundo sin describir o examinar por qué, ya que a él en esta suerte de probanza paternal necesaria nadie lo examinó, por ejemplo de si era o no débil espermático, porque eso incide para el embarazo, y de otras circunstancias médicas apreciables como pudo ser una lejana o juvenil enfermedad venérea que quizás le ocasionara cierta esterilidad pasajera. Pero nada de esto, repito, se ha probado sin salir de la hipótesis o el dilema,  porque todos los argumentos a favor que esgrimen los enemigos de su esperma, de la esperma de un Dios omnipotente para muchos y muchas, no pudieron engendrar al hijo de Júpiter. Así, en esta suerte de panteón consagrado aún andamos en tinieblas, y quizás con eso no ha mucho aparecido que es la prueba  científica del ADN, habrá de tomar su tiempo veraz y por tanto debemos seguir trabajando en este sentido con lo que reposa en nuestros estudios y conclusiones. Pero lo que sí puedo afirmar es que en el campo de la relación humana tanto la mujer como el hombre deben estar predispuestos, como el ciclo de ovulación y los períodos fértiles del embarazo, el problema del moco cervical, las infecciones vaginales y otras dificultades femeninas que frenan la concepción, cuando sabemos que  el 65% de la imposibilidad para concebir corresponde a la mujer,  y el 25% al hombre, de donde se demuestra lo erradas que están las suposiciones inválidas  mantenidas por la escuela obsoleta y los de la vieja guardia.  Otra cuestión aquí debemos recoger en cuanto a Bolívar, que ni remoto se pensaba anteriormente, como sería la medición de poca cantidad de espermatozoides sin llegar a  la esterilidad, la causa del estrés, la orquitis parcial, el recalentamiento o fiebre testicular, infecciones, reacciones inflamatorias, traumatismos como el largo cabalgar en caballo o mula que incide en el ejercicio seminal, y otras situaciones pasajeras para impedir la cópula perfecta.

 Para ser más exacto en los análisis que realizo dentro de lo escrito y afirmado sobre el particular, anotamos que hechas las cuentas necesarias y por las diversas fuentes tenidas a la mano podemos reafirmar que Simón Bolívar, campeón en estos menesteres de alcoba, tuvo al parecer y contra prueba fehaciente en contrario, treinta  y un (hijos) de diversas madres (muy importante en esto: recuérdese que los pretuberculosos, en este caso hereditario, como Bolívar, son prolíficos y potentes para la preservación de la especie), en treinta y nueve (39) sitios o ciudades que acampara, según se ha podido esculcar en historias comarcales, principalmente, y entre muchos historiadores y aficionados a la investigación, mutatis mutandis y sin que usted se abisme.  Pero ante esta avalancha o cascada informativa que desde luego como ente pensante no puede desechar con lo tanto expuesto, aquí reiterado, agregamos también que Bolívar sí tuvo cierto comedimiento con la mujeres de las clases altas por el compromiso que ello le podía enfrentar, por tanto midiendo bien sus pasos, pero con las separadas y viudas de estas conocidas clases, otro gallo cantó en el sentido del amor transitorio. De igual manera agregaremos su tendencia veloz a conquistar los bellos y juveniles servicios femeninos que le prestaron ayuda en los hogares que habitara al  paso de su estancia, de lo cual existe mucha, bastante información y hasta señalamientos precisos de enredos femeninos,  por esos cauces locales (en este trance podría ceder los derechos de autor  a publicarse en libro, si a usted le interesa).

Sobre esas razones de fundamento aquí esgrimidas ahora sí vamos a demostrar y en base a las diversas y numerosas pruebas presentadas como existentes, lo referido con los hijos verdaderos de Bolívar, es decir los que hasta ahora son fuera de toda duda, cuestión que aquí debemos  resumir detalladamente.

MIGUEL SIMÓN CAMACHO.

