lunes, 8 de junio de 2015

DE CÓMO FUI ESCRIBIENDO LO QUE ME DIO LA GANA.

Nostradamus.
 Amigos invisibles. Entrar en los detalles de la vida personal es cuestión verdaderamente compleja y acaso menos valedera para el interés colectivo, donde se unen aspectos como la cultura, la sindéresis, el sensacionalismo, y por qué no, hasta ciertos rasgos de eso que llaman locura, eso sí, bien entendida, para no cargar con la culpable paranoia, la esquizofrenia, la presunción, soberbia y otros males concomitantes,  aunque el soporte familiar de la primera juventud juega también en este escenario como para marcar distancias adecuando la visión hacia un mundo infinito, idílico o tétrico quizás,  donde abierto el telón de fondo siempre presente en el juego de la vida iremos por ese andar que nos señala el destino sin equivocaciones o despeñaderos. Ese quizás y buscando algún vínculo de interpretación hacia el mundo infantil con los ojos abiertos fui estirando los pasos que algunos románticos en desuso llaman pininos y otros menos sabidos catalogan de aprendizaje maternal, y con este bagaje encima me inicié atravesando senderos insospechados de una tierna infancia enaltecida donde aprendí a saber que era poeta, así no le gustara a los demás porque me sonaba discorde y sin sentido el descorrer de su canto, algo consustancial con las travesuras del pensamiento juvenil, y a veces tuve necesidad de apelar a la piedad en casos de verdadero espanto porque en el camino se encuentran escollos y escenas de brillantez no tan comunes donde debimos recurrir al señorío de las palabras que otros llaman fonemas para calmar  apetitos y ansiedades truncas aunque tranquilizando  a esos dueños de tantos gestos inermes, según lo prueban ciertos  ratos incongruentes como era previsible que debí soportar siendo en dos ocasiones  presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela para asumir la calma con frases cultas frente a distantes  ánimos incomprensibles de reputaciones consagradas, concepto que recuerdo escribiera con ácido sentido asaz retórico y para bien meditar nuestro ilustrado hombre de letras  Manuel Vicente Romero García.
Pues bien ahora asentado con cierta libertad e inspirándome por la meta interesante  de este trabajo explicativo sobre esa pirámide de sucesos extraños  que hacen historia hasta ahora, rodeado del nimbo de escritores y otros que aspiraban a serlo, en cuyo trasteo debí parecerme al coloso torero Manolete, fui posponiendo el tiempo en medio de tantas lecturas emergidas del pueblo de mi infancia, con sus fantasmas y creencias subliminales, para venir hasta Caracas a objeto de aposentar cargas ya definidas, entonces rodeado de papeles banales y lecturas dispersas  que fueron tranquilizando al espíritu de mi ser, mientras observaba viendo formar la yerba de los años en que se cimentó aquel ego naciente que para entonces y con otros deseos de mayor solidez querían ser de mejor amplitud con que abarcar más espacios de esos que pertenecen a nuestro planeta interior, porque para aquella estancia sugerida ya Caracas se me hizo angosta deseando asemejarme a Cristóbal Colón, mientras en esa temporada incierta pude conocer (apenas conocer) algunos señores de la pluma como el estrambótico aeda Rafael Olivares Figueroa un tanto fuera de sí y otros de aquella generación viernista de intelectuales ansiosos de tomar existencia. Con esos sentimientos todavía truncos por obra del medio en que viviera (la Caracas de los techos rojos) un día resplandeciente decidí armar viaje de casi ocho años de aprendizaje, para extasiarme con Europa y otros países de aquel mundo excitante, y en tanto que los europeos en masa viajaban rumbo a Venezuela ansiando la libertad estomacal, yo corría en sentido contrario rumbo a las fuentes de inspiración crítica, y como los hades del destino me protegían y aún son compañeros fieles en esta ya larga saga de enseñanzas, en agosto de 1951 me embarqué con el fin de fijar metas que eso lo harían la suerte y el entendimiento, rumbo a este mundo desconocido interior, en un viaje largo y soñado como de un mes errante con la luna, para visitar además  las Canarias y el Marruecos islámico en trasiego inolvidable y luego sentir el escozor ardiente de la tierra europea llena de fantasías, esperanzas, truenos y relámpagos, mientras sostengo agradables conversaciones del hotel Ritz en Barcelona de España con el gran pintor muralista caraqueño y ya anciano Tito Salas.  
