sábado, 5 de diciembre de 2015

LOS VAGOS Y MALANDROS RESUCITADOS.



Amigos invisibles.  Como quiera que hace tiempo con el que acaso llaman  código de vagos y maleantes, existe el fenómeno social de un lumpen muy explícito constituido por ello para significar con nombres y apellidos a estos depredadores sociales que siempre han pululado desde los tiempos bíblicos y continuarán  por esa misma senda en su manera de asistencia asocial y conflictiva, hoy pienso tocar dicho problema complejo como lleno de atajos de lo que tanto escriben los autores porque sobre este tema es imposible poner de acuerdo  a serios intrusos como yo que defienden sus principios severos sobre una sociedad en decaimiento entre borrachos, sabandijas y ladrones por obra de muchas circunstancias que conllevan al desandar de la existencia actual, ella inmersa en problemas de fondo que ni los más conspicuos polividentes pueden percibir sus alcances, por lo cual se daña con acritud nuestra manera de vivir en sociedad sea en los espacios cómodos o en aquellos lugares estrechos marcados por la pobreza y el eterno desamparo que van como encercando cada día más la rutina de nuestra vida y una parte de las necesidades actuantes.

Pues bien, a fin de penetrar desde este momento en recuerdos propios que se irán concatenando para entender la violencia que a las claras este nudo gordiano aflora, seré explícito sobre mi consentida infancia en los Andes Venezolanos, cuando pasada esa violencia de las guerras intestinas vino una paz sepulcral aunque plena de sobresaltos que manejaron los caudillos sin destino cierto (analfabetos muchos, analfabestias otros) cuando se imponían con el cariz necesario equivalente al temor o espanto que llaman miedo donde todo debía caber  de una manera como exacta para no perjudicar  reputaciones consagradas de muchas nulidades engreídas, y otras monsergas de aquel tiempo extasiado pero sin romper los elementos vitales que mantuvieron aquellas estructuras machistas heredadas desde los tiempos de ese otro varón galáctico llamado Simón Bolívar, interrumpiendo así la cotidianidad necesaria entre badajos de campanas eclesiales átonas y los chismes hirientes  o malhumorados del lugar. Por ello no existían maleantes de verdad sino raponeros de baja estola, ya que dicha expresión era tanto como decir pecado y acaso para saborear bananos manchosos y arepas embutidas con ají se permitía la vista gorda escondiendo la presa robada de gallinas escuálidas, de lo que nadie discutiese, en tanto que existieron otros pecados mortales más noticiosos, es decir referidos a los muertos a veces insepultos, como era soltar un ¡carajo! de sonora y profunda sapiencia, o con mayor razón deshonrar a una infanta de diez años arriba y enaguas abajo, por lo cual el  sin gracia malandro de la época nefasta debía perderse corriendo presuroso fuera de esos lares arrechos para salvar la vida, aunque en ciertas ocasiones se ubicaba la pista lejana malhechora con su cabeza puesta ya a precio de contado, para reivindicar de manera macabra el honor del daño así ocurrido.

