martes, 26 de febrero de 2013

EL ZORRUNO TIGRE DE GUAITÓ.

          Amigos invisibles. Uno de los grandes problemas a resolver cuando alguien se enfrenta con el llamado “título” para colocar en cualquier escrito que debe hacer mella, porque así lo requiere el autor y las circunstancias, es precisamente aquel que impresione en el orgasmo mental, como tantos atrevidos ahora lo definen, porque dentro del espacio corto requerido la mente precisa de ser exacta sobre el tratamiento de la materia a desarrollar dirigida al gran público, y en este caso específico en cuanto a un hombre guerrero por antonomasia, escurridizo por convicción, hecho a la medida del tiempo y de su ser, que sin mayor cultura pero pleno de astucia se eleva entre los demás para ocupar un sitio excepcional en el mundo que le tocó soñar y que por ello fue transformándose en un ser entrado en el campo de lo irracional, del mito, de lo imposible quizás, donde ha seguido viviendo para beneficio de sus cultores y de los muchos que lo admiran debido a las hazañas que rayan en lo fantasioso, como pudiéramos creer en un Robin Hood montañero nacido para enaltecer al campo y a los desprotegidos de ese entorno, por lo que algunos llegan a compararlo con el fuego sagrado de Emiliano Zapata y otros tantos héroes de tal talante emocional. Esa historia campesina en nuestra América tropical fue construida a base de tropiezos pedagógicos que retoñan de tanto en tanto para hacer proezas increíbles, dejando sembrado el corazón de la esperanza entre los pobres de espíritu y otros despiertos que con los buenos ejemplos fraguados en el combate diario sobreponiendo tantas dificultades mediante la persistencia puesta arriba de sus ojos han podido cambiar la geografía espiritual y la historia pendiente con el claro propósito de llevar adelante la razón de la sinrazón, mientras se lucha en beneficio de una idea y hasta de una humanidad compartida. Eso creo yo que aquí se pueda entender, para utilizar pocos sintagmas.
           Pues bien, este personaje de quien aspiro hablar sin palabras modélicas aunque con hechos fehacientes, es alguien nacido en la plenitud de la montaña andina de Venezuela, donde sobra mucha voluntad pero la pobreza abunda azuzada por vicios lastrados coloniales que subsistían para el tiempo en que Rafael Montilla Petaquero, que así se llamaba y llama el que presentaré ante ustedes como un vástago nacido en medio de la penuria ancestral en tiempos del conuco, la casa de palma, las gallinas caseras y el puerco esperanzador para diciembre. Vino al mundo, pues, en un triángulo de ventiscas sugestivo, enmarcado por el divisorio territorial que agrupaba ciertos fundos establecidos con desamparo en los límites estratégicos de los estados Lara, Trujillo y Portuguesa, en el pueblo interior llamado Guaitó, suerte de montaña escondida donde se podía perder hasta el sentido orientador que le sirviera a nuestro infante como punto de conducción y de guarida en las tantas veces que fue perseguido por causas políticas, sin que se diera con su paradero, ya que por intuición y en aquel medio que dominaba entre las sombras y los caminos, perdíase ágilmente para escapar de quienes querían hacerle el mal.
            Su nacimiento ocurrió el 16 de septiembre de 1859 en San Miguel de Boconó, tierra materna, precisamente cuando comienza la desoladora Guerra Federal y los caudillos liberales o conservadores hacen de las suyas en tiempos de penurias y hambruna provocadas por tal contienda, que nada produjo en positivo sino gran cantidad de muertos, aunque en el aspecto político si hay algunos ajustes que redundan en cambios de banderas no ideológicas sino de compadrazgos caudillescos. Es el tiempo, por tanto, en que aparecen otras figuras usufructuarias de los desastres, aunque por vías de la buena suerte en los cinco años guerreros el mundo global de esos Andes sufridos se mantuvo un tanto al margen de muchos horrores del recuerdo, para de esta manera formarse grupos caudillistas regionales que detentan el poder, como el caso de los Araujos, Baptistas, González, Saavedra, Cañizález y muchos por el estilo que en la segunda mitad del siglo XIX ahogaron en sangre, persecuciones y otros desmanes la tranquilidad del paisaje trujillano. De allí sale precisamente Rafael Montilla, mestizo de barba luenga, formado al vaivén del tiempo borrascoso, como nieto de un soldado boyacense de la guerra magna, nombrado Gauma, quien ya inválido aposentó su hogar en las serranías de Guaitó, por 1822, siendo su madre la indígena Juana Natividad, casada con Custodio Montilla.
