sábado, 19 de mayo de 2012

LA ESPINOSA VIDA DEL GENERAL MIRANDA





          Amigos invisibles. No es falso decir ni menos caer en contradicciones cuando se anuncia que plantear el conversatorio sobre una persona colmada de múltiples facetas en las ideas que comporta y en la persona misma, de la que se está al frente como si fuera un espejo retroactivo, per se es un caso verdaderamente difícil, porque en verdad esa novela trágica para no llamar historia que viviera el personaje llamado precursor Francisco de Miranda, con el pasar del tiempo que tanto nivela corazones y apariencias se agiganta de secuelas contradictorias como salida de la irrealidad de los espíritus para marchar a contracorriente de cuanto se ha dicho sobre este caraqueño insigne y universal, que por mucho tiempo anduvo como zombi andante y desconocido salvo por los acuciosos que no lo dejaban morir y a la espera, caso dado, de una resurrección, porque con las aristas que portaba la figura del general Miranda y a objeto  apuntalar la tesis oficialista que para mantener en auge sus estatuas, siempre ha sostenido un velo de oscuridad que lo mantiene en vilo, porque con lo  precavido y analista que es el pensamiento actual de cuantos sostienen la verdad como algo axiomático e inescrutable, algunos no interrumpen su empuje hacia la bondad de ese ser esclarecido, mientras otros expurgan en los detalles impertinentes para sacarle punta a una bola de billar, o mejor y más castizo, exigirle peras al olmo, en este mundo agitado y agrio en que vivimos.
  
