domingo, 16 de junio de 2013

LA SORPRENDENTE CASA DE LOS BRASCHI.



Amigos invisibles. La nostalgia o el recuerdo de las cosas amables a nuestros sentimientos, por ejemplo, como cierta añoranza referida a la primera juventud, a los amigos de aquel tiempo, al lugar destinado para nacer y a la misma familia, son épocas que marcan a muchos individuos y más si en ese período infantil se disfrutó de la alegría, la vida sana y de una sensación de plenitud donde todo lo bello era posible. Por ello no vengo ahora a escribir sobre lo espeluznante o temerario, al estilo de Poe, que en cierto sentido meditado atrae a más público lector, sino a algo que las mayoría de las personas adultas han vivido y que por tal circunstancia este momento les hace recordar a través de cualquier cauce los ratos agradables de la niñez acaso prolongada, sea los que fueren y con las dificultades que se haya disfrutado, porque todo no es color de rosa pero sí trae a la mente aquello que se llama “saudade”, con que los románticos portugueses recuerdan acompañados de cariño esos momentos inolvidables que no se pueden borrar de nuestra vida con facilidad o desprendimiento. 
Todo este exordio viene a colación porque ya a mis 81 años mejor vividos pero no en exceso disfrutados y cuando muchos de los míos se han ido hacia otros lugares de la galaxia mientras evoco que siguen viviendo a través del calor y de la comprensión, para dejar los pasos impresos en un sitio querido de mi Trujillo natal, el que está en Venezuela, quiero hoy reconstruir la residencia u hogar de mi bisabuelo y su esposa en aquella ciudad rodeada de montañas y de espíritu cordial. Para el diseño de este retrato del siglo XIX y parte del XX en que tuvo gran espacio esa mansión, con algo de modestia sobrepuesta a la verdad debo decir que allí vivieron mis antepasados que indico en un idílico sitio de amor permanente con los éxitos y sinsabores que se pudieran tener en un país azotado por las enfermedades, la riqueza en cierta forma interpretada y el vandalaje sostenido por la proliferación de caudillos regionales que interrumpían la tranquilidad ciudadana de manera permanente. A objeto de imprimir un mejor sentido a esta parte de la narración en que los sintagmas poéticos pueden aflorar a ratos, agregaré que mi bisabuelo paterno era Ángel Domingo Braschi Fossi (familiar del papa Pio VI), nacido en el elbano puerto de Marciana Marina (Toscana, Italia), quien con sus padres Bartolomé y Ángela había llegado a este país tropical en compañía de seis hijos menores no por la recién abierta inmigración europea ordenada por el presidente general José Antonio Páez para repoblar a Venezuela después de la sangrienta guerra de Independencia, sino debido a la contienda civil mantenida en Italia por el joven prócer Guiseppe Garibaldi, lo que ante la lucha permanente obliga a muchas familias principalmente norteñas, a emigrar. De esta forma los bisabuelos arribaron a los Andes de Venezuela, a Santa Ana de Trujillo en especial, luego de 1840, donde ya radicaban algunos italianos en calidad de residentes. Estos Braschi eran gente adinerada con muchos barcos pesqueros en Italia, y por tanto al llegar a Trujillo con recursos propios adquieren buenos terrenos en esa región montañosa y de frío con neblinas, donde producirán frutos como el café, el trigo, ovinos y bovinos, creciendo al tiempo allí su descendencia con la belleza del paisaje, y donde después,  en 1870, su vástago Ángel Domingo casara con Josefa Cazorla Oraá, hija del prócer de la Independencia capitán graduado León Cazorla Goicoechea, pareja que luego se radica con gusto en la ciudad de Trujillo.