            Por esa rebeldía racial tan característica y los desajustes sociales con que se eleva, dentro de un país en permanente conflicto atenta contra la vida del hacendado Francisco Baptista, de la estirpe conservadora trujillana, y luego en 1875 ya libre de su conciencia sana es asistente del general Juan Bautista Saavedra, mientras que durante el llamado continuismo se afilia en las filas liberales, y en 1892, pasada la treintena en la constante lucha y sin aparente porvenir, el robusto “indio” Montilla se alista en las fuerzas del general Diego Bautista Ferrer, defensor del presidente Andueza Palacio, con quien derrota en Carache a fuerzas conservadoras de Federico Araujo. Donde obtiene por su arrojo en el campo de batalla las presillas combatientes de General montonero es ese mismo año en el páramo La Mocotí (1892), arriba de La Puerta, en que junto a Ferrer, quien sale lisiado de la mano, sostiene una enconada refriega con buen número de muertos de ambos lados y que dura dos días luchando contra fuerzas araujistas, mediante terribles cargas a machete, salvando así el ejército anduecista, con lo que ganan la batalla y le hace decir a Ferrer “¡Viva el general Rafael Montilla¡”, como queda escrito. Luego, al ser derrocado el presidente Andueza por Joaquín Crespo y después de combatir grupos armados de araujistas y baptisteros en Mérida y Trujillo, Montilla regresa al pequeño feudo agrícola de las montañas aledañas de Guaitó para reunirse con sus campesinos, cuando ya existe la división del liberalismo trujillano entre moderados partidarios de cooperar con el guzmancismo en el poder andino, e intransigentes, enemigos de toda colaboración, lo que delata una hostilidad permanente por once años (1892-1903), cuando ya se destacan dos figuras políticas regionales que fueron el liberal Rafael González Pacheco y el conservador Juan Bautista Araujo y sus oportunos conmilitones. A la muerte de Crespo en Mata Carmelera, ante el desafío de los godos conservadores trujillanos los liberales de la misma región se reúnen en Mérida y junto con Espíritu Santos Morales, González Pacheco y Montilla asaltan el feudo de Jajó para destrozar in situ el poderío conservador al mando de Blas Briceño. En abril de 1898 Montilla asiste en Trujillo a la Convención liberal en que toma la batuta de esta facción de poder el general González Pacheco, en reemplazo del veterano general Santana Saavedra, pasando Montilla a comandar en Boconó a este grupo político, en medio de disensiones internas, mientras este “tigre” el 20 de abril en fiero combate derrota al ejército de Juan Bautista Bravo Cañizález en Sans Soucí, de Boconó. Aquí el indio Montilla inicia una campaña de limpieza por la región bajo su mando, que incluye cinco encuentros militares contra los opositores, incluido el doctor y general Leopoldo Baptista, lo que coincide con que el grupo conservador pierde su elemento fuerte de cohesión, al fallecer en febrero de 1898 el conocido y respetado general Juan Bautista Araujo, “El León de los Andes”, que ejerció un poder férreo durante 25 años.
           En ese andar de la convulsiva situación nuestro Montilla en el mismo 1898 se alza contra el débil presidente Ignacio Andrade, y ya gustoso de la duradera contienda emprendida enfila su caballo hacia la frontera colombiana y en Cordero se bate contra el invasor Cipriano Castro, mientras siguen las rencillas políticas en Trujillo, uniéndose luego a González Pacheco para con 1.000 hombres ambos atacar a la ciudad de Trujillo el 20 de septiembre de 1899 y en doce horas de brava lucha, mandada entonces por el conservador Carrillo Guerra, a quien le imponen condiciones para liberar dicha ciudad. Después con el mismo Ferrer ya reunidos pronto también peleará en la batalla de Tocuyito (9-1999), en inolvidable carga de arma blanca (machete), al estilo del peruano Junín, que prácticamente abre al victorioso Castro las puertas de Caracas. Con la llegada del tachirense al poder, que derrumba aspiraciones a muchos interesados, entre ellos a ciertas huestes andinas, da pie a que al carácter caudillesco del nuevo entronizado tome más arraigo, lo que arrastra inicialmente a su favor el grupo afín liberal de trujillanos como forma de lucha, al tiempo que Montilla se distancia de González Pacheco por disensiones internas, hasta que en 1901 este guerrillero trujillano rompe definitivamente con Castro, saliendo así del estratégico Guaitó con 150 hombres, y el 20 de octubre ocupa El Tocuyo; después en ese andar rinde a Carora, se bate en Las Cocuizas contra González Pacheco, adquiriendo entonces gran relieve popular y campesino con efigie propia y para ser temido en la lucha abierta sostenida, erigiéndose de esta forma en campeón de leyendas, al que se estrellarán muchos batallones enviados por Castro para perseguirle. Una vez iniciada la Revolución Libertadora que comanda el aristócrata general Manuel Antonio Matos, se afilia a ella por el hecho de ser anticastrista, realizando muchas campañas principales (1901-O3, como Los Bucares, La Victoria, Barquisimeto, San Felipe, Guama y Aroa), con sistemas tácticos de guerrilla, marchas y contramarchas en que aparece y desaparece de la escena, siendo casi imposible sorprenderlo. Ataca y derrota en Humocaro Alto, se une al viejo general Jacinto Lara, contribuye al triunfo de la primera batalla de Barquisimeto, penetra en el estado Guárico y para rematar regresa triunfante a Guaitó.
