sábado, 22 de octubre de 2011

LA AVINAGRADA CUENCA DEL MAR MEDITERRÁNEO.


Amigos invisibles. El tema que vamos a tratar en esta ocasión es por demás amplio, porque ocupa toda la cuenca acuífera y sus adyacencias geopolíticas a lo largo de ese “mare nostrum” que ha sido inicio y fin de múltiples sucesos históricos, con desplazamientos multitudinarios de población, invasiones bárbaras, inicios de culturas milenarias y germen fundamental del ser y el acontecer de nuestros orígenes en el mundo occidental, en lo que nos compete. Desde un comienzo ese inmenso mapa político estuvo sometido a presiones exógenas provenientes en mayoría por pueblos orientales como los asirios y centroasiáticos, aunque el mundo faraónico ya irradiaba civilización desde tiempos bastante remotos y mientras se preparaba para tomar justa posición la cultura helénica, que nos aporta fundamentalmente la noción del Estado, el sentir filosófico y el amor por las ciencias antiguas y las artes.
            Pero hubo un personaje que cambia de manera radical aquel panorama aún no bien determinado y que se llamó y hasta lo tildaron como Alejandro Magno, macedonio de origen, efebo de buena casta caudillista que para arrodillar a sus rivales se larga por los caminos de la vida en son de conquista y llegó hasta las puertas de la India. Este hombre aventurero, contendor en la Historia con Darío y que hasta tuvo sus devaneos homosexuales, porque ahora sí se puede escribir de estos dislates sin que lo miren con extrañeza a uno. Por manera que poco a poco el mar Mediterráneo se transforma en el centro de los grandes acontecimientos de nuestro mundo, porque en sus costas se asientan grupos sociales de suficiente trayectoria a lo largo de los siglos, como es el caso de los contados griegos, de los romanos, los persas que se acercan a este mar comercial, los jinetes que cruzan los desiertos desde el Medio Oriente y con la aparición de dos rutas fundamentales, que son el comercio de la seda atravesando por el centro de Asia para salir frente al mar por tierras de fenicios, o la ruta de las especies (canela, clavo, ámbar, incienso, mirra etc.), que viene también desde el extremo arábigo para avecindarse en tiendas negociales de los zocos o mercados establecidos en las costas de aquel territorio. A ello habría que agregar el mercado de esclavos procuradores de la mano de obra fundamental, que de antaño se ejercía bajo diversas formas.
            Así las cosas otro hecho viene a suceder en dicho mundo variopinto sujeto a tantas indeterminaciones, y me refiero con ello a la ancestral influencia religiosa que encauza la conducta de esos pueblos, porque dentro del ámbito mosaico que arranca desde Abraham para conducir multitudes, una secta se desprende de la religión judaica, que la encabeza Jesús de Galilea, el hijo del carpintero José y de María, que en vuelta de poco tiempo empieza a acaparar prosélitos, en un terreno que algunos llamaban Judea y otros para ponerle salsa a la diatriba lo llamaron Palestina. Ese continuo discurrir de opiniones contradictorias, todo en medio del poder imperial romano, pronto se diluye con la aparición de otra figura de gran significación y venida del desierto, que entre los suyos y para los otros se llamará por siempre el profeta Mahoma, figura estelar histórica que con su arribo al escenario de las confrontaciones se atizan las disputas de supremacía entre los contendientes religiosos que ahora pululan por el ejercicio del poder desde sus moradas ancestrales, donde se dispersa la presencia permanente irradiada a partir de Roma pero que entra en el conflicto que se abre ya desde Constantinopla, con varias iglesias que le son fieles y otras cuestionables, pero que donde se impone con mayor rigor el eje religioso que habrá de llevar la bandera del Islam, como nuevo poder político de la región, es en las tribus mahometanas que a partir del desierto arábigo bajo la sombra de la cimitarra y a la permanente voz de ¡Alá¡ en menos de dos siglos se hacen en buena parte dueños del mar Mediterráneo, donde  establecen todo un poder de permanencia, y de seguidas en grandes cuadrillas de seguidores bajo el imperio del terror político invaden no solo a España, para permanecer siete centurias bajo el mando y el mestizaje de la raza, sino que se introducen en Europa y a las puertas de Viena son contenidos, mientras que en Francia en medio del fragor guerrero de Carlos Martel y en la batalla de Poitiers  (732) éste supo derrotar a los islámicos invasores del andaluz Abderramán, mesnada que ahora en las vueltas producidas por la vida conquistan de nuevo a Francia, que se llenará de mezquitas y hasta quizás de alguna suerte de burkas.
            Los siglos pasan, transcurre el período apasionado de las cruzadas y el acomodo de las circunstancias es otro cuando ya a finales del siglo XV y en plena etapa de descubrimientos geográficos el ajedrez político que se vive en el mar Mediterráneo por cierto es muy diferente, con nuevas potencias emergidas en su entorno y otras que andan en esta función. En ese entonces dentro de dicho sistema acuático, dos polos opuestos se entrecruzan, cual es la capital Bizancio, que desde 1453 ha sido tomada por el Islam de las sectas túrquidas y ejerce una enorme influencia y poder con el signo de la media luna por delante, y del otro extremo aparece el nuevo reino español, por la fusión de Castilla y Aragón, que expulsa de su territorio a los últimos siervos de Mahoma. En este contexto real se puede expresar que en toda la costa sur del expresado Mediterráneo y salvo algunas excepciones temporarias como Argel, Orán y el norte de Marruecos (Ceuta) se rinde honor al Corán dirigiendo sus plegarias y el cuerpo postrados en una invocación  hacia La Meca. Al mismo tiempo otras nuevas potencias aparecen en el Mediterráneo, como Francia y algunos estados que hoy forman parte de Italia, la latina, tal el caso de Génova y Venecia junto a Roma que se unen para luchar contra el Islam y lo derrotan en la batalla de Lepanto. Para entonces existen comunidades mahometanas establecidas en Europa, lindantes con los eslavos del Sur, que por siglos han tenido serias diferencias limítrofes e ideológicas en el seno del territorio llamado los Balcanes, lo que desembocó recientemente en una guerra genocida con la extinción definitiva de la república de Yugoslavia, engendro político del mariscal Tito, episodio que trajo como consecuencia la desaparición y el sacrificio de millares de personas.