Sobre esta inseguridad pienso y hablando de los años treinta del siglo pasado, en que conociera por leyendas personales de algunos fabuladores mentirosos el fenómeno de los “aguitaos”, seres incautos adulantes de la poesía ripiosa a quienes por ingenuos les caían encima para destrozarlos a filo de machete, con una sobremesa de puñaladas traperas. Mas el tiempo corría y la gente ignorante tomaba aquello a simple cuento chimbo como los horribles episodios que se podían ver y enjuiciar con Hollywood por delante y Chaplin atrás en los cinematógrafos ya parlantes entre lenguas extrañas del momento.  Mientras tanto había caído desde un pedestal de la vida reinante el cedro centenario que representaba ese eterno caudillo mitad bárbaro y la otra indígena Juan Vicente Gómez, quien junto con Páez y Guzmán Blanco conforman en trilogía de gestos cotidianos una vida específica que le diera color bermejo a nuestro siglo XIX, porque Bolívar era otra cosa salpicada de imágenes difusas y extranjerizantes que ahora con la conciencia centenaria se ha ido aclarando para el solaz de la comunidad nada dogmática. El revolcón de la infancia que yacía prematura me permitió ver, pues, con otro colorido y sin pasión el nacimiento de ciertos personajes a coleccionar que pensaban sobre tramas extrañas ya fuera del contexto etílico ponzoñoso local, las cosas fútiles y las mujeres orilleras, cuando ya tenía bozo y para mi placer se alargan los pantalones quinceañeros a la manera tradicional. Aquí si fue Troya en los adentros convencionales, ahora revueltos sobre otros mundos que afloraban ante los ojos encendidos de lujuria porque debía resguardar cualquier fuerte plateado o moneda bien apretada entre las faltriqueras de un pantalón de lino pues el peligro latente subyacía en la práctica de una sucia llave maestra de gimnasia colegial  bien dispuesta para desprender así el avío que se cargase, mientras el vagabundo errante corría con la fuerza de un ciervo celestial, pues que nadie vio nada y ni siquiera la suciedad del pantalón, porque cállate boca, ya que al contrario la paliza infringida iba a ser descomunal.

Por entonces conocí los automóviles gringos llamados “cola é pato”, inentendibles de uno con un asiento forrado para llevar tres atrás, algunas bicicletas y patines, patinetas y otros advenedizos artilugios que con lo extraño del medio  parecían venir del Más Allá, mientras apuraba en periódicos de viejas crónicas y comidillas analgésicas el andareguear lento de un siglo en decadencia, tras cuyas páginas de sobresaltos en prueba acudí con premura a tantas noticias discordes sobre un improvisado lector de corazones y mentiroso vidente, alguien que vendía una cuerda de atusados gallos de pelea, otro que en la resaca vanguardista del alcohol alterado sobrante  había como desatendido en su memoria las llaves de su hogar de antes marchito, ofreciendo raquítica recompensa por ello, y así también sobresaltaba la aparición de dos muertos cualquieras en el fin de la fiesta sabatina con caña blanca amarga  de contribución, y otras cuestiones lexicales de barrio extrañas al grupete y hasta raras, valga decir la permanencia remota de aquel  bandido moreno y ya famoso al que llamaban “Petróleo Crudo”, mientras al lado de las crónicas pulidas de sociedad el periódico mal  intencionado para encontrar lectores de pasión colocaba la asistencia de personajes pudientes como pintorescos  a cierto jolgorio semanal, por ejemplo, en Caño Amarillo, ansiosos de percibir muy cerca  a distintas  “señoritas” catiras cuarentonas pasadas de carnes o pellejos colgantes, mas éstas en buen disimulo deslumbraron por la escasa luz ambiental, que recién desembarcaban “mon petit” del gran centro distribuidor de sexo por entregas que era la mediterránea Marsella córsica.

Con el brillo necesario de aquellos corrientes cuanto resbaladizos años treinta y los bailes sociales con casino contiguo del Club Venezuela en la esquina de Jesuitas, se cocinaba algo  pegajoso y a punto de aparecer para rebajar la música de cañón sanjuanero que tanta gloria diera al enajenado por endémico tiempo detenido sin dejar de crecer la vida y menos  la aurora, refiriéndome con ello al despertar de la torería nacional y al arribo de un dominicano revolucionario del pentagrama común para enaltecerlo de otros aires alegres y picantosos que obligaban a batir las piernas del esqueleto arriba, como al espíritu burlón y a cierta incipiente lujuria, que todos conocimos como la batuta del maestro Billo Frómeta. Para entonces ya se habían construido cárceles temibles recordando entre ellas la de Puerto Cabello, las Tres Torres de Barquisimeto y muchas más, sea dicho  la Rotunda gomecista, la Planta, la siniestra de El Obispo y otras no menos temibles para una Venezuela que navegaba en petróleo con sus adjetivos consiguientes, o sea el despilfarro y la provocación artera,  aunque los tiempos de la droga maligna andaban en pininos.