Para que usted, amable investigador, pueda estar de acuerdo  en cuanto a concluir sobre su certeza filial, según el análisis interpretativo de realidades demostrables, y más con la plena aceptación familiar, que en este caso guarda la calidad de ukase, lo que resulta acorde con las costumbres conservadoras de aquel tiempo referidas a los hijos fuera de matrimonio o naturales, podemos afirmar entonces que Bolívar en su incesante caminar libertario, el 11 octubre de 1819 ya entrada la noche el caraqueño con su comitiva arrogante llega a la fresca villa santandereana San Carlos de Pie de Cuesta, del perímetro de Bucaramanga (Colombia), hospedándose con regocijo en la hacienda El Puente, de esa localidad.  En el baile de agasajo popular realizado en los amplios corredores de la casona, que le ofrecen las autoridades como homenaje al líder libertador, en medio de deslumbrantes damas acogedoras que avivan el cerebro fáustico, por aquello de la empatía fulminante como del entendimiento instantáneo de la presa, de parte y parte brilló una luz interior, encantándose así Don Simón  de la bella y coqueta vecina presente en dicha fiesta, quien para la ocasión usara dos trenzas largas con adornos en su cabellera, llamada esa beldad cariñosa Ana Rosa Mantilla, distinguida joven llena de encantos desconocidos y con la que Bolívar sostuvo una o dos noches de intimidad absoluta, al extremo que por estos hechos irrefutables de coyunda  a los nueve meses siguientes, o sea por julio de 1820, Ana Rosa parió del caraqueño un niño lleno de gracia, “que era el vivo retrato de Don Simón”.  Poco tiempo después y en conocimiento de tal parto, reconociéndolo ipso facto como hijo suyo el viajero Simón debió comunicar a la hermana María Antonia, su más segura confidente en la familia, lo del alumbramiento de este su hijo que por tanto lo aprecia. En mayo de 1828 y con ocho años de edad Miguel Simón, el libertador Bolívar anda de vuelta fugaz por Pie de Cuesta, cuando lo reciben con otro homenaje de bienvenida y donde con seguridad, siendo tiempos de la Convención de Ocaña, Bolívar debió entrevistarse en privado con su hijo menor, y suponga usted lo que pudo existir allí, de ese fugaz encuentro.  Al regreso de la hermana María Antonia a Caracas,  luego del exilio habanero tenido, a su ciudad natal vuelve con varios familiares entre los que se cuentan su hija Valentina, casada antes en Curazao, en 1816, con Don Gabriel Camacho, mientras ambos hermanos con la seguridad necesaria previo consenso y como parte de la escena en marcha, en el hogar mariano integran al hijo del Libertador y de nombre Miguel Simón, segundo apelativo preciso de este Simón de lo cual se infiere suficiente y aquí lo opongo como prueba necesaria fundamental, el que traído de Colombia y con las seguridades del caso llega a Caracas acompañado  de su madre Ana Rosa Mantilla, siendo trasladados a la morada de María Antonia, su tía, para así cuidar de una mejor crianza y al mismo tiempo prever lo de su educación. Debo advertir que entendiéndose la pareja de padres, Don Simón no opuso resistencia a que su hijo se llamara Simón, aunque para guardar apariencias y defenderlo de un posible ataque traidor se le llamaba Miguel, hasta cuando en Caracas y por acuerdos eclesiásticos en su asentada partida natal fue nombrado Miguel Simón Camacho, apareciendo como hijo de Gabriel Camacho y Valentina Clemente, yerno e hija de María Antonia, respectivamente. Y así se soluciona el espinoso caso de su nacimiento, por lo que desde entonces se le llamó, reitero, Miguel Simón Camacho. Este hijo de buena educación lo  instruyeron muy bien y por acuerdo de su padre, quien tenía buenas amistades en Lima, y como es de suponer, para limar recuerdos o suspicacias hasta esa importante urbe fue enviado el párvulo Miguel Simón, a quien acompañara un moreno de servicio y confianza llamado Lorenzo Camejo, hijo del célebre “Negro Primero”, soldado de la Independencia, metrópoli ésta donde debió educarse en colegios de categoría.

