domingo, 24 de marzo de 2013

¡FUEGO!, PARA 420 MUERTOS.



           Amigos invisibles. Este título que  encabeza el blog estremece hasta los tuétanos, porque semeja arrancado de una película terrorífica y sin embargo no lo es, como pareciera serlo, pues  es viva presencia de un episodio horrible acaecido en la Venezuela del siglo XX, por allá en el fondo selvático del territorio Amazonas mediando el Río Negro y cuando la vida no valiera nada, ya que pendía de sutiles interpretaciones existenciales en que la ley existente para dicho lugar era la traición, el mando salvaje e indiscutido y el deseo ferviente e irrefrenable de muchos hacerse ricos con la mayor prontitud y a como diere lugar.
            Remontándonos a los orígenes genéticos de los habitantes venezolanos de aquel entonces bueno es decir que parten de troncales indígenas la mayoría luchadores entre sí y hasta caníbales, que unidos por las mezclas raciales con los españoles, para aparecer el mestizo, o con sangre africana para procrear mulatos, mediante esta ensalada ancestral unida en diferentes formas sanguíneas y mentales a fin de producir algunas diez amalgamas representativas de sufrimientos y razzias personales que terminaban en la muerte, con este potpourri de circunstancias imprevistas nada tenía de raro que acontecieran episodios verdaderamente tristes para la entonces allá alejada primitiva sociedad venezolana. Pero como todo tiene su principio y su fin, es necesario aclarar que durante la segunda mitad del siglo XIX en la extensa región de la Guayana venezolana surgieron minas de oro catalogadas entre las mejores del mundo (El Callao), y diamantes (río Caroní), riqueza que aunada a la producción de cueros de res (corambre) para la exportación a Europa, pieles de lujo, de finas plumas de garza para vestir a las mujeres del “can can” en París como igualmente en otras capitales de placer,  la explotación de la sarrapia tan valiosa para producir los mejores perfumes, maderas preciosas, el balatá, y a la creciente producción del “purguo” o bolas de caucho naturales a fin de suplir la creciente industria europea, todo ello hizo aparecer una sociedad violenta a lo largo del amazónico y extenso río Orinoco, que dio lugar a novelas, leyendas, cuentos, medias verdades, sustos, envidias, resquemores y a un bandolerismo sin igual al estilo de Bucht Cassidy, que ni el mismo gobierno central venezolano podía destruir ni menos aplacar. De allí, de ese mundo inhóspito y mucho más peligroso que el Oeste norteamericano, se desprende, pues, lo que voy a explicar hacia regusto y deleite de algunos o a objeto del castigo mental de tantos otros.
            Para nuestro apasionante comentario todo comienza a ocurrir al inicio de la segunda década del siglo XIX, cuando ya establecido en el máximo poder caraqueño el presidente general Juan Vicente Gómez procede a designar autoridades regionales afines a su causa y por ello  en 1911 envía a ese olvidado pero rico territorio selvático al ventrudo “coronel” tachirense Roberto Pulido Briceño, quien para posesionarse de su cargo en tal ostracista pero lucrativo lugar, de Caracas debe emprender el viaje por barco a la isla de Trinidad y remontando el caudaloso Orinoco durante largos días y penurias a montón, sigue camino a San Fernando de Atabapo, pueblo capital de entonces recostado casi en la frontera con Brasil, pero como el hombre era mujeriego y se las daba de bravucón, por la lejanía del hogar mantenido en Caracas decide llevarlo consigo hasta ese peligroso apartadero, y para colmo de males cargó también con la bella y distinguida esposa, Mercedes Baldó de Pulido, blanca, de ojos picarones, llena de carnes atractivas como de boca y nariz envidiables, lo que desde un inicio llevó por la calle de la amargura a tantos hombres eróticos que habitaban aquella escondida comunidad. Es en este escenario tan sensible donde habrá de desarrollarse uno de los más trágicos asesinatos globales y consecutivos en la historia venezolana, de hombres, mujeres y niños,  cuya planificación y desenlace fue dispuesto con la mayor frialdad por el llamado coronel Tomás Funes.  Alto, huesudo, delgado, zambo, de ojos zahoríes con mirada penetrante, bigotes finos cuidados, negra su piel lisa y tostada, manos como garras de tigre, el cabello hecho sortijas y corto, la nariz puntiaguda, de buen vestir y mejores tratos, eso sí, de pocas palabras y decisiones rápidas. Nacido en Cúpira de Barlovento, tierra africana cacaotera, su infancia fue difícil en medio de una negritud desbordante, siendo hijo ilegítimo del caudillo oriental Manuel Guevara y la madre resultó ser una lugareña aindiada que le diera su apellido. De joven viaja a Caracas, pelea en las revoluciones legalista y libertadora, y ya en conocimiento de las armas con el empresario de caucho Julio Díez resuelve trasladarse a ese El Dorado que es Guayana, polo atractivo de la entonces juventud aventurera.
