lunes, 11 de mayo de 2015

UNA NOVELA DE TERROR: GUYANA.


Guayana Esequiba.
 Amigos invisibles. Como ya hemos expuesto hasta en seis oportunidades de este blog mediante variaciones y acontecimientos suscitados sobre el mismo tema  de nuestra Guayana Esequiba, ahora regreso a intentarlo con mayor razón, fuerza dialéctica y hasta eso que llaman desconsuelo ante las debilidades, escarceos y demás argucias pobres que se utilizan para estos casos, en referencia a un tema preciso que concuerda con  la plenitud de nuestro país o patria, es decir sobre el fundamento de la responsabilidad  que de un principio deberíamos haber asumido en la vida diplomática reciente (“¡triunfar!” exento de circunloquios afirmó Simón Bolívar casi muriéndose en el peruano Pativilca) sin sostener devaneos ni débiles y confusas salidas oportunas que tendieron ya cojeando los insaciables conquistadores ingleses a punta de cañón.  Pues bien sobre estas premisas apremiantes y sin temblar el pulso ni menos la intención ha llegado la hora de que el corrupto y taimado por decadente imperio inglés sostenido a duras penas por el alter ego consorte en el juego del poder mundial que son los Estados Unidos, entienda desde tras corrales, como siempre lo ha hecho, que los territorios hoy no se conquistan con los mercenarios y asesinos gurkas nepalíes sino con la comprensión y el afecto de los naturales, todo lo cual de una manera arrogante e impositiva usaron los ingleses al penetrar en nuestro territorio oriental guayanés bajo la enseña sanguinaria de una bandera llamada de la Unión Jack que por siglos ha llenado de luto, miseria y consternación a millones de seres en el planeta, con el apetito voraz de la conquista indetenible y sin piedad, como fue el ejemplo claro cuanto diáfano que tuvo el inolvidable gobierno londinense cuando sospechara y luego ratifica sobre las enormes riquezas que en nuestra Guayana Esequiba reposaban desde tiempo inmemorial,  cuestión que les había aturdido la cabeza a los fieros caciques de ese imperio desde cuando el navegante y enamoradizo Walter Raleigh no dejó bien descansar a la fea reina Isabel de Inglaterra por meterle en la cabeza cuentos de toda índole que le atolondran el sueño  sobre el río Caroní y otros de tal estima, con el apetito insaciable del oro cochano y los diamantes allí hallados, paliativo absorbente que por unos años le salvó la cabeza al agraciado Raleigh, hasta cuando le reina  volvió a entrar en cólera real mandando a cortarle la testuz tiempo después en la Torre de Londres, mientras los callados cuervos por costumbre contemplaban esa barbaridad ejemplar.

            Ya para el siglo XVIII y siendo Inglaterra la Reina de los Mares en que se masacrara a poblaciones enteras con el sediento pensar del lucro permanente, cuestión que aún se ha mantenido en esa comparsa secular de compadres que de una y otra forma sibilina se establece entre los Estados Unidos e Inglaterra con el resultado que ahora en el correr del tiempo ha ido transformando a la Gran Bretaña o como se la quiera llamar, en un  inseparable asistente faldero de ese poderoso y mundial mandamás conocido por el Tío Sam, viejo zorro que maneja los espacios terrestres y extraterrestres a su saber y entender sin que ninguna potencia  competidora se le pueda apenas acercar salvo casos aislados (Las Torres Gemelas, la insurgencia mundial musulmana, etc.). Pues bien sobre ese contubernio eterno que ambos poderes aún ostentan, como en el caso triste de las islas Malvinas, el ya artrítico líder que ostenta en forma solapada y por terceras personas ese cúmulo de intereses que todavía se mantienen avizores y taimados en las márgenes del río Támesis, aún no dejan de significar un peligro constante para la Venezuela actual, la que nos vio nacer y sentir esa existencia desde los tiempos iniciales.

Para simbolizar  mejor este introito que integra mucha parte de dudas por los esguinces de su trato,  aunque no es mi estilo literario  en temas tocantes a la Historia tan llevada y traída hasta por intereses que silencio, vamos a remontar el tiempo desde cuando en el parto americano los aventureros holandeses que venían avanzando por la sureña  Bahía  hoy brasileña en la conquista de terrenos baldíos como de costas desconocidas y en busca de algo tan valioso como la sal, fijando límites inexactos entre los imperios hispánicos y portugueses, se encontraron con que en vez de dos interesados en esa meta conquistadora y usufructuaria otro en discordia aparecía  con las fauces abiertas y el apetito desbordado de poder, en este caso los neerlandeses que ya ponían sus ojos en algo llamado Araya, por lo que para medir distancias  de conquista decidieron sentar las  plantas iniciales a lo largo de un río caudaloso llamado Esequibo en honor a su descubridor y que venía a ser precisamente un  antes de los pleitos posteriores limítrofes como algo consensual  y respetado para librarse de disputas entre los intereses hispánicos ya establecidos  con dominio o posesión y los nada esquivos  proyectos de amplitud que tenían  esos fenicios holandeses  en cuanto a los asentamientos pretendidos sobre dichos cursos de agua y otros afluentes atlánticos que le recordaban la fiereza laboral de su ancestro europeo. Mas dio la circunstancia inesperada que en esa larga conquista marítima neerlandesa con sus flotas y enclavamientos los empecinados  invasores fueron subiendo la costa oriental de Norteamérica al extremo de aposentar las velas de conquista frente el río Hudson en una extraña isla larga bordeada por dicho afluente y que los naturales llamaran Manhattan (hoy Nueva York), enclave que con diversos designios enamora a los neerlandeses al extremo de hacer a la larga un pésimo intercambio mercantil con los naturales del aquel sitio al extremo de canjear dicha fabulosa isla hoy sede de los grandes negocios capitalistas por aquello que se llamaba Esequibo, y piénsese por tanto el extraño contrato suscrito comparando los dominios que se adquirían con lo que se dejaba atrás.  Pues bien y volviendo del recuerdo a nuestro territorio esequibano cruzado en alguna forma de grandes ríos como el Corentín, el Berbice, Demerara y otros no menos importantes, agregaremos que las pequeñas disputas  sobre dicha provincia fueron de poca monta porque todo ello para aquel momento inicial desde los tiempos del recordado soberano flamenco Carlos V era de propiedad rea españolal, o sea del mismo Carlos Quinto y Primero de complemento, Amo y Señor de tierras y de mares, incluyendo desde luego a Holanda, Bélgica, etc.,  pero cuando se arma la tremolina y los conflictos aparecen ya Surinam  toma conciencia de su ser mientras Inglaterra afila las garras de poder y se compensan algunos territorios en litigio, respetando siempre en la disputa el lindero natural del Esequibo a favor de la larga tradición territorial venezolana. Fue en este tiempo aciago cuando la avilantez inglesa que ya no tenía paro porque ningún poder la sujetaba, sostuvo permanentes guerras de conquista en los cinco continentes, sujetando por siglos a pueblos enteros en la desgracia abyecta de la esclavitud, cuando los apetitos imperiales que buscan a los peores andaban desbordados sin continencia alguna llegando así los ingleses a aposentarse en el límite oriental del río Esequibo  bajo el permiso negado de los neerlandeses y en un trato  coactivo que concluye con la creación de Surinam, tan mal embrollado todo aquello por los expertos londinenses del despojo que aún hoy los naturales de Holanda perplejos aspiran  su parte del botín sobre la presa sibilina realizada por el poder inglés.

Isabel Primera de Inglaterra.
 En estos andares históricos que trajinamos  de carrera “tapándonos la nariz”, como asentara mediante frase lapidaria el político venezolano Rómulo Betancourt y en ocasión oportuna,  es cuando arrecia el ultraje  material y la rapiña conocida por todos en Australia, América, África, Oceanía, Asia, Europa, y así paramos de contar, con que alegando derechos inexistentes basados en documentos falsos de toda falsedad como lo acontecido con Venezuela, cuando los rugientes cañones ingleses que hasta principios del siglo XX se manifestaron belicistas  (una flota de doce buques guerreros sitia y cañonea a nuestro país por presunto impago de obligaciones, al mando del vicealmirante inglés Archibald Lucas Douglas) en las propias fronteras marítimas de la  Venezuela ya usurpada,  esa vez bajo el apremio de tinterillos experimentados  en estos bajos menesteres de seudo geógrafos al servicio sumiso y tarifado de Londres, como el caso conocido del bucanero  sir Robert Schomburgk, quien proveniente de los desastres fronterizos que con sus famosos mapas inventados hace una suerte de razzia territorial contra el poderío hindú entre Afganistán y Paquistán, le valen títulos y prebendas  de la corona imperial inglesa, y con esa canción de experto truhán de fronteras  al estilo Pancho Villa es enviado desde Londres para preparar nuevos e insólitos mapas en territorio  que desde el período del Descubrimiento es de Venezuela, y con mil argucias y sabandijas causas levanta un mamotreto de cartas geográficas donde asienta que toda nuestra Guayana Esequiba les pertenece por orden de Londres y sostén de tales documentos forjados de tan mala y abyecta manera. Mas no solo en ese paso dado queda la contienda sin tomar en cuenta las quejas legales de nuestro país  sino que de inmediato en las colonias inglesas dispersas en el mundo se comienza  a preparar otro tipo de ejército colonizador donde se mezclan diversas razas y creencias distanciadas para evitar  nuevos problemas y posibles levantamientos, mientras con rapidez llegan al suelo de nuestro país cantidad de inmigrantes de aquellas colonias expatriados hacia Venezuela y sin ningún entendimiento entre ellos, para explotar a favor del Reino que gobierna desde Londres una diversidad de riquezas subyacentes, sea dicho bosques y  las extensas llanuras  creadoras de bovinos y otros animales, hasta los grandes sembradíos que con mano de obra esclava ya en el siglo XX mantienen al filo de las armas y en la pobreza que practican separando naciones hasta en el Rupununi, como ya lo he escrito no ha mucho con detalles suficientes en este aclaratorio blog.