Demás está decir que luego de Gaudí pensé entonces en el Museo del Prado y en esa catapulta de visiones que me atrajo Madrid, dentro de  este sendero relámpago de algunos ocho días para seguir con prisa rumbo a París al presionar los estudios universitarios a seguir y el habituarse a esa ciudad tan humana y querendona. Allí sí había una colonia  arraigada de venezolanos importantes, como el tildado hombre de letras embajador Alberto Zérega Fombona, eterno habitante del germanófilo Hotel Lutecia y primo de Rufino Blanco Fombona, el “guillo” Meneses, en funciones diplomáticas de la rue Copernic, y el inolvidable embajador Caracciolo Parra Pérez, uno de los más perspicuos historiadores venezolanos (su “Mariño” es todo un capo lavoro de objetividad, trabajo y enseñanza), a quien me unió cierta corta y fecunda amistad por lazos territoriales como de familia. Ya en el campo de las relaciones allí residían y estudiaban el amigo economista Iván Senior, después banquero de Caracas, el profesor Alcides López Orihuela, de mi grata afinidad por más de 50 años, el cinetista guayanés Jesús Soto, que entonces animaba tertulias musicales con su cuatro “amolao” en las noches parisinas de nuestra juventud, con aquellos recuerdos de Jean Paul Sartre (le vi sentado varias veces en el café Deux Magots), al tanto que quien esto pergeña repasaba algún texto económico de Jean Marchal o del sabio Mazeaud. También recuerdo en ese entonces la capacidad nemotécnica de Aristóteles Tovar, amigo de las buenas cervezas alsacianas, quien mediante  cierta  astucia  única e innata  de aprendizaje que tuvo, con  pocos días de lectura asimilaba todo el curso de un año de Medicina, y desde luego que salía aprobado en la materia, lo que me dio a pensar seriamente sobre  lo negativo de ese tipo de estudios de tal  época y que ahora con mayor rigor se cuestiona.
Conferencia de Urdaneta en la Universidad Salmantina y con Rectores. 
 De París pasé a Grenoble para proseguir mi formación de Derecho y Enseñanza Comercial (los dirigía el buen amigo profesor Roger Nerson), dejando así parte de mi corazón intelectual en aquella ciudad luz que era la cuna del mundo para entonces, donde desde luego hice buenas relaciones universitarias, entre ellas con algunos profesores. Es ocasión de señalar que aquí  en la soledad alpina pude concluir un pequeño libro que iba a ser el primero de la saga existencial y referido a mi pueblo matriz, o sea Trujillo, al que llamara según los parámetros intelectuales de entonces “Mecanismo a dos tiempos sobre Trujillo”, título que por cierto tanto complaciera a nuestro paisano y conocido novelista Adriano González León debido a su originalidad y sensatez. Gracias renuevo a la admirada amiga Cécile Crevel, por quien pudo salir este primer hijo de mis letras, en París. Durante las vacaciones largas del año siguiente (1953) y como lo había hecho el anterior, en que viajara  hacia el Norte de Europa (de Bélgica y Holanda por Dinamarca, el Báltico, Finlandia, Suecia y Noruega hacia arriba para conocer mundos y empaparme de su cultura (el 52 lo hice por el mar Mediterráneo rumbo a Estambul), esta vez me dirigí hacia una ciudad encantadora y a un pueblo que admiro por su  tesón y arte, al que visitara en segunda oportunidad (y así lo he hecho en cuatro o cinco momentos más) o sea a la inolvidable Viena (donde dicté una conferencia en la Cámara de Comercio), mientras en aquella ocasión