          Dichos estos conceptos que usted debe enhebrar frente al rompecabezas que debo hacer presente sosteniendo así los juicios anteriores que quedan lapidarios en esta pantalla de sufrimientos y bondades, para escoger, voy a comenzar el escrito presentando un panorama que viene de lejos, del atrás de los tiempos, pero que pudo incidir del todo en la personalidad de ese hombre condenado a muerte en vida por la traición de sus propios amigos, sin poner esta última palabra entre comillas. Pues bien, para empezar esta narración sobre el hombre y su circunstancia, con la manida frase de Ortega y Gasset, debo decir que los orígenes genéticos de este personaje se desprenden desde las míticas llamadas islas afortunadas que seguramente Estrabón sacó de sus recuerdos, donde terminaba el mundo hacia lo incógnito del Más Allá, pero que en el acá de la cercanía las islas canarias, que así se llaman y no por los pajaritos, sino como un promontorio sumergido proveniente de la cercana África, con quien siempre ha tenido estrechos contactos humanos y por ende familiares con esa raza frontal que en el continente etíope o líbico, como antes se llamara, fuera por aquellos lugares habitados por familias bereberes, trabajadoras, de fuerte actitud debido al secano de ese norte africano y que con el tiempo poblaron a dichas islas sembradas de incógnitas pero con una tenacidad envidiable para sacarle fruto a esa tierra difícil, gentiles con estatura elevada esos guanches llamados, que siempre miraban hacia el infinito marino aunque sin saber en ello qué hacer. Pero sucedió que antes del fin de la llamada Edad Media y con el invento de una velas marinas más amplias de los portugueses, que por costumbre y necesidad fueron hombres de mar, se les ocurrió  avanzar hacia el sur de sus vidas con buena suerte demostrada, y mire que sus vecinos españoles, que ya tenían la manía de viajar por el Mediterráneo, se les ocurrió seguir el ejemplo de los portugueses que ya colonizaban a las islas Azores y Madeira, de donde se les enciende el bombillo del interés  e imitando a los “portus” invadieron a las Canarias, acabaron con las autoridades allí habidas y se adueñaron por siempre de esos territorios insulares. Y como suele suceder en todos estos acontecimientos históricos los vencedores sometieron a la esclavitud a los vencidos, lo que duró por varios siglos, pero siempre considerándolos como gentes de segunda clase, salvo excepciones desde luego, y porque vivían en la pobreza ya después del conocido descubrimiento de América como forma de bajarse del yugo y para aspirar a cierta mejora de sus vidas y familia, pronto empiezan a emigrar a esta América  de  los  sue-
ños, con predisposición a Venezuela y Cuba, integrándose de esa forma principalmente en el trabajo campesino que conocen, pero sin perder esa condición secundaria impuesta por el colonizador español, lo que da pie por consiguiente a los excesos de los superiores que ya dentro de la corrupción existente incluso entre los Gobernadores provinciales que abusan propasándose en el cobro de impuestos y gabelas, o del apoyo solapado a la mal vista Compañía Guipuzcoana, lo que iene por consecuencia una sórdida conspiración contra las autoridades extralimitadas, y de allí viene el importante alzamiento del  canario Juan Francisco de León y de otros más, entre ellos su hijo
Nicolás. Pero como ya andamos en el año 1750, todo ello coincide precisamente con el nacimiento en Caracas de Francisco de Miranda, quien viene al mundo, pues, en tiempos convulsivos y a la espera de peores momentos, ya que a partir de aquel año comienza una serie de revueltas provinciales de distinta factura que poco a poco minarán la estabilidad de la colonia y que en vuelta de sesenta años más darán al traste con el gobierno español en Venezuela, que servirá de ejemplo para otros alzamientos definitivos en América, todo lo que desemboca en la independencia de los países hispanoamericanos y desde luego la ruina como potencia de España. Mientras el joven Miranda crece en aquella Caracas de 26.000 habitantes, llena de controversias y de mantuanos o criollos españoles que dominan el medio, considerándose la clase más importante, por otro lado va minándose la situación imperante por obra de varios elementos que inciden en el conflicto, o sea la dominación de los vascos guipuzcoanos, que disminuyen en sus negocios a los mantuanos, principalmente en el tráfico del cacao, el añil y el tabaco, la existencia de la real cédula de gracias al sacar por la que la clase de pardos o mestizos puede alcanzar ciertas preeminencias y títulos mediante el pago de algunos impuestos, lo que enfurece a la clase mantuana competidora, pues hasta jurídicamente un mulato puede igualarse a alguien que tenga cualquier título o distinción, de hidalgo para arriba y finalmente con la pugnacidad que existe frente a ciertos cargos y desempeños en la provincia que solo pueden ser ejercidos por los nativos de la España peninsular. En medio de aquel  brasero en que se desenvuelve la sociedad colonial en sus distintas clases y estamentos, aparece la figura del padre de Francisco de Miranda, don Sebastián de  Miranda Ravelo, quien emigrado joven por estas tierras caraqueñas del Señor, encuentra a una moza blanca de orilla y de origen canario con quien contrae matrimonio y se pone a vivir de cierto comercio secundario y al detal, mientras usaba preeminencias señoriales traídas desde las islas Canarias, cosa que al estar en boca y oídos de los señores mantuanos entran en furia y resuelven a través del Cabildo prohibir el uso de esas preeminencias, como por ejemplo portar espada  y acaso sombrilla, fundándose en que una persona de importancia no podía ser comerciante y menos de baja categoría, lo que don Sebastián ejercía sin inmutarse en el centro de Caracas, pues incluso era capitán del Batallón Blanco de Milicias de Caracas. Esta decisión condenatoria trajo consigo el desprecio para sí y su familia al canario Sebastián, que ya por ser isleño sabemos era de segunda categoría, como no le daban paso a su figura en el caminar diario y otros desprecios enojosos y pertinaces que obligan al padre de Francisco, para salvaguardar su honra introducir papeles ante el Consejo de Indias, a fin de exhibir sus cualidades, lo que en efecto pudo demostrar oportunamente. Sin embargo todo este jaleo  que entre comidillas y realidades se llevó a cabo en la pacata Caracas de finales del siglo XVIII, mantuvo en ascuas a la persona del joven Miranda, quien por cierto estudia con ahínco en la universidad caraqueña, lo que demuestra que es blanco, en diversas materias correspondientes a una cultura general, pero ya a los veinte años y como era costumbre para sobresalir en el campo militar decide viajar a España, donde entrando por Cádiz va a prestar diversos servicios de cuartel como Oficial de Ejército y hasta en la línea de fuego marrocoargelina, primero como capitán en el Regimiento de la Princesa, en Madrid,  y luego en la defensa de Melilla y la expedición contra Argel.   De allí y para agrandar el currículo de servicios se le traslada a América, o sea a La Habana, y de dicho puerto bajo el comando del general Cagigal parte en auxilio de Bernardo de Gálvez en Pensacola, arriba de La Florida. Regresado a La Habana “por intrigas injustas y para evitar la prisión”, en que se le vincula con los autoridades inglesas de Jamaica, se va del mundo hispano con sus libros a cuestas y ya como Teniente Coronel, para los Estados Unidos, y luego de permanecer por poco tiempo allí sigue hacia Inglaterra, en busca de ayuda para sus planes independentistas a la América Hispana, que sigue en poder de la rival España en esas suertes marítimas.
       