          En 1902 abre otra campaña exitosa, cuando derrota ejércitos contrarios trujillanos, y en agosto con el célebre Luciano Mendoza por Cerritos Blancos al mando de 1.000 hombres toma a Barquisimeto, que en el vivac guerrero vuelve a manos de González Pacheco. El mes siguiente como Comandante del 10° Cuerpo de Ejército combate en Los Pegones, y junto a Luciano Mendoza emprende otra refriega exitosa contra los castristas en Tinaquillo y El Naipe, hasta ser destruidos. Cambia entonces de derrotero estratégico y va a Coro, donde en Tarana Y Aracagual vence a Ceferino Castillo, tomando un gran parque de guerra. Baja luego a Lara, y en diciembre cerca de Barquisimeto (Caja de Agua) derrota a fuerzas opositoras truijillanas, y el 15 de febrero de 1903 en terrible encuentro al mando de l000 hombres en Urachiche bate al temible rival González Pacheco, se repliega luego como tigre adiestrado para volver a combatir, que lo hace triunfar otra vez contra González en persecución que hace desde El Tocuyo a Humocaro Bajo. Cumplida la tarea vuelve al inexpugnable Guaitó, anda en Carora, y engaña al ahora opositor Ferrer, con lo que esconde buena parte de su nutrido armamento, mientras permanece intacto y dispuesto al eterno combate. Y visto el peligro que ocasiona la libertad de Montilla, el presidente Castro mediante halagos anteriores y otras artimañas convence al indio para que en la trampa esgrimida sea Jefe del castillo de San Carlos, cerca de Maracaibo, prisión dorada donde en abril de 1901 se finge enfermo grave para regresar a la montaña, en una escapada sin igual, y hasta tiempo después se atreve aceptarle la Jefatura militar de la frontera con Colombia, cuando le acompañan 60 oficiales de confianza, íntimos y espalderos, instalándose en Capacho Nuevo, “aprovechando que Castro no lo ha llevado allí por amistad”, mientras espera oportunidades y contactos valiosos con anticastristas residentes en Colombia, porque sabe que lo vigila muy de cerca el hermano de Castro y célebre confidente, Don Carmelito, hombre curtido en inteligencia de fronteras, por lo que viendo la celada tendida Montilla con rapidez se esfuma por la frontera colombiana entrevistándose con figuras anticastristas, de donde luego prosigue al llano de Apure, Barinas, Desembocadura del Portuguesa, y regresa sigilosamente a las montañas sagradas de Guaitó, salvando así su preciado pellejo.
           Siempre en el ajetreo marcial, porque le bullía la sangre con el olor a pólvora, en diciembre siguiente va a Barquisimeto contra los alzamientos “mochistas” del general José Manuel Hernández, que los derrota en Burere, mientras para ese tiempo por tantas jugarretas como dije ya ha despegado su apoyo afectivo al despierto Presidente Cipriano Castro. Vuelve otra vez a su bastión montañero y en octubre siguiente se une a la nutrida Revolución Libertadora (1901-03) que conduce Manuel Antonio Matos, participando en combates ocurridos en Lara y Trujillo, habiendo perdido en buena lid la dura refriega de Barquisimeto (5-1903), por lo que regresa transido de angustia a sus montañas de Guaitó este peligroso militar curtido al que con un machete le siguieran montones de indígenas que lo sabían apreciar como un verdadero líder campesino. Allí con 300 hombres escogidos y fieles servidores el indomable indio armará nueva guerrilla poniendo en jaque al gobierno central, principalmente en la región boconesa y un extenso territorio que le es adicto, con nueve ciudades y campos aledaños, por lo que Caracas preocupado y temeroso refuerza con tropas entrenadas la región, e inicia un largo movimiento envolvente llamado por el vulgo “la cacería de los tigres de Guaitó”, que durará muchos meses y sin resultados positivos, porque se le conoce, aprecia y respeta hasta en las toldas enemigas. Incluso en la osadía siempre demostrada el año 1906 Montilla toma a Humocaro Bajo y se acerca hasta El Tocuyo, por lo que ante el nuevo peligro demostrado el presidente Castro decide movilizar numerosos contingentes militares creando una fuerza coaligada al mando del valiente Emilio Rivas, reuniendo para ello tropas en cuatro estados cercanos que envía a esas indómitas montañas, donde se bate Montilla “haciendo evocar en sus proezas al héroe de Las Queseras del Medio”. Para entonces el indio guarda escondidos suficientes pertrechos, elabora otros, desentierra algunos, almacena alimentos, de donde lucha por doquier, sin que valga que el gobierno corte comunicaciones, desaloje