permanecí un mes y fui invitado al Congreso de la Juventud que se reuniría en Bucarest, ciudad donde encontré al amigo abogado Ricardo Ernst, luego compañero de lides tribunalicias en Caracas. Y de vuelta a Viena y Grenoble, por una táctica que utilizo y explico en mi libro “50 veces yo” pude permanecer dos días a objeto de admirar la inolvidable Budapest y el lento paso por ella del cantado río Danubio, que por cierto nada de azul contiene, para retornar a Grenoble en medio de tantos conocimientos geohistóricos que entonces adquirí, por lo que siempre he viajado en ese sentido con un libro de cabecera inglés, estando de paso en la musical Salzburgo y luego en Zurich, para seguir al lago de Lausana y mi siempre querida y volteriana ciudad de Ginebra, mientras que en Zaragoza pronuncio otra conferencia  en el Instituto Cultural de Aragón y con añoranza reúno los bártulos universitarios para con ellos  trasladarme a Salamanca, la sabia, para proseguir los estudios emprendidos. Ya en ese ambiente un tanto clerical apadrinado por el general Franco, pero que en el fondo no colidía con nuestro pensamiento universitario, me di a la tarea de cultivar amistades lugareñas y entre las destacadas aparecieron nada menos que el príncipe Don Juan Carlos de Borbón, futuro Rey de España, según comento con detalles en mi libro “50 veces yo” (impreso por Federación Latinoamericana de  Sociedades de Escritores. Caracas, 1996. Miguel Ángel García e hijo, s.r.l.), texto que recomiendo  leerlo para bien conocer sobre esas peripecias que acontecieron en mi vida, hasta el año 2005. Otro entrañable amigo de aquellos tiempos universitarios fue don Julio López Oliván Capaz, con quien tuve mucha estimación recíproca y hasta en los pareceres por ser un hombre extrafronteras, que llegó a dirigir en calidad de Gerente General a la Línea aérea Iberia, entre las más importantes del mundo y quien murió relativamente joven. Como tercer amigo de verdad que adquirí en aquella tierra altiva llena de recuerdos históricos viene a la mente don Luis García Arias, catedrático de Derecho Internacional y Presidente de varias Sociedades Internacionales sobre esta ciencia, que luego las ejerció con méritos indiscutibles demostrados en tal función académica, siendo vicerrector de la Universidad de Madrid y a quien aludo además por esa hermosa  epístola que conmigo enviara a su colega internacionalista Ramírez de Arellano, de igual académica función en la reconocida Universidad de Salamanca, donde  se refirió a mi persona de la mejor manera y cuyos conceptos expresivos guardo con el mayor cariño entre papeles escogidos del archivo particular. Otros amigos universitarios que recuerdo de aquella pasantía zaragozana fueron el compañero de aulas conde de Roncali, familiar del entonces papa reinante por viejos matrimonios cruzados, el discursivo Mariano Sanz Fuertes, los Domingo, españoles que habían vuelto desde Venezuela a su terruño, un paisano merideño de apellido Maldonado  que allí estudiaba ciencias exactas o algo por el estilo, el economista José María Alcántara, venido de Madrid para cursar estudios de Derecho, casado luego con una venezolana, y finalmente el trujillano Jesús Mazzey Berti,  quien bajo mi consejo vino del Madrid bullanguero y lleno de venezolanos a continuar la carrera de Medicina bajo el sagrado manto de la Vírgen del Pilar, donde se graduó.
Escudo de la Universidad de Salamanca.
