lunes, 12 de diciembre de 2011

USO Y ABUSO DE LA ESCLAVITUD EN VENEZUELA.

Amigos invisibles. Define el académico Diccionario de la Lengua  Española en cuanto nos concierne y para mejor asesoría,  que esclavo es el hombre o mujer que por estar bajo el dominio de otro carece de libertad.  Y en forma figurada también asienta ese cuerpo de doctrina suprema, que ser esclavo  equivale a trabajar  mucho y estar siempre aplicado a cuidar de su casa o hacienda, o a cumplir con las obligaciones de su empleo. Pues bien bajo los lineamientos de esos parámetros  y con la condición internacional que se merece vamos a trabajar hoy sobre el tema de la esclavitud en Venezuela, que la existe y en muchas formas, para develar así otra manifestación inicua del diario acontecer en la tierra natal de Simón Bolívar.
            Empezaremos primero por la parte histórica como matriz de opinión sobre tema por demás candente, para ir así desarrollando tan espinosa cuestión a objeto de que como buen lector y suficiente intérprete de lo expuesto saque conclusiones necesarias a fin de desenredar tan amplio tema, por cuyo camino pueda entender mi exposición que parece referirse a situaciones y hechos pasados, pero que en realidad son presentes, aunque se disfracen con técnicas novedosas de desconcierto o mentira. Pues bien, para arrancar en la materia debemos afirmar que la esclavitud del hombre existe desde las sociedades más primitivas, como manera de subsistir y de desarrollar entes en estado de embrión. Y puesto que en América, para no referirnos a lo feudal y más atrás, existían sociedades indígenas con cierta organización adelantada, como el caso de los mayas y los incas, aunque disfrutaron de incruenta esclavitud hacia los subordinados, bien fuera sus propios pueblos sometidos a inicuas vías de hecho, o peor, en referencia con grupos de esclavos que se mantenían bajo la férula del patrón inmisericorde llevada su condición hasta el extremo de la muerte. Bajo esta circunstancia extrema fuera de lo común en nuestro medio donde se encuentra la Venezuela actual, para la etapa de la conquista española de estas tierras brillaba por su poder y extrema fiereza un grupo racista y explotador en demasía, porque bajo la técnica del exterminio se consideraba superior a los demás, altanero, avasallador, dominante al máximo, que llega al extremo de ser por entero un pueblo antropófago, torturador, de donde las proteínas que ingería a través del tiempo lo hicieron musculoso, hábil e inteligente o suspicaz dentro de aquel entorno disímil, al extremo que no solo sacrificara a los enemigos prisioneros, que pasaban por un período previo de engorde obligatorio antes de su sacrificio, sino que a los hijos de ellos mismos pero habidos en otras mujeres que no fueren de la etnia caribe, como así se señalaban tales bárbaros, que ahora son objeto de culto, con el cuento mentado del grito ¡ANA KARINA ROTE¡, feroz expresión que se identifica con una consigna nazi, fueron esclavizando una enorme zona continental que abarcó desde el norte de México, todo el insular antillano y hasta el interior de la Guayana amazónica, de donde eran originarios, por lo que de allí se dispersaron dentro del genocidio y canibalismo indígena por todo el territorio venezolano, salvo pequeñas excepciones de terreno que no llegaron a esclavizar, como el caso de los indios cuicas,  habitantes entonces de lugares situados  en los Andes de Venezuela.
            El tratamiento que se dio a los indígenas en este país no fue tan horripilante como algunos demagogos lo tergiversan por interés propio de reconcomios inexcusables o de ideas retrógradas, porque en general Venezuela era un país despoblado para aquel entonces, con grandes extensiones de soledad humana debido a la antropofagia reinante y porque las enfermedades recurrentes diezmaban a los pocos pobladores, dado que la contextura de sus cuerpos débiles alimentados con productos de baja nutrición impedían el crecimiento poblacional de estos grupos sin destino que vivían de la caza y la pesca de una manera mísera, sujetos al nomadismo a fin de poder subsistir y sin base elemental para fijar metas hacia cualquier sociedad estable. Esto no quiere decir que los españoles venidos en son de conquista y colonización fueran unos siervos del Señor, porque de acuerdo con el tiempo ellos mismos debieron luchar contra un territorio inclemente, lleno de animales feroces como los caimanes, las grandes serpientes y las pirañas asesinas (o peces caribe), de donde con fiereza fueron obligados a abrirse paso en un mundo desconocido deseosos de adelantar caminos entre las angustias y de cambiar la vida miserable que llevaban, por lo que no se consideran extraños los tantos delitos cometidos, que a veces se urdían de parte y parte, episodios por cierto escritos con detalles por investigadores, pero que se extreman para su comparación con los viles asesinatos habidos entre indígenas sobretodo entre sus llamados caciques. Valga la ocasión entonces de señalar a Guaicaipuro, Tiuna, Tamanaco, Paramacomi, Sorocaima y otros dignos de aquí traer al recuerdo, que rindieron tributo a la tierra en defensa de sus patrimonios y familias. Pero lo que se les olvida a muchos historiadores  parciales y cuenta cuentos de oficio es decir la verdad en su conjunto, pura y simple para ser más sinceros, o sea en referencia al descenso que por entonces ocurrió con la poca población indígena habida en Venezuela, pues dentro de la conocida “leyenda negra” tejida por enemigos de lo positivo que pudo tener el mestizaje en sangre y cultura, atribuyendo todo lo malo a esa conquista, que pudo ser como la romana, o la franca, o la germana en territorios europeos, dentro del despotricar de tal coyuntura histórica que tantos países han tenido, desde luego con más pros que contras, esos vociferantes de la maldad se olvidan o se callan en su interés solapado sobre que el despoblamiento indígena no fue por obra en sí del español que desembarca en América, como ahora se demuestra científicamente, sino que por la insuficiencia inmunológica de ese natural indígena lo hacía proclive a ciertas enfermedades traídas de Europa sin ninguna malévola intención, como el caso de la fatal por asesina viruela (para ejemplo de un mismo caso, la famosa peste negra del siglo XIV que acabó con una tercera parte de personas [50 millones] en Europa, se debió a las ratas transmisoras de la peste bubónica). Así es que estos ignorantes atrevidos deben callarse o hacer mutis, que ya es ocasión elegante de hacerlo.