Pero esos pininos misericordiosos de la droga se hicieron fuertes con el tiempo y fueron trayendo a la ciudad de los techos rojos que se derrumbaban para permitir ya por los años cuarenta y cinco del siglo que transcurría   a un militar llamado Pérez Jiménez, orondo tachirense mujeriego que transformó cierta isla llamada La Orchila, de origen castrense en un matadero insular  de categoría, como  se estilaba llamarla, y a donde un negro de confianza presidencial cada sábado romántico y preclaro llenaba de damiselas traídas en DC3, de Aeropostal, desde La Habana y Miami para formar la encerrona colmada de los mejores néctares sibaríticos importados de Escocia en medio de una descomunal francachela que todavía muchos recuerdan por su calidad y desfachatez. Entre tanto, en la ciudad del Ávila, o sea Caracas, todo parecía como dormido por la tranquilidad de las vivencias y los pocos sucesos remarcables a conocer, que siempre se escuchaban desde tempranas horas por los medios sonoros  de Radio Caracas, Continente, y otras emisoras que ponían a muchos con los pelos de punta, puesto que la ciudad con el millón y dele de habitantes había caído desde luego en otros manejos que ya se consideraban delictuales. De aquí que por el aumento de estos casos de sangre y otras variedades criminales que causaban mucho daño a la propiedad, sin contar la salud, tan bien explicados como tal en los viejos claustros universitarios situados frente al Congreso Nacional,  de un tiempo atrás con el fin de reprimir esos desmanes ya cotidianos, mediante muchos estudios de conocedores de dichos asuntos penitenciarios y contra el “sí, pero…” como se acostumbra entre tantos pensadores adiestrados, se había construido una suerte de fortaleza carcelaria  bien alejada de Caracas y sus placeres o tentaciones, que se estableció finalmente al Sur de la República, en el Estado Bolívar, limitada ella por ríos  llenos de peligro, de fieras perversas, malaria, tuberculosis, la caimanera voraz del oscuro Cuyuní,, animales ponzoñosos, fiebres mortales, serpientes también mortíferas y otros animales puestos allí por el Señor para con ello defender a la sociedad de tantas intenciones dañinas y lo que es más fuerte, que quien quisiera fugarse se lo tragaba la selva (Canaima) porque no existían caminos viables y menos señales orientadoras, cuando no se topaba el iluso escapado de aquel infierno reformador con algún o algunos exploradores foráneos en busca de oro, de lo que allí abundaba, los que con el presidiario hacían pronto pasto de los zamuros, al ser asesinado sin compasión para robarle  el poco oro extraído que cuidaba entre su ruinosa ropa interior, incluido los testículos, en medio de tales asesinos implacables.

