jueves, 27 de septiembre de 2012

BOBES SI, BOVES NO: UN VERDANERO ENIGMA HISTÓRICO



            Amigos invisibles: Uno de los mayores problemas que puede presentarse a un escritor e historiador en este caso es el temible dilema de la duda, porque en base a dicho supuesto intangible parece que no se tiene para dónde coger, dado que la duda crea suspicacia y ese sentimiento humano tanto acicatea como para no dejar tranquilo a quien lo padece, porque razones valederas o no hay de uno y otro costado de la balanza que sin  inclinarla mantienen sin repuesta pronta al enigma que se aspira descifrar y si se quiere descubrir, con la intención de arrimarse a un puerto seguro para de esta forma certera obtener posibles conclusiones. De manera sagaz diremos que la incertidumbre es perversa en cuanto al tema porque no permite aclarar ciertas facetas que parecen encontrar sustento en cuanto a la personalidad psicológica de un hombre para así discernir que pisa sobre suelo cierto al momento de referirse sobre cualquier personaje de nuestra agitada historia nacional y con mayor razón a ese tiempo tan estéril y  bañado de sangre que se asimila a nuestra  Guerra a  Muerte, período 
Domingo de Monteverde
 de la  Independencia  creativa  que  soltó las  amarras del  desengaño desde cuando el canario  marino Domingo de Monteverde por situaciones improvisadas y frente al desconcierto e ineptitud del marqués Francisco Rodríguez del Toro, dio comienzo a dicho holocausto humano con el empuje a tientas que lo lleva hasta el confín de Siquisique y que da inicio a la fratricida contienda de más de diez años de duración que entre otros malestares inolvidables y sin crecimiento poblacional en un país despoblado inmoló a más de doscientas mil almas inocentes, si se quiere, o sea la cuarta parte de sus habitantes, dejando al territorio en ruinas visibles y con tremendos traumas humanos por casi un siglo de existencia.

            No creo que con el tiempo presente tan atiborrado de nubes vayamos a llegar a tanto, porque los dioses de la locura están desatados, pero es bueno que recordemos ahora el existir y la presencia aunque sea lejana de un huracán que pasó por nuestro territorio envuelto en contradicciones a raíz de la independencia jojota que tuvimos porque no estábamos preparados para ella, y por esta circunstancia se desencadena el dios de la Guerra acabando con lo existente, como la familia, la propiedad, la amistad, y tantas otras cualidades que se fueron al traste con la espantosa carnicería desatada, desde cuando comienzan a aparecer los caudillos mandones nacidos de la nada pero con harto interés en cuotas de poder, mientras se esparce esa peste múltiple en que nadie sabía para dónde coger por ausencia de una brújula de entendimiento, como acontece en tantas guerras y porque la ferocidad extremada impidió seguir alguna senda de bien por la ausencia de luz, mientras se consume el país en una guerra civil fratricida, que a la mayoría apenas le importa, ya que la esencia del todo era sobrevivir, cambiando o no de posición sin lamento alguno, porque el tiempo así lo requería ya que de eso que llaman porvenir se había borrado toda esperanza y solo quedaba lo de ingresar al malabarismo de la subsistencia aunque a poco fuese barrido por el hambre. Para mejor mostrarlo, fue algo parecido a las siete plagas de Egipto o a la vigencia fatal de los jinetes del Apocalipsis. Que este ejemplo quede bien claro como espejo de la Venezuela actual.

            Pues bien, en ese andar a que nos atenemos trataré de ser extremado en cuanto al tema y al personaje del que voy a referirme, tan disperso de contenido contradictorio en nuestra historiografía nacional, absurdo a veces en sus ejecutorias y de cierto poco analizado acaso por la complejidad e incógnitas dogmáticas que presenta, porque en medio de la barahúnda desatada luego del primer golpe de estado ocurrido en Venezuela, como lo fue le suma de traiciones y hechos inmersos en el conocido levantamiento de los mantuanos caraqueños o clase privilegiada que el inolvidable 19 de abril de 1810 desconocen la legítima autoridad española para de una manera sibilina y con deseo del poder absoluto aunque disimulado, cambiar la faz de Venezuela al desconocer la autoridad establecida en ese golpe frío de tal mañana histórica que acabó con 300 años de estructura provincial para desatar apetitos escondidos y desenmarañando algo que por demás estaba trabado, como era el ejercicio de poder. Allí, en ese magma tan sospechoso aparece el caldo de cultivo pasional de figuras como Simón Bolívar, Ribas, Miranda, los nobles Del Toro, los siete apellidos caraqueños que llamaran “los amos del Valle”, y tantos interesados en obtener prebendas a cambio de enarbolar otras banderas así fuere con ayuda del engaño camaleónico, mientras se enrumba el camino de la nueva república que a las trancas se está conformando. Es allí donde bajo el manto del dios Marte cuando comienzan a desencadenarse las pasiones más inusitadas y los extremos más crueles, donde no va a existir compasión para con nadie porque de inmediato aparecen las sombras mortíferas del odio y su compañera la 