 Miguel Simón, más alto que su padre Bolívar, de faz morena, frente alta y elevada, nariz aguileña, ojos negros y mirada penetrante, fue un hombre culto y de afición literaria, el que pasados los años y siendo mayor  ejerce el comercio en Quito, donde se radica y funda una familia de importancia en la comunidad, aunque nunca se casó. Allí muere el 10 de julio de 1898 a cuyas exequias asiste el Presidente de la República general José Eloy Alfaro, al ser hijo de Simón Bolívar. Por comunicación afirmativa con dicha familia, establecida de años en París, pude armar el árbol genealógico de Miguel Simón Camacho, quien tuvo como hija a Margarita Camacho, la que después desposa con el comerciante Manuel Benalcázar, quiteño, teniendo entonces cuatro hijos, que fueron Antonio, Carlos, Manuel (padre de una hija, María Eulalia, y cuya nieta Martha A. Ordóñez Benalcázar aún vivía en Paris, el año 2008. Completan los cuatro hijos señalados otra llanada  Margarita. Como abundando pruebas adicionales que adornan la paternidad de Miguel Simón Camacho, el padre de éste y fuera del grupo familiar tuvo a Don Aquilino Camacho, de larga actuación  en el campo pedagógico. Dentro del contexto probatorio y según correspondencia epistolar suscrita por ese hijo de Simón Bolívar (Miguel Simón), existe algunas en que incluye cartas personales firmadas por el mismo caraqueño,  “y por mi tía María Antonia”, según afirmó Miguel Simón ante testigos para mayor veracidad del venerable anciano, en 1889. Otra prueba alusiva e importante proviene del ilustrado Arzobispo de Quito, Federico González Suárez, suprema autoridad eclesiástica y reconocido historiador ecuatoriano quien en julio de 1900 admite poseer documentos donde constaba que “el Libertador (Bolívar) no era estéril”, certificado concluyente y referido desde luego a Camacho, y de esa autoridad superior provienen testimonios indudables del mismo arzobispo, para bien leer y mejor comprender, sobre que el Libertador dejó en Quito “un hijo….. de apellido Camacho”. Por otra fuente el honorable Don Rafael María Guzmán, dirigiéndose en carta a los nietos de Camacho, Antonio  y Manuel Benalcázar Tamayo (4 de mayo de 1928), les afirma que en 1874 conoció en Quito  a su progenitor (Miguel Simón Camacho), “que era voz aceptada, como verdad inconcusa, …. que el señor Camacho era hijo natural del libertador Simón Bolívar” y que “uno de ustedes (Manuel) tenía los rasgos fisonómicos del Libertador, en la frente, la nariz y la boca”. Como respuesta de ambos hermanos el 11 de mayo siguiente por carta expresa dirigida  al señor Guzmán, confirman solemnemente su descendencia de Simón Bolívar.  Para conocer sobre otros datos esclarecedores es bueno visitar mi libro “Los amores de Simón Bolívar”, aquí señalado y los trabajos en este blog “Los mujeres de Simón Bolívar” y “Los hijos del estéril Simón Bolívar”, publicados a fines del año 2.011.  Pues bien con estas pruebas contundentes y libres de rencores e intereses mezquinos espero que en lo adelante nadie por abusivo  insista en contrario sobre la verdad por demás aquí demostrada en varias fuentes originales, aunque también estamos claros que venga de donde provenga, la ignorancia siempre es agresiva. Huelgan las palabras.
JOSE ANTONIO COSTAS BRAS
MORANDO.

