viernes, 8 de julio de 2011

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE SIMÓN BOLÍVAR.

Amigos invisibles. Como con la figura de Bolívar y más en estos tiempos azarosos se puede comenzar utilizando cualquier capítulo de ella, ante la catapulta de acontecimientos reinantes que dejan al entendido en desconcierto, por ser oportuno vamos a referirnos a esta ocasión, que guarda algunos parecidos con lo que en la fecha bicentenaria del nacimiento patrio estamos viviendo entre sobresaltos y casualidades. Dejamos en ustedes, pues, el análisis y la comparación de los escenarios y de sus habitantes, para encontrar símiles conclusiones.
Sucede entonces que Simón Bolívar nació casi huérfano, porque el padre y la madre murieron bien pronto de tuberculosis, enfermedad mortal que crecía en sus pulmones y que a pesar de rogativas celestiales, según se dice ni bambarito pudo salvarlos. Como respuesta a ello el tremendo Simón, que hacía muy poco caso a los deudos (“el loco” siempre lo llamó su hermana María Antonia), anduvo del timbo al tambo en Caracas y hasta con compañías o amigotes de infancia callejera que sacaban de quicio a sus cerrados familiares, quienes poniendo el grito al cielo por lo irreductible del muchacho buscaron una salida con este revoltoso infante, cayendo así en manos de un maestro lleno de ideas libertinas y hasta libertarias, que transmitiera en forma ruda y socarrona a dicho mozalbete, quien por cierto en nadie creía sino en su grupo de compañeritos de barrio pero sí poniendo atención a los pensares poco comprensibles del empeñoso Simón Rodríguez. Esos fueron los primeros años de este párvulo tremendo, finalizando el siglo XVIII, y para limpiarle la cabeza de tantos deslices y manías sus parientes de aquí, de Caracas, deciden enviarlo rumbo a España, a ver para qué sirve.
En España y en Francia, dando vueltas de conocimiento anduvo por muchos lugares el señorito indiano entrometido, y hasta se enamoró locamente de una joven madrileña insípida al extremo que se encapricha con ella y no hubo mundo ni remedio de dejarla, con rabietas incluso, hasta cuando le hizo su mujer y la trajo a Venezuela. Pero como no quería terminar siendo Alcalde de San Mateo, en lo crecidito que estaba, la esposa María Teresa envuelta en plaga de mosquitos maláricos de aquel lugar pestoso pronto enfermó para morir en Caracas, en medio de lloriqueos,  arrepentimientos, invocaciones a Dios, a la Virgen Santísima, a Cristo Redentor, y con estos desusados lamentos chabacanos Don Simón se retorna a Europa para saciar sus deseos varios entre la bacanal París, y el que le quita el sueño por sus glorias, que es el Gran Napoleón, en quien se inspira de sus máximas y hechos militares, mientras lee mucho, pero desorientado, a pesar de la influencia del maestro Rodríguez que por allá encuentra cerca de los masones extremistas, desorientando aún más su trashumante humanidad.
                           De vuelta a la patria, con la invasión francesa a España y otros desmanes que lo insuflan de pasión, como los ejemplos palpables de ciertos alborotados pertenecientes a la revoltosa Sociedad Patriótica y algunos anárquicos de la talla de Coto Paúl, el cerebro del caraqueño despìerta en ansiedad que ofusca con remanentes de frustración  y odio a los curas (que hasta lo excomulgan en Bogotá), de donde empieza a maquinar de día y de noche, queriendo vencer a la propia naturaleza, como en el caso del terremoto de Caracas, mientras vive pensando ahora en la gloria sublime para sí y en la conquista del mundo, a como dé lugar. Allí concibe pasos hacia el porvenir, con la mente encendida, entre acuerdos y desacuerdos de sí mismo y con ideas de patria y de guerra mortal sin parar que los llevará por siempre en el alma inquieta y extrovertida. Empieza a sufrir reveses que transforma en triunfos, porque era experto en ello, como el caso de la pérdida de Puerto Cabello, los desastres de La Puerta y la entrega del confiado Miranda a las autoridades españolas, y busca entonces a peninsulares, a los que ahora detesta hasta con odio, para que le salven la vida, pudiendo salir así al extranjero. Se inicia con una escribidera de cartas para llenar cajones, que lo hará de por vida, porque entonces no había micrófonos ni cosa parecida, y coge rumbo a Cartagena, para cucar avisperos y desamistarse con muchos, hasta que contraviniendo órdenes por creerse superior y protegido de los dioses agarra por el río Magdalena abajo y con milicianos ávidos de botín y otra tropa escasa emprende una campaña incomprensible, como décadas después lo hace con igual suerte el iluminado Cipriano Castro,  y a lomo de mula en larga marcha al estilo de Mao el hombre de cuartel que es Bolívar llega a Trujillo, para lanzar la terrible proclama de Guerra a Muerte, o sea a todos los que no están con él, queriéndolos desaparecer del mapa, y en la carnicería que desata sobre todo con peninsulares y canarios, llega campante a Caracas cubierto de títulos, preseas, laureles, loas, vírgenes bonitas que lo entornan y otras muestras de alto oportunismo demagógico que así le rodean.