Y aquí comienza la relación sentimental de mi parte a través de esta casona que adorna el título del trabajo, representativa de una época histórica de la región, porque Ángel Domingo con el dinero que ha producido en el campo por la séptima década del siglo XIX adquiere de su padre Bartolomé y ya que éste junto con su madre y/o esposa Ángela resuelven regresar a Marciana Marina cuando se consolida la unión italiana y se aleja la guerra por obra del mismo Garibaldi. El abuelo Ángel Domingo con la vitalidad juvenil que desprende decide ampliar el inmueble adquirido a su padre y como era buen comerciante para entonces, resuelve instalar en el frente de su casa una tienda de múltiples géneros y especies con cuatro puertas a la calle, que yo conocí en mi infancia aún surtida de productos para vender, que se quedaron allí en los estantes defendidos por el tiempo y resguardados por las polillas, ya que este bisabuelo con algún equivocado negocio que debió realizar y por la penuria económica desatada luego de tantos años guerreros, en que nadie cancelaba deudas porque no podía, estoicamente decide paralizar su actividad mercantil cerrando las puertas del establecimiento para siempre, no cobrar las deudas desde luego, y como tabla de salvación de su alma alborotada se dedicó a permanecer diariamente y por ratos largos de su espíritu, en la Iglesia Matriz de Trujillo, donde oraba y se compadecía de tantos sinsabores aplicando la paciencia de Job, y quizás viendo el progreso mercantil de su hermano Antonio, con hermosa casa de dos plantas establecida en la diagonal de esa Iglesia, quien pronto vino a ser el hombre más importante de Trujillo por su riqueza, para después irse a vivir en Valencia y finalmente establecerse con los suyos en la virreinal ciudad de México.
Los años más bellos de mi vida infantil sin lugar a dudas los pasé en aquella casa colmada de cariño, como en un cuento de hadas donde convivían mis tías (en verdad retías) María, gruesa, de un gran señorío, muy blanca, bien educada en el primer colegio de niñas establecido en la ciudad, de muy buenas relaciones sociales, que tenía a su servicio una muchacha criada desde pequeña e hija biológica según se decía de una pareja española de circo que pasara por la ciudad en sus comedias de siempre, y que pronto allí murieron por alguna epidemia cíclica, como la acaecida poco antes de fiebre amarilla, Inés de nombre y huérfana que fue recogida por las monjas dominicas del hospital citadino, quienes se la entregaron en forma definitiva a doña María, para que ésta con sus consejos conservadores la formara.
 Doña María estuvo casada con Andrés Iragorry, sin descendencia matrimonial, éste de buen apellido de aquel sitio pero de muy escasa renta, y fuera de ella había dos “niñas” hermanas y de las de antes, como se dijera entre el vulgo infantiloide, que eran las tías Josefina y Hortensia. La primera, blanca también, graciosa, de ojos verdes, rubia y algo con parkinson o de temblor senil, según la recuerdo, tenía especial deferencia hacia mi persona, pues como encargada de dirigir el servicio de cocina guardábame manjares (ponches, panes, dulces, etc.) para cuando llegase a visitarlas cada día. La otra tía, Hortensia, menuda y delgada de poco comer, morena clara acaso por la herencia Cazorla, fina, pequeña y santificada debido a sus creencias religiosas que la mantenían en un éxtasis sumida en circunloquios a lo Teresa de Jesús y sus confesiones, cuando no llenando a pluma manillas de papel florete y en lo cual expusiera extraños comentarios a sus pensamientos cristianos, que guardaba en rollos dentro de un  baúl con llave que acaso se perdió al cabo de su muerte, de donde diariamente anduvo hincada en un reclinatorio rezando a medias, porque la amnesia senil se lo impedía, en el medio oscuro aposento dedicado a los santos y once mil vírgenes, contentivo fuera de una cama estrecha tendida y de emergencia, de un enorme altar lleno de figuras venerables y hasta de imágenes en cuadros para su permanente adoración. Dicho cuarto de luz marchita que en diciembre se convirtiera en un inmenso pesebre previo a la navidad y reconstruido cada vez en dos días de arduo trabajo, sirvió al tiempo de capilla, donde con alguna regularidad se oficiaba la santa misa, para cuya ocasión venía algún sacerdote de la Iglesia Matriz, como el cegato padre Graterol, y donde finalmente ofrece la sagrada eucaristía a cualesquiera de las tres niñas, incluida la viuda doña María, quien por cierto mantuvo en vida estrechas relaciones con la Iglesia trujillana, y no solo con el presidente general Gómez encontró reponer el piso de dicha Iglesia revistiéndolo con losas de mármol blanco, sino que de igual manera por la misma fuente ejecutiva se trajo hasta Trujillo desde España un Santo Sepulcro de calidad, para pasearlo en Semana Santa, cuyo costo de entonces fue 30.000 bolívares, mientras doña María se vio recompensada con el cuido y atención permanente del Divino Niño Jesús, presente a la entrada de la Iglesia, sino que también para las grandes ocasiones adornaba el templo con azucenas y otras flores hermosas traídas desde el frío Timotes, con dicho fin festivo, por lo que esta dama trujillana y ya en sus últimos tiempos de vejez, al pasear sobre hombros frente a esa casa de habitación, la de los Braschi, dicho sepulcro honrado se detenía un minuto y enfilaba el  cristo cadavérico frente a su amplia puerta de entrada, en signo reverencial y único, mientras yo vi correrle por sus mejillas rosadas lágrimas supongo de alegría, por aquella inmensa demostración de cariño vecinal.
