sábado, 17 de noviembre de 2012

CIPRIANO CASTRO, EL DICTADOR FOLCLÓRICO.



             Amigos invisibles. La verdad es que Venezuela en cuanto a su Historia pertenece a eso que se llama el mundo de lo imprevisto, porque bien estudiada y mejor comprendida se halla uno en cada caso con seres de excepción, sea por las vías de la cordura o por los medios inadecuados del atajo que a veces terminan en escándalos. Sí, a lo largo de los quinientos y pico de años vividos en este maremagnun permanente, los hechos no han sido diáfanos sino enervados con tropiezos de diferentes fases, y lo más capcioso en ese tremedal en que se transita corresponde a la aparición repentina de una serie de personajes que dan grima, desde antaño, como el desaforado Lope de Aguirre, hasta los de hogaño, tal el caso de José Tomás Boves, y más para acercarnos a los tiempos presentes destacan unos figurones de la talla de Ezequiel Zamora, para terminar por esa vía aclaratoria en alguno venido de la montaña lejana del poniente, que con su presencia audaz hará cambiar el escenario de la patria para hacerla más cercana y entendible dentro de ese período taimado y engañoso en que se va a vivir. Me refiero en este caso al llamado general Cipriano Castro, que viene a ser el producto de varias circunstancias consecutivas, como son el desbalance social producido por la Guerra de Independencia, los apetitos personales de muchos, cultivados o no, que se desatan y sin  medir consecuencias a lo largo del siglo XIX, el fenómeno depresivo y económico que sucede por la pobreza del campo y la escasez de la mano de obra, la continua zozobra en que se habita por causa de tantos malhechores aparecidos como consecuencia del hambre o la miseria, y así se pueden distinguir otros fenómenos que infestan ese tiempo decimonónico donde la esperanza era apenas vivir, porque se desconocía el mañana. Desapareció Páez y su entorno, viviéndose una Guerra Federal atroz que nos deja como herencia dolorosa las décadas de poder del guzmancismo, de lo cual emana otro caudillo analfabeto y mestizo, como aparición ya determinante, que es el general Joaquín Crespo, y dentro de ese generalato impuesto por sí mismo que recorre los intersticios del país va decayendo el Siglo XIX con su pesada carga de disparates y sin ningún avance, mientras esos insertados caudillos fungen de rabia frunciendo el ceño porque sus miras permanecen a la distancia. Cipriano Castro viene así a recuperar una parte de la patria con estos hombres y mujeres dejados al abandono del ostracismo occidental, envueltos en sus ruanas y cobijas parameras mientras el  panorama destructor venezolano permanece con desdén, porque ahora juegan de nuevo a la Guerra de los Mil Días, que en sus narices colombianas se sostiene por allá en sitios cercanos y sangrientos como Peralonso y Palonegro, porque a decir verdad su vida espiritual y comercial está mas centrada hacia el antiguo virreinato neogranadino que a su hogar pobre que resta en Venezuela. Ante ese panorama insensato en el escenario político aparece la figura de Cipriano Castro, que en cierta forma hace una revolución interior, que habrá de implosionar una década más tarde, como señalaremos en lo adelante.
