lunes, 14 de abril de 2014

LA DESASTROSA MUERTE DE UN LLANERO.


Coronel Leonardo Infante.
 Amigos invisibles.  La muerte física es un acontecimiento doloroso y si viene a ser desastrosa cambia el panorama de una vida fecunda y más cuando se refiere a ciertos hechos que llegan a ser noticia de valor.  Por ello entra en la historia diaria de la trunca existencia como  algo sorprendente, inesperado, que alberga realidades y resultantes en este caso sujetos a razón.  Me refiero con ello al triste calvario lleno de crueldades e injusticias que sufriera durante varios e interminables meses un oficial venezolano, curtido coronel, en tierras de Nueva Granada, que de por sí agriaran las relaciones tibias mantenidas entre Caracas y Bogotá por causas personales sobre la interpretación de los hechos acaecidos y porque tras de ellos corría una suerte de puja contra reloj por tener primacía entre los neogranadinos y los venezolanos que con sus apreciaciones y ángulos de visión dispares mantenían en suspenso y desencuentro la vida bogotana con el despertar de los días, cuando Simón Bolívar, el malquerido por ciertos grupos lleno de ideas que marchan al contrario se hallaba lejos, por el Sur peruano y porque ya se determinaban dos partidos antagónicos para el manejo de Colombia, o sea de tres países unidos en que el Vicepresidente general Santander (nacido en San Faustino, entonces territorio de Venezuela, y presentado en la cercana  villa El Rosario de Cúcuta) ejerciera el mando a su disposición mientras el caraqueño triunfal cantaba al Chimborazo y a Junín esperando acabar por siempre con el terco Virrey La Serna.

Plaza de Bolívar en Bogotá.
            De toda esta gama de inconformidades o desafueros que bullían en la mente serena mas calenturienta de la capital de Colombia, en que muchos de los males se atribuían a los venezolanos allí residentes, que en parte eran hoscos y de hablar malquerido porque buena porción de ellos provenían del combate guerrero anticolonial, del origen humilde (nacido en Chaguaramal de Monagas el 28 de junio de 1798 e hijo de la pareja Juan de la Cruz Infante con Sebastiana Álvarez, negros libres ya manumisos)  y algunos hasta pendencieros o de baja instrucción pero valientes y curtidos en la lucha fratricida, aparece en la altiplanicie de Bogotá un moreno oriental proveniente de las extensas llanuras maturinesas al oriente del nuevo país, curtido en las refriegas, sin vicios degradantes ni excesos especulativos, hecho a esfuerzos propios, arreador de ganados frente al majestuoso río Orinoco que a los quince años se enroló en la guerra a las órdenes de Santiago Mariño, como de Pedro Zaraza, para seguir con Páez y a punta de encuentros o acciones militares contra los españoles monárquicos, quien se hallaba establecido en la capital de Colombia aunque inválido de una pierna (hecho ocasionado combatiendo en el río Quilcacé, al sur de Popayán, por lo que para caminar se apoyara en un rústico bastón) y el que por estas condiciones trágicas quizás en esa capital friolenta hacía una vida errabunda para calmar sus lágrimas internas y acaso luego de visitar a su novia andaba por mesones, tabernas y casas de juego dada su situación lisiada que le impidiera seguir los pasos tras el caballo de Bolívar.  Para entonces tenía 25 años cuando el sábado 24 de julio de 1824, natalicio por cierto del Libertador, en el centro de la recatada Bogotá y bajo el puente del río San Francisco, en San Victorino, flotando sin vida apareció el cadáver del teniente venezolano Francisco Perdomo, muerte ocurrida por un lanzazo. Una vez abiertas las averiguaciones de rigor, de inmediato y sin medir consecuencias recayeron sospechas de este asesinato en la persona del coronel Leonardo Infante, acaso por su manera de ser dicharachera o hablador y con quien había tenido grescas verbales en cualquier sitio no santo de Bogotá, cuando se dijo que existían rivalidades entre ellos a causa de Cupido, es decir por la juvenil Marcela Espejo, joven de 15 años que coqueteaba con ambos y acaso otros preparándose en ello hacia el seguro porvenir.