        Y volviendo al centro de la cháchara republicana donde ya bullía la riqueza de nuestra patria,  por ahora desaparecida, toda suerte de anomalías en este sentido se estaban presentando con el crecimiento exitoso del trabajo y la riqueza del espejismo  petrolero que por otro lado de este cuento veraz trajo nuevos problemas difíciles de enfrentar a la sociedad venezolana luego de los años sesenta, por lo que los estudiosos ensimismados  del derecho penal, que los hubo de categoría, para luchar contra las numerosas pandillas que se estaban formando propusieron al Ejecutivo Nacional como medida punitiva discrecional y efectista, que así lo fue por muchos años, detener a tanto malhechor o criminal enviciado en estos aspectos temibles para la sociedad en formación  que provocaron muerte, llanto de veras y multitud de delitos así definidos en el Código Penal y otras leyes atinentes ante tanta barbaridad que permanecía como estática. Para interpretar mejor dicho problema que llamaremos penitenciario, y deslastrarse así  de diversos  enemigos de lo ajeno que terminaban en lo criminal abyecto, el Congreso Nacional discutió aceptando y frente a las posiciones divergentes que pudiera haber con los “pobrecitos” malhechores,  una ley estricta que llamaran popularmente “Ley de Vagos y Maleantes”, donde se recogía con detalles capitulares luego ampliados el enorme problema existente con el aumento inverosímil de toda clase de raterías y pare usted de contar los delitos grandes y pequeños que con el aumento poblacional se cometieron, de donde aplicando esa autoridad de la ley se detenía al infractor, siguiéndosele el sumario necesario, que luego concluido se enviaba a la autoridad superior para el análisis respectivo, y después de acuerdo con lo ocurrido por el infractor legal y según el prontuario existente se decretaba el envío de tal individuo inadaptado y malhechor a las “Colonias Móviles de El Dorado”, o sea a la caimanera física (pranes) y espiritual, con una condena de hasta por cinco años para residir allí con las penalidades y peligros que he mencionado, siendo la intención legal de deslastrarse de fechorías para ser rescatado de aquel mundo en que se había hundido, y que en verdad muchos de aquel tiempo se regeneraron y volvieron a la sociedad olvidando su pasado innoble y delictual, como aquellos  famosos casos de los excayeneros Papillón y el doctor Bougrat.

           Pero dado que en el mundo no todos piensan igual con el paso del tiempo esta idea regeneradora social en algunas cabezas calientes y soñadoras comenzaron a bullir salidas de manera distinta buscándole cuatro patas al gato, para mejor expresarme, de modo que al compás de los nuevos tiempos liberales, donde había mucha permisividad para el delito, aparecieron otros efectos más terroríficos  no solo por las causas apremiantes  de las de diversa especie y valor como los alucinógenos, estupefacientes, narcóticos y las drogas letales que con prontitud destruían el ser humano para convertirlo en una piltrafa, y en cualquiera de estas piltrafas constituidas prosperaba el mal de las recordadas Sodoma y Gomorra (fríos asesinos, pandilleros, cocaína, éxtasis,  enfermedades mentales, de transmisión humana, proxenetas diversos, vagabundos,  antisociales, rufianes, mendigos de oficio, perturbadores del orden público que acumulan delitos  menores, chulos,  proxenetas de lujo, prostitución genérica y todo ese jolgorio tan estudiado y existente que desde las reuniones primigenias hippies drogadictas de San Francisco en California fueron acabando con la juventud de los años setenta. En contraprestación a estos males terríficos (vih, narcotráfico, alcoholismo, degeneración sexual de los integrados a ese entorno, el gobierno sensible utilizaba otros medios más benignos, que regaron nuevas enfermedades mortales, porque algunos teólogos compasivos de tal situación  perversa social veían aquellos efectos salidos de las mentes estropeadas como producto de los nuevos tiempos, y que eso se debía sanar con complementarios medios de entendimiento, de donde proliferó de manera violenta  los hechos de sangre en rápida progresión a tal extremo que algunos como desquiciados quisieron eliminar las Colonias Móviles de El Dorado, que tanto provecho preventivo mantuvieron para dejar a la deriva lo demás, de lo que supongo usted tiene conocimiento por sus efectos mortales, sino que también con manifiesta saña las ciudades fueron aumentando ese género enfermizo de población que en la actualidad pulula en las zonas marginales con un terrible efecto en las mentes juveniles conducidas hacia ese fin maldito por  pernicioso.