            Por lo demás escribir sobre el caricaturesco Castro en un ambiente específico es acaso difícil por las aristas y facetas que contiene el vuelapluma, desde cuando nace en tiempos guerreros un 12 de octubre colombino de 1858 de un matrimonio campesino cerca de la frontera tachirense de Colombia, en Capacho, y de un padre que le da la friolera de 19 hermanos legítimos. Su progenitor, con ciertas posibilidades económicas le envía para estudiar a San Cristóbal, pero pronto al rebelde espiritual lo ingresa en el Seminario de Pamplona, donde sigue haciendo de las suyas, y porque ya no le aguantan en tal sitio lo expulsan por enfrentarse a un sacerdote profesor. El padre del rebelde, lleno de ira con el párvulo decide regresarlo a la hacienda que posee y a poco lo remite de dependiente a un negocio radicado en Cúcuta, y pronto de empleado menor a una  corporación mercantil alemana establecida en San Cristóbal, mas como le gusta la ganadería también trabaja en ese campo rural de los bovinos. Pero aquí se complica su vida atrabiliaria cuando hacia 1876 lapida hasta la muerte a un funcionario electoral que se halla en Capacho. A los veinte años entra en la política nacional  apoyando al general Antonio Guzmán Blanco, luego combate al blandengue general Espíritu Santos Morales, y en Puente Real de La Grita es ascendido a cabo, de donde le queda prendido el remoquete de “Cabito” por toda la vida, dado que era un hombre pequeño. En esta peleadora machista que le cautiva permanece en 1884, cuando es hecho preso en San Cristóbal por haber disparado varias veces contra el cura Juan Ramón Cárdenas, que no logran herirle, y de inmediato intenta escaparse. Luego se fuga de la cárcel y viaja a Cúcuta, donde se enrola en la sangrienta Guerra de los Mil Días que allá tiene presencia. De mentalidad conservadora, para entonces era una suerte de “toero” capaz de todo hacer, de donde fue medio poeta, periodista y con viveza que le sobraba convenció para ir al Congreso Nacional, en Caracas, en cuyo seno destaca por su verborrea, frases descontextuales, su mímica, rústica educación, con uso de latinismos y ridiculeces léxicas que provocaban en el Congreso asombro e hilaridad. En cuanto a su retrato físico era de pelo oscuro y piel áspera, aindiado, barba espesa, triste, ojos negros adormecidos, calvo además, muy inquieto, movía los brazos a los costados, autoritario, impulsivo, inseguro, y lo demás haciendo un balance cáustico de esa personalidad dislocada agréguelo usted para darnos cuenta de quien estamos tratando.
            En sus inquietudes políticas apoya al mandatario presidente bonachón Raimundo Andueza Palacio, y de él aprende el arte del buen comer, del beber igual, y hasta éste le nombra General, por lo que regresa a su natal Táchira al frente de un ejército, que luego es vencido, pero con algún dinero que ello le reporta (60.000 dólares) se asila en Colombia por siete años, en medio del mutismo y la soledad bien alimentada, a la espera de mejores tiempos. Con quien Castro coge la tirria de nuevo es contra el presidente Ignacio Andrade, por haberle este llamado “indio que no cabe en su cuerito”, de donde herido en su estirpe soberbia decide emprender preparativos que al frente de alguna mesnada guerrera lo lleve hasta Caracas, para amarrar su caballo a la entrada del Capitolio Federal, como bien lo expresa. Así compromete en la hazaña que empieza de la nada, a su compadre Juan Vicente Gómez, prestamista de dinero para la nueva Campaña Admirable, émula de la realizada por Bolívar en 1813. El 23 de mayo de 1899 y al frente de apenas 53 hombres mal armados emprende el camino hacia Caracas, y como hábil estratega logra pasar sin dificultad por Cordero, San Cristóbal, Tovar, frente de Carvajal, Barquisimeto, Nirgua y para perplejidad de muchos aparece en Tocuyito, donde se da la batalla final de esta campaña de la revolución Restauradora, con 1.600 muertos y donde los curtidos generales opositores no se entienden en la estrategia de mando, y porque  además al presidente Andrade poco lo respetan.  De inmediato comienza a trajinar la nueva batalla personal de Castro contra todo lo que le plazca combatir, solicitando por ejemplo empréstitos personales para pagar la tropa, y por ello se enemista con el adinerado banquero Manuel Antonio Matos, quien de de inmediato aclara ante los suyos “La pusimos de oro, este hombre es un loco de atar”. Muy pronto Castro hará presos vejándolos a esos capitalistas de Caracas porque se oponen a sus requerimientos abusivos. De otra parte como hombre libidinoso comienza a intimar para hacer un círculo de confianza con Ramón Tello Mendoza (llamado Ministro de Relaciones Sexuales), Torres Cárdenas y el círculo adulador valenciano se le pliega a todas sus insinuaciones caprichosas, como igual ocurre con el moreno neogranadino Benjamín Ruiz, que lo apoya en momentos precarios, y hasta con el gordo maracaibero Efraín Rendiles, dueño de pensión que le ampara en tiempos duros y ahora es su tesorero prestamista. Pronto ante tantos desatinos en Caracas durante el antruejo carnavalesco el corajudo Anselmo López intenta asesinarlo, sin nada de éxito, por lo que este moreno de seguidas se pudre en la cárcel. Mas otro tanto y porque encuentra al país todo endeudado, sin pensarlo dos veces empieza a enemistarse con gobiernos, para no cancelar deudas, de donde los Estados Unidos ponen atención a ese “mono villano” que alborota,  porque el guapetón Castro ya se disputa para entonces con diez países extranjeros que reclaman derechos conculcados.
