miércoles, 11 de abril de 2012

EL MUY DISCUTIDO BOLÍVAR MILITAR.

             Amigos invisibles. Desde que me interesé hace tiempo sobre las cuestiones bolivarianas, que tantas facetas demuestran, fue para mi importante el intento de desenmascarar a la patraña tejida sobre aquello de los fervorosos admiradores del caraqueño, que mirándolo como héroe impoluto no le encontraban ningún defecto, y entre ellos el militar, mientras que otros con mayor o menor fuerza de razón esgrimían los sucesivos reveses que Don Simón dentro de su vida pública había tenido en materia tan delicada como es esa de las armas, y más durante ese siglo XIX en que edifica su estructura vital como personaje histórico, cuando los cañones cambian y las armas manuales también, fuera de otras tácticas estratégicas que ceden al olvido otras clásicas maneras de pensar, porque aparecen novedosos estudios que transforman por siempre el espíritu de la guerra, dejando obsoleto lo convencional para dentro de la evolución rápida que se sigue en el manejo de una campaña y la técnica de un combate y a través de expertos experimentados en la materia o de textos nutridos de ejemplos y de innovaciones, todo el conjunto hace, pues, que la guerra cambie en ese siglo lleno de inventos y mejoras, cuando se trazan los nuevos límites de los poderíos en trance de ser supremos, y más cuando aparece un genio de la guerra que se llama Napoleón Bonaparte.
              Para iniciar diremos que el nativo de Indias y mantuano Simón Bolívar es producto de una escasa zona de combates, salvo los lejanos encuentros con diversas parcialidades indígenas, que llamaban guazábaras, y los encontronazos con los negros rebeldes o cimarrones, que fueron sojuzgados mediante severas penas mortales, aunque sí existió el peligro latente para con los llamados piratas, gente de mar que fueron marinos de variada clase, como oficiales para el desgaste del imperio español o de algún asentamiento terrestre, o simplemente aventureros en busca del copioso botín, por cuyo motivo se construyeron en Venezuela castillos, fortines, murallas y otras defensas de manera preventiva y ofensiva contra aquellos pretensos intrusos a la fuerza. De estos antecedentes  pequeños en valor emerge la historia militar que aquí se va a desarrollar y donde crece el infante caraqueño apreciando trajes militares pomposos que casi nunca usaron, cuando su padre y abuelos fueron militares de renombre pero que en verdad jamás pelearon salvo cualquier pequeña escaramuza, e incluso pudo apreciar al conocido marqués del Toro muy disfrazado de oficial mayor pero que alicaído regresara de la campaña de Coro en medio del peor fracaso habido en la primera salida militar que se hizo en Venezuela, porque viéndolo bien de guerrero no tenía nada, sino un vago prestigio que fue destruido por los hechos palpables. En parecida forma ya el joven Simón Bolívar durante algunas ocasiones vistió el planchado uniforme del Batallón Blancos de Aragua, que le pertenecía por asuntos de herencia, y si acaso como buen lector había bebido algunos clásicos comentarios militares de guerras europeas, que nada tenían que ver con nuestra América.