En Ciudad Bolívar donde se establece forma un grupo juvenil dispuesto a todo, y con el rigor de aquel tiempo jugándose la vida pronto este conjunto decide incursionar hacia el Alto Orinoco, extenso sitio poco visitado para su penetración aguas arriba pero donde corría dinero suficiente. Andamos  caminando en el año 1913, consolidado ya el poder del presidente general Gómez, y como era su costumbre en la designación de tachirenses gobernaba dicho territorio el violento coronel Pulido, a su  creyente saber y entendimiento. Para comenzar y con licencia de escrúpulos el tal Pulido decreta 14 impuestos propios para el cobro compulsivo, como igualmente maneja el monopolio del transporte fluvial,  lo que en el fondo disgusta a la población servil  principalmente aindiada y mestiza, mientras los deudores esperan arreglar tales excesos con el “general”, a quien de veras le temen. Esta situación dolorosa de los bolsillos en que todos murmuran, es aprovechada por el taimado Funes y los suyos, quienes resuelven acabar con aquel paraíso de Pulido y sus secuaces, de donde con un plan premeditado el  8 de mayo de 1913 y cuando el gobernador regresa a la capital San Fernando de Atabapo, 300 bestias asesinas al mando del tirano Funes en un santiamén detienen por sorpresa a Pulido para atravesarle el cuerpo con cinco tiros certeros, mientras Balbino Ruiz de un tajo por la nuca le cercena la cabeza, y con rapidez, mediante cuenta preparada desde esa misma noche al estilo de la San Bartolomé hugonote se inicia la matanza de 122 personas  asesinadas impunemente entre los habitantes del poblado y arrebatándoles de seguidas todas sus propiedades.  Como mayor oprobio vengativo esta imborrable noche fue sacrificada cruelmente la linda y atractiva Mercedes Baldó de Pulido, mientras sin escrúpulos de inmediato era ultrajada por el sátiro “coronel” Manuel González, segundo jefe de aquellos animales  forajidos, quien a continuación y a objeto de proseguir en la orgía de los actos carnales in crescendo  “se la echó a la tropa para que 15 bandidos siguieran violándola” a regusto de las ambiciones morbosas. Llevada luego a Maipures esta desgraciada y donde estaban secuestrados sus hijos, menores de diez años, todos fueron asesinados de manera salvaje. De esta manera tremebunda el moreno barloventeño Funes se inicia en una ola de crímenes que comete o manda a realizar, en un período de ocho largos años que fueron de perturbación y miedo para todos los habitantes de aquel peligroso enclave venezolano, mientras reunía riquezas a montón e iba aniquilando a más de cuatrocientas personas que no pudieron salvar la vida, en esa larga noche de asesinatos en que gana con creces los recuerdos siempre presentes del tarado asturiano Lope de Aguirre.
Pero sucedió que como el general Gómez no pensaba acabar con el despotismo desatado en Amazonas, teniéndolo apenas lejano y sin mayor peligro contra él,  sí hubo un  guerrillero que para hacerle pasar malos ratos porque nunca lo podía destruir, intentó con su gente penetrar en aquel laberinto exótico y tremendista, para así recordarle al Presidente que él existía y que ingresaba al país  a su guisa, como lo hizo siete veces y durante veintiún años, con este ánimo de combate querido pero irrealizable. Así me refiero al pequeño, delgado, mestizo, con arrestos de independiente, llanero vallepascuense y además valiente a quien por sus dotes carismáticas siempre le seguía una guerrilla combativa, o viceversa. Por cierto que Arévalo pudo conocer a este sanguinario en tiempos de mocedad cuando vivió en San José de Río Chico, como escribe, y por saber quién era lo mantenía en consecuencia frente a la mira mortal de un destino que todo bandolero debe tener. Lo que pudo llevar a cabo dieciséis años después, cuando pensaba destruir dos pájaros de un tiro, en el sentido  de debilitar a la dictadura gomecista, por un  lado, y por el otro llegarse hasta la propia guarida del batallador Funes, para imponerle un castigo ejemplar, que entre paréntesis esgrimía frente a los suyos como “la obsesión de mi vida”.  Con este pensamiento que lo arrebata en la resolución ejemplar adoptada sale de Puerto Rico, donde parlamenta entre jefes guerrilleros antigomecistas, y con la facilidad del conocedor de aquellos contornos de la sabana extensa mas quinientos escasos dólares que apenas le acompañan, logra reunir y convencer a un grupo  de guerrilleros antigomecistas, para acompañarlo en esa travesía peligrosa que entonces se desprende  de la frontera colombiana  en las playas extensas del río Arauca para luego penetrar en Venezuela en un recorrido intenso y muy difícil, lleno de peligros, que en 35 días de viaje por agua y tierra lo enfrentará al terrible tigre de Funes, enfurecido por cierto, cuyo duro final pero feliz haría noticia no solo en Venezuela sino en Europa y los Estados Unidos.