 Pero en cuanto a  mí se  refiere voy a contar la historia a grandes rasgos del periplo español que me tocó vivir en aquel tiempo cuando el nativo de Venezuela era bien estimado, de donde como se comprenderá y dada mi inclinación intelectual con el ansia de escudriñar en papeles antiguos me di a la tarea de recorrer por casi toda España en los momentos oportunos o en tiempos de vacaciones, como lo había hecho también en Francia, Alemania y en buena parte de la Europa visitable (después la anduve como invitado de honor en varias oportunidades, siendo Presidente de los Escritores de Venezuela).  Así fue con el propio Aragón, Andalucía, Cataluña, Baleares, ambas Castillas, país Vasco, Asturias, Navarra y paro en el recuerdo, aunque tomé especial empeño para conocer a conciencia la región extremeña, tan unida a nuestra América en sus pueblos y aldeas, en lo que tuve como acompañante espiritual  y preparador a don Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros y de San Miguel, propietario del Palacio de Ovando, quien puso especial empeño en que yo me entrevistara con Don Manuel Falcó, Duque de Montellano y Asistente de Don Juan de Borbón, padre éste del futuro Don Juan Carlos, Rey de España, hecho ocurrido una tarde llena de historias y de anécdotas  en su palacio de Plasencia. Por esos contactos  de importancia histórica pude visitar a Cáceres, donde dicté una conferencia en el Ayuntamiento que fue impresa en folleto, como la siguió otra en el Trujillo extremeño, y lo mismo hice en la Universidad de Salamanca con el rector presente y en el salmantino Colegio Universitario Hernán Cortés, con asistencia de la colonia universitaria venezolana (más de cien estudiantes) y de las autoridades correspondientes. De otra forma en España mantuve una vida agitada, cuando no permanecí fuera del país, como ocurrió en un segundo viaje a Londres e Irlanda para indagar sobre el filibustero Francisco Granmont en la Biblioteca del Museo  Británico y como lo había hecho en París en la Biblioteca Nacional (Período de México, colección Goupil) y en el Museo de la Marina, en París, también investigando sobre Granmont.  En mis diversos viajes a Madrid tuve ocasión de permanecer una tarde algo fría (por ello bebimos del buen cognac)  y en su piso de Río Rosas, con el  excelente escritor erudito y gallego de variedades y temas por demás atrayentes que como “La familia de Pascual Duarte” o “La Colmena” y sus tremenduras  o salidas esperpénticas (de otro gallego y tocayo ilustre entonces jugando con el idioma cervantino a pesar de las reticencias y envidias consustanciales (por ejemplo dijo “como me da la gana”) talante que le valiera ser el mejor escritor de su tiempo (acaso por ello apenas le retuvieron el curul académico una buena temporada), mientras recordábamos los meandros escriturales  sobre su famosa novela estrafalaria “La catira”,  como oscuro remedar de aquella  Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, pagándole treinta mil dólares por escribir ese hibrido de feria nacido muerto, el dictador venezolano Pérez Jiménez.   En Madrid también asistí a peñas literarias como la de calle Serrano frente a Cibeles (Café El León),donde charlara con el grueso José María de Cossio, o sea el mejor cronista conocedor de los buenos toros de lidia y quien por cierto allí no se expresó bien de nuestro César Girón (“es un aficionado y atrevido con suerte, pero no artista”), y ya en el terreno de los escritores en un sobrio café de la Puerta del Sol me encontraba con el buen amigo Ángel Grisanti, carupanero y andariego sobre la vida de Bolívar,  personaje serio que durante años visitó los pasos por ciudades  del caraqueño libertador escribiendo sobre tantas interioridades de nuestro valioso hombre, lo que por cierto le trajo animadversión en este sentido con dos intocables historiadores caraqueños  de la época (Lecuna y Mendoza) y por cuyo motivo nunca fue designado Individuo de Número de nuestra Academia de la Historia, como bien lo merecía. A través de sus cuitas y entendimiento pude conocer detalles de esa intimidad tan estrecha, como fue entonces, por ejemplo, el plagio absoluto que de un trabajo inédito tuvo la historiadora falconiana Casta J. Riera, al prestar su  libro recién terminado a cierto trepador en estas lides (pronto ganó fortuna con una imprenta que adquiriera) y quien poco después lo editara como obra de su autoría, detalle que fue bien conocido en los conciliábulos  capitalinos de entonces. En Madrid igualmente visité con gusto y amplitud a mi paisano y admirado escritor académico don Mario Briceño Iragorry, allí exiliado por la dictadura que llega a aporrearlo a la salida de una iglesia dominguera, con quien mantuve gratísimos ratos de charla familiar e intelectual. Otro tanto hice con el escritor José Fabbiani Ruiz, quien en compañía de su esposa pasaba cierta  temporada de estudios en Madrid y al que invité para pronunciar una conferencia en Salamanca, apoyado en ello por la colonia estudiantil nuestra allí radicada. Por esos días de mi parte  intervine disertando en una exposición de libros venezolanos que se presentara en la Biblioteca de la Universidad  salmantina (abril de 1957), con la presencia del Decano de Derecho Esteban Madruga (en la foto de este trabajo se halla situado bajo la bandera de Venezuela) y varias altas autoridades rectorales de la famosa octocentenaria universidad (entre las primeras casas de estudio a nivel mundial). Otro tanto de los agasajos lo haría con el académico de la Historia don Jesús Antonio Cova, congresista en Caracas quien estuvo de corta permanencia en Madrid, cuando nos reunimos a cenar en la casa palacete del conde de Canilleros.  Y así lo hice también en otras ocasiones con los poetas Ramón Sosa Montes de Oca y Juan Manuel González.