            Luego de las bravuconadas de la Puerta de Toledo en Madrid y del permiso militar que solicitara para casarse en la capital de Reino, regresa a Venezuela, enviuda pronto y entristecido vuelve a Europa para darse la gran vida entre juergas metódicas y estudios autodidactos que realiza de manera teórica y erudita, mientras ya anda por Caracas y sus propiedades terrenas que comienzan a arder con el fuego desenfrenado de la pasión libertaria y que a la larga envuelven, como es de esperar, a este joven Simón que sabe mucho aunque disperso pero que digiere poco. Con el rango prestado de coronel va a Londres en una misión encomendada por el gobierno de facto que existe fracasando en sus empeños, pero allá obtiene una tabla de salvación que es convencer al viejo general Francisco de Miranda a fin de que regrese a su patria y con rapidez se ponga al mando de un  ejército desigual, sin disciplina y lleno de quimeras, que desde luego pronto entra en la retirada mientras Bolívar, a quien se le encomienda el cuido de la principal plaza fuerte de los alzados independentistas, que es Puerto Cabello, por imprudencias que demuestra y el abandono de dicha plaza al bajar a tierra en dicho puerto, es derrotado de la más triste manera, que le corroe el corazón y que como contrapartida, triste porque no ha debido ser, Bolívar la coge en ojeriza con el propio Miranda, al que mediante una conjura con otros amigos y él como la voz cantante del grupo, le hace preso para llevarlo a la inmolación de sus encarnizados enemigos españoles monárquicos, que entre cadenas lo conducen para podrir su huesa en la oscura ergástula andaluza de Cádiz. Con la huida hacia delante que realiza en tiempos de Domingo Monteverde termina exiliado en Cartagena y mediante artificios y desconocimientos de la jerarquía militar en una imprevisible y sortaria Campaña Admirable con un mar de piruetas que imagina salta órdenes y planes concebidos para llegar a Caracas triunfante pero con el horrible terror del Decreto de Guerra a Muerte que desata en Trujillo contra los españoles y canarios de una manera despiadada, lo que le trae innumeras enemistades en los bandos patriotas y realistas.
            Sin embargo como a partir de estos tiempos y por obra de la experiencia que a veces vale más que la doctrina, vamos a demorarnos ahora en algunos tratadistas que indagan sobre el Bolívar militar que ya aparece por fuerza de las circunstancias, en medio de encuentros de escasa importancia, ligeros combates, escaramuzas y algunas batallas que en realidad se libraron, donde actúa este improvisador y caprichoso que innova pero lleno de audacia, lo que señalaremos con el colombiano José María Samper, equilibrado de razones porque no es de los que le adulan y ensalzan sin visión de futuro, como sucede otros mitómanos al estilo del honorable Vicente Lecuna, que sin causarles escozor y menos pena lo pintan en el empíreo supremo, valga expresarlo, de la actuación militar. Así diremos con Samper que el Libertador dirigió 36 batallas o refriegas, saliendo airoso apenas en 18, es decir que la mitad de ellas terminaron en pérdida. Al entendido Cornelio Hispano [Ismael López, vallecaucano] y más explícito en los números la cuenta le cuadra diferente, pues afirma que el caraqueño “dirigió 27 batallas, ganó [apenas] 18, fue derrotado en 6 y se retira en 12. Veinticinco veces estuvo a punto de perecer y tres veces intentó suicidarse”.  Por su parte el combativo socialista prusiano Carlos Marx, que en el fondo no admira al llamado Libertador,  asienta que “para fines de mayo de 1818 [tiempo trágico militar en que ya lo supera en la lucha el general Páez] Bolívar había perdido más de doce batallas y todas las provincias situadas al norte del [río] Orinoco”, ello por dispersión de fuerzas y malas tácticas a desplegar. Y sobre el mismo tema expuesto el conocido plumario Rufino Blanco Bombona recuerda que su carrera militar en el desastre este caraqueño la inició con una espantosa derrota [¿San Felipe de Puerto Cabello?, 1812] y que dos veces en el sitio estrecho de La Puerta [cerca de San Juan de Los Morros] el asturiano José Tomás Boves lo humilló en el aspecto militar.