Pero la rapiña inglesa no habría de parar allí, protegida con soldados coloniales, sino que a través de los disparatados a conciencia mapas de Schomburgk y sin tomar en cuenta los reclamos hechos por Caracas desde los tiempos (y de antes) del presidente Guzmán Blanco, el bárbaro inglés comienza a ejercer presión de toda clase sobre nuestro territorio, al extremo de fondear un barco de guerra en las bocas de nuestro padre río Orinoco, desde donde esos tiranos guapetones controlan el mar de aguas nuestras, en sus salidas y entradas de navegación, e incluso cobrando una “vacuna” (peaje) por tal recorrido, todo en contra de los derechos inalienables e imprescriptibles de Venezuela. Y no solo trazan los límites de su pretensión bajo asalto permanente, sino que con lujo de detalles y sofismas preparan un nuevo mapa territorial que incluye a su favor, repito, toda la riqueza de oro y diamantes que para entonces posee y explota Venezuela, llegándose al extremo vil de colocar ondeando  esos mismos ingleses y por los años cuarenta del pasado siglo, su insignia imperial en las cercanías de nuestra ciudad de Upata.  Sea oportuno recordar a los olvidadizos con intención o no, del enorme aporte simbólico hecho por el insigne militar de origen italiano conde Cattáneo Quirín, quien luchando el estilo quijotesco y con alto sentido de venezolanidad defendió aquellos lugares contra las extravagantes y traicioneras pretensiones inglesas de esos momentos trágicos. Como lo he afirmado en varias oportunidades tanto Quirín como Lucas Fernández Peña, el valeroso garante protector de nuestra Gran Sabana, siempre codiciada por Brasil, merecen sendos monumentos  recordatorios por su gallardía y defensa de nuestra nacionalidad.    Aunque volviendo atrás para enlazar con más lumbre este comentario que aspiro en parte sea demoledor, como debe ser sin egoísmos soberbios ni otros pecados capitales que ustedes bien conocen, el problema  de Venezuela con respecto a sus fronteras frente a Gran Bretaña, que aspiraba (y aspira) engullirse nada menos que 160.000 kilómetros cuadrados de su parte oriental, llegó a tal extremo de vituperio, que el citado compadre norteamericano aconseja muy en privado a Albión para mediante la estrategia descarada urdir cierto laudo arbitral o arreglo práctico preparado con el fin de comprometer a una conclusión definitiva y sana para ambas partes en litigio, según esos interesados lo divulgan. Pero aquello fue algo atroz, porque con el descaro mayor la parte inglesa ejerció una presión insoportable sobre los miembros de tal Comisión de antemano arreglada (puede consultarse mi trabajo de este blog “El inicuo tratado sobre el Esequibo” publicado en  febrero de 2012), al extremo de obligarlos a consentir sin otra salida sobre lo propuesto por Inglaterra, bajo pena de peores castigos o desmembramientos territoriales, de cuya famosa Comisión y su horrible sentencia que  bien escrita quedó en los anales de la desfachatez  e ignominia jurídica internacional, como ahora todos lo reconocen, dejando a Venezuela perdidosa en sus reclamaciones, sin poder nada objetar, y fue hasta los tiempos del dictador presidente venezolano Marcos Pérez Jiménez cuando mediante pruebas convincentes aparecidas y terceras personas  insertas en la historia, se pudo tener conocimiento de aquella inmensa trampa  preparada contra la entonces desprotegida Venezuela, por lo que aplicando el principio de “Honrar, honra”, y sin poner en ello otras motivaciones, el nacionalista presidente  general Pérez Jiménez bajo el secreto militar preparaba un ataque relámpago para recuperar nuestro territorio usurpado de manera tan vil, como antes lo  explicara en este mismo blog de manera concreta, lo que no se llevó a cabo porque Pérez Jiménez fue depuesto del cargo semanas antes de este suceso definitivo, el 23 de enero de 1958. Con el enjundioso escrito que el miembro del Tribunal doctor Severo Mallet Prevost  elaborara a razón de dicho fallo tenebroso (que obliga también a los americanos para crear su famosa Doctrina de Monroe) y ante el disgusto terrible del recto expresidente y jurista americano Benjamin Harrison, no quedó otra carta sino aceptar el despojo inglés, ante la amenaza que expresara Londres de cerrar las bocas del Orinoco de pretenderse otra salida legal.   Los años han pasado en el correveidile diplomático y Venezuela se ha fortalecido dentro del seno internacional con alianzas y tratados respectivos que comprometen los intereses de las partes, aunque el rugido del león británico sea cada día menos ostentoso. Pero Inglaterra o el Reino Unido con pirotecnias verbales y otros recursos usados de vieja data apremia  no solo  a sus compañeros en los negocios de Georgetown sino que con un nuevo cartel obligatorio e ideológico de componendas y arreglos políticos presiona a su favor, con que así se maneja a un grupo de pequeños países favorecidos a cuenta de sus votos, de donde Venezuela se ve obligada a hilar fino en esta ocasión para complacer intereses errados e incluso  aceptar posiciones dudosas como las que ahora se viven en nuestra salida al Océano Atlántico. Y ello es verdad, porque como el petróleo sigue moviendo al mundo los disparates y aciertos cometidos en el manejo de nuestro reclamo y devolución de aquel gran territorio que nos pertenece de siempre, es decir desde tiempos hispánicos, cada detalle que se observe  puede ser dañino o beneficioso para nuestra certera causa, como fue aquello de obsequiar riquezas de alto valor a minipaíses manejados por el imperio inglés (Shell) y los Estados Unidos (Exxon), creando o apoyando al tiempo organismos comprometidos de antemano al patrón esgrimido, como el penetrado Caricom y Petrocaribe, y que en el momento que sus amos dejaron de voltear la tortilla de los votos, con el mayor desparpajo lo hicieron (no solo eso, sino que algunos más arriesgados y cínicos por encima de recibir dádivas de petróleo venezolano ahora ponen en tela de juicio nuestra soberanía sobre la geoestratégica venezolana Isla de Aves) pagando así las consecuencias de aquellos Judas Iscariotes de la política internacional que ahora pretenden desmembrar a Venezuela de su plataforma continental atlántica para impedirle la salida al mar, e incluso ya se llegó  a la felonía quitándose la máscara por parte de Georgetown, para sin respetar los acuerdos firmados donde siempre maneja la batuta un fungido marioneta de “Buen Oficiante”, por demás británico, a objeto de dirigir la mesnadas con sus intereses particulares, y desde luego contra claros y contundentes derechos venezolanos.

Severo Mallet Prevost.
 Ahora pagamos las consecuencias, pues, esos errores crasos cometidos porque en la comparsa internacional sin tomar en cuenta a Venezuela el gobierno guyanés marxistoide que ahora nuestra Casa Amarilla respeta y apoya por convenios políticos (el extinto Cheddy Jagan y otros camaradas de poder seudo marxista tras bastidores de antaño manejan a gusto este caso emblemático desde los conciliábulos neocoloniales de Georgetown con el consentimiento vedado de Londres mediante la adición fundamental que lo encerca en la farisaica Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth), o sea el oro negro depositado en  las entrañas de esas ricas aguas nuestras. Y para completar  el desmadre de la situación ya el gobierno negativo del vecino British Empire (y no lo nieguen porque hay mucha tela que recoger) en la desbordada de sus intenciones sin tomar en cuenta a Venezuela y como otro caso tipo Malvinas (¡Hay!, Mr. Alex Haig, que mal te recordamos en América Latina) por órdenes superiores de las empresas aceiteras aviesamente ordenan al pirata buque aceitero Deepwater Champion, de perforación profunda y contratado por Guyana, para que penetre en nuestro territorio marítimo por cuenta de la célebre Exxon Mobil (“cría cuervos y te sacarán los ojos”, en 27.000 km2 de exploración), pudiendo trabajar perforando dentro del Delta del Orinoco, a dos mil metros de profundidad, o más, en el llamado Bloque Star Broek y sobre una amplia área petrolífera sin explorar de 70.OOO kms2, mientras Guyana trata de establecer otro Buen Oficiante a su favor. Pero ya para estos momentos de piratería marítima al menos nuestro país debió llamar en consultas a su embajador en Georgetown, aunque  en un arresto nacionalista para solventar la situación y limando asperezas entre camaradas había capturado en esas mismas intenciones a otro buque pirata, el TedikrikEN-102-O13, que campeaba en aguas jurisdiccionales con el apoyo circense del círculo marxista guyanés y la claque traidora que patrocina este engaño de los votos, en buena parte alimentada por Venezuela. De esta manera simple por la cambiante diplomacia del dólar esa poderosa Exxon olvidando el pasado  y sin notificación previa a nuestro país invertirá en este solo negocio la suma de 200 millones de dólares dentro de un campo asegurado con estudios previos donde se halla el oro negro del que en gran parte depende el mundo que nos acompaña.