El otro vástago seguro de Simón Bolívar fue el señor José “Pepe” Costas, hijo muy conocido y reputado de la bella y amorosa dama María Joaquina Costas, llamada en Ia intimidad “Muta”, cuyos padres fueron el francés Pedro Costas y Bras  y la criolla doña Morando Almendrar.  Como anticipo de esta biografía serena, deslastrada de equívocos, debo asentar que quienes tratan el tema en forma parcial y subjetiva, con la pretensión de un saber inexpugnable y en ello por faltos de humildad, que en sí es cualidad de los sabios, dejaré de lado las respuestas merecidas por la presunción poco analista y sesgada de lo escrito, cuando voy a tratar sobre la importancia de estos personajes históricos (madre e hijo) que por su ingreso total en la vida del Libertador Simón Bolívar le dieron gloria compartida, dentro de esa suerte de aureola que sostuvo el caraqueño en la ejecución de sus hazañas públicas y privadas.

La entonces juvenil María Joaquina Costas, madre de su único hijo José Antonio, “Pepe” Costas, había nacido en la muy rica villa imperial de Potosí (1.794-1.877), en la altura del mundo, donde también falleció, siendo de familia  reconocida y vinculada a la vida mundana y oficial. Para el año de 1825 estaba casada (contrajo nupcias en Tucumán) con el general rioplatense Hilarión de la Quintana (1774-1843) mayor en  dos décadas que ella y quien alejado entonces del hogar andaba sumido en la guerra independentista del Sur, dirigida por el general José de San Martín, por cierto gran amigo de luchas de Quintana y casado con una sobrina suya. El martes 4 de octubre de 1825  el general Bolívar con traje militar apropiado entra a esta por demás esplendorosa ciudad minera altoperuana, y entre otros festejos alusivos, siete bellas damas locales le ofrecen el homenaje citadino, presididas por la esbelta, de ojos azules y boca pequeña, en corazón, María Joaquina Costas, cuando entre galanterías  la potosina María le coloca a Bolívar una corona de oro tachonada de diamantes, momento en el cual se cruzan las miradas por pecaminosas al ser mujer de otro, cuando allí se conocen los futuros amantes.   En la Casa de Gobierno también la despierta dama que frisa en los 31 años de edad, le acomoda una significativa corona de laurel sobre las sienes, para seguir con un Te Deum religioso, entrevista fugaz que pudo ser objeto de comentarios, repito, por el hecho de ser ella casada. Maria Joaquina era por demás atrayente y frisaba en la bella edad del entendimiento, por lo que esa noche en el baile de la Casa Consistorial entre galanteos diversos, polkas, minuetos, danzas, contradanzas y una empatía absoluta en que el caraqueño con ella baila sin cesar, con las feromonas alborotadas se define la existencia de un sentir profundo y por ende la aceptación del sí en cuanto a la capacidad amatoria, porque luego, entre los corredores cómplices, la oscuridad reinante y el silencio alcahuete de la mansión donde habita en la Plaza Mayor el caraqueño, se consuma lo que ambos seres flechados por Cupido tienen en mientes, valga decir la copula de los ya amantes, que es cuando Maria Joaquina con sensibilidad de mujer aprovecha el momento para susurrar en los oídos de Bolívar que debe cuidarse ya que piensan asesinarlo con puñal alevoso (el potosino historiador Subieta Sagarnaga asienta que el susurro fue posterior, luego de bajar el Cerro Rico de Potosí), siendo el autor de tal crimen abortado un militar vizcaíno y tío suyo, que es el teniente del ejército León Gandarias, quien a ruego de la señora Muta (María Joaquina) es apresado pero no se le sentencia a muerte, y en su lugar el caraqueño  previa entrega de dinero y salvoconductos acuerda el extrañamiento de este oficial y tío para sitios remotos del océano Pacífico, en algún  puesto militar español.