  
         Por este tiempo y en plan de su cultura universal mientras ve pasar el badajo horario altisonante de la Torre de Londres, como aventurero por esencia que es y quizás con alguna ayuda especial que le otorgan, y eso de especial se lo agrego porque los servicios de información imperiales son grandes y diversos, decide emprender un largo viaje por Europa, donde a la par de los libros y lenguas que va a conocer, continuará llevando un minucioso diario de su vida, esto a través de papeles y documentos probatorios que guardará con celo a lo largo de su vida. Así comienza este viajero universal y en la gran universidad de la existencia, que es para algunos la que más enseña y que ahora se toma mucho en cuenta, por Holanda, Prusia, Italia, Grecia, Asia Menor y el imperio turco, lo que para entonces significa una verdadera hazaña. De allí sube por el mar Negro a Crimen y Ucrania, donde en Kiev conoce e intima con la sesentona y muy liberal cuanto culta zarina
 viuda Catalina, por cierto de nombre sugestivo, mientras los espías españoles andan en su derredor, al extremo que gracias a los favores prestados por Miranda en recompensa hacia el fornido oficial y para evitar dificultades con estas alimañas que hasta asesinas pueden terminar, le nombra coronel ruso con el permiso de usar el ostentoso uniforme zarista que luego lo defiende. Así sigue a Moscú, San Petersburgo, Finlandia, Suecia. Noruega y Dinamarca, continúa por Hamburgo, Bremen y Holanda, mientras prosigue la ronda de los espías españoles, al tanto que Miranda para evadir tal persecución usa los nombres de Meroff en Bélgica, Alemania, Suiza e Italia, donde ya usa el apelativo de Meyrat, y así continúa a caballo por Ginebra, Lyon y finalmente París, en una larga odisea de tres años y que yo en los siete años de permanencia en Europa pude transitar en forma muy parecida [en mi libro “50 veces yo” narro muchas de estas peripecias juveniles] que buena parte de ellas fueron transitadas por ferrocarril o aereotransportado.

          Una vez de vuelta en Londres prosigue en las relaciones con altos oficiales imperiales en busca de la independencia de las colonias españolas de América, pero como es militar de aventuras y no le tiene miedo a la contienda, a sabiendas de los graves conflictos que ocurren en Francia se dirige otra vez a ese país, donde se enrola en las fuerzas republicanas, siendo designado como mariscal de campo Segundo Jefe del Ejército del Norte, donde combate derrotando a los prusianos, y ocupa a Amberes,  aunque por la  traición  palpable del  general  Charles  Domouriez  se le detiene  en   Paris durante dos años, luego se le libera libre de cargos, conoce a Napoleón Bonaparte, pero previsivo de los nuevos sucesos que estallan permanece en la clandestinidad y presto regresa a Londres.   En dicha capital británica, donde mantiene buena residencia con su gran biblioteca de muchas lenguas vivas y muertas y en la que recibe a numerosos hispanoamericanos revolucionarios y masones, como él mismo, vive a la vez con la ama de llaves Sarah Andrews, con quien tendrá dos hijos, debiendo aquí decir, para liberar tensiones y el stress consiguiente, que si leemos la nutrida colección “Colombeia” en sus numerosos  tomos que abarcan el mundo mirandino, podemos hallar con filigrana muchos episodios del mujeriego Miranda y a lo largo de tantos países, con pelos y señales [los vellos que le obsequió la emperatriz Catalina en un pequeño cofre ad hoc, se conservan en el Archivo General de Caracas], que en este sentido sí le hace competencia al casanova de Simón Bolívar, en lo que a mujeres se refiere.