Mapa de Colombia 1830.
 Y como quiera que nuestro país se halla asediado por un grupo de sociedades poco sinceras con nuestros intereses desde cuando el finado Presidente Chávez propiciara su creación con fines eminentemente políticos, ya ahora  la Venezuela pensante sin dejar miras que alcanzar debe poner coto a la vendida Caricom, que juega entre dos aguas, y de igual forma a la famosa Petrocaribe (acaso Jamaica la suplante), chupasangre de nuestra economía, o a cuantas siguen esos mismos procedimientos proselitistas de mentira, que han dañado al patrimonio nacional de una manera ostensible, como el caso de la reciente deuda petrolera dominicana. Por tanto es hora oportuna de elaborar un torniquete para contener la sangría extendida en este caso por toda América Latina de la manera más flagrante, cambiando el eje de orientación en la defensa de los intereses que nos restan y recordando la máxima latina “si quieres la paz prepárate para la guerra”, por lo que pienso como venezolano adolorido que es necesario, por ejemplo, ampliar con esos fines protectores nuestra base militar en Anacoco, establecer otra base de vigilancia logística y defensa en Macuro, que sirva también contra el contrabando de extracción (gasolina), mientras equipos marítimos con unidades navales vigilantes y un comando adecuado tecnológico defiendan aquellas nuestras aguas de intrusos (la droga), interesados gavilanes y ladrones de profesión, como es la fachada atlántica y su plataforma, tan acariciadas por los angloguyaneses, lo que no obsta para revisar a fondo la suerte futura de numerosas sociedades de fachada creadas a  la bartola con fines también políticos, en cuyo mantenimiento innecesario la nación dilapida buenas sumas de dinero utilizables en otras áreas de recuperación humana.

Bueno es ahora recordar que este hidrocarburo viene a ser el maná de nuestra civilización, con que se mueve todo, aunque por los desastres consentidos lo hayamos  transformado en otro estiércol del demonio. Pos estas circunstancias apremiantes  con un fondo imperioso de riqueza desde 1.999 la nada complaciente y sí interesada Guyana  ha otorgado concesiones petroleras en nuestras aguas marinas, violando así y sin respeto alguno los acuerdos establecidos en la materia. Guyana ha radicalizado su posición en contra de Venezuela, con los daños consiguientes. Guyana ha tendido una maraña de actividades inescrupulosas en el plano diplomático que busca maniatar a nuestro país a través de intrigas y golpes bajos, con el apoyo de ciertas potencias ajenas al conflicto, para desconocer el acuerdo de Ginebra. De aquí que sea necesario fortalecer nuestros bastiones legales sobre todo con el indestructible trabajo probatorio y conocido del jurista internacional  Mallet Prevost, presentado oportunamente ante la ONU, que demuestra la patraña existente, mientras que Guyana aún aparece  en nuestras costas  como el pirata Barbarroja sediento de riqueza y poder, sin importarle un bledo la realidad y menos la vergüenza de su latrocinio. Y como yo a sabiendas siempre digo la verdad para que me entienda todo el pueblo siguiendo en ello al Dante florentino, así sea de manera escueta por no estar sometido mediante papeles firmados, corruptelas y otros males de nuestra sociedad tan golpeada por los vaivenes temporales, sí puedo opinar a cuatro vientos  sobre este caso que da grima, cuando los taimados de Georgetown desde el marxista confeso Cheddy Jagan andaban de jugarretas con el poder de Londres y Guyana, que bajo otras condiciones seguía siendo británica, y ahora más continúa veladamente cuando por causas obvias de la libra esterlina el imperio los protege pretendiendo limitar con artimañas  nuestra soberanía en la salida plena hacia el Océano Atlántico, mientras los Estados Unidos (que no es el caso de Grenada o Panamá), como digo, también los apoyan, porque la actual hostilidad demostrada por el gobierno de Venezuela en su relación diplomática con el país del Norte ha hecho que ello ocurra, junto a sus secuelas, tal el caso de los intereses propios de que hablamos. Y así es la consecuencia reciente del descubrimiento de petróleo en esta área marítima, que se sabía de antemano en las altas esferas de ese aceite deseado, para a la callada invertir como digo 200 millones de dólares en espera de  sus grandes ganancias posteriores.


Benjamin Harrinson.
 Por tanto y es mi criterio particular, frente a la hostilidad permanente con diversas potencias importantes del mundo energético dentro del clima continuo de confrontación que a las claras existe, el país debe perseverar creando zonas de salvaguarda, estudio y desarrollo poblacional, para no contribuir en la pérdida de miles de kms2 que nos pertenecen. No quiero recalcar en vano aquello de “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” aplicado entonces al incapaz monarca granadino Boabdil.  El gobierno al parecer nacionalista de Maduro por encima de compromisos ideológicos necesita dar protección a nuestra vital salida al Atlántico, siempre recordando y como ejemplo contundente que los ingleses ya perforan también cerca de las islas Malvinas y sin mayor oposición cacareada entre los bandos.

Espero pues que mis palabras tengan eco o sentido y se comprendan en su justa intención.
 

martes, 7 de abril de 2015

LA PORTENTOSA CASONA FAMILIAR.

     
       