 En esa estancia de veintisiete días (siete semanas) con sus noches románticas, la consentida potosina y Bolívar se sienten más enamorados, y por eso Don Simón le escribirá que “Cupido derrotó a Marte en buena ley… en lo más profundo o íntimo del arsenal de nuestros corazones “. Y como respuesta a la galantería bien pensada del caraqueño, a su vez la potosina cariñosa podrá exclamar a cuatro vientos que Bolívar era “mi único y solo amor en el mundo”.  María Joaquina ahora, como fiel compañera del Libertador el 26 de octubre siguiente junto a él asciende a la cumbre helada del argentado rico cerro Potosí, por encima de cuatro mil metros de altura y donde se celebra otro homenaje de estilo griego, cuando la impar amante potosina igual procede a colocar una guirnalda  de laurel en filigrana de oro, “sobre las sienes del campeón de la Libertad”. Y dos días más tarde, de vuelta en Potosí, en el baile de gala ocurrido en las Cajas Reales para festejar el santo de Don Simón en su fecha onomástica, el caraqueño allí se presentó en traje de frac donde cuelga apenas la medalla de George Washington, obsequiada por la familia del padre de la nación norteamericana, y con la novedad de haberse rasurado por vez primera, los bigotes.

Pero el tiempo pasaba y Bolívar debió regresar a Lima por vía marítima, y cuando el Libertador supo lo del parto de María Joaquina, que fue un fornido varón, de inmediato ordena al general José Miguel de Velasco, y pronto Presidente de Bolivia, que con la precaución debida y la rapidez necesaria atravesando leguas de camino trajera hasta Lima, y a la  quinta virreinal La Magdalena, a su hijo, lo que prueba la aceptación de este infante que le trajo según su encomienda, el valioso oficial De Velasco. En Lima Bolívar ordenó a su retratista favorito y ya de fama, o sea al mulato José Gil de Castro, que realizara una pintura al óleo a María Joaquina, pieza artística de valor que se encuentra al menos en sitio desconocido, aunque otro retrato suyo se halla en el Museo de Arte de La Paz, ella ya de mayor edad, abultada de cuerpo, pero también existe otra pintura de la señora Muta en la localidad de Contagaita, en manos de algunos herederos. Además, a la madre del párvulo antes de su regreso a Potosí Bolívar le obsequia un medallón con su busto y un fino relicario de recuerdo, alhaja colgante entregada como “prenda de amor y agradecimiento”, que la señora Muta conservó hasta el momento de su muerte para ser enterrado con él,  según lo escribe el conocedor de estos detalles mediante confesión particular  de doña María, sacerdote presbítero Ulloa, también versado por boca de María Joaquina sobre otros hechos referidos a su vida con Simón Bolívar.

De vuelta a Potosí  con el paso del tiempo y la estrechez económica vivía sencilla de las artes manuales, para sobrevivir. En 1855 mejora un poco en este sentido  al regentar el Colegio de Niñas Santa Rosa, mientras también  confeccionaba disfraces para las fiestas religiosas. Y el lunes 17 de septiembre de 1877 y de 83 años, pobre, abandonada de la suerte y en el olvido murió María Joaquina en Potosí, en su casa de la Calle del Hospital y cerca del templo de San José, con el recuerdo  siempre presente de  “mi único y solo amor en el mundo”.

En cuanto a su hijo José Antonio Costas (Potosí-1826-Caiza 1895) su padre es Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte, Palacios y Blanco (a tener en cuenta  que el señor Camacho, ya referido en el capítulo anterior, fue nombrado Miguel Simón, y éste era José Antonio, hijo de Simón José Antonio, otra prueba más de su origen paternal bolivariano). El hijo de la señora Muta y del Libertador fue hombre elegante, de buena voz acompañada de la guitarra que toca, quien se educó en el afamado Colegio Pichincha potosino, abierto por el general Antonio José de Sucre y que aún se conserva con sus gratos recuerdos. José Antonio, o Don “Pepe” Costas, como solían llamarle, tuvo una descendencia conocida llegada hasta los tiempos actuales. Cuando fue a contraer matrimonio in artículo mortis con Pastora Argandoña (2-10-1895), de 69 años, se asentó en dicho Libro de Matrimonios como documento probatorio, al folio 112, que además vox populi era “hijo de la señora Muta (María Joaquina Costas) y del finado señor Simón Bolívar”, hecho ante tres testigos, como reza sin dudas el documento manuscrito, que fue firmado por el presbítero Juan F. Pérez y existe en Caiza D, ciudad situada a 40 km. de Potosí, donde Don Pepe vivía dedicado  a las faenas campestres.  Duró seis días casado antes de fallecer. De la vida de este descendiente de Bolívar se han ocupado varios escritores, historiadores o no, entre los que recuerdo a Luis Augusto Cuervo, Benito Cardaos, Vicente Lecuna,  Julio Jaimes Lucas, Gastón Montiel Villasmil, Pedro de Répide, Ángel Grisanti, Subieta Sagarnaga, coronel Hippisley, etc., como lo asienta también Gerhard Masur.

