martes, 27 de mayo de 2014

UN VERDADERO Y GRAVE ENIGMA HISTÓRICO.


     
Escudo de Colombia 1820.
   
Amigos invisibles. Como en los buenos cuentos de hadas no vanos a caernos con especulaciones atípicas en la maraña que ahora pienso desenredar, porque es suficiente que casi con el paso de dos siglos, nada menos, que yo conozca nadie haya osado inmiscuirse en este laberinto del porqué aún a estos tiempos calendarios alguien con sentido de estudio hubiera analizado a fondo algo imprescindible en el conocimiento del desarrollo histórico americano, o sea todo lo concerniente a la famosa Semana Diplomática que tuvo su asiento en la ciudad venezolana de Trujillo, y donde con toda seguridad y por las evidencias que se desprenden de lo acontecido sin tener que utilizar los servicios de la sibila de Delfos, de sus discusiones sensatas y estrictamente elaboradas bajo un canon dispuesto se desprende que aquel acontecimiento  por demás importante en esencia iba a enterrar  cuatro siglos de historia compartida donde la perdidosa no por incompetencia sino por agotamiento el destino señaló a España, que ya venía cargando malestares siniestros desde los tiempos de la Armada Invencible y ahora los redoblaba con esa joya de la corona que era la América hispana, auge y caída de esa potencia colonial que con esfuerzo conocido dominara el mundo de los intereses políticos y sociales por muchas décadas de liderazgo y fuerte dirección.

     
Escudo de España 1820.
      
El problema pues, para plantearse arranca precisamente desde cuando convienen y supongo a base de discusiones de calidad y fundamentos válidos, a sentarse juntos en la mesa del posible entendimiento para salir de un lío mayúsculo por el lado de los llamados patriotas o facciosos (“facinerosos”) insurgentes, como los tildaban los monárquicos españoles, frente a frente en la mesa de la cordialidad y la elegancia diplomática para iniciar una larga discusión  que incluso en horas nocturnas  en juego de palabras y de tesis debatidas abarcara toda una semana de noviembre de 1820, realizado este esfuerzo encomiástico en la ciudad serrana de Trujillo de Venezuela, cuando en un verdadero desafío a la historia universal el gran poder que aún detenta la España del non plus ultra, entre seis eminentes personalidades escogidas para tal fin inician un parlamento discutido hasta con posiciones antagónicas en que de antemano llevaba la parte perdidosa la orgullosa flor de lis borbónica, pero que con tranquilidad y sin aspavientos de tribuna los que conformaban aquel congreso histórico con honor debían enterrar al león ibero en sus pretensiones americanas de mando y al tiempo de proceder a la creación de un nuevo estatus libertario para aquellas provincias ultramarinas españolas que así lo requerían mediante una cruenta guerra total llevada ya por años en que según sabemos con las declaraciones finales de la contienda verbal España iba con las de perder, porque no tenía otra opción a escoger, dando por supuesto la entrada al mundo de la igualdad a todas sus colonias que le dieron honor, gloria y riqueza durante cuatro siglos  en el contexto de la historia de las grandes naciones, en este caso imperios. Porque lo realizado en Trujillo trasciende de una manera frontal en el escenario de los pueblos, por cuanto a este congreso asisten altos comisionados por la parte monárquica como fueron don Ramón Correa de Guevara, quien encabeza la delegación, del aprecio de Bolívar por múltiples circunstancias y con una carrera militar pundonorosa desde el inicio de la guerra pendiente; el noble don Juan Rodríguez del Toro, Primer Alcalde Constitucional de Caracas, pariente de Simón Bolívar y de su finada esposa, e igualmente el asturiano emprendedor don Francisco González de Linares, caballero de empresas, reconocido admirador de la monarquía, propulsor  de la llamada conspiración realista de 1808, en Caracas, defensora por tanto de los derechos del Rey y persona solvente en su integridad y cultura. Los comisionados de la parte colombiana a su vez fueron el general de brigada Antonio José de Sucre, quien se inicia con maestría en el ejercicio de la diplomacia internacional, ilustre militar que llega a mariscal en el campo de Ayacucho, cumanés  ilustre cuya familia perece en la sangrienta guerra llevada a cabo, y de la absoluta confianza de Bolívar quien acompaña sin fatiga al Libertador hasta en las encumbradas nieves bolivianas. El segundo comisionado de la parte patriota fue el coronel Padro Briceño Méndez, culto e instruido barinés, emparentado por lo Briceño con Bolívar, quien ya había sido su Ministro de Estado cuando en Trujillo refrenda en l813 el llamado Decreto de Guerra a Muerte suscrito por Bolívar y quien igualmente acompañara en la larga guerra independentista al Libertador hasta en las llamadas Campañas del Sur.   