Pintura de Goya
Pintura de Goya












venganza. De esos tratos de las trastiendas guerreras que comienzan su trabajo reflejado en los violentos pinceles de Goya, aparece un militar que se agrega al grupo defensor de la legitimidad del régimen caído, que es el coronel Eusebio Antoñanzas, riojano de apellido vascuence, quien vuelto hombre de ideas porque antes era quincallero, de tanta locura desatada comienza a ejecutar prisioneros patriotas a montón, de donde se dice que es el iniciador del período llamado de la Guerra a Muerte, que otros jefes de ambos bandos lo consolidan, y entre ellos Simón Bolívar, dando origen a un martirologio insensato y sin cuartel extendido con furia desde 1812 hasta 1816, cuando se amaina tal desastre animal, aunque venga a terminarse oficialmente la matanza con los acuerdos de Paz firmados en la ciudad de Trujillo, en noviembre de 1820.

Firma decreto de Guerra a Muerte

Acuerdo de Paz Bolívar-Morillo 1820

               La guerra que se despierta desde 1812 es desigual entre los bandos y difícil de entender para el conglomerado de esta parte de América, pero como las cosas suceden sin detenerse va cogiendo fuerza sobretodo hacia el centro de la república, que se extiende rumbo al oriente de el país y los llanos centrales de Venezuela, mientras Bolívar con argucias se escapa a la Nueva Granada y luego por los Andes venezolanos avanza para invadir el centro hacia Caracas, tiempo en que ya se han formado algunos cuerpos de ejército cambiantes eso sí, que defienden posiciones de mando bajo el efecto de caudillos secundarios, unos a favor de la revolución emprendida y otros más conservadores, en defensa de aquella alma en pena de la política y realeza española que es el mediocre rey Fernando VII. Así las cosas y con los cuerpos enfrentados que desatan a diario el horror de la Guerra a Muerte aparece un personaje singular e inesperado que construye su vida en el fragor de la contienda, pero que sin lugar a dudas deja estupefactos a cuantos oyen hablar de él por diversas causas y que dentro de un sueño o fantasía viviente cubre el panorama con éxitos y hasta derrotas convertidas en triunfos que alcanzan buena parte de los años 1813 y 1814 y que en tan corto plazo de tiempo (32 meses) lo recubre una estela de misterio cubierta de fama que ninguno llega a igualar y que en verdad hace estremecer el “stablishment” español armado para seguir la cruenta y difícil contienda, porque él constituye un huracán superior a todos, algo fortuito o casual, y además porque desde su salida de ese cuartel general que para él son las tierras de Calabozo a Guayabal, como inicio previsto de su comando guerrero cual el bárbaro Atila sacude la tierra por donde transita, y en verdad asusta y da pie a muchas conjeturas de desastre frente a las tropas que Bolívar y otros líderes introducen en los escenarios centrales del país. Hasta entonces nadie había aparecido con este ímpetu triunfal en el llano que tanto dio a favor de la Independencia, hasta cuando entra en escena otro hombre astuto como el anterior, que conforma cada uno la antítesis de aquel conflicto fratricida, pues si no muere tempranamente José Tomás Boves, como llaman a nuestro personaje central, acaso con su ímpetu arrasante desaparece Bolívar para siempre, como igualmente si no existiera el general José Antonio Páez para la contienda llanera de 1818, la patria se habría perdido en el tiempo frente a los ejércitos comandados por el curtido general Pablo Morillo. Luego en estos dos casos específicos y también con el canario José “Ñaña” Yánez, los llanos tuvieron mucho que aportar en el escenario guerrero de la patria, lo que debe quedar bien claro.