a campesinos, detenga sospechosos, prohíba vender sal, y otras medidas que no hacen mella en la voluntad de estos montañeros. Incluso la fuerza de mayor empuje que penetra en los lugares montilleros, es la del coronel Lagos, Jefe de las tropas provenientes de Portuguesa y Cojedes que en octubre de 1906 llegan hasta Guaitó, donde en respuesta una terrible carga de machete los recibe, con que van cayendo uno a uno los expedicionarios en causa, sin que ni el mismo Lagos se salve de esta carnicería. Entonces el gobierno nacional ante tremenda derrota emplea otra estrategia retirando las tropas para dejar apenas pequeños pelotones a fin de evitar que el indio pueda extender su guerra en otros estados vecinos. Así el valiente general es dejado en paz, entre los campesinos que por tanto lo admiran. No incursionarán más contra él. Le temerán porque ha vencido, con las armas y sin ellas, a todo un ejército expedicionario. Y solo el general Juan Vicente Gómez, cuando llegue al poder verdadero y cual otro zorro cubierto de prestigio pactará con este guerrillero campesino, el invencible Montilla, a través del confidente Leopoldo Baptista, con mensajes cruzados entre ambos Jefes. Así vendrá la paz en aquella primera década alargada del siglo XX.
           Hombre de barba imponente, ojos con fuego eterno, frente despejada, de temperamento fuerte que “sujetaba un toro por los cuernos, tenía gran viveza, era activo, oportuno y valiente sin igual”, así fue el “indómito tigre de Guaitó”, como lo llamara el buen conocedor de esas luchas José Rafael Pocaterra.
Ahora toca narrar lo más triste de su existencia como exitoso hombre y soldado, porque en verdad no se encuentra razón alguna para que este representante de la raza americana que se decanta en el transcurso de las generaciones, haya perecido de una forma tan absurda, o mejor, extraña, porque alguien de su categoría debió desaparecer al filo de su espada o en medio de alguna de las salidas espectaculares que viviera en esa suerte de misterioso andar a lo largo de su exitosa biografía. Pues bien, nuestro personaje de pronto, como el rayo desaparece aunque dejando rastros, para sin saberse a ciencia cierta el porqué de su extraño despedir, y hasta alguno habla de faldas, pues sin son ni ton, como se expresa y casi ajustando los 48 años, en la flor de una vida que lo marca para la posteridad, el miércoles 20 de noviembre de 1907 este apacible caudillo de campesinos, paternalista, asimilado al medio, comprendido pero con odios desatados por su origen, bien pudieron crear una grieta en la muralla del afecto. De esta manera séase por el interés de baptisteros regionales o por descontento primitivo y rencoroso del peón de hacienda Florencio Rodríguez, como lo reseña el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, en ese mundo introspectivo lleno de problemas para plantear al doctor Sigmund Freud, en medio de una rabia descompuesta y sorpresiva, como producto de disputas banales este desquiciado asesino que le tenía la vista puesta, cosa que no lo pudo hacer ni el más perspicaz de sus enemigos, en un descuido del valiente trujillano y amparado por la sombra tardía de la montaña traicionera, fue a “aguaitarlo” a quien aspiraba con razón sentarse en la silla de Miraflores, para en mala hora el vengativo criminal como se hizo con Sucre en Berruecos, asesinarlo en un pequeño puente misterioso de la quebrada Agua Blanca, que Montilla debía cruzar. Y allí al hombre que transformara una derrota en victoria y un victoria en derrota, que como fantasma aparecía en lugares imposibles, el traidor Rodríguez cae con el machete desenvainado, a mansalva, sin espera, sobre el cuerpo del intrépido general, quien en el trance inesperado tuvo escaso tiempo de defenderse mientras le disparó con la errancia del tiro y la agonía, aunque el filo del arma cortante y la pasión venenosa desatada pudieron más que todas las batallas y encuentros que había ganado el bravo general. Rodríguez de inmediato pagó también con su vida, por obra de la peonada que castiga. Allí termina su grave existencia física y se consolida esta figura de leyendas, adversario de las oligarquías regionales, cuyo nombre no ha muerto porque fue popularizado por numerosos corridos musicales que relatan sus tantas aventuras exitosas. Y entre la copla y el amor al estilo Zapata sigue viviendo en el corazón de los admiradores trujillanos.

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