                       Vistos esos cálculos de conocedores en la materia, que no se pueden dejar olvidados en este examen de sus cualidades militares, agregaremos que con la Emigración a Oriente [1814] y los encuentros provisorios que Bolívar pudo tener, que lo hacen varias veces salir del país porque muchos oficiales no lo quieren, acaso por conflictos entre ellos sobre como llevar la guerra de ese entonces, las permanencias en las Antillas y las expediciones marinas que terminan en bajo rendimiento militar y los pleitos mayores, como el fusilamiento del general Piar, la pronta presencia del curtido general Pablo Morillo que viene a oponérsele de veras y la aparición del general José Antonio Páez, que con sus audacias y visiones de triunfo, en contra de las opiniones del Libertador lleva a cabo una guerra de desgaste que taladra en el seno militar monárquico, pues si no hubiese emergido ese centauro llanero, con seguridad habría acabado la guerra para quedar reducida a simples guerrillas y otros asaltos ocasionales. Sobre esta sucesión de ideas imbricadas con los sucesos en aparición agreguemos, pues, y sin entrar en detalles, que Bolívar bien que dirigiera [ojo, se retira en doce combates] los encuentros en persona o indirectamente, pierde seis de ellos mediante fracasos anotados, verbigracia la triste refriega aragüeña de San Mateo, en tierras familiares, el de las afueras de Puerto Cabello, el desastroso  de las escarpadas alturas de Los Aguacates [Mariara, Carabobo], en julio de 1816, el desorden que prevalece en el mismo combate de Semén, que colinda con La Puerta, en marzo de 1818, tan grave por cierto que todo parece perdido para los insurgentes, por encima de que Morillo allí es alanceado de gravedad, el repentino ¡sálvese quien pueda!, que ocurre en el guariqueño Rincón de los Toros [abril de 1818], y donde estuvo a punto de ser muerto, la triste campaña de Ocumare, oportunidad en que lo dejan solo, el encuentro de Barquisimeto [noviembre del año 1813], cuando a poco de cantar victoria  el caraqueño también pierde el 75% del ejército, o sea 800 hombres que comanda, para seguir con Santa Rosa, Yaritagua en Yaracuy, el encuentro cerca de Barcelona, el episodio negativo de Cumaná, el horrible ya mencionado y el otro por desastroso segundo encuentro de La Puerta, el 15 de junio de 1814, a un año exacto del Decreto [proclama] de Guerra a Muerte, como también las grandes derrotas de ese año  que sufre bajo el ímpetu arrollador del huracán Boves, el determinante para la suerte de la República ocurrido en Aragua de Barcelona [17-8-1814], “la batalla más sangrienta de la guerra de Independencia”, el mal cálculo que utiliza en La Hogaza, y el encuentro ocurrido en el oriental río Unare o Clarines [enero de 1817], donde por una falsa estrategia se pierden muchas vidas, como otros combates ocurridos en Villa de Cura, Las Adjuntas, La Esmeralda, San Carlos de Cojedes, La Victoria, la desastrosa Campaña de Calabozo [que en síntesis es una derrota abrumadora, dentro de esa acumulación de fracasos militares que le ocurren entre 1814 y 1818], cuando pierde con suficiente tropa y ocurren bajas por causa de su terquedad, pudiendo fácilmente haber destruido al ejército español contendiente, como en el guariqueño Ortiz [1818], donde es derrotado por el general La Torre, en el cercano El Sombrero esta vez contra las tropas comandadas por Pablo Morillo, el delirante como sabemos desastre de Casacoima, en Guayana, las dos fracasadas ofensivas sobre Caracas, la triste retirada mortal hacia Oriente del año 14 y su destierro, el doble desastre  de la atolondrada expedición de Los Cayos, de 1816, la adversa empresa militar de 1818, con dos campañas, que por no reunir las fuerzas combativas [al contrario, disgrega] alarga la guerra por muchos meses, como igual acaeció en la dura acción sostenida en el Perú y el desacierto de la guerra defensiva, al no oír el Libertador los sabios consejos del general Antonio José de Sucre.  Y otros ejemplos más por el estilo que podemos aportar.