            A estas alturas biográficas haremos referencia a su desacreditada relación femenina, porque si bien casó con la abnegada Zoila Rosa Martínez, aparente hija del general Juan Mc. Pherson, con quien no tuvo descendencia, por esa vía de la conchupancia mujeriega sí hay tela que cortar, por los enredos finos y complicados en que se mantuviera el infatigable bailarín de valses, jugador de billar y aficionado a las peleas de gallos, en lo que le ayuda un personaje celestinesco llamado “La Verónica”, a través de la bebida y las ninfas vírgenes que solicitaba, por lo que se sabe tuvo 22 concubinas fijas que le dieron familia, a veces respetables, porque se mantenía en escapadas de botiquines y mujeres sueltas, pero a satisfacción escogidas por sus alcahuetes. En este tiempo de trastabilleos rompe relaciones con Francia, de donde el diplomático Olivier de Taigny debe salir en barco de La Guaira con lo que lleva puesto, sin ningún equipaje, lo que en reciprocidad obliga a París romper las relaciones y expulsar de seguidas al Encargado de Negocios Nanbourget, con el detalle que éste era ciudadano francés, lo que deja perplejo a muchos países del mundo. En ese tiempo de desafueros políticos en que la banca sufre los embates de su locura, Castro pronto la coge contra la compañía americana productora de asfalto (New York & Bermúdez Co.) en el oriente de Venezuela, lo que desemboca en el embargo de las aduanas del país, pero como ya el aguante llegaba hasta la coronilla los extranjeros se unen con el perfumado general Manuel Antonio Matos y su grupo para fomentar la llamada Revolución Libertadora, que en capital la sostiene los americanos, el germano Gran Ferrocarril de Venezuela y el afectado Cable Interoceánico Francés, a los que pronto se unirán otros países. En ello Matos reúne a los viejos caudillos restantes de la Federación y se lanza al combate con 18.000 hombres bien armados en esta guerra de monopolios y última habida en Venezuela, por lo que en el fragor de la contienda Castro se devuelve de Barcelona, donde combatía, para viajar a La Victoria, que se torna entonces campo de Batalla porque allí es sitiado durante 22 días sin misericordia, y salvándose apenas por la oportuna intervención de los generales Juan Vicente Gómez y Leopoldo Baptista, en medio de una brutal carnicería que produjo 153 acciones militares y 40.000 bajas entre soldados y oficiales. Y como la guerra en sí no cesaba, por lo deseos de Castro se alistan bajo las armas 100.000 venezolanos, mientras ya las potencias extranjeras andan tras el bloqueo naval de nuestro territorio, por lo que en agosto de 1902 nueve barcos extranjeros se presentan frente a las costas caribeñas venezolanas en defensa de sus intereses y de los nacionales que ellos representan.