En ese noviembre de 1920 doscientos guerrilleros antigomecistas le acompañaron en la hazaña, donde una vez aprobada la acción de combate para jugarse la vida caminante, en que a marchas difíciles y a través del Orinoco con el mayor sigilo fueron acercándose  hasta el profundo, turbio y tranquilo a veces río Orinoco, casi cerca de sus nacientes, epopeya desigual que había partido en caravana desde Casanare para atravesar el Meta y seguir adelante, el último día de 1920, con el ánimo cerrado y colectivo de pedir cuentas al temible y sanguinario tirano, viajando así sobre parajes desconocidos, rodeados de una selva húmeda y tupida, como encima de embarcaciones viejas y a punto de zozobrar, escaso de provisiones y con armas restringidas por su ausencia, siempre bajo el ánimo de reclamar justicia, mientras atraviesan de manera nocturna el ancho río Meta que los espera con vientos encontrados, odisea parcial en que permanecen con ajetreos durante siete días calurosos. Luego, una vez adentrados en el caudal del Orinoco aumentó el concepto de riesgo por las crecidas estrepitosas del mismo y los saltos traicioneros acechantes en dicho cauce, como la presencia de enfermedades, animales ponzoñosos y saurios “en boca de caños”, por lo que esas 27  jornadas de tal travesía fueron tenebrosas al extremo de nadie dormir frente a los raudales y cataratas existentes, faltos además de comer y recorriendo río arriba hasta sesenta kilómetros a pie para salvar diferentes escollos, y con material pesado remontando su caudal mientras este se hacía menos peligroso. En cierta oportunidad cuatro días duraron sin probar siquiera un bocado y les vino un ataque de úlceras y fiebres, por lo que ese ejército de idealistas parecía más un hospital de enfermos de cuidado que la columna libertadora en marcha. De esta manera con el tesón emprendido se pudo llegar a la confluencia de los enormes ríos Atabapo, Orinoco y Guaviare, para ver de lejos la guarida, bestiario y fortaleza del temible Tomás Funes, mas preparándose para algún desembarco, la columna militar tuvo el desencanto de esperar en tal ímpetu pues el Estado Mayor reunido dispuso proseguir remontando el Orinoco durante dos horas agregadas para apenas pisar tierra en la Pica de Tití, y de allí mediante baqueanos conocedores en la espesura abrir un camino oportuno para en la sorpresa requerida salir en los propios corrales del poblado.
Iniciándose el siglo XX, en la madrugada del 27 de enero y luego de un descanso necesario el ejército invasor ingresó en las afueras de Atabapo, mediante una acción repentina para tomar casa por casa y con poco poder de fuego debido  a la ausencia de algunos sitiados al andar ellos en faenas propias recolectoras del balatá. A los primeros disparos  Funes como fiera acorralada saltó de la hamaca en que descansa y corre hasta su cuartel de guerra, que es un bastión fuertemente resguardado, donde se inicia la defensa vital, hacia el camino de la muerte. El bandolero, que es macho al estilo de los revolucionarios mexicanos, posee además bravura, manteniendo con fusiles modernos un fuego cerrado  hacia las posiciones de Arévalo Cedeño, mientras caen los primeros heridos y muertos del combate. El mulato y zambo acorralado con la sagacidad que tiene cambia de posición sosteniéndose en zanjas, árboles gruesos y muros escogidos  al tanto que prosigue la balacera durante varias horas, mientras con el pumpum de la metralla avanza el día y llega la tarde con los riegos de sangre y el terco Funes jugándose la última carta existencial aunque con el poder de combatiente intacto, pero pasando el tiempo de la ofensiva los invasores deben economizar los restos de 5.000 municiones con que empezaron la refriega, mientras Funes prosigue con el fuego nutrido, al disponer de un gran parque operacional. La noche inmediata estuvo en calma preventiva, atendiendo heridos en hospitales de sangre y velando las armas por si acaso surge el canto de gallos metálicos y algunas detonaciones esporádicas sentidas en aquel acontecer pendiente, evitando que la gente de Arévalo se acercara hasta el sostenido bastión de Funes. En el amanecer del 28 de enero empezó de nuevo el recio ajetreo salpicado con el tronar de la pólvora y el ojo despierto de cada bando, mientras el estratega sitiador al entender que el tira y encoje de la refriega podía extenderse por más tiempo, en que contaba el poco parque aún mantenido, ante esta situación extrema