miércoles, 10 de abril de 2013

PINCELADAS DE HISTORIA VENEZOLANA.



Amigos invisibles.  Para los que están fuera de esta tierra, por allá viviendo en distintos lugares del planeta, voy a colocarles en el recuerdo algunos aspectos subjetivos que pueden ilustrar de cómo se fue formando el país con sus gentes y a través del tiempo, para aparecer esta raza característica que hoy tenemos, donde con sus detalles íntimos en la mezcla obtenida hemos podido apreciar la sorpresa innegable de bellas mujeres, por ejemplo, que han llegado al estrellato máximo en su competencia de misses, o de detalles que a lo largo del tiempo se conocen porque llaman verdaderamente la atención para entender de cómo se fue estructurando la nación y luego la patria.  Son 500 años de este deambular que ahora coloco para que los presentes y ausentes añoren esa vida de nuestros abuelos que con seguridad por haberse escogido dentro de lo original, les agradará.
1599. En el ocaso del siglo en Venezuela se distinguían siete castas sociales determinadas, a saber:
1) Los españoles nacidos en Europa.
2) Los criollos o españoles paridos en América.
3) Los mestizos, descendientes de la liga genética  de blanco a indios.
4) Los mulatos, originados por la mezcla de blanco y negro.
5) Los zambos, que eran el resultado de la unión de indios con negros.
6) Los indios, o aborígenes americanos.
7) Los negros africanos o nacidos ya en América (bozales, o sea recién trasladados desde África,  y ladinos, que hablaban y entendieran el castellano).
Fuera de esta división según las mezclas obtenidas se subdividían de la siguiente manera: a) Zambos prietos, o sea producto del cruce de negro y zamba.
b) Cuarterones o moriscos, que son mezcla de blanco y mulata.
c) Quinterones, fusión de blanco y cuarterona.
d) Coyotes, por unión de mestizo e india.
e) Tente en el aire, producto mixto de zambo y tercerón o cuarentón.
f) Salto atrás, correspondiente a la mezcla donde el color es más oscuro que la madre.
Por ende, a todas las personas que no eran de raza “pura” se les llamaba sin distinción “pardos”, en aquella Caracas que hacia el 1600 se componía apenas de 30 manzanas.
En el aspecto religioso para dicha época los domingos y días de fiesta se pudo ver en los templos de la capital un cuadro vivo de las castas reseñadas, en que a la catedral concurrían solo los blancos y sus familias;  a la iglesia de la Candelaria los isleños de Canarias; a Altagracia los indeterminados pardos; y a la ermita de San Mauricio (hoy iglesia de Santa Capilla),  los negros, en su mayoría esclavos.
La vida diaria de los caraqueños, algo llena de vacíos espirituales, podemos reseñarla  según lo incorpora al lento quehacer cotidiano el cronista Arístides Rojas, quien para 1650 apunta que el discurrir  de los caraqueños durante aquel medio siglo podía resumirse en cuatro palabras cabalísticas, o sea comer, dormir, rezar y pasear. En efecto, el llamado para entonces almuerzo se realizaba a las nueve de la mañana. La comida siguiente era a la una de la tarde, y de seguidas se entregaban en los brazos de Morfeo sin rechistar salvo cualquier ronquido, hasta las tres y media de la tarde, ya para la caída del sol, horario durante el cual las calles permanecen totalmente desiertas, incluidos los perros somnolientos. Ya para las cuatro y transcurrido el mediodía, cuando ha bajado la tortura radial del astro rey, vuelve la animación a las calzadas citadinas, con vistosos paseos, visitas y exhibición de trajes por parte de los caballeros andantes, acompañados con casacas de colores, pantalones cortos, zapatos de hebilla, tricornios adornados, capas españolas para nobles distinguidos y capotes para la clase media, mientras las damas pizpiretas se paseaban con mantillas de corte andaluz, camisones de seda brocada y faldas diversas.  Durante las visitas posteriores, ocultos ya de los rayos solares, y hechas hasta horas tardías, según la ocasión, a los presentes se ofrecían mermeladas, o dulces y refrescos caseros, acompañados siempre de una servilleta doblada en punta. Las mañanas por lo regular siempre anduvieronan ocupadas, en que podía verse caminando por las calles sólo algunos hombres atareados, mientras las damas iban en busca de la iglesia, y los esclavos y negras de servicio como siempre se dirigían hacia los ventorrillos a fin de comprar frescas provisiones.