Familia Urdaneta Braschi. Trujillo 1.906
   Amigos invisibles. Cuando para nuestro disfrute entre la parentela biológica que nos ata en este blog tratamos hechos que llenan el espíritu de verdadero agrado, la verdad es que sentimos esperanza y satisfacción con aquello de que recordar es vivir, y aquí viene a relato ejemplar esa vida dinámica que sostuvo el eminente escritor Mario Briceño Iragorry, trujillano de Venezuela y del espíritu quien con su siempre añorado terruño natal nos deleita en las intimidades callejeras del inframundo habido dentro de ese retazo venezolano que por circunstancias del destino fue cuna histórica de la llamada Guerra a Muerte, ejemplo de la paz ciudadana y simiente feliz de los tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra, con que se cerraron las heridas causadas por la dolorosa conflagración de Independencia que azotó al país (1810-1821) con una larga oscuridad  en medio de la miseria y desolación trágicas ocurridas. Pues bien  y porque conozco mucha parte de la sustancia y el ánimo ciudadanos que mantienen incólume las columnas estructurales de esa valiente familia de los Andes venezolanos, voy a utilizar la mente aguzora  y el aprecio  que antaño usaron los hermanos Grimm con la intención de traer a estas páginas otros recuerdos de aquellos tiempos queridos y pasados  que dieron vida y presencia a una comunidad tan apreciada en los anales del transcurrir venezolano utilizando en ello las raíces que conozco sobre la familia Urdaneta, de Maracaibo, cuando pasada la guerra de Independencia que señalo algunos de sus próceres, en este caso Juan Nepomuceno Urdaneta Montiel (1794-1872), primo segundo del general Rafael Urdaneta Faría, que fue  Presidente de Colombia y entrañable soldado bolivariano, se establece en Trujillo fundando una familia conocida en los entornos sociales, políticos y económicos de la región.
Pues bien, para dar inicio a la saga emotiva de que tratamos ahora, agregaremos que los Urdaneta guipuzcoanos  de un inicio enraízan en la entidad zuliana cuando don Martín de Urdaneta Barrenechea  se establece en Maracaibo con el clan familiar  en 1645, y luego de ese tronco activo viene don Nicolás, Alférez Real de Maracaibo, para seguir con Sebastián, Alcalde de la Santa Hermandad, y ya en la sexta generación de esta familia con ancestro vasco establecida en Venezuela en que se destaca el sin igual señalado general Rafael Urdaneta, su primo segundo Juan Nepomuceno, quien lucha en los finales de esa Guerra de Independencia (desde febrero de 1821 en el camino de Nirgua, campaña de Coro, El Tendal, villa de Coro, Paguarita, El Trapiche y Santa Ana de Paraguaná) el 6  de enero de 1822  formando parte del Batallón Maracaibo es herido de gravedad en el combate naval de La  Vela de Coro contra fuerzas monárquicas del general español Miguel de La Torre y Pando, que lo priva de la pierna derecha, salvando la existencia a duras penas.  Inutilizado pues para el servicio militar la República le nombra en 1823 Administrador de la Renta de Tabacos de El Tocuyo, cargo importante fiscal, donde este coronel contrae nuevas nupcias, y luego, cargado de importante familia en 1832 es transferido a Trujillo, aunque pronto se dedica a la actividad privada civil y mercantil, sin olvidar la cuestión política, por lo que en 1836 y luego del combatiente período paecista llamado La Cosiata sale del país y se establece en Colombia, para regresar a Trujillo en 1838, donde pronto será Gobernador Provincial por cinco años, viviendo con la prole y demás allegados en su casa de dos pisos que construyera en la llamada Calle del Comercio, que aún perdura y hoy pertenece mediante donación al obispado de Trujillo por cuenta de las hermanas María Ignacia y Matilde Urdaneta. Aquí en este recuento de familia tan íntimo  y cordial aparece ya el recuerdo de nuestro bisabuelo Ezequiel Urdaneta Morantes, (1816-1887) hijo único en el  primer matrimonio del prócer Juan Nepomuceno tenido en Maracaibo con doña Teresa Morantes Goicoechea, quien a causa del difícil parto muere, y por ello su heredero descendiente Urdaneta Morantes  desde el principio es formado entre el cariño familiar de las hermanas de Juan Nepomuceno (una de ellas llamada Ezequiela), quien para entonces se encuentra luchando en la Guerra de Independencia.  
Ezequiel Urdaneta Morantes.
 Mi bisabuelo Ezequiel Urdaneta Morantes por reclamo del padre  y ya traído de Maracaibo a Trujillo fue elevado en el fecundo hogar  que su progenitor fundó con la tocuyana doña María Ignacia Valcarce Pimentel, donde utilizando los consejos  paternales y porque el grano de café venezolano comienza a tener importancia en el mercado mundial, se inicia en el mundo de los negocios mercantiles y bancarios  con miras a  un amplio  desarrollo rural de este básico rubro agrícola, en el triángulo agrario que descendía desde el páramo de Los Linares (San Lázaro), por Carvajal, Sabanetas, La Chapa, Cañaverales, El Amarillo, Lagunetas, Los Barriales,  La Macarena, hasta las tierras calientes  lindantes con Pampanito o Edeniana, (hoy Pampanito II, Mesa de Los Gabaldones, el río Jiménez y Butaque), algo así como 53 fundos campesinos entre grandes y menores que dieron nombre a la región, al tiempo colmada ella de terratenientes empresariales pero con miras de futuro. Este bisabuelo de quien hablo fue hombre valioso de aquella sociedad en evolución, culto y político de categoría, que representara a Trujillo ante el Congreso Nacional en dos oportunidades (1852-53), donde intervino con vehemencia para abolir la esclavitud en Venezuela, ley ejecutiva que firma en Caracas el 23 de marzo de 1854, como igualmente suscribiera con dos años de antelación el Decreto del Congreso que otorga al Colegio Nacional de Trujillo funciones universitarias  para discernir títulos  en Derecho, Matemáticas y Medicina. En la Catedral de Trujillo, capilla de las Mercedes, se guardan sus restos venerandos. Ese bisabuelo maracaibero debido a los múltiples negocios del campo que ejercía permaneció  un tiempo viviendo en la “ye” o camino que formaba  la salida del poblado de Carvajal rumbo a la Hoyada y el entonces pujante pueblo ferrocarrilero de Motatán, donde por cierto en la hacienda “Potreritos” (San Luis), camino hacia Valera, propiedad de la familia Maya, conoce y se enamora de su futura esposa doña Alcira Maya de La Torre (pariente cercana de los próceres sanfelipeños Mayas y del guerrillero patriota trujillano  Vicente De La Torre Abreu, fusilado en la ahora Plaza Sucre de Trujillo (1815).
El bisabuelo como era de suponer pronto construyó nuevo hogar en Trujillo, adquiriendo para ello el holgado terreno de la Calle Independencia que da frente al inmueble en que naciera el doctor Cristóbal Mendoza, Primer Presidente de Venezuela y gran admirador de Simón Bolívar, con varias ventanas a la vía que alindera por detrás y en el solar adjunto, con la calle hoy llamada Bolívar. En este inmueble que aún se conserva donde por cierto debieron nacer y criarse los seis hijos de la conocida familia Urdaneta Maya, cuyo nombre fue respetado en el país durante más de media centuria, o sea desde finales del siglo XIX  hasta ya vencido el tiempo dictatorial del presidente general Juan Vicente Gómez, la recia Doña Alcira elevó a sus hijos con una rectitud característica, de donde salieron hombres de mucha fama en el campo profesional (dos abogados y un médico) y desde luego social, recordándose entre ellos al ilustre magistrado y político doctor Enrique Urdaneta Maya (1870-1926), jurisconsulto, académico y Secretario durante muchos años de la Presidencia de la República y por ende confidente del general Gómez,  hasta cuando un derrame cerebral ocurrido en su casona palaciega de La Victoria (Estado Aragua), lo retiró de ese poder, cargo que luego también ocupara su hijo doctor Enrique, hasta fallecer el dictador tachirense, en 1935. De esos hijos de aquel matrimonio estoico del que venimos tratando hemos dejado para este momento a mi abuelo Ezequiel Urdaneta Maya, el mayor de dicha familia y único que no se graduó en la Universidad de los Andes porque ya para finalizar la carrera de Derecho ocurrió la desgracia de fallecer en Trujillo su padre Don Ezequiel, por lo que nuestro abuelo en funciones de mayorazgo y sin pensarlo dos veces tuvo presto que colgar los estudios para acompañar en muchas inquietudes a su madre y hermanos, como a ponerse al frente de las numerosas propiedades paternas, y quien sin tener este título universitario a punto de alcanzarlo fue apreciado como insigne caballero de la región al extremo que ejerció de juez, de Tesorero General del Estado, miembro de numerosas instituciones oficiales y privadas, y de Senador al Congreso Nacional por el Estado Trujillo en las Sesiones a realizar en Caracas de carácter anual.  Era “una de las mejores cabezas de la ciudad” apunta  el intelectual Mario Briceño Iragorry.  Además de lo expresado y según recopilara el biógrafo Pedro A. De Santiago, don Ezequiel fue catedrático  de Física y Literatura, Gobernador de la Sección Trujillo (1892), Tesorero del Estado (1899), Superintendente de Instrucción Pública (1904-05), Juez Civil y Mercantil, Presidente y Relator de la Corte Superior, Presidente del Concejo Municipal, Diputado a la Asamblea Legislativa, donde ejerce la Presidencia en varias ocasiones, como dije Senador al Congreso Nacional por Trujillo y Barinas, Jefe Civil de Trujillo, Primer Agente del Banco de Venezuela en la ciudad. Y así paremos de contar las condiciones personales de este filántropo local cuyas cualidades se pueden observar en mi libro El Sentido de la Tradición, Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1966.
Ya casado este nuevo Ezequiel con doña Ángela Braschi, nieta del prócer valenciano León Cazorla (1806-1890),  Urdaneta procede desde luego a levantar su morada de familia y mientras la construye reside de forma provisoria en un inmueble situado atrás del solar de doña Alcira Maya, calle de por medio, cuyo ancho portón alindera en la parte superior con la parroquia Chiquinquirá y en la parte inferior del mismo portón lo hace con la parroquia Matriz, y donde por cierto en este ínterin (1901) allí nace mi padre Héctor Urdaneta Braschi.  Cuarenta metros abajo del inmueble que señalo Don Ezequiel adquirió un terreno donde de inmediato inicia su construcción lindante con los Perozo y Don Magín Briceño, venido éste del Norte (¿Filadelfia?), cuando acompañara a su medio hermano Juan José para que aprendiera la tenencia o teneduría de libros y la otra contabilidad, según tengo entendido.  Dicha casona (Calle Bolívar N° 32) por el frente se hallaba compuesta de cinco amplias ventanas en azul sobre fondo blanco, con un ingreso de caballerías al centro en piedras canteadas y rumbo al solar de atrás para la descarga y el descanso de estos laboriosos animales.  El patio de tal casa  estuvo sembrado de frutales,  orquídeas, pomelos, granados, naranjos e incluso algunos manzanos que producían frutos pequeños. En el diario  Antorcha, publicado por los años 80  en El Tigre (Anzoátegui)  apareció un trabajo completo mío y a dos páginas intitulado Las ventanas, que debe reposar entre mis papeles, donde describo aquel patio impactante y recordado desde la niñez,  en cuya esquina de la entrada existía un cuadrilátero de cemento para allí colocar  y por un día soleado sacos abiertos de café a objeto de impedir con demérito un hongo dañino que sombreaba su prestante color original, eso hecho con todas las rumas de este producto básico, que por cierto se apilaba durante muchos meses y para no venderse (en caso contrario el negocio se pactaba con la Casa Blohm de Maracaibo) en los cuatro amplios y largos corredores en ángulo de esta casona única donde además de un cuarto especial para ello se encimaban colocados  algunos quince costales de a ocho por fila, dando con ello la impresión de ser un enorme almacén de café contentivo de al menos dos mil o más sacos del arábigo producto, que como dije no se vendían siempre “esperando mejor precio”, según le oí decir a mi tío y juez Ramón Urdaneta Braschi, que allí viviera en soledad interior rodeado de creencias, cuitas, cuentos historiados y algunos muchachos servidores, junto con el otro servicio femenino, para permanecer siempre al lado de su madre ya viuda pero llena de bondad y cariño.
Doña Alcira Maya De La Torre.