            Así las cosas podemos ahora pensar que para antes de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en el mar Mediterráneo existían tres poderes de importancia, con su correspondiente respaldo militar. El primero venía a ser el viejo imperio otomano, con su capital que era Estambul (ahora es Ankara), centro ideológico que irradiaba su poderío hasta en Asia Central, el Mar Negro y todo el mundo árabe, aunque por el desgaste ocasionado por las guerras intestinas y algunas nuevas conquistas su presencia poderosa había disminuido de manera notable (ahora en franco repunte, con el ministro Erdogan) y más cuando que a raíz de la Gran Guerra una casta militar manejada por Kemal Ataturk cambia los destinos de ese imperio con el fin de laicizarlo, mientras que en otro equívoco más el Sultán reinante al unirse con el eje manejado por Alemania pierde la guerra, con el resultado de ceder el puesto de alta potencia regional a la astuta Inglaterra, que para ello esperaba su oportunidad, ascendiendo luego a ser primera fuerza de la región, pues buena parte de las colonias y protectorados otomanos son puestos a las órdenes del imperio inglés, que con mucha astucia y anterioridad se apropia de Gibraltar, el noble canal francés de Suez, fortifica la isla de Malta, ejerce gran influencia en Grecia, Jordania, Palestina, territorios arábigos y domina en varias circunstancias a Egipto, por donde desde luego se adentra hacia el corazón de África. Es de hacer constar que buena parte del territorio africano ha caído en manos del Islam, que es hoy la religión que más crece en el mundo, porque con los temores que infunde y los castigos que aplica, prácticamente nadie de ese parecer dogmático puede abstraerse de su sombra. Y como tercer miembro poderoso existe en el Mediterráneo la República Francesa, que siempre ha tenido ingerencia en los asuntos concernientes a sus fronteras, porque una parte valiosa de este mar baña la costa sur de ese país y  dado que hasta no hace muchos años, o sea hasta el tiempo del Presidente general Charles De Gaulle no solo Marruecos pertenecía al entorno colonial francés, sino también Argel y Túnez, habiéndose sostenido serios encuentros guerreros para liberarse en parte de esta influencia, que aún funciona, aunque como se dice, a media máquina.
            Por manera que, llegando al meollo del asunto podemos decir que en la actualidad las cosas, o sea de continuar la vida a la manera antigua, cortando cabezas en pública asistencia, aplicando leyes del talión, sepultando a seres sin redención, extirpando los ojos, lapidando, mutilando, condenas de martirio y latigazos por pequeñeces manejadas entre espíritus de verdadero mal que quieren nadar ante el naufragio en contra de la corriente y ausentes de crear nuevos estados laicos, enteramente democráticos, mientras desde otra visión global contrapuesta se tiene turismo, cable, televisión, internet, blackberry, donde se ven hasta mujeres desnudas y eso que llaman cine porno, y todo lo más moderno, de pronto en ese medio de presiones ha estallado la revuelta social de una manera atrevida, imposible de detener, que no solo incidirá en la vida y costumbres caducas de la sociedad, a todos los niveles, sino que también ha de forzar hasta el límite sobre inquisidores ayatolas y talibanes recalcitrantes que perviven en el tiempo jurásico, creyendo todavía y a machamartillo en los “comics” de la familia Picapiedra. Una cuestión es el Estado, otra la religión sujeta a su entorno y otra es la sociedad en desarrollo. Esta revuelta, pues, popular, necesaria, que cada vez más se extiende con el nombre de “primavera árabe”, comenzó con la inmolación de un humilde vendedor de nimiedades en su Túnez natal, tierra antigua de cartagineses, a quien el gobierno represivo (la policía) no lo dejaba sostener su triste y deleznable entrada de sustento, de pronto se transformó en un reguero de pólvora que hace caer al dictador local  Ben Alí y el adinerado clan familiar por decenios mantenido en su país, rico en tierras y viñedos pero con miserables salarios de verdadera hambre. De inmediato la tensión que este hecho horrible dejó ver a las claras prende de seguidas en El Cairo, de Egipto, país con 80 millones de habitantes, manejado por una casta militar mediante el octogenario Hosni Mubarak, que siendo islámico se entendía bien con los judíos de Israel (lo que le causa la muerte al anterior Presidente asesinado, El Sadat), ocupantes de Palestina, que exilian a buena parte de su población, que tratan a los palestinos como vulgares servicios y a quienes le arrebatan sus mejores tierras, que han dividido a la franja de Gaza de la otra parte Palestina y que se adueñaron por táctica militar del territorio alto de Golán, que es sirio, ante este problema tan agudo a respirar el alzamiento cívico llevado por muchos días en la céntrica plaza Tahir dio su resultado, cuando el duro dictador militar con casi treinta años de gobierno todopoderoso se fugó a un discreto balneario del mar arábigo y de allí fue trasladado a El Cairo, donde se le siguen juicios por muchos delitos graves cometidos, mientras el país vuelve a la normalidad, a pesar de las dificultades que acarrea una larga tiranía.