Ya para finales de este tortuoso siglo XVII, en 1699, la Gobernación de Caracas o Venezuela dispone de 14 conventos buscando el auxilio espiritual, mientras la capital cuenta con mil vecinos españoles, sin incluir esclavos y también las nuevas clases de pardos que a montón pululan por las calles empedradas.  Entre tanto y ante el terror que causan las diversas plagas existentes  y las difíciles enfermedades a curar, se venera en los templos, con fiestas religiosas, los santos abogados que intercedan ante la Divina Providencia contra al gusano destructor de las sementeras y la comida, la plaga de los comejenes silenciosos que sin detenerse en el empeño acaban con cualquier objeto maderable que esté a su disposición, desde techos y columnas para abajo. El venerado protector contra la langosta, insecto grande que en bandadas inmensas para tapar el sol y provenientes del este africano aparecían acabando con todo vestigio de vegetación y por ende produciendo hambruna, como el transmisor de la fatal viruela, que para entonces se desconocía el origen viral ni mucho menos, el temible transmisor de la peste que era otro mal bíblico y sin pensar que las ratas principalmente lo llevaban consigo para acabar con millones de seres humanos, el protector divino para destruir la epidemia de ratones que asolaban los campos comiendo de todo, y la alhorra del cacao, principal producto de la provincia venezolana, suerte de insecto pequeño y hasta de un hongo que dañaba esas propiedades agrícolas reduciéndolas a su mínima producción.  Esto entre algunos santos protectores que a veces se olvidaban de sus protegidos.
Pero lo que colmó el fin de siglo fue la  llegada a Caracas del canario y nuevo gobernador caballero y oficial de marina Don Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, fino de facciones, y “la célebre disposición de su cuerpo” que al no entender su contenido traía a las jóvenes y no tanto caraqueñas “por la calle de la amargura” pues al pensar en aquella disposición corporal la cabeza se les llenaba de travesuras que ahora llaman pornográficas o mejor eróticas, aunque para desgracia de sus fantasías don Nicolás por algo desconocido, que pudo ser sexual, pronto entró a comportarse de una manera extraña, retraída, y de allí sigue a la melancolía y tristeza en que pasaba horas sin moverse, a pesar de las moscas,  e intentó salir en cueros, desnudo sin importarle el qué dirían de Adán, o sea a la calle el tal adonis, que lo retuvieron con fuerza para evitar soponcios, perdiéndose estas jóvenes y no tanto de tal espectáculo carnal gratuito. Y hasta aquí llegó el permanente cuento del adánico alocado, cerrándose con su chispeante historia tragicómica el siglo XVII.
Para el año 1750 y ya entrado un estilo borbónico de poder, más amplio y liberal, Caracas aparece con 26.000 habitantes algo fiesteros, por causa de la riqueza que la floreciente Compañía Guipuzcoana ha traído sobre las cabezas familiares. La sociedad mira hacia los adentros de su hogar, que se plena de imágenes religiosas y de recargados signos barrocos, en que predominan oratorios con santos y santas de diversa factura e idolatría, ampollas con sangre de mártires y calaveras traídas de Tierra Santa, sin faltar el santoral protector contra duendes maléficos y brujos dañinos en una mezcla religiosa idolátrica salpicada de superstición indígena y africana. La casa de habitación todavía recuerda los hogares andaluces en que priva el aspecto mahometano e íntimo familiar, con paredes altas hacia la calle pero de mucha vigencia en su interior, incluyendo la esclavitud aparte, junto al cepo existente para los castigos corporales. Sociedad cerrada, conservadora, donde la mentira y la calumnia podían ser llevadas a juicio, para mantener el honor y la honra familiar.  La masa de analfabetos era inmensa, porque la cultura colonial estaba diseñada para ciertas élites principalmente masculinas. Al par de los insectos circulantes, ergo las traviesas moscas, pululaban mendigos pedigüeños y algunos comerciantes bajos con pulperías pequeñas, como lo llamados blancos de orilla. Con negocios artesanales manejados por pardos, y los músicos, que eran gente de color, donde para ingresar al sacerdocio, por ejemplo, se liberaba de esta condición excepcional mediante una licencia al efecto materializada con el pago respectivo.  Quince iglesias y cuarenta cofradías guardaban el sentido éticoreligioso de los habitantes y los actos de difuntos, con un lapso abierto de ocho días, de preferencia nocturnos, eran discriminados entre la población pudiente y los necesitados de la mano de Dios, en ese sentido.  Por esta misma vía de la viveza la venta de las bulas eclesiales eran una verdadera plaga para atrapar incautos o creyentes, donde predominaban las de la Santa Cruzada, de vivos, de muertos, de lacticinios, para absolver pecados, la licencia para comer carne en días de ayuno y la famosa bula a objeto liberador del Purgatorio y  hasta del Infierno.