Pero la época no estaba a su favor, porque al tiempo le surgen enemigos por doquier (Mariño, el tío político Ribas, el fúrico Bermúdez, el tenebroso Arismendi, Montilla, Madariaga y muchos más) que no creen en sus rabietas ni mandonería, como todo el clan oriental y el caso específico del pariente Piar, a quien ordena fusilarlo al no conmutar esa pena, de donde conociéndole el talante  a través de serias reflexiones sus adversarios quieren dejarlo atrás. Aunque Don Simón, como el tío vivo nunca se doblega y en medio de algunos triunfos y muchos fracasos que tapa mediante la violencia, logra sobreponerse con escritos laudatorios y un  proyecto político autoritario que no cree en nadie y que lo  mantiene hasta el fin de sus días, lo que desarrolla en Angostura, con presidencias vitalicias, senados hereditarios y otras menudencias monárquicas que iban en contra de una guerra sostenida bajo principios republicanos. Desde entonces es cuando al caraqueño Simón impregnado de mayor furor se le destapa eso que los siquiatras ahora llaman paranoia, con rasgos de esquizofrenia y narcisismo histriónico, y otros cognomentos más, porque se le mete en la cabeza que va a ir conquistando hasta la Tierra del Fuego, y a Manila y a donde cualquier quisquís español del imperio permanezca, y de aquí que sin asesorarse coge la manía persecutora por fundar un país llamado Colombia, que desde su inicio con plomo bajo el ala es un fracaso y pronto se divide en tres, y con lo revoltoso de su pensamiento y un llanero general Páez que le quita la sombra  corre hacia el Sur seguido de algunos ingleses imperiales que prefiere, donde los pastusos le quiebran el alma y rodeándose siempre de enemigos sigue la derrota hacia Guayaquil donde le juega raro a San Martín y para luego meterse en los comandos del virreinal Perú, que lo detesta, porque entre otras flores disminuyéndole el territorio le independiza a Bolivia (Alto Perú) y le sustrae a Guayaquil, mientras no se entiende con Rivadavia, Dom Pedro de Brasil, el doctor Francia, la aristocracia peruana, los prelados del lugar como Luna Pizarro, Torre Tagle, Riva Agüero, Portocarrero, Berindoaga, Necochea, Guise, Santa Cruz, el dolorido Gamarra e infinidad de personas más que incluso tratan de asesinarlo y hasta por fin junto con las duras tropas colombianas de ocupación salen de aquellas tierras en volandas, para regresar a Bogotá, con triunfos como los del mariscal Sucre y cariacontecido, mientras el recibimiento es frío, ahora bajo el manejo astuto del general Santander, cuyo teatro de operaciones capitalino se convierte en un real avispero.