 Dentro de esta descripción exclusiva y hasta fantástica que realizo  de manera prolija  por haber convivido años de mi primera juventud dentro de aquel ambiente tan sugestivo cuanto  extraño, como anclado en el tiempo de los espantos y supersticiones, voy ahora a describir partes de esta casona a la que uno miraba hasta con cierto temor infantil y por demás poniendo atención en aquel circo humano de visita que apenas entendía. Comienzo pues por señalar  que al acceder sobre el segundo portón desde la calle a mano izquierda la primera puerta interior de la mansión daba ingreso a la oficina de mi abuelo, con largo escritorio de madera, el crucifijo atrás y una cama de cedro  que debió servir para atenderle luego del regreso de Alemania (Hamburgo, 1932)) a donde viajara acompañado de su nuera Alcira e hijo Heriberto, con motivo del cáncer prostático que entonces portaba, por lo cual pronto regresa para morir tranquilo en aquella litera ancestral de los recuerdos, rodeado de sus hijos y otros familiares  de la intimidad. En la misma estancia que voy indicando existía una ventana hacia la calle, a donde mi abuela Ángela por  tiempos de procesión religiosa acudiera en sigilo y sin ser vista de afuera, para rezar el rosario y no por otra circunstancia. Al lado de la dicha ventana se hallaba una máquina de escribir, donde el tío Ramón y hasta en avance de la noche como juez penal redactase decisiones  jurídicas a objeto de cumplir con su diario trabajo, y muy cerca de tal máquina existía igualmente un escaparate de la intimidad, de donde al cumplir  quien esto recuerda los quince años de edad, mi tío del mismo nombre  extrajo una sortija de oro con rubí y un revólver  cacha de nácar, calibre 22, para que “defendiera mi persona” según los cánones sociales de aquel tiempo encendido  (año 1947), como ya lo he escrito en otra oportunidad. Pasado un biombo alto, fuerte y a manera de pared, a mano derecha yacía la cama doble de mi abuela, en cuya ancianidad o discordancia lógica de los ochenta años alguna vez le oí comentar que su extinto marido se le sentaba a los pies en la noche para acompañarla, cuando no la oyera decir pausadamente que entre sus anteojos cataratosos veía al disparatado Adolfo Hitler arengando a la población del Reich, esta vez con la pobre luz artificial que por arriba surcaba el comedor de las horas nocturnas, donde ella permanecía. E igualmente en dicho cuarto extenso de dormir que aquí señalo había tres camas más, por tener varios hijos que podían utilizarlas, y en la que cercana a esta de mi abuela ya inmersa en el mundo de lo absurdo senil, dormí un poco asustado, en diferentes oportunidades.
La “nona” majestuosa con antiparras puestas en Curazao durante el único viaje hecho fuera de Trujillo y cubierta de un pañolón eterno siempre colocado en la cabeza, allí entraba ya arrastrando su gruesa figura con un vestido holgado que daba abajo de los tobillos, a las ocho horas exactas de la noche escuchadas con el escandaloso reloj cercano de la Iglesia Matriz (hoy catedral), y a las tres y cuarto de la madrugada exactas, en igual forma de clásica leyenda  ya levantada  entre penumbras y sin ruidos se dirigía hacia los lavatorios de sus intimidades donde justo al lado tocaba la puerta de los tres servicios femeninos venidos de los campos familiares a objeto de que se levantaran  a remover restos de brasas ardientes para luego colar el café mañanero. Entre tanto el tío Ramón a las 4 y media exactas se erguía del dormitorio  tomando luego algún trago de ese café vital,  mientras  procede de inmediato a su limpieza diaria, pues a las 5 y media exactas, y aquí excusen el uso reiterado de tanta expresión kantiana, pues el fondo de este caso que remuevo como en un cuento extraño de la infancia se regía todo él  por el sistemático y retumbante toque campanil  de aquel reloj catedralicio y aún en marcha, que cuidaba por cierto y con esmero un señor de apellido Salas, vecino del burgo San Jacinto. Al amanecer de las cinco y media, pues, el tío Ramón como guardián del tiempo inacabado se instala en la puerta de ese hogar conocido y con parsimonia permanente saludaba a los pasantes oportunos, por lo que sin necesidad de otros medios de comunicación en corto tiempo conocía  de lo ocurrido durante la noche anterior en aquella capital poco exaltada. Ya a las siete y desayunado el doctor Ramón salía vestido con preferencia de casimir inglés negro para visitar las permanentes mejoras que hiciera en sus diversas propiedades, importándole menos los gastos habidos porque en aquel período celestial se creía que todos los albañiles eran sanos e incapaces de fechorías….   Y vuelto al hogar, a las nueve de la mañana estaba entrando a su despacho tribunalicio.  Entre tanto en la casona de su estancia  donde reina mi abuela, durante el día iban llegando otras bestias cargadas de café y algunas de maíz, producto este que no podía guardarse un tiempo por el peligro de los insectos predadores.
Doña Ángela Braschi, nueras y nietos,
 Entre los múltiples detalles tan extraños como salidos de contexto que ocurrieron en la casona de doña Ángela Braschi, diremos que a la entrada en el corredor de la izquierda  luego de la romana puesta para pesar sacos traídos de las referidas haciendas productoras, al final del pasillo se hallaba una discreta puerta prohibida para extraños donde existiera cierto sobrio cuarto en celosía a fin de resguardar en su interior los alocados y quizás otros con gradaciones aceptables que allí mediante compasión familiar vistas sus causas  perturbadoras de la chaveta eran recibidos en custodia, cuestión considerada normal en aquella sociedad por herencias erradas, taras y enfermedades infecciosas o congénitas, en lo que prefiero no entrometerme para evitar suspicacias, pero sí puedo decir, por ejemplo, que allí vivió tranquilo un simpático disparatero y pariente de apellido Maya, caído de un caballo en la Escuela Militar de Caracas e incapaz de hacer mal a nadie, cuyas manías eran pedir que le obsequiaran un gallo de pelea, y  realizar un permanente andar a pie entre Trujillo y el río Motatán, para cercano a dicho pueblo bañarse con totuma en las aguas termales, en cuyo corre corre  permanente consumía toda aquella inútil por demás perdida semana. Dentro de este entorno excéntrico y acaso único o personal que aún recuerdo como si fuera ayer, debo señalar el cuarto de recibo para las visitas especiales ya anunciadas, todo él lleno de cuadros familiares y pintados al óleo (Cazorlas, Braschis, Urdanetas, Mayas, etc.), con largos espejos cerca de la ventana a la calle, espectáculo interior  que a uno hacía palidecer en su primera juventud  dando la impresión de temor al encontrar de frente esas severas caras admonitorias, en lo que parecía sus almas lo persiguieran a uno en medio de la escasa luz o contraluz y claroscuro de aquel salón como embrujado que de veras en nuestra niñez pueril nos espantaba.  Y como voy haciendo una suerte de radiografía o recuento especial de tan portentosa casona que pudiera guardar cualquier pareja de murciélagos amantes del ballet silencioso, voy ahora a referirme sobre la visita anual que desde Caracas con los suyos el tío Ezequiel Urdaneta Braschi hiciera a Trujillo en cada Semana Santa, a objeto de saludar con tiempo a su progenitora Doña Ángela, la de los ojos azulados y una tierna mirada junto a un gesto imperceptible que la hacían  más querer. Para esa fecha del arribo equivalente a dos días interminables de transporte terrestre a través de una carretera estrecha, de tierra aún (salvo el tramo pavimentado de Puerto Cabello a Caracas ) y donde abundaron los sobresaltos, repito, para esa  fecha de júbilo la casona lucía llena de vitalidad, con dos aposentos al servicio de los cinco viajeros ocupantes y la nupcial cama doble de copete metálico  y cortinero, incluyéndose allí la jofaina arabesca, ponchera, aguamanil y otros accesorios de limpieza corporal, mientras en el cercano salón comedor, desde donde doña Ángela en ángulo saliente divisaba cualquier persona con ánimo de entrar, se hacía entrega de los obsequios traídos desde Caracas (telas, zapatos, encargos, porcelanas, perfumes, etc.) ofrendas que guardara la doña en un cuarto bajo llave adyacente al que la madre del llegado tío Ezequiel  mantuvo en aislamiento y donde nadie jamás penetró (y creo que ni mosquitos)  por designios especiales de la misma doña Ángela, encontrándose dicha habitación enigmática colmada de todas la ofrendas que le hicieron en vida, para el momento de su muerte.
En esas fechas pascuales la casona resplandecía de vida y de visitas por doquier, siempre con algunos invitados al almuerzo, incluyensdo la botella de vino y entre ellos puedo recordar al primo ganadero Antonio Maya Urdaneta, al procurador Domingo Braschi Cazorla, a las tres tías del llegado Ezequiel, o sea María, Josefina y Hortensia Braschi, y fuera de este protocolo íntimo a las niñas Carrillo Guerra, las Bustillos, los vecinos Briceño Perozo,  los Navarrete Nava, el doctor Pérez Rueda, el juez de Pampanito bachiller Cadenas, el doctor Bocaranda, los parientes Urrecheaga, Juan Luis Urdaneta, Joaquín Gabaldón, los Pimentel, Gabaldón Urdaneta de El Prado, Monseñor Valera y el ciego e inteligente padre Graterol, el profesor Néstor Barroeta, los Paolini de Pampanito, don Rafael Coronado, los Valecillos de San Lázaro, Andrés Maldonado, doña Anatolia de Mendoza, como una sucesión de parientes y amistades renovadas en cada oportunidad quienes le dieron calor a la casona, de los que ahora recuerdo y para no citar más. Otros detalles de aquel inmueble tan cercano a la Plaza Bolívar fueron, por ejemplo, la asistencia permanente al necesitado, por cuya razón  como al medio día siempre se presentaban para “saludar” a la matrona los eternos huéspedes comensales, (verbigracia el moreno Segovia), empobrecidos con el tiempo, a los cuales la señora Urdaneta ordenaba conducir hasta un mesón de madera situado atrás, cerca de la puerta del solar, para allí almorzar estos depauperados de la justicia divina y en busca de sostén, unidos en dicho mesón junto a los arrieros y campesinos de turno que también esperaban el condumio casero. De la puerta hacia adentro del solar se amarraban las bestias junto a las maderas allí siempre en depósito, visitadas por las gallinas ponedoras de huevos hermosos, caballerías venidas desde los prósperos campos de labranza. Y cerca del comedor campesino que acabo de mencionar el doctor Ramón  dentro de la rareza original  que poseía como hombre previsivo guardaba con amor y en lo   alto diversas urnas  fabricadas por el artesano Celestino y de varios tamaños, a objeto de tener preparados sin esperas los útiles necesarios con que se enviara rumbo al más allá eterno a cualquier familiar y hasta de quien pobre de solemnidad solicitara ese servicio apreciado, que el referido tío obsequiara con cariño y luces aunque  también munido de tristeza.
Don Ezequiel Urdaneta Maya.
 Quiero cerrar esta semblanza fantástica que aparenta novela pero  tan llena de  sustos y emociones cautivantes que recuerdan a Escocia, con el retoño paternal de otra casona  inolvidable que adherida a la misma de que hablamos pero más cercana a la Plaza Bolívar, enfrente del antiguo Estanco de Tabaco que manejó el abuelo lisiado Juan Nepomuceno, inmueble que aunque independiente Don Ezequiel mi abuelo construyera para albergar  muy cerca a  su madre ya viuda, doña Alcira Maya, cuando entonces la familia había crecido  de manera sustancial. En efecto en dicho albergue de la intimidad lleno de cuartos, salas, ventanas y corredores  espaciosos se aposentó esa prole fecunda  y tuvo vida sustancial desde la propia calle hasta el solar de atrás que subiendo el cerro contiguo de lindero componía el cuadrilátero activo de dicha propiedad, fervor que tuvo cautivo a todos sus componentes vitales hasta cuando doña Alcira Maya (1843-1924) falleció en este dedicado inmueble lleno de cortinajes a la calle, comenzando así a vaciarse el alma de dicha construcción, porque a poco, su única hermana existente que allí llamaran la “niña´” Adelaida Maya, con muchos años encima decidió trasladarse a Caracas para vivir en casa del sobrino Ezequiel Urdaneta, donde falleció en el “cuarto de la Virgen”, poco tiempo después. La casa de Trujillo siguió en actividad, ya relativa, aunque llena de optimismo desde que el médico y gran señor Rafael Pérez Rueda la ocupara, por muchos años y con numerosa prole, hasta cuando se traslada a Caracas.  Así vivió languideciendo dicho inmueble por algún cuarto de siglo en funciones hoteleras (Hotel Italia), hasta cuando sus herederos venden la enorme propiedad a otros empresarios despiertos que empiezan a construir un amplio centro comercial, edificación que ahora duerme el sueño de los intranquilos porque con el país paralizado andamos como el fabulador Esopo en la búsqueda de quien llega  primero, si la tortuga o la  liebre. Y como este trabajo fue escrito con el fin de distraer la mente nutricia recordando lo histórico pasado, espero que la pluma indiscreta de este escribidor los haya conmovido tanto como para recordar los hechos que en parte yo viviera. ¡Y colorín, colorado, tanto cuento se ha acabado¡.