La casa de las niñas y de sus hermanos era muy grande con cerca de veinte metros de portada exterior y doscientos de fondo, y para ir reuniendo el repertorio de leyendas que ella contenía, agregaremos que a su frente fuera del largo espacio o callejón trasero cerrado por dentro de la tienda cataléptica o de sueño hipnótico, existía un salón con cancel y ventana de poyos a la calle donde por turno las niñas se sentaban flemáticas para mirar la calle sin ser vistas, y luego de ese espacio cerrado existió una puerta gruesa a fin de penetrar en la sastrería del tío Víctor Braschi, hermano de las niñas, cuya especialidad principal era coser desde sotanas oscuras para arriba, a los exiguos sacerdotes regionales, por lo que no fue extraño toparse con alguno de los empleados midiéndoles a ellos la panza creciente, como la del padre quebradeño Paolini, o el cuello algo abultado que mantuviera el sacerdote Monsalve de Escuque. Esta sastrería tuvo entrada por dos puertas a la calle y entre sus trabajadores se contó de por vida a mi tocayo Ramón, hijo de Víctor, en el salón de la calle, mientras que dentro del mismo emporio de rarezas a veces esquizoides cada día laboral se escenificaba una suerte de tertulia callada y de boxeo de sombras, cuando hacia las once de la mañana se apersonaban allí el poeta Santini, director de la biblioteca pública, aeda que no se cansara de calcular versos con sus dedos artríticos sobre el presunto canto silabárico de la creación en vela, el trovador Pedro Pablo Maldonado, muy inteligente según dijeran pero entrado en el mundo de los orates cultos hacía tiempo y quien viviese en casi un mutismo absoluto, como de autista, para salir pronto envuelto de locainas sugestivas hacia el manicomio de Maracaibo y luego a Bárbula, donde descansó por siempre su inteligencia desquiciada. A ellos se agregaría en visita continua un señor de apellido Santos, alto, con papera exhibida, cotizas (sandalias) vistosas tejidas en la región y un liquiliqui  permanente de lino blanco  que lo distinguiera. Y para colmar la escena, a lo Pérez Galdós aparecía de vez en cuando el español vejete y testarudo Don Ceferino Fernández, empeñado en descubrir su El Dorado que situaba en un vistoso y relumbrante peñasco frente a Trujillo, donde nunca lució el oro que produjera su desafuero imperturbable sino trozos de lentillas o micas de pequeñas láminas flexibles y brillosas como producto de los rayos del sol. Pero el cuento más atinado sobre esa sastrería consistió en la presencia permanente y en el patio trasero de tal fábrica, de un bobo casi enano que allí buscó refugio hasta su muerte, callado y ladino, de ojos asiáticos, al que llamaban  Buenaniña por su existir pausado, introspectivo, sin meterse con nadie, mirando al gallo célibe de su compañía y mal viviendo al fondo de ese claustro con techo donde se apiló siempre madera de construcción  que no se usara, mientras Buenaniña cada fin de semana iba para venir desde el campo Capellanías y trayendo a su costo algunas cuajadas frescas para vender en la ciudad, mas luego se reintroduce entre aquellas maderas vegetantes como un místico ermitaño que renacía una semana después a fin de emprender el mismo camino de su soledad interior. Mas lo atractivo y misterioso de este ser olvidado fue que a su muerte y en el mismo lugar del escondite se encontró  varias cajas de aguardiente con botellas vacías, de las llamadas carteritas, porque el dipsómano de marras se daba grandes curdas o borracheras somnolientas allá en su lejano hueco existencial y no lejos de la plancha de carbón, para asombro de quienes encontraron el cadáver sentado en una montaña vacía de alcohol etílico, acaso de los producidos en contrabando zanjonero, y por tanto más baratos.