                     
   Las colonias según es  mi humilde entender  deben reabrirse sin objetar trasponiendo legalismos para que dentro de ellas los penados bajo un régimen de estudios y trabajo puedan ver otra luz al final del túnel, en bien de las familias que tienen abandonadas, y para ello hay muchos ejemplos de los establecimientos penitenciarios americanos como el extinto y ahora museo Alcatraz, que aún trabajan a su manera para enderezar mentalidades perdidas que pueden darse cuenta de sus errores y volver al camino del bien dentro de la sociedad. Con ello se ahorran mayores males que nos atosigan a diario como puede verse en las noticias de la prensa nacional y extranjera que se refieren a Venezuela. Con  la nueva Ley de Vagos y Maleantes y agregando los matices respectivos que contendrá este ordenamiento jurídico, sin lugar a dudas fuera de otras especulaciones piadosas, repito, se tendrá en cuenta a pandilleros, vagabundos proxenetas,  antisociales, donde también caben  los vagos y maleantes, rufianes, mendigos de oficio, viciosos, dueños de lenocinios o de la vida nocturna,   igualmente sin violar derechos humanos, aunque ello tenga sus bemoles interpretativos y en beneficio de la sociedad,  perturbadores también del orden público, que acumulan delitos menores,  e igualmente  todo aquel mundo de “malandros” (y malandras), como así los designa la sociedad en su lata expresión, envueltos en ese mundillo corrompido por la misma sociedad y la miseria, en vías de posible redención. De modo que no estoy de acuerdo con los pusilánimes que haciendo uso de malabarismos lexicales interpretativos y de piedad boca afuera, excluyendo lo que se llama justicia social para los malaventurados, los dejan con sus frases edulcoradas como en el limbo de este infierno en que se va convirtiendo nuestra sociedad por falta de las “autocriticas” primitivas de que se ufanaban los romances de hace mil o más  años de honrosa patina histórica. Por manera que como venezolano curtido en tantas lides que he podido conocer exijo a las autoridades parlamentarias que serán elegidas próximamente a fin de redactar algunas leyes provechosas para la incauta sociedad, que se dediquen con entereza y valor a rescatar principios elementales de buen ejercicio social a fin de que nuestro país por encima de gimoteos haga resplandecer los principios de la cordura y la paz en bien de sus habitantes y de las nuevas generaciones que se hartan de mal vivir entre una vida de delitos y de cuchipandeos etílicos, donde mejor proliferan, en medio de lo que llaman sostenerse en la cuerda floja.  Manos a la obra mientras los horizontes se van abriendo en busca de una paz concertada donde disminuya la maldad extensiva  y prospere la justicia social.

                Para terminar este tira y encoje en que andamos inmersos, dado que eso es un contrasentido de la paz verdadera y con ello  debemos estar de común acuerdo, agreguemos este acápite recordatorio en el sentido  que esos dichos vagos  y malandros referidos arrestados con su prontuario a cuestas, no se les fotografíe de lejos, acaso para no ser cooperadores indirectos de sus fechorías, sino que en beneficio  de la sociedad y a fin de que se conozcan tales peligros andantes, que ellos representan, porque como en toda comunidad pensante, esas fotografías de tales inadaptados puedan ser bien vistas y descritas en sitios públicos (prensa, medios, lugares oficiales, etc, como en Colombia se ofrece recompensa por narcotraficantes, faracos, elenos, otros guerrilleros, etc.) a manera de ejemplo, escarnio y prevención, para cuidar de esta forma a desprevenidos  que pueden olvidar o desconocer con quienes se enfrentan, como bien se utiliza dicho sistema universal  en tantos países donde los solicitados criminales se pueden encontrar mediante señas y otros signos visibles, expuestos en lugares públicos y previstos, en que  incluso se recompensa a quienes aportan datos a objeto de su detención.  Por ejemplo, si usted encuentra señales evidentes del jefe sunita ISI Al Bagdadi y es detenido, los Estados Unidos lo recompensarán ahora con 5 millones de dólares. Así debe ser en Venezuela, para el resguardo de sus habitantes, niños, jóvenes y ancianos. Gracias. Y si hay que reformar algo en esta materia, pues vamos a enfrentarnos con la rapidez de tanto tiempo perdido.     Al regreso escribiré otro artículo de interés que titulo “Toque de queda, ley seca y estado de sitio”. Que la pasen muy bien hasta el próximo año. Si Dios quiere, como se reza en latín. Y que así sea.


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