Cincuenta años después de lo aquí reseñado la población venezolana va cambiando para esconder antecedentes raciales como en el caso de los “salto atrás” que olvidan el origen africano escondiendo el color que puede delatarlos o esgrimiendo títulos adquiridos con pagos impuestos, como el caso inolvidable de las negras y ahora blancas Bejarano, manteniéndose aún un 40% de esclavos. Para dicha época del inicio de cambios sustanciales en que los pardos pujan por sobresalir, quienes manejan los problemas nacionales son los mantuanos, clase que usa manto y espada por derecho propio, mientras la economía y las tierras permanecen en sus manos. Este status quo se resquebraja cuando el gobierno real se entromete en sus riquezas, perturbando aquella paz con el apoyo que da a la Compañía Guipuzcoana, de origen vasco y factor importante de desarrollo. Mientras tanto prosigue un enfrentamiento solapado entre los blancos peninsulares y los iguales criollos, por acasos de privilegio, mientras los blancos no mantuanos  pierden influencia en la actividad social, lo que será acicate para iniciar las raíces de la Independencia.  Entretanto los esclavos aún no cuentan para nada en este sentido renovador y los pardos se mantienen de bajo perfil, con derechos aún cohibidos.
Acercándose a una población escasa de 600.000 habitantes, que pronto en algún tercio sería sacrificada por la guerra y sus secuelas, los mantuanos acomodados se daban el lujo de tomar dos baños por día, durmiendo tres veces en este corto período, e ingiriendo cuatro comidas  en el ínterin despierto, según deja constancia el detallista sabio Humboldt. Pero por otro lado existen los esclavos o parias existenciales, con escasa nutrición, harapos de guardar las partes pudendas y siendo indiferentes a lo que estaba ocurriendo. Apenas guardan un vestido burdo “de librea” para acompañar a su amo, y quien ayuno de medicamentos apenas utiliza hierbas para supuesta recuperación.
Ahora estamos llegando a los inicios de 1800, donde Caracas alberga 40.000 habitantes, ocho iglesias, cinco conventos, diez familias mantuanas o “amos del valle” y algunas plazas carentes de necesaria sombra. Mientras los pobres pobres (con redundancia y todo) hacen de las suyas, los mendigos no se diga, esperando la mísera limosna sabatina, prosperan los asesinatos, que con los criollos indolentes y los manumisos incapaces de trabajar andan incorporados a los roba gallinas o rateros de Caracas.  Para 1850 y ya pasada la terrible guerra de Independencia, todavía no existen sillas en las iglesias y sí pequeñas alfombras, llevadas por esclavas, a la manera del islam. El baile era apasionado, porque podía prorrogarse hasta las tres de la madrugada, en que la noche es sorda, siendo el hombre embriagado por la bebida. Los empleados de Hacienda son defraudadores y quienes se bañan en el río Guaire pueden quedar desnudos por el enjambre de ladrones que allí existen. Ya para 1852 el brasileño Miguel María de Lisboa encuentra pocos coches en Caracas, las calzadas son incómodas, el exterior de las casas reluce triste, sin edificios públicos que merezcan atención, con la ausencia del teatro (y menos un corral de comedias), pero sí muchos testimonios  presentes del horrible terremoto ocurrido 40 años atrás. En la Universidad hay jolgorio por otra colación de grados, incluida  una procesión en dos filas, con vestido negro, muceta y birrete, entre bedeles de botas rojas, mazos de plata y un maestro de ceremonias.
Esa noche como continuación del festejo por el grado doctoral del hijo de un mantuano siguió la pachanga con banquete pleno de manjares, hasta las 3 am., con contradanzas, valses y polkas conocidas, una orquesta de doce músicos y 300 luces  que abaten la oscuridad, por si acaso. Cien gruesas damas y doscientos recatados caballeros acompañaron tal ceremonia de cachondeo.
El siglo XX abre con que al general Cipriano Castro paseando en una carroza, intentan matarlo, lo que él pronto resuelve de igual modo contra su frustrado asesino, Anselmo López, y a poco, con el tremendo terremoto ocurrido, el andino presa de terror se lanza desde una ventana de la Casa Amarilla, con paraguas y camisón, para terminar luxándose un  pie, con el ay, ay, ay del dolor recurrente, aunque como se dice “macho que se respeta no llora”. Ya para 1950 el país ha cambiado dentro y fuera de su territorio, por lo que al líder Rómulo Betancourt tratan de asesinarlo con veneno de cobra, el fumador permanente Rómulo Gallegos ayuda a la buena muerte de su esposa, fumadora pasiva de este conocido novelista, que le afecta los pulmones, y el coriano Rafael Simón Urbina, hombre de pocas pulgas, asesina al comandante Carlos Delgado Chalbaud, por causas baladíes de un triste recuerdo. Resta por incluir en esta crónica espectacular el episodio inverosímil del deslave guaireño ocurrido en diciembre de 1999, cobrando algunos 50.000 muertos y desaparecidos, en una suerte de crónica roja de la muerte anunciada,  porque todos sabían lo que iba a ocurrir, detalle con que finalizo mi extenso libro “Historia oculta de Venezuela”, cuando remato las ideas al estilo juglar de Nostradamus, “y porque muchos decían, un hecho apocalíptico, como la aparición del Anticristo”.  

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