            Una vez reunido el deliberante Congreso de Angostura el Libertador resuelve emprender la campaña libertaria para penetrar en el corazón de la Nueva Granada, por lo que con un ejército de llaneros mal vestidos y escaso de alimentos protectores emprende el famoso Paso de los Andes que en el fondo fue otro fracaso bolivariano por dentro de su capricho escoger el peor camino para atravesar las empinadas montañas que van hacia Boyacá, sendero que por esta tozudez se cubre de muertos tanto de sus acompañantes como de las acémilas y otro ganado que transporta, lo que verdaderamente es horrible contemplar este dantesco episodio que ya he narrado en otra ocasión. La disparatada rapidez por impericia en el río Gámeza, de donde se pierden muchas vidas patriotas, y después la imprudente batalla de Pantano de Vargas (-7-1819, cerca de Paipa) que luego ejecuta, fue casi una derrota, por lo agotado del ejército que comanda y la desorganización existente, una vez que bajara del helado páramo de Pisba. A esto hay que agregar otros recuerdos pesarosos, como el de Cartagena, la estrategia a usar en Cachirí [Santander, Colombia], las operaciones militares del Bajo Magdalena, el combate de El Mamón [norte de Colombia, 1815], etc.
            Y prosigamos no echándole leña al fuego sino auscultando en los rincones profundos de la verdad, diciendo entonces que Don Simón siete veces se dejó sorprender en su propio campo, lo que no se excusa como tragedia digo yo, según afirma Gustavo Hippisley, agregando además dentro de su falsa estrategia que de ocho generales en Jefe  en funciones que nombrara  [por cierto ninguno fue neogranadino], al final cinco no comulgaron con él, y las deserciones en masa le fueron comunes. Ahora diferenciando estas campañas con las a proseguir hacia el Sur en su carrera militar, debemos agregar entre tantos yerros, el desastre de la “batalla” de Bomboná, cerca de Pasto, “una de las derrotas más graves de Bolívar”, según asienta el historiador Madariaga, descalabro grave por rechazo de la indecisa cuanto sangrienta y humillante contienda, episodios por los cuales y con anterioridad el general Piar utilizando el sarcasmo lo llamara “el Napoleón de las retiradas”. Sea oportuno incluir  hacia delante que las contundentes victorias del pronto Mariscal Sucre en Cuenca y Quito evitaron que Bolívar fuese derrotado en su camino hacia el Perú. Valga aquí agregar ya de pasada, porque de otra forma para analizar lo que aconteció al sur de Bomboná y hasta Bolivia en cuanto al proceder militar de Bolívar, sería necesario otro prolijo trabajo de orientación, que lo del combate de Junín [8-1824], con una duración de 45 minutos y que Bolívar dirige de lejos con un catalejo, se debe al valiente general Mariano Necochea mediante un triunfo fortuito e inesperado [por los equívocos garrafales dictados por el caraqueño], quien arrecia el combate mudo por no utilizarse en ella pólvora sino acero afilado. Además si a ver vamos entre las batallas decisivas de la gran guerra bolivariana, podemos afirmar que Carabobo se debe a la fiereza militar de Páez, Boyacá se gana además con la acción militar de los generales Anzoátegui y Santander, Pichincha es obra íntegra del genio militar que es Sucre, y la extraordinaria batalla de Ayacucho es creación y gracia de ese cumanés ilustre gloria de los combates guerreros y cuya estrategia de dicha batalla se estudia en academias militares de reputada calidad. Como corolario de tanto desafuero sin entrar en detalles de logística, táctica y otras técnicas usadas, aquí diremos que Roberto Botero en su libro “El libertador Presidente” asienta que “Bolívar fue el autor de la guerra con el Perú”, ya casi al final de su existencia, sacrificando 3000 soldados colombianos en los insalubres alrededores de Guayaquil por no aguardar la entrega de la ciudad, como se esperaba” y donde fusila a muchos militares colombianos [los supongo adversarios o desertores], lo que es otro descalabro del Bolívar guerrero. Dejo así culminado este trabajo, y supongo que usted estará lleno de dudas, que con paciencia y sabiduría metódicas sabrá entender. ¡Ah¡, y para que no olvide en la discusión recuerde que el valeroso Bolívar nunca, pero nunca fue herido en una acción militar, pues solo Manuela Sáenz le arañó la cara en Lima. ¿Extraño, eh?.

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