Ahora vamos a levantar el árbol genealógico correspondiente al hijo de Bolívar José Antonio Costas, según se desprende de estudios realizados, de análisis familiares y de la imprescindible colaboración de la familia Costas, por intermedio de Herlan Piter Fernández, segundo tataranieto de Simón Bolívar.

1)    MARIA JOAQUINA COSTAS MORANDO. Hija de  Pedro Costas y Bras y de doña Morando Almendrar, muerta longeva, quien en unión de Simón Bolívar Palacios tuvo a

2)    JOSE ANTONIO  COSTAS (Don Pepe), casado con Pastora Argandoña, in artículo mortis, cuya madre, María Joaquina, de 31 años en octubre de 1825 queda embarazada de Simón Bolívar y procrea a su hijo José Antonio, en Potosí, a fines de junio o principios de julio de 1826, o antes. José Antonio con su mujer antedicha tuvo a dos hijos, llamados Urbano Costas y Magdalena Costas, nietos de Simón Bolívar, ambos con numerosa descendencia Costas y Rosso. Don Pepe Costas vivía en Potosí, pero al morir su madre se trasladó a Caiza, donde como se sabe ejercía trabajos rurales. Urbano Costas fue padre de

3)    ELIAS COSTAS BARRIOS (bisnieto de Simón Bolívar) casó con Salomé Valda, y de allí su hija María Teresa Costas Valda. Don Elías era empleado de Correos en Caiza, y en 1925, ya nonagenario, de Caiza fue llevado a Potosí, donde el Círculo de Bellas Artes le rinde homenaje en el Teatro Omiste, por ser bisnieto de Simón Bolívar. Tal honor le fue conferido dado que  el 26 de octubre de 1925 el gobierno nacional dirigido por el Presidente  Felipe S. Guzmán, mediante decreto ejecutivo reconoció a las familias Costas y Rosso (grupo parental enriquecido acaso por las famosas minas de plata y oro del Cerro Rico de Potosí), como descendientes de Simón Bolívar, otorgándole entonces una pensión vital a Don Elías. Para finalizar, durante el gobierno del Presidente de la República (segundo mandato 1960-1964) Víctor Paz Estenssoro, dictóse una resolución por la cual se pensionaba a un heredero de Don Elías, con doscientos (200) bolivianos mensuales, “atendiendo a su condición de descendiente del Libertador”. Como diremos sobre este asunto resuelto, y lo repito, “más claro no canta un gallo”.

4)    Por otra parte Don Elías Costas Barrios guardaba certificados parroquiales, partidas de bautismo, de matrimonio y de defunción, donde se evidencia que José Antonio era hijo de Simón Bolívar y María Joaquina Costas. Y el mismo Don Elías dijo que su abuelo Don Pepe no llevaba el apellido Bolívar entre otras causas por razones de seguridad y para así evitar venganzas o hechos parecidos, lo que se cumplió también en su descendencia. 

5)     Elías Costas Barrios tiene como hijo a Efraín Fernández Costas (su madre María Teresa Costas Valda, es tataranieta de Bolívar), quien a su vez este Efraín tiene por hijo al descendiente llamado Herlan Piter Fernández Fernández (segundo tataranieto del Libertador), familia establecida aún en Potosí (Bolivia).