            Y como las lenguas son sueltas en estos menesteres de la comidilla callejera, dado la inquina que se tenía hacia Infante, hombre de mal carácter, voluntarioso y altanero que había tenido unas palabras discordantes con el general Santander en tiempo de la batalla de Boyacá, fue fácil para el supuesto tribunal nombrado a  la ligera y sin fundamentos legales valederos como suficientes, basándose en dos mujeres alegres “de vida licenciosa”, declarantes de esos falsos supuestos y quizás con presiones ejecutivas desde arriba, para dictar auto de detención contra el nombrado Infante, quien desde un principio y ante las suspicacias producidas dijera que como guerrero en momentos de lucha había cometido actos propios de esos combates y hasta excesivos, pero que nada tenía que ver con le muerte salvaje de su paisano Francisco Perdomo. Es necesario resaltar que el primer tribunal nombrado para conocer del caso se componía de dos neogranadinos afectos a Santander y que desde luego como expuse y sin mayores pruebas a fondo condenó en este caso al inocente Infante a la pena de muerte, en medio del calvario sicológico que por ocho largos meses sufriera el negro Infante, como sus amigos lo reconocían y quien no podía continuar viviendo porque “estaba decretado de antemano que habría de morir” ya que el general Santander le odiaba  debido a que entre chanzas y “en alegría de encierros malpuso su condición militar”.

            Este juicio, por demás escandaloso y político con ánimo de estigmatizar amedrentando a  los venezolanos residentes, fue decidido mediante pruebas acomodaticias, ausencias y lagunas, sosteniendo por tanto lo dudoso, que en nada beneficiaran al encausado de acuerdo al principio “in dubio pro reo”, sin que se pudiera probar la culpabilidad de este llanero de temple, al extremo que debió seguir el mismo a una superior instancia como un segundo proceso, en que participaron designados dos jueces colombianos y el venezolano doctor Miguel Peña,  éste miembro del Tribunal ad hoc y a la vez ministro de la Alta Corte de Justicia, quien ante tamaña atrocidad planteada en tal sentencia esgrimiendo serios fundamentos jurídicos y causales de inocencia defensores del reo se negó a firmarla (con tres votos a favor de la vida y tres a la muerte de Infante) mientras solicitaba  que el veredicto de fusilamiento no fuese ejecutado por apoyarse en elementos críticos y mañosos, y por ello y su sinceridad  cayeron sobre él todas las iras posibles en ese valenciano ilustre que por dicha causa debió partir de Bogotá a su ciudad natal, donde de inmediato se pone de acuerdo con el general José Antonio Páez, para con el caudillo llanero dar comienzo en respuesta cónsona a los desquicios desencadenados e iniciar  la revuelta soterrada que culminaría en la separación de Venezuela de Colombia, ahora partida en tres, hecho ocurrido meses antes de la muerte del Libertador, suscitando así un torbellino de problemas. 

            En los ocho meses de estar preso a que fue sometido Infante, período largo en cuya mente debieron parecer milenios por la presión sicológica y carcelaria donde se hallaba confinado y a sabiendas de su entera inocencia, de un hombre ahora enfrentado a humillaciones, feroz ante el enemigo, que había combatido en innúmeras batallas sin tener miedo a la muerte, adversario de lo malo según su parecer, aunque de pocos amigos, quien ahora se hallaba no solo lisiado de por vida y entre rejas precarias sino rodeándole en un círculo los enemigos de su gloria. Esos ocho alargados meses del delirio inocente  dieron pie para distanciar  aún más los ideales compartidos hasta poco antes por la postura recalcitrante de aquel personaje siniestro, sibilino, que tenía fama de leguleyo pero no de prestigioso militar –lo que le achacara Infante-, bien despierto y solapadamente adversario de Bolívar, quien por la impotencia momentánea  habría de conspirar, como el que más, en la imborrable y oscura asonada de septiembre de 1828.

            Ahora, con la misión cumplida de sus enemigos Infante paso a paso va caminando al lado de la retaguardia que le custodia camino del patíbulo. Atraviesa las frías calles de Bogotá y así llega a la Plaza Mayor, frente a la Catedral para cumplir la injusticia de la sentencia en ese 26 de marzo de 1825, cuando se perpetrará el nefasto crimen contra la realidad. Muy cerca, en Palacio, el Vicepresidente Santander anda recordando el suplicio que ordenara contra el recio militar José María Barreiro y los inmolados junto a él, de lo cual Bolívar se indignara, para presentarse en este escenario de circo, bañado de una sangre inocente, mientras el fortalecido Infante entre monjas y curadores de almas, plañideras y mujeres de ventorrillos con miradas precisas auscultan el espacio del cadáver viviente con el recuerdo que en dicho sitio trágico elevara un patíbulo el “pacificador” Pablo Morillo  para derramar sangre de conspicuos patriotas, entre los cuales se contaba el trujillano de Venezuela Andrés Linares, quien sería fusilado por la espalda, y luego en noviembre de 1842 allí se hizo igual espectáculo contra el también trujillano Apolinar Morillo. Para mejor recuerdo son las once de la mañana del fatídico día  y el sol anda escondido entre las nubes grises mientras suenan con rugido mortal las campanas de la Iglesia metropolitana y haciendo honor a su nombre de guerra  el moreno sereno se detiene ante el pelotón de la infamia.   Entonces fija la mirada zahorí en la presencia de aquellos soldados tristes que acabarán con su vida mas no con su leyenda, vestido para el caso de militar coronel que entonces luce las insignias de su grado y con las cruces ganadas en combate de libertador de Venezuela y de Boyacá, amén de otras distinciones que le corresponden. Cinco años atrás había entrado a esa plaza Mayor  entre un caracoleo de caballos luego de perseguir hasta el río Magdalena al atribulado y en derrota  virrey Juan Sámano. Como última gracia concedida al moreno en voz clara y potente ante el pueblo que lo rodeaba y sus amigos compañeros de armas presentes, como lo había señalado varias veces en la caricatura de juicio al que se le sometiera, apuntó en esta ocasión histórica: “Señores: He cometido muchos crímenes durante la guerra, y esos son los que voy a pagar en este patíbulo. Pero en cuanto a la muerte de Perdomo, una vez más declaro ante Ustedes que no lo he hecho, ni he tenido parte en ella, y que muero inocente”.