Día de Grado Universitario. (Enero - 1958)
 En Madrid me di igualmente a publicar algunos de  los libros del repertorio personal, que espero ustedes conocen (en este momento recuerdo que el poemario “Caracas, soledad”, con prólogo del académico de la Lengua Pedro Pablo Barnola, s.j.  (no ha mucho lo vi ofrecer en venta mediante  ese medio de internet, en París, por la suma de 81 euros cada ejemplar). En este afán divulgador salen a la luz   “Europa prolífica”, al cuidado de mi amigo y conocido poeta malagueño José Luis Cano (cofundador de la revista Ínsula), la biografía de Diego García de Paredes, bajo el sello editorial  “Librería Victoriano Suárez”, ubicada en la calle Preciados, de casi centenaria prosapia en estas lides;  Aportación trujillana al pensamiento en Venezuela, escrita en Salamanca cerca de la amistad del conservador y custodio de los libros de Unamuno, mi amigo don Manuel García Blanco, curador oficial unamuniano. Bueno, no voy a incomodarlos a ustedes, apreciados amigos, sobre mi larga obra  escrita en estos tiempos (poesía, historia, como también el libro editado por la caraqueña Universidad Andrés Bello sobre el valioso filósofo Alonso Briceño (1973), la “Vida y pasión de Juan Pacheco Maldonado” (1977) o “El pensamiento histórico venezolano”, que se llevó una  larga página del diario caraqueño El Nacional,  un “Discurso Barroco”,  referido a mi salutación para los Delegados al Congreso Internacional de Escritores  que realizara en la Casa de Bello, con 17 invitados extranjeros, el irreverente libro “La verdadera historia de los trece apóstoles”, que editó  Marymar de Buenos Aires, presentado este trabajo en la Feria Internacional de Francfort, en l982; los “Cantos asiáticos”, inspiración poética que escribiera luego de un viaje extendido en Asia (Colección AEV, 1985), y después entré en una etapa más dedicada al tema de la Historia, como fueron “Veinte crímenes inolvidables” (Panapo), “Los Presidentes” (de Venezuela, en cinco tomos ilustrados,  salidos de  la conocida Editorial Fuentes; la novela “El Laberinto loco”, prologada por Joao Fagundes de Menezes, Presidente de la Unión Brasilera de Escritores (Planeta, 1991), el “Diccionario General de los Indios cuicas”, único en su género, el “Diccionario de Historia de Venezuela” de la Fundación Polar (contiene algunos cuarenta trabajos encargados a mí), el estudio crítico al “Canto a España” del reconocido poeta Andrés Eloy Blanco, la novela “Adán y Eva se odiaban”, el trabajo inspirado en Nostradamus rotulado  “El libro de las profecías”, cinco pequeños textos de colección publicados por editorial Panapo, de Caracas, la novela ambientada en Nueva York y de fuente política “Una torta para cuatro gatos”, el libro histórico que me costó viajar por siete países, intitulado “Marco y retrato de Granmont. Francia y el Caribe en el siglo XVII” (luego presentado mediante acto especial  por quien esto escribe en nuestra Embajada en París, en abril de 1.999), editado por el Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Universidad Simón Bolívar, y un trabajo singular por demás conocido, con cinco ediciones encima, que se intitula “Los amores de Simón Bolívar”, personaje histórico a quien dedico muchos artículos definitorios y esclarecedores en este blog y fuera de él, por ser personaje universal y de aristas que poco se entienden (estos ensayos bolivarianos saldrán algún día a la luz con el título “La otra cara de Bolívar”). Además en aquel tiempo y mediante 28 capítulos escribí la novela de terror “Doctor Knoche. El vampiro de Galipán”, sobre los alemanes en Venezuela, que mantengo inédita pero lista para publicar. Como repito, la producción en este campo fue bastante copiosa, aunque eso sería materia de una investigación laboriosa y de amantes de tales trabajos intelectuales.