 

                                                       CONCLUSIÓN.

Con el presente trabajo investigativo damos fin a casi doscientos años de zozobra para conocer la verdadera historia de ese punto focal que fue la descendencia directa del Libertador. Ante tantas e irrebatibles pruebas que aquí opongo a las mentes serenas para enterrar el infundio de que Bolívar no pudo tener hijos, ni menos ilegítimos, cuestión que el propio caraqueño dejó correr en la incertidumbre porque le convenía y solo en 1828 ante el selecto grupo que lo acompaña en Bucaramanga y quizás algo presintiendo su muerte, afirmó de manera clara  que nunca fue estéril, porque desde luego conocía la verdad  y no deseaba dejar dudas sobre el particular.   Pero he aquí que como ocurre tantas veces con criterios absurdos, engorrosos y nada probatorios una secuencia de historiadores de la vieja escuela  deslumbrante al estilo de Jules Michelet, con mente acomodaticia y porque a la memoria de Bolívar no se le podía tocar ni con el pétalo de una rosa, en cadena repetitiva de frases prefabricadas  se dieron a regar la consigna de la esterilidad ante los pocos conocimientos de la época y  pudiendo así creer en esas ficciones equivocadas, con que hasta la propia Iglesia mediante las ideas conservadoras a repetir  entonces sostenidas en contra de estos hijos inmersos en un limbo,  por boca del ilustrado monseñor Navarro mantuvo en forma negativa tal consigna, lo que siguió repitiéndose como música antañona hasta bien entrado el Siglo XX, cuando se destapa esta incógnita  condenable, en base a los planteamientos positivistas de la época.

Ya en el siglo XX y al aparecer en Venezuela historiadores de nuevo cuño alejados de consignas sensibleras, por principio en forma tímida comienzan a dentro de la Historia incorporar estudios científicos que cambian la realidad de los hechos presentes, admitiendo así como materias apropiadas nuevas interpretaciones de análisis y aplicación a esta ciencia fecunda de la Medicina en todos los ramos que van extendiéndose, porque los descendientes de Hipócrates abastecen un cambio sustancial en cuanto a la vida del ser humano con el medio ambiente que lo rodea. Y aquí entra la nueva concepción histórica que da pie a pensar con seriedad sobre aquellos  equívocos de repetición sostenidos por años y más años en cuanto al tratamiento médico de las personas, que es cuando entra Bolívar en este cauce deslumbrante porque ya no se puede trabajar con ideas falsas o metafóricas sobre la paternidad. Por eso a partir de los años ochenta del siglo pasado y mediante el interés de algunos historiadores de la nueva escuela, dejando atrás tantas mentiras o equívocos, se avocan al estudio de personalidades, para deslastrarlas de tantas falacias que las rodeaban, de donde surgió mi interés por investigar a fondo muchos aspectos de la vida de Simón Bolívar que a las claras se notaba eran por demás oscuras. De aquí que, valga el ejemplo, y fuera de los varios trabajos que sobre el particular he puesto en este blog, con cierta preferencia me di a explorar sobre la vida privada de Bolívar, que mucho permanecía en otro limbo de atraso, y porque la actividad pública, con interpretaciones personales adecuadas a sus autores, ha sido hecha del conocimiento general.  De aquí que me puse  a repensar sobre ese cuento de Calleja copiado tantas veces de que Bolívar era estéril, y buscando por ello entre papeles comprometedores pronto caigo en la cuenta de que viéndolo bien en realidad no existían argumentos precisos e imbatibles sobre el particular, sino referencias laudatorias  para favorecer el mito, y más cuando estudio sobre aquello tan humano que es la procreación, que en verdad por algunos fue tocada de sesgo, para no herir susceptibilidades.  Pues bien, en la base de esa incongruencia  nutriente del pensar ahistórico, me di a la tarea de ir analizando al personaje de carne y hueso, como se ha dicho, para despojarlo del mundo irreal y colocándolo en su sitio donde pueda ser bien comprendido y hasta mejor amado.