Regresada mi mente por detrás de los estantes seguidos en el oscuro callejón de esa tienda cerrada para siempre, vuelvo a cierto corredor abierto en forma de sala, con un ángulo central en noventa grados donde se veneraba la figura del Corazón de Jesús, haciendo yo una genuflexión a su paso (exclamaba la tía Josefina “niño, diga Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”), al bajar la testuz que hiciera en signo de respeto. Esa sala, con varios muebles mecedoras puestos abajo del cuadro de Jesús, que yacía a continuación de la ancha entrada a la casona, tuvo varios fines utilitarios, porque en la noche la mentada Inés con paciencia litúrgica acomoda tres canceles adosados a la pared y en su interior coloca una cama de catre respectiva, donde a las anchas y respirando todo el aire nocturno, con la indiscreción de cualquier insecto molesto se daba a dormir tranquilo el tío Víctor, hombre misterioso por cierto, de muy pocas palabras y trato, lento al caminar, flautista y medio poeta ripioso si se quiere, que apenas sale de la sastrería en la mañana para buscar adentro de la casa algunas brasas con qué reponer el calor necesario a objeto de planchar la ropa sacerdotal que se elabora. Allí mismo en dicha sala de visitas donde se reunieran damas distinguidas de la sociedad a fin de entablar conversaciones discretas con las célebres “niñas Braschi”, allí también comenzada la tarde aparecían el sobrino abogado y juez eterno, mi tío Ramón para mejor señalarlo, cuya visita y charla protocolar llegaba a extenderse por media hora al máximo, a lo que se agregara la presencia del hermano y procurador titulado Domingo Braschi Cazorla, hombre de consejo, pausado, que pensando tres veces antes de actuar tenía una suerte de bufete en la parte baja y separada con puerta a la calle, de la tienda allí dormida por tantos años de no saber qué hacer. Al final de esa sala y con dos canceles divisorios pintados en paisajes acuáticos por el trujillano Ricardo Salazar, aparecía un mueble con vitrina donde doña María guardara papeles y notas personales para escribir con letra inmaculada a sus amistades internacionales, como la esposa del doctor Leopoldo Baptista, establecida la gringa en Nueva York, y la larga familia que se mantenía viva por las ramas llaneras y larenses de Cazorla,  las italianas de la Isla de Elba, y Urdaneta en Caracas, pues su hermana mayor, Ángela, era esposa de Don Ezequiel Urdaneta Maya, entroncando así en sus epístolas amicales con figuras de la política activa y alta sociedad venezolana. A un lado de este escritorio se entraba al cuarto principal, cuyo piso, como el de toda la casona era de tierra apisonada con cal y más fuerte que el cemento, donde dormían el sueño justiciero y bendito las tres hermanas en camas correspondientes a su delgadez, salvo la de doña María, más ancha por su grosor notado, que por cierto la suya era alumbrada mediante un ventanuco de vidrio abierto y si quiere cerrado en el techo, para dar mejor visión u oscuridad al momento de dormir, o viceversa, camas separadas mediante grandes escaparates de madera cuyo interior guardaba de todo un poco y donde aparte en mi infancia que ahora recuerdo se arreglaban seis sillas con un colchón arriba de los asientos para que alguna vez yo pudiera dormir entre aquellas mujeres cariñosas que quise tanto, mientras algún murciélago juguetón me inspiraba cierto miedo tapando mi cabeza con la sábana y a veces con la almohada.