Héctor Urdaneta Braschi.  
 La imagen conocida que corresponde a la casona hogar de Don Ezequiel se las debo para otra oportunidad, porque anda extraviada entre el mundo de mis papeles, para señalar algo, extraordinarios. Y gracias por la paciencia de leer sobre las cuatro hermosas casas familiares que llenas del cariño habitual aparecen reconstruidas en este blog.

martes, 10 de marzo de 2015

LA HORRIPILANTE VIDA EN GALIPÁN.


Amigos invisibles. Deseo complacer en este trabajo a muchos quienes  conocedores de mis diversas preocupaciones intelectuales han querido indagar sobre cualquier novela que haya escrito, cuyo capítulo quinto en la ocasión se referirá a un personaje de la profundidad caraqueña y fuera de serie, disciplinado como alemán, sabio pero monstruo al que aquí trato en buena extensión. Me refiero al galeno doctor Gottfried Knoche  (1813-1901), cuya vida y misterios en lo expuesto le colmarán el alma, llena de horror. Si a alguien  convence para mirar esta leyenda intitulada “Doctor Knoche, el Vampiro de Galipán” (nombre registrado) en el ámbito comercial, puede escribirme insertando un serio proyecto de ejecución.  Ah!, y sobre el desastre que ahora vive Venezuela con sus “amigos” izquierdosos orientales en el nuevo capítulo del usurpado Territorio Esequibo, como acostumbro luego escribiremos a conciencia.

 

 Lo vi entrar por el portillo grande y no a través del empedrado donde penetran los bueyes exhaustos, ciertas carretas del tráfico local y algunas cabalgaduras sudorosas. Venía a paso tranquilo, eso sí con un rictus profundo de tristeza en la cara, creyendo le sucede alguna desgracia de contar, seguida de tantas que en ese tiempo necio de la Guerra Federal anterior se abatieron en derroche sobre este pobre y ruinoso país sudamericano.

Dr. Knoche.
 ----Guten Tag, asienta. Sí, buenos días, aunque vengo destruido por lo de Frau Henrietta, que me abandona y marcha por siempre de Venezuela, con los tres retoños del hogar, que rompe ese cordón umbilical de amantes ante Dios para volverlo apenas trizas. Ich verstehe Sie nicht. Se alejan los queridos Adolfo y Catalina, tan bulliciosos ellos, la suave criatura de Brunilda, y apenas me deja como recuerdo emblemático a la anciana pareja de perros pastores alemanes, que de pastores en la flojera natal nunca sirvieron, los que por tanto orinar e incontinencia escatológica no pueden ir con ella en el angosto barco de ilusión, y a quienes pusiera por sonoros recuerdos alusivos los nombres musicales de Tristán e Isolda. Es toda una tragedia de familia, idéntica a las que compone con profundidad  ancestral mi admirado mago y maestro en el pentagrama de leyendas nórdicas, Richard Wagner.

Serían las once de la mañana de un día fuertemente cálido por estropeado y cruel cuando de esta manera escueta pero llena de desastres ocultos el doctor Knoche penetró en la surtida tienda que mantengo al costado de la Casa Vasca y lateral de la Fonda del Espíritu, provista de múltiples bebidas espirituosas, para adquirir una nueva silla de montar de las llamadas chocontanas, proveniente de la reinosa o lanuda sierra oriental de Colombia. En ese momento cumbre aunque siniestro dentro de sus ojos cubiertos por las nubes borrosas y el monóculo de oro que le cuelga, pude apreciar y casi reflejada una sombra de llanto pertinaz, mientras el fuego alentador, ahora decadente en la desgracia, yacía vuelto añicos por la siniestra fatalidad que lo emociona.