Casa deFrancisco de Miranda y Sarah Andrews en Londres

           En Londres entra en contacto con el gobierno de quien vive mediante pensión suficiente y con otros interesados en la plata y el oro de Méjico y el Perú, como de diversas riquezas continentales, por lo que bien aviado en estos menesteres viaja a Nueva Cork, donde arma el viejo bergantín Leander y junto con dos goletas menores emprende viaje rumbo a Venezuela, sin conocer que el ministro español en Washington, marqués de Irujo, con sus secuaces lo vigilan de día y de noche, mientras prosigue el viaje que termina en fracaso porque ni en Ocumare le reciben y menos en Coro, donde encuentra la ciudad vacía de personas, de donde resuelve ir a Barbados y Londres mientras muchos de los marineros de las dos goletas apresadas son ahorcados en Puerto Cabello. En Londres permanece tranquilo cuando un buen día es visitado por su desconocido paisano Simón Bolívar,
de visita en Londres en busca de ayuda económica y militar para la Venezuela soliviantada contra España en tal momento álgido. Y Bolívar, con ese carismático don que la naturaleza le ha otorgado, o por arte de birlibirloque, prometiéndole villas y castillos a un señor que tiene cuarenta años fuera de su país, o sea que no conoce de las intríngulis diarias, se deja convencer por el inquieto Simón y con el desprendimiento que siempre llevara para lograr la independencia de su patria acepta el reto ofrecido y pronto aparece en La Guaira, cuando desciende del bergantín Avon que lo transporta vestido de mariscal francés, con bicornio puesto y mucho sudor encima para seguir a Caracas donde le reciben muchas personas resistentes a su autoridad, porque es masón, porque parece y habla en francés o inglés, por la manera de vestir y pensar y muchos más defectos que le encuentran, mientras Caracas parece una marmita de Papin por la presión elevada que sostiene entre anárquicos como Coto Paúl, monárquicos de estilo que andan o simulan de bajo perfil, exaltados como la bulliciosa Sociedad Patriótica y las logias masónicas a quienes se respeta y dan consejo, a tiempo que se prepara una constitución inaugural de la República, donde Miranda tendrá cabida como representante por la ciudad oriental de El Pao y donde se discuten las más inverosímiles historias pero que al final se ponen de acuerdo quizás por cansancio y aquello de que “sea lo que Dios quiera”, mientras el sacerdote Manuel Vicente de Maya con los testículos arriba siendo el único de toda la partida dice que no aprueba tal constitución porque no tenía poderes para ello. Y nadie lo irrespetó, hasta su muerte años después, mientras siguió siendo monárquico.