el atacante resuelve  y ordena a las ocho de la mañana que varios subalternos comenzaran a esparcir gasolina de unos tambores existentes, con lo que se petrolizan las puertas y aleros del edificio que guarecía al tirano, buscando el fin de incendiarlo, en vista del terrible poder de contraataque que desde allí se desprendiera hacia las ya decadentes filas invasoras. De donde para destruir al diablo de Funes, al monstruo de Atabapo, Arévalo y los suyos resuelven incendiar el reducto donde se aloja dicho personaje maligno, pues de otra forma de razocinio por acabarse la munición debería tocar a retirada el tozudo general llanero, por lo que vista la intención y puesta en práctica de abrasar el sitio que permaneciera en juego, evitando ser inmolado como correspondía y vistos todos los extremos cerrados, Funes ordena levantar la bandera blanca de la rendición, al tiempo que destaca un asistente ante el cuartel arevalista para anunciarle al propio jefe su deseo de deponer las armas y entregarse, solicitando protección frente la ira colectiva de los fernandinos. Para entonces había transcurrido veintiocho horas de lucha incesante, como también veintiocho días de ajetreo marcial para finalmente vencer  a este vulgar asesino.
De acuerdo a la rendición incondicional Emilio Arévalo Cedeño destaca una partida de oficiales y ayudantes escogidos  para detener al criminal  y posesionarse del edificio o cuartel bajado en armas, como del sustancioso parque allí guarecido. Acto continuo un Consejo de Oficiales se reunió para deliberar sobre la suerte de Funes y de su inmediato secuaz Luciano López,  mientras algunos prisioneros pasaron detenidos  a la cárcel local en espera de iniciarse los juicios ordinarios, otros fueron liberados mediante la averiguación respectiva y los demás se incorporaron a las filas guerrilleras.  El rápido dictamen del Consejo de Oficiales  terminó creando un Tribunal de Guerra en campaña que dio comienzo a la elaboración del expediente sumario  respectivo, donde se llama a declarar muchas personas como testigos, perjudicados y sobre los terribles ocho años del inaudito despotismo.  Por su parte los presos Funes y López expusieron en un largo y personal cuestionario, en que trataron de justificar algunas de sus fechorías. Y ante la catarata de denuncias habidas y probadas en mayoría el defensor de oficio, coronel Eliseo Henríquez, no pudo sino solicitar el perdón sobre el sacrificio inhumano e inaudito de las 420 personas ya indicadas,  muchos de cuyos retratos aparecen en el libro de memorias cuyo autor es el general Arévalo, clemencia reiterada por el aludido defensor, aunque el peso de las pruebas condenatorias fue tal, con su descripción macabra,  que sin escatimar esfuerzos de tiempo la Junta de Oficiales (los seis jefes de las fuerzas expedicionarias mas otros tres oficiales de ayudantía) el 30 de enero a las 9 de la mañana y ya leído el expediente acordó pasar por las armas a los condenados Tomás Funes y Luciano Gómez, dadas  sus culpabilidades respectivas. De inmediato el general Arévalo comunicó a los reos los dictámenes expedidos, designando en consecuencia las fuerzas a cubrir el evento mortal y el pelotón ejecutor para hacer ciertas dichas sentencias, comandado éste por el coronel Elías Aponte Hernández, mi amigo de mucho tiempo y quien me relató años ha parte de esos acontecimientos. Así el primero situado ante el pelotón de milicianos correspondió al zambo por mezclado Tomás Funes, bien vestido esta vez, con sombrero, chaqueta y pantalón blancos, ahora  erguido, imponente, esperando la muerte a la sombra de una mata de mango, atado de manos y sin que se le venda a petición, con la cara en alto y fruncido el seño, esperando esas balas de seis fusiles que le atravesaran el pecho por las cuatro décadas malditas de su mando, para liberarlo de los malos espíritus  y en pago de sus tantas fechorías. Era entonces las diez en punto de la mañana. De inmediato tocó el puesto en que espera la Parca al coronel López, quien en última instancia trató de sobornar al comandante del pelotón que dirigía el ajusticiamiento mediante fuerte suma de dinero, con la respuesta necesaria y sin que ello detuviera su ejecución. Había triunfado la vindicta pública para vengar los noventa y tres meses de barbarie en que tuvo sumido el tal Funes a la querencia amazónica del Río Negro.   Vade retro, Satanás.

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