----Ponte en mi puesto, herr Federico, y piensa lo que significa para los sentidos informes que mantengo esa marcha en regreso hacia el nunca más volver, luego de dieciséis largos años de andar juntos aunque no revueltos por estas tierras agrestes, en pareja imperfecta, dando de comer la fémina a los loros reales, cotorros, cacatúas, guacamayos, monos  o pericos cautivos y yo a las serpientes ponzoñosas, mientras en la comunión idónea por tres veces diarias manosear la Santa Biblia reformada de Lutero, ella entre lloriqueos nostálgicos por la patria prusiana, la del rugir de los gruesos tambores de Nabimia y las descargas mortales selectivas, en el tarareo melifluo o sin desentono de oírla cantar a ratos trozos y arias enteras del Anillo de los Nibelungos, con Sigfrido a la cabeza de las gestas, las Walkirias o Lohengrin, que son porciones desgarradas de nuestra propia y difícil identidad germana. Jawohl que voy a lamentar mucho su partida, con un regreso por demás imposible, como el chivo que al volver se esnuca, al decir coloquial, aunque ella tenga razón en parte, que es como decir a medias, porque así pueden educarse los protegidos vástagos en colegios militares de alcurnia, tal cual lo hicieron cabalmente cerca de Postdam su padre y su madre y los abuelos, y ya el mayor de ellos, Adolfo, al tiempo en el alerta de proseguir sabias tareas académicas quiere iniciar estudios hipocráticos en la insólita universidad humboldtiana de Berlín.

Se secó la cara con el pañuelo bordado de sus siglas en monograma, empuña en tarro cualquier copiosa por espumante cerveza traída desde el extranjero de Pilsen, Bavaria o la propia Munich, para sentarse luego enseñando la bragueta como abierta en una silla rústica de cuero repujado con tachuelas redondas en bronce, al tiempo que me dice, sin rodeos:

Sarcófagos Siniestros.
 ----Amigo Federico, entre nos, tu padre debió ser muy feliz porque cuando establece la Casa Blohm aquí en La Guaira toda su prole de varones despiertos y el rosario de rubias hijas  aceitosas, incluida la mongólica que como me has explicado a mucha honra recuerda la tara facial de las hordas tártaras, quienes siempre lo rodearon en círculo tenaz y nunca pensó abandonar a Venezuela, ni en épocas tan tristes como la vez que sin piedad o contención e insultando con el tono de altura se saqueara a los judíos o marranos curazoleños en Coro y la costa de Puerto Cabello, ni ahora que los locos liberales guzmancistas cubiertos de odio familiar fusilan por doquier a los adversarios conservadores y viceversa para el mismo trato vital, en una bendita guerra sin cuartel que nunca  termina ni esperan suprimir, y en verdad que he visto mucho crecer la reciente población de zamuros gallinazos, incluidos los carirosados con el pico blanco, porque no dan cabida los cadáveres en cualquiera de los cementerios clientelares lugareños y menos dentro de  los camposantos de categoría, como el cercano de Punta Mulatos.

----Sie haben recht. Pero lo de Frau Henrietta es más patético o doloroso, porque en esos casi cuatro lustros que conviviéramos allá en Buenavista, con aquel panorama estético pintado desde nuestro patio por el paisano Bellermann y tan encantador que se pierde de vista en la lejanía, rodeados de animales exóticos y aves agoreras, de cayenas dispersas, enredaderas, plantas atrapa moscas, orquídeas y bromelias fugaces, luego de lecturas escalofriantes o aterradoras inglesas de las ergástulas y cuchitriles ella siempre sufrió de achaques de salud, de sarpullido alérgico con piquiña y del espíritu agónico vagante que sin más sacudidas siempre la entristecía. No hubo momento adrede que no se quejara de algún mal hipocondríaco, verdadero o ficticio, entre ellos que los perros lobatos no dejaban dormir por sus tristes ladridos prolongados, que en el ambiente claro y con reposo de Buenavista había aires mefíticos similares a carne en descomposición, que sintiera pasos de ultratumba alrededor de la residencia o vampiros volando bajo y ansiosos en busca de sangre humana, que hasta en somnolencias pesadas se le aparecían fantasmas traslúcidos asustándola y poniéndole la carne de gallina, que alguna vez desorientada miró por la alta ventana en tiempos de luna llena y hacia la medianoche pudo ver sin equívocos un ejército de monstruos cadavéricos salidos de la tierra que caminaban acarreando cadenas y a paso por demás cansino, que otras veces en la terrible tormenta eléctrica aérea del momento el hogar en parálisis permanecía rodeado de enormes espectros o duendes cornudos montados sobre dragones fogosos de siete colas, después de las doce horas nocturnas en reloj sin retraso, oyéndose a coro gritos, clamores, alaridos, súplicas, sollozos, quebrantos, chillidos, palabras obscenas, gimoteos, gemidos, arrastre de serpientes cascabeles y otros desmanes tenaces que su cerebro trastornado pudo a tiempo detectar.


Entrada al Laboratorio.
 ----Ante este cuadro tan típico de sicosis achacosa, que nuestro admirado profesor vienés Sigmund Freud años más tarde supo demostrar ante infieles probando los hechos estudiados hasta el cansancio, he tomado la firme determinación que mi dulce Henrietta ande de vuelta con toda la parafernalia mental y sus muchachos al acurrucado Halberstadt, pueblo tranquilo a veces donde sí podrá deleitarse de manjares apetitosos al masticar fresca cecina, tasajo curado, criadillas de cerdo, o sopas de grasa vieja, gordo de la carne, fritangas familiares, rodilla de cochino eisbein, la papada del marrano o chicharrones  de puerco derramando calorías, caldo de manteca recién colada, patas aceitosas de chancho y sauerkraut con gruesa salsa tártara junto a salchichas de Frankfurt refritas en viejo vino del Rin, sin que se queje de las horribles acideces y los sarpullidos viajeros de que aquí siempre padeció.  

----La llevé a Caracas donde el mañoso yerbatero aragüeño Ñigüín, que trabaja con clientela escogida mediante cita anticipada en el cercano pueblo de Chacao.   La vio también bajo atención insólita el admirado brujo cicatero Ño Leandro, presunto padre del mulato general Joaquín Crespo, que agarrado del bolsillo monedero cura tantas dolencias particulares con la amarga pócima alquímica del Tacamajaca.   La conduje a la tenebrosa choza de Curiepe, para que con hojas urticantes y aguardiente de caña en buches soplados con saliva de chimó la ensalmara el rechoncho brujo Poncho, a menudo vestido de satín playero y con costuras de armiño, o de falso guayuco, famoso además por su macana milagrosa al servicio de clientes circunspectos pero de excepción, lleno entonces de collares y conchas marinas hasta en los testículos peneales, aunque con terquedad pasmosa me opuse a que ese brujo mañoso se encerrara junto a la consentida Henrietta en un cuarto sagrado cubierto de mantas y por dos horas continuas de su cura, en la metáfora sublime de Juan Vicente González “zamuro comiendo alpiste”, como bien pretendiera con la rubia garbosa, para así  de las entrañas “sacarle todas las desgracias y dejarla casi nueva”.  Y hasta se la entregué con buena intención a otro hechicero insigne, autodidacta y doctor “in pectoris”, traído también desde los remotos frígidos Andes neogranadinos por el astuto caudillo llanero Joaquín Crespo, llamado para muchos Telmo Romero Villamizar, quien con pirotecnias de un verbo magistral,  retóricas banales, brebajes amargosos y ácidos condimentos en tapara, experimentadas pociones populares, supercherías pegajosas, trácalas o engañifas bastardas, baños fríos o de asiento, aguas aromáticas como penetrantes, parches de ají picante del chirere andino, sobas calenturientas y hasta unos largos tornillos con orín oxidados que bajo presión en alza pretendiera introducir por la cabeza del paciente, y a quienes entre otros aplicara este tormento medieval al enajenado disparatero general Pedro Izaguirre, pero el forajido caradura en causa a instancias del miedo terrorífico indudable que sembrara y ante el presente temor diabólico impuesto, de súbito por reacción contradicha y al susto contumaz a la intención, en un casi milagro celestial curaba toda clase de daños cerebrales, y así el santo varón del que recuerdo en el desquicio imprudente de los hechos, con la leyenda popular encima de improviso sana a un lázaro insepulto e hizo discutir sin continencia, por el espanto incluido, a una muda y a ratos tartamuda de nacimiento.

----De nada valió tanto trabajo de ensalmos y rezos paralelos, Federico, porque al final tuve que enviarla con premura a Alemania, en vísperas de volverme loco frente a sus dramatizadas pesadillas llenas de piratas asesinos, tierra de historias donde a base de hipnóticos sedantes y de sueños profundos casi mortales, la mantienen en calma a toda hora, y ya no canta ni en la bañera veraniega de tina sino que llora a ratos, mientras el hijo de sus entrañas estudia a intervalos pero de la mejor forma académica, la segundona Catalina muy resignada le aguanta toda suerte de crisis burlescas o histéricas, y la cariñosa Brunilda, que de pequeña otros le llamaron Anna, en recuerdo de una heroína de esos lares peleones, vuelta mujer y  también con los senos pronunciados como  las mansas ubres de las vacas danesas, parece que anda seriamente enamorada de cierto picaflor andariego, un tal Müller ido a educarse allá según me han afirmado entre vecinos y a soto vocce desde el trasmundo arrabalero de Puerto Cabello, que así relatan secamente los suegros alarmados en su última carta contagiada de noticias fatales.