      A Bogotá llega con su amante doña Manuela y aquello es reprochable en tal sociedad conservadora, como que también ya existen dos grupos diferenciados de poder, o sea el bolivariano y cuantos le siguen, algunos arribistas del entorno sobre todo venezolanos, y el clan que ha formado el zorruno Santander, quien igualmente aspira el poder en toda su magnitud. El enfrentamiento de las personas y de los clanes se hace con mayor ahínco de las tramas, manteniendo cada uno sus puntos frontales, cuando aparecen a cada nada disidencias conspirativas que no pueden ser reprimidas a tiempo y más cuando la clase intelectual habitante de Bogotá detesta la idea sibilina del caraqueño (en la llamada conspiración septembrina participaron 38 personas de valía, muchos de ellos fusilados), que siempre entre unos y otros vaivenes bajo el disimulo y en espera de la oportunidad busca para sí coronarse como monarca, lo que desde luego y ante la debilidad que se siente en Bolívar, termina en una serie de tendencias abortadas contra su vida, que entonces sumaban más de quince, y con la última estuvo a punto de morir, de cuyas resultas hubo muchos, como dije, ajusticiados.
En verdad que Bolívar desde joven fue enfermizo, aunque tenaz y poco creyente de sus debilidades, pues posiblemente en el delirio que siempre le entorna, se creía el llamado por el Ser Supremo para acabar imperios y sujetar pueblos a su alrededor que le colmaran de alabanzas, algunas de corazón y otras, como ocurre, por mesiánico interés. Su salud, por tanto era escasa, con fiebres, diarreas recurrentes, mal de orina, hemorroides, cólicos, decaimientos, malestares biliosos diversos, estados de demencia como él mismo lo acusa, y otras situaciones vitales que siempre mantuvo. Pero lo que ocurre a partir de 1828 es la muerte política, aunque ya desde 1826 el Bolívar superhombre desaparece para sobrevivir a través de componendas e imaginaciones. A Bolívar le ha llegado la tristeza hasta el alma con los planes forzados viniéndose al suelo, casi como la pérdida de algo que le insuflaba el espíritu del quehacer, de estar en todas partes, porque ahora el pesimismo le entraba nublándole la mente, según lo expresa en parsimonia al perspicaz Peru de Lacroix, quien para el saber de los siglos lo escribe en su diario de Bucaramanga. De allí regresa derrotado a Bogotá, enfermo, con el dolor del asesinato obandiano del general Sucre por obra desde luego de otro enemigo artero que cunde en Colombia, y por ello desea irse para reponer fuerzas, como espera, en tierras del continente europeo, que pudo entenderlas medianamente a través de Rousseau. Y así sube en un lento sampán por el Magdalena infestado de caimanes, mientras va meditando, su palabra se ha secado, o expresa muy poco y sin sentido, casi en monosílabos, anda triste y ensimismado, al pensar en la gloria que ha perdido, que ha arado en el mar, porque nadie, o casi nadie sostiene su causa y hasta llora por dentro al entender que todo termina en un  desastre. Se siente entonces como la estatua en oro de Nabucodonosor, la que tenía los pies de barro.
La tos no lo deja tranquilo, el dolor interno es permanente, los médicos (a quienes despreciaba por charlatanes), el americano y el francés opinan de la manera más negativa mientras el héroe quijotesco se desgasta sin que nada ni nadie pueda detener el camino a la muerte. Y era tan terco pero tan terco en sus equivocados finales, que hasta comenzó a redactar una despedida local a los colombianos, de sus hijos amados para que no lo olvidaran, mientras el confesor obispo Estévez de Santa Marta lo sostiene entre oraciones e incienso protocolares. El doctor Reverend ha perdido ya la pelea y no le queda sino decir el acabóse a quienes afuera esperan el final de la gesta, en el corredor jugando a las cartas o los dados, o entre palabras sonantes deshaciendo entuertos inimaginables de su largo trasegar. En la paradoja del tiempo ha muerto en casa de un español, los dueños aborrecidos del imperio. ¡Ha muerto el Rey¡. ¡Viva el Rey¡, según reza la expresión del viejo poderío mundial inglés, al que tanto admirara. Todo se ha consumado, opinaron los teólogos bíblicos, mientras la lucha hercúlea contra la naturaleza, como siempre lo quiso, le permitiese una doble vida de contrastes, y para colmo, dejó algo prendido de señuelo a objeto de que en la ilusión postiza tiempo después alguien  arrepentido del montón lo siguiera. Après moi, le déluge, ironizó con certeza el galo Luis XIV.

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