    
Su Excelencia El Libertador. 
       
 Como sabemos estos seis comisionados de categoría, todos con carácter de plenipotenciarios, es decir, “con plenos poderes para resolver los asuntos” a su leal saber y entender, es decir que sus decisiones tomadas en conjunto y debidamente sometidas a votación, automáticamente tenían carácter de ley y comprometían en lo adelante a las partes en conflicto, es decir que tanto el re8ino de España como la república de Colombia debían acatar sus resultados y en eso sí eran entonces exactos porque entonces no existían celulares ni otros medios de comunicación rápidos para mensajes, de donde la función de la plenipotencia valía en un cien por ciento. Desde luego que para iniciar  estas conversaciones formales y sus consecuencias  respectivas en el edificio de la Plaza Mayor habilitado para ello debieron prepararse de manera prolija y con el acuerdo de las partes al menos dos salones separados donde constituyeron  los delegados con funcionaros dispuestos a la labor de secretaría, engorrosa en aquel entonces, para así desde un principio preparar la diaria agenda a discutir, mientras cada grupo de plenipotentes cruzaban ideas y decisiones de cada parte que se debían llevar a la mesa del diálogo para ser aprobados o improbados, de acuerdo con las decisiones a tomar, tema por tema y artículo por artículo, con votos emitidos, en cuanto fuere necesario, lo que una vez escrito en buena mano y hecho como documentos principales en dos copias exactas a un mismo tenor y efecto, debían presentarse a la mesa de la plenipotencia para ser firmados y canjeados dichos escritos, a la espera de la resolución final. Es por ello que dentro de la diligencia necesaria cada grupo participante debió trabajar durante una semana hasta en horas de la noche (10 pm. o más tarde), como se sabe, para tener al día la documentación necesaria y aprobada, que se iba recopilando a fin de obtener resultados en la decisión final, que como sabemos fueron dos documentos, cada uno de gran importancia en los anales de la diplomacia americana y también de la regularización de la guerra que ya atemperada aún se mantenía cruel y salvaje. Sea necesario recordar, y aquí estampo algo importante que en los prolegómenos necesarios para llevar a cabo este encuentro fundamental, entre las misivas cruzadas por Bolívar y el valeroso conde de Cartagena, alguna monárquica pudo salirse del cauce, lo que enfurece al caraqueño y responde de manera agria agregando que primero se irían los españoles de América antes de él aceptar una condición previa y solapada hecha a solicitud de la parte peninsular, lo que se conoce por las cartas existentes al respecto, todo ello en base a que el Libertador entonces bien conocía la situación de penuria  en que andaba el ejército español y porque Morillo que todavía un año antes se jactaba de ganar la guerra, en cambio ahora el caraqueño se sentía seguro de ganarla.   

    
Marqués De La Puerta.
Pablo Morillo.
       