En ese dilema en que me encontraba  y ante la suma inmensa de féminas que con nombres, apellidos, fechas y sitios son vox populi (por algo suenan como piedras de río, repito) pudieron acostarse con el caraqueño, de lo que se guardan historias populares en parte con muchos asideros históricos, y porque he podido indagar, como lo dije, sobre más de treinta damas y damiselas que en esta carrera del tiempo acompañaron fugaz o con alguna  permanencia al caraqueño hedonista, que no medía distancias para el acoso de su corazón, entré en este examen sorprendente cartesiano para revelar todo lo que allí se escondía pues ante dicho muro infalible de treinta damas, conocidas a medias pero existentes en persona, ¡caramba¡ con el dedo de la mano no se podían esconder como para tapar el sol, pues si bien existen fenómenos médicos referidos al tiempo de la fecundación, al ciclo menstrual que maneja el óvulo femenino, y a otras características humanas como los casos masculinos de impotencia casual, de cierta esterilidad parcial, de la escasez de semen, de la baja presencia de espermatozoides, de alguna enfermedad venérea mal tratada también parcial, de inflamación escrotal, la fiebre de testículos, y de otras circunstancias pasajeras sobrevinientes como podía ser la misma calamidad a causa de largas fatigas a caballo, digo  que ya se exponen y analizan en la ciencia moderna, todo ello por tanto me hizo pensar a fondo en la frase bolivariana de Bucaramanga de 1828, la cual se reflejaba en varios aspectos, unos de tipo físico, otros de carácter social y algunos de resonancia política, fuera de los agregados que todos deben ser tenidos en cuenta.

Por eso el famoso cuento del gallo capón que tanto algunos esgrimieran con cierta insensatez dentro de la realidad histórica, se cae de por sí ante la abrumadora demostración de las damiselas  que se acercaron a su lecho febril, dejando como muestras reales una legión de hijos escondidos, por demostrar desde luego, como en este trabajo la prueba va adelante, y a tantas desconocidas del harem que por otros motivos cuestionables no aparecen como poseedoras del semen imperial  fertilizante, lo que dejo así sobre el tapete de la suerte para ser objeto de nuevas investigaciones en el campo amoroso de Bolívar. Sí me complazco ante las numerosas pruebas aquí consignadas, el haber destruido ese mito insostenible de la esterilidad en cuanto al caraqueño Bolívar, el hijo genético del padrote fecundo  Juan Vicente, porque todas las distintas evidencias testimoniales, de familia, escritas y oficiales, así lo comprueban. Y punto.


Ahora, si pueden acceder en este trabajo esclarecedor voy a colocar algunas fotografías recibidas de Herlan Piter Fernández (segundo tataranieto de Bolívar, quien cuenta por email que su padre Efraín Fernández Costas está dispuesto a hacerse el ADN cuando alguien sufrague el monto de esos gastos, por carecer de ello), a quien se le ve en una con dos de sus menores hijas.  Otra  instantánea corresponde, a la izquierda, de mayor edad a Carmen Teresa Costas Valda, tataranieta de Bolívar, seguida por una hija y al centro aparece Efraín Fernández Costas (primer tataranieto), con dos hermanas a sus costados. Y la que está a la izquierda de él afirman tiene el mismo perfil aguileño de Bolívar (ver cuadro del Libertador en Potosí, que incorporo en mi libro Los amores de Simón Bolívar y sus hijos secretos (pág. 92). La otra fotografía corresponde a dos descendientes también de Bolívar, una con el dicho perfil bolivariano, donde se muestran ellos en trajes de gala  del lugar potosino.

Familia Costas


 
 
 
 
 
 
 
 
 
Agradecimiento especial al licenciado Raúl Quevedo, miembro del staff de este blog, por su participación activa  en la conformación del ensayo bolivariano.

 

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