            Valga aquí recordar igualmente que la masa indígena y al contrario de lo que alegan esos tarifados de pacotilla, fue más bien protegida por orden de los Reyes Católicos y sus sucesores, cuando a oídos de la familia real llegaron noticias de desmanes ocurridos y  de la despoblación de los territorios, por lo que hemos señalado, de donde la reina Isabel y hasta Felipe II ordenan expresamente protegerlos de algún modo y dar categoría y cierto mando a los caciques de esas comunidades y hasta con sendos títulos de Don, reglamentando igualmente su forma de trabajo, como el destino de las familias dentro de algún régimen servicial de mitas y colonización, cuyos beneficios y daños no son motivo de este trabajo. Todo ello desde luego una vez que se reconoció el alma y la calidad de seres humanos de tales subordinados y el mal trato al indígena que tenían, sobre lo que abogó suficiente y hasta en la Corte española que ordenara un estudio ante el caso planteado, el conocido fraile Bartolomé de Las Casas, quien por cierto en esos andares de investigación y defensa sobre tal maltrato anduvo por estas tierras del Oriente venezolano.
            Pero el problema de la esclavitud se hace más patente desde cuando los hispanos cavilan sobre la manera de trabajar la tierra y explotan algunas minas aparecidas, por lo que no cuentan para ello con la mano de obra indígena, no acostumbrada a la labor “de sol a sol”, donde murieron muchos naturales, recordándose entonces que por el mar Caribe había aparecido un  nuevo comercio, “de ébano” llamado, o sea de mano de obra esclava traída desde la costa occidental de África principalmente por portugueses de la “trata” de esclavos”, como por ingleses (y famoso se hizo en tal menester un socio de la reina Isabel, o sea sir John Hawkins) y holandeses para lo cual se venden o permutan esclavos desde niños  hasta mayores de edad primero en sitios costeros invadidos con el fin de la venta obligatoria, como el caso del puerto de Borburata y luego en lugares hechos como un gran mercado esclavista, donde se lavaban y untan de aceite a los esclavos en venta, correspondiendo a Venezuela los cercanos lugares de Cumaná, La Guaira, Curazao y Coro, y cuyos precios oscilaban de irrisorios para los infantes recién nacidos, hasta los trescientos pesos (ducados) españoles a pagar por un esclavo de veinte años y que a partir de los 50 años disminuía el precio en forma acelerada, pues a los 65 años el precio era nulo, de los que aún subsistían. Para decir verdad la mano de obra  esclava de origen africano y sus hijos mulatos o no (o zambos, etc.) nacidos en Venezuela, formaron el país del inicio, y ello hay que reconocerlo, por encima de la condición innoble que se tuvo con este grupo social al que durante tres siglos y medio por obra de las circunstancias del tiempo y no solo de Venezuela, se les trató como cosas y no seres humanos, sujetos a ventas, horribles castigos, mutilaciones y otras barbaridades que ustedes conocen reflejados con tino en los escritos y los audiovisuales que cruzan el planeta, barbaridades, repito, que no fueron solo de uso en nuestro entorno territorial, sino en cualquier parte donde existieren esclavos, fueran de raza blanca europea, asiática y africana, o las mezclas consiguientes. A los esclavos africanos debemos pues el trabajo de las minas de oro, el desarrollo enorme de la agricultura, tal el caso de la producción de cacao, producto de gran valor en tiempos coloniales, como el trabajo fuerte de la ganadería, la faena marítima, cuyo conjunto de primer orden se viviera durante siglos a lo largo y extenso de nuestros llanos occidentales y orientales.