Y como lo dije sopesando el título de este trabajo, siguiendo además los pensares de Cela, sin detenerse en detalles de construcción “porque me dio la gana”, que yo le agrego la real, de regreso al campo universitario de Salamanca diré que allí permanecí quince meses cual un cartujo enfrascado en los estudios de atención por lo complejo para entender al procesalista Gordillo García y sus disputas teóricas germanas, donde estudiara analizando los detalles con auxiliar de cátedra (Francisco Hernández de Pablo) temas realmente para poner atención, como también se hacía con el internacionalista Ramírez de Arellano, a quien el mundillo académico le llamaba jocoso “Peón de ajedrez”. Y sálvase de estos pormenores angustiosos las estupendas conferencias que dictara en aula el ex ministro de Educación recién venido de Madríd  Joaquin Ruiz Giménez, quien con su palabra diáfana, acogedora,  hacía pronto llenar el aula de tantos interesados en la materia universitaria y en especial sobre Giorgio del Vecchio.    Pero una vez de vuelta a casa, a la todavía ciudad de los techos rojos caraqueña, tuve que apurar el paso para ponerme al tanto en muchas áreas de actividad donde debía incrementar  esfuerzos a objeto de insurgir sobre la existencia y el vacío que restaba con un mundo dejado atrás y al que conocía bastante bien, valga decirlo así, sin aspavientos, para inclinar la balanza de nuestro ya entrado viaje en la era del desarrollo  con ese maná que es el petróleo, al tanto de acceder en las tareas legales y para refrescar el pensamiento en otras lides que entonces me preocuparon. Entre las funciones de amistades a reponer y penetrar en el ejercicio de la profesión universitaria formé parte como directivo del Hogar Americano de Caracas, institución cultural complementaria de la existente en Madrid, que funcionaba en una mansión del Country Club incautada a un hermano del expresidente Pérez Jiménez y de donde en la transición política vivida que recuerde entonces desaparecieron bellos cuadros al óleo, entre ellos algunos del exquisito cordobés Julio Romero de Torres. Igualmente y durante cuatro años fui Presidente del Instituto Venezolano de Cultura Hispánica, que hizo una magnífica labor en ese campo cultural, como la traída a Caracas de intelectuales españoles y la erección de una estatua para la reina Isabel La Católica, que está en la Plaza La Castellana, por cuya gestión finalmente realizada debí viajar a Madrid con este fin específico.  Esa atracción intelectual me hizo acercar a la Asociación de Escritores de Venezuela  (Venezolanos, entonces) fundada  en 1936, donde fui presentado para mi membresía por el escritor trujillano Ángel Mancera Galetti, con aceptación del poeta presidente José Ramón Medina. Allí pude conocer y escuchar la voz del gran novelista americano William Faulkner, bajo de tamaño, imponente, de recatada presencia sureña y premio Nobel de Literatura. Por esos años de actividad intelectual al tiempo que viajé a través de varios continentes recibiendo diversos premios, placas y condecoraciones internacionales, fui colaborador permanente del diario caraqueño El Universal, con algunas cien entregas, y de la conocida revista semanal Estampas (por cierto mi primer trabajo intelectual publicado fue en la revista Élite, del editor Juan de Guruceaga, en 1948),  donde trabajé por pocos meses, tiempo en que escribí un libro de cuentos aún engavetado que llamara “Aleuzenev”. Muchos años después volví a ser colaborador semanal de esta revista Élite, cuando la dirigía el periodista Rafael del Naranco, tiempo en que escribí algunos cincuenta trabajos de carácter histórico bajo el recuerdo cervantino de “Metamorfoseos”, bellamente ilustrados y que podrán formar un nuevo libro a llamarse, como es mi deseo, “Territorio de paso”.  En el entretiempo de toda esta actividad que abarca ya más de seis décadas y que daría pié a muchos más libros, fui designado primer Presidente del Instituto de Previsión Social del Escritor, donde junto a cinco directivos acompañantes en dos años de trabajo hicimos una labor reconocida que se disfruta mejor leyendo mi obra “50 veces yo” y que dio ocasión para que un grupo selecto de dicho gremio, encabezado por el catedrático Manuel Vicente Magallanes y los académicos Gabriel Briceño Romero y Tomás Carrillo Batalla, se empeñaran en que yo fuese el nuevo Presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela, como así lo ocurriera, mientras nuestro equipo triunfante por límpidos comicios desarrolló un trabajo excepcional (ampliación de oficinas, reparación del inmueble, despacho de Flasoes (Federación Latinoamericana de Sociedades de Escritores), despacho del Presidente, sala de la Directiva, Archivo, depósito, secretaría, restaurant, galería de expresidentes, pequeña impresora, boletín mensual informativo, un Congreso Internacional  y tantos otros aportes que se hicieron en los cuatro años por reelección, de nuestro mandato.