José Tomás Boves
            Como lo he dicho al comienzo de este trabajo la figura aún diluida de pasiones referentes a José Tomás Boves anda en busca del biógrafo de categoría, que estudie a fondo el personaje en referencia con su tiempo, aunque algunos han horadado en su pasión como Carrera Damas, Pérez Tenreiro y un libro hecho novela del siquiatra Herrera Luque que no se debe desatender, porque es “Boves, el urogallo”. Para ingresar en materia tan sinuosa debemos decir que existen dos Bobes, o sea el de los primeros tiempos, que se apellida por tanto Bobes, y el Boves de la segunda etapa que en los cambios que aporta viene a llamarse por siempre José Tomás, como se le recuerda, aunque en verdad era Millán de la Iglesia, que como vemos ya empastela su biografía. Nuestro Boves, el de esta tragedia por capítulos como tantos héroes de la historia nace del muy abajo estrato social, en tierra hispana ovetense bañada por la guerra secular, el 18 de septiembre de 1782, como José Tomás Bobes de la Iglesia, que después se contradicen los apellidos y hasta su parto, dentro de la oscuridad que siempre lo envuelve, como un Don Pelayo tropical. De origen muy humilde y pobretón, su padre muere cuando el párvulo arriba a los cinco años, dejando a la viuda en la mayor miseria con tres hijos y sin saber qué hacer, de donde junto a los menores se traslada al puerto pesquero de Jijón, para vegetar en oficios de costura, mientras el pequeño José Tomás crece en dicho ambiente de miseria resentida y despierta con la necesidad a todo dar. Haciendo mucho esfuerzo la madre coloca a José Tomás en el mundo marino, para cursar estudios como Piloto, y a los once de edad ingresa en el Real Instituto Asturiano, por cuatro años, de donde siendo suboficial luego se le destaca en la marina real, al entonces sumiso, apacible, de buena amistad como aprovechado en los estudios, y pronto trabaja por su cuenta como Primer Piloto, que es cuando viene a la cuenca marinera de las Antillas e ingresa a tierra por Venezuela para desarrollar actividades propias.Este es un primer gran capítulo de su vida, tranquilo, muy diferente al que habrá de vivir en lo adelante, que será díscolo, convulsivo, sintiendo en carne propia tantos males porque coincide con los graves acontecimientos ocurridos a raíz del 19 de abril de 1810, mientras en plan de aventuras propias y comerciales que se dice hasta prohibidas, anda por Puerto Cabello y hasta en el llanero Calabozo, cuando ya ajusta los 28 años de edad y para buscar una vida mejor anda lleno de problemas sin límites.  

Boves joven
            Cerca de la treintena José Tomás ya es otro hombre, ha vivido las verdes y las maduras e impulsado por el derecho de ser rompe con paradigmas sociales de donde comercia en compra y venta, como los cueros de res y hasta ejerce el contrabando, siendo condenado a prisión, que luego se le conmuta por el de confinamiento en Calabozo. Todos estos hechos le dan otra manera de pensar, donde el temor se aleja para dirigirse a la acción, dentro de un hombre solo, anárquico per se, atenaceado por las circunstancias, y mientras con algo de reflexión comienza a sentir la vida triste del llanero, que le conmueve, una vida nómada y primitiva, inconclusa, estereotipada, sin fronteras, donde nada se respeta y se aspira a libar la copa del éxito sin otros miramientos. En su tienda de quincalla que abre en la opulenta Calabozo piensa para el futuro, mientras atraviesa el llano y se consustancia con ese mundo tan extraño, envuelto en calamidades y desengaños. Allí es donde comienza a forjarse la leyenda de un hombre sin fronteras que muchos lo
confunden con el mito por él mismo creado y cuyas características tan disímiles podemos resumir en que era como un centauro de tez blanca, cabello rubio, ojos pardos, robusto, de buena estatura, de corto y pausado hablar, no sonreía, la voz fuerte y a veces ronca, de rápidas decisiones, modales imperativos, sereno hasta con su gótica escritura, carismático, que imponía respeto y temor, y donde los límites del poder eran su propia voluntad, con un valor inusitado, capaz de soportar fatigas extraordinarias y sin abatirlo la desgracia. Avasallaba a cuantos le rodearon. En fin, nació para ser todo un caudillo. Y como su leyenda fue grande según algunos usaba una barba profética, y otros omitían tal condición, de donde al personaje se lo siente en distintas facetas que se agregan a la hechura del mito. 
José Tomás Bobes