Una vez salido de esta enorme alcoba teatral, por el lado de una peinadora torneada a la francesa y posiblemente de importación curazoleña, se pasaba al comedor, sencillo, con una gran mesa de madera que debió llenarse en tiempos juveniles de los Braschi, frente a un primer patio existente a su lado y un tinajero de piedra porosa, con “fafoy” extractor de agua purísima, para luego pasar ante dos cuartos habitados uno por los servicios y el otro por la tremenda Inés, que también sirviera para el cambio de ropa y otras intimidades escondidas de las niñas Braschi.  Enfrente de este último aposento aparecía otro salón construido en corredor con una mesa de madera grande, para alimentarse los servicios y en cuyas narices abierto al patio había un fogón especial para cocer el alimento de doña María, atendido especialmente por la señalada Inés y donde también en un caldero grande se derritiera cierta cantidad de cera de abejas, con que esta matrona de la Iglesia trujillana hacía cantidad de velas grandes para surtir diversos templos trujillanos, como otras necesidades perentorias, tal el caso de los cirios de comunión.  Y allí mismo, a un costado permanecía incólume aunque lleno de cierto hollín prendido en sus paredes, la cocina típica de topias donde se preparaba esa comida regional para en sus tiempos satisfacer  a la numerosa familia Braschi, siendo la reina de ese lugar en aquella lejana infancia mi siempre presente tía Josefina Braschi, a quien secundaban servicios recordados, como la arrugada por vieja Susana, mujer enigmática, llena de frases cortas y extrañas, creyente del diablo cojuelo siendo Luzbel, lo que sacara de quicio a las tres niñas, como de cuentos terribles y fantasmales que arrullaban nuestros años de la primera década existencial, o la bella Margarita, su asistente, que debió casarse por lógica razón. De seguidas aparecía aparte, por ser construcción nueva un cuarto grande y espacioso, donde los hijos de nuestro padre (entonces importante funcionario público en Maracaibo) y madre viviéramos un  tiempo mientras se reconstruía nuestro hogar definitivo, arriba de la llamada Casa del Pueblo, a unos 150 metros de ese lugar. En dicho sitio clave existió por muchos años toda la parafernalia necesaria para desde la madrugada hacer amasando el inigualable y conocido por famoso Pan de Tunja, bañado con agua de azahar y suficientes yemas, traído de alguna escasa receta neogranadina, que en conjunto elaboraba dicha familia Braschi como medio principal de subsistencia, aunque dicho grupo de personas no sufrieron mayores estrecheces, como era corriente en ese tiempo, porque doña María tuvo una pensión mensual del gobierno montante a 30 bolívares, que era mucho decir, y las otras dos niñas tan mencionadas tenían otro ingreso mensual de cuarenta bolívares cada una, por ser nietas efectivas del prócer de la Independencia capitán León Cazorla, agregándose a ello un mercado semanal que hacía a su favor el recordado tío y Juez Ramón Urdaneta Braschi.
De seguidas y ya hacia el extenso solar, que se barría mensualmente, lleno de árboles frutales, mas el lavadero y el baño construido en mis tiempos de niño cuando se instalaron las cloacas en Trujillo, pasamos por otro corredor que le produjo una rabieta y salpullido inconmensurable a la tía María, porque allí montó una carpintería provisional y de remiendo un viejo maestro carpintero, Hipólito, tan mañoso que enamoró a la dicha Inés el tal Don Juan, con sus setenta y tantos años de rebusca, y la mujer cercana a los cincuenta, lo que al decidir casarse para ingresar a la pobreza, produjo una desazón en quien la criara y que guardó la cicatriz cardiaca para toda la vida restante. Allí a un lado del pasillo existían dos cuartos grandes donde en la afanosa juventud de los varones Braschi se produjo aguardiente casero para su venta, entre hornos, espirales, retortas, serpentinas, cuencos fermentadores, pipas, etc., pudiendo yo andar en ese mundo  de telarañas e inacabado entre los recuerdos y enseres aún no extintos de aquella empresa olorosa a alcohol reinante, fábrica de la que poco se hablaba aunque siempre se mantuvo en el vasto recuerdo de su tiempo.
Llego al término de esta travesura existencial, acaso con algo pasajero de Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez, de historia vivida, cuando se partió la casona en tres herencias, llena ella de las saudades que vuelvo a invocar para ustedes y también para mí, con aquello que “recordar es vivir”, y como ejemplo de una Venezuela ya ida pero que se sostiene en el corazón, porque todos cuantos he mencionado son parte de la gran familia constructora de este país que sirve de ejemplo a las nuevas generaciones. Y a los mismos hombres o mujeres ocupadas de la Historia que moldean en detalles y con cariño cierto, esos episodios a recoger de nuestra común madre patria.     

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