En el entretanto de estas historias crudas, aparece un fogueado marino canario tinerfeño, por el centronorte de Venezuela, que es Domingo de Monteverde, quien inicialmente anda por las costas de Coro mientras Miranda es enviado con rapidez por el Congreso para reducir el alzamiento monárquico que sucede en Valencia, el que luego de duras penas y porque Miranda desconocía entonces el sistema de lucha imperante en América, aunque logra detener la insurrección sobre todo frailuna, con que corría peligro el destino de la república, que es cuando Miranda adelantándose a los acontecimientos percibe y cae en cuenta que Venezuela es herida en el corazón, como lo dice en francés el general Miranda, pues recibe la terrible noticia que Simón Bolívar ausente de la plaza militar de Puerto Cabello, donde está el grueso del armamento de que se dispone para defender la patria recién establecida, por andar Bolívar en el puerto y no cumpliendo sus funciones mediante un golpe de traición efectuado por el también canario Francisco Fernández Vinnoni, vuelve a manos nuevamente del poder monárquico todo el tren militar, y de lleno sin armas nada se puede hacer, y con mayor razón cuando viaja avanzando hacia el centro de la república ese fogoso e inquieto militar que era el capitán de fragata Domingo de Monteverde. Todo está consumado diría yo y la tristeza embarga los corazones de los venezolanos, al tanto que Bolívar escribe a Miranda disculpándose por haber tenido “el día más triste de su vida”. Mientras el canario ya anda por Valencia y Miranda mide sus esmirriadas fuerzas que no se pueden oponer a Monteverde,  dentro del caos sobrevenido no queda otro camino sino suspender la guerra y entrar en una capitulación para evitar más derramamiento de sangre, cuestión que Miranda delega como jefe del parlamento en el Secretario de Guerra José de Satta y Busi, militar peruano de carrera al servicio de la patria venezolana, quien firma con Monteverde tal capitulación en San Mateo, la que de inmediato fue desconocida por el orgulloso y vencedor canario. 
          De aquí en adelante las palabras sobran pero los hechos no, porque sintiéndose el peso de las responsabilidades que atañen con la guerra cada quien cogió por su lado para salvar el pellejo. Por ello, una vez que arregló sus cuentas y delega poderes el general Miranda emprende el viaje de Caracas a La Guaira donde debe abordar el navío británico de la Union Jack “Shappire” rumbo a Curazao y luego a Londres. Mientras tanto esa tarde anterior al viaje diversas personas notaron como izaban hacia la cubierta y las bodegas del mismo barco muchas cajas contentivas de la biblioteca con que viajaba Miranda, como otras maletas contentivas de su numerosa ropa y efectos personales como gran señor acostumbrado a su uso, de donde con eso que el vulgo venezolano llama “radio bemba”, que por tanto no se puede callar, terminó tal equipaje siendo bultos contentivos del oro que le había entregado Monteverde a Miranda para la capitulación del ejército, habladuría chismosa que llega a oídos de Bolívar, Peña, Soublette y otros que andaban buscando como salir de dicho puerto, por lo que sin medir la razón y consecuencias de la Historia que condenara tal barbaridad, dichos complotados deciden entre gallos y media noche detener a Miranda en la fonda donde dormía, por traidor y vende patria, como lo tilda el exaltado Bolívar, manteniendo dicha sentencia mental por mucho tiempo, al extremo de asegurar que si por él fuera lo mandaba a fusilar sin contemplación alguna. ¡Que de cosas hay que leer, Dios mío, en las páginas de la verdadera Historia.  Lo cierto de la charada fue que Miranda es entregado a De Las Casas, el Guardián de La Guaira, quien en contra de lo que se acordara guarda al general para hacer nueva entrega de él al mismo Domingo de Monteverde, hombre de sangre fría y calculador quien lo retiene por poco tiempo en la ergástula o pontón de La Guaira, luego lo envía al castillo San Felipe de Puerto Cabello, y de allí continuará en el via crucis a la cárcel El Morro de Puerto Rico para finalmente y siempre engrillado continuar rumbo a la prisión de Estado Las Cuatro Torres, situada en el arsenal de
La Carraca, en San Fernando de Cádiz, donde vivirá como prisionero con máxima seguridad, con solo la atención del servidor Morán, que le acompaña desde Caracas, hasta que muere de disentería y se le entierra envuelto en una estera, sin servicio cristiano por ser masón y a pocos días de ser liberado según planes bien concebidos que se tenían dispuestos al otro lado del estrecho, en el inglés Peñón de Gibraltar. Y ahora me pregunto ¿A quien corresponde este crimen? El ¿porqué de la misma estupidez?. Hay que aplaudir a Bolívar por el engaño, por su fracaso de Puerto Cabello y por haberlo traído desde Londres para entregarlo en holocausto a los feroces carcelarios. Solo resta decir mucha pero mucha paz a sus restos, y recordando otra vez como aquella película de mis años mozos ¡Que el cielo lo juzgue!.  

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