            Como andamos en el trajinar formativo de este hombre fuera del montón para entonces ya era sobrio, abstemio de licores, de una sangre fría y en cierta forma desprecia los bienes materiales. La revolución de 1810 encuentra a Boves en Calabozo, donde dentro de los bandazos de la fortuna se manifiesta conforme con la misma insurgencia, mientras continúa en su labor mercantil de poca monta. Para abril de 1812 le ubicamos en la llanera San Carlos, villa donde las autoridades patriotas del lugar con algunos trabajos de informantes lo detienen, aunque por influencias particulares logra ser liberado, regresando a Calabozo. En dicha importante ciudad llanera esparce noticias que alarman sobre el avance contrarrevolucionario del marino Domingo Monteverde rumbo al centro del país, de donde por ello y sumarse
Tropas de Francisco de Miranda
a la conspiración realista es nuevamente detenido y condenado a muerte, aunque mediante otras instancias de amistad se salva de entrar en capilla ardiente, para en el tropel de cambios habidos a que se somete de orden superior le destinan a objeto de servir como soldado en las tropas rebeldes del general Francisco de Miranda. En espera de ese cambio oficial es liberado de prisión ya en mayo de 1812, en que empieza su verdadera gesta militar, cuando el entonces capitán Eusebio Antoñanzas retoma para la  causa del Rey a la ciudad de Calabozo. Desde dicho momento Boves inicia la brillante y corta carrera exitosa que lo significa como uno de los grandes y valientes estrategas de la guerra de Independencia, aunque situado en el bando conservador, digo realista. Así, al frente de una partida de caballería persigue a republicanos, entre ellos al
Andrés Narvarte
futuro presidente Andrés Narvarte, mientras con la ferocidad y saña que demuestra, acaso contenida desde una infancia precaria, en el llano adentro como caza de brujas persigue a los enemigos de su bandera, al tanto que le santifica sus hazañas un bribón de capellán, el presbítero José Ambrosio Llamozas, quien luego fuera importante testigo de sus crueldades y hazañas a veces picarescas, mientras a poco con el éxito desplegado se incorpora al ejército triunfante del canario Monteverde, el que pronto por sus virtudes reales demostradas le designa Comandante General de Calabozo, que es como decir un patio trasero y el bastión de sus terribles acciones que no dan tregua ni tiempo para pensar. Así aconteció con la reacción violenta que realiza ante la ofensiva republicana en Espino, al sur de Calabozo, la que domina a sangre y fuego, con pocos sobrevivientes prisioneros. Luego como Comandante de Caballería obtiene lauros en la campaña de Oriente, con que refuerza la posición tomada por Monteverde y Juan Manuel de Cajigal, quien a poco confiere a Boves facultades extraordinarias para obrar a su leal saber y entender, o a su arbitrio, que en tiempos de guerra es decir mucho. En lo adelante con este mandato unipersonal el caudillo asturiano se siente que llega a un camino supremo, por lo que desde allí Boves es solo y para todos, sin depender de nadie, incluso de ese mismo mariscal y gobernador Cajigal que ya conociéndole en su carácter dominante en las memorias que publica lo describe como autoritario, anárquico, independiente a toda costa, valeroso, soberbio, astuto, organizador, amante de la gloria propia y que no lo abatía la desgracia, de donde la derrota la transformaba en triunfo.

Boves y la tropa llanera
            Aquí comienza a acompañarle en la vida militar el gran conocimiento del llano que mantuvo, incluso el mundo de la superchería y de la soledad, un principio equivocado pero característico de la propiedad sin límites que en el fondo parece pertenecer a todos, sin respeto alguno, lo que ciertos caudillos llaneros como Joaquín Crespo y Ezequiel Zamora e incluso el propio Hugo Chávez Frías aplicaron falsamente, sin pensar en las consecuencias como de los fracasos estruendosos. De aquí que la vida diaria de Boves estaba consustanciada con la tropa llanera, con quienes comía, duerme y dialoga permanentemente para ganárselos hacia el combate, mientras el odio racial hacia lo blanco, por temor a la traición y la guerra de castas se va desarrollando cual un espíritu de defensa, pues como otro contrasentido su mundo es mestizo, de pardos, y por inercia dice a él pertenecer, mientras conserva un gran ascendiente hacia la población autóctona y sus costumbres, que le llaman “Taita Boves”, tal el caso del tácito permiso de pillaje al final de cualquier faena perversa y porque eso complacía. 
José Tadeo Monagas
Así en el combate de Cachipo (9-813) contra los hermanos José Tadeo y José Gregorio Monagas, donde se lucen las lanzas sabaneras, éstos le quitan la caballada pero no logran derrotarlo. Sigue de continuo al bastión de Calabozo y pone en huida a Carlos Padrón en el caño de Santa Catalina,
Vicente Campo Elías
donde ejecuta a los prisioneros. Luego se enfrenta al español republicano Vicente Campo Elías, quien lo vence a medias en el caño Mosquitero (10-813), y en ese sin detener se recluye en Guayabal, sitio en que declara la Guerra a Muerte a Bolívar a fin de igualar en ferocidad a la proclama de Trujillo, y donde rehace sus escuadrones de llaneros para enfrentarse luego al republicano Pedro Aldao, de origen peninsular, a quien vence en San Marcos y cuya cabeza fue enviada por Boves a San Fernando de Apure. De seguidas al frente de 6.000 lanceros amenaza los valles de Aragua, por lo que Bolívar envía de nuevo a Campo Elías, a quien el temible Boves vence en La Puerta, (2-814), aunque resulta el asturiano herido, como en otras ocasiones. Repuesto de la misma herida a pocos días junto con el canario Francisco Tomás Morales ataca a Bolívar, acción sostenida que se ejecuta en varias jornadas, pero ante la proximidad de Santiago Mariño con tropas de repuesto, en la táctica estratégica usada deja el cerco de San Mateo y se enfrenta a Mariño en Bocachica (3-814), donde es superado por las fuerzas del general oriental, por lo que repliega nuevamente para dirigirse a Valencia, sitiada entonces por Cajigal, y de allí vuelve al llano al no entenderse con el mando absorbente de Cajigal. En abril y mayo de 1814 con fuerzas recuperadas de nuevo emprende la ofensiva para en La Puerta (6-814) derrotar completamente a los generales Bolívar y Mariño, y de seguidas el asturiano divide sus fuerzas a objeto de enviar una parte a Caracas y otra con él avanza a Valencia, que del cerco capitula ante Boves el 10 de julio de 1814, donde luego se cometerán muchos crímenes, tropelías  y otras atrocidades.

Emigración a Oriente
            De inmediato sin atender órdenes del Capitán General Cagigal con el poder que ostenta se auto designa Comandante General de las armas del Rey en Venezuela y entra en Caracas donde nombra autoridades y se desarrolla el triste episodio de la emigración a Oriente, con la derrota de Bolívar y el temor por doquier, en cuya persecución el terrible asturiano marcha en ese mismo sentido de acabar con los restos del ejército patriota. Luego, para torcer el cuello a la moribunda Segunda República y volver la paz, Boves emprende una nueva campaña hacia Oriente y así entra victorioso en Cumaná el 16 de octubre, donde a objeto de halagar a sus negros y mestizos acompañantes permite el pillaje y el asesinato de los enemigos, “dejando el campo cubierto de cadáveres”. Después sigue en su batallar incesante al sitio de Los Magueyes donde en el monaguense valle de Guanaguana obtiene un nuevo triunfo (9-11-814) contra las tropas desgastadas del valeroso y terco José Francisco Bermúdez, quien 
José Francisco Bermúdez
Jo´se Félix Ribas
unido al fiero y perdedor José Félix Ribas -que pronto será asesinado-, por táctica dispuesta retíranse del campo, derrotados. Disminuido en el serio embate que mantiene Boves se presenta otra vez en la escena del desastre anunciado o sea en el adolorido valle de Urica, sin perder nunca la esperanza del triunfo, y el fúnebre lunes 5 de diciembre siguiente en ese sur de Anzoátegui gana la batalla postrera a favor de los realistas, aunque por un traspiés del destino y porque la lanza o chicuria que sostiene vibrante se le tranca debido a que el caballo se estaca de parálisis repentina, como algo sin espera dentro del fragor del combate el inolvidable caudillo Boves de la montura cae alanceado por el valeroso Pedro Zaraza, como se asienta y muere en el acto, salvándose así el nombre y el descorrer de la República. Boves gana la pelea ya muerto, comparándose así al siempre vivo Cid Campeador. Cuando los pocos patriotas se dispersan y huyen, el cuerpo inerte del huracán astur es llevado en parihuelas al pie de la iglesia misional de dicho sitio, donde en su entrada se le entierra con los honores consiguientes y los rezos llorosos del renegado José Ambrosio Llamozas. Allí comenzó a correr la gran leyenda de este caudillo, que como dije al principio aún debe ser bien estudiado en muchos aspectos de su vida y de su eterno deambular. Ojalá usted pueda, amable lector, ampliar para el saber de otros estos conocimientos que tienen mucha importancia a fin de reafirmar noticias sobre lo que pasó aquel tiempo en la América desangrada. Así entra en la Historia de siempre el más grande general de caballería que haya tenido nuestros llanos.

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