 Como era de esperar en aquel tiempo publiqué cinco poemarios (Poesía, De este lado del mundo, Caracas, soledad, Cantos asiáticos, Europa prolífica, aunque Cantos vitales anda escrito a medias) y otros inesperados libros cuyos nombres usted podrá encontrar a base de una fácil investigación, en el interregno siendo invitado a congresos internacionales y por sociedades de escritores diversas (Chile, Brasil, Colombia, República Dominicana (dos veces), Cuba (tres veces), España, Guatemala, Honduras, Yugoslavia, Unión Soviética, Kazastán, Bulgaria (tres veces), Rumania, Checoslovaquia, Siria, Irak (tres veces)  etc, etc.), y así lo digo porque de entrar en detalles sería motivo de otro largo trabajo. En Caracas recibí muchas delegaciones importantes de escritores en visita y viajé a países orientales donde disertara sobre Venezuela en la Universidad de Tokio, Universidad de Manila (por intermedio de nuestro embajador en Australia, doctor Arcaya), y no lo hice en Hong Kong por una gripe fuerte que tenía. Así como pude concluir la novela “Doctor Knoche. El vampiro de Galipán”, según lo he dicho,  también di a la imprenta “Si el papa fuera mujer” (tiempo en que falleciera Juan Pablo II) sobre la papisa Juana, la colección comprometida con Panapo, el nutrido y esclarecedor trabajo “Historia oculta de  Venezuela” (Caracas, 2007, con 2.607 notas ilustrativas), y las novelas “Adán y Eva se odiaban”, como también ese texto de sortilegios que intitulé “El libro de las profecías”, según lo aconsejara mi admirado criptólogo y elusivo Nostradamus.  Luego fue publicado por la Academia de la Historia de Caracas el trabajo “Los 42 firmantes del Acta de Independencia”. El último de esta saga vino a ser, que yo recuerde o sepa, “El laberinto loco”, editado como expresara por la conocida casa Editorial Planeta, en Colombia, y una conferencia literaria que pronuncié en la bogotana Universidad de América en tiempos del embajador Numa Quevedo..
Bueno, y como todo termina para bien o para regular, espero que ustedes se hayan divertido con este historial de mis espacios cerebrales recordando  con premura esos misterios insondables y tan lejanos que no son completos porque necesitaría apelar de mis archivos y otras materias filosóficas a tener en cuenta, pues con el auxilio del  valioso internet y el encarecimiento de los costos editoriales para mayor seguridad debí lanzarme al uso permanente de mi blog “Venezuela y el mundo” (ramonurdaneta30@hotmail.com), que  ustedes ahora utilizan y porque quise en la esencia o me dio la gana (gracias, maestro Camilo) tan bien me ha ido en este campo de  lectores que ya sobrepasan los 400.000 visitantes, pues de otra manera  hubiera satisfecho al editor con pingues ganancias y para mí  con esmirriados proventos, como ocurre en casos señalados. Por eso agradezco al creador de este maravilloso medio de comunicación que enseña a bien  para el estudio de los que llaman irreductibles, sin dar el brazo a torcer y  mejorando al tiempo la atención de los cegatos con el estribillo romerogarciano de las reputaciones consagradas o las nulidades engreídas de que, repito, tanto añoraba nuestro pensador valenciano Romero García. ¡Ah!, y se me olvidada decirles  que tengo por libro de cabecera al admirado aragonés Baltasar Gracián (“El político Fernando”), en edición bonaerense de América lee (1944) que les recomiendo), quien por siempre me ha limpiado el aura o  la estela de la fortuna contra los ensalmos, el vudú, la santería, mal de ojo y los infortunios consabidos. Buenas noches, o días, según donde usted amable amigo permanezca.