Todo en el fondo de esta semana diplomática se llevó a cabo bajo un cronograma discutido y aprobado  por las partes, salvo en el tercer día de la discusión que por lo que se desprende fue dura, con argumentos rebatibles y sin dar el brazo a torcer por cada grupo plenipotente, lo que en la tozudez llegó al extremo de sacar de quicio al grupo español por lo radical de la postura patriota, que estuvo a punto de romperse por falta de entendimiento estas conversaciones, cuando los hispanos ya estaban dispuestos a salir de Trujillo rumbo al cuartel general de Morillo establecido en Carache, aunque desconocemos, por no aparecer documentos sustentables al respecto, que deben reflejarse en la correspondiente Acta de trabajo y discusión de ese día, y lo que a última hora pudo salvarse del desastre por obra de la capacidad persuasiva del general Sucre que con su valimiento y sosiego bajando acaso un  poco la presión de lo solicitado por el bando patriota pudo llegarse a un avenimiento de las partes plenipotentes. Otro caso ocurrió al final positivo de estas conversaciones, cuando el grupo que representa a Colombia y a Bolívar desde luego, emnsistía en cambiar los límites acordados en cuanto a la división territorial para mantener el cese al fuego y el poder de cada parte en conflicto, en lo que al fin aceptó la delegación colombiana en no insistir sobre el pretendido pase a su favor de la provincia de Barinas y otras zonas llaneras, con lo que pudo finiquitarse y con buen rumbo la clausura de las convedrsdaciones y los tratados consiguientes que se elaboraron para la firma entre las partes interesadas, de todo cuyo capital político y con fundamento primordial en base a lo acordado que tiene fundamento de ley derante esa larga semana diplomática sin ninguna duda de mi parte y en base a los conocimientos que he tenido a lo largo de los años han debido levantarse actas que dieran fe a posteriori de todo lo acordado, sin considerar aquello como un conciliábulo de masones por el interés oficial y presumido de ambas partes, una de acvabar esa guerra sangrante que los ojos de Fernando VII lo twenía exhausto y sin saber qué hacer, y de la otra paerte de pronyo ganar la guerra, según bien lo tenía calculado el libertador Simón Bolívar.  

Mariscal Antonio José de Sucre.
Aquí aparece el verdadero enigma de este escrito, si bien hubo cierto secreto aunque a voces sobre lo que seis plenipotenciarios producían para el cambio político de América y sin que ni Morillo ni Bolívar se entrometieron en ello, guardando las distancias protocolares y los reglamentos marciales, no es menos cierto  que de manera diaria sobre lo convenido a diario por vías oficiales de suma rapidez terrestre, de ambas partes emanaban despachos contentivos de esos avances de tales conversaciones apremiantes, por lo que con prontitud necesaria y por esperarse tales avances ocurridos, correos especiales de información salían de la parte patriota hacia la capital de Colombia, o Santa Fé para informar al Vicepresidente Santander, como de igual manera iba correspondencia oficial al general Carlos Soublette hasta Angostura, encargado del Departamento de Venezuela, en la llamada república de Colombia, y también a otros personajes vinculados al asunto con residencia en Caracas, como con más paciencia y en base a los acuerdos y actas de este fundamental primer encuentro diplomático para el porvenir de las provincias españolas en América ya en vías de ser repúblicas autónomas, la secretaría de Estado que conduce Bolívar envía también esa correspondencia con detalles sobre todo a las provincias del Sur americano, ansiosas de esperar esas noticias, pior lo que con rapidez todo lo ocurrido en Trujillo y sus secuelas, que mediante los serios debates ocurridos, porque aquello no era juego de niños, reposan debidamente en documentos de la época, de lo cual por razones desconocidas y no por obra de terremotos, de asaltantes de caminos, porque fueron muchos y del conflicto en marcha que por cierto estaba en suspensión de hostilidades, deben existir esos documentos de base, firmados y refrendados, que considero dispersos por causas no aclaradas, siendo todavía extraño con la capacidad de los archivos actuales que nadie haya hecho seria incursión en tales documentos magistrales y de sobrada importancia, como ya lo he dicho.      

Entrevista de Bolívar y Morillo.
Por manera que (aquí record office etc) no queda otro camino que comenzar a visitar de una u otra manera los lugares oficiales o archivos y bibliotecas donde pueden existir algunos de esos documentos, para estudiarlos entre sí de lo que nunca hablaron o supieron en un silencio cómplice historiadores de la talla reverente e icónica como Mario Briceño Iragorry, Vicente Lecuna y Cristóbal L. Mendoza, porque de alguna manera debe saberse a ciencia cierta lo ocurrido con ese silencio sepulcral tan enigmático, que puede suscitar a muchas interrogaciones por esclarecer lo ocurrido de su secreto misterioso u omisión genérica y más cuando con rapidez se acercan los 200 años de su firma en la ciudad de Trujillo, que deben conmemorarse como bien corresponde. Por consiguiente no queda otra manera que proceder en consecuencia.

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