El segundo caso patético en la larga fila de acontecimientos seguidos en dicha región mediterránea, para llegar a un sistema democrático es nada menos el de Muhamar Gadafi, militar sanguinario que por 42 años luego de destronar al rey Idris se sentía dueño y señor de vidas y haciendas en ese enorme desierto que es Libia, aunque la suerte lo haya dotado de muchos pozos petrolíferos, de buena calidad y que estaban a la mano de Dios, porque permanecen a pocas horas de los grandes consumidores europeos. Pues bien, el caballero de marras creyéndose un señor feudal vivía entre palacios de las mil y una noches, rodeado de mujeres y lujos exorbitantes, asistiendo a los invitados bajo una carpa beduina, que llevaba por el mundo en sus desplazamientos y para más bochorno de tal representante de la canalla plutócrata inventó un tal “libro verde” que de casualidad y porque era pecado no lo comparó con el Corán, lleno de ambigüedades, de sugestiones a lo Perogrullo y de sandeces que en el fondo él no se las creía pero que mantuvo embobados a sus seguidores por interés u oportunismo, mientras al país dividido en tres partes (Benghazi, Cirenaica y Trípoli) lo sostenía siempre en calidad de cosa propia, admitiendo que él era algo así como un legado de Dios, porque no era Presidente y no podían por tanto derrocarlo, de acuerdo con la constitución infernal que elucubrara. Cuando ya nadie le aguantó más, sin importarle un pito y porque estaba acorazado de armas de todo tamaño, con que se creía indestructible, desató la guerra genocida, que ya lo había hecho en otras oportunidades, y derrotado ahora anda huyendo como rata trágica del desierto, hasta que sea preso para mantenerlo por muchos años tras las rejas, salvo que la vindicta popular disponga como en Irak con Sadam Hussein: ser colgado por el pescuezo.

La primavera de la libertad ahora es cuando comienza su labor, porque el pueblo árabe a través de mundo mediático ha entendido de su razón de ser, de donde son muchas las manifestaciones que se suceden en los Emiratos Árabes, en Abu Dhabi, en Yemen, donde un tal entronizado Presidente Alí Saleh, de larga data y con cierto alcahueteo gringo se mantiene tirano en el poder, pero que está maduro y pronto dejará tal responsabilidad, porque le teme a otro atentado mortal y el pueblo lo desprecia. Así las cosas también se prevén cambios políticos en Arabia Saudita porque sus habitantes están hartos de un despotismo familiar (lo que dio origen al nefasto Al Qaeda), dueños de todo, cobijados en que el país es la patria de Mahoma, sede de La Meca y donde aún olvidados de igualdad se considera a la mujer como un simple objeto, para parir como conejas, sin ninguna otra contemplación. Y así a objeto de no hablar más de otros malestares que se respiran en la región, que será en otra oportunidad, llegaremos al fin con el despreciado gobierno sirio de la familia Al Assad, por décadas también en el poder tiránico, cuyo actual Presidente Bashar, alias “el carnicero de Damasco”, por cierto profesional graduado en Inglaterra, se ha dado a la inicua tarea de coleccionar cadáveres, pues a cada  alzamiento popular de los muchos que aparecen en tal país, de inmediato envía milicias, cañones y tanques destructores, para acabar con sangre y fuego cualquier intento de oposición, de donde suman miles de muertos, la mayoría inocentes, que le pesan en su conciencia. No sé de qué forma va a terminar esa matachina, pero me temo que él va a ser el coleccionado entre los cadáveres. Ya hay un Consejo Nacional de Transición que habrá de terminar con este desastre, porque como dicen los sabios conocedores, “hay que poner las barbas en remojo”. Del otro factor importante en la región después tocaré el tema, porque entre rabinos estaremos y entrometidos en una disputa que parece no tener fin, a menos que los Estados Unidos así lo disponga.
            ramonurdaneta30@hotmail.com

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