            Mas sea oportuno recordar que el encuentro y vivencia de los amos para con los siervos, fuesen ya de confianza y hasta con los cimarrones en fuga recuperados, como los que atendían las labores del hogar y no del campo, fue siempre comprometido y hasta contrapuesto, lo que a lo largo del tiempo dio ocasión a levantamientos que representan un germen revolucionario de aquellos tiempos, muchas veces ahogados en sangre, como el caso del alzamiento del Negro “rey” Miguel, en Buría, por los lados agresivos de Barquisimeto, o el de José Leonardo Chirino, en la serranía de Falcón, cuando ya la política estaba de por medio, pues de las islas vecinas y sobre todo de Haití, donde triunfara la negritud contra los expedicionarios franceses, había corrido la mentira de un tal “código negro” que bien los favorecía en la búsqueda de la libertad y hasta de la manumisión, que también de podía comprar, mediante el pago indemnizatorio respectivo a sus amos. Así las cosas por estas vías tan subjetivas de la interpretación llegamos al tiempo de la Guerra de Independencia, donde se incorporan algunos negros a la guerra, sobre todo del lado monárquico, porque los dueños de tales grupos se presume formaban parte de ese bando obediente al status dominante, o a través de los señuelos de libertad pregonados en alta voz para quienes se unieran en tal o cual partido en conflicto, lo que se haría posible una vez terminada la contienda, cuestión que en verdad no se cumplió, salvo algunas excepciones determinadas dentro de la leyenda que se eleva al mito y donde hace lucimiento de inexactitudes del lado patriota un negro famoso, tildado el Negro Primero o Pedro Camejo, como se llamara, quien muere peleando en la batalla de Carabobo.
            La condición de esclavitud siguió manteniéndose luego de terminada la cruenta Guerra de Independencia, con altibajos demagógicos, aunque ya la familia esclava no sostenía tal Inri dentro de la sociedad actuante, y ello debido a una serie de circunstancias que afloraban en el nuevo escenarios nacional. Recordemos entonces, como simple ejemplo, que al libertador Simón Bolívar lo amamantó la negra Hipólita, y ayudó a criarlo en el cuido y asistencia por ser huérfano de padres,  otro servicio esclavo también de la hacienda de San Mateo, la negra Matea, porque para entonces los negros y las negras del recato familiar, y muchos otros en la escala social ya se veían formando parte de un gran conglomerado humano, con nombre y apellido, muchas veces adquirido a través del coito. Por ese camino los esfuerzos de libertad adquirida para los esclavos eran ciertos pero se tropezaban con el impedimento económico, o sea la indemnización a los dueños por parte del Estado, para poder ser manumisos a los de origen africano, lo que por fin se llega a decretar mediante una ley especial refrendada por el llanero presidente José Gregorio Monagas del 24 de marzo de 1854, que dio luego muchos dolores de cabeza a las partes involucradas, porque el Estado carecía de dinero para liberar mediante compra a los dueños de tales venezolanos en sumisión, y por ende seguían en calidad de esclavos; o porque los exesclavos no querían abandonar a sus dueños o patrones ya que no tenían donde ir y menos de morar, quedando entonces en la vagancia sospechosa y deambulando por los campos como mendigos sin Dios y sin patria. Esta situación anómala continuó por mucho tiempo y solo su transcurso permitió a medias nivelar dicho problema que nos facilita hoy vivir como un pueblo mestizo de tres razas, con las mujeres más bellas, que permite tener siete misses universo y que por encima de tanta cantinflería barata que hoy abunda en nuestro medio seguimos avanzando, aunque con dos pasos adelante y uno hacia atrás, acaso por efecto del remordimiento.
            Cabe anotar a manera de reflexión última que en la actualidad por causa del efecto de enfoque todos de manera sibilina somos esclavos del medio en que vivimos, porque la esclavitud antigua desapareció en los principios del siglo XX y ahora nadie piensa en ser presa esclava de seres humanos, ya que eso es antieconómico (salvo casos anómalos como la prostitución, la droga y otros daños sociales). Porque debemos preguntarnos para plantear este dilema laberíntico: ¿Quién no es esclavo hoy de un salario, de una educación buena para sus hijos, de una vacación soñada en tiempo oportuno, de nadar, ir a la montaña, largarse hasta el Tibet o Timboctú, y hacer lo que le venga en gana, saboreando un whisky de 18 años, mientras desea ser esclavo de la moda, de tal perfume, de una corriente de pensar, de una idea loca que toca a la puerta o de sus conclusiones trasnochadas, y de la sarta de esclavitudes de que ahora está lleno el mundo. Piénselo para darse cuenta, según dicen en mi tierra los sumisos: “el mismo musiú con distinta cachimba”.  Dentro de lo absurdo aún todavía exclaman en Venezuela, como García Márquez vive para contarlo: ¡Viva Gadafi!, ¡Viva Fidel!, Viva Assad!, ¡Viva Mugabe!, ¡Viva Lukashenko!, ¡Viva Ahmadineyad”, Putin, Ortega, Evo, la Kirchner de Antonetti. ¡Caramba, es que todavía la esclavitud no ha terminado¡. Ni espera acabar porque de ella está colmada el mundo. Creo por tanto que usted hasta cierto punto puede estar de acuerdo conmigo. 

ramonurdaneta30@hotmail.com

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