            Impulsado por la Inglaterra expansionista el káiser Guillermo II de Alemania, que es pariente cercano de la reina Victoria de Inglaterra, y con el recuerdo colonial alemán en Venezuela de los Welter, organiza el combate marítimo a suceder en nuestro mar territorial para el que Inglaterra aporta 8 barcos de guerra, con los deseos de apoderarse de las bocas del importante río Orinoco y las minas de oro y diamantes que este cauce fluvial atrás resguarda. Alemania utiliza 11 naves modernas, que dirige el contralmirante Scheder, con el deseo de establecer dos bases militares en Margarita, e Italia aporta 5 naves de guerra para defender a los miles de italianos residentes, bajo el comando del curtido capitán Orsini. Por su parte, con el poder de fuego que representan  325 cañones de sus naves el diplomático tudesco Von Pilgrim entrega a Castro un  ultimatun  el 9 de diciembre de 1902, y éste al ser rechazado en sus condiciones la flota enemiga abre el fuego requerido bajo la conducción del almirante inglés Douglas, y con el apoyo logístico de bases navales en Curazao y Trinidad.  Entonces se combatirá principalmente en La Guaira, Puerto Cabello, Maracaibo y las bocas del Orinoco, en una pelea de burro contra tigre, como se dice en el lenguaje local, porque Venezuela tenía para esa época naves muy pequeñas y casi desguarnecidas. El bloqueo anglo-germano-italiano de 24 naves tiene consecuencias, pues inmediatamente los americanos para no quedarse atrás en este su patio trasero previene a una flotilla de seis naves bajo el mando del almirante Dewey para frenar la extensión del cerco europeo a su favor, por lo que el presidente americano Roosevelt conviene en que el rey inglés retire sus fuerzas para organizar los gringos el fin de la contienda, una vez que Castro y por  la mediación del Embajador americano en Caracas, Bowen,  se compromete a resarcir con creces los gastos ocasionados por la contienda y el pago de los capitales e intereses a los súbditos de esos países en guerra. A raíz del fin de este conflicto el presidente Castro hará un sarao con buen brandy y mujeres de la altenancia social en los salones de la Casa Amarilla, donde debutarán muchos de los andinos que ha traído desde las montañas tachirenses y donde también no faltan los adulantes círculos de la camarilla entre los que se cuentan Torres Cárdenas, Celis, Revenga, Otáñez, Corao y la otra pandilla caraqueña  pegada a los negocios que  lideriza Francisco Linares Alcántara.
            Por entonces la salud del caudillo erotómano empieza a fallar dadas sus incontinentes despliegues sexuales y el uso continuo del brandy francés, de donde le aparecen trastornos renales que le producen constantes deseos de orinar, a más de una perforación diverticular y una fístula intestinal con inflamación permanente, debido a antiguos problemas venéreos, por lo que en febrero de 1907 en la casa presidencial ubicada en el balneario de Macuto el médico doctor Revenga al consumido paciente Castro opera del riñón enfermo, con seis galenos asistentes, pero ante la actitud peligrosa de sus edecanes al sugerir que si muere Castro dichos profesionales correrán con las consecuencias, asustados los cirujanos cierran la herida del general mientras argumentan que lo demás del tratamiento debe hacerse en Alemania, lo que no era verdad. Presa de nervios por sus males que se agravan el Cabito comienza a preparar maletas para viajar a Europa rumbo a Alemania, donde el doctor Israel en Berlín habría de operarle. Así el 24 de noviembre de 1908 aborda el barco francés “Guadaloupe”, que junto a su esposa Doña Zoila y su padre Don Carmelito Castro, por la vía de Carúpano habría de llevarlos a Burdeos, rumbo en este caso al ostracismo porque a partir de entonces hacia él comienzan en cascada las traiciones. Castro llegó a Burdeos el l2 de diciembre, donde en la cena privada se consumen 50 botellas de vino de óptima calidad. El 14 en tren especial parte hacia París y sin parar rumbo a Colonia, ya en Alemania. El 15 llega a Berlín, donde le esperan diez limousinas enviadas por el káiser Guillermo en honor de este huésped, cuyo país es gran exportador de café hacia Hamburgo, hospedándose por un mes en el hotel Esplanade, a todo lujo en una suite de 34 habitaciones. Y esa misma noche cena como Heliogábalo con quince platos a la carta rociados por 18 botellas de vino. El 4 de enero de 1909 el médico judío doctor Israel lo opera de sus dolencias, cuyos honorarios en total cuestan la bicoca de 60.000 marcos alemanes de buena moneda metálica, y allí se entera que el Presidente Encargado Juan Vicente Gómez, mediante un golpe de estado destituyó a Castro al conocer que éste había ordenado al gobernador de Caracas, Pedro María Cárdenas, eliminar de un todo a Gómez, con la expresión enviada de “a la culebra se mata por la cabeza”, por cuyo motivo Gómez reacciona de inmediato en esta forma inapelable.