     
Doctor Miguel Peña.
      
Iba a desprenderse de la vida el hombre de la lanza, el inválido por sus ideas patriotas ya cubierto de gloria, en esa mañana gélida y brumosa del 26 de marzo de 1825, sin repique de campanas ante el debido honor del héroe caído en desgracia y sin recordar cuando en agosto de 1819 cubierto de sudores de Boyacá  en su entrada hacía caracolear la blanca cabalgadura  por las empolvadas calles de Santa Fe. Veintiséis años, ocho meses y veintiocho espacios diarios  en el parodia de García Márquez y su coronel ajustaba para el instante (once y quince minutos de la mañana) en que sin ser vendado el venezolano cayó abatido y ayuno del tiro de gracia por balas asesinas frente al pelotón  de fusilamiento.   Su cuerpo exánime quedó expuesto en el suelo infamante a la espera de visitarlo el Vicepresidente general Santander, al tiempo encargado de los destinos de Colombia, quien pocos minutos después aparece perplejo el discutido militar, quien haciendo gala del empalago de su discurso insincero arengó a los soldados analfabetos dentro de la gran comedia  parecida a un teatro de corral, en lo trágico argumentando que “este  era un acto de justicia y que se había cumplido con la ley”, plática relamida que luego fue inserta en la “Gaceta de Colombia” y cuando en realidad con tal patraña se enfrentaba al cadáver de Colombia, pues para colmo de la situación y venganza  asumida, el doctor Peña fue suspendido por un año de su alto cargo en la Magistratura, mientras ha regresado a la Valencia natal y en Bogotá entre corrillos de facinerosos se endilga para su persona la figura de ladrón vulgar, porque en el desprestigio personal asentaron que Peña había sustraído una porción en el tenor y peso de plata  de las monedas colombianas encomendadas a él para llevar como correo especial hasta Caracas, mientras en Bogotá se desataba una campaña expedita para desprestigiar a los amigos de Bolívar, con el problema paecista en la leva de la tropa que pareció excesiva tendiéndole por ello una trampa carcelaria al mismo Páez, en lo que no cayó por inocente, y los desmanes santandereanos que dieron al traste con aquella frágil y utópica república tripartita. Por ello son las balas desgraciadas que le quitaron la vida al inocente Infante, pues de otra manera nunca se pudo comprobar su injerencia en tal asesinato, razones simples que iban a costar bien caras.

General Francisco de Paula Santander
            Como consecuencia de las probanzas anotadas y ya en conocimiento de la muerte de su amigo Infante el general Bolívar escribe a Santander desde Cusco, donde en forma indirecta le comenta que “habrán quedado satisfechos los deseos de esa gente” y que el zorruno político debió comprender por aquello de que “a buen  entendedor pocas palabras”, mientras que a su dilecto Fernando Peñalver el caraqueño escribe para desmentir tanta calumnia proterva y a favor de la posición venezolana sobre el caso: “Dígale Usted a (Miguel) Peña que nadie le amaba ni estimaba –refiriéndose a Infante- más que yo”. De esta manera y sumando calamidades Colombia se partió en tres porciones, por la inocencia de Infante y las manos criminales que ejecutaron el nefasto crimen, recordando así los momentos estelares vividos por este héroe y centauro llanerol en Rincón de los Toros, Paya, Guayana, Queseras del Medio, Caujaral, Gámeza y Pantano de Vargas. Por eso estoy en creer, según razona Carlos Gustavo Méndez, que “en las entrepiernas de Marcela Espejo se malograron las relaciones entre Venezuela y Colombia”, o sea el principio de fin.

                        Si desea conocer algo más sobre este episodio histórico puede leer en mi libro “Veinte crímenes inolvidables”. Editorial Panapo. Caracas, 1988.

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