El Inolvidable Miguel de Unamuno.
 Post scriptum. Como complemento a este recuento ligero de mi trabajo en los campos manchegos para completar algo de lo iniciado quiero agregar en síntesis algunos de ellos que se quedaban sueltos y sin atar. Libros no publicados: Los gatos de la guerra (espionaje), y Cinco maneras de entender (entregado para ello a la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela). Publicación de algunos 200 artículos en periódicos y revistas. Conferencias: cerca de sesenta (Viena, Zaragoza, etc). Congresos: Bogotá, Santo Domingo, Sevilla, Guatemala, La Habana, Belgrado, París, Bucarest, Sofía, Damasco, Caracas, Bagdad, etc.  Actuaciones culturales específicas: 35 (agradecido aún estoy por el hermoso homenaje conjunto que me hiciera la Universidad de los Andes con ocasión de mis ochenta deliciosos años (18-4-2012), a sala plena con autoridades universitarias, discursos alusivos y documental incluido). Invitaciones oficiales al extranjero: 38 (presidí una sesión de más de 400 escritores internacionales allí reunidos en Sofía). Condecoraciones: 20 Chile, Bulgaria (1.300 años), del Libertador, Andrés Bello, Lucila Palacios, Cecilio Acosta, Isabel La Católica, al Trabajo, Cruz Roja Internacional (Auguste Pinaud), AEV, Cruz Policial (Primera Clase, siendo autor del himno de esa institución, la P.T.J.), Rubén Darío, Cultura Hispánica, URSS, Diego de Losada, Francisco de Miranda, Superior de Bulgaria, etc.  Otras actuaciones en materia cultural: 15. Presentación de libros: 25. Soy además Presidente de la Fundación General de Nogales Méndez (me referí al personaje en sesión especial de la Academia de la Historia (5-2-003) y en discurso en la Academia Militar(30-11-04), Presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Escritores (Flasoes) y Vicepresidente del Centro Internacional de la Paz (CIPAZ), Decano fundador del Centro de Historia del Estado Trujillo, y entre los libros que ahora recuerdo también están “Las verdades y la Historia”, “Vida y pasión de Juan Pacheco  Maldonado”, “La visión interior” y “El sentido de la tradición” (Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1966). Personalidades amigas: Embajadores Enrique Domínguez Passier (España), Héctor Hidalgo Solá (Argentina, ajusticiado por la dictadura argentina de entonces, Hernán Cárcamo Tercero (Honduras), el intelectual y político Otto Morales Benítez (Colombia) Kiril Kirilov (Bulgaria, actual embajador en Argentina), y Slabomir Gueorguiev (embajador decedido en Caracas).  Moshem Al Musawi, de Irak, profesor en la Universidad de Columbia, Jorge Luis Borges, Eugenio Evtuchenko (Rusia), académico Raúl Guerra Garrido (España), académico Víctor Villegas (República Dominicana), académico Oscar Echeverry Mejía (Colombia), Arturo Alape (Colombia), Leubomir Letchev (Bulgaria), embajador Sattar al Douri (Irak), etc. Personas conocidas: Jorge Amado, Ernesto Cardenal, Don Pedro IV de Brasil, aspirante a la corona real de Braganza, Don Alfonso de Borbón (aspirante al trono de España por la corriente carlista), William Faulkner, Juan Bosch, Marco Antonio Ordóñez, etc, y mi excelente amigo embajador y catedrático Kaldone G. Nweihed. Hasta pronto, apreciados lectores. Y gracias por haberme cumplimentado el 1° de junio al poder arribar al  blog 164, con 400.000 visitantes y ya en vísperas de cumplir el humilde escribidor la friolera de 83 años de edad. Merci otra vez.

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