            Al recuperarse de la operación comienza la errancia permanente del desdichado Castro, que apenas puede sufragar gastos porque a su paso por Hamburgo saquea el dinero existente en ese Consulado venezolano, mas algunos ahorros personales que porta la previsiva Doña Zoila. De Burdeos parte nuevamente en el “Guadaloupe” hacia Martinica, mas como los servicios policiales andaban prevenidos de sus andanzas, en la isla se le rechaza por indeseable, y cuando los ingleses no le permiten seguir a Trinidad se hace el enfermo sin salir de la habitación, por lo que la policía colonial lo saca en pijama y calzoncillos, enrollado en un colchón por el pudor, y así lo llevan en hombros a un vapor en vías de zarpar.  De sus correrías insensatas por el Caribe durante 16 años tendrá buena cuenta el gobierno americano, en unión de los otros gobiernos que lo adversaron, y hasta vuelve a Canarias, Madrid y París, en Amberes se le pierde a la Policía y en Bruselas “visita a cierta dama de módica tarifa”. Vive en Nueva York dos veces y de allí sale al considerarle indeseable. Viaja por Barbados vendiendo un parque de armas, permanece en La Habana y siempre expulsado sale de Puerto España cuando la Scotland Yard pisa sus talones. Por fin en 1919 y para mejor vigilarlo como sujeto peligroso los Estados Unidos permiten su residencia en Puerto Rico, donde vivirá en la mayor pobreza y rodeado más de malos recuerdos, en compañía apenas y en la oscura intimidad con una hija ilegítima, y en Ponce muere de 66 años el 5 de diciembre de 1924. Del capital privado que acumulara en Venezuela, principalmente en tierras, primero se le expropia y luego pasará a manos de su compadre general Gómez. Vivió exiliado en ocho países y diferentes épocas en medio de una mayor turbulencia que le acompañara desde los años de la mocedad. Como ya he dicho en el poder anduvo rodeado de una corte de vividores que lo explotaban a su manera y conociendo bien sus debilidades como fueron la parranda y las mujeres. En el fondo era desconfiando, aunque bien le ganara la partida su compadre Gómez. Fuera de los aduladores de oficio que lo ensalzan hacia el éxtasis, tuvo además enemigos de valía sobre todo en el campo intelectual,  como el doctor Pedro María Morantes (Pio Gil), quien lo ridiculiza agregando que era lascivo como un mono, desvergonzado libidinoso, bufo y soberbio, edotista y ególatra, etc., etc. El conocido pensador Vargas Vila lo describe acremente diciendo que en el lecho concubinario del placer hizo de la libertad otra concubina, que gobernó como en el fondo de una cripta, arruinado por los excesos, minado por los vicios. Acaso su sola tristeza fue no haber hallado la república virgen, para violarla. Soldado de fortuna, en la república hizo una orgía de mujeres y militares sinverguenzas. Así vivió en esa tragicomedia de opereta.
            Castro se creyó siempre un iluminado, con ideas locas cuyos cimientos colocaba en Bolívar, como fue el pleito con Colombia que llega a una miniguerra  fronteriza en que los andinos de esta parte salen perdidosos en Carazúa. Luego pretende restituir la Gran Colombia, agregándole esta vez a Nicaragua, lo que termina en un sueño fracasado y mientras sigue peleando contra todo, como en un drama shakesperiano. Así la cogió con los estudiantes, por lo que ordena cerrar varias universidades, porque entre otros disparates dichos, había muchos médicos y abogados. Con Castro se cambió el sentido de la Historia en Venezuela, porque viene a ser el sepulturero de los que antecede hasta el tiempo de Bolívar, y por su peligro de arrebatado y peligroso los Estados Unidos se empeñan en acabarlo y en ello tuvieron completo éxito. Quien aspire conocer más detalles sobre este estrafalario caudillo  rimbombante puede leer mi libro “Los Presidentes”, en su volumen III, págs. 9 a 49, del Fondo Editorial Venezolano (Caracas, Industria Gráfica Integral, 1995), donde hallará páginas para sonreír.

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