Momia del Soldado Federal.
 ----Henrietta y yo fuimos felices durante muchos años, porque ella viviendo en nebulosas sabía poco de mis trabajos ocultos o de misterio, y menos mal que sobre ese delicado quehacer sin desconfianza se entregaba en manos de la fiel Amalia, que la conducía astutamente, sin introducirse para nada en los experimentos con seres cadavéricos, creciéndoles las uñas y los pelos hasta del pubis, en lo que te puedo referir a cabalidad que ella nunca pisó los escenarios sobrenaturales del misterio científico, y al pasar cerca de tales sitios escondidos por rejas muy seguras, una mueca de horror y reacción hipersensible mental brotaba en el fondo de su cara blonda, los ojos azules querían como salirse de las órbitas, entrando en el temblor del cuerpo al tiempo que la piel de gallina hirsuta transpira copiosamente, además de otras gotas frías por amargas de sudor que corren de complemento, todo ello en medio del ladrar continuo monótono y a dúo con los dientes prestos de los enfurecidos canes rocheleros Tristán e Isolda.

---“¡Yo  no  entiendo  cómo   fue  su   compromiso matrimonial,  si  eran  personas  tan dispares¡”, agrega con firmeza el comerciante teutón.

----Bueno, Federico, matrimonio y mortaja del cielo empujan, según corre el refrán también en Alemania. A Henrietta desde que la conocí me gustó por el impacto que produjo en los adentros nerviosos que poseo, ya que al doblar imprudente en una pierna hermosa pude verle la pantorrilla blanca hasta la tibia y casi el peroné, el pelo era sedoso, la piel suave también y cualquier miriñaque que le ajustara las faldas con la cintura de avispa lo que no impidiera el paso de mi mano despierta cuanto acuciosa e investigadora, para en el manoseo tocar disfrutando de lugares sagrados de su carne escondida mientras la futura suegra haciéndose como turca o despistada iba rumbo a la larga cocina con cierta doble intención libertaria de preparar algún postre Strüdel de manzana o arándano, o tortas de chocolate con suficiente crema, que tanto le atraían en aquellas tardes otoñales de solaz. Esos minutos eran preciosos para mí, a objeto de levantar el ánimo de Henrietta acariciando al roce puntos delicados de su esbeltez, a pesar de ser indiferente  y frígida en esos campos por naturaleza, según se destaca o recuerda sobre las novias trasnochadas pero activas del transilvano conde  Vlad Drácula. Y cuando pasado el rato lisonjero regresa oronda doña Carlota con las golosinas calientes, aunque también calientes por el roce continuo ya nos habíamos compuesto la indumentaria de visita, ella arreglando el traje muy alborotado, como las sueltas ballenas del corsé, que le daban estilo y talle artificial, y yo poniendo en su debido sitio a la corbata mariposa de lazos gruesos en colores, a pesar de lo intranquilo por engorroso que mantenía cualquier malestar húmedo entre ambas piernas que transpiran, de donde con cierto ritmo de rapidez y contención ingeniosa las entrecruzara.

----Sin embargo la novia blanca, pálida o de aspecto del nácar en su concha, porque para así lucir elegante copas de vinagre diario consumía, no reaccionaba  a las primeras excitaciones a modo de caricias, como siente por fuerza mi amiga morena de La Guaira, que es todo un bocado “de cardenal” y mejor elixir de provocación, pero pensándolo bien decidí escogerla por mujer casada a fin de procrear hijos arios, blondos, con ojos azules, teniendo a su vez de cerca la morena amante hija de Krassus en el empeño bifronte de obtener placeres exclusivos de pareja, y sin que lo vayas a comentar, Amalia es buena amiga y complaciente al extremo, de manera que como jamás se niega a los deleites eróticos por ratos renuevo el gusto femenino de lo abstracto para satisfacer los apetitos sexuales fáusticos, es decir donjuanescos, aunque lo de Henrietta tenía distinta significación emotiva en este dominio de lo apasionado, y más cuando ella atando cabos ciertos pudo deducir otros enredos amatorios de mi parte, por la fragancia estercolaria de la ropa íntima, lo que ante el postrero desengaño que en volandas descubre de esas resultas ulteriores la llevó a ser profundamente desinteresada, contradictoria y difícil cuanto más de encenderle el ánimo a cualquiera, pues en los últimos tiempos de nuestro amargo pero tierno idilio picaresco sajón la mujer se mantuvo compitiendo con un iceberg traído a rastras de Groenlandia, período negativo en que, precisamente, para calmar lujurias imprevistas tuve más acercamiento sexual con Amalia, mujer menuda, pequeña, tirando a pelirroja pero de buenos pechos erguidos con pezón en negro y dientes de porcelana, pecosa hasta en la espalda y el trasero puntual, y con ella sí seguí una relación oportuna aunque a veces monótona que bajo el manto espacioso de las investigaciones nocturnas se hizo pacífica y sin nervios desviados, diferente a lo sumo, pero no por ello menos importante en el goce continuo del placer.

              
Entrada del Castillo Buenavista.
En ese momento inoportuno
en la tienda de Herr Federico apareció corriendo, como alma que lleva el diablo mefisto embestido por el viento, un empleado del tren trepidante de pasajeros y carga que en 34 millas australianas conduce servicios muy quedos de La Guaira a Caracas, o viceversa, y en correcto alemán bávaro informa de prisa que a mitad del camino ferroso en la fuerte subida de zigzag había descarrilado la locomotora que llaman Marrana y el último vagón, contándose por ello varios aporreados, algunos heridos y una señorita  “sehr schön” caraqueña de apellido Blaubach, que casi se muere de susto cuando sintió lo del encontronazo y la caída brusca del equipaje frente a su nariz, lo que de todas formas o más miedo le produjo un molesto chichón doloroso en la cabeza. La pobre muchacha cariacontecida vivía en casa diagonal con los Arriens, y era miembro afortunado de las elitescas familias germanas que se establecieron en Caracas a orillas del glamoroso río Guaire y su vecindario murmurador, luego de finalizada a medias por continuar los odios, o sea la cruel y prematura contienda de Independencia, que en el fondo nada liberó.

----Este tren es muy peligroso, como todo lo inglés, comenta Federico, porque a punto de reventar las calderas, apestoso a aguardiente o caña blanca sube sin cese  y casi empujado por la necesidad del servicio desde el puerto de La Guaira hasta la estación terminal Hauptbahnhof caraqueña de Caño Amarillo, por entre numerosos túneles o cuevas con murciélagos de visita y puentes solitarios en el aire pesado del sofoco, ahogante, que lo mantienen a uno en vilo y menos sueño durante todo el peliagudo trayecto, puesto que cubiertos de humo cenizoso del carbón mineral pareciera que como ave sin norte o seña vamos volando al mirar las alturas y las oquedades en que se anda por entre los abismos profundos del abra de Tacagua o, al contrario, repuestos de este inicial terror da la impresión optimista que el osado viajero en sentido inverso de la mano del Dante prosigue del Purgatorio de las almas débiles hacia el propio Infierno de los espíritus rebeldes, pues en las angostas galerías llenas al tiempo de humareda pegajosa como producto del tizne aéreo que todo lo embarga, se siente en nuestra garganta de agalludos la preocupante asfixia de una muerte anunciada.

Dr. Knoche en sus últimos años.
 ----Mira, bueno, lieber Federico, yo prefiero ese trayecto férreo que entre pinares, algunos abedules importados con nidos de oropéndolas, hortensias y eucaliptus cruza despacio por las encrucijadas de Los Teques, hecho realidad mediante la memoria poco conocida del ingeniero Knopp y sus empleados alemanes, que en la comparación posible se haga con el viejo camino de a caballo y diligencias vencidas antes utilizado para llegar hasta Caracas. Acuérdate que nuestro plan ferrovial fue diseñado en el propio Berlín y que el dinero para realizar la obra maestra debió prestarse por intermedio del banco Disconto Gesellschaft, representado aquí por el hebreo hamburgués Isaac Pardo, el mismo del negocio redondo que hizo con el vivazo, ladrón almibarado, bellaco y avaro de Guzmán Blanco. Por cierto que recuerdo como si fuera hoy la regia fiesta de inauguración del viaje sobre rieles tudescos “uber alles” hacia Valencia, a la que fui invitado y donde entre consortes imaginarios amén de muchas joyas fantasiosas la esbelta condesa von Kleist vestía traje de tafetán, de anchos pliegues, la señora Müller lució de colmada muselina color ladrillo, a excepción del pliegue de los codos, con guantes en cabritilla, y la pretenciosa Frau Schiricke anduvo envuelta de seda rayada en tono marino, donde en medio de mostachos gruesos todo vibró al tiempo de la batahola de discursos rimbombantes y hasta quejumbrosos que suceden en honor de nuestro amado Reich y el destape sonoro de botellas vinícolas riesling del espumoso Rin o el cantarino Mosela, rindiéndose tributo necesario en aquella oportuna rochela de ocasión al divino dios Baco, compinche de Dionisos, mediante cosechas escogidas del rubio néctar dulzaino de Liebfraumilch, cargadas desde Hamburgo y puestas en La Guaira por la suerte de veleros precoces y algún viento de proa como parte festiva